El arte de la mentira política, por Jonathan Swift (parte II)

El arte de la mentira política, por Jonathan Swift (parte I) 

The Examiner, por Jonathan Swift

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La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados

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EL ARTE DE LA MENTIRA POLÍTCA*

(parte II) 

Por Jonathan Swift 

y John Arbuthnot

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Tratado ciertamente curioso que se propone mediante suscripción

Resumen del primer volumen del mencionado Tratado

Londres, 1712

Se encuentra actualmente en prensa un curioso tratado, titulado arte de la mentira política. Consta de dos volúmenes in quarto

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Condiciones propuestas

I.- El autor promete entregar el primer volumen a los suscriptores antes del próximo día de San Hilario, si así le animan los suscriptores.

II.- El precio de los volúmenes será para los suscriptores de catorce chelines, de los cuales siete se pagarán por adelantado y los restantes siete a la entrega del segundo volumen.

III.- Los que suscriban seis ejemplares recibirán el séptimo gratis. Así cada volumen no constará ni seis chelines. 

IV.- Los nombres y domicilios de los suscriptores serán impresos en el libro. 

Hemos leído el manuscrito con suma atención y hemos estimado oportuno informar al público del contenido del primer volumen con objeto de animarle a suscribirse a una obra tan útil. 

 

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EL ARTE DE LA MENTIRA POLÍTICA 

 

El autor, en su Prefacio, hace algunas acertadas reflexiones sobre el origen de las Artes y de las Ciencias. Dice que las artes consisten ante todo en teoremas y prácticas, dispersos por doquier, que se van transmitiendo de unos a otros los maestros y que sólo a los hijos del Arte son revelados hasta que surge un gran genio que reúne esas propuestas separadas y desligadas integrándolas en un sistema regular. Y que este es el caso en que hoy en día se encuentra el Arte de la mentira política, ese arte tan útil y noble; que al haber sido enriquecido a lo largo del pasado siglo con nuevos descubrimientos, no debe permanecer por más tiempo relegado y sumido en la confusión; y que, con todo merecimiento, puede pretender figurar en la Enciclopedia, especialmente en aquella que sirva de modelo para la educación del hábil político. Que se propone alcanzar una gran reputación en los siglos venideros, por ser el primero en acometer obra tan· gloriosa, y al mismo tiempo tan necesaria; y que por este mismo motivo deberán excusársele las omisiones que puedan habérsele escapado. Exhorta a todos aquellos que posean talento en esta materia o que en la misma hagan nuevos descubrimientos que le comuniquen sus ideas, asegurándoles que de ellas dará cumplida cuenta en su obra.

 

El primer volumen consta de once capítulos

En su primer capítulo, el Autor reflexiona como filósofo sobre la naturaleza del alma y sobre las cualidades que la inducen a mentir. Entiende el Autor que el alma es como un espejo o espéculo plano-cilíndrico; que Dios todopoderoso hizo el lado plano de ese espejo y que después el Diablo hizo el otro lado, que tiene forma cilíndrica. Que el lado plano representa los objetos al natural y tal como son en verdad;mientras que el lado cilíndrico debe necesariamente, a tenor de las normas de la Catóptrica, representar como falsos los objetos verdaderos y como verdaderos los falsos; que al ser el cilindro mucho más ancho refleja y recoge en su superficie un mayor número de rayos visuales; y que, por consiguiente, todo el arte y el éxito de la mentira política depende del lado cilíndrico del alma. El Autor reflexiona, en este mismo capítulo, sobre las cualidades del espíritu; por ejemplo, sobre su particular querencia por lo malicioso y lo maravilloso. La querencia del alma por la malicia es un efecto del amor propio, o del placer que nos produce encontrar hombres más ruines, cobardes, despreciables y desgraciados que nosotros mismos.La pasión que no arrastra hacia lo maravilloso procede,por su parte, de la inactividad del alma o de su incapacidad para ser conmovida por las cosas ordinarias y vulgares y disfrutar con ellas.

