LO PEQUEÑO ES HERMOSO (Parte III: “El papel de la Economía”), de E. F. Schumacher

INDICE – LO PEQUEÑO ES HERMOSO, de E. F. Schumacher

***

Del hedonismo triste al decrecimiento feliz: hacia una imaginación política de la empatía

Por LUIS I. PRÁDANOS

http://ctxt.es/es/20180425/Firmas/19225/decrecimeinto-feliz-politizacion-del-miedo-cueltura-economica-socialmente-deseable.htm

Esa actitud serviría para inmunizarnos de la politización del miedo y, con un poco de suerte, facilitar la transición hacia una cultura económica socialmente deseable y ecológicamente viable

 

La Cosecha, de Pieter Brueghel el Viejo

Últimamente cunde la politización del pánico por doquier: entre la derecha y la izquierda más o menos conservadora o progresista, entre neoliberales y neofascistas, entre globalistas y nacionalistas. Miedo y falta de imaginación política es el denominador común en todos los casos.

La falta de imaginación política radica en no cuestionar la creencia de que el crecimiento económico debe ser la prioridad de la sociedad por ser la panacea para resolver cualquier problema. Una creencia que es desmentida una y otra vez por las ciencias sociales y ecológicas que indican que el crecimiento en sí mismo ni mejora necesariamente el bienestar social (de hecho lo empeora si se traduce en un aumento de la desigualdad) ni puede mantenerse mucho tiempo en una biosfera finita sin acabar por aniquilar la vida planetaria.
 

Estado de miedo permanente y adicción al crecimiento forman los dos ejes principales de nuestra cultura económica dominante. Una cultura cuyo funcionamiento transforma sociedades humanas en masas acobardadas y precarizadas enfrentadas entre sí. Dicha cultura económica imposibilita el florecimiento de una política de la empatía y la generosidad capaz de engendrar sociedades y ecosistemas saludables.  

Sospecho que esta omnipresente politización del pánico es el resultado de las diferentes articulaciones políticas de una misma cultura económica orientada al crecimiento que se nutre del miedo y de las pasiones más tristes (indiferencia ante el sufrimiento ajeno, individualismo hiperbólico, avaricia, odio, aislamiento, resentimiento, desconfianza, competición, etc.) Se trata, me parece, de diferentes reacciones contraproducentes ante un sistema de explotación generalizado que ha desembocado tanto en una desigualdad estructural inaceptable como en el colapso en curso de los sistemas vivos planetarios. Digo contraproducentes porque todas estas reacciones –independientemente de sus inclinaciones ideológicas– acaban reforzando y perpetuando, de una u otra forma, el miedo que alimenta el sistema de explotación y la lógica suicida de “sálvese quien pueda” y “yo a lo mío” ante el barco que se hunde. El problema radica en que es precisamente ese hedonismo mal entendido –triste, estresante, miope y atemorizado– el que está hundiendo el barco y el que saca lo peor de los seres humanos.

Estudios recientes sugieren que el miedo activa el pensamiento conservador. Si esto se traduce, como suele ser el caso, en políticas de mano dura para paliar dicho miedo –en lugar de en políticas eficaces para resolver los problemas reales (la crisis ecológica y la crisis de desigualdad)– acabamos entrando en un bucle de retroalimentación perverso que mina la cohesión y confianza social, provocando más violencia, miedo y miseria y favoreciendo más políticas contraproducentes: una y otra vez la realidad confirma que los problemas sociales siempre empeoran cuando se intentan solventar con mano dura y tolerancia cero (control y vigilancia innecesarios, militarización, criminalización selectiva, castigo desproporcionado, proliferación de prisiones, leyes antiinmigración, ataques preventivos, etc.) Lo cierto es que la violencia, el terrorismo, la precarización y la descohesión social emergen de la explotación y la desigualdad y solo pueden desactivarse mediante procesos comunitarios y colectivos de redistribución y de reorganización social con principios igualitarios, inclusivos y participativos.

