“LA MEGAMÁQUINA”, por Lewis Mumford (Parte II)

“La Megamáquina”, por Lewis Mumford (Parte I)

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El estancamiento de la Ciencia y su inminente colapso

Por Antonio Ruiz de Elvira.

Artículo publicado en Señales de los tiempos.

 

 

La ciencia, cómo la sociedad en la que se imbrica, padece de anquilosamiento (Grecia, hoy, es el mejor ejemplo, Arabia Saudí, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, los EEUU, ….). Una revisión de lo que se publica en Physical Review Letters, en Science yNature, o en la American Economic Review y en el Journal of Political Economy, nos indica que se generan un número muy elevado de detalles, pero que los distintos paradigmas no se cuestionan.

Esto ocurre en física, en astrofísica, en biología y en economía, y en casi todas las demás ramas de la ciencia. 

Y sin embargo, esa ciencia, académica, establecida, de dogmas inviolables, no esta produciendo resultados. En dos campos de la física, en particular, no hay avances substanciales. Se busca el bosón de Higgs, pero se lo busca dentro de un camino trillado. Si se lo encuentra, tendremos confirmación de que un modelo en el cual las resonancias se consideran partículas, es correcto. Y una vez tengamos esa confirmación ¿qué? ¿Qué nos enseñará eso sobre nuestro mundo, el mundo que interacciona con nosotros, el que nos afecta diariamente? El otro campo es el intento de recreación de la fusión solar en un laboratorio de la Tierra, pero una fusión controlada. En este campo no hay avances desde hace años, aunque el número de publicaciones (como en el caso anterior) corta el aliento por lo elevado. Pero, ¿dicen algo nuevo esas publicaciones? 

En la genética, la idea del ‘gen’ es entretenida, pero los genes solo se pueden entender en interacciones entre ellos en número casi inimaginable. Se avanza. Se avanza. Se identifican genes. ¿Se entienden sus interacciones? 

En la ciencia económica vemos cada día que ni teoría, ni modelos, ni cálculos numéricos con ordenadores gigantescos son capaces, no ya de predecir, ni mucho menos de sacarnos del pozo donde estamos, sino de al menos explicar como hemos llegado hasta aquí. La teoría y los modelos al uso indicaban que invertir en bienes inmuebles era algo perfectamente ortodoxo, aquí, en los EEUU y en China. Hoy, ortodoxamente, se manejan bajadas y subidas de tipos de interés, inflación y deflación, austeridad y crecimiento. Nada de eso explica el fracaso o es capaz de dar indicaciones sobre como recuperar una prosperidad que se nos esta yendo, ya, de las manos. 

En 1872 Boltzmann propuso por primera vez una distribución discreta de las energías de interacción entre radiación y materia. Max Planck se resistió durante 15 años a aceptar esa idea, lo que podía haber hecho sin más que escuchar las notas de un piano. Se resistió como gato panza arriba a la innovación mental, y solo propuso su ley de interacción cuántica en un acto de desesperación. 

Hoy la resistencia es feroz a aceptar cualquier innovación. 

Sufrimos de lo que los griegos clásicos llamaban hubris: es lo que hemos sufrido durante casi 8 años de gobierno socialista, y es lo que sufrimos desde Wall Street, y arrastramos en la ciencia: La idea de que conocemos todo, de que ya hemos llegado, de que no hace falta replantearse los postulados en los que basamos nuestras vidas. 

¿Por qué las soluciones que se nos ofrecen, las teorías que se nos explican, han de ser más ciertas que las que había, por ejemplo, antes de Kepler, antes de Newton, de Darwin, de Adam Smith, de Planck y de Einstein? ¿Son correctas las teorías de Samuelson, de Solow, de Friedmann, de Krugman? 

La ciencia es un camino, un camino sin final, y es preciso, constantemente, replantearse las hipótesis en las que basamos nuestros pensamientos. La ciencia, que hoy se asimila al dogma, es lo opuesto a él. Debemos medir la constante de la gravedad todos los días, pues no hay garantía alguna de que su valor no haya cambiado de madrugada. Debemos medir todos los días la extensión del hielo ártico, la concentración de CO2, cada año la media de temperatura global. La ciencia es un fluido que se mueve, con estancamientos y turbulencias, siempre cambiante, siempre hacia adelante. Es lo más contrario a las vigas de los edificios, a las verdades inventadas en sueños febriles en las montañas del desierto, en las orillas del Ganges, en los bosques de Nueva York. 

Es penoso leer las propuestas de los ‘indignados’: su falta de innovación, su carencia absoluta de creatividad produce angustia vital. Son jóvenes (algunos) con mentes viejas. 

Es penoso contemplar las acciones y reacciones del ‘establishment’, de gurús económicos (vide Krugman, por ejemplo), de gobernantes e instituciones, lanzando una y otra vez propuestas tan lijadas que parecen recubiertas de jabón: No tienen por donde agarrarlas. 

En 1861 Maxwell planteó sus ecuaciones para el campo electromagnético. Estas ecuaciones exigen que cualquier movimiento en el universo se tenga que considerar como relativo. Desde 1878 hasta 1905 Hendrik Lorenz se esforzó, una y otra vez en conseguir esa relatividad. Pero era incapaz de rechazar la existencia de un inútil éter que representaba un sistema absoluto de coordenadas. Desde 1893 hasta 1905 Henri Poincaré se enfrentó al mismo problema y naufragó en la misma roca. Decenas de publicaciones, ningún avance. 

Solo mediante la innovación mental del rechazo radical de la idea del éter pudo Einstein abrir la puerta cerrada que permitió el progreso espectacular de la física en el siglo XX. El éter fue propuesto por Huygens en 1678. Hicieron falta 227 para rechazar una hipótesis que era inútil. Las inercias mentales son tremendas. 

De la misma manera, Aristarco de Samos propuso alrededor del 250 antes de la Era Común la realidad de que era la Tierra la que giraba en torno al Sol. Solo se acepto esa idea en 1600, 1850 años después. Las inercias mentales son tremendas. 

La inmensa revolución de la mecánica cuántica se basó en la innovación de aceptar que la interacción entre la radiación electromagnética y las cargas eléctricas en una cavidad esta cuantizada como las notas en las cuerdas de los pianos. 

La gigantesca revolución que nos ha permitido vivir como personas, la innovación de eliminar de las mentes el mandato divino de los reyes (común en la sociedad humana desde la China hasta Portugal) fué un cambio del pensamiento que solo se produjo en 1762. Para las mentes humanas era necesaria una innovación mental para aceptar que los reyes son unos trabajadores como otros cualesquiera, que trabajan de reyes, (o de presidentes de gobierno) como otros trabajan de albañiles. Las inercias mentales son tremendas. 

Necesitamos estimular, con todas nuestras fuerzas, la innovación en nuestros procesos mentales. Estimular las propuestas de ideas radicalmente nuevas, que podemos probar, aceptar o rechazar. 

Pero es urgente, urgentísimo, que esas propuestas innovadoras se conozcan, se publiquen, se desarrollen. 

Eso, o un colapso por simple agotamiento de ideas caducas.

 
 
 
 

La megamáquina (*)

LEWIS MUMFORD

EL DISEÑO DE LA MEGAMÁQUINA

 

LA CARGA DE LA “CIVILIZACIÓN”

La pirámide social

 

La monarquía procuró deliberadamente, por medio de la megamáquina, poner al alcance de los hombres las facultades y glorias de los Cielos; y tuvo en ello tanto éxito, que los inmensos logros de esta unidad mecánica arquetípica superaron en mucho, por su eficiencia técnica y sus resultados, las contribuciones, importantes, aunque modestas, de las otras máquinas contemporáneas.

Organizado lo mismo para el trabajo que para la guerra, este nuevo mecanismo colectivo imponía a todos la misma clase de regimentación general, sobre todos ejercía los mismos modos de coerción y de castigo, y limitaba estrictamente los premios tangibles, reservándolos para la minoría dominante, que era quien creaba y dirigía la megamáquina. A la par de esto, dichos privilegiados reducían el área de la autonomía comunal, de la iniciativa personal y de la autorregulación, cada componente estandarizado que se encontraba por debajo del nivel de comando, no pasaba de ser parte de un hombre; estaba condenado al trabajo, pero sólo a su función parcializada del trabajo y, por fin, sólo vivía una parte muy restringida de su triste vida. El tardío análisis que hizo Adam Smith de la división del trabajo, explicando los cambios que ocurrieron en el siglo XVIII por culpa del sistema inflexible y deshumanizado entonces imperante, aunque con mayor eficiencia en la productividad, ilumina igualmente aquella prístina “revolución industrial” suscitada por la megamáquina.

Idealmente, el personal de la megamáquina debía ser célibe, despojado totalmente de responsabilidades familiares, de instituciones comunales y de los normales afectos humanos, tal como siguen procurándoselo, todavía hoy, los ejércitos, los monasterios y las cárceles.

El otro nombre de la división del trabajo, cuando ésta logra el punto ideal de confinamiento solitario del hombre y su absoluta dedicación a una sola tarea durante toda su vida, es el desmembramiento del hombre.

Los modelos impuestos por esta megamáquina centralizada se trasmitían eventualmente a los oficios y ocupaciones de la localidad, precisamente en las tareas más serviles; es que no le queda virtud humana a ningún oficio cuando en hacer una espuela, por ejemplo, intervienen siete especialistas para realizar las siete operaciones que se requieren para completar la elaboración de tan simple herramienta. La sensación de que todo trabajo era degradante para el espíritu humano se extendió subrepticiamente desde la megamáquina a todas las ocupaciones manuales. El por qué este complejo técnico “civilizado” debió considerarse como un triunfo omnímodo y por qué la especie humana ha tenido que sufrirlo durante tantos siglos, son dos de los más trágicos acertijos de la historia.

En adelante, la sociedad “civilizada” quedó dividida aproximadamente en dos clases: la mayoría, condenada para siempre al implacable trabajo -a trabajar sin replicar, no sólo para subvenir a sus necesidades vitales, sino para producir un superávit que cubriera mucho más que lo exigido por su familia o su inmediata comunidad-, y una minoría “noble” que despreciaba toda forma de trabajo manual y dedicaba su vida a elaborar “realizaciones placenteras” (para sí, por supuesto), usando la sardónica caracterización que Thorstein Veblen hace de tales actividades de los “nobles”. Parte de ese superávit se destinaba, en justicia, a sostener las obras públicas que beneficiaban a todos los sectores de la comunidad; pero otra parte, mucho mayor, tomaba la forma de despilfarro privado, de lujosos bienes materiales y del ostentoso mantenimiento de innumerables siervos y criados, queridas ocasionales y concubinas fijas. Y en la mayoría de las sociedades, la mayor porción de ese superávit se destinaba a alimentar, armar y hacer operar a la destructora máquina militar.

De este modo, la pirámide social establecida durante la Era de las Pirámides en el Fértil Creciente continuó sirviendo de modelo para todas las sociedades “civilizadas” mucho después de haber pasado la moda de construir tales tumbas geométricas. A su cúspide se aferraba una minoría, henchida de orgullo y poderío, encabezada por el rey y sus ministros, sus nobles, sus jefes militares y sus sacerdotes, todos ellos sostenedores de tan injustos privilegios. La principal obligación social de esta minoría consistía en controlar la megamáquina, tanto en su forma de producir riquezas, como en su otra labor de producir daños, aparte de lo cual, su restante tarea era “dedicarse a consumir”. En este respecto, aquellos antiquísimos dirigentes fueron los prototipos de los que hoy dictan el estilo y determinan los gustos usados en nuestra sociedad actual de masas, tan “adelantada” y supermecanizada.

Los registros históricos comenzaron con esta pirámide “civilizada”, con su división en clases y su amplísima base de trabajadores aplastados por el peso superior, ya establecido firmemente; y como esta división ha continuado directamente hasta nuestros días -y en países como la India hasta se ha intensificado, agravándose en sus actuales castas hereditarias e inviolables-, a menudo se la ha tomado como si fuera el orden natural de las cosas. Pero debemos preguntarnos cómo ocurrió eso y sobre qué bases putativas de razón o de justicia ha persistido tan prolongadamente, ya que tal desequilibrio de posiciones, aunque en aquellas épocas se infiltrara en la ley y la propiedad, sólo por accidente puede haber coincidido con la natural desigualdad de capacidades, debida a las repetidas mezclas de la herencia biológica de cada generación.

En la discusión entablada entre Leonard Wooley y sus comentaristas soviéticos, en La prehistoria y los comienzos de la civilización, el arqueólogo británico quedó perplejo ante la insistencia de los rusos en corregir su falla, pues no había hecho más que dejar de subrayar una condición tan normal (según su punto de vista), que ni siquiera se había molestado en mencionarla. Tampoco habría que culpar a Breasted por idéntica falta, pues él fechaba los comienzos de la justicia y la sensibilidad moral en el momento en que, por fin, son escuchados por un tribunal los ruegos del campesino elocuente, quien suplica se le libre de los despojos y malos tratos con que lo acosa un avaro terrateniente.

Lamentablemente, Breasted sobreestimó tal mejoría en el ejercicio del derecho y la moral -todo lo cual consideró como “el despertar de la conciencia”-, pues en realidad estaba partiendo de la salvaje explotación del poder tal como la iniciaron aquellos primeros reyes: “Narmer”, “Escorpión” y sus sucesores. Al opinar así, estaba olvidando las prácticas amistosas y generosas de los aldeanos neolíticos, entre los que prevalecía la indulgencia y la ayuda mutua, virtudes que se generalizaron entre casi todas las comunidades “precivilizadas”. Breasted vio en ese papiro el aumento de sensibilidad ética de las clases dirigentes, que se disponían, por fin, a liberar a los pobres campesinos de las groseras intimidaciones y desmedidas explotaciones que sobre ellos descargaban muy a menudo los que se decían sus superiores; pero nunca se preguntó cómo esas minorías dominantes habían escalado esas posiciones que les permitían ejercer tan arbitrarios poderes.

La crisis de conciencia a que se refiere Breasted habría sido más meritoria si no hubiese sido tan tardía, pues era una reparación demasiado postergada… como la entrega que hizo de sus privilegios la nobleza francesa en vísperas de la Revolución de 1789. Si el “elocuente campesino” obtuvo, finalmente, justicia (como parece indicarse cuando el documento, incompleto, se interrumpe), sólo fue -debemos recordarlo- después que había sido ultrajado, expoliado y aun vapuleado por sus “superiores”, para seguir acumulando ellos más placeres y privilegios. En los sistemas “verticales”, característicos de todas las tiranías y las megamáquina, ese hablar elocuente constituía una afrenta inaudita para los dirigentes, y así continúa considerándose dentro de las actuales disciplinas militares. Con su “insolencia oficial”, los Estados modernos han conservado para sí las peores mañas egoístas de los primitivos soberanos, así como sus facultades despóticas y abrumadoras.

La suposición en que se basan tales sistemas es que la riqueza, el ocio, las comodidades, la salud y la vida prolongada pertenecen por derecho sólo a la minoría dominante, mientras que a la gran multitud que constituyen todos los demás humanos sólo le corresponde el duro trabajo permanente, la constante privación y negación de beneficios, comida de esclavos y muerte temprana.

En cuanto tal división quedó establecida, ¿hay que maravillarse de que los sueños de las clases trabajadoras fueran, durante todo el curso de la historia (o al menos en aquellos períodos relativamente felices en que los pobres se arriesgaban a contarse cuentos de hadas) tener algunos días de descanso y disfrutar de algunos bienes materiales? Quizá para que tales deseos no estallaran en las lógicas erupciones de la disconformidad, dichos dirigentes establecieron ocasionales fiestas y carnavales; pero se han mantenido vivos, siglo tras siglo, los anhelos populares de lograr una existencia similar a la de las clases dirigentes, aunque sólo fuera como las alhajas de fantasía usadas por los pobres en la Inglaterra de la época victoriana, en las que se copiaban de bronce las joyas de oro que lucían las clases privilegiadas; y esos anhelos siguen siendo un activo ingrediente en la fantasía de tantos desheredados, que los contemplan como si vieran nubes rosadas sobre las modernas megalópolis.

Desde el comienzo, sin duda, el peso de la megamáquina fue la más grave carga de la “civilización”, pues no sólo convertía al diario trabajo de los humildes en agraviante castigo, sino que menoscababa las recompensas psíquicas que suelen compensar a los cazadores, granjeros y pastores de sus afanes y tareas. Nunca fue esta carga tan pesada como al principio, cuando la gran actividad pública de Egipto estaba dirigida principalmente a sostener las pretensiones faraónicas de divinidad e inmortalidad.

Para dar a todo este tejido de ilusiones cierta apariencia de credibilidad, en el siglo XXIX antes de Cristo, “la tumba del príncipe Nekura, hijo del rey Kefren de la Cuarta Dinastía, recibió como dote la fortuna particular de dicho príncipe, más los impuestos permanentes que abonaban no menos de doce ciudades y que se destinaban exclusivamente al sostenimiento de tal tumba”. Análogos impuestos y para tan vacías ostentaciones, siguieron caracterizando la moral de los dirigentes, que obraban como el antiguo Dios Sol, o como el moderno Roi Soleil que construyó el palacio de Versailles. Y no se detuvo aquí, pues este rasgo de las clases “superiores” sigue corroyendo todas las páginas de la historia.

El costo de tales esfuerzos ha sido subrayado por Frankfort: “Egipto quedó exhausto de talentos, porque todos fueron absorbidos por la residencia real. Las tumbas de Qua-el-Kebir -un cementerio del Egipto Medio, usado durante el tercer milenio- son muestra del más raquítico equipo y de la más pobre artesanía, que allí se empleó precisamente durante el floreciente período del Reino Antiguo, que fue cuando se construyeron las Pirámides”. Esto lo aclara todo. Los futuros historiadores de esos “grandes” Estados que ahora gastan sumas asombrosas en hacer cohetes interplanetarios, harán sin duda aclaraciones muy similares… si es que nuestra “civilización” dura lo necesario como para poder contarlo.

 

 

Los traumas de la “civilización”

 

Si bien la “máquina de trabajo” puede ser vista y seguida adecuadamente, a través de la historia, más por sus obras públicas (como carreteras, fortificaciones, etc.), que por las descripciones que hayan quedado de ella, en cambio, poseemos el más exhaustivo conocimiento documental de la megamáquina, por sus masivas y frecuentes aplicaciones negativas en la guerra. Es que todos los modelos de organización del trabajo, antes descritos, repetidos en pelotones, escuadrones, compañías y unidades mayores, se trasmitieron de una cultura a otra sin alteración sustancial, excepto en el endurecimiento de su disciplina y en la introducción de sus máquinas de asalto.

Esto nos enfrenta con dos preguntas: 1ª, ¿por qué la megamáquina persistió durante tantos siglos en su forma negativa?, y 2ª (aún más significativa), ¿qué motivos y propósitos se escondían detrás de las ostensibles actividades de la máquina militar? En otras palabras: ¿cómo fue posible que la guerra se convirtiera en parte integral de la “civilización” y fuera exaltada como la suprema manifestación de todo “poder soberano”?

En su original ambiente geográfico, la “máquina de trabajo” casi se explica y justifica por sí misma, pues ¿qué otros medios podían haber empleado las llamadas civilizaciones hidráulicas para regular y aprovechar las inundaciones que les eran tan necesarias para aumentar sus cosechas? Los pequeños esfuerzos que se podrían lograr juntando cooperaciones de diminutas localidades, no habrían podido resolver tan enorme problema. En cambio, la guerra no ofrece justificación alguna, sino que, como institución, no hacía más que trastornar la paciente laboriosidad de la cultura neolítica. Quienes intentan imputar la guerra a la naturaleza biológica del hombre, considerando a ese fenómeno destructivo como una manifestación de la famélica “lucha por la existencia” o como un desahogo de sus instintos animales de agresión, muestran poca perspicacia respecto de las diferencias que hay entre las fantásticas matanzas ocasionadas por la guerra y otras variedades menos organizadas de hostilidad, conflicto y antagonismo potencialmente sanguinarios. La pelea, la rapacidad, y aun el asesinato, para conseguir alimento, son rasgos biológicos, al menos entre los carnívoros; pero la guerra es considerada por algunos como una institución “cultural”.

Las principales especies no-humanas que practican la guerra, con ejércitos organizados, que se baten en combates mortales, son ciertas variedades de hormigas. Estos insectos tan sociales inventaron, hace unos sesenta millones de años, todas las instituciones mayores de nuestra “civilización”, incluso la del “rey” (que, en su caso, es “reina”), las conquistas militares, la división del trabajo, la separación en castas, la domesticación de otras especies, y hasta los comienzos de la agricultura. Y la principal contribución del hombre “civilizado” a este complejo funcional de las hormigas sólo ha consistido en agregarle el poder estimulante de mil fantasías irracionales.

En las primeras etapas de la cultura neolítica no hay ni insinuaciones de combates armados entre los aldeanos; posiblemente, hasta las macizas murallas que rodeaban a ciudades como Jericó (según sospecha Bachofen y confirma Eliade) cumplían una función mágico-religiosa antes que proporcionar ventajas decididamente militares, pues lo que es conspicuo en las excavaciones neolíticas es la completa ausencia de armas, allí donde no faltan abundantes herramientas y alfarería. Tal evidencia, aunque negativa, es bastante aclaratoria y está muy generalizada. Entre pueblos tan cazadores como los bosquimanos, las más antiguas pinturas rupestres no muestran representaciones de luchas mortales entre hombres, mientras que sus pinturas posteriores sí que lo hacen. Asimismo, aunque la antigua Creta fue colonizada por grupos muy distintos y potencialmente hostiles, Childe subraya que “todos parecían vivir pacíficamente, ya que no se han hallado fortificaciones”.

No deben sorprendernos tales datos. La guerra -según observa muy bien Grahame Clark en su Arqueología y sociedad- está “directamente limitada por las bases de subsistencia, ya que la conducción de cualquier conflicto prolongado presupone un excedente de bienes de consumo y de energías”. Y hasta que la sociedad neolítica no produjo tales excedentes, los cazadores “paleolíticos” se mantuvieron bastante atareados con conseguir su caza de cada día. Tal ejercicio no sostiene a más de cinco o seis personas por kilómetro cuadrado; y entre tan poca gente, la agresión asesina sería difícil, por no decir suicida. Hasta el establecimiento de “exclusividad territorial” entre los diversos grupos de cazadores, aunque probable, no sugiere conflictos sanguinarios, como seguimos viéndolo entre las aves que la practican.

Los exuberantes rendimientos de las cosechas neolíticas en los grandes valles del Fértil Creciente cambiaron este cuadro y alteraron las posibilidades de vida tanto para el granjero como para el cazador, pues multitud de animales peligrosos -como tigres, rinocerontes, caimanes, hipopótamos, etc.-, que infestaban al África y el Asia Menor, llevaron su terror a los campos de cultivo. Estos agresores y otros, como los vacunos salvajes (los uros), antes de que fueran domesticados, atacarían a las personas y los animales domésticos, y a menudo pisotearían y se comerían los sembrados. El valor de enfrentar a tales bichos y la destreza para matarlos correspondieron a los cazadores, no a los atareados hortelanos y granjeros, que, cuando más, podían pescar con redes o atrapar pájaros. El granjero, pegado a su terrenito, tan difícil de mantener en buen estado, y acostumbrado siempre a las mismas tareas, era la antítesis del cazador, aventurero y errante, y estaba incapacitado para la agresión, si no paralizado, por sus apacibles virtudes. De aquí el escándalo que provocó la indignación de un exponente del antiguo orden social, cuando la Era de las Pirámides terminó violentamente, ante el espectáculo de encontrarse con “los matapájaros” -meros campesinos, ¡no cazadores!- que se habían convertido en capitanes de tropas.

Estos sedentarios habitantes deben haber prevalecido en Egipto y en Mesopotamia antes que los cazadores aprendieran a explotarlos; el hecho de que las ciudades originales de Sumeria distaran normalmente entre sí menos de doce millas, parece argüir en pro de que se establecieron en un periodo en que todavía tal proximidad no provocaba la invasión de las propiedades ajenas, con los consiguientes conflictos. Es más: esta pasividad, esta mansedumbre y la ya citada falta de armas, facilitaron el que las bandas de cazadores se atrevieran a exigir tributos -lo que hoy se llama “pagar por ser protegido”- a comunidades mucho más numerosas de hortelanos y granjeros. De este modo, paradójicamente, la surgencia de los guerreros precedió a la guerra.

Casi inevitable sería que esta transformación ocurriese simultáneamente en más de un lugar; resulta así indiscutible la evidencia de que surgieran conflictos armados entre dos grupos, independiente y políticamente organizados, que es el criterio de guerra expuesto por Malinowski, para distinguirlo de las meras amenazas y prohibiciones territoriales, como las de los pájaros, o de las expediciones depredadoras, o de las canibalescas cazas de cabezas humanas. Es que la guerra implica no sólo agresión, sino resistencia colectiva armada frente a la agresión; y cuando falta tal resistencia, se puede hablar de conquista, de esclavización y aun de exterminio, pero no de guerra.

Ahora bien, el equipo, la organización y las tácticas de un ejército no se completan de la noche a la mañana, pues debe transcurrir un período de transición antes que una gran masa de hombres esté entrenada para operar bajo un mando unificado. Hasta que las ciudades no se soliviantaron y su población no se concentró suficientemente, el preludio bélico consistió en despliegues de fuerza y belicosidad que culminaban en expediciones depredadoras de maderas, malaquita, oro y esclavos.

Creo que tan radical cambio institucional para terminar en la guerra, no puede ser explicado completamente ni por razones biológicas ni económicas; por debajo de ello late un componente irracional, mucho más significativo, que hay que explorar debidamente. La guerra “civilizada” comienza no por la conversión directa del jefe de los cazadores en el rey que hace la guerra, sino que hay antes el necesario pasaje del cazador de animales al cazador de hombres; y el propósito especial de esta caza -recordemos cautamente las evidencias del remoto pasado- era capturar víctimas para los sacrificios humanos. Son muchos los datos sueltos, ya citados al tratar de la domesticación, que sugieren que los sacrificios humanos precedieron a la guerra entre las tribus o las ciudades. Según esta hipótesis, desde el principio, la guerra fue, probablemente, el subproducto de un ritual religioso cuya vital importancia para la comunidad trascendía en mucho a las ganancias mundanas de territorio, de botín o de esclavos, que es lo que las comunidades posteriores buscarían para explicar sus paranoicas obsesiones y sus espantosos holocaustos colectivos.

Patología de la fuerza

A los psicólogos les resulta sospechosa toda concentración personal de poder como fin en sí, pues declara involuntariamente su intento de ocultar la inferioridad, la impotencia y la preocupación que afligen a quien así acumula poder. Cuando tal tendencia se combina con ambiciones desorbitadas, hostilidad y suspicacias incontroladas y cierta pérdida del sentido de las propias limitaciones subjetivas, todo lo cual produce “ilusiones de grandeza”, nos encontramos ante los síntomas de la paranoia: uno de los estados psicológicos más difíciles de exorcizar.

Ahora bien, los primeros hombres “civilizados” tenían razón en espantarse de las fuerzas que ellos mismos, por su serie de éxitos tecnológicos, estaban desatando. En el Cercano Oriente, muchas comunidades se habían librado ya de las restricciones que antes les imponía su “economía de subsistencia” dentro de su ambiente ya circunscrito y domesticado, y se estaban enfrentando con un mundo que crecía en todas direcciones, ya porque se ensanchaban las áreas de cultivo, ya porque se intensificaba el trueque, mediante barcos de remos y velas (hacia el año 3500), de materias primas procedentes de distintas regiones, lo cual les ponía en frecuente contacto con otros pueblos.

Nuestra propia época sabe cuán difícil es lograr el equilibrio en una “economía de abundancia”; y nuestra tendencia a concentrar responsabilidades por la acción colectiva en un presidente o un dictador es, como Woodrow Wilson lo señaló mucho antes de que los dictadores se pusieran por enésima vez de moda, una de las condiciones -la más fácil, aunque también la más peligrosa- para mantener dicho equilibrio y controlarlo.

Ya he intentado rastrear los efectos de esta situación general en el desarrollo de la monarquía, pero ahora deseo afirmar más específicamente su relación con los crueles rituales de la guerra. A medida que la comunidad se extiende más y se hace más relacionada, su equilibrio interno resulta menos estable y es mucho más amenazadora la posibilidad de daños y penalidades de hombres y pérdidas de vidas. En tales circunstancias, que están más allá el control local, es probable que aparezca la ansiedad neurótica. La identificación mágica del rey “divino” con toda la comunidad no disminuía tales ocasiones de ansiedad, pues a pesar de esas pretensiones regias de divinidad e inmortalidad, los reyes estaban sujetos, como los demás, a los accidentes, las desgracias y la muerte; y si el rey se elevaba por encima de los hombres comunes, su caída podía resultar mucho más aplastante para toda la comunidad.

En épocas muy remotas, antes que se pudiera disponer de documentos escritos, formaban una mezcla indistinguible los sueños y los hechos, los mitos y las alucinaciones, el conocimiento empírico y las adivinaciones supersticiosas, la religión y la ciencia. Si después de un ritual en el que se habían hecho sacrificios humanos, ocurría un afortunado cambio de tiempo, tal casualidad podía dar sanción a ulteriores matanzas propiciatorias en escala aun mayor. Esta es la razón para sospechar -según evidencias muy posteriores recogidas en África y en América por Frazer- por qué el rey mismo, precisamente porque encarnaba a toda la comunidad, fue en algunas ocasiones ofrecido en sacrificio ritual.

Para salvar de tan indigno hado al adorado rector, pudo inducirse temporalmente a un plebeyo a ejercer tal cargo, para convertirse, en el momento oportuno, en la víctima propiciatoria del sacrificio; y cuando tal sacrificio vicario resultó localmente impopular -como se indica claramente en el clásico maya, el Popul Vuh-, se habían de hallar sustitutos en los cautivos de otras comunidades. La transformación de estas expediciones rapaces en guerras en gran escala entre reyes que eran poderes igualmente soberanos y estaban respaldados por los dioses igualmente sedientos de sangre humana, aunque no ha podido ser documentada, es la única conjetura que une a todos los componentes de la guerra y explica en cierto modo la firmeza con que tan feroz institución se ha mantenido durante siglos. Las condiciones que favorecen a la guerra organizada, conducida por una “máquina militar” de gran potencia, capaz de destruir completamente murallas bien macizas, de romper diques y arrasar templos y ciudades, resultaban ampliadas en gran parte por los genuinos triunfos de la “máquina de trabajo”. Pero es muy dudoso que tales heroicas obras públicas, que exigían esfuerzos casi sobrehumanos, hayan sido emprendidas con fines meramente mundanos, pues las comunidades nunca se exigen a sí mismas al máximo, y mucho menos cercenan vidas individuales, excepto por lo que consideran ser un gran fin religioso. Sólo la postración ante el mysterium tremendum, ante alguna manifestación de la divinidad en su temible poder o luminosa gloria, reclamará tan excesivos esfuerzos colectivos. Esta fuerza mágica prepondera sobre la ficción de las ganancias económicas; y en aquellos casos posteriores en que tales esfuerzos y sacrificios se hacen, al parecer, sólo para conseguir ventajas económicas, hay que observar que este secular propósito se ha convertido por sí mismo en un dios, en un objeto sagrado de codicia, identificado con Mammon, o no.

Como la organización militar necesitaba capturar prisioneros, enseguida tuvo otro deber sagrado que cumplir: el de proteger activamente al rey y a los dioses locales contra las represalias, anticipándose al ataque del enemigo. En este proceso, la extensión del poder militar y político se convirtió muy pronto en fin en sí, como el testimonio último del poder de las divinidades que regían a la comunidad, y para mantener la suprema posición del rey.

Ese ciclo de conquista, venganza y exterminio es la condición crónica de todos los Estados “civilizados” y, como observaba Platón, la guerra es su ser “natural”. Aquí, como había de ocurrir a menudo más tarde, la invención de la megamáquina, como el instrumento perfeccionado del poder real, produjo los nuevos propósitos a los que más tarde había de servir; y en este sentido, la invención de la máquina militar hizo a la guerra “necesaria”, y aun deseable, así como la invención del avión de chorro ha hecho “necesarias”, y aun provechosas, las masas de turistas.

Lo que resulta más notable, en cuanto hay documentos que lo acrediten, es que la extensión de la guerra como brazo permanente de la “civilización” no hizo más que ampliar la ansiedad colectiva que el ritual de los sacrificios humanos había intentado aplacar. Y como la ansiedad comunal aumentó, ya no pudo ser superada por los simbólicos sacrificios de entrañas ante el altar, sino que ese pago como muestra o ejemplo había que reemplazarlo por la entrega colectiva de vidas a escala mucho mayor.

De este modo, la ansiedad invitaba al apaciguamiento de los dioses mediante los sacrificios mágicos, éstos inducían a hacer más expediciones para cazar víctimas humanas, y tales expediciones se convertían en combates armados y en contiendas mutuas entre potencias rivales. Así, fueron arrastrados a estas tremendas ceremonias cada vez más hombres y con armas ya más efectivas, y lo que al principio fue un preludio incidental para un mero sacrificio simbólico, se convirtió ahora en el “sacrificio supremo”, cumplido masivamente. Tal aberración ideológica fue la contribución final a la perfección de la megamáquina militar, con lo que la capacidad de hacer guerras y de imponer sacrificios humanos colectivos se ha mantenido como la marca identificadora de todo poder soberano a través de las más lúgubres páginas de la historia.

Cuando los registros escritos hablaron de guerra, aquellos primeros hechos de Egipto y de Mesopotamia ya estaban enterrados y olvidados, si bien no deben haber sido diferentes de los que después hemos conocido entre los mayas y los aztecas. Todavía en tiempos tan tardíos como los de Abraham, la voz de Dios pudo mandar a un padre amoroso que ofreciera a su propio y queridísimo hijo en cruento sacrificio ante el altar; y los sacrificios públicos de prisioneros capturados en la guerra siguieron siendo una de las ceremonias normales en Estados tan “civilizados” como la Roma imperial. Los historiadores modernos, al glosar estas evidencias, muestran cuán necesario ha sido para los hombres “civilizados” reprimir estos malos recuerdos, para poder seguir respetándose a sí mismos como seres racionales: ilusión que salvará sus vidas.

Por tanto, los dos polos opuestos de la “civilización” son el trabajo mecánicamente organizado y la destrucción y el exterminio, también organizados mecánica y sistemáticamente. Casi las mismas fuerzas y los mismos métodos de operar son aplicables a esas dos áreas. Hasta cierto punto, el sistemático trabajo diario ha servido para mantener entrenadas las sobrantes energías que ahora quedaban disponibles para convertir en realidades a los sueños y las locas fantasías; pero ni aun este saludable cambio se ha operado entre las clases dirigentes. Por estar ahítas de ocio, sólo la guerra les da “algo que hacer”, ya que, con sus incidentales opresiones, responsabilidades y riesgos mortales, proporciona el equivalente del trabajo honorable. La guerra se ha convertido así, no sólo en “la salud del Estado” (como dijo Nietzsche), sino que también es la forma más barata de creatividad ficticia, pues en pocos días produce resultados bien visibles, que destruyen los esfuerzos de muchas vidas.

Esta inmensa “creatividad negativa” anula constantemente las auténticas ganancias de la máquina. El botín que se recoge en una expedición militar que tenga éxito es, económicamente hablando, una “expropiación total”; pero demuestra ser, como los romanos tardaron es descubrir, un pobre sustituto de los impuestos permanentes que se recaudan anualmente mediante una organización económica bien establecida. Como ocurrió con la rebatiña de oro que los conquistadores españoles hicieron en Perú y en México, tal “dinero fácil” suele minar la economía del vencedor. Cuando tales economías ladronas se generalizan, robándose unas a otras, cierran toda posibilidad a las ganancias correctas, y el resultado económico de todo ello es tan irracional como los propios medios militares.

Como compensación (involuntaria, por cierto) de estas insensatas explosiones de hostilidad y de estos desvíos de los modelos de conducta que sostienen el necesario orden vital, la megamáquina introdujo un modo más severo de orden interno que cualquiera de los que había logrado antes la comunidad tribal más adicta a las buenas costumbres. Este orden mecánico suplementó a los rituales de los sacrificios, pues el orden, de cualquier clase que sea y por mucha que sea su severidad, reduce la necesidad de elegir, y con ello disminuye la ansiedad. Tal como ha señalado el psiquiatra Kurt Goldstein, “los modelos compulsivos del orden” resultan esenciales, aun cuando la ansiedad haya sido causada por un daño puramente físico del cerebro.

Los rituales de los sacrificios y los rituales de la compulsión se unificaron concordemente en las operaciones de la máquina militar. Si la ansiedad era el motivo original que ocasionaba las respuestas subjetivas de los sacrificios, la guerra, por el solo hecho de ampliar el área de sacrificios, restringía el área en que las elecciones humanas normales, basadas en el respeto de todas las potencias creadoras del organismo, debían actuar; es decir: que el logro central de la megamáquina negativa fue un modelo compulsivo y colectivo de orden. Al propio tiempo, la ganancia en poder, conseguida por la organización de la megamáquina, resultó ampliamente contrarrestada por los marcados síntomas de deterioro que había en las mentes de quienes habitualmente ejercían tal poder, pues no sólo resultaron deshumanizados, sino que, crónicamente, perdían todo sentido de la realidad… como aquel rey sumerio que extendió sus conquistas hasta tan lejos, que cuando retornó a su capital, la encontró en manos de otro enemigo.

Las estelas y monumentos de muchos grandes reyes abundan en insensatos alardes de poder y en vanas amenazas contra quienes se atreven a registrar sus tumbas o borrar sus inscripciones. .. hechos que, sin embargo, ocurrieron repetidas veces. Como Marduk en la versión acadia de la epopeya de la Creación, los reyes de la Edad del Bronce, montados en sus carros bélicos, “irresistibles y terroríficos”, eran “peritos en pillajes y diestros en toda clase de destrucciones… siempre recubiertos por la armadura del terror”. También ahora estamos bastante familiarizados con similares sentimientos agresivos y dañinos, pues nos los infiltra nuestro Pentágono mediante sus comunicados de prensa en que habla de la guerra nuclear.

Tales repetidas afirmaciones de poder eran, sin duda, esfuerzos para conquistar fácilmente al enemigo por el terror y anticipadamente; pero testimonian asimismo un aumento de irracionalidad, casi proporcional a los instrumentos de destrucción de que se disponía: algo que también estamos viendo en nuestra época. Esta paranoia era tan metódica, que el conquistador, en más de una ocasión, arrasó una ciudad, sólo para reconstruirla de nuevo en el mismo sitio, demostrando así su ambivalente función como destructor y creador, es decir: como demonio y dios alternativamente.

Hace medio siglo, podrían parecer discutibles los datos de tales hechos históricos; pero el gobierno de los Estados Unidos ha seguido precisamente esa misma técnica en la total destrucción de Alemania y su subsiguiente reconstrucción postbélica. . . coronando así una atroz estrategia militar, impuesta a fuerza de miles de bombas de exterminio, con un criterio económico y político, igualmente desmoralizador, que ha devuelto la victoria a los impenitentes partidarios de Hitler.

Esta dualidad y ambivalencia de la megamáquina quedó bien expresada en la afable y escalofriante amenaza con que termina un poema sumerio citado por S. N. Kramer:

El zapapico y el canasto construyen ciudades Firmes casas construye el zapapico; pero La casa que se rebela contra el rey, La casa que no se somete a su rey, El zapapico la hace sumisa al gran rey.

Una vez que se estableció firmemente el culto de la monarquía, las demandas de poder, en vez de disminuir, crecieron, porque las ciudades que hasta entonces habían coexistido pacíficamente, casi tocándose, como ocurría con el original racimo de ciudades de Sumeria, se convirtieron en enemigos potenciales, pues cada una tenía su propio dios belicoso, cada cual su propio rey, y todas, la posibilidad de levantar fuerza armada e inflingir destrucción a su vecina. En estas condiciones, lo que comenzó como una ansiedad neurótica, con exigencias de sacrificios colectivos ceremoniales, se convirtió fácilmente en una ansiedad racional, llena de temores bien fundados, que necesitó tomar medidas del mismo orden…o someterse abyectamente, como propuso el Consejo de Ancianos de Erech cuando su ciudad fue amenazada

Nótese lo que se dice como encomio de uno de los primeros exponentes de tales sistemas de fuerza, Sargón de Acadia, en la Crónica de Sargón: “No tuvo rival ni oponente, pues desparramó su aureola de terror por todas las comarcas”. Para mantener este peculiar halo de poder, el que -según Oppenheim- procedía sólo de los reyes, “5.400 soldados comían diariamente en su presencia”, es decir, dentro de la ciudadela, donde protegían el tesoro y el granero del templo, que eran los instrumentos monopolizadores del control político y económico. El grueso muro que rodeaba a la ciudadela no sólo era una seguridad más para el caso de que se abriera una brecha en las murallas exteriores de la ciudad, sino que era asimismo la salvaguarda contra cualquier rebelión de la población local. La propia existencia de semejante ejército en pie de guerra y su diaria disposición indica dos cosas: la necesidad de tener medios de coerción siempre listos para conservar el orden, y la capacidad de implantar y mantener la más estricta disciplina militar, ya que, de otro modo, el propio ejército habría degenerado en peligrosos motines… como tan a menudo sucedió después en Roma.

El curso del imperio

La solemne asociación de la monarquía con el poder sagrado, los sacrificios humanos y la organización militar, ya hemos dicho que fue consustancial con todo el desarrollo de la “civilización” que se dio entre el año 4000 y el 600 antes de Cristo. Y, bajo diversos disfraces, sigue siéndolo hoy. El “Estado soberano” de nuestro tiempo no es más que la contrapartida abstracta y magnificada de aquellos reyes “divinos”, y las instituciones de los sacrificios humanos y la esclavitud las tenemos aún presentes, igualmente ampliadas y quizá más imperiosas en sus demandas. El servicio militar universal (conscripción de tipo faraónico) ha multiplicado enormemente el número de víctimas sacrificiales, mientras que el gobierno constitucional por “consenso popular” ha llegado a hacer más absolutos los poderes del gobernante, ya que no son reconocidas las críticas ni las disensiones.

Con el tiempo, los antiguos incentivos mágicos para la guerra se escondieron bajo disfraces utilitarios, que parecían menos indecorosos. En vez de aumentar el número de víctimas sacrificiales, matando también a las mujeres y los mitos de los pueblos conquistados, se pensó que convenía más a los intereses utilitarios perdonarles la vida y mantenerlos como esclavos, aumentando así los efectivos que cumplirían trabajos forzados y acrecerían la eficiencia económica del conquistador. De este modo, tales productos secundarios del esfuerzo bélico -el botín, los esclavos, la tierra y los impuestos- sustituyeron y ocultaron insidiosamente los motivos irracionales que antes obraban descaradamente. Puesto que la expansión general de la productividad económica y de la riqueza cultural había acompañado a la monarquía y había contrarrestado, aparentemente, sus tendencias destructivas, las gentes se veían condicionadas a aceptar el mal como el único modo de asegurarse lo bueno, pues no había otra alternativa, a menos que la megamáquina se desmoronase.

En vista de las muchas civilizaciones que han ido sucumbiendo, o por desintegración interna, o por asalto del exterior -según lo ha documentado ampliamente Arnold Toynbee-, tenemos que subrayar el hecho de que los elementos malos de esta amalgama cancelan sobradamente sus beneficios y alegrías. Una de las más duraderas contribuciones de la megamáquina fue el mito de la máquina misma: la noción de que tal máquina es, por su propia naturaleza, absolutamente irresistible… con lo que, si nadie se le opone, resultará últimamente beneficiosa para todos. Tal apelación mágica sigue sojuzgando hoy tanto a los dirigentes como a las víctimas de las megamáquinas de nuestro tiempo.

A medida que la máquina militar se hizo más fuerte, resultó menos necesaria la autoridad del templo, y la organización palaciega (que fue haciéndose cada vez más rica y autosuficiente, por tener mayores territorios para expoliar) a menudo dejó en segundo lugar las antiguas prerrogativas de la religión. Oppenheim lo observó así al estudiar el período subsiguiente a la caída de Sumeria; pero tales cambios de poder y de autoridad ocurrieron repetidas veces, pues los sacerdotes se convirtieron frecuentemente en sumisos servidores de la megamáquina, a la que, en su origen, santificaron y ayudaron a establecer.

El propio éxito de la megamáquina reforzó las peligrosas potencialidades que hasta entonces la habían tenido en jaque, por culpa de la debilidad humana. La enfermedad inherente a todo sistema basado en la fuerza se manifiesta en el hecho de que los reyes, exaltados así sobre todos los demás hombres, resultaban constantemente engañados, adulados y envueltos en informes erróneos. Celosamente protegidos por tales precauciones, nunca aprendieron por sí mismos ni por el estudio de la historia el hecho de que el poder absoluto es enemigo de la vida, que sus métodos son autoderrotistas, que sus victorias militares son efímeras y que sus exaltadas pretensiones son fraudulentas y absurdas.

En Egipto, desde finales de la gran Era de los Constructores, hay evidencias que corroboran esa taladrante irracionalidad, mucho más significativas por proceder de los egipcios, gente ordenada y exorcizada: “El ejército volvió a salvo, tras haber arrasado el país de los Moradores de las Arenas, tras haber destruido todas sus fortificaciones, tras haber cortado sus higueras y sus viñas, tras haber puesto fuego a sus viviendas y haber matado más de diez mil de sus hombres…”

Tal es el resumen del curso de los imperios por doquier: siempre las mismas palabras soberbias, los mismos actos viciosos, los mismos resultados sórdidos y macabros… desde lo que nos cuentan los primeros jeroglíficos egipcios hasta las últimas noticias de los periódicos norteamericanos -llegadas cuando escribo esto- relatando las atrocidades en masa, cometidas a sangre fría, mediante bombas incendiarias llenas de gasolina y diversos venenos exfoliadores, por las fuerzas militares de los Estados Unidos, contra los indefensos campesinos del lejano Vietnam: gente inocente, desarraigada de sus hogares, aterrorizada, envenenada y quemada viva en el más fútil intento de hacer “creíbles” las fantasías de poder que están enloqueciendo a las clases dirigentes norteamericanas, cómplices de la misma confabulación militar, industrial y científica.

Por su propia incitación a destruir y matar, la guerra, con su desastrosa espontaneidad, supera temporalmente las estructuradas limitaciones de la megamáquina; de aquí la sensación de alivio que a veces acompaña al estallido de la guerra, cuando al pueblo se le suprimen las diarias cadenas, para empezar a contar los que pronto han de ser mutilados o muertos. Es que, en la conquista de un país o en la toma de una ciudad, las ordenadas virtudes de la civilización se trastornan y ponen del revés: el respeto por la propiedad privada deja su lugar a la destrucción desenfrenada y al robo; la anterior represión sexual se ve sustituida por el estímulo oficial de raptos y violaciones; y el crónico odio que el pueblo siente hacia las clases dirigentes, tiene propicia ocasión para desahogarse mutilando o matando enemigos extranjeros.

En resumen: que en vez de luchar entre si los opresores y los oprimidos, todos transfieren su agresión a otra meta común: contra otra ciudad rival. Así, cuanto más graves sean las tensiones y más onerosas las represiones diarias de la civilización, más útil será la guerra como válvula de escape. Finalmente, la guerra cumple otra función que es aun más indispensable (si mi hipotética conexión entre la ansiedad, los sacrificios humanos y la guerra resulta defendible): la de proporcionar su propia justificación, al sustituir la ansiedad neurótica por el temor racional que se siente frente al peligro real. En cuanto estalla la guerra, hay sólidas razones para sentir aprensión, dejarse llevar por el terror y entregarse a compensatorios despliegues de valentía.

Evidentemente, el estado crónico de guerra era el altísimo precio que había que pagar por tan cacareados beneficios de la “civilización”, pues la mejoría auténtica y permanente sólo podía llegar exorcizando ese mito de la monarquía “divina”, desmontando su poderosísima megamáquina y eliminando su despiadada explotación de la fuerza bruta del hombre.

Los pueblos psicológicamente saludables no necesitan entregarse a tales fantasías del “poder absoluto”, ni tienen que hacer componendas con la realidad inflingiéndose automutilaciones ni cortejando prematuramente a la muerte; pero la debilidad crítica de las estructuras institucionales superreglamentadas -y casi por definición las “civilizaciones” eran, desde sus comienzos, superreglamentadas- se manifiesta en que no producen pueblos psicológicamente saludables. Su rígida división del trabajo y su separación en castas produce caracteres desequilibrados, mientras que la rutina mecánica normaliza, y premia, a esas compulsivas personalidades que tienen miedo de enfrentarse con las embarazosas riquezas de la vida. En una palabra: el obstinado desprecio de los límites orgánicos y de las facultades humanas socavó esas contribuciones que eran válidas tanto para ordenar los asuntos humanos, como para comprender el lugar del hombre en el cosmos, que habían predicado esas nuevas religiones orientales hacia el Cielo. El dinamismo y expansionismo de las técnicas “civilizadas” pudieron haber servido como contrapesos vitales a las fijaciones y aislamientos de la cultura aldeana, si su propio régimen no hubiera resultado mucho más restrictivo de la vida misma.

Ahora bien, todo sistema basado en la suposición del poder absoluto es muy vulnerable. El hermoso cuento de Hans Christian Andersen acerca de aquel emperador que se instaló en su aeronave para conquistar la Tierra y fue derrotado por un minúsculo mosquito que se le metió en un oído y lo atormentó sin cesar, ejemplariza multitud de otros infortunios. Hasta la puerta más fuerte de la ciudad puede ser abierta por la astucia o la traición, como ocurrió en Troya y en Babilonia; y la mera leyenda de que Quetzalcoatl estaba a punto de regresar, le impidió a Moctezuma tomar medidas efectivas para aplastar al minúsculo ejército de Cortés. Hasta las órdenes regias más severas pueden ser desobedecidas por hombres que se atengan a sus propios sentimientos o que confíen en su propio juicio… como hizo el delicado leñador que desafió secretamente a su rey y conservó la vida de Edipo.

Después del segundo milenio, se hizo cada vez más intermitente el uso de la colosal “máquina de trabajo”, la que jamás volvió a alcanzar eficiencia análoga a la mostrada en la construcción de las Grandes Pirámides. La propiedad privada y el empleo privado de mano de obra fue asimilando lentamente las funciones que antes habían sido públicas y oficiales, pues ahora las perspectivas de provecho particular resultaban más efectivas que el miedo a los castigos. Por otra parte, la “máquina militar”, aunque alcanzó su cúspide reglamentaria en las famosas “falanges” de Sumeria, logró adelantos tecnológicos mucho más importantes en otros aspectos profesionales; y no es exagerado decir que, hasta el siglo XIII de nuestra era, los inventos mecánicos deben más a la guerra que a las artes de la paz. Esto abarca grandes lapsos de la historia: El carro militar precedió al uso general de carros y carretas para transporte de personas y mercaderías; el petróleo ardiendo se usó para repeler a los enemigos que asediaban las ciudades, mucho antes de ser empleado para calentar calderas o mover máquinas; una especie de chalecos salvavidas, bien inflados, fueron usados por las tropas asirias, para cruzar los ríos, miles de años antes que para hacer salvamentos o ejercicios de natación; también las industrias metalúrgicas se desarrollaron más rápidamente en las aplicaciones militares que en las civiles: la guadaña fue anexada a los carros de combate, para cortar hombres, mucho antes de que existieran las máquinas segadoras; y los conocimientos que Arquímedes tenía de mecánica y de óptica se aplicaron para destruir la flota romana que asediaba a Siracusa, mucho antes de que nadie los empleara en industrias constructivas. Desde el fuego griego a las bombas atómicas y desde las ballestas a los cohetes teledirigidos, la guerra ha sido la fuente primordial de los inventos mecánicos que han requerido aportes metalúrgicos o químicos.

Pero después de evaluar debidamente todos esos inventos y apreciarlos en lo mucho que valen, se ve que ninguno de ellos, ni todos juntos, llegaron a ser una contribución tan grande a la eficiencia técnica y a las operaciones colectivas en gran escala como lo fue la propia megamáquina, pues ésta estableció, tanto en sus formas constructivas como en las destructoras, nuevos modelos de trabajo y un novísimo estilo de realizaciones. Algo de esa disciplina y autosacrificio del ejército se ha mostrado ingrediente necesario para toda gran sociedad que eleve sus miras por encima del horizonte aldeano… como algo de la estricta contabilidad, introducida por los sacerdotes y los funcionarios palaciegos en los asuntos económicos, es esencial para cualquier gran sistema de cooperación práctica y de comercio. Finalmente, hasta estaban implícitas en el modelo abstracto de la megamáquina las modernas máquinas que actúan por sí solas, sin necesitar la supervisión humana permanente, ya que no el control último. Lo que al principio se hacía burdamente y con sustitutos humanos imperfectos, siempre necesariamente en gran escala, preparó el camino para las operaciones mecánicas, que ahora podemos hacer con precisión, directamente y en pequeña escala: una estación automática hidroeléctrica puede trasmitir la energía de cien mil caballos. Evidentemente, muchos de los triunfos mecánicos de nuestra época ya estaban latentes en las primeras megamáquinas, y lo que es más: aquellas fantasías ya anticipaban plenamente estos logros actuales. Pero antes que nos enorgullezcamos demasiado por nuestro progreso técnico, recordemos que una sola bomba termonuclear puede matar fácilmente a diez millones de personas, y que las mentes que ahora están a cargo de tales bombas ya se han mostrado tan abiertas a errores prácticos, a juicios humanamente distorsionados, a fantasías corrompidas y a trastornos psicóticos, como aquellos horribles reyes de la Edad del Bronce.

 

Reacciones contra la megamáquina

Desde el principio, la balanza del poder mecanizado parece haberse inclinado hacia el lado de la destrucción; lo que más pasó de la megamáquina a las civilizaciones posteriores fue su forma negativa, su máquina militar, ya bien dispuesta en filas y columnas, estandarizada y dividida en partes especializadas. Esto se aplica aun a los detalles de disciplina y organización, como la primera división de sus tareas entre armas de choque y armas de larga distancia: arqueros, tiradores de fuego, lanceros, espadachines, caballería y carros de combate.

“No seas soldado”, advierte un escriba egipcio del Nuevo Reinado, pues desde que entres como recluta “recibirás en tu cuerpo quemaduras, golpes brutales sobre los ojos y alguna herida te partirá la cabeza; serás arrojado al suelo y pisoteado; allí te golpearán y te magullarán con mil azotes”. Tal era la formación de la soldadesca, y sobre ella se construía aquel “encantador poderío”; como se ve, el proceso destructor comenzaba desde la instrucción de las unidades más elementales. Evidentemente, el “prusianismo” del sargento instructor tiene antiquísima historia.

Nos consolaría creer que el lado constructivo y el destructor de la megamáquina se compensaron mutuamente, y que dejaron algún lugar para que se desarrollaran propósitos humanos más centrales, basados en los progresos que antes se habían hecho en las tareas de domesticación y humanización. En cierto grado, así sucedió realmente, pues grandes territorios de Asia, Europa y América sólo fueron conquistados nominalmente, y algunos ni aun eso. Varios de los pueblos conquistados, aparte de pagar impuestos o tributos, consiguieron aislarse y encerrarse en su vida comunal, exagerando a veces sus provincialismos en tal manera, que volvieron a caer en retrocesos y trivialidades ruinosas.

Pero la gran amenaza a la eficiencia de la megamáquina procedió de adentro: de su propia rigidez, de su brutal represión de toda capacidad individual y de su aguda falta de propósitos racionales. Además del ánimo destructor que caracterizaba a todos los actos de la máquina militar, tenía ésta en sí muchas limitaciones; el solo crecimiento de su poder provocaba en las clases dirigentes el desborde de las más estrepitosas fantasías de sus subconscientes, dejando sueltos los impulsos sádicos que hasta entonces no habían hallado otra salida colectiva; en cambio, la máquina misma dependía, para sus operaciones, de miembros humanos, que eran, en su mayoría, débiles, falibles, estúpidos o testarudos. Por todo ello, tan gran aparato estaba muy expuesto a desintegrarse bajo sus propias tensiones. A tales partes humanas mecanizadas no era posible mantenerlas juntas sin que las sostuviera una profunda fe mágicoreligiosa en el sistema mismo, tal como la expresada en el culto de los dioses. Así, bajo la imponente superficie uniforme de la megamáquina, y aunque siempre la sostuvieron pavorosas figuras simbólicas, debe haber habido, desde el principio, numerosas grietas y fallas.

Felizmente, se confirmó así el hecho de que la sociedad humana no podía concordar con la rígida estructura teórica que había erigido el culto de los reyes, pues hay mucho en nuestra vida diaria que escapa a todo control y a toda supervisión efectiva, y, con más razón, a las disciplinas coercitivas. Desde los primeros tiempos de la megamáquina, hay indicaciones de resentimientos, desconfianzas, retiradas y escapes: todo ello bien patente en la clásica historia de la fuga de los judíos y su liberación de la tiranía egipcia. Aun cuando no fuera posible la retirada colectiva total, las prácticas diarias de la granja, del taller, del mercado, así como el aliciente de los lazos de familia y de las lealtades regionales y el culto de los dioses menores de cada localidad, eran factores que tendían a debilitar aquel sistema de control total.

Como ya dije antes, el colapso más grave de la megamáquina parece haber ocurrido en el primer período, cuando la Era de las Pirámides, a juzgar por sus recuerdos mortuorios, estaba en su apogeo. Sólo una sublevación revolucionaria puede explicar el interregno de casi dos siglos que separa al Reinado Antiguo del Reinado Medio; y aunque, finalmente, se restauró el complejo poder arcaico, ya hubo de ser modificado por importantes concesiones, incluso la extensión de la inmortalidad (que antes era derecho exclusivo del faraón o, cuando más, de las clases superiores) a toda la población en general. Aunque no nos haya quedado registro alguno de los reales incidentes que provocaron y produjeron tal derrocamiento del poder central, tenemos, además del elocuente testimonio del silencio oficial, la ausencia de actividad en las habituales construcciones públicas y una explicación vívida de los cambios que se habían impuesto, y que sólo podían ser consecuencia de una revolución muy violenta, tal como los relata un partidario del antiguo régimen, Ipu-wer. Su lamento es un reflejo de la revolución vista desde el lado no-revolucionario, y resulta tan gráfico, aunque no tan novelado, como el reflejo que el Dr. Zhivago hace de la revolución bolchevique.

La primera revuelta contra el poder establecido puso boca abajo la pirámide de la autoridad, sobre la que se fundaba la megamáquina, pues se obligó a las mujeres de los nobles a hacer de sirvientas y de prostitutas -según confirman los papiros-, y la gente común asumió los cargos oficiales. “Los porteros decían: ¡Vayamos a saquearlo todo…! Cada hombre miraba a su hijo como enemigo… Los nobles se lamentaban, mientras que los humildes se alegraban… El lodo cubría todo el país, y nadie tenía entonces blancas sus vestiduras… Los que construían las pirámides se habían convertido en granjeros… Y la provisión de grano se hacía sobre la base del ¡toma y daca!” Es obvio que la realidad había roto los imponentes muros teológicos y había derribado la clásica estructura social. Durante algún tiempo, el mito cósmico y el poder centralizado se disolvieron… mientras que los jefes feudales, los grandes terratenientes lejanos, los gobernadores regionales y los Consejos vecinales de las aldeas y las pequeñas ciudades apartadas volvieron a poner en el altar a sus pequeños dioses locales y se hicieron cargo del gobierno. Es difícil que esto hubiese ocurrido si no hubieran resultado ya intolerables las torvas imposiciones de la monarquía, aun contando a su favor con los estupendos logros tecnológicos de la megamáquina.

Lo que, felizmente, probó esta primera revolución es algo que quizá necesitemos recordar todavía hoy: que ni la ingeniería ni las ciencias exactas prevalecen contra la irracionalidad de los sistemas y de quienes los imponen, y, sobre todo, que los errores humanos no son inmortales, y que hasta la más fuerte y eficiente de las megamáquinas puede ser destruida. Tal colapso, en medio de la Era de las Pirámides, prueba que la megamáquina se basaba en creencias humanas que pueden desmoronarse, en decisiones humanas que pueden resultar falibles, y en consentimientos humanos que pueden suspenderse cuando queda desacreditada la magia que los sostenía. Las partes humanas que componían la megamáquina eran, por naturaleza, imperfectas; en consecuencia: no se podía confiar en ellas del todo, y menos mecánicamente. Hasta que pudieran hacerse en cantidad suficiente auténticas máquinas de madera y de metal, que ocuparon el puesto de la mayoría de los componentes humanos, la megamáquina siempre resultó vulnerable.

He citado esta revuelta (de cuyas consecuencias tenemos testimonio, aunque no lo tengamos de su cadena detallada de causas), para que sirva de muestra de las muchas otras sublevaciones y rebeldías que probablemente ocurrieron y que, con todo esmero, fueron borradas de las crónicas oficiales. Por suerte, podemos agregar a tales alternativas, la captura y fuga de los judíos, cuyos trabajos forzados para la megamáquina egipcia quedaron debidamente documentados… como ocurrió también con la sublevación de los esclavos ocurrida en Roma durante el aristocrático gobierno de los Gracos. Es razonable sospechar que hubo muchas otras rebeliones humanas contra los poderosos tiránicos, y que todas fueron reprimidas sin piedad, como ocurrió con la sublevación de Wat Tyler y la de la Comuna de París en 1871.

Pero había muchas otras formas normales de expresión, además de la alienación, la resistencia y las represalias activas; algunas de esas formas eran tan normales, que apenas necesitaban más que el sano ejercicio de las operaciones económicas en pequeña escala y de los intereses seculares. La ciudad misma, aunque al principio fue una enorme empresa sólo asequible a los reyes, no sólo resultó una activa rival de la megamáquina, sino que llegó a ser una alternativa más eficiente y humana que ella, pues tenía mejores medios para organizar las funciones económicas y utilizar todas las capacidades humanas. Es que la gran fuerza económica de la ciudad no se basaba en la mecanización de la producción, sino en su capacidad de reunir la mayor variedad posible de habilidades, aptitudes e intereses; y en vez de allanar y estandarizar las respuestas y las diferencias humanas, para hacer que la megamáquina operase más efectivamente como una unidad homogénea, la ciudad reconocía y magnificaba tales diferencias. Mediante el continuo intercambio y cooperación, los líderes urbanos y los ciudadanos eran capaces de utilizar aun sus conflictos para suscitar insospechadas potencialidades humanas, las que, en otro ambiente, habrían quedado suprimidas por la regimentación y la conformidad social. La cooperación urbana, basada en el intercambio voluntario, fue, a través de toda la historia, seria rival de la regimentación mecánica, a la que a menudo reemplazó eficazmente.