Tras señalar las cualidades del espíritu sobre las que se basa su Arte, el Autor trata en el segundo capítulo de la naturaleza de la mentira política, que define como sigue: la mentira política, dice, es el Arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin.Lo denomina Arte para distinguirlo así de la acción de decir la verdad, para la cual al parecer no se precisa de ningún arte. Pero, aceptada esa definición, la misma sólo se refiere a la invención ya que, en efecto, se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad saludable. Pasa seguidamente a demostrar que existen falsedades de ese tipo, es decir,saludables; y pone varios ejemplos, ocurridos ya sea antes como después de la Revolución acaecida en Inglaterra; y demuestra claramente que no habríamos alimentado tanto tiempo la guerra sin un gran número de esas falsedades. El Autor fija unas normas para calcular en libras, en chelines y en peniques, el valor de una mentira política. Por la palabra buen [fin], no entiende lo que es absolutamente bueno, sino lo que así le parezca al que hace profesión del arte de la mentira política; parecer que le bastará de fundamento para actuar en consecuencia. Por último, el Autor divide lo bueno ( bonum) como se acostumbra hacer entre bonumutile, dulce et honestum, el bien útil,agradable y honorable. Señala que existen mentiras políticas de naturaleza mixta, que reúnen las tres bondades en distinta proporción: que lo útil suele imperar en todo lo concerniente al Cambio o a la Bolsa,mientras que lo agradable y honorable suele hacerlo en ese barrio llamado Westminster(1); que unos contarán una mentira para vender o comprar un negocio o una acción a un precio más ventajoso, otros porque honra servir al propio partido y otros porque agrada saciar una venganza.

El Autor pasa al tercer capítulo donde trata de la legitimidad de la mentira política, legitimidad que de muestra conforme a los genuinos principios de este Arte, de donde deduce los distintos derechos que tienen los hombres a la verdad. Así debe entenderse que el pueblo tiene derecho a la verdad privada: a esperar que sus vecinos les digan la verdad en sus asuntos propios; que todo el mundo tiene derecho a la verdad económica, es decir, a exigir que los miembros de su familia le digan la verdad a fin de que no le engañen su mujer, sus hijos o sus criados. Pero que no existe ningún derecho a la verdad política; que el pueblo no tiene derecho alguno a pretender ser instruido en la verdad de la práctica del gobierno, como tampoco tiene derecho a pretender poseer grandes patrimonios, tierras o casas señoriales. El Autor esclarece y determina con gran discernimiento las distintas porciones que han de tener los hombres en este orden (es decir, en lo relativo a la verdad), según sean sus capacidades, sus títulos, sus cargos y sus oficios. Señala que los niños nada pueden pretender en esta materia, de ahí que rara vez se les cuenten verdades. Debemos, no obstante, advertir que, en este capítulo, el Autor tropieza con algunas dificultades, al menos aparentes, cuando trata de explicar determinados textos de las Escrituras y un Sermón recientemente oído por la Reina en Windsor.

John Arbuthnot (1667-1735)

El cuarto capítulo está enteramente dedicado a esta cuestión: determinar si el gobierno y sólo él tiene derecho a acuñar las mentiras políticas. El Autor, que es un celoso defensor de la libertad inglesa, se inclina por la negativa y responde con gran ingenio a todos los argumentos de los que apuestan por la afirmativa.Dice que, como el gobierno de Inglaterra tiene algo de democrático, el derecho a inventar y difundir mentiras políticas reside, en parte, en el pueblo; un pueblo que en estos años ha destacado por su obstinado apego a este debido privilegio; privilegio ejercido con vigor en estos años; que ocurre a menudo que el pueblo de Inglaterra no disponga de otro medio que el ejercicio de este derecho incontestable para derribar a un ministro o un gobierno del que se ha cansado; que la abundancia de mentira política es una distinción clara de la verdadera libertad inglesa y que como los ministros usan a veces de este medio para afirmar su autoridad, es razonable que el pueblo use las mismas armas para derribarlos y defenderse.

En el quinto capítulo, el Autor divide las mentiras políticas en distintos tipos y clases y proporciona al mismo tiempo preceptos relativos a los medios para inventar, difundir y multiplicar los varios tipos de mentira. Empieza con los chismes y libelos difamatorios que atacan la reputación de los que están en el poder. Refiere y critica ese error extendido que sólo distingue un tipo, a saber, la mentira calumniosa o mentira difamatoria, aunque en verdad sean tres los tipos: la mentira calumniosa, la mentira por aumento y la mentira por traslación. La mentira por aumento atribuye a un gran personaje mayor reputación de la que le pertenece; y ésto para ponerlo en condiciones de servir a determinado buen fin o propósito. La mentira de maledicencia, de detracción, de calumnia o mentira difamatoria es la que arrebata a un gran hombre la reputación que se ganó justamente, por temor a que use de la misma en detrimento del público. La mentira de traslación es la que transfiere el mérito de una buena acción de un hombre a otro poseedor de cualidades superiores; o por la que se quita el demérito de una mala acción a quien la cometió para transferirlo a un hombre con menores méritos. El Autor ofrece varios conocidos ejemplos de estos tres tipos,y especialmente del último: cuando en beneficio del bien público tuvo que atribuirse el valor y la rectitud de un hombre a otro, o la de varios a uno. ¿No puede ocurrir que a un hombre le prive de los honores de una victoria otro sin parte en la hazaña?[**] La salvaguarda, restauración o destrucción de la República pueden atribuirse también a personas que no tuvieron responsabilidad en las mismas. El autor exhorta a todos los honestos Practicantes a que se ejerciten en este arte de la mentira por traslación, ya que (siendo patente la existencia de las cosas y no precisar de pruebas) para imponerlas y hacerlas creer al público,basta con un pretendido autor o una falsa razón. Esto no significa confiar en exceso en la credulidad de la mayoría de los hombres, toda vez que los resortes secretos de las cosas les suelen ser ajenos.

Pasa después el Autor a ofrecer algunos preceptos para la práctica de la mentira por aumento. Advierte que cuando se atribuye a alguien algo que no le pertenece, debe elaborarse la mentira de modo que ese algo no sea directamente contrario u opuesto a las cualidades conocidas de la persona: por ejemplo, no conviene decir que el Rey de Francia asistió a una asamblea de Protestantes o que, siguiendo el ejemplo de la Reina Isabel, restituyó a sus súbditos lo que sobró de los impuestos. Tampoco se hará creer que el Emperador adelanta dos meses de paga a sus tropas, ni que los Holandeses pagan más de lo que establece su cuota-parte. No se dirá que una misma persona defiende al mismo tiempo el mantener en pie de guerra un ejército y la libertad pública; ni que un Ateo defiende los intereses de la Iglesia o que el libertino vela por las costumbres, ni pondrá como ejemplo de moderación al exaltado, al loco, al aturdido o al descerebrado. Pero si resultara absolutamente necesario atribuir a alguien determinadas cualidades accesorias y buenas, y conferirle así méritos de los que carece,el Autor nos enseña a no dárselas de entrada in extremo gradu. Por ejemplo, si se trata de un avaro al que pretendéis hacer pasar por generoso, no deis a entender que podría dar a bote pronto cinco mil libras; ya que no sería capaz de semejante generosidad, caridad o dispendio. Veinte o treinta libras bastarán, de entrada.Si se trata de un hombre cuya ingratitud ante sus benefactores es de sobra conocida, no se atrevan a decirnos que recompensa a algún pobre por algún servicio que éste le dio treinta años atrás: pero sí puede dar a entender su agradecimiento ante un hombre que le prestó determinado servicio y que podría prestarle otros; esta mentira podrá ser creíble, al igual que si refiriéndoos a un hombre de cuya valentía personal se sospecha, no hagáis de él de inmediato un guerrero implacable, capaz de dar caza a escuadrones enteros, atribuyan le tan sólo el mérito de ser turbulento o de ser capaz de arrojar una botella contra la cabeza de su adversario.

Thomas Wharton (1648-1715). Se le conocía como un “Whing libertino, arrogante, amigo del disenso y enemigo de la Iglesia”

Si se trata de un gran hombre del que se conoce su desprecio a la religión, no conviene dar a entender que pasa días enteros en retiro y plegarias, pero pueden, sin riesgo alguno, decir que con decoro y humildad frecuenta las oraciones públicas. Si se trata de un hombre poderoso que nunca tuvo fama de saldar sus deudas; no vayan a decir que devolvió las grandes sumas que de las que se apoderó: limítense primero a decir que hizo entrega de veinte libras a un amigo que perdió su letra de pago.

