LO PEQUEÑO ES HERMOSO (Parte VII: “Recursos para la industria” y “La energía nuclear: ¿salvación o condena?”), de E. F. Schumacher

INDICE – LO PEQUEÑO ES HERMOSO, de E. F. Schumacher

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«Ningún grado de prosperidad podría justificar la acumulación de grandes cantidades de sustancias altamente tóxicas que nadie conoce cómo hacer«seguras» y que constituyen un peligro incalculable para toda la creación durante periodos históricos e incluso geológicos. Hacer tal cosa es una transgresión en contra de la vida misma,una transgresión infinitamente más seria que cualquier crimen perpetrado por el hombre. La idea de que una civilización podría mantenerse a sí misma sobre la base de tales transgresiones es una monstruosidad ética, espiritual y metafísica. Significa conducir los asuntos económicos del hombre como si la gente realmente no importara nada»

E. F. Schumacher

 

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LO PEQUEÑO ES HERMOSO* (Parte VII)

Por E. F. Schumacher

 

 

VIII.- Recursos para la industria [1]

 

La cosa más asombrosa acerca de la industria moderna es que exige mucho y logra poco. La industria moderna parece ser ineficaz en un grado tal que sobrepasa los poderes ordinarios de nuestra imaginación. Su ineficacia, por lo tanto, pasa desapercibida.

Industrialmente hablando, el país más avanzado del mundo contemporáneo es, sin ninguna duda, los Estados Unidos de América. Con una población de alrededor de doscientos siete millones, representa el 5,6 por 100 de la humanidad, con sólo alrededor de 23 personas por km2 (en relación a un promedio mundial de 30); situado totalmente dentro de la zona templada del norte, se le considera como una de las más grandes áreas del mundo con escasa densidad de población. Se ha calculado que si la población total del mundo se pusiera dentro de los Estados Unidos, su densidad de población sería aproximadamente igual a la de la Inglaterra de hoy. Esto podría pensarse que es una comparación bastante «injusta» pero, aun tomando el caso del Reino Unido, encontramos que tiene una densidad de población que es más de diez veces la de los Estados Unidos (lo que significa que en los Estados Unidos se podría acomodar más de la mitad de la población del mundo actual antes de tener una densidad igual a la que hoy tiene el Reino Unido), y hay muchas otras naciones industrializadas cuyas densidades son aún más altas. Tomando por caso Europa, excluida la URSS, encontramos que hay una densidad de población de 98 personas por km2, es decir, más de cuatro veces la de los Estados Unidos. No podría decirse, por lo tanto, que (hablando en forma relativa) los Estados Unidos estén en desventaja porque tengan demasiada gente en demasiado poco espacio.

Tampoco podría decirse que el territorio de los Estados Unidos esté pobremente dotado de recursos naturales. Por el contrario, en toda la historia humana no ha habido ningún territorio que haya sido explorado que tenga recursos más excelentes y preciosos y, a pesar de lo mucho que se ha explotado y arruinado desde entonces, esto sigue siendo verdad hoy día.

Pese a todo, el sistema industrial de los Estados Unidos no puede subsistir sobre la base de recursos internos solamente, y ha tenido que extender sus tentáculos alrededor del mundo para asegurarse la provisión de materias primas. Porque el 5,6 por 100 de la población mundial que vive en los Estados Unidos requiere alrededor del 40 por 100 de los recursos primarios del mundo para mantenerse en funcionamiento. Siempre que se han hecho estimaciones relativas a los próximos diez, veinte o treinta años, la conclusión ha sido la misma: la constante y siempre creciente dependencia de la economía de los Estados Unidos en materias primas y provisión de combustibles desde el exterior. El Consejo Nacional del Petróleo, por ejemplo, calcula que para 1985 los Estados Unidos tendrán que cubrir con importaciones el 57 por 100 del total de sus requerimientos de petróleo, lo que entonces excederá ampliamente el total de las importaciones de petróleo que Europa occidental y Japón obtienen actualmente del Medio Oriente y África (alrededor de ochocientos millones de toneladas).

Un sistema industrial que usa el 40 por 100 de los recursos primarios del mundo para abastecer a menos del 6 por 100 de la población del mundo podría llamarse eficaz sólo si obtuviese resultados asombrosamente positivos en términos de felicidad humana, bienestar, cultura, paz y armonía. No necesito detenerme mucho sobre el hecho de que el sistema americano falla en este sentido, o para afirmar que no hay ninguna pequeña perspectiva de que lo pudiera hacer si alcanzase un porcentaje más alto de crecimiento de la producción unido, como es necesario, a una demanda aún más grande de los recursos finitos del mundo. El profesor Walter Heller, ex presidente del Consejo de Expertos Económicos del presidente de los Estados Unidos, sin ninguna duda refleja la opinión de la mayoría de los economistas modernos cuando expresa:

«Necesitamos expansión para satisfacer las aspiraciones de nuestra nación. En una economía de rápido crecimiento económico y de pleno empleo, se tienen mayores posibilidades de liberar recursos públicos y privados para librar la batalla contra la contaminación de la tierra, el aire, el agua y el ruido que las que se tendrían en una economía de crecimiento lento».

«No se puede concebir –dice– una economía próspera sin crecimiento». Pero si la economía de los Estados Unidos no se puede concebir como un sistema próspero sin apelar al crecimiento rápido, y si tal crecimiento depende del hecho de ser capaz de obtener recursos siempre crecientes del resto del mundo, ¿qué pasa con el otro 94,4 por 100 de la humanidad que ha sido dejada «atrás» por los Estados Unidos?

Si una economía de rápido crecimiento es necesaria para librar la batalla en contra de la contaminación, que por su parte aparece como resultado del crecimiento rápido, ¿qué esperanza hay de poder romper este círculo tan fuera de lo común? De cualquier modo, debemos preguntarnos si los recursos de la tierra son adecuados para el ulterior desarrollo de un sistema industrial que consume tanto y que logra tan poco.

«Si una economía de rápido crecimiento es necesaria para librar la batalla en contra de la contaminación, que por su parte aparece como resultado del crecimiento rápido, ¿qué esperanza hay de poder romper este círculo tan fuera de lo común? De cualquier modo, debemos preguntarnos si los recursos de la tierra son adecuados para el ulterior desarrollo de un sistema industrial que consume tanto y que logra tan poco. Más y más voces se hacen oír hoy en el sentido de que esos recursos no son adecuados»

Más y más voces se hacen oír hoy en el sentido de que esos recursos no son adecuados. Tal vez la más prominente entre todas esas voces es la de un grupo de estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) que elaboró un informe titulado The Limits to Growth (Los límites del crecimiento), para un proyecto que el club de Roma organizó en relación con los logros de la humanidad. El informe contiene, entre otros materiales, un cuadro muy interesante que muestra las reservas globales conocidas, el número de años que esas reservas globales se piensa que han de durar de acuerdo a los ritmos de consumo actuales, el número de años que las reservas globales conocidas durarán con el consumo continuamente creciente en forma exponencial y el número de años en que podrían hacer frente al consumo creciente si fueran cinco veces más grandes de lo que se sabe que son. Todo esto en relación a diecinueve recursos naturales no renovables de vital importancia para las sociedades industriales. De particular interés es la última columna de la tabla, que nos muestra «el consumo de los Estados Unidos como porcentaje del total mundial». Las cifras son como siguen:

Aluminio   42%   Molibdeno

Cromo       19%    Gas Natural

Carbón      44%    Níquel

Cobalto       32%   Petróleo

Cobre          33%    Grupo del platino

Hierro         28%    Plata

Oro              26%     Estaño

Plomo          25%     Tungsteno

Manganeso  14%     Zinc

Mercurio       24%

Solamente uno o dos de estos productos se producen en los Estados Unidos en cantidad suficiente para cubrir el consumo interno. Habiendo calculado, bajo ciertas hipótesis, cuándo se agotará cada uno de estos productos, los autores formulan su conclusión general, prudentemente, como sigue:

«Teniendo en cuenta los actuales porcentajes de consumo de los recursos y el incremento previsto de esos porcentajes, la gran mayoría de los recursos importantes no renovables serán extremadamente costosos dentro de cien años».

En realidad, no creen que quedemucho tiempo para que la industria moderna, «que depende grandemente de una red de acuerdos internacionales con los países productores para la provisión de materias primas», tenga que enfrentarse con crisis de proporciones desconocidas.

«Unida al difícil problema económico del destino de los distintos sectores industriales, a medida que los recursos se convierten en prohibitivamente costosos, está la imponderable cuestión política de las relaciones entre las naciones productoras y consumidoras conforme los recursos que quedan se concentran en áreas geográficas más limitadas. Las recientes nacionalizaciones de minas en Sudamérica y las presiones para incrementar los precios del petróleo en el Medio Oriente sugieren que la cuestión política puede aparecer antes de que lo haga la económica».

Tal vez fue útil, pero no esencial, que el equipo del MIT hiciera tantos cálculos hipotéticos. Al final, las conclusiones del grupo se derivan de sus hipótesis y no exige más que un simple acto de sentido común el darse cuenta de que el crecimiento infinito del consumo material en un mundo finito es una imposibilidad. Tampoco se requiere el estudio de un gran número de productos, tendencias, métodos de recuperación, dinámica de sistemas, etc., para arribar a la conclusión de que el tiempo es corto. Quizá es justificable emplear una computadora para obtener los mismos resultados que cualquier persona inteligente podría haber alcanzado con la ayuda de unas cuantas operaciones aritméticas hechas en el reverso de un sobre, porque el mundo moderno cree en las computadoras y en las masas de datos y aborrece la simplicidad. Pero siempre es peligroso y generalmente conduce al fracaso el tratar de expulsar a los demonios con Belzebú, el príncipe de los demonios.

El sistema industrial moderno no está gravemente amenazado por la posible escasez y los altos precios de la mayoría de los materiales a los que el grupo de trabajo del MIT dedica tanta atención. ¿Quién podría decir la cantidad de estos productos que hay en la corteza de la tierra, cuánto se podrá extraer por medio de métodos cada vez más ingeniosos antes de que tenga sentido hablar de una extinción global, cuánto se podrá obtener de los océanos y cuánto podría ser reciclado? Es bien cierto que la necesidad es la madre de la invención y ésta, maravillosamente apoyada por la ciencia moderna, es muy difícil que sea derrotada en estos frentes.

«¿Quién podría decir la cantidad de estos productos que hay en la corteza de la tierra, cuánto se podrá extraer por medio de métodos cada vez más ingeniosos antes de que tenga sentido hablar de una extinción global, cuánto se podrá obtener de los océanos y cuánto podría ser reciclado? Es bien cierto que la necesidad es la madre de la invención y ésta, maravillosamente apoyada por la ciencia moderna, es muy difícil que sea derrotada en estos frentes»

Hubiera sido mejor para la profundización del conocimiento si el equipo del MIT hubiera limitado su análisis a un solo factor material, la disponibilidad del cual es la precondición para la existencia de todos los otros y que no puede ser reciclado:la energía.

Ya he hecho alusión al problema de la energía en alguno de los primeros capítulos. Es imposible librarse de él. Es imposible el subrayar su tremenda importancia. Podría decirse que la energía es para el mundo mecánico lo que la conciencia es para el mundo humano. Si la energía falla, todo falla. Mientras haya energía primaria suficiente (a precios tolerables) no hay ninguna razón para creer que las dificultades en relación con cualquier otra materia prima no puedan ser disipadas o eludidas. Por otro lado, una escasez de energía primaria significaría que la demanda de la mayoría de los otros productos primarios sería tan mínima que sería muy difícil que surgiera un problema de escasez en relación con ellos.

A pesar de que estos hechos básicos son perfectamente obvios, todavía no se los aprecia suficientemente. Todavía hay una tendencia, alimentada por la orientación excesivamente cuantitativa de la economía moderna, a tratar el problema de la provisión de energía como si fuera un problema más entre muchos otros (tal como hizo el grupo del MIT). La orientación cuantitativa está tan desprovista de conocimiento cualitativo que aún la calidad de los «órdenes de magnitud» deja de sera preciada. Y esto, en realidad, es una de las causas principales de la falta de realismo con el cual las perspectivas de la provisión de energía para la moderna sociedad industrial se discuten generalmente. Se ha dicho, por ejemplo, que «el carbón está en camino de extinción y que será reemplazado por el petróleo», y cuando se hace notar el hecho de que esto significaría la rápida extinción de todas las reservas de petróleo, sean las conocidas o las por conocer (todavía no descubiertas), sea segura suavemente que «estamos entrando en la era nuclear», así que no hay necesidad de preocuparse por nada y menos aún por la conservación de combustibles fósiles. Son innumerables los estudios realizados por expertos,comités científicos y organismos gubernamentales, que intentan demostrar,con una gran cantidad de sutiles cálculos, que la demanda de carbón de Europa occidental está disminuyendo y lo seguirá haciendo tan rápidamente que el único problema que queda es cómo deshacerse de los mineros del carbón con suficiente rapidez. En lugar de mirara la situación total, que ha sido y es todavía altamente predecible, los autores de estos estudios miran casi invariablemente a las innumerables partes constituyentes de la situación total, ninguna de las cuales es predecible en forma separada, ya que las partes no pueden ser comprendidas amenos que el todo sea comprendido.

Para dar sólo un ejemplo, un estudio elaborado por la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, llevado a cabo en 1960-1961, dio precisas respuestas cuantitativas a prácticamente todo tipo de preguntas que cualquier persona humana hubiera deseado hacer acerca del combustible y la energía en los países del Mercado Común hasta 1975.Tuve ocasión de comentar el informe poco después de su publicación y podría no estar fuera de lugar el citar algunos pasajes de mi comentario[2].

«Puede parecer asombroso el hecho de que alguien pueda estar en condiciones de predecir el desarrollo de la productividad y de los salarios de los mineros en su propio país con quince años de anticipación; es aún más asombroso encontrar a la misma persona anticipando los precios y el flete trasatlántico del carbón americano. Una cierta clase de carbón de Estados Unidos, senos dice, costará “alrededor de 14,50 dólares por tonelada” en el Mar del Norte en 1970 y “un poco más” en 1975. “Cerca de 14,50”, dice el informe, debiera tomarse como “un valor entre 13,75 y 15,25 dólares”, con un margen de incertidumbre de 1,50 dólares, es decir, más o menos el 5 por 100».

(En realidad, el precio c.i.f.[3] del carbón de los Estados Unidos en los puertos europeos alcanzó los 24-25 dólares por tonelada para los nuevos contratos firmados en octubre de 1970).

«Similarmente, el precio del petróleo combustible será del orden de 17 a 19 dólares por tonelada, mientras que estimaciones de varias clases se han hecho para el gas natural y la energía nuclear. Estando en posesión de estos “datos concretos” (y de muchos otros), los autores encontraron que era bastante fácil calcular qué cantidad de la producción de carbón de la Comunidad será competitiva en 1970 y la respuesta es “cerca de 125 millones, es decir, poco más de la mitad de la presente producción”.

Hoy está de moda suponer que cualquier cifra acerca del futuro es mejor que nada. Para elaborar cifras acerca de lo desconocido, el método corriente es hacer una conjetura acerca de una cosa, hacer una “suposición” y de ella obtener una estimación por medio de un cálculo sofisticado. Dicha estimación se presenta como el resultado de un razonamiento científico, algo muy superior a un mero producto de la imaginación. Esta es una práctica perniciosa que sólo puede conducir a los más colosales errores de planificación porque ofrece una respuesta falaz donde, en realidad, lo que se necesita es una estimación empresarial.

El estudio analizado emplea un gran número de suposiciones arbitrarias que son colocadas dentro de una máquina calculadora para producir un resultado “científico”. Hubiera sido más barato, y ciertamente más honesto, suponer el resultado».

De hecho, la «práctica perniciosa» maximizó los errores de planificación; la capacidad de la industria del carbón de Europa occidental fue virtualmente limitada a la mitad de su tamaño original, no sólo en la Comunidad, sino en Gran Bretaña también. Entre 1960 y 1970 la dependencia de las importaciones de combustible de la Comunidad Europea creció desde un 30 por 100 a más de un 60 por 100; y la del Reino Unido, de un 25 por 100 a un 40 por 100. A pesar de que era perfectamente posible predecir la situación que habría de alcanzar en la década de los setenta, los gobiernos de la Europa occidental, apoyados por la gran mayoría de los economistas, deliberadamente destruyeron aproximadamente la mitad de sus industrias del carbón, como si el carbón fuera nada más que uno de los innumerables productos del mercado que se produce en tanto en cuanto sea rentable el hacerlo y se elimina tan pronto como la producción cesa de serlo. La pregunta de qué es lo que habría de ocupar el lugar de los suministros internos de carbón a largo plazo se contestó con las aseveraciones de que habría abundante provisión de otros combustibles a bajo precio «para un futuro previsible», estando tales seguridades basadas sólo en una expresión de deseos.

No es que haya habido (o que haya ahora) una falta de información o que los que hacen las políticas ignoraran de alguna manera hechos importantes. No, hubo un conocimiento perfectamente adecuado de la situación imperante y también hubo estimaciones perfectamente razonables y realistas acerca de las tendencias futuras. Pero los políticos no fueron capaces de sacar las conclusiones correctas de aquello que sabían que era verdad. Los razonamientos de aquellos que señalaban la posibilidad de que hubiese periodos de escasez en un futuro predecible no fueron considerados y rechazados por argumentos contrarios, sino simplemente eludidos o ignorados.

No requiere una gran dosis de conocimiento el comprender que, independientemente del futuro a largo plazo de la energía nuclear, el destino de la industria mundial durante el resto de este siglo estaría determinado principalmente por el petróleo. ¿Qué podría decirse acerca de las perspectivas del petróleo hace una década? Cito a continuación una conferencia dada en abril de 1961.

Decir algo acerca de las perspectivas a largo plazo de la disponibilidad de petróleo crudo es algo odioso debido a que hace treinta o cincuenta años se podría haber predicho que la provisión de petróleo se reduciría muy pronto y en realidad no ha sido así.Un sorprendente número de gente parece imaginar que, por el hecho de mencionar predicciones erróneas hechas hace mucho tiempo, han establecido de alguna manera que el petróleo jamás disminuiría sin importar el rápido crecimiento anual de su explotación. En relación a las futuras provisiones de petróleo, al igual que con la energía atómica, mucha gente se las arregla para asumir una posición de un optimismo ilimitado, bastante impermeable a la razón.

«Decir algo acerca de las perspectivas a largo plazo de la disponibilidad de petróleo crudo es algo odioso debido a que hace treinta o cincuenta años se podría haber predicho que la provisión de petróleo se reduciría muy pronto y en realidad no ha sido así.Un sorprendente número de gente parece imaginar que, por el hecho de mencionar predicciones erróneas hechas hace mucho tiempo, han establecido de alguna manera que el petróleo jamás disminuiría sin importar el rápido crecimiento anual de su explotación. En relación a las futuras provisiones de petróleo, al igual que con la energía atómica, mucha gente se las arregla para asumir una posición de un optimismo ilimitado, bastante impermeable a la razón»

Prefiero basarme en la información que proviene de los propios productores de petróleo. Éstos no dicen que la producción de petróleo ha de disminuir dentro de muy poco tiempo, todo lo contrario, dicen que hay todavía mucho petróleo, más aún que el que se ha encontrado hasta la fecha, y que las reservas mundiales de petróleo, recobrables a un coste razonable, bien pueden llegar a ser del orden de los 200.000 millones de toneladas, lo que representa alrededor de 200 veces la producción anual actual. Sabemos bien que las llamadas reservas de petróleo “probadas” representan actualmente alrededor de 40.000 millones de toneladas y ciertamente no hemos de caer en el error elemental de pensar que éste es todo el petróleo que posiblemente exista. No, nos alegra creer que la casi inimaginable cantidad de otros 160.000 millones de toneladas de petróleo serán descubiertos durante las próximas décadas. ¿Por qué casi inimaginable? Porque, por ejemplo, el reciente descubrimiento de depósitos inmensos de petróleo en el Sahara (lo que ha inducido a mucha gente a pensar que las prospecciones futuras de petróleo se han cambiado a esa zona) difícilmente afectaría a esta cifra de forma sustancial. La presente opinión de los expertos parece expresar que los pozos de petróleo del Sahara pueden llegar a producir unos 1000 millones de toneladas. Esta es una cifra impresionante cuando la consideramos en relación con la demanda anual de petróleo de Francia, pero es bastante insignificante como una contribución a los 160.000 millones de toneladas que suponemos serán descubiertas en el futuro inmediato. Esa es la razón por la cual dije “casi inimaginable”, porque 160 descubrimientos similares al del petróleo del Sahara son bastante difíciles de imaginar. De cualquier manera, supongamos que pueden hacerse y que se harán.

Parece, por lo tanto, que las reservas comprobadas de petróleo debieran ser suficientes para los próximos cuarenta años y el total de las reservas de petróleo para doscientos años (de acuerdo con el presente ritmo de consumo). Lamentablemente, sin embargo, el ritmo de consumo no es estable y tiene una larga historia de crecimiento a una tasa del 6 ó 7 por 100 anual. Es evidente que si este crecimiento se detuviese ahora no habría ningún riesgo de que el petróleo desplazase al carbón; pero todo el mundo parece estar confiado en que el crecimiento del petróleo (estamos hablando a una escala mundial) continuará en la proporción establecida. La industrialización se extiende por todo el mundo y está siendo llevada adelante principalmente por el poder del petróleo. ¿Alguien supone que este proceso cesaría de pronto? De lo contrario, merecería la pena considerar, desde un punto de vista puramente aritmético, por cuánto tiempo podría continuar.

Lo que propongo hacer ahora no es una predicción, sino simplemente un cálculo exploratorio o, como dicen los ingenieros, un estudio de viabilidad. Una tasa de crecimiento del 7 por 100 significa doblar el consumo en diez años. En 1970, por lo tanto, el consumo de petróleo mundial podría ser del orden de los 2000 millones de toneladas por año. (De hecho, ascendió a 2273 millones de toneladas). La cifra de lo  producido durante la década sería alrededor de 15.000 millones de toneladas. Para mantener las reservas probadas de 40.000 millones de toneladas, los hallazgos durante la década deberían llegar a 15.000 millones de toneladas. Las reservas comprobadas, que ahora son 40 veces la producción anual, serían entonces de sólo 20 veces, mientras que la producción anual se habría duplicado. No habría nada absurdo o imposible en tal desarrollo. Diez años, sin embargo, es un tiempo muy breve cuando se está tratando con problemas de abastecimiento de combustibles. Por ello, observemos los siguientes diez años, que nos conducen a 1980. Si el consumo de petróleo continuara creciendo a una tasa de aproximadamente 7 por 100 anual, se elevaría a cerca de 4000 millones de toneladas anuales en 1980. La producción total durante esta segunda década sería de casi 30.000 millones de toneladas. Si la “vida” de las reservas comprobadas debiese mantenerse en veinte años –poca gente hace grandes inversiones sin antes echar una mirada sobre los próximos veinte años por lo menos–, no sería suficiente reemplazar la producción de 30.000 millones de toneladas, sería necesario terminar con reservas comprobadas de 80.000 millones de toneladas (20 veces 4000). Los nuevos descubrimientos durante la segunda década habrían entonces de llegar a no menos de 70.000 millones de toneladas. Tal cifra ya parece bastante fantástica. Pero es más, en esa época nosotros habremos usado alrededor de 45.000 millones de toneladas de los 200.000 millones de toneladas originales. Los restantes 155.000 millones de toneladas, descubiertos y no descubiertos, permitirían la continuación de la proporción de consumo de 1980 por menos de cuarenta años. No es necesaria ninguna otra demostración aritmética para hacernos comprender que una continuación del crecimiento rápido más allá de 1980 sería entonces virtualmente imposible.

Éste es el resultado de nuestro “estudio de viabilidad”: si hay algo de verdad en las estimaciones de las reservas totales de petróleo que han sido publicadas por los expertos geólogos, no puede haber ninguna duda de que la industria del petróleo será capaz de sostener su porcentaje de crecimiento por otros diez años, pero hay considerables dudas con respecto a la posibilidad de hacer lo mismo durante veinte años y existe la casi certeza de que no será posible continuar con un rápido crecimiento después de 1980. En ese año, o aún mejor, alrededor de esa época, el consumo de petróleo mundial sería más grande que nunca y las reservas probadas de petróleo, en cantidades absolutas, también serían las más altas. No se hace ninguna sugerencia en el sentido de que el mundo habría alcanzado el fin de sus reservas de petróleo, pero si habría alcanzado el fin del crecimiento del petróleo. Como un asunto interesante, podría agregar que este mismo punto parece haberse alcanzado en los Estados Unidos con relación al gas natural. Ha alcanzado su punto más alto de todos los tiempos, pero la relación entre la producción actual y las reservas existentes es tal que ahora puede ser imposible que siga creciendo.

En lo que respecta a Gran Bretaña, un país altamente industrializado con un alto porcentaje de consumo de petróleo pero sin provisión interna, la crisis del petróleo sobrevendrá no cuando todo el petróleo del mundo se haya terminado sino cuando la provisión de petróleo mundial deje de expandirse. Si este punto se alcanza tal como nuestros cálculos exploratorios sugieren, dentro de unos veinte años, cuando la industrialización se haya expandido por todo el globo y los países en desarrollo hayan satisfecho en parte su apetito por un nivel de vida más alto a pesar de que todavía se encuentren en una pobreza acuciante, ¿cuál podría ser el resultado sino una intensa lucha por la provisión de petróleo, inclusive una lucha violenta, en la cual cualquier nación con grandes necesidades y producción interna insignificante se encontrará a sí misma en una situación muy débil? Se puede elaborar el cálculo exploratorio si así se desea variando las suposiciones básicas hasta en un 50 por 100: encontraremos que los resultados no llegan a ser significativamente diferentes. Si se quiere ser muy optimista, puede encontrarse que el punto máximo de crecimiento podría no llegar a alcanzarse para 1980 sino unos cuantos años más tarde. ¿Qué importa? Nosotros o nuestros hijos seremos sólo un par de años más viejos.

Todo esto significa que el Consejo Nacional del Carbón tiene ante sí una tarea y responsabilidad sin parangón: ser los cuidadores de las reservas de carbón de la nación, estar en condiciones de proveer todo el carbón que se necesite cuando sobrevenga la crisis mundial del petróleo. Esto no sería posible si se le permitiera a la industria o a una parte sustancial de la industria el ser liquidada debido a la presente superabundancia y bajo precio del petróleo, una superabundancia que se debe a toda clase de causas temporales… ¿Cuál será entonces la situación del carbón en, digamos, 1980? Todos los indicios son que la demanda de carbón en este país será aún mayor que la que existe hoy. Habrá todavía mucho petróleo, pero no necesariamente lo suficiente para satisfacer todas las demandas. Puede haber una crisis mundial debida al petróleo que se manifestará posiblemente en el reajuste de los precios del petróleo. Todos debemos esperar que el Consejo Nacional del Carbón estará en condiciones de conducir a la industria en forma segura a través de los años dificultosos que quedan por delante, manteniendo tan bien como sea posible su poder de producir eficientemente algo así como 200 millones de toneladas de carbón al año. Aunque a veces puede parecer que utilizar menos carbón y más petróleo importado fuera más barato, más conveniente para ciertos usuarios o para toda la economía, es la perspectiva a largo plazo la que debe dictar la política nacional de combustibles. Y esta perspectiva a largo plazo debe verse junto con otras magnitudes como el crecimiento de la población y la industrialización. Las previsiones dicen que para la década de 1980 tendremos una población mundial por lo menos un tercio más grande de lo que es ahora y un nivel de producción industrial mundial por lo menos igual a 2,5 veces el actual, con una duplicación del uso de combustible. Para permitir que el total del consumo de combustibles se duplique será necesario incrementar el petróleo cuatro veces, duplicar la energía hidroeléctrica, mantener la producción de gas natural en por lo menos el presente nivel, obtener una contribución sustancial de energía nuclear (todavía modesta) y obtener aproximadamente un 20 por 100 más de carbón. Sin ninguna duda, muchas cosas sucederán durante los próximos veinte años que nosotros no podemos predecir ahora. Algunas pueden incrementar la necesidad de carbón y otras pueden disminuirla. La decisión política no puede estar basada ni en lo imprevisto ni en lo imprevisible. Si basamos las políticas presentes sobre lo que podemos prever actualmente, será una política de conservación para la industria del carbón, no de liquidación…»

Estas advertencias, y muchas otras expresadas a lo largo de los años sesenta, no sólo no fueron tomadas en cuenta sino que fueron tratadas con desprecio y soberbia, hasta el temor general por la provisión de combustibles en 1970. Todo nuevo descubrimiento de petróleo o de gas natural, sea en el Sahara, en Holanda, en el Mar del Norte o en Alaska fue saludado como un suceso importante que «cambiaba fundamentalmente todas las perspectivas futuras», como si el tipo de análisis hecho anteriormente no hubiese ya supuesto que cada año se producirían nuevos y enormes descubrimientos. La crítica principal que puede hacerse hoy del cálculo exploratorio de 1961 es que todas las cifras están algo subestimadas. Los hechos se han precipitado aún más rápido que lo que yo esperaba diez o doce años atrás.

Aún hoy, los adivinos están todavía trabajando y sugiriendo que no hay ningún problema. Durante los años sesenta, fueron las compañías petroleras las principales dispensadoras de optimistas seguridades, a pesar de que sus cifras no probaban nada. Ahora, cuando la mitad de la capacidad y mucho más de la mitad de las reservas disponibles de las industrias del carbón de la Europa occidental han sido destruidas, han cambiado de tono. Se acostumbraba a decir que la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) nunca llegaría a representar nada porque los árabes no se pondrían de acuerdo los unos con los otros, sin considerar sus relaciones con los países no árabes. Hoy es evidente que la OPEP es el más grande cartel que el mundo jamás haya visto. Se solía decir que los países exportadores de petróleo dependían de los países importadores de petróleo de la misma manera que los últimos dependían de los primeros. Hoy es claro que esto se basa nada más que en una expresión de buenos deseos, porque la necesidad de los consumidores de petróleo es tan grande y su demanda tan rígida que los países exportadores de petróleo, actuando al unísono, pueden en realidad incrementar sus ingresos por el simple mecanismo de disminuir su producción. Todavía hay gente que dice que si los precios del petróleo se elevaran demasiado (cualquiera que sea el significado de esto) el petróleo se colocaría automáticamente fuera del mercado, pero es algo perfectamente obvio que no hay actualmente ningún sustituto del petróleo que pueda tomar su lugar en una escala cuantitativa de real importancia, de modo que el petróleo no puede colocarse a un precio que lo elimine del mercado.

Los países productores de petróleo, mientras tanto, están comenzando a comprender que el dinero solamente no puede construir nuevas fuentes de vida para sus poblaciones. Para construirlas se necesitan, además de dinero, inmensos esfuerzos y una gran disponibilidad de tiempo. El petróleo es un «capital de desgaste» y cuanto más rápido se lo permite gastar, más corto es el tiempo disponible para el desarrollo de una nueva base de existencia económica. Las conclusiones son obvias: el interés real a largo plazo para ambos, los países exportadores y los países importadores de petróleo, exige que la «vida útil» del petróleo se prolongue tanto como sea posible. Los primeros necesitan tiempo para desarrollar fuentes alternativas de vida, y los últimos lo necesitan para ajustar sus economías dependientes del petróleo a una situación que ha de surgir dentro de la expectativa de vida de la mayoría de la gente que hoy está viva, cuando el petróleo sea más escaso y mucho más caro. El peligro mayor para ambos es la continuación de un rápido crecimiento de la producción y el consumo del petróleo en todo el mundo. Los desarrollos catastróficos en el frente petrolero podrían ser evitados sólo si la armonía básica de los intereses a largo plazo de ambos grupos de naciones viniera a ser algo totalmente real y una acción concertada se llevara a cabo para estabilizar y reducir gradualmente el flujo anual de consumo de petróleo.

En lo que respecta a los países importadores de petróleo, el problema es obviamente más serio para la Europa occidental y Japón. Estas dos áreas están en peligro de convertirse en los «herederos residuales» de las importaciones de petróleo. No hacen falta estudios realizados con computadoras para probar la realidad de este hecho. Hasta hace muy poco, Europa occidental vivía en la confortable ilusión de que «estamos entrando en la era de la energía ilimitada y barata» y científicos famosos, entre otros, alimentaban esa idea cuando opinaban que en el futuro «la energía vendría a ser como un producto en el mercado». El Documento Blanco Británico sobre la política de combustibles, editado en noviembre de 1967, decía:

«El descubrimiento de gas natural en el Mar del Norte es un acontecimiento importante en la evolución de las disponibilidades de energía en Gran Bretaña. Sigue muy de cerca a la madurez de la energía nuclear como fuente de energía potencialmente importante. Estos dos desarrollos juntos conducirán a cambios fundamentales en el modelo de la demanda y oferta de energía en los próximos años».

Cinco años más tarde, sólo hay que decir que Gran Bretaña es más dependiente de las importaciones de petróleo que nunca. Un informe presentado a la Secretaría de Estado del Medio Ambiente en febrero de 1972, comienza su capítulo sobre energía con las siguientes palabras:

«Existe una preocupación de fondo revelada por las pruebas que se nos han remitido respecto al futuro de las fuentes de energía, no sólo para este país sino también para el mundo en su totalidad. Las opiniones varían acerca del tiempo que ha de pasar antes de que los combustibles fósiles desaparezcan, pero se reconoce en forma creciente que la vida de los mismos es limitada y que se impone encontrar alternativas satisfactorias. Las tremendas necesidades incipientes de los países en desarrollo, los incrementos de población, la proporción en que algunas fuentes de energía están siendo usadas sin ninguna aparente precaución en cuanto a sus consecuencias, la creencia de que los futuros recursos se obtendrán a un costo económico siempre creciente y los riesgos que la energía nuclear puede traer consigo, son todos factores que contribuyen a una creciente preocupación».

Es una pena que «la creciente preocupación» no fuera evidente en los años sesenta, durante los cuales cerca de la mitad de la industria británica del carbón fue abandonada por «antieconómica» (y una vez abandonada, virtualmente perdida para siempre) y es realmente asombroso que, a pesar de «la creciente preocupación», haya una constante presión que proviene de las altas esferas de influencia en el sentido de que debe continuarse con la clausura de las minas por razones «económicas».

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IX.-La energía nuclear: ¿salvación o condena? (**)

 

La principal causa de tranquilidad (ahora cada vez menor) acerca del futuro de las provisiones de energía era, sin ninguna duda, la aparición de la energía nuclear, que en la opinión de la gente había llegado en el momento oportuno. Muy pocos se preocuparon en averiguar cuál era precisamente la naturaleza de lo que acababa de llegar. Era algo nuevo, asombroso, progresista y se hacían muchas promesas gratuitas de que sería barato. Ya que una nueva fuente de energía sería necesaria tarde o temprano, ¿por qué no tenerla de inmediato?

La afirmación siguiente se hizo hace seis años. En esa época, parecía muy heterodoxa.

«La religión de la economía promueve la idolatría del cambio rápido, ignorando el axioma elemental que establece que un cambio que no representa una mejora incuestionable es una dudosa bendición. El peso de la prueba cae sobre aquellos que adoptan el “punto de vista ecológico”: a menos que ellos puedan proporcionar la evidencia de una lesión al hombre, el cambio tendrá lugar. El sentido común, por el contrario, sugeriría que el peso de la prueba debiera recaer sobre el hombre que desea introducir un cambio; él tiene que demostrar que no podrá haber ninguna consecuencia negativa. Pero esto demandaría demasiado tiempo y, por lo tanto, sería antieconómico. La ecología debería ser un tema obligado para todos los economistas, sean profesionales o no, ya que esto podría servir para restaurar el equilibrio por lo menos en una pequeña medida. Porque la ecología sostiene «que un medio ambiente que se ha desarrollado a través de millones de años, debe considerarse que tiene algún mérito. Nada tan complicado como un planeta habitado por más de un millón y medio de especies de plantas y animales, todos ellos viviendo juntos en un equilibrio más o menos estable en el cual usan y vuelven a usar continuamente las mismas moléculas de suelo y de aire; un planeta así no puede ser mejorado por medio de manipulaciones sin sentido ni información. Todos los cambios en un mecanismo complejo llevan consigo algún riesgo y debieran realizarse sólo después de un estudio cuidadoso de todos los datos disponibles. Los cambios debieran hacerse en una pequeña escala primero, sirviendo de test antes de ser aplicados de forma más amplia. Cuando la información es incompleta los cambios no debieran apartarse de los procesos naturales, que tienen a su favor la evidencia indiscutible de haber sostenido la vida por un tiempo muy largo[4]».

Hace seis años, la argumentación proseguía de esta manera:

«De todos los cambios introducidos por el hombre en el seno de la naturaleza, la fisión nuclear en gran escala es sin ninguna duda el más peligroso y profundo. Como resultado, la radiación iónica ha llegado a ser el agente más serio de contaminación del medio ambiente y la más grande amenaza para la supervivencia del hombre en la tierra. No es sorprendente que la atención del hombre común haya sido atraída por la bomba atómica, a pesar de que todavía existe la posibilidad de que no sea usada otra vez. Los peligros afrontados por la humanidad en relación a los denominados usos pacíficos de la energía atómica pueden ser mucho más grandes. La elección entre centrales convencionales de energía basadas en carbón o en petróleo, o centrales nucleares, se hace siempre sobre base económicas, tal vez con una pequeña consideración por las «consecuencias sociales» que podrían emerger de un cercenamiento demasiado veloz de la industria del carbón. Pero el que la fisión nuclear representa un peligro increíble, incomparable y único para la vida humana no entra dentro de ningún cálculo y jamás es mencionado. La gente cuyo negocio es analizar peligros, las compañías de seguros, no demuestran ningún interés en asegurar centrales de energía nuclear contra terceros en ninguna parte del mundo, con el resultado que se ha tenido que aprobar una legislación especial por la cual el Estado acepta las responsabilidades[5]. Aun así, asegurado o no, el peligro permanece y la ceguera de la religión de la economía es tal que el único problema que parece interesar a los gobiernos o al público es «si arroja o no beneficios».

Y no es el caso de que no hubiera ninguna voz autorizada que nos lo advirtiera. Los efectos de los rayos alfa, beta y gamma en los tejidos vivos son perfectamente bien conocidos; las partículas radioactivas son como proyectiles que penetran dentro de un organismo y el daño que ocasionan depende principalmente de la dosis y del tipo de células que perforan[6]. Allá por el año 1927, el biólogo americano H. J. Muller publicó su famoso documento sobre las mutaciones genéticas producidas por el bombardeo de rayos X[7], y desde principios de los años treinta el peligro genético de la exposición ha sido reconocido también por los no especialistas[8]. Queda claro que aquí existe el peligro de una «dimensión» todavía no experimentada, haciendo peligrar no sólo a aquellos que podrían estar directamente afectados por su radiación sino también a sus generaciones futuras.

Una nueva «dimensión» también se obtiene del hecho de que mientras el hombre ahora puede crear elementos radioactivos, no hay nada que pueda hacer para reducir su radioactividad una vez que los ha creado. Ninguna reacción química, ninguna interferencia física, sólo el paso del tiempo reduce la intensidad de la radiación una vez que se ha puesto en marcha. El carbono 14 tiene una vida media de 5900 años, lo que significa que necesita casi 6000 años para reducir su actividad a la mitad de la que tenía antes. La vida media del estroncio 90 es de veintiocho años. Pero cualquiera que sea la duración de la vida media parte de la radiación siempre continúa en forma indefinida, no habiendo nada que pueda hacerse al respecto, aparte de tratar de aislar la sustancia radioactiva en un lugar seguro.

«Una nueva «dimensión» también se obtiene del hecho de que mientras el hombre ahora puede crear elementos radioactivos, no hay nada que pueda hacer para reducir su radioactividad una vez que los ha creado. Ninguna reacción química, ninguna interferencia física, sólo el paso del tiempo reduce la intensidad de la radiación una vez que se ha puesto en marcha. El carbono 14 tiene una vida media de 5900 años, lo que significa que necesita casi 6000 años para reducir su actividad a la mitad de la que tenía antes. La vida media del estroncio 90 es de veintiocho años. Pero cualquiera que sea la duración de la vida media parte de la radiación siempre continúa en forma indefinida, no habiendo nada que pueda hacerse al respecto, aparte de tratar de aislar la sustancia radioactiva en un lugar seguro»

¿Qué es un lugar seguro, frente a la enorme cantidad de productos de desecho radioactivos creados por los reactores nucleares? Ningún lugar en la tierra podría considerarse seguro. Se pensó en un tiempo que estos desechos podrían ser enterrados en las profundidades de los océanos, suponiendo que ninguna manifestación de vida podría subsistir en tales profundidades[9]. Sin embargo, exploraciones llevadas a cabo en las profundidades del mar por los soviéticos han demostrado que aquellas suposiciones eran inexactas.

Dondequiera que hay vida las sustancias radioactivas son absorbidas en el ciclo biológico. A tan sólo horas de haber depositado estos materiales en el agua, la mayor parte de ellos pueden encontrarse en organismos vivos. El plancton, las algas y muchos animales de mar tienen el poder de concentrar estas sustancias en una proporción muy elevada. Como un organismo se alimenta de otro, los materiales radioactivos vuelven a subir la escalera de la vida y pronto encuentran su camino de vuelta al hombre[10].

Todavía no se ha logrado ningún acuerdo internacional con respecto a los desperdicios radioactivos. La conferencia de la Organización Internacional de la Energía Atómica celebrada en Mónaco en noviembre de 1959 terminó en desacuerdo, principalmente en base a las objeciones enérgicas de la mayoría de los países en contra de la práctica americana y británica de tirar los desperdicios a los océanos[11]. Los desperdicios de «alto nivel» continúan siendo arrojados al mar, mientras que grandes cantidades del llamado «nivel intermedio» y «nivel bajo» se depositan en los ríos o directamente debajo de la tierra. Un informe de la conferencia comenta lacónicamente que los residuos líquidos «se abren paso muy lentamente hasta las capas subterráneas de agua, dejando toda o parte (¡sic!) de su radio actividad contenida química o físicamente en el suelo»[12].

Los residuos más voluminosos son, por supuesto, los reactores nucleares mismos una vez que han dejado de ser útiles. Todavía existe la discusión sobre aspectos económicos triviales acerca de si van a durar veinte, veinticinco o treinta años. Nadie discute el problema desde el punto de vista humano, es decir, que no pueden ser desmantelados ni trasladados sino dejados donde están, probablemente por siglos, tal vez por miles de años, constituyendo una activa amenaza para toda la vida, perdiendo silenciosamente su radio actividad en el aire, el agua y el suelo. Nadie ha considerado el número y la ubicación de estos molinos satánicos que han de multiplicarse sin cesar en el futuro. Por supuesto, se supone que no habrá terremotos, ni guerras, ni disturbios civiles, ni revueltas como las que han acudido las ciudades americanas. Las centrales de energía nuclear en desuso habrán de permanecer como horribles monumentos frente a las suposiciones del hombre que cree que nada aparte de la tranquilidad, de ahora en adelante, se extiende delante suyo, o para decirlo de otra manera, que el futuro no cuenta nada comparado con el menor beneficio económico de hoy.

Mientras tanto, un número de autoridades se han ocupado en definir «las concentraciones máximas permisibles» (CMP) y «los niveles máximos permisibles» (NW) para varios elementos radioactivos. Las CMP intentan definir la cantidad de una sustancia radioactiva dada que un organismo humano está en condiciones de acumular. Pero se sabe que cualquier acumulación produce un daño biológico. «Debido a que no sabemos que exista una recuperación completa de estos efectos», informa el Laboratorio Radiológico Naval de los Estados Unidos, «tenemos que tomar una decisión arbitraria acerca de cuánto daño es el que vamos a permitir, es decir, qué es lo “aceptable” o “permisible”; no un hallazgo científico, sino más bien una decisión administrativa»[13]. Difícilmente podemos sorprendernos cuando hombres de una inteligencia e integridad tan notables como el doctor Albert Schweitzer rehúsan aceptar tales decisiones administrativas con ecuanimidad: «¿Quién les ha dado a ellos el derecho de hacer esto? ¿Quién puede arrogarse el dar tal permiso?»[14]. La historia de estas decisiones es intranquilizadora, para no decirlo de otra manera. El Consejo Británico de Investigación Médica señalaba hace unos doce años:

«El nivel máximo de estroncio 90 permisible en el esqueleto humano, aceptado por la Comisión Internacional de Protección Radiológica, corresponde a mil micro-microcurios por gramo de calcio (1000 SU). Pero éste es el nivel máximo permisible para adultos en ocupaciones especiales y no es apropiado para aplicarlo a la población como un todo o a los niños con mayor sensibilidad a la radiación[15]».

Poco tiempo después las CMP para el estroncio 90 se redujeron en un 90 por 100 y más tarde en otro tercio, a 67 SU, en relación a la población. Mientras tanto, las CMP para los trabajadores en plantas nucleares se elevaron a 2000 SU[16].

Debemos tener cuidado, sin embargo, de no perdernos en la selva de controversias que se han originado y crecido en este terreno. El asunto es que peligros muy serios se han creado yacon el pretexto de «los usos pacíficos de la energía atómica», que afectan no sólo a la gente que vive hoy, sino a las futuras generaciones, a pesar de que la energía nuclear por ahora sólo está siendo usada en una escala insignificante desde un punto de vista estadístico. Todavía está por conocerse su real desarrollo, en una escala tal que poca gente puede llegar a imaginarse. Si esto va a suceder realmente, habrá un tráfico constante de sustancias radioactivas desde las plantas químicas «calientes» a las estaciones nucleares y en sentido inverso, desde las estaciones a las plantas procesadoras de residuos y desde allí a los lugares de desecho. Un accidente serio, sea durante el transporte o la producción, puede causar una catástrofe importante, y los niveles de radiación en todo el mundo crecerán sin pausa de una a otra generación. Salvo que todos los especialistas genéticos estén en un error, habrá un incremento igualmente sin pausa, aunque de alguna manera más lento, en el número de mutaciones peligrosas. K. Z. Morgan, del Laboratorio Oak Ridge, enfatiza que el daño puede ser muy sutil, un deterioro general de toda clase de cualidades orgánicas, tales como la movilidad, la fertilidad y la eficacia de los órganos sensoriales. «Basta que una pequeña dosis tenga un efecto en cualquier estadio del ciclo vital de un organismo para que una radiación crónica en este nivel pueda ser más dañina que una simple dosis masiva… Finalmente pueden producirse cambios en el ritmo de las mutaciones, aun cuando no haya ningún efecto inmediato sobre la supervivencia de los individuos contaminados»[17].

Los especialistas de vanguardia en genética han hecho oír sus advertencias en el sentido de que debiera hacerse todo lo posible para evitar nuevos incrementos en los ritmos de mutación[18]. En el campo de la medicina también se ha insistido en que el futuro de la energía nuclear debe depender principalmente de las investigaciones que se efectúan sobre la biología de la radiación, que todavía están totalmente incompletas[19]. Reconocidos físicos han sugerido que «medidas mucho menos heroicas que la construcción… de reactores nucleares» debieran ensayarse para tratar de resolver el problema del abastecimiento de energía en el futuro (un problema que de ninguna manera ha llegado a ser agudo en el presente)[20] y estudiosos de los problemas estratégicos y políticos, al mismo tiempo, nos han advertido que no hay realmente ninguna esperanza de prevención contra la proliferación de la bomba atómica si hay una expansión de la capacidad de plutonio, tal como fue «espectacularmente expuesto por el presidente Eisenhower en su “propuesta de átomos para la paz” del 8 de  diciembre de 1953»[21].

