El anarquismo individualista (parte X)

INDICE

 

 

 

El anarquismo individualista (parte X)

 

CAPÍTULO 19

RESUMEN DE LA PROPAGANDA VERDADERA

 

Es inútil engañarse a sí mismo y a los demás con la ilusión. Por medio de sonoras declamaciones y de hinchadas promesas se puede captar cierta confianza y hasta excitar la codicia de algunos, pero de tal modo no se consigue una selección, sino un conglomerado sin consistencia que se dispersará fácilmente en el primer choque, como los montones de la hojarasca de otoño por el cierzo.

La propaganda verdadera nos ha de permitir encontrarnos más tarde cara a cara con los que nos han escuchado, sin temor de que puedan reprocharnos por haberlos decepcionado como cualquier interesado charlatán de feria popular.

Tengamos presente, en principio, que nuestro ideal no es colectivamente realizable, porque el esfuerzo realizado únicamente en vista de conquistas inmediatas se nos figura siempre más o menos “inmoral”, como el “acto de caridad” realizado para evitar el infierno y conseguir el cielo. El esfuerzo lleva en sí su recompensa, aunque no siempre logre el éxito, y especialmente, por lo concerniente a las concepciones libertarias, se considera más la superioridad del fin que la actualidad del resultado.

La esencia, pues, de la propaganda persigue el llevar al dominio de la práctica las ideas superiores, casi siempre opuestas a las ideas recibidas y aguijonear teóricamente las aspiraciones individuales en lo relativo, sin preocuparse en gran manera de los beneficios materiales.

Con algo de penetración sobre el funcionamiento de la sociedad, se comprenderá que la masa no está dispuesta para continuar organizando la vida de relación al día siguiente de uno de esos sobresaltos catastróficos que, según ciertos profetas, bastarían para hacer brillar el risueño cielo de la Ciudad Futura. Dichosos todavía, cuando no tratamos más que de las diferencias entre nosotros sobre los medios de acción. Sin contar las envidias, las rencillas y los personalismos, hemos presenciado polémicas periodísticas dignas de competir con los más odiosos libelos. Todo lo cual nos hace creer que, lejos de la aurora roja tan cantada y deseada, un cambio radical de la sociedad podría enemistar sangrientamente entre sí a los mismos iniciadores. Cúlpese al estado actual de las mentalidades, que han de pasar por largos períodos de evolución antes que pueda vislumbrarse el horizonte humano de la emancipación suprema.

Hecha lealmente esta declaración, la verdadera propaganda no decepcionará nunca, porque diferenciará, sin lugar a equívocos, la concepción anarquista de las demás concepciones que le son antagónicas, a pesar de haberlas considerado como vecinas en algún tiempo. Según la fórmula tradicional, el porvenir ignorará económica, intelectual y moralmente “la autoridad y la explotación del hombre sobre el hombre”. Pero tal resultado supone de antemano una educación preliminar del individuo. No podemos, pues, tener comunidad ideológica con los que pretenden que la sociedad se transforme mágicamente dictando decretos, más o menos acertados o revolucionarios.

La propaganda verdadera debe dejar las declamaciones y los elementos seductivos a los sistemas que se fundan sobre una moral autoritaria exterior al individuo. Desgraciadamente, un gran número de “socialistas revolucionarios” o “catastróficos” más o menos “antiparlamentarios”, vagamente anarquizantes, se vanaglorian de las ideas libertarias y hacen inconscientemente el juego a una forma estatista, tanto más peligrosa para la autonomía individual cuanto más influencia tiene en ella un sectarismo económico de los más avanzados.

Ejemplos como los de la Nueva Zelanda, donde se disfruta de la jornada de ocho horas, salario mínimo, retiros obreros, seguros de accidentes, ministerios obreros y demás leyes sociales reformadoras, indican que se puede resolver la cuestión económica, la “cuestión de estómago”, sin que la mentalidad de los beneficiarios se modifique en los más mínimo. A pesar de su progreso social ¡cuántos rancios prejuicios abrigarán aún estos dichosos neocelandeses!

La solución del problema económico es de toda inminencia, pero no puede ser superior a las cuestiones de moral social o de educación en el libre examen. Por esto no nos determinamos a formar en las filas de un sistema social reformista, pues nuestras observaciones nos hacen concluir que los hechos de orden psicológico, a veces han determinado la evolución económica de la humanidad, y que esta evolución, para que sea eficaz, ha de ser la obligada consecuencia de ideas esclarecidas. Nuestra atención ha de fijarse primero sobre la influencia decisiva y soberana de los hombres, tomados individualmente sobre la marcha histórica del mundo. No podemos subordinar nuestras aspiraciones y nuestra actividad a una especie de“fatalismo” económico, cuyo resultado es siempre una “organización jerarquizada”. A juzgar por los resultados del triunfo del catolicismo, que es una organización moral colectivista por excelencia, que nos ha dejado un tan triste ejemplo de intolerancia, es conveniente reflexionar seriamente antes de comenzar una nueva experiencia sobre un terreno económico y sobre una base pseudocientífica.

Hacemos constar que no sentimos contra el colectivismo una hostilidad agresiva, pues comprendemos que, lo mismo que otra idea cualquiera generalizada, corresponde a una etapa de la mentalidad humana que puede llamarse “fase de la religión económica” y en la cual no pueden retardarse los anarquistas individualistas.

La propaganda verdadera mostrará que, en la marcha de la humanidad, los anarquistas reivindican simplemente la vanguardia de campeones contra los prejuicios de todas clases que embotan el cerebro humano y les impiden pensar por sí mismos. Lo importante no es que los otros piensen como nosotros,sino que piensen por y para ellos mismos.

No se trata de crear seres a nuestra imagen, sino individuos libres, que buscan por la experimentación la fórmula de su felicidad individual y colectiva. Independientes de todo compromiso, jamás ligados a un movimiento cualquiera, pero siempre dispuestos a mezclarse temporalmente a toda acción libertadora de cualquier sitio que ella emane. Exponiendo y proponiendo sin cesar, no imponiéndonos ni nosotros mismos ni nuestras ideas. He ahí lo que somos. Será salirnos de nuestro papel el mezclarnos a las combinaciones groseras de la política, aunque fuese antiparlamentaria.

La propaganda verdadera recordará toda la importancia del ejemplo, del esfuerzo, intentado en vista de vivir actualmente la concepción de vida personal tantas veces expuesta.

La propaganda verdadera hará comprender que, no estando nadie obligado a declararse desprovisto de tal o cual prejuicio, es inconsecuente cualquiera que así lo pretenda y no admita que sus prójimos se aprovechen los primeros de sus declaraciones. Que el camarada que preconiza o defiende las ideas de“amor libre”, por ejemplo, espere que los suyos tomen al pie de la letra sus apreciaciones sobre este asunto. Que el partidario de la “libre discusión” espere ver sus concepciones más queridas negadas en su casa y que no sólo reserve para los de fuera una tolerancia que desconocen los que los rodean. ¡Cómo cambiaría el aspecto de este desgraciado mundo, si estuviéramos seguros de la sinceridad de los que nos son más íntimos de entre los anunciadores de los tiempos nuevos! Pero no hemos llegado aún a este punto, no porque sea difícