LO PEQUEÑO ES HERMOSO (Parte XVI: “La propiedad), por E. F. Schumacher

INDICE – LO PEQUEÑO ES HERMOSO, de E. F. Schumacher

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«Ciertamente, ningún cambio de sistema puede alejar las causas de la malaise social que residen en el egoísmo, la codicia y la beligerancia de la naturaleza humana. Lo que sí puede hacer es crear un ambiente en el cual esas cualidades no sean alentadas. No puede asegurar que los hombres vivan de acuerdo a sus principios. Lo que sí puede hacer es establecer su orden social sobre principios que, si quieren, pueden adoptar en lugar de rechazar. No puede controlar sus actos. Puede ofrecerles un fin sobre el cual fijar sus mentes. Y así como son sus mentes, a la larga y con excepciones, será su actividad práctica».

Estas palabras de R. H. Tawney fueron escritas hace muchas décadas. No han perdido nada de su vigencia, excepto que hoy estamos preocupados no sólo con la malaise social, sino también, y más urgentemente, con una malaise del ecosistema o biosfera que amenaza la supervivencia de la raza humana. Cada problema considerado en los capítulos precedentes nos conduce a la cuestión del «sistema».

E.F. Shumacher 

 

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LO PEQUEÑO ES HERMOSO*(Parte XVI)

Por E. F. Schumacher

 

 

XVIII. La propiedad[1]

 

«Ciertamente, ningún cambio de sistema puede alejar las causas de la malaise social que residen en el egoísmo, la codicia y la beligerancia de la naturaleza humana. Lo que sí puede hacer es crear un ambiente en el cual esas cualidades no sean alentadas. No puede asegurar que los hombres vivan de acuerdo a sus principios. Lo que sí puede hacer es establecer su orden social sobre principios que, si quieren, pueden adoptar en lugar de rechazar. No puede controlar sus actos. Puede ofrecerles un fin sobre el cual fijar sus mentes. Y así como son sus mentes, a la larga y con excepciones, será su actividad práctica».

Estas palabras de R. H. Tawney fueron escritas hace muchas décadas. No han perdido nada de su vigencia, excepto que hoy estamos preocupados no sólo con la malaise social, sino también, y más urgentemente, con una malaise del ecosistema o biosfera que amenaza la supervivencia de la raza humana. Cada problema considerado en los capítulos precedentes nos conduce a la cuestión del «sistema». No obstante, como he venido argumentando todo el tiempo, ningún sistema, maquinaria, doctrina económica o teoría se sostiene por sus propios pies: está invariablemente construido sobre una base metafísica, es decir, sobre el punto de vista básico que el hombre tiene acerca de la vida, su significado y su propósito. He hablado acerca de la religión de la economía, la adoración del ídolo de las posesiones materiales, del consumo, del llamado nivel de vida y de la funesta propensión a regocijarse en el hecho de que «lo que eran lujos para nuestros padres han llegado a ser necesidades para nosotros».

Los sistemas no son ni más ni menos que las encarnaciones de las más básicas actitudes del hombre. Algunas encarnaciones, con toda seguridad, son más perfectas que otras. La evidencia general del progreso material sugeriría que el sistema de la empresa privada moderna es o ha sido el más perfecto instrumento para la consecución del enriquecimiento personal. El sistema moderno de empresa privada emplea ingeniosamente las tendencias humanas de codicia y envidia como poder de motivación, pero se las arregla para superar las deficiencias más escandalosas del laissez-faire por medio de la dirección económica keynesiana, un poco de redistribución impositiva y «el poder compensatorio» de los sindicatos.

¿Es concebible que tal sistema trate los problemas que nosotros tenemos que afrontar? La respuesta es evidente en sí misma: la codicia y la envidia demandan un continuo e ilimitado crecimiento económico de naturaleza material, sin consideración por la conservación, y este tipo de crecimiento de ninguna manera puede adecuarse a un entorno finito. Debemos, por lo tanto, estudiar la naturaleza esencial del sistema de empresa privada y las posibilidades de desarrollar un sistema alternativo que pueda adecuarse a la nueva situación.

«¿Es concebible que tal sistema trate los problemas que nosotros tenemos que afrontar? La respuesta es evidente en sí misma: la codicia y la envidia demandan un continuo e ilimitado crecimiento económico de naturaleza material, sin consideración por la conservación, y este tipo de crecimiento de ninguna manera puede adecuarse a un entorno finito. Debemos, por lo tanto, estudiar la naturaleza esencial del sistema de empresa privada y las posibilidades de desarrollar un sistema alternativo que pueda adecuarse a la nueva situación»

La esencia de la empresa privada es la propiedad privada de los medios de producción, distribución e intercambio. No debe sorprender, por lo tanto, que los críticos de la empresa privada hayan defendido, y en muchos casos exigido con éxito, la conversión de la empresa privada en la llamada propiedad colectiva o pública. Observemos, antes que nada, el significado del término «propiedad».

En lo que atañe a la propiedad privada, la primera y más básica distinción es entre: (a) propiedad que es una ayuda para el trabajador creador y (b) propiedad que es una alternativa al trabajo creador. Hay algo natural y saludable acerca de la primera, la propiedad privada del propietario que trabaja; y hay algo que es artificial y enfermizo acerca de la segunda, la propiedad privada del propietario pasivo que vive parasitariamente del trabajo de los demás. Esta distinción básica la vio muy claramente Tawney, que concluía que «es ocioso, por lo tanto, presentar argumentos en favor o en contra de la propiedad privada sin especificar las formas particulares de propiedad a las que se hace referencia».

«Porque no es la propiedad privada, sino la propiedad privada divorciada del trabajo, la que está corrompiendo el principio de la laboriosidad, y la idea de algunos socialistas de que la propiedad privada de la tierra o del capital es necesariamente dañina es una muestra de pedantería escolástica tan absurda como aquella de los conservadores que investirían a toda propiedad con una misteriosa santidad».

La empresa privada basada en la propiedad de la primera categoría es automáticamente de pequeña escala, personal y local. No implica ninguna responsabilidad social más amplia. Sus responsabilidades con el consumidor pueden ser salvaguardadas por el consumidor mismo. La legislación social y la vigilancia de los sindicatos pueden proteger al empleado. Ninguna fortuna privada puede obtenerse en una empresa de pequeña escala y aun así su utilidad social es enorme.

Se hace evidente de inmediato que en este asunto de la empresa privada la cuestión del tamaño es decisiva. Cuando uno pasa de la pequeña escala a la mediana, la conexión entre propiedad y trabajo ya se ha atenuado, la empresa privada tiende a convertirse en impersonal y en un factor social de la localidad, e incluso puede llegar a asumir un significado más que local. La idea misma de propiedad privada se convierte paulatinamente en un engaño.

  1. El propietario, al emplear a gerentes asalariados, no necesita ser propietario para estar en condiciones de hacer su trabajo. Su propiedad, por lo tanto, cesa de ser funcionalmente necesaria. Se convierte en explotadora si se apropia de un beneficio que está por encima de un salario justo para él y una renta para su capital que exceda de las tasas de interés corrientes para el capital obtenido de fuentes externas.
  2. Los altos beneficios o son fortuitos o son el resultado de toda la organización y no del propietario. Es, por lo tanto, injusto y un trastorno social si esos beneficios se los apropia el propietario solamente. Debieran ser compartidos por todos los miembros de la organización. Y si se vuelven a invertir debiera ser en calidad de «capital libre», de propiedad colectiva, en lugar de pasar automáticamente a incrementar la riqueza del  propietario original.
  3. El tamaño medio, que conduce a relaciones impersonales, plantea nuevas preguntas en relación al ejercicio del control. Aun un control autocrático no es un problema serio en una empresa de pequeña escala que, dirigida por un propietario trabajador, tiene casi un carácter familiar. Es incompatible con la dignidad humana y la eficacia cuando la empresa excede de un cierto tamaño (muy modesto). Hay necesidad, entonces, de un desarrollo consciente y sistemático de comunicaciones y consultas que permitan a todos los miembros de la organización disfrutar de un grado de genuina participación en la dirección.
  4. El significado social y el peso de la empresa en su localidad y sus más amplias ramificaciones piden una cierta «socialización de la propiedad» por encima de los miembros de la empresa misma. Esta «socialización» puede efectuarse dedicando regularmente una parte de los beneficios de la empresa para fines públicos o de caridad e incorporando al Consejo de Administración miembros ajenos a la empresa.

Hay empresas privadas en el Reino Unido y en otros países capitalistas que han puesto en práctica estas ideas y han superado las características socialmente rechazables y peligrosas inherentes a la propiedad privada de los medios de producción cuando se va más allá de la pequeña escala. Scott Bader & Co. Ltd., de Wollaston, en Northamptonshire, es una de ellas. Daremos una descripción más detallada de sus experiencias en el próximo capítulo.

Cuando consideramos empresas de gran escala la idea de la propiedad no puede ser privada en ningún sentido real. Citando otra vez a R. H. Tawney, que lo vio con suma claridad:

«Tal propiedad puede ser llamada propiedad pasiva o propiedad para adquirir, para explotar o para ejercer poder, para distinguirla de la propiedad que es activamente usada por su propietario para el ejercicio de su profesión o la conservación de su familia. Para el abogado la primera es, por supuesto, una propiedad tan completa como la segunda. Es cuestionable, sin embargo, que los economistas deban llamarla “propiedad”… ya que no responde a los derechos que aseguran al propietario el producto de su trabajo, sino que se opone a ellos».

La llamada propiedad privada de las empresas de gran escala no es análoga de ninguna manera a la simple propiedad del pequeño propietario, del artesano o del hombre emprendedor. Es, como dijo Tawney, análoga a «las gabelas feudales que robaban a los campesinos franceses parte de su producto, hasta que la revolución las abolió».

«Todos estos derechos (“royalties”, renta de la tierra, beneficios monopolistas, excedentes de todo tipo) son “propiedad”. La peor de las críticas hacia ellos … está contenida en los argumentos por los cuales la propiedad misma se defiende habitualmente. El propósito de la institución, se ha dicho, es alentar la laboriosidad, asegurando que el trabajador reciba el producto de su esfuerzo. Pero precisamente en la misma medida en que es necesario preservar la propiedad que el hombre ha obtenido como producto de su trabajo, es importante abolir aquello que tiene como resultado del trabajo de otro».

Para resumir:

  1. En la empresa de pequeña escala la propiedad privada es natural, fructífera y justa.
  2. En la empresa de mediana escala la propiedad privada ya es en una gran proporción funcionalmente innecesaria. La idea de «propiedad» se convierte en forzada, infructífera e injusta. Si sólo hay un propietario o un pequeño grupo de propietarios, puede y debiera haber una entrega voluntaria de privilegios en favor de los trabajadores, como en el caso de Scott Bader & Co. Ltd. que ya hemos citado. Tal acto de generosidad es muy raro que suceda cuando hay un gran número de accionistas anónimos, pero la legislación podría allanar el camino.
  3. En la empresa de gran escala la propiedad privada es una ficción cuyo propósito es facilitar a los propietarios sin función que vivan de forma parasitaria del trabajo de otros. No sólo es injusta sino también un elemento irracional que distorsiona todas las relaciones dentro de la empresa. Para citar a Tawney otra vez:

«Si cada miembro de un grupo pone algo dentro de un fondo común con la condición de sacar algo, todavía podrían disputar sobre el tamaño de las partes… Pero si el total es conocido y se reconocen los derechos de cada uno, eso es todo lo que pueden discutir… Pero en la industria no se reconocen todos los derechos, porque existen quienes no ponen nada y exigen sacar algo».

Hay muchos métodos para deshacerse de la llamada propiedad privada en la empresa de gran escala; el más importante de todos es la «nacionalización».

«Pero la “nacionalización” no es una palabra ni muy feliz ni completamente libre de ambigüedad. Usada adecuadamente significa la propiedad por un ente que representa… a los consumidores en general… Ningún idioma posee un vocabulario tan rico como para poder expresar en forma clara los matices más finos existentes en las numerosas variedades posibles de organización bajo la cual un servicio público puede prestarse. El resultado ha sido que la descolorida palabra “nacionalización” casi inevitablemente tiende a estar cargada de sugerencias muy especializadas y bastante arbitrarias. En la práctica ha llegado a ser usada como el equivalente a un método particular de administración, bajo el cual los funcionarios del Estado se colocan en la posición de los actuales directores industriales y gozan de todo el poder que ellos ejercitaban. Por lo tanto, los que desean mantener el actual sistema industrial como una actividad que sirve, no al público, sino a los accionistas, atacan a la nacionalización sobre la base de que la administración estatal es necesariamente ineficaz».

