The Examiner Nº XIV, por Jonathan Swift

El arte de la mentira política, por Jonathan Swift (parte I)

El arte de la mentira política, por Jonathan Swift (parte II)

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THE EXAMINER 

Nº XIV 

Por Jonathan Swift 

Jueves, 9 de noviembre de 1710

 

De los cuales, éstos llenan de relatos los vacíos oidos

éstos lo amarrado llevan a otro, y la medida de lo 

inventado crece y a lo óido algo añade su nuevo autor. 

Allí la credulidad, allí el temerario Error y 

la vana alegría está, y los consternados Temores y 

la Sedición repentina, y de dudoso autor los Susurros. 

Ovidio, Metamorfosis, libro duodécimo, 56-61

 

La importunidad de mis amigos me ha inducido a interrumpir el proyecto iniciado en mi último articulo para tratar sobre un ensayo en torno al Arte de la mentira política (1). Se nos dice ahí que el Diablo es el padre de las mentiras, y que fue un mentiroso desde el principio; de suerte que, sin lugar a dudas, la mentira es antigua y, es más, surgió por primera vez como mentira política, para socavar la autoridad de su príncipe y atraer a un tercio (2) de sus súbditos fuera de su obediencia: motivo por el que fue echado del Paraíso, donde (según Milton) había sido virrey de la gran provincia occidental, y obligado a ejercer su talento en las regiones bajas sobre otros espíritus caídos, sobre los hombres pobres y engañados a los que aún hoy atrae cada día hacia sus pecados -como no dejará de hacer mientras siga encadenado en lo más profundo del infierno. 

Pero aunque el diablo sea el padre de las mentiras, parece haber perdido, como sucede a otros grandes inventores, gran parte de su prestigio superado por las continuas mejoras realizadas por otros. 

Quien fue el primero que hizo de la mentira un arte, y la aplicó a la política es algo que la historia, no obstante mi diligente investigación, no aclara. De ahí que me limite aquí a estudiarla en su forma moderna, tal y como se ha venido cultivando estos últimos veinte años en la parte meridional de nuestra isla. 

El Poeta(3)  nos dice que cuando los dioses derrocaron a los monstruos, la tierra en venganza dio luz a su última hija: la Fama. La fábula debe interpretarse como sigue: cuando los tumultos y las sediciones se acallan, los rumores y las notificas falsas circulan con profusión por la nación. Según esto, la mentira sería el último consuelo de los grupos derrotados, terrenales y rebeldes. Pero los modernos han aportado grandes mejoras al aplicar este arte también para hacerse con el poder y conservarlo y no sólo para vengarse cuando lo han perdido, al igual que los animales usan de sus mandíbulas tanto par alimentarse cuando tienen hambre como para morder cuando se les acosa. 

Esta genealogía, sin embargo, no siempre vale para la mentira política. Intentaré por tanto afinar el análisis refiriendo algunas circunstancias relativas a su nacimiento y paternidad. La mentira política puede nacer a veces de la cabeza del político derrotado y luego ser entregada a la chusma para que la cuide y mime. Otras veces nace deforme y se perfecciona con lametazos. También puede venir al mundo completamente hecha y las lengüetadas la echan a perder. A menudo, suele nacer niña y precisa de tiempo para crecer, pero también puede ver la luz hecha mujer para luego ir apagándose poco a poco. Puede ser de noble cuna mas también puede ser prole del especulador: en este caso, se desgañita al romper aguas; en el otro, llega como un susurro. Sé de una mentira cuyo ruido molesta a medio reino y que, aún siendo ahora demasiado orgullosa y grande para reconocer su paternidad, nació como cuchicheo. Para concluir sobre la natividad del monstruo: cuando viene al mundo sin aguijón, nace muerto; y cuando pierde el aguijón, muere. 

No sorprende que niña con tan milagroso nacer logre hazañas tan extraordinarias: no en vano ha sido el ángel de la guarda del partido en el poder durante casi veinte años. Puede conquistar reinos sin guerrear; y aún perdiendo alguna batalla. Da y devuelve cargos; hace de la montaña montículos y de los montículos, montaña: durante años ha presidido los comités electorales; hace agua cristalina de la ciénaga; convierte al ateo en santo y al libertino en patriota(4); se confía a los ministros extranjeros y hace subir o precipitarse el crédito de la nación. Esta diosa vuela por los aires armada con un enorme espejo con el que deslumbra al gentío al que hace ver, según mueva el espejo, la ruina en su provecho y su provecho en la ruina. En ese espejo verán a sus mejores amigos vestidos con ropajes recubiertos de fleurs de lis  y triples coronas (5); ceñidos a unos cinturones adornados de cadenas, rosarios y zapatos de madera(6). Y verán a sus peores enemigos adornados con las insignias de la libertad, la decencia, la indulgencia, la mesura y con una cornucopia en sus manos. Sus grandes alas, como las del pez volador, sólo sirven si están mojadas; de ahí que las bañe en el fango y al elevarse de nuevo cubra de barro los ojos de la muchedumbre, volando con rapidez. Mas cada cuando debe encorvarse en pos de nuevos suministros. 

Alguna vez he pensado que si un hombre tuviera el arte dela clarividencia para ver las mentiras(7), al igual que en Escocia saben ver espíritus, sin duda se divertiría sobremanera en esta ciudad, observando los distintos tamaños, formas y colores de esos enjambres de mentiras que zumban alrededor de las cabezas de algunos, como hacen las moscas en torno a las orejas del caballo durante el verano. U observando esas legiones flotantes que pululan, tantas como para oscurecer el aire, cada tarde en los corrillos de la Bolsa; o también esos clubs de descontentos prohombres(8), de donde salen para ser esparcidos en tiempos de elecciones cargamentos enteros de mentiras. 

Hay una cosa esencial que distingue a la mentira política: ha de ser efímera; le resulta imprescindible para poder ir ajustándose a las circunstancias, para avalar las dos partes en disputa, para adecuarse a todas las personas que ha de deslumbrar. Cuando se trata de describir las virtudes y los vicios de la gente, conviene, para cada caso, tomar como ejemplo algún personaje notorio del que sacar la semblanza. En este sentido, observando esta norma, mi imaginación me remite  a cierto prohombre conocido por ese mismo talento, y gracias a cuyo sostenido ejercicio debe su reputación, larga de viente años, como cabeza más señera de Inglaterra para entender de asuntos delicados(9). La superioridad de su genio no reside más que en una inagotable fuente de mentiras políticas que con abundancia difunde con cada una de sus palabras y con idéntica generosidad olvida y contradice a la media hora. No quiere saber si dice verdades o mentiras, le basta saber qué conviene en cada minuto y para cada cual para ir afirmando o negando mentiras. De modo que si pretenden tratar con él, interpretando todo lo que dice, al igual que interpretamos los sueños, no conseguirán hacerlo y se sentirán igualmente engañados sean o no crédulos: la única salida consiste en pretender que tan sólo han oído unos sonidos confusos carentes de todo sentido; además esto les ahorrará el horror que podrán provocarle las blasfemias con las que siempre adorna ambos extremos de sus afirmaciones; si bien es cierto que, en justicia, no puede imputársele perjurio cuando invoca a Dios o a Jesucristo ya que más de una vez ha dejado pública constancia de que no cree en ninguno de los dos. 

Algunos podrán pensar que semejantes mentiras dejan de ser útiles a su progenitor, o a su partido, cuando tras usarse con tanta frecuencia han acabado delatando a sus creadores_ se equivocan, y no poco. Pocas son las mentiras que llevan las señas de su inventor y el más prostituido de los enemigos de la verdad puede difundir millares de mentiras sin que pueda conocerse su autor. Por otro lado, al igual que el más vil de los escritores tiene sus lectores, el más grande los mentirosos tiene sus crédulos: y suele ocurrir que si una mentira perdura una hora, ya ha logrado su propósito, aunque no perviva. La falsedad vuela, mientras la verdad se arrastra tras ella, de suerte que cuando los hombres se desengañan, lo hacer un cuarto de hora tarde. La broma acabó, sí, pero surtió su efecto: es cómo aquél que ingenia una buena réplica cuando ya ha cambiado la conversación, o se fueron sus interlocutores; como aquel médico que se encontró el remedio al rato de morir el paciente. 