Aun así, todas estas opiniones de peso no juegan ningún papel en el debate, que trata de esclarecer si debiéramos empezar inmediatamente con un «segundo programa nuclear» de largo alcance o continuar por un poco más de tiempo con los combustibles convencionales, los que, aparte de lo que pueda decirse en favor o en contra de ellos, no nos envuelven en riesgos enteramente nuevos e incalculables.Ninguno de ellos es nunca mencionado;todo el debate, que puede afectar vitalmente al propio futuro de la raza humana, se hace exclusivamente en términos de la ventaja inmediata, como si dos comerciantes de ropa usada estuvieran tratando de ponerse de acuerdo sobre un descuento.

Después de todo, ¿qué es lo que significa el ensuciar el aire con humo comparándolo con la contaminación del aire, el agua y el suelo con la radio actividad iónica? No es que yo desee de alguna manera disminuir los males de la contaminación convencional del aire y el agua, pero debemos reconocer «las diferencias dimensionales» cuando las encontramos.La polución radioactiva es un mal de una «dimensión» incomparablemente más grande que ninguna otra cosa antes conocida por la humanidad. Uno podría inclusive preguntar: ¿de qué sirve el insistir en la limpieza del aire si está cargado con partículas radioactivas? Y si el aire pudiera protegerse, ¿de qué serviría si se está envenenando el suelo y el agua?Incluso un economista podría preguntar: ¿de qué sirve el progreso económico, el elevado nivel de vida,cuando la tierra, la única tierra que tenemos, está siendo contaminada por sustancias que pueden causar deformaciones a nuestros hijos o a nuestros nietos? ¿No hemos aprendido nada de la tragedia de la talidomida?¿Podemos tratar con asuntos de características tan básicas mediante afirmaciones vagas o admoniciones oficiales de que «en ausencia de pruebas de que (esta o aquella innovación) es de alguna manera dañina, sería el colmo dela irresponsabilidad el provocar la alarma pública»?[22]. ¿Podemos hablar de ellas simplemente sobre la base de un beneficio calculado a corto plazo?

«Podría pensarse –escribió Leonard Beaton– que todos los recursos de los que temen la expansión de las armas nucleares se hubieran dedicado a posponer estos desarrollos tanto tiempo como fuese posible. Podría haberse esperado que los Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña hubieran invertido grandes sumas de dinero tratando de probar que los combustibles convencionales, por ejemplo,han sido subestimados como fuente de energía… En realidad… los esfuerzos que se han hecho deben considerarse como una de las fantasías políticas más inexplicables de la historia. Sólo un psicólogo social podría tener la esperanza de llegar a explicar un día porqué los poseedores de las más terribles armas de la historia han buscado con ansiedad el expandir la infraestructura industrial necesaria para producirlas…Afortunadamente… los reactores nucleares son todavía bastante escasos[23]».

Es cierto que un prominente físico nuclear americano, A. W. Weinberg, ha ofrecido una suerte de explicación:«Hay», dice, «una comprensible inclinación por parte de los hombres de buena voluntad para desarrollar los aspectos positivos de la energía nuclear,simplemente porque los aspectos negativos son tan abrumadores». Pero también agrega la advertencia de que«hay razones personales muy fuertes por las que los científicos atómicos parecen tan optimistas cuando escriben acerca de su impacto en los asuntos mundiales.Cada uno de nosotros debe buscar una justificación con la que mitigar su preocupación por los instrumentos de destrucción nuclear (y aún nosotros, la gente de los reactores, somos un poco menos culpables que nuestros colegas armamentistas)[24]».Uno pudiera haber pensado que nuestro instinto de auto conservación nos haría inmunes al optimismo científico o a las promesas incumplidas de ventajas pecuniarias. «No es demasiado tarde a estas alturas para reconsiderar las viejas decisiones y tomar otras nuevas», dijo recientemente un comentarista americano. «Por el momento al menos,la elección está por hacer»[25]. Una vez que se hayan creado más centros de radio actividad la elección será imposible, ya sea que podamos afrontarlos peligros o no.

«Después de todo, ¿qué es lo que significa el ensuciar el aire con humo comparándolo con la contaminación del aire, el agua y el suelo con la radio actividad iónica? No es que yo desee de alguna manera disminuir los males de la contaminación convencional del aire y el agua, pero debemos reconocer «las diferencias dimensionales» cuando las encontramos.La polución radioactiva es un mal de una «dimensión» incomparablemente más grande que ninguna otra cosa antes conocida por la humanidad. Uno podría inclusive preguntar: ¿de qué sirve el insistir en la limpieza del aire si está cargado con partículas radioactivas? Y si el aire pudiera protegerse, ¿de qué serviría si se está envenenando el suelo y el agua?Incluso un economista podría preguntar: ¿de qué sirve el progreso económico, el elevado nivel de vida,cuando la tierra, la única tierra que tenemos, está siendo contaminada por sustancias que pueden causar deformaciones a nuestros hijos o a nuestros nietos?»

Es evidente que ciertos adelantos científicos y tecnológicos de los últimos treinta años han producido y siguen produciendo peligros de una naturaleza totalmente intolerable. En la Cuarta Conferencia Nacional del Cáncer en los Estados Unidos de América realizada en septiembre de 1960, Lester Breslow, del Departamento de Salud Pública de California, informó que decenas de miles de truchas en los viveros del oeste habían contraído cáncer de hígado deforma repentina, y continuó diciendo:

«Los cambios tecnológicos que afectan al medio ambiente del hombre se están introduciendo con tal rapidez y con tan poco control que es una maravilla que el hombre haya escapado hasta el momento del tipo de epidemia de cáncer que este año ha afectado a las truchas[26]».

Sin ninguna duda, al mencionar estas cosas, uno se expone abiertamente a la acusación de estar en contra de la ciencia, la tecnología y el progreso. Permítaseme como conclusión añadir unas cuantas palabras acerca del futuro de la investigación científica. El hombre no puede vivir sin ciencia ni tecnología como tampoco puede vivir en contra dela naturaleza. Lo que necesita una muy cuidadosa consideración, sin embargo,es la dirección de la investigación científica. No podemos dejar esto en manos de los científicos solamente. Tal como el mismo Einstein dijo[27], «casi todos los científicos son, desde el punto de vista económico, completamente dependientes» y «el número de científicos que poseen un sentido de responsabilidad social es tan pequeño» que no pueden determinar la dirección de la investigación. Esta última conclusión es aplicable, sin ninguna duda, a todos los especialistas y la tarea debe recaer sobre el profano inteligente,sobre gente como los que forman la Sociedad Nacional para el Aire Limpio y otras sociedades similares preocupadas por la conservación. Ellos deben influir en la opinión pública de modo que los políticos, que dependen dela opinión pública, se libren de la esclavitud del economismo y se ocupen de las cosas que realmente importan. Lo que importa, tal como he dicho, es la dirección de la investigación. La dirección debiera apuntar hacia la no violencia antes que hacia la violencia,hacia una cooperación armoniosa con la naturaleza antes que a una guerra en contra de la naturaleza, hacia soluciones silenciosas, de baja energía, elegantes y económicas aplicadas normalmente por la naturaleza antes que a las soluciones ruidosas, de alta energía, brutales, llenas de desperdicios y toscas de la ciencia de hoy día.

La continuación del avance científico en la dirección de una creciente violencia, culminando en la fisión nuclear y con el horizonte de la fusión nuclear, es una perspectiva de terror que amenaza con la abolición del hombre. Aun así, no está escrito en los astros que ésta deba ser la dirección.Hay también una posibilidad que da vida y que embellece la vida, la exploración y cultivo consciente de todos aquellos métodos relativamente no violentos, armoniosos, orgánicos, de cooperación con ese enorme, hermoso e incomprensible sistema de la naturaleza dada por Dios, de la cual somos parte y que ciertamente no hemos hecho.Esta declaración, que fue parte de una conferencia dada ante la Sociedad Nacional para el Aire Limpio en octubre de 1967, fue recibida con un meditado aplauso por una audiencia altamente responsable, pero posteriormente atacada furiosamente por las autoridad es como «el colmo de la irresponsabilidad». El comentario más inefable fue hecho por Richard Marsh, el entonces ministro de Energía de Su Majestad, quien creyó necesario«censurar» al autor. La conferencia,dijo, fue una de las contribuciones más extraordinarias y menos beneficiosa sal debate sobre el coste nuclear y el del carbón (Daily Telegraph, 21 de octubre de 1967).