El Autor prescribe las mismas normas para el arte de calumniar o mentira difamatoria: pone como precepto el de no inventar cosas directamente opuestas a las cualidades conocidas de aquellos que quieran calumniar. Así, según estas sabias reglas de la Pseudología o de la mentira política, no dirán que sea prudente decir de un príncipe piadoso y religioso que desprecia la religión y quiere introducir la herejía pero sí podrá decirse de un príncipe clemente que perdonó a un criminal que no merecía perdón. No tendréis éxito si dicen de algún poderoso conocido por su prudente economía que disipa los dineros de la nación, pero sí podréis decir que atesora riquezas.Tampoco podrá aseverarse que recibe sobornos, pero puede censurársele libremente por tardar en pagar: ya que aunque ni una cosa ni otra sean ciertas, la segunda es creíble y no así la primera. No diréis de un Ministro recto y generoso que participó en una intriga para traicionar su patria; pero puede aseverarse, con visos de probabilidad, que mantuvo cierta intriga con una dama. El Autor recomienda a todos los Practicantes que tengan presente sus preceptos.Asegura que es debido a que no los respetaron por lo que en los últimos años varias de sus mentiras fracasaron o resistieron poco tiempo.

En su sexto capítulo, aborda la cuestión de lo maravilloso, por lo que entiende todo aquello que traspasa los niveles habituales de lo verosímil. Ante el pueblo, lo maravilloso se divide en dos tipos, el øοβερον, es decir, la mentira que espanta e infunde terror y la que anima y enardece, ambas extremadamente útiles cuando se usan debidamente. El autor indica varias normas respecto al δομοειδεσ, o mentira para aterrorizar; una de esas reglas consiste en no enseñar al pueblo con demasiada frecuencia objetos terribles, no sea que acabe acostumbrándose a ellos. Añade que resulta del todo necesario que una vez al año se haga uso del Rey de Francia y del Pretendiente para espantar al pueblo inglés pero que, una vez hecho, tales noticias deben retenerse al menos durante un año. La escasa atención prestada en respetar este precepto necesario y la indiscreción con la que a menudo se nos ha querido asustar con el hombre lobo a la menor ocasión, han contribuido a que el pueblo permanezca tan indiferente que ya no se asusta cuando se le mentan esos dos enemigos. En lo que se refiere a las mentiras que se difunden entre el público con el propósito de animar y enardecer al pueblo,he aquí las normas que prescribe. No deben, dice, sobrepasarse los grados habituales de verosimilitud; deben ser variadas, no debe insistirse obcecadamente en una misma y única mentira. Respecto a las que contienen alguna promesa o pronóstico, poco prudente sería fijar las predicciones en el corto plazo; se correría el riesgo de quedar expuesto a la vergüenza y al apuro de verse pronto desmentido y acusado de falso. Haciendo uso de estas normas analiza aquella mentira que anunciaba la próxima conquista del Reino de Francia: esa mentira tan bien inventada y sin embargo tan infortunada, que perduró cerca de veinte años,[***] pero que acabó cayendo por su propio peso sin conseguir efecto alguno, por haberse mantenido con demasiada obstinación.

Jonathan Swift (1667-1745)

En cuanto a lo τερατωδεσ, o mentiras que anuncian prodigios, se limita el Autor a sugerir a quienes quieran inventarlas que sus Cometas, Ballenas o Dragones mantengan siempre un tamaño razonable; y que respecto a los temporales, tormentas, tempestades y terremotos deberá siempre decirse que ocurrieron en alguna comarca alejada del lugar en que se está al menos la distancia que un hombre puede recorrer a caballo en un día.

El séptimo capítulo está enteramente dedicado a determinar cual de los dos partidos, los Whígs o los Tories, es más hábil y ducho en el Arte de la mentira política. El Autor admite que los Tories han sido últimamente más creíbles, pero que los Whigs cuentan entre sus filas con los mayores Genios. Achaca los fracasos de los Whigs al exceso de mercancías de mala calidad que pretenden despachar al mismo tiempo: cuando el anzuelo está demasiado cargado de lombrices resulta difícil pescar al gobio. Para recuperar el crédito de este partido, el Autor propone un sistema que se antoja un tanto quimérico y que en nada sigue ese sólido entendimiento del que hace gala en el resto de su obra. Su sistema consiste en lo siguiente:para restablecer su credibilidad y su autoridad el partido acordará no decir nada, durante tres meses, que no sea verdadero; esto les dará derecho a difundir mentiras durante los siguientes seis meses.Confiesa, es cierto, que resulta prácticamente imposible encontrar personas capaces de ejecutar ese proyecto. Al final del capítulo, condena la extravagancia de los partidos por contar entre sus filas, a fin de que difundan mentiras, a los hombres más viles y a los genios más miserables como son, en su mayoría, los folletinistas y gaceteros de nuestros días, que no teniendo ningún otro mérito que un gran apego por su profesión, parecen ignorar completamente las normas El séptimo capítulo está enteramente dedicado a determinar cual de los dos partidos, los Whígs o los Tories, es más hábil y ducho en el Arte de la mentira política. El Autor admite que los Tories han sido últimamente más creíbles, pero que los Whigs cuentan entre sus filas con los mayores Genios. Achaca los fracasos de los Whigs al exceso de mercancías de mala calidad que pretenden despachar al mismo tiempo: cuando el anzuelo está demasiado cargado de lombrices resulta difícil pescar al gobio. Para recuperar el crédito de este partido, el Autor propone un sistema que se antoja un tanto quimérico y que en nada sigue ese sólido entendimiento del que hace gala en el resto de su obra. Su sistema consiste en lo siguiente: para restablecer su credibilidad y su autoridad el partido acordará no decir nada, durante tres meses, que no sea verdadero; esto les dará derecho a difundir mentiras durante los siguientes seis meses.Confiesa, es cierto, que resulta prácticamente imposible encontrar personas capaces de ejecutar ese proyecto.Al final del capítulo, condena la extravagancia de los partidos por contar entre sus filas, a fin de que difundan mentiras, a los hombres más viles y a los genios más miserables como son, en su mayoría, los folletinistas y gaceteros de nuestros días, que no teniendo ningún otro mérito que un gran apego por su profesión, parecen ignorar completamente las normas de la Pseudología y carecen de las cualidades necesarias para que se les confíe función tan importante.

Robert Harley, primer Conde de Oxford (1661-1724). Jefe del Gobierno Tory entre 1710 y 1714

En el octavo capítulo, recuerda a algunos genios extraordinarios surgidos recientemente y que han destacado ante todo por su disposición hacia, y raro talento para, lo maravilloso. Aconseja a los jóvenes más prometedores que inventen por el bien de su patria y dejen de emplear sus talentos en aficiones como la caza del zorro, las carreras de caballos, el diestro manejo de los coches, saltar, correr, engullir melocotones, arrancar dentaduras para limpiarlas,etc. cuando su ayuda es tan necesaria a la patria. El octavo capítulo recoge un proyecto para reunir en una sola sociedad varias pequeñas agrupaciones de mentirosos. Resultaría en exceso engorroso dar aquí una explicación pormenorizada de todo el sistema.Lo más destacado es que prescribe que esta sociedad deberá estar compuesta por los jefes de cada partido; que ninguna mentira podrá difundirse sin su aprobación previa, ya que son los más capacitados para juzgar lo que conviene a cada coyuntura y decidir qué tipo de mentira debe usarse en cada ocasión; que a esa sociedad deben pertenecer personas de toda condición y profesión; que, en la medida de lo posible, se tendrá debida cuenta de la conveniencia y la verosimilitud; que además de los mencionados, deben pertenecer a la Sociedad los genios muy prometedores como los que pueden verse en cantidad en la ciudad, especialmente en sus tabernas: viajantes, curiosos, cazadores de zorros, jockeys, abogados, viejos marineros y soldados de los hospitales de Greenwich(2) y Chelsea.(3) A esta Sociedad, compuesta como se ha dicho, deberá confiársele en exclusiva el manejo de la mentira. En la antecámara de esta Sociedad, deberá haber siempre algunas personas dotadas de gran credulidad que escuchen lo que se diga, un tipo de personas que abunda por estas tierras y latitudes: el Autor cree que pueden encontrarse en suficiente número en los alrededores de la Bolsa. A estas personas competerá difundir lo que los otros han acuñado; ya que ningún hombre suelta y expande la mentira con tanta gracia como el que se la cree. Por norma, la Sociedad deberá inventar cada día una mentira, en ocasiones dos; y al escoger sus mentiras deberá tener presente el tiempo que haga y la estación del año: las mentiras para espantar funcionan estupendamente durante los meses de noviembre y diciembre, no así en mayo y junio, salvo que soplen los vientos del Este. Debe haber un castigo o multa para quién hable de otra cosa que no sea la mentira del día. La Sociedad contará con algunos espías en la Corte y en otros lugares,para que den sugerencias e ideas para inventar mentiras; también deberá mantener una correspondencia general con todas las ciudades que celebren mercados para hacer que sus mentiras circulen por ahí. Si se advierte que alguno de los miembros de la Sociedad se sonroja, pierde la compostura o falta a algún deber al pronunciar una mentira, deberá ser excluido y declarado incapaz. Junto a las mentiras que se despachan pública y abiertamente, otras deben difundirse en sordina y con discreción; a tal fin se establecerá un Comité de susurros, o Consejo Privado, formado por los miembros más hábiles de la Sociedad.En este punto el Autor hace una digresión; abunda en sus alabanzas a los Whigs, habla con elogio de sus profundos conocimientos y del buen uso que hacen de las mentiras de comprobación. Una mentira de comprobación es como una primera carga que se pone en una pieza de artillería para probarla; es una mentira que se deja caer para sondear la credibilidad de los presentes. Así, la transubstanciación de la Iglesia de Roma, sería una doctrina de comprobación:quien se la trague podrá de seguro digerir todo lo demás. De ahí que el partido Wigh obre sabiamente cuando en ciertas ocasiones comprueba la credulidad del pueblo difundiendo cosas increíbles, para juzgar así qué cargas podrán echarle al pueblo en el futuro.

Hacia el final del capítulo, recomienda a los jefes de partido que no se crean sus propias mentiras; y les recuerda el ejemplo de lo ocurrido en los últimos años, cuando un partido sabio y una nación sabia resolvieron sus asuntos según unas mentiras inventadas por ellos mismos. Entiende que esto debe achacarse a un celo desbocado, a un exceso en la práctica de este arte y a una vehemencia acalorada en las conversaciones; celo, exceso y acalorada vehemencia por los que unos a otros acaban persuadiéndose que lo que se desea y dice como verdadero, lo es efectivamente; que no ha habido ningún partido que no haya sufrido este inconveniente y haya cometido algún error de esta naturaleza; que los Jacobitas lo vienen padeciendo largo tiempo, pero que parece que en estos últimos años los Whigs les han sobrepasado, ahondando aún más en esta falla y mala costumbre.El autor concluye este capítulo con un Calendario de mentiras para todo el año, donde indica las que mejor convienen a cada estación y mes del año.

El capítulo noveno trata de la celeridad y de la duración de las mentiras. Respecto a la rapidez con que circulan las mentiras, el Autor afirma que resulta casi increíble; ofrece algunos ejemplos de mentiras que han corrido más deprisa y hecho más camino que el que podría hacer un hombre del servicio de Correo. Las mentiras aterradoras se difunden con una velocidad prodigiosa, a más de diez millas por hora. Lasque se difunden en sordina, sólo circulan en un estrecho radio pero circulan y se difunden ahí con mucha rapidez. Sostiene que resulta imposible explicar los distintos Fenómenos relativos a la rapidez de las mentiras, sin tener en cuenta el Sincronismo y la Combinación, es decir, sin suponer que varias personas,por así decir, acordadas entre sí, han soltado al mismo tiempo la misma mentira en distintos lugares.

Por lo que a la duración de las mentiras se refiere, sostiene que deben distinguirse varios tipos ya que las hay de muchos géneros: a saber, mentiras de horas,de días, de años y de siglos; que se dan determinadas mentiras políticas que como los insectos mueren y reviven bajo nuevas formas; que los buenos Artistas,como los que construyen casa en tierra arrendada,saben calcular con tal seguridad la duración de una mentira que ésta se ajusta perfectamente a sus propósitos,pervive y se mantiene el tiempo del arriendo.(4)

La Reina Ana (1665-1702-1714)