También es cierto que la ciudad nunca se libró completamente de las compulsiones de la megamáquina: ¿cómo podría hacerlo teniendo en su centro la ciudadela, que era la permanente advertencia de la inevitable presencia del rey y el enlace orgánico del poder sagrado y el poder temporal? Pero la vida de la ciudad favorecía el diálogo humano múltiple e incesante, contra el monólogo del poderío regio, si bien los valiosos atributos que emergían de la vida urbana nunca se incorporaron al pensamiento del rey, quien a menudo los reprimió. Similarmente, la ciudad dio su aliento a pequeños grupos y asociaciones, basándose en la coincidencia de vocaciones y en la vecindad, factores que siempre miró con suspicacia la clásica autoridad soberana constituida. La realidad fue que, al menos en Mesopotamia, si no es que también en Egipto, la ciudad tuvo -según señala Leo Oppenheim- suficiente fuerza y autorespeto para desafiar a la organización estatal. “Algunas de las más antiguas e importantes ciudades gozaban privilegios y exenciones respecto del rey y de su poder… En principio, los moradores de dichas ciudades ‘libres’ pretendieron siempre, con más o menos éxito, según la situación política, librarse del servicio obligatorio y gratuito, así como del servicio militar… y aun del pago de impuestos”. Para ajustar todo esto a la terminología que he venido usando, diré que estas ciudades antiguas aspiraban a librarse, en gran medida, del poder absorbente de la megamáquina.

Cortapisas contra la megamáquina

Puesto que las transformaciones básicas institucionales que precedieron a la construcción de la megamáquina eran mágicas y religiosas, no debemos sorprendernos de encontrar que la reacción más efectiva contra ella se basara en las mismas fuentes poderosísimas. Dos factores me han sugerido tal reacción: la institución del sábado (en Babilonia), con su propagación a todas las comunidades del mundo civilizado de entonces, y la actividad de las sinagogas. En efecto, la institución del sábado era un modo de quebrar periódica y deliberadamente la actividad de la megamáquina, mediante una pausa que cortaba su poderío. De este modo, una vez por semana, prevalecía esa íntima y pequeña unidad básica que era la familia y que se magnificaba en la sinagoga, reafirmando los componentes humanos esenciales que el poder estatal había pretendido disgregar, y aun anular, tan repetidamente.

A diferencia de los demás días festivos, el sábado se extendió desde Babilonia, por todo el mundo entonces conocido, mediante tres religiones: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Ahora bien, tal institución tenía limitado origen local, y las razones higiénicas expuestas por Karl Sudhoff para justificarla, aunque eran fisiológicamente válidas, no explican suficientemente su persistencia y propagación. Cortar todo un día de la semana de trabajo es un expediente que sólo puede prosperar en áreas en que haya excedentes económicos, más el deseo de librarse de la onerosa compulsión del trabajo permanente y la necesidad de reafirmar los intereses más significativos del hombre; éstos pueden ser -hay que suponerlo- los conducentes a la liberación de un grupo tan oprimido y explotado como era el de los judíos de Babilonia. Sólo el sábado, las clases ínfimas de la comunidad gozaban de una libertad, un descanso y una dignidad que se consideraban como privilegios exclusivos, diarios y vitalicios, de las clases dirigentes.

Y no es que tal desafío, tal cortapisa contra la megamáquina, fuera el resultado de ninguna evaluación ni crítica de aquel sistema de poder, sino que debe haber brotado de fuentes mucho más profundas: quizá en su fondo late la necesidad de controlar la vida interior del hombre mediante rituales bien organizados, como ya lo estaba por el trabajo obligatorio. Es que los judíos, que se aferraron a su sábado y lo propagaron por los demás pueblos, ya eran antiguas víctimas de la megamáquina, sobre todo desde que todo su pueblo cayó, en bloque, en tal cautividad. Durante su obligado exilio en Babilonia supieron combinar el sábado con la institución de la sinagoga, que fue otro subproducto del mismo lamentable episodio.

Esta unidad organizadora estaba libre de las restricciones que ataban a todas las otras religiones a sus respectivos dioses territoriales, a un sacerdocio bastante remoto y a una ciudad-capital, pues la sinagoga, por el contrario, podía ser trasladada a cualquier parte sin afectar en nada su esencia ni su actividad, ya que el líder de tal comunidad -el rabino- era juez y erudito, más que sacerdote, y no dependía ni del poder real ni del municipal. Como en la comunidad aldeana, la sinagoga era una asociación de Tú-y-Yo a cara descubierta; era el mantenerse unidos, no por la mera proximidad vecinal, sino más bien mediante los rituales practicados en común y la convivencia conjunta de un día por semana dedicado a la observancia religiosa, así como a la instrucción y discusión de toda clase de cuestiones morales y legales. Esta última tarea intelectual, derivada ya del ambiente ciudadano, era lo que le estaba faltando a la antigua cultura aldeana.

Ninguna otra religión anterior al año 600 antes de Cristo combinó esos atributos esenciales, inclusive la transportabilidad en pequeñas unidades y la universalidad, aunque Woolley dice que esos rasgos corresponden a las prácticas religiosas caseras que Abraham pudo haber adquirido en Ur, donde hasta los enterramientos se realizaban en criptas debajo de la morada de cada familia. Por medio de la sinagoga, la comunidad judía recobró la autonomía y capacidad de réplica que la aldea había perdido ante el crecimiento de organizaciones políticas más amplias.

Este hecho explica no sólo la milagrosa supervivencia de los judíos a pesar de interminables siglos de persecución, sino también su expansión mundial, y muestra, aun más significativamente, que esta organización, siempre mantenida en pequeña escala, aunque estaba tan desarmada y abierta a la opresión como la aldea, pudo mantenerse como núcleo activo de cultura intelectual autosostenida durante más de veinticinco siglos después de haberse desintegrado todos los demás modos de organización que sólo se habían basado en la fuerza bruta. Es que la sinagoga tenía una fortaleza interior y unas bases de persistencia de la que carecieron hasta los imperios mejor organizados, con todos sus instrumentos de coerción, temporalmente efectivos y terribles.

A su vez, hay que admitir que esta pequeña unidad comunal judaica tenía serias debilidades. Por un lado, su premisa fundamental -la existencia de un pacto especial establecido entre Jehová y Abraham, por el que los judíos eran declarados como el Pueblo Escogido por Diosresultaba tan presuntuosa como las pretensiones de divinidad que se atribuían los reyes. Tan infortunado solecismo impidió durante mucho tiempo que el ejemplo de la sinagoga fuera imitado más universalmente, y que sirviera, antes de surgir la herejía del cristianismo, como medio de establecer una comunidad mucho más universal. El exclusivismo judío superó aun al de la tribu o la aldea, pues en éstas solía estimularse el casamiento con gentes de otros grupos. Pero, a pesar de tales debilidades, parece evidente, por el propio antagonismo que despertaron las comunidades judías, que, tanto en la sinagoga como en la práctica estricta del descanso sabatino, hallaron el modo de obstruir las tareas de la megamáquina y desafiar sus infladas pretensiones.

Esta hostilidad que constantemente suscitaron en los grandes Estados tanto los judíos como los primeros cristianos, nos da la medida de la frustración que el mero poder militar y la autoridad política “absoluta” experimentaron al tratar con pequeñas comunidades que se mantenían unidas por una común fe tradicional, ritos inviolables e ideales bien racionales. Es que la fuerza bruta no puede prevalecer mucho tiempo a menos que aquellos a quienes se impone vean en ella alguna razón para respetarla y conformarse. Pequeñas y aparentemente desvalidas organizaciones, dotadas de fuerte coherencia interior y de ideales bien propios, se han mostrado mucho más eficientes para socavar el poder arbitrario, que las más grandes unidades militares… aunque sólo sea por lo difícil que es acosarlas y perseguirlas. Esto explica los esfuerzos de todos los Estados soberanos que brillaron en la historia para restringir, y aun suprimir, dichas organizaciones, ya fueran cultos misteriosos, o sociedades amistosas, o Iglesias, o hermandades, o universidades, o sindicatos. Y tal antagonismo sugiere también el modo en que podrán ser destruidas las futuras megamáquinas, poniéndolas bajo algún tipo de autoridad racional y control democrático.

 
 
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Notas:

(*) Texto extraído de la obra de Lewis Mumford, “The Mith of the Machine”, 1967. Edición sudamericana: Emecé, Buenos Aires, 1969). Publicado en Barcelona (mayo 2002) entre Ateneo libertario Al Margen, Likiniano Elkartea, Pepitas de Calabaza, Etcétera, Ateneu Llibertari Poble Sec, Fundació Estudis Llibertaris Anarcosindicalistes (Barcelona).

 

 

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