Para que dichos procesos fueran posibles habría que abrazar y promover otras maneras de entender y practicar la política que implicarían pasar de politizar el pánico a politizar la empatía: de la opulencia privada y blindada de los privilegiados (y la resultante precariedad y miedo manufacturados para la mayoría) a la frugalidad privada acompañada de un lujoso espacio público co-producido y compartido por todas; del hedonismo deprimente, competitivo, narcisista y solipsista a la celebración en común de la vida, la convivialidad y la reciprocidad. Lo primero favorece el aislamiento, la agresividad, la aburrida homogeneización, la alienación, la destrucción ecológica, el miedo a lo diverso, la precarización y, claro está, la acumulación de capital. Lo segundo, en cambio, promueve la cohesión social, la empatía, la alegría, la confianza, la regeneración ecológica y el buen vivir.

La supuesta excusa para mantener una cultura económica que no hace feliz a casi nadie y que destruye las bases sociales y ecológicas necesarias para toda vida digna es que no existe mejor alternativa dado que el ser humano es competitivo, miserable, cobarde y egoísta por naturaleza. Otra vez la realidad desmiente dicha generalización. En su maravilloso libro, A Paradise Built in Hell, Rebecca Solnit documenta cómo, en casos de catástrofes de diferente índole, los seres humanos se auto-organizan y tienden a comportarse de manera altruista, empática, cooperativa y generosa. Suelen ser las élites, curiosamente, quienes aprovechando la catástrofe despliegan una violencia desproporcionada e innecesaria que vuelve a reactivar la politización del miedo.

Hace tiempo que vengo intuyendo que las personas que más incansablemente añoran poder y buscan acumular capital a cualquier precio actúan motivadas por un estado patológico de miedo permanente. Debe de ser un infierno habitar en esas mentes miserables, obsesivas, egocéntricas y cobardes… el mismo infierno en el que se convierte el planeta Tierra cuando esa patología de unos pocos se transforma en la cultura económica global.

Cultivar colectivamente una imaginación política empática podría servir para  inmunizarnos de la politización del miedo y, con un poco de suerte, facilitar la transición hacia una cultura económica socialmente deseable y ecológicamente viable, es decir, hacia un decrecimiento feliz.

***

Luis I. Prádanos es profesor en Miami University y autor de Postgrowth Imaginaries

 

 

“Libros amarillos”, Vincent Van Gogh (1887)

 

 

LO PEQUEÑO ES HERMOSO* (Parte III)

Por E. F. Schumacher

 

III. El papel de la economía [1]

 

Decir que nuestro futuro económico está determinado por los economistas sería una exageración; pero que su influencia, o en cualquier caso la influencia de la economía, es de un gran alcance difícilmente puede ponerse en duda. La economía juega un papel central en la configuración de las actividades del mundo moderno, dado que proporciona los criterios de lo que es «económico» y de lo que es «antieconómico», y no existe otro juego de criterios que ejercite una influencia mayor sobre las acciones de los individuos y grupos, así como también sobre las acciones de los gobiernos. Puede pensarse, por lo tanto, que deberíamos recurrir a los economistas cuando necesitamos consejo sobre cómo vencer los peligros y dificultades en los que el mundo moderno se encuentra inmerso y cómo lograr planes económicos que garanticen la paz y la permanencia.

¿Cómo se relaciona la economía con los problemas abordados en el capítulo anterior? Cuando el economista emite un juicio acerca de que una actividad es «económicamente sana» o «antieconómica», se nos presentan dos cuestiones importantes y estrechamente relacionadas: ¿qué significa ese juicio?, en primer lugar; y en segundo, ¿es un juicio definitivo en el sentido de que la acción práctica puede basarse razonablemente en él?

Haciendo un poco de historia, podemos llegar a recordar que cuando se hablaba de fundar una cátedra de Economía política en Oxford hace ciento cincuenta años, mucha gente demostró poca satisfacción acerca de tal posibilidad. Edward Copleston, el gran preboste del Oriel College no quiso admitir en el currículo de la Universidad una ciencia «tan propensa a usurpar a las demás». Aun Henry Drummond de Albury Park, quien dotó la cátedra en 1825, creyó necesario aclarar que él esperaba que la Universidad mantendría a la nueva asignatura «en su propio lugar». El primer profesor, Nassau Senior, no se conformó con ser considerado en un lugar inferior. Bien pronto,en su clase inaugural, predijo que la nueva ciencia «se ubicará en la opinión pública a la altura de las primeras entre las ciencias morales por su interés y utilidad» y proclamó que la «búsqueda de riqueza… es, para la mayoría de la humanidad, la gran fuente de progreso moral». No todos los economistas, con toda seguridad, han puesto tan altas sus pretensiones. John Stuart Mill (1806-1873) consideró la economía política «no como a una cosa en sí, sino más bien como un fragmento de una totalidad más amplia, una rama de la filosofía social tan interrelacionada con las otras ramas que sus conclusiones, aun circunscritas a su ámbito particular, tienen valor sólo condicionalmente, estando sujetas a la interferencia y a la acción neutralizadora de causas que no se encuentran directamente dentro de su área». Incluso Keynes, en contradicción con su propio consejo (antes citado) de que «la avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo todavía», nos aleccionó a no «sobreestimar la importancia del problema económico» ni «sacrificar otros asuntos de más grande y permanente significado por sus supuestas necesidades».

Tales voces, sin embargo, se escuchan muy raramente en estos días. No sería ninguna exageración decir que, con una influencia cada vez mayor, los economistas se encuentran en el centro mismo del interés público, de tal suerte que los resultados económicos, el crecimiento económico, la expansión económica, etc., no se han transformado en el permanente interés, sino en la obsesión de toda sociedad moderna. En el vocabulario condenatorio corriente hay muy pocas palabras que sean tan concluyentes como la palabra «antieconómico». Si una actividad ha sido etiquetada como antieconómica, su derecho a existir no es meramente cuestionado, sino negado con energía. Cualquier cosa que se descubra que es un impedimento al crecimiento económico es una cosa vergonzosa y si la gente se aferra a ella se los tilda de saboteadores o estúpidos. Llame a una cosa inmoral o fea, destructora del alma o degradante de la condición humana, un peligro para la paz del mundo o un atentado al bienestar de las futuras generaciones, que si no ha demostrado que es «antieconómica» no habrá cuestionado en nada su derecho a existir, crecer y prosperar.

«Llame a una cosa inmoral o fea, destructora del alma o degradante de la condición humana, un peligro para la paz del mundo o un atentado al bienestar de las futuras generaciones, que si no ha demostrado que es «antieconómica» no habrá cuestionado en nada su derecho a existir, crecer y prosperar»

Pero ¿qué significa cuando decimos que algo es «antieconómico»? No estoy preguntando qué es lo que la gente piensa cuando lo dice porque eso es algo muy evidente. Simplemente quieren decir que es como una enfermedad y que se está mejor sin ella. Se supone que el economista está en condiciones de diagnosticar la enfermedad y luego, con suerte y habilidad, eliminarla. Es bien cierto que los economistas a menudo discrepan entre sí acerca del diagnóstico y, más frecuentemente aún, acerca de la cura, pero esto solamente prueba que el problema es de una dificultad poco común y que los economistas, como todos los seres humanos, son falibles.

No, yo más bien pregunto: ¿cuál es el criterio, qué clase de criterio se deduce del método de la economía? La respuesta a esta pregunta no puede ponerse en duda, algo es antieconómico cuando fracasa en su intento de producir un beneficio monetario. El método de la economía no tiene, y no puede tener, ningún otro criterio. Se ha tratado reiteradamente de oscurecer este hecho y el resultado ha sido una gran confusión, pero el hecho permanece intacto. La sociedad, un grupo o un individuo dentro de la sociedad, puede decidirse a seguir manteniendo una actividad o una propiedad por razones no económicas (sean éstas sociales, estéticas, morales o políticas), pero de ninguna manera altera el carácter antieconómico de la misma. El juicio de la economía, en otras palabras, es un juicio extremadamente fragmentario; de todos los numerosos aspectos que en la vida real tienen que ser analizados y juzgados antes de que pueda tomarse una decisión, la economía sólo se fija en uno: que una cosa produzca o no beneficio monetario a quienes la poseen y administran.

«A quienes la poseen y administran» son palabras que no pueden subestimarse. Es un gran error pretender, por ejemplo, que la metodología de la economía se aplique normalmente para determinar si una actividad desarrollada por un grupo dentro de la sociedad produce un beneficio para la sociedad en su totalidad. Ni siquiera las industrias nacionalizadas están consideradas dentro de este enfoque más amplio. Cada una de ellas tiene asignado un objetivo financiero que, en realidad, es una obligación y se espera que cumpla con él sin consideración alguna por cualquier daño que pueda ocasionar sobre otras partes de la economía. Más aún, la creencia generalizada, sostenida con igual fervor por todos los partidos políticos, es que el bien común será necesariamente optimizado si cada uno, cada industria y comercio, sea nacionalizado o no, lucha por conseguir un «beneficio» aceptable sobre el capital invertido. Ni aun Adam Smith tuvo una fe más implícita en la «mano invisible», para asegurar que «lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos».

De cualquier manera, no puede haber duda alguna acerca de la naturaleza fragmentaria de los juicios de la economía. Aun dentro del estrecho ámbito del cálculo económico, estos juicios son necesaria y metódicamente estrechos. Porque, por un lado, dan mucho más peso al corto plazo que al largo, ya que a largo plazo, como decía Keynes con alegre brutalidad, estaremos todos muertos. Y por otro lado, se basan en una definición de coste que excluye todo «bien libre», es decir, el medio ambiente enteramente dado por Dios, excepción hecha de esas partes del mismo que han sido apropiadas privadamente. Esto significa que una actividad puede ser económica a pesar de que atente contra el medio ambiente, y que una actividad competitiva será antieconómica si protege y conserva el medio ambiente a un coste determinado.

Aún más, la economía trata con las mercancías de acuerdo a su valor de mercado y no de acuerdo a lo que ellas son intrínsecamente. Las mismas reglas y criterios se aplican a las materias primas, que el hombre tiene que apropiarse de la naturaleza, y a las mercancías secundarias, que presuponen la existencia de las primarias y se manufacturan en base a las mismas. Todas las mercancías son tratadas de igual manera, dado que el punto de vista es fundamentalmente el de obtener beneficios individuales, y esto significa que es inherente a la metodología de la economía el ignorar la dependencia del hombre del mundo natural.

Otra forma de dejar sentado lo mismo es decir que la economía trata con mercancías y servicios desde el punto de vista del mercado, donde el comprador con ganas de comprar se encuentra con el vendedor con ganas de vender. El comprador es esencialmente un cazador de gangas; a él no le preocupa el origen de las mercancías o las condiciones bajo las cuales se han producido. Su única preocupación es obtener la mejor inversión de su dinero.

El mercado, por lo tanto, representa sólo la superficie de la sociedad y su significado hace relación a una situación momentánea, tal como existe allí y entonces. No hay profundización en la esencia de las cosas ni en los hechos naturales o sociales que yacen detrás de ellas. En un sentido, el mercado es una institucionalización del individualismo y la irresponsabilidad. Ni el comprador ni el vendedor son responsables de ninguna cosa excepto de ellos mismos. Sería «antieconómico» que un acaudalado vendedor redujera sus precios a clientes pobres simplemente porque están necesitados, o que un adinerado comprador pague un precio extra sólo porque el proveedor es pobre. De igual manera sería «antieconómico» que un comprador diese preferencia a las mercancías nacionales si las importadas son más baratas. Tal persona no acepta, ni se espera que acepte, ninguna responsabilidad por la balanza de pagos de la nación.

En cuanto a la irresponsabilidad del comprador hay, significativamente, una excepción: el comprador debe ser muy cauto para no comprar mercancía robada. Ésta es una regla contra la cual ni la ignorancia ni la inocencia cuentan como defensa, pudiendo llegar a producir resultados extraordinariamente injustos y enojosos. Esta regla, sin embargo, está impuesta por la sagrada propiedad privada de la cual da testimonio.

El ser relevado de toda responsabilidad excepto de uno mismo, significa obviamente una enorme simplificación del mundo de los negocios. Podemos reconocer que es práctica y no necesitamos sorprendernos de su gran popularidad entre los hombres de negocios. Lo que sí puede causar sorpresa es que también se considere una virtud el hacer un máximo uso de esta responsabilidad. Si un comprador rechaza una buena rebaja porque sospecha que las mercancías son baratas debido a la explotación u otras prácticas denigrantes (excepto el robo), se expondría él mismo a ser criticado por comportarse «antieconómicamente», lo que es considerado como algo parecido a la pérdida de la gracia. Los economistas y otras personas están acostumbrados a tratar tal conducta excéntrica con sorna, si no con indignación. La religión de la economía tiene su propio código de ética y el Primer Mandamiento es el comportarse «económicamente» en cualquier circunstancia, cuando uno está produciendo, vendiendo o comprando. No es sino cuando el cazador de oportunidades se ha ido a casa y se convierte en consumidor que el Primer Mandamiento ya no se aplica; por el contrario, entonces se le alienta a disfrutar a su real antojo. En lo que atañe a la religión de la economía, el consumidor es extraterritorial. Esta extraña y significativa característica del mundo moderno merece más atención que la recibida hasta ahora.