En el décimo capítulo, trata de las improntas características de las mentiras y del modo en que puede saberse cuándo, dónde y quién se inventó esta o aquella mentira. Explica cómo distinguir si se trata de mercancía procedente de Holanda, de Inglaterra o de Francia; incluso podrá usted conocer las improntas que distinguen una mentira forjada en la Bolsa de otra acuñada en la otra punta de la ciudad. Se requiere,dice, de mucho tino y entendimiento para discernirlas procedencias. Las mentiras más miserables y viles suelen acuñarse en el barrio de Wapping:(5) hay ahí tabernas con sus propias cecas,(6) que un juicioso Practicante podrá reconocer rápidamente. Todos nuestros prohombres tienen su propio Fantateústico.(7) El Autor confiesa que tras largo estudio y dedicación ha acabado siendo tan experto que si se le presenta una mentira les dirá con toda seguridad quién la acuñó, al extremo que el prohombre que la hubiere inventado no podría atreverse a negarlo.

Las mentiras de promesas que hacen los poderosos se reconocen por sus formas: os ponen una mano sobre el hombro, os abrazan y achuchan, os sonríen, os hacen reverencias. También mienten cuando juran y perjuran con exceso y reiteración.

El Autor dedica todo el undécimo capítulo a una sola cuestión: saber si una mentira se contrarresta mejor con una verdad o con otra mentira. Dice que,considerando la amplitud de la superficie cilíndrica del alma y la gran querencia que tienen todos los hombres de nuestra época en creerse las mentiras,está convencido que la mejor manera de destruir una mentira consiste en oponerle otra. Por ejemplo, si alguien os dice que el Pretendiente está en Londres,no se rebatirá esta mentira diciendo que nunca ha estado en Inglaterra, sino que, recurriendo a testigos oculares, probará que no pasó de Greenwich y que desde ahí dio marcha atrás. Si se difunde el rumor que un gran hombre murió por esta o aquella enfermedad, no replicará diciendo la verdad, asegurando que goza de buena salud, sino que dirá solamente que aún está convaleciente. Así, a caballero que ha poco sostenía se había firmado el 15 de septiembre un tratado con Francia para introducir la esclavitud y restablecer el papismo en Inglaterra, otro no menos hábil le respondió muy juiciosamente, no oponiendo la verdad a su mentira, argumentando que semejante tratado jamás se suscitó, sino diciendo que sabía de buena mano que ese Tratado contenía varios artículos aún pendientes de acuerdo.

 Dejamos para otra ocasión el informe relativo al segundo volumen de este excelente Tratado.

 

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NOTAS
 

* Esta traducción se basa en el original en inglés de 1712, si bien tiene presente los recursos literarios de la traducción al francés de 1733.

[**] Se trata de Jacobo Eduardo Estuardo (1688-1766), a la muerte de su padre, Jacobo II en 1701, fue reconocido rey de Inglaterra por Luis XIV, pero sus intentos por recuperar el trono resultaron vanos.

[***] Los veinte años de predominio Whig que se extienden desde 1689 -inicio del reinado de Guillermo ID (muerto en 1702)- hasta 1709, cuando la reina Ana opta por nombrar un gobierno Tory. Época en la que, entre otros políticos Whig, destacó Thomas Wharton.

l. Barrio de Londres donde se encuentra el Palacio del Rey y el Palacio de Justicia.

2. Pueblo a orillas del Támesis a legua y media de Londres, donde se encuentra un hospital para viejos e inválidos marineros.

3. Pueblo a una legua al norte de Londres, donde había un hospital para soldados inválidos.

4. En Inglaterra se suelen hacer arrendamientos largos, de hasta treinta años. De ahí que se construya sobre lo existente, pero procurando construir la casa para que dure lo que dure el arrendamiento. Así si el contrato es de treinta años se construye una casa para que dure otro tanto.

5. Wapping es un suburbio de Londres en el que vivía la canallesca más vil; casi todos marineros.

6. Es decir su propio cuño, al que las mentiras han de ceñirse para ser bien recibidas y tragadas; tienen sus ideas particulares, sus maneras de pensar, sus temas de conversación a los que hay que ajustar las mentiras que se les quiera despachar.

7. Es decir, su particular imaginación, su modo y manera de forjar mentiras, de figurar las cosas.

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TRADUCCIÓN: FRANCISCO OCHOA DE MICHELENA 
 
 
 
 
 

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