VIVIMOS MAL, por Alejandro Sawa

Alejandro Sawa: la miseria del poeta que inspiró «Luces de Bohemia»

Por Antonio Muñiz

«Un guardillón madrileño con un pequeño ventanuco lleno de sol. Es la hora del crepúsculo. Un poeta ciego conversa con su esposa pelirrubia, triste y fatigada. El hombre es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales», así presentaba Ramón María del Valle-Inclán en «Luces de Bohemia» al escritor Alejandro Sawa, símbolo del malditismo español.

En aquel Madrid, «absurdo, brillante y hambriento», murió Sawa un mes de marzo de 1909, a la edad de cuarenta y seis años. La tragedia del poeta fue pasar a la historia como Max Estrella, el personaje creado por Valle-Inclán, mientras se olvidaban sus versos y sus libros. Había nacido en Sevilla otro mes de marzo de 1862. Su padre era un comerciante griego de Esmirna que importaba vinos y productos de ultramarinos. Muy pronto demostró inquietud por la literatura. Algunos de sus biógrafos lo presentan como «un muchachito serio, cetrino de color y de expresiva mirada». Antes de trasladarse a Madrid a los diecisiete años ya había fundado dos revistas: Ecos de juventud y Siglo XIX.

Llega a Madrid en 1879 para convertirse en periodista y literato y pronto comienza a trabajar de redactor en publicaciones como El Globo, La Política o El Resumen. Esta labor periodística le permite tomar contacto con relevantes figuras de las letras como Pedro Antonio de Alarcón, Campoamor o José Zorrilla. Su «precocidad artística» le impulsa a escribir su primera novela («La mujer de todo el mundo») en 1885, con tan solo veintitrés años. Adscrito al movimiento naturalista impulsado por Emile Zola, comienzan aquí sus desventuras, puesto que la novela no es aceptaba como naturalista por algunos autores y críticos. Con la siguiente novela, «Crimen Legal» 1886, se consagra en los ambientes literarios madrileños. Años más tarde diría de sus primera experiencia madrileña: «Mis primeros tiempos fueron estupendos de vulgaridad y de grandeza. Un día de invierno que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria».

De vuelta a España comienzan sus problemas de salud y dinero. Al principio colaboró con el ABC, Madrid Cómico y Alma Española, y fue redactor de El Motín y El Globo. Se sumerge entonces en el debate entre «la vieja guardia» y los nuevos escritores y comienza a sufrir malas críticas y la mala prensa que le califica de «bon viveur» por su carácter indisciplinado y contrario a los cánones. Sawa continua su vida bohemia de siempre en Madrid a pesar de estar casado y tener una hija y frecuenta las tertulias madrileñas de Valle-Inclán en el café Madrid, donde el insigne escritor gallego conoció al poeta bohemio que más tarde convertiría en Max Estrella. Con la entrada del nuevo siglo la vida canalla comienza a pasar factura. La enfermedad y los problemas económicos le acosan de forma continua y no encuentra ayuda en los amigos como Rubén Darío, quien consagrado en el mundo de las letras rehusa acudir en su auxilio. Sawa exclama por entonces aquello de: «¡Irme, irme! Ya no sueño sino con eso. Irme a una tierra cualquiera donde la villanía no sea el estado social de la gente».

La escena de su muerte en la buhardilla la describe así Valle-Inclán: «He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso».

http://www.abc.es/cultura/20150707/abci-biografias-sawa-poeta-olvidado-201507061127.html

 

Alejandro Sawa junto a otros modernistas

 

 

VIVIMOS MAL 

Por Alejandro Sawa

 

“¡Ay! Esta juventud se ha visto forzada a despeñarse desde la altura de los sueños a que había trepado, y se la ha condenado a la desgracia, sin escucharla, sin compadecerla, de un modo implacable, como si la felicidad no fuera el más improrrogable y el más categórico de todos nuestros derechos. Vivimos mal, de consiguiente. Miramos con desesperación al azul del cielo, y maldito lo que se nos importa de los poderes de la tierra. Nuestros padres podían ser, y eran, venturosos, con farsas en instituciones que nosotros no adquiriríamos por una higa, porque nos creeríamos perjudicados. Ellos creían en la sinceridad de la gentualla de arriba, de la gentualla del poder, y creían muy honradamente, muy de buena fe, con toda la buena fe de los tontos, que esos hombres que eran sus ídolos no realizaban en el poder las reformas prometidas en la oposición, por obstáculos tradicionales que oponían a la iniciativa de los liberales; ellos creían que la religión es un freno, y no un fermento; ellos creían que diciendo libertad estaba dicho todo; ellos creían que darle al pueblo un nuevo derecho valía más que darle un zoquete de pan o un puñado de garbanzos; ellos creían que un discurso valía más que un hecho; ellos estudiaban derecho político en Pacheco, religión en Ripalda o Astete, y fundaban una especie de triste vanidad en no conocer a Proudhon más que de nombre; ellos se proclamaban en el club y en la calle anticatólicos, pero luego, al llegar a casa, rezaban el rosario, a coro con su familia, todos los días, sin faltar uno, a la hora de la oración de la tarde, alrededor de la camilla de tapete encarnado -encarnado para que no se pudiera dudar de la democracia del amo de la casa.”