«La religión de la economía tiene su propio código de ética y el Primer Mandamiento es el comportarse «económicamente» en cualquier circunstancia, cuando uno está produciendo, vendiendo o comprando. No es sino cuando el cazador de oportunidades se ha ido a casa y se convierte en consumidor que el Primer Mandamiento ya no se aplica; por el contrario, entonces se le alienta a disfrutar a su real antojo. En lo que atañe a la religión de la economía, el consumidor es extraterritorial. Esta extraña y significativa característica del mundo moderno merece más atención que la recibida hasta ahora»

En el mercado, por razones prácticas, se suprimen innumerables distinciones de calidad que son de vital importancia para el hombre y la sociedad, y no se les permite salir a la superficie. Así el reino de la cantidad celebra su mayor triunfo en el «Mercado». Allí cualquier cosa es igualada con el resto. Equiparar cosas significa darles un precio y así hacerlas intercambiables. Hasta tal punto el pensamiento económico está basado en el mercado que lo sagrado se elimina de la vida porque no puede haber nada de sagrado en algo que tiene un precio. Por ello, no debe causar sorpresa que si el pensamiento económico tiene vigencia en la sociedad incluso los simples valores no económicos tales como belleza, salud o limpieza pueden sobrevivir sólo si prueban que son «económicos».

Los economistas usan el método de análisis de coste-beneficio para introducir valores no económicos dentro del marco del cálculo económico. Se piensa que éste es un avance brillante y progresista, porque al menos es un intento de tener en cuenta los costes y beneficios que podrían de otra manera ser completamente ignorados. De hecho el procedimiento consiste en reducir el precio del más alto al nivel del más bajo y en dar un precio al que no lo tiene. Jamás puede entonces servirnos para clarificar la situación y conducirnos a una decisión clara. Lo más que puede hacer es llevarnos al auto-engaño o al engaño de otros, porque pretender medir lo inconmensurable es un absurdo y no constituye otra cosa que un sofisticado método para pasar de nociones preconcebidas a conclusiones predeterminadas. Todo lo que uno tiene que hacer para obtener los resultados deseados es asignarles valores apropiados a los inconmensurables costes y beneficios. Sin embargo, no es el absurdo resultante la falta más grande de este proceso. Es algo aún peor y más destructivo para la civilización, es la pretensión de que todo tiene un precio o, en otras palabras, de que el dinero es el más alto de todos los valores.

La economía opera legítima y útilmente dentro de un marco «dado» que está asentado fuera del cálculo económico. Podríamos decir que la economía no se sostiene sobre sus propios pies, que es un cuerpo de pensamiento «derivado» de la metaeconomía. Si el economista deja de estudiar metaeconomía o, lo que es aún peor, si permanece en la ignorancia de que hay límites para la aplicabilidad del cálculo económico, es probable que caiga en una clase de error similar al de ciertos teólogos medievales que trataban de dilucidar problemas de la física por medio de citas bíblicas. Toda ciencia es beneficiosa dentro de sus propios límites, pero tan pronto como los transgrede se convierte en mala y destructiva.

La ciencia de la economía es «tan propensa a usurpar al resto» (hoy aún más que hace ciento cincuenta años, cuando Edward Copleston apuntó este peligro) porque se relaciona con ciertas tendencias muy fuertes de la naturaleza humana, tales como la codicia y la envidia. Por ello es más grande la obligación de sus expertos, los economistas, de comprender y clarificar sus limitaciones, es decir, de entender la meta economía.

¿Qué es, entonces, la metaeconomía? Así como la economía trata del hombre en su medio ambiente, podemos pensar que la metaeconomía consta de dos partes: una que trata del hombre y otra que trata del medio ambiente. En otras palabras, podemos esperar que la economía deduzca sus objetivos y metas de un estudio del hombre y que obtenga por lo menos una gran parte de su metodología del estudio de la naturaleza.

«¿Qué es, entonces, la metaeconomía? Así como la economía trata del hombre en su medio ambiente, podemos pensar que la metaeconomía consta de dos partes: una que trata del hombre y otra que trata del medio ambiente. En otras palabras, podemos esperar que la economía deduzca sus objetivos y metas de un estudio del hombre y que obtenga por lo menos una gran parte de su metodología del estudio de la naturaleza»

En el próximo capítulo intentaré demostrar cómo las conclusiones y prescripciones de la economía cambian cuando el cuadro fundamental del hombre y su propósito sobre la tierra cambian. En este capítulo me limito a tratar sobre la segunda parte de la metaeconomía, es decir, la forma en que una parte vital de la metodología de la economía tiene que provenir de un estudio de la naturaleza. Como ya he subrayado, todas las mercancías son tratadas igual en el mercado, porque el mercado es esencialmente una institución para la caza ilimitada de gangas y esto significa que es inherente a la metodología de la economía moderna, tan ampliamente orientada al mercado, el ignorar la dependencia del hombre del mundo natural. El profesor E. H. Phelps Brown, en su discurso presidencial en la Real Sociedad de Economía sobre «El subdesarrollo de la Economía», habló acerca de la «pequeña contribución que los más conspicuos desarrollos de la economía en el último cuarto de siglo han hecho a la solución de los problemas actuales más acuciantes». Entre esos problemas menciona: «el examen de los efectos adversos sobre el medio ambiente y la calidad de vida del industrialismo, el crecimiento de la población y el urbanismo».

En realidad, hablar de «pequeña contribución» es emplear un eufemismo, dado que no hay contribución en absoluto. Por el contrario, no sería injusto decir que la economía, tal como está constituida y se practica, actúa como una barrera efectiva en contra de la comprensión de estos problemas, debido a su afición al análisis puramente cuantitativo y a su temor a mirar dentro de la naturaleza de las cosas.

La economía trata con una virtualmente ilimitada variedad de mercancías y servicios, producidos y consumidos por una igualmente ilimitada variedad de gente. Sería obviamente imposible desarrollar una teoría económica, salvo que uno estuviera preparado a hacer caso omiso de una cantidad considerablemente importante de distinciones cualitativas. Sin embargo, es tan obvio como lo anterior que la supresión total de distinciones cualitativas, mientras que facilita el teorizar, al mismo tiempo lo vuelve totalmente estéril. La mayoría de los «progresos visibles de la economía en los últimos veinticinco años» (como dijera el profesor Phelps Brown) apuntan en dirección a la cuantificación a expensas de la comprensión de diferencias cualitativas. Aún más, se podría decir que la economía se ha convertido paulatinamente en intolerante con respecto a esas diferencias, porque no encajan dentro de su método y porque presentan exigencias en relación a la comprensión práctica y al poder de comprensión profundo de los economistas que éstos no tienen el interés o la capacidad de satisfacer. Por ejemplo, habiendo establecido por métodos puramente cuantitativos que el Producto Nacional Bruto de un país ha crecido en, digamos, un 5 por 100, el economista (así transformado en econometrista) no está dispuesto, y a veces no está tampoco en condiciones de valorar si tal resultado es algo bueno o malo. Perdería todas sus ideas más firmes si se permitiera considerar tal cuestión; por lo tanto, el Producto Nacional Bruto debe ser una buena cosa, no importa qué es lo que creció ni quién se benefició, suponiendo que exista un beneficiario. La idea de que puede haber un crecimiento patológico, un crecimiento enfermizo, un crecimiento desordenado o destructivo, es una idea perversa que no debe permitirse aflorar. Una pequeña minoría de economistas ha comenzado a preguntarse hasta dónde puede llegar el «crecimiento», dado que el crecimiento infinito dentro de un medio ambiente finito es obviamente un imposible. Pero aun ellos mismos no pueden alejarse del concepto puramente cuantitativo de crecimiento. En lugar de insistir en la primacía de las distinciones cualitativas, simplemente substituyen no crecimiento por crecimiento o, lo que es lo mismo, un vacío por otro.

«Una pequeña minoría de economistas ha comenzado a preguntarse hasta dónde puede llegar el «crecimiento», dado que el crecimiento infinito dentro de un medio ambiente finito es obviamente un imposible. Pero aun ellos mismos no pueden alejarse del concepto puramente cuantitativo de crecimiento. En lugar de insistir en la primacía de las distinciones cualitativas, simplemente substituyen no crecimiento por crecimiento o, lo que es lo mismo, un vacío por otro»

Por supuesto, es verdad que la calidad es mucho más difícil de «manejar» que la cantidad, de la misma manera que el ejercicio de juzgar es una función más alta que la habilidad de contar y calcular. Las diferencias cuantitativas pueden asimilarse y definirse más fácilmente que las diferencias cualitativas. Su realidad material es atractiva y le da una apariencia de precisión científica, aun cuando esta precisión es el precio de la supresión de vitales diferencias cualitativas. La gran mayoría de los economistas todavía persiguen el absurdo ideal de hacer su «ciencia» tan científica y precisa como la física, como si no hubiera ninguna diferencia cualitativa entre los átomos sin cerebro y los hombres hechos a la imagen de Dios.

El principal tema de la economía es la «mercancía». Los economistas hacen algunas distinciones rudimentarias entre categorías de mercancías desde el punto de vista del comprador, tal como ocurre con la distinción entre mercancías de consumidores y mercancías de productores, pero no hay virtualmente ningún intento de conocer lo que esas mercancías son en realidad. Por ejemplo, si es que son producidas por el hombre o dadas por Dios, si es que son reproducibles libremente o no. Una vez que las mercancías, cualquiera que sea su carácter metaeconómico, han aparecido en el mercado, son tratadas de igual forma, como objetos a la venta, y la economía se preocupa exclusivamente en teorizar sobre las actividades de cazador de rebajas propias del comprador.

Es un hecho, no obstante, que hay diferencias fundamentales y vitales entre las distintas categorías de «mercancías» que no podemos dejar de considerar sin perder contacto con la realidad. Podríamos llamar al siguiente cuadro un esquema mínimo de categorización:

 

Mercancias

⇓               ⇓

Primarias            ⁄    Secundarias

              ⇓                   ⇓                    ⇓              ⇓              

No renovables          Renovables     ⁄       Manufacturas             Servicios 

                                                  (1)                           (2)                             (3)                       (4)

 

Es muy difícil que pudiera haber una distinción más importante para comenzar que la existente entre mercancías primarias y secundarias, porque las últimas presuponen la disponibilidad de las primeras. Un desarrollo de las habilidades del hombre para producir productos secundarios es inútil salvo que esté precedido por una expansión de su habilidad para obtener productos primarios de la tierra, ya que el hombre no es un productor sino sólo un transformador, y para cada trabajo de transformación necesita productos primarios. En particular, su poder para transformar depende de la energía primaria, lo que lleva de inmediato a la necesidad de una distinción básica dentro del campo de las mercancías primarias en mercancías renovables y no renovables. En lo que respecta a las mercancías secundarias existe una distinción obvia y básica entre manufacturas y servicios. Obtenemos así un mínimo de cuatro categorías, cada una de las cuales es esencialmente diferente de las otras tres.

El mercado no sabe nada acerca de estas distinciones. Sólo pone una etiqueta con el precio a todas las mercancías y en base a ello nos permite creer que todas tienen igual importancia. Así, el equivalente a cinco libras esterlinas de petróleo (categoría 1) es lo mismo que cinco libras esterlinas de trigo (categoría 2), que a su vez es lo mismo que cinco libras esterlinas de zapatos (categoría 3) o que el equivalente a cinco libras esterlinas de la tarifa de un hotel (categoría 4). El único criterio para determinar la importancia relativa de estas diferentes mercancías es la tasa de beneficio que pueda obtenerse al venderlas. Si las categorías 3 y 4 obtienen beneficios más altos que las categorías 1 y 2, esto se interpreta como una «señal» de que es «racional» invertir recursos adicionales en las primeras y retirarlos de las últimas.

