La felicidad, la pureza y la dialéctica, por Borges, Camus y Brecht.

EL REMORDIMIENTO

He cometido el peor de los pecados
Que un hombre puede cometer. No he sido
Feliz. Que los glaciares del olvido
Me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
Arriesgado y hermoso de la vida,
Para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
No fue su joven voluntad. Mi mente
Se aplicó a las simétricas porfías
Del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

                                                          JORGE LUÍS BORGES

 

 

LA PUREZA NUNCA ES UN DESIERTO

Por Albert Camus

 “Todos estamos de acuerdo sobre los fines, pero tenemos opiniones diferentes sobre los medios. Todos contribuimos, nadie duda de ello, con una pasión desinteresada a la felicidad imposible de los hombres. Pero sencillamente hay entre nosotros algunos que piensan que se puede emplear todo para realizar esta felicidad y hay otros que no piensan así. De estos últimos somos nosotros. Sabemos con qué rapidez los medios son tomados como fines; nosotros no queremos una justicia cualquiera. Pues se trata, en efecto, de hacer posible la salvación del hombre. No colocándose fuera del mundo, sino a través de la historia misma. Se trata de servir a la dignidad del hombre con medios que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es. Mídase la dificultad y la paradoja de semejante empresa. No hay cuestión que sea más urgente. Sí, ¿por qué volver sobre este debate? Para que el día en que el mundo haya vuelto a la prudencia realista, y por lo mismo haya vuelto a caer en la demencia y en la noche, hombres como Guéhenno se acuerden de que no están solos y que sepan entonces que la pureza, se piense lo que se piense, nunca es un desierto”.

***

Hace dos días, Jean Guéhenno ha publicado en el Fígaro un hermoso artículo que no podemos pasar por alto sin hacer ver la simpatía y el respeto que debe inspirar a todos los que mantienen una preocupación por el porvenir de los hombres. Hablaba en ese artículo de la pureza, un tema difícil en verdad.

Los que mantienen una preocupación por el porvenir de los hombres deben saber que no están solos, y que la pureza en la acción nunca es un desierto.

Ciertamente que Jean Guéhenno no hubiese hablado sin duda de ello, si en otro artículo inteligente aunque injusto, un joven periodista no le hubiese reprochado una pureza moral que éste temía se confundiese con el desprendimiento intelectual. Jean Guéhenno contesta muy justamente a ello al abogar por una pureza mantenida en la acción. Y, por supuesto, es el problema del realismo el que se plantea: se trata de saber si todos los medios son buenos.

Todos estamos de acuerdo sobre los fines, pero tenemos opiniones diferentes sobre los medios. Todos contribuimos, nadie duda de ello, con una pasión desinteresada a la felicidad imposible de los hombres. Pero sencillamente hay entre nosotros algunos que piensan que se puede emplear todo para realizar esta felicidad y hay otros que no piensan así. De estos últimos somos nosotros. Sabemos con qué rapidez los medios son tomados como fines; nosotros no queremos una justicia cualquiera.

Esto puede provocar la ironía de los realistas, y Jean Guéhenno acaba de demostrarlo. Pero es él quien tiene razón, y nuestra convicción es la de que su aparente locura es la única sabiduría deseable para hoy. Pues se trata, en efecto, de hacer posible la salvación del hombre. No colocándose fuera del mundo, sino a través de la historia misma. Se trata de servir a la dignidad del hombre con medios que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es. Mídase la dificultad y la paradoja de semejante empresa.

Sabemos, en efecto, que la salvación de los hombres es quizá imposible; pero decimos que esa no es una razón para que dejemos de intentarla, y decimos, sobre todo, que no está permitido decir que es imposible antes de haber hecho, de una vez para siempre, todo lo que era preciso para demostrar que no lo era.

Hoy nos dan ocasión para ello. Este país es pobre y nosotros somos pobres con él. Europa es miserable, su miseria es la nuestra. Sin riquezas y sin herencia material hemos entrado quizá en una libertad en la que podemos entregarnos con toda el alma a esta locura que se llama la verdad.

Así nos ha sucedido que ya hemos expresado nuestra convicción de que se nos daba una última oportunidad. Y verdaderamente pensamos que es la última. Hace siglos que los medios de la astucia, la violencia y el sacrificio ciego de los hombres han dado ya sus pruebas irrefutables. Estas pruebas son amargas. Ya no queda más que una cosa por intentar, que es el camino intermedio y sencillo de una honradez sin ilusiones, de la prudente lealtad, y la obstinación por reforzar únicamente la dignidad humana.

Nosotros creemos que el idealismo es vano. Pero nuestra  idea, para terminar, es la de que el día en que los hombres quieran poner al servicio del bien la misma constancia y la misma incansable energía que algunos ponen al servicio del mal, ese día las fuerzas del bien podrán triunfar -quizá durante un corto tiempo, pero, sin embargo, durante un cierto tiempo, y esta conquista no tendrá entonces límites.

Se nos dirá, finalmente: “¿Para qué volver otra vez sobre el mismo debate? Hay tantas cuestiones urgentes que son de orden práctico…” Pero nunca hemos retrocedido ante la necesidad de hablar de estas cuestiones de orden práctico. La prueba está en que, cuando hablamos de ello, no contentamos a todos.

Y, por lo demás, era preciso volver a tratar de esto, porque, en verdad, no hay cuestión que sea más urgente. Sí, ¿por qué volver sobre este debate? Para que el día en que el mundo haya vuelto a la prudencia realista, y por lo mismo haya vuelto a caer en la demencia y en la noche, hombres como Guéhenno se acuerden de que no están solos y que sepan entonces que la pureza, se piense lo que se piense, nunca es un desierto.

“Combat”, 4 de noviembre de 1944.

ALBERT CAMUS, Ensayos-Actualidades 1, cap. V. Obras completas, Aguilar, 1968. Filosofía Digital, 03/07/2008.

 

 

LOA DE LA DIALÉCTICA

Con paso firme se pasea hoy la injusticia.
Los opresores se disponen a dominar otros diez mil años más.
La violencia garantiza: “Todo seguirá igual”.
No se oye otra voz que la de los dominadores,
y en el mercado grita la explotación: “Ahora es cuando empiezo”.
Y entre los oprimidos, muchos dicen ahora:
“Jamás se logrará lo que queremos”.

Quien aún esté vivo no diga “jamás”.
Lo firme no es firme.
Todo no seguirá igual.
Cuando hayan hablado los que dominan, hablarán los dominados.
¿Quién puede atreverse a decir “jamás”?
¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.

¡Que se levante aquél que está abatido!
¡Aquél que está perdido, que combata!
¿Quién podrá contener al que conozca su condición?
Pues los vencidos de hoy son los vencedores de mañana
y el jamás se convierte en hoy mismo.

                                                                           BERTOLT BRECHT

 

 

 

 

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