«Pero la “nacionalización” no es una palabra ni muy feliz ni completamente libre de ambigüedad. Usada adecuadamente significa la propiedad por un ente que representa… a los consumidores en general… Ningún idioma posee un vocabulario tan rico como para poder expresar en forma clara los matices más finos existentes en las numerosas variedades posibles de organización bajo la cual un servicio público puede prestarse. El resultado ha sido que la descolorida palabra “nacionalización” casi inevitablemente tiende a estar cargada de sugerencias muy especializadas y bastante arbitrarias. En la práctica ha llegado a ser usada como el equivalente a un método particular de administración, bajo el cual los funcionarios del Estado se colocan en la posición de los actuales directores industriales y gozan de todo el poder que ellos ejercitaban. Por lo tanto, los que desean mantener el actual sistema industrial como una actividad que sirve, no al público, sino a los accionistas, atacan a la nacionalización sobre la base de que la administración estatal es necesariamente ineficaz».

Un elevado número de grandes industrias han sido nacionalizadas en Gran Bretaña. Todas ellas han demostrado la verdad obvia de que la calidad de una industria depende de la gente que la conduce y no de los dueños ausentes. A pesar de ello, las industrias nacionalizadas, no obstante sus grandes logros, están todavía siendo atacadas por el odio implacable de ciertos grupos de privilegiados. La propaganda incesante en contra de ellas tiende a engañar aun a la gente que de ninguna manera comparte el odio y que debiera estar mejor informada. Los portavoces de las empresas privadas no se cansan nunca de pedir más «responsabilidad» en las industrias nacionalizadas. Se puede pensar que es algo irónico, ya que la responsabilidad de estas empresas, que sólo trabajan en interés del público, ya está altamente desarrollada, mientras que la de la industria privada, que trabaja declaradamente para el beneficio privado, es prácticamente inexistente.

La propiedad no es un simple derecho, sino un manojo de derechos. La «nacionalización» no es simplemente cuestión de transferir este manojo de derechos de A a B, es decir, desde las personas privadas al «Estado», cualquiera que sea su significado: se trata de elegir el lugar donde hemos de ubicar los diversos derechos que hay en el manojo, todos los cuales, antes de la nacionalización, pertenecían al llamado propietario privado. Tawney, por lo tanto, dice escuetamente: «La nacionalización (es) un problema de redacción constitucional». Una vez que el dispositivo legal de la propiedad privada ha sido eliminado, hay libertad para organizar todas las cosas de nuevo: unir o disolver, centralizar o descentralizar, concentrar poder o difundirlo, crear grandes o pequeñas unidades, un sistema unificado, un sistema federal o ningún sistema. Como Tawney dice:

«La objeción a la propiedad pública, aceptando que sea inteligente, es en realidad básicamente una objeción a la centralización excesiva. Pero el remedio de la centralización excesiva no es el mantenimiento de la propiedad desprovista de función en manos privadas, sino la posesión descentralizada de la propiedad pública».

La «nacionalización» extingue los derechos de los propietarios privados, pero por sí misma no crea ninguna nueva «propiedad» en el sentido existencial de la palabra (distinto del legal). Tampoco determina por sí misma qué es lo que ha de suceder con los derechos de propiedad originales y quién ha de ejercerlos. En cierto sentido, por lo tanto, es una medida puramente negativa, que anula los arreglos previos y crea la oportunidad y necesidad de hacer otros nuevos. Estos nuevos arreglos, que son posibles a través de la «nacionalización», han de adecuarse por supuesto a las necesidades de cada caso en particular. Un cierto número de principios puede, sin embargo, observarse en todos los casos de empresas nacionalizadas que suministren servicios públicos.

Primero, es peligroso mezclar los negocios y la política. Tal mezcla normalmente produce negocios ineficaces y política corrupta. El decreto de nacionalización, por lo tanto, debe cuidadosamente enumerar y definir los derechos que pueda haber en cada caso. Tales derechos son los que el lado político, es decir, el ministro o cualquier otro organismo del gobierno o del parlamento, puede ejercer sobre el lado de los negocios, es decir, el Consejo de Administración. Esto tiene particular importancia con relación a los nombramientos.