No tengo interés en discutir aquí sobre la credibilidad o racionalidad del mecanismo del mercado, lo que los economistas llaman la «mano invisible». Esto ha sido discutido sin fin, pero invariablemente sin prestar atención a la inconmensurabilidad básica de las cuatro categorías a las que nos referimos momentos antes. Por ejemplo, se ha ignorado (y si no ignorado, jamás se ha tomado seriamente en cuenta en la formulación de la teoría económica) que el concepto de «coste» es esencialmente diferente tanto cuando se trata de productos renovables y no renovables como cuando se trata de manufacturas y servicios. De hecho, y sin pararnos en detalles, puede decirse que la economía, tal como se entiende hoy, sólo se aplica a las manufacturas (categoría 3), aunque se viene aplicando indiscriminadamente a todas las mercancías y servicios porque falta una definición de las esenciales diferencias cualitativas que existen entre las cuatro categorías.

Estas diferencias pueden llamarse metaeconómicas, en tanto tienen que ser tomadas en cuenta antes de que se comience con el análisis económico. Aún más importante es el reconocimiento de la existencia de «mercancías» que jamás aparecen en el mercado, porque no pueden ser o no han sido objeto de propiedad privada, pero que son nada menos que un requisito esencial de la actividad humana, tales como el aire, el agua, la tierra, y de hecho, la estructura de la naturaleza viva.

Hasta hace muy poco los economistas se sentían justificados, y con bastante razón, para considerar la estructura dentro de la cual tiene lugar la actividad económica como algo dado, es decir, como algo permanente e indestructible. Por lo tanto, el estudio de los efectos de la actividad económica sobre la estructura no era parte ni de su trabajo ni de su competencia profesional. Desde que comenzó a haber cada vez más pruebas del deterioro del medio ambiente, particularmente en la naturaleza viva, la perspectiva y la metodología de la economía han empezado a cuestionarse. El estudio de la economía es demasiado estrecho y demasiado fragmentario para conducirnos a profundos conocimientos, salvo que sea complementado y completado por un estudio de la metaeconomía.

El problema de valorar los medios por encima de los fines (lo cual, como afirmaba Keynes, es la actitud de la economía moderna) es que destruye la libertad del hombre y el poder para elegir los fines que realmente le atraen; el desarrollo de los medios parece que dicta la elección de los fines. Los ejemplos más obvios son la obsesión por el transporte a velocidades supersónicas y los inmensos esfuerzos hechos para poner un hombre en la Luna.La elección de estos objetivos no fue el resultado de ningún estudio profundo sobre las necesidades reales y las aspiraciones del ser humano, a las cuales se supone que sirve la tecnología, sino más bien de que había los medios técnicos necesarios disponibles.

«El problema de valorar los medios por encima de los fines … es que destruye la libertad del hombre y el poder para elegir los fines que realmente le atraen; el desarrollo de los medios parece que dicta la elección de los fines. Los ejemplos más obvios son la obsesión por el transporte a velocidades supersónicas y los inmensos esfuerzos hechos para poner un hombre en la Luna.La elección de estos objetivos no fue el resultado de ningún estudio profundo sobre las necesidades reales y las aspiraciones del ser humano, a las cuales se supone que sirve la tecnología, sino más bien de que había los medios técnicos necesarios disponibles»

Como hemos visto, la economía es una ciencia «derivada» que acepta las instrucciones de lo que yo he llamado metaeconomía. Cuando las instrucciones se cambian, el contenido de la economía también cambia. En el capítulo siguiente vamos a analizar qué es lo que sucede con las leyes económicas y con las definiciones de conceptos tales como «económico» y «antieconómico», cuando la base metaeconómica del materialismo occidental se abandona y es reemplazada por las enseñanzas del budismo. La elección del budismo es, para el caso, meramente accidental; las enseñanzas del cristianismo, del islam o del judaísmo podrían haber sido empleadas también, así como las de cualquiera de las otras grandes tradiciones orientales.

NOTAS: 

[1] Basado parcialmente en The Des Voeux Memorial Lecture, 1967, «Clean Air and Future Energy-Economics and Conservation», publicado por la National Society for Clean Air, Londres, 1967


(*)  Título original: Small is Beautiful
Ernst Friedrich Schumacher, 1973
Traducción: Óscar Margenet, 1978

 

 

 

 

Be the first to comment

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*