Considerando la natural propensión del hombre a mentir y de las muchedumbres a creer, confieso no saber cómo lidiar con esa máxima tan mentada que asegura que la verdad acaba imponiéndose. Esta nuestra isla, en casi todos estos últimos veinte años, ha soportado el peso de consejeros y personas cuyos principios y propósitos pretendían corromper nuestras costumbres, cegar nuestro entendimiento, esquilmar nuestra riqueza, acabar destruyendo nuestra constitución ya fuera de la Iglesia como del Estado, hasta llevarnos al borde de la ruina. Unas personas que en su confusión nunca supieron distinguir nuestros amigos de nuestros enemigos. Hemos visto como muchos de los dineros de la nación acabaron en manos de aquellos que, por su cuna, educación o mérito no habrían podido aspirar más que a cuidar de nuestras cuadras (10); mientras otros que en virtud de su autoridad, sus cualidades y sus fortunas solo pudieron avalar y favorecer la Revolución quedaron apartados por peligrosos e inútiles, y fueron abrumados con la vergüenza de ser Jacobitas, hombros poco juiciosos pagados por Francia: mientras tanto la verdad, de la que se dice mora los pozos, parecía estar enterrada bajo un montón de piedras. Pero recuerdo que los Whigs solían quejarse de que el grueso de los terratenientes no les favorecía (los más sabios los veían con mal agüero) y pudimos ver cuanto les costó mantener la mayoría, aún contando con la corte y los ministros, hasta que no lograron dominar esos formidables recursos con los que se deciden las elecciones y se condiciona a los lejanos pueblos con los llamados poderosos motivos (11) de la capital. Todo fue poco más que fuerza e imposición, por muy sutil que fuera sus recursos y manejos, mientras la gente no entendió que peligraban sus propiedades, su religión y su monarquía: entonces les vimos, ansiosos, intentar contener los humores a la primera oportunidad. De este poderoso cambio en los ánimos de la gente, discurriré largo y tendido acaso próximamente, y me propondré entonces desengañar a aquellos ingenuos y descubrir a los embaucadores que siguen albergando esperanzas, o creen que se trata tan sólo de una locura pasajera del pueblo que pronto pasará. Entiendo, por mi parte, que sus causas, síntomas y efectos se revelerán como muy distintos y vendrán a ilustrar con fuerza esa máxima antes referida: que la verdad (aunque a veces tarde) acaba prevaleciendo. 

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JOHN ARBUTHNOT

 

JOHN ARBUTHNOT, biografía

Nacido en Inverbervie (Escocia) en Abril de 1667, hijo de un clérigo espicopalista, Arbuthnot estudió en el Marischal College de Aberdeen. En 1691, tras la muerte de su padre, se trasladó a Londres donde ejerció de profesor de Matemáticas (en 1692 tradujo al inglés la obra de Christian Huygens sobre la probabilidad) y se graduó como médico en 1696 en la Universidad de St. Andrews. En 1704 ingresó en la Royal Society. En 1705 fue nombrado médico de la reina Ana (Estuardo). En sus primeros años en Londres escribió varios libros· de matemática.

Más allá de su doble condición de médico real y de científico, Arbuthnot destacó por su ingenio y sus escritos satíricos. Junto con algunos amigos Tory, como Alexander Pope, Jonathan Swift, John Gay o Thomas Parnell fundó en 1714 el Scriblerus  Club. Se dice que fue el más ingenioso y afable de este club de finas plumas, creado para mofarse de la mala poesía y de los pedantes, pero prefirió siempre mantener ante el público un perfil bajo y publicar anónimamente sus escritos satíricos. Fue autor, no obstante, del famoso texto que describe aquel personaje que vendría en erigirse en arquetipo del alma británica: The History of John Bull. Esta su discreción en el ejercicio de la sátira fue la causa de la confusión generada en tomo a la autoría del Tratado sobre el Arte de la mentira política. Swift y Arbuthnot tenían un estilo literario parecido (con frases cortas y un vocabulario claro) y eran estrechos amigos desde que se conocieron en 1710 con motivo del nacimiento del Examiner. Solían reunirse, ya fuera en el Brothers Club (1711-1713) como en el Scriblerus, a compartir su ingenio y su crítica política; además Arbuthnot era conocido por 11 inspirar 11 los escritos de sus amigos con sugerencias. Todo esto hizo que el Arte se atribuyera largo tiempo a Swift (así en la edición holandesa en lengua francesa de 1733). No fue hasta 1784, con la publicación definitiva del Joumal of Stella (compilación de las cartas que Swift escribiera a su amada; cartas descubiertas tras su muerte) cuando se deshizo la confusión: en una de sus epístolas, el irlandés atribuye abiertamente el texto a su amigo escocés. Cuando escribió el Arte, Arbuthnot era pues médico de la reina, además de amigo de los ministros  Tory  (especialmente Robert Harley, primer conde de Oxford y jefe del gobierno Tory de 171 O a 1714 ), cuyas políticas apoyaba. En 1709, la reina había nombrado un gobierno Tory cuya principal tarea consistirá en sacar al Reino Unido (constituido en 1707 tras la unión de Inglaterra y Escocia) de la Guerra de Sucesión, deshaciendo la política llevada por los Whigs – liderados por John Churchill, primer duque de Marlborough- desde que, en 1701, Guillermo III (de Orange) se aliará con el Imperio y con Holanda contra Francia y España.

Arbuthnot y sus amigos se sumaron a los esfuerzos del gobierno, convirtiéndose todos ellos (pero de forma destacada Swift), en una suerte de ministerio de la propaganda, escribiendo numerosos panfletos y periódicos para persuadir a los británicos de la conveniencia de terminar la guerra. Arbuthnot escribió entonces la Historia de John Bull, Memoirs of Martinus Scriblerus y el Arte. En esta ocasión, la mentira, en cuanto recurso de la propaganda, vino, pues, a ser instrumento para salir de una guerra. La mentira manejada con “sense of humour” como habría dicho Voltaire o, como dirían los propios británicos, con irony, es decir, con ingenioso sentido de la contradicción, de la combinación de opuestos: ¿para qué querían Arbuthnot o Swift enseñar a mentir? En 1713, el Reino Unido firmó el Tratado de Utrecht. 

Tras la muerte de la reina Ana, en julio de 1714, la llegada al trono de Jorge I (de Hannover) y el regreso de los Whigs al gobierno, Arbuthnot perdió su cargo en la corte, pero no así sus amigos, para los que ejerció de galeno. En esos años conoció y fue amigo de Handel. También escribió libros médicos: sobre la dieta alimentaria (1730) o los efectos del aire respirado
sobre la salud (1733); libros firmados y que conocieron varias ediciones, también en el continente.

Siguió, no obstante, sin tener pretensiones literarias y dejando que sus amigos o sus hijos jugaran con sus escritos satíricos ya fuera para publicarlos o convertirlos en cometas. Se cree que sugirió algunos elementos literarios plasmados por Swift en Los viajes de Gulliver, especialmente en el libro III. También habría enriquecido algunas obras de Alexander Pope.

De él dijo Swift: “He has more wit than we all have, and his humanity is equal to his wit.” “If there were a dozen Arbuthnots in the world I would bum Gulliver’s Travels.” [Tiene más ingenio que todos nosotros y su humanidad iguala su ingenio. De existir una docena de Arbuthnots en el mundo, quemaría los Viajes de Gulliver].

Murió en Londres el 27 Febrero de 1735

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John Gay, John Arbuthnot and Thomas Parnell

 

Jonathan Swift, el propagandista

Robert Harley, primer conde de Oxford, fue un político destacado durante el reinado de Ana: fue Speaker de la Cámara de los Comunes (1701-1704), ministro Whig (1705-1708) y ministro Tory (1710- 1714) antes de quedar relegado con la llegada de los Hannover. En un primer tiempo ministro del duque de Marlborough y favorable a la Guerra de Sucesión, se fue distanciado de la política Whig hasta llegar, gracias a su condición de favorito de-la Reina, a liderar el gobierno Tory ( 1710-1714) que sacaría al Reino Unido de la Guerra de Sucesión.

Harley destacó también por tener un claro sentido de la importancia política de los nacientes medios de comunicación. Ya en 1703 había recurrido a Daniel Defoe para que le redactara panfletos contra sus adversarios políticos. Era amigo de las Artes y de los escritores Tory, especialmente de Jonathan Swift (llegó a formar parte del Scriblerus Club). 

Así, en septiembre de 1710, recién nombrado el gobierno Tory de Harley, Swift, por entonces deán en Irlanda, regresa a Londres. También él había tenido antaño simpatías por los Whigs, al servicio de cuyas políticas había escrito varias sátiras (La batalla de los libros, Discurso sobre las disensiones, el Cuento del barril). Pero desencantado con ellos por motivos varios (por no favorecer su carrera eclesiástica y por no defender la Iglesia anglicana, sobre todo) se había acercado a los Tories, cuya satírica pluma quiso ofrecerles.

Así, entre 1710 y 1714, Swift, al que se conocía y temía como “príncipe de los panfletistas”, estuvo directamente relacionado con Harley y sus ministros convirtiéndose en una suerte de propagandista oficioso del gobierno. Asumió, hasta junio de 1711, la redacción del grueso de los textos publicados por The Examiner, periódico fundado por un ministro Tory (St. John) en noviembre de 1710 para favorecer la suerte política del gobierno. Swift siguió, después, atacando, por su pasada corrupción o por oponerse a la Paz a los Whigs en varios panfletos ( The Conduct of the Allies … , Some Remarks on the Barrier Treaty).

Disfrutó en esos años de gran reputación como ‘folletinista  no falto de ingenio’. Tras la muerte de la reina y la caída del gobierno regresó a Irlanda.

Trabajo publicado por el Scriblerus Club

 


NOTAS: 

l. ¿Se refiere, acaso, al que antecede: publicado, finalmente, en Londres en 1712 y, en versión francesa y atribuido a Swift, en Amsterdam en 1733?
2. Swift ataca aquí a Wharton, al que este número del Exarniner menciona abiertamente y lo hace haciendo referencia a los versos de Milton. También para Milton Satán era el Regente del Norte, Paradíse Lost, verso 689: ‘where we possess The quarters of the North’ [“donde posee mos la región del Norte”], y verso 725: ‘who intends to erect his throne Equal to ours throughout the spacious North’ [“que pretende erigir su trono, igual al nuestro, a lo ancho del amplio Norte”]. Wharton había sido virrey de Irlanda, de ahí que Swift ·lo traslade al oeste. También es de Milton este verso 709: ‘With lies Drew after him the third part of heaven’s host.’ [“con mentiras se llevó consigo un tercio de las huestes del paraíso”].
3. Se refiere a Virgilio, Eneida, libro cuarto, donde se explica el nacimiento de la Fama.
4. De nuevo, se trata de una clara referencia a Wharton, cuyo desprecio por la religión y cuyo libertinaje eran conocidos de todos.
5. Se acusaba a los Tories de connivencia con la Corona francesa (fleur de lis) y el Papado (triple corona).
6. Es decir con los símbolos del catolicismo (cadenas y rosarios) y con el de los Jacobitas: los zuecos de madera de los campesinos franceses se convirtieron en el símbolo popular de los Jacobitas, cuyas esperanzas dependían de la intervención de Luis XIV.
7. Como la de que, según el relator, parece presumir el autor del Arte de la mentira.
8. Se refiere a los Lords del partido Whigh, que perdieron su asiento en la Cámara.
9. Puede referirse a Wharton o, quizá, a Marlborough, líder Whigh durante veinte años.
10. Se refiere a las clases adineradas que progresan en detrimento de los terratenientes: algo que Swift criticó.
11. Se trata de los sobornos: se dice que Wharton destinó a tal fin nada menos que 80.000 libras a lo largo de su carrera política. 

 

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TRADUCCIÓN: FRANCISCO OCHOA DE MICHELENA 
 

 

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