***

La gente que ha venido al mundo, aquí en España, después de las jornadas épicas de la guerra de África, es malaventurada en su mayoría. Ha mamado la leche de la madre al son bélico del himno de Riego; ha oído hablar allá en las veladas de su infancia, de paseos triunfales del insurrecto de Cabezas de San Juan por toda España; de pueblos enteros agolpándose en masa a las puertas de las ciudades, para recibirlo; de miles de gargantas enronquecidas al constante gritar de ¡viva el libertador!, sin llegar a fatigarse nunca; de charangas militares que caldeaban la atmósfera con vibraciones musicales de un entusiasmo bárbaro; de discursos más llenos de sonoridades que de pensamientos, que comenzaban todos con la palabra libertad, y  remataban con las de igualdad y fraternidad, en una especie de evocación mágica a los días, que parecen ya prehistóricos, de la primera cámara de Versalles, o de nuestras Constituyentes del año 12; ha oído citar, y se ha aprendido de memoria, una porción de nombres, que no pueden pronunciarse sin que chispeen como un puñado de piedras preciosas: El EmpecinadoMinaPorlierLacyLópezAlcalá Galiano; se ha estremecido de impaciencia; ha sentido el culebreo de la electricidad en los brazos, el relato lleno de intensidad con que un veterano de la guerra civil hablaba de sus hechos y de sus hombres, de Luchana, de Morella, de Espartero; ha maldecido a la canalla que voceaba tras de la carroza regia ¡vivan las cadenas!, y ha sentido una angustia mortal en el pecho leyendo las profecías pesimistas de Donoso Cortés en las Cortes, o de Balmes en sus libros.

ESTA JUVENTUD SE HA VISTO FORZADA A DESPEÑARSE DESDE LA ALTURA DE LOS SUEÑOS A QUE HABÍA TREPADO, COMO SI LA FELICIDAD NO FUERA EL MÁS IMPRORROGABLE Y CATEGÓRICO DE TODOS NUESTROS DERECHOS

¡Ay! Esta juventud se ha visto forzada a despeñarse desde la altura de los sueños a que había trepado, y se la ha condenado a la desgracia, sin escucharla, sin compadecerla, de un modo implacable, como si la felicidad no fuera el más improrrogable y el más categórico de todos nuestros derechos.

ivimos mal, de consiguiente. Miramos con desesperación al azul del cielo, y maldito lo que se nos importa de los poderes de la tierra.

Luego nuestros podían ser, y eran, venturosos, con farsas en instituciones que nosotros no adquiriríamos por una higa, porque nos creeríamos perjudicados. Ellos creían en la sinceridad de la gentualla de arriba, de la gentualla del poder, y batían palmas a Martínez de la Rosa cuando decidía la fundación de su Estamento de Próceres, y al infame Fernando VII cuando decía con su voz de pilluelo de la corte: “Marchemos todo, y yo el primero, por la senda constitucional…”; ellos alzaban barricadas a medianoche, poseídos de un entusiasmo bárbaro, para que Espartero u O´Donnell treparan al poder, y creían muy honradamente, muy de buena fe, con toda la buena fe de los tontos, que esos hombres, que esos hombres que eran sus ídolos no realizaban en el poder las reformas prometidas en la oposición, por obstáculos tradicionales -así los llamaban ellos-, por obstáculos tradicionales que oponían a la iniciativa de los liberales, desde el palacio de piedra de la Plaza de Oriente, la camarilla lacayesca de los palaciegos, usufructuarios siempre de la voluntad de sus amos, llamáranse éstos como se llamaran, Carlos IV o Fernando VIIMaría Cristina o Isabel II; ellos creían que la religión es un freno, y no un fermento; ellos creían que diciendo libertad estaba dicho todo; ellos creían que salmodiando con Olózaga “!Dios salve al país, Dios salve a la reina!”, se abrían de par en par las puertas de la gloria; ellos creían que darle al pueblo un nuevo derecho valía más que darle un zoquete de pan o un puñado de garbanzos; ellos creían que el jefe militar del partido progresista era el primer guerrero del siglo, y continuaban llamando Buonaparte a Napoleón; ellos creían que un discurso valía más que un hecho, y se entusiasmaban hasta rabiar, sobre todo si el discurso estaba bien declamado, y el orador hacía porque concluyeran sus párrafos con frases rimbombantes de esas que tienen el mismo sonido del metal hueco; ellos estudiaban derecho político en Pacheco, religión en Ripalda o Astete, literatura en Polo, geografía en Miñano, economía en Colmeiro, y fundaban una especie de triste vanidad en no conocer a Proudhon más que de nombre; ellos se proclamaban en el club y en la calle anticatólicos, pero luego, al llegar a casa, rezaban el rosario, a coro con su familia, todos los días, sin faltar uno, a la hora de la oración de la tarde, alrededor de la camilla de tapete encarnado -encarnado para que no se pudiera dudar de la democracia del amo de la casa-, mientras que se preparaban para calarse el morrión y hacer la guardia en la puerta misma del palacio de los obstáculos tradicionales; veían o creían ver gloria donde quiera que dirigían la vista.