Segundo, las empresas nacionalizadas que suministran servicios públicos siempre deberían tender a conseguir beneficios (en el sentido de comer para vivir, no de vivir para comer) y a constituir reservas. No deberían nunca distribuir beneficios a nadie, ni siquiera al gobierno. Los beneficios excesivos, y esto quiere decir también la constitución de reservas excesivas, deben evitarse mediante la reducción de los precios.

Tercero, las empresas nacionalizadas, sin embargo, debieran tener una obligación reglamentaria «de servir al interés público en todos los aspectos». La interpretación de lo que es el «interés público» debe dejarse a la empresa misma, que habrá de ser estructurada consecuentemente. No tiene ningún sentido pretender que la empresa nacionalizada se preocupe sólo de los beneficios, como si trabajara para accionistas privados, mientras que la interpretación del interés público se deja al gobierno solamente. Esta idea, lamentablemente, ha invadido la teoría de cómo dirigir las industrias nacionalizadas en Gran Bretaña, de modo que se espera que estas industrias trabajen sólo por el beneficio, y si se desvían de este principio lo hacen sólo bajo instrucciones del gobierno y reciben una compensación del mismo por hacerlo de esta manera. Esta división ordenada de las funciones puede recomendarse por los teóricos, pero no tiene ningún sentido en el mundo real, porque destruye la verdadera ética de la dirección dentro de las industrias nacionalizadas. «Servir al interés público en todos los aspectos» no significa nada a menos que penetre en el comportamiento cotidiano de la dirección, y ésta no puede ni debe ser controlada, por no decir compensada financieramente, por el gobierno. Que pueda haber conflictos ocasionales entre la búsqueda de beneficios y el servicio al interés público no puede negarse. Pero esto simplemente significa que la tarea de dirigir una industria nacionalizada plantea exigencias más altas que la de dirigir una empresa privada. La idea de que una sociedad mejor se puede obtener sin plantear exigencias más altas se contradice en sí misma y es quimérica.

Cuarto, para ayudar a que el «interés público» sea reconocido y salvaguardado en las industrias nacionalizadas, existe la necesidad de medidas por las cuales todos los intereses legítimos puedan encontrar expresión y ejercer influencia, es decir, los de los empleados, de la comunidad local, de los consumidores y también de los competidores, particularmente si estos últimos son también industrias nacionalizadas. Para poner en práctica este principio en forma efectiva todavía se requiere una buena cantidad de experiencia. En ningún sitio existen «modelos» perfectos disponibles. El problema es siempre el de salvaguardar estos intereses sin debilitar indebidamente la capacidad empresarial de dirección.

Finalmente, el peligro mayor de la nacionalización lo constituye la inclinación del planificador hacia la centralización excesiva. En general, las empresas pequeñas son preferibles a las grandes. En lugar de crear una gran empresa a través de la nacionalización, como ha sido hasta aquí la práctica invariable, y luego intentar la descentralización del poder y de la responsabilidad a través de formaciones más pequeñas, normalmente es mejor crear pequeñas unidades semiautónomas como primer paso y luego centralizar ciertas funciones a un nivel más alto, si puede demostrarse que la necesidad de una mejor coordinación es de vital importancia.

Nadie ha visto y entendido estos problemas mejor que R. H. Tawney, y por lo tanto es oportuno cerrar este capítulo con otra cita suya:

«Así que la organización de la sociedad sobre la base de las funciones, en lugar de los derechos, implica tres cosas. Primero, significa que los derechos de propiedad habrán de mantenerse cuando estén acompañados del cumplimiento de un servicio y serán abolidos cuando no lo estén. Segundo, significa que los productores tendrán relación directa con la comunidad para la cual se lleva a cabo la producción de modo que su responsabilidad hacia ella pueda ser evidente y sin posibilidad de error ni pérdida, como ocurre ahora, a través de su inmediata subordinación a los accionistas, cuyo interés no es un servicio, sino una ganancia. Tercero, significa que la obligación del mantenimiento del servicio descansará sobre las organizaciones profesionales de los que lo prestan, que, sujetas a la supervisión y crítica del consumidor, harán oír su voz en la administración de la industria tanto como sea necesario para asegurar que la obligación se cumpla».

 

 


NOTAS

(*) Título original: Small is Beautiful Ernst Friedrich Schumacher, 1973 Traducción: Óscar Margenet, 1978

[1] Todas las citas de este capítulo son de The Acquisitive Society, por R. H. Tawney

 

 

 

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