Sin embargo, los tiempos cambian.Un informe sobre el Control de la Contaminación, presentado en febrero de 1972 al secretario de Estado para el Medio Ambiente por una Comisión de Trabajo designada oficialmente, publicada por la Oficina de Imprenta de Su Majestad y titulada «Pollution: Nuisanceor Nemesis?», decía lo siguiente:

«La preocupación principal en el contexto internacional es el futuro. La prosperidad económica del mundo parece estar ligada a la energía nuclear.Por el momento, la energía nuclear provee sólo un 1 por 100 del total de la electricidad generada en el mundo. Para el año 2000, si los presentes planes siguen adelante, esta cifra se habrá incrementado a más del 50 por 100 y el equivalente a 2 nuevos reactores de 500 MWe (cada uno del tamaño del ubicado en Trawsfynydd en Snowdonia) será inaugurado cada día[28]».

En cuanto a los desechos radioactivos de los reactores nucleares:

«La causa más grande de preocupación en cuanto al futuro es el almacenamiento de los desechos radioactivos de larga vida… No hay ninguna manera de destruir la radio actividad, cosa que no ocurre con otros contaminantes… Así que no hay ninguna alternativa en cuanto a un almacenamiento permanente…

En el Reino Unido el estroncio 90 se almacena actualmente en forma líquida en enormes tanques de acero en Windscale (Cumberland). Tienen que estar constantemente enfriados con agua,ya que el calor producido por la radiación se elevaría de otra manera a temperaturas por encima del punto de ebullición. Tendremos que seguir enfriando esos tanques por muchos años inclusive si no construimos más reactores nucleares. Pero con el vasto incremento del estroncio 90 que se espera para el futuro, el problema apuntado puede llegar a ser mucho más dificultoso. Aún más, cuando se produzca el cambio por reactores de multiplicación rápida la situación se verá agravada por el hecho de que estos reactores producen grandes cantidad esde sustancias radioactivas de vida media muy larga.En realidad estamos consciente y deliberadamente acumulando una sustancia tóxica basándonos en la dudosa posibilidad de que algún día podamos deshacernos de ella. Estamos forzando a las futuras generaciones a hacer frente a un problema que nosotros no sabemos cómo resolver».

Finalmente, el informe emite una muy clara advertencia:

«El peligro evidente es que el hombre haya puesto todos los huevos en la canasta nuclear antes de descubrir que no puede encontrar una solución. Deben existir presiones políticas poderosas para ignorar los peligros de la radiación y continuar usando los reactores que ya se han construido. Lo único prudente sería reducir el programa de energía nuclear hasta haber resuelto todos los problemas de los desperdicios… Mucha gente responsable iría aún más lejos. Ellos piensan que no deberían construirse más reactores nucleares hasta que sepamos cómo controlar sus desperdicios».

¿Y cómo puede satisfacerse la demanda siempre creciente de energía?

«Como la demanda prevista de electricidad no puede ser satisfecha sin la energía nuclear,consideran que la humanidad debe desarrollar sociedades quesean menos exageradas en el uso de la electricidad y otras formas de energía. Más aún, ven la necesidad de que este cambio de dirección se tome de forma inmediata y urgente».

Ningún grado de prosperidad podría justificar la acumulación de grandes cantidades de sustancias altamente tóxicas que nadie conoce cómo hacer «seguras» y que constituyen un peligro incalculable para toda la creación durante periodos históricos e incluso geológicos. Hacer tal cosa es una transgresión en contra de la vida misma,una transgresión infinitamente más seria que cualquier crimen perpetrado por el hombre. La idea de que una civilización podría mantenerse a sí misma sobre la base de tales transgresiones es una monstruosidad ética, espiritual y metafísica. Significa conducir los asuntos económicos del hombre como si la gente realmente no importara nada.

 


NOTAS: 

(*) Título original: Small is Beautiful Ernst Friedrich Schumacher, 1973 Traducción: Óscar Margenet, 1978

[1] Es una larga cita de Prospect for Coal, por E. F. Schumacher, publicado por la Empresa Nacional del Carbón, Londres, abril 1961.

[2] The Economic Journal, marzo de 1964, p. 192.                             

[3] Coste, seguro, flete; es decir, precio de entrega.

(**) Basado en The Des Voeux Memorial Lecture, 1967, «Clean Air and Future Energy-Economics and Conservation», publicado por la National Society for Clean Air, Londres, 1967.

[4] Basic Ecology, por Ralph y Mildred Buchsbaum (Pittsburgh, 1957).

[5] «Die Haftung für Strahlenschäden in Grossbritannien», por C. T. Highton en Die Atomwirtschaft, Zeitschrift für wirtschaftliche Fragen der Kernumwandlung, 1959.

[6] Radiation: What it is and How it Affects You, por Jack Schubert y Ralph Lapp (Nueva York, 1957). También Die

Stahlengefährdung des Menschen durch Atomenergie, por Hans Marquardt y Gerhard Schubert (Hamburgo, 1959);

vol. XI de las Actas de la Conferencia Internacional sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica, Ginebra, 1955; y

vol. XXII de las Actas de la Segunda Conferencia Internacional de las Naciones Unidas sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica, Ginebra, 1958.

[7] «Changing Genes: Their Effects on Evolution», por H. J. Muller en el Bulletin of the Atomic Scientists, Chicago, 1947.

[8] Declaración de G. Failla, en las Audiencias ante la Sub-Comisión Especial sobre Radiación, del Comité Conjunto sobre Energía Atómica, 86 Congreso de los Estados Unidos, 1959. «Fallout from Nuclear Weapons», Washington DC, 1959, vol. II.

[9] «Oceanic Research Needed for Safe Disposal of  Radioactive Wastes at Sea», por R. Revelle y M. B. Schaefer; y«Concerning the Possibility of Disposing of Radioactive Waste in Ocean Trenches», por V. G. Bogorov y E. M. Kreps. Ambos en el vol. XVIII de las Actas, Conferencia de Ginebra, 1958.

[10] Ibid., «Biological Factors Determining the Distribution of Radioisotopes in the Sea», por B. H. Ketchum y V. T. Bowen.

[11] Conference Report, por H. K. Levi en Die Atomwirtschaft, 1960

[12] Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos de Norteamérica, Informe Anual al Congreso, Washington

DC, 1960.

[13] Declaración del Laboratorio de Defensa Radiológica de la Marina de los Estados Unidos de América, en Selected Materials on Radiation Protection Criteria and Standards; their Basis and Use

[14] Friede oder Atomkrieg, por Albert Schweitzer, 1958.

[15] The Hazards to Man of Nuclear and Allied Radiations, Consejo de Investigación Médica de Gran Bretaña

[16] Lewis Herber, op. Cit 

[17] «Summary and Evaluation of Environmetal Factors that must be Considered in the Disposal of Radioactive Wastes», por K. Z. Morgan en Industrial Radioactive Disposal, vol. III.

[18] «Natürliche und künstliche Erbanderungen», por H. Marquardt en Probleme der Mutationsforschung (Hamburgo, 1957).

[19] Schubert y Lapp, op. cit. 

[20] «Today’s Revolution», por A. M. Weinberg en Bulletin of the Atomic Scientists, Chicago, 1956

[21] Must the Bomb Spread?, por Leonard Beaton (Penguin Books Ltd., Londres, en asociación con el Instituto de Estudios Estratégicos, Londres, 1966)

[22] «From Bomb to Man», por W. O. Caster en Fallout, editado por John M. Fowler (Nueva York, 1960).

[23] Op. cit. 

[24] Op. cit. 

[25] «The Atom’s Poisonous Garbage», por Walter Schneir en Reporter, 1960 

[26] Lewis Herber, op. cit.  

[27] On Peace, por Albert Einstein, editado por O. Nathan y H. Norden (Nueva York, 1960). 

[28] Pollution: Nuisance or Nemesis? (HMSO, Londres, 1972).

 

 

 

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