Aparecía el pasado con coloraciones purpúreas, el color que mejor sienta a la majestad, y el porvenir teñido de azul, como formado por innumerables columnillas de incienso, que subieran hasta el cielo festejando la reconciliación definitiva del género humano. Tenían a su espalda recuerdos animados, impresiones de la guerra homérica de la Independencia, que palpitaban todavía con estremecimientos de vida: un anciano que resistió solo a todo un cuerpo de ejército, a cuya cabeza iba el mismo emperador en persona; un niño, zagal del campo, o granujilla de la ciudad, que armado de un hacha -no el hacha de pedernal de las épocas  prehistóricas, sino el hacha de acero de nuestros modernos tiempos-, había segado quince cabezas de gabacho, y se había merendado luego una porción de orejas francesas fritas con tomate; Castaños y los generales españoles, disponiendo en árbitros de la victoria; y así, a modo de remate de aquellas recordaciones guerreras, Wellington, con las patas de oro,  como una divinidad bárbara, y la cabeza desapareciendo entre crespones de nubes y fulgores de gloria, en una especie de apoteosis mística que venía a hacer del héroe británico una especie de San Juan Nepomuceno de la matanza.

NUESTROS PADRES SE CREÍAN UNGIDOS POR LA PROVIDENCIA CON ÓLEO BENDITO, SÓLO POR HABER NACIDO EN ESPAÑA, TIERRA DE SANTOS, CONQUISTADORES Y SABIOS; Y ERAN TAN FELICES COMO DESDICHADOS SOMOS SUS HIJOS

Circulaba por entonces, y aún continúa circulando como válida, la especie de que los españoles somos invencibles; de que esta tierra ibérica es granero y bodega del mundo; de que los capitales extranjeros no tienen, como aquí, por signo la moneda, sino la trampa, y de que no hay en absoluto porción de tierra europea o americana que pueda compararse en ningún sentido de utilidad o belleza con esta legendaria tierra de santos, de conquistadores y de sabios; se creían ungidos por la Providencia con óleo bendito, sólo por el hecho de haber nacido en España, y eran nuestros padres felices a su modo; tan felices, por lo menos, como sus hijos somos desdichados.

Y además -es preciso decirlo- eran más felices también, porque eran más ignorantes, porque sabían menos. Un ciego, bien, pase. No ve los montones de basura de la calle; ignora que el que le habla tiene jeta de canalla, y no percibe tampoco la labor destructora que hace el virus americano en el cuerpo de la mujer que estrecha palpitando entre sus brazos. Ve una belleza donde un vidente notaría sólo un sexo roído, y puede por consiguiente saludar a la vida con arrebatada canción de amores, de esas que obligan a los casados a incorporarse intranquilos sobre sus lechos, creyendo que los bárbaros están ya a las puertas de Roma. Pero si lo volvéis a la posesión del sentido de la vista, que parecía muerto, y que en realidad no estaba sino enfermo, ¡oh!, entonces… Sí, el cielo continúa siendo azul; pero ¡ved cuánto lodo por las calles, y cómo esa madre arrastra a su hija al mercado de las mujeres perdidas!

Mucho más concreto es el caso de la ceguera interna, de la ceguera cerebral. El imbécil, el ignorante, ése, ése es el que ha sacado lote en la vida. Ni Claudio Bernard envenenándose con las emanaciones tóxicas de su laboratorio, ni Alfredo de Musset dejándose pedazos de vida sobre las páginas de sus libros y sobre los divanes de las cortesanas. Es al contrario ese aragonés, ese gallego, ese hombre del campo, quien quiera que sea, que ignora hasta la edad que tiene, y por qué misterio de concepción su mujer pare todos los años una criatura tan grande como una ternera; que creen las recompensas de la otra vida, y que se hace sobre la frente la señal de la cruz antes de tenderse sobre su camastro de aldeano.

Vive a oscuras, sí. No lleva en el pecho, en mayor o menor proporción, la cantidad de infinito que nos obliga, a nosotros los civilizados, a levantar con frecuencia la cabeza para preguntar a los astros la eterna e incognoscible razón de su existencia. No es víctima de nuestros amores ni de nuestros desfallecimientos. Le importa un bledo saber por qué teoría química de fermentación hierve el vino nuevo en las tinajas, y se contenta con darle gracias al buen Dios porque le permite beberlo. En él la bestia concluye por absorber a la criatura racional, y bala o grita de satisfacción ante el espectáculo del guisado caliente que la mujer aparta de la lumbre apenas llega el gañán de su trabajo. ¿Qué se le da a él saber cómo se forma el rocío? Lo importante es que caiga sobre las plantas. ¿Ni que la sociedad esté mal organizada? El hecho es que él come todos los días.

Dejadlo por piedad en su retiro, y no lo conturbéis con vuestras declaraciones generosas. ¿Qué vais a darle en cambio de su tranquila felicidad de bestia? Dudas, ¿verdad? ¡Un principio morboso para que sus digestiones sean laboriosas y sus sueños intranquilos! Él come y bebe a diario; duerme a pierna suelta cuantas horas le vienen en antojo, y su mujer es una excelente máquina de parir y de criar chiquillos.

COMO PAPÁ ESTADO ERA MUY SEVERO, VOLVÍAN LOS OJOS SUPLICANTES Y LLOROSOS HACIA LA DEMOCRACIA, QUE POR LO DESPILFARRADORA DE PROMESAS Y GRACIAS VENÍA A SER UNA ESPECIE DE ABUELITA DEL PUEBLO

Por eso el obrero de mi época es mucho más infortunado que el de las épocas anteriores. Porque es un trabajador vidente a quien no se le puede aplicar la frase de Cristo de “tienen ojos, y no ven; oídos, y no oyen”. Le han hecho la operación de las cataratas, y, yo os lo aseguro, una de las cosas a que aplican la mirada es a apostrofar al cielo cuando se les ocurre mirar a las alturas, quizá para averiguar por la posición del sol en el horizonte las horas de maldición, las horas de trabajo que le restan en dar por terminada la labor del día. Y los ojos le ayudan en la blasfemia.

Todavía he podido percibir por mí mismo la enorme diferencia que hay entre el trabajador de ahora, el trabajador de la época en que escribo este libro, y el de hace doce años solamente. Comenzaba a rumiar aquél su aspiración hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad, y pedía la concesión de esos derechos con la misma expresión adorablemente candorosa con que se os aproxima un niño para pediros una golosina o un juguete.

Sí: continuaba llamando papá al gobierno constituido, quien quiera que fuera, González Bravo u O´Donnell; y como reparaba que el papá era severo, que no daba ni con mucho lo que pedía, volvía llorosos y suplicantes los ojos hacia la democracia, que por lo despilfarradora de promesas y gracias, venía a ser, a pesar de su relativa juventud, una especie de abuelita del pueblo. La abuelita le prometía los juguetes demandados para la semana siguiente, y luego para la otra, y después también para la otra; y, ¡claro!, el niño continuaba siendo venturoso, sin otra molestia, por su parte, que la de tener que continuar mamándose el dedo a todas horas. Hacía poco que se le había destetado y comía papillas; no podía pretender más. La época de los alimentos fuertes, de la carne asada, del jamón crudo, no había llegado todavía.

Entonces pedía reformas políticas simplemente, y con eso ya estaba satisfecho; mientras que ahora exige el reparto de la propiedad y la abolición de todas las desigualdades, las políticas, las sociales, las económicas, las religiosas, ¡hasta las que prescribe e impone la naturaleza! La humanidad colocada entre dos planos paralelos, y sin que sobresalga ninguna cabeza una sola línea sobre las demás. Y como este resultado, esta absoluta nivelación de todas las capacidades, no es posible, grita, y se desespera, y patalea, y hasta se insurrecciona y hace sangre, allí donde los efectos de la propaganda revolucionaria son más musculosos, en Francia, en Bélgica y en Alemania.

Aborrece con igual cantidad de odio a todos los partidos políticos, por decididos amigos del pueblo que se manifiesten, y llama traidores a los hombres que se contentan con pedir aquellas reformas democráticas que para honra de todos se les concederá dentro de poco, no el sol, la luna y los demás planetas, que a tanto no llega el poder de los humanos, por fuertes que se les considere. Eso aparte de que el sistema planetario no se guarda en el bolsillo como un pañuelo.

* * *

ALEJANDRO SAWADeclaración de un vencido, 1887. Biblioteca de Autores Españoles, 1999. Filosofia Digital, 2009.

 

 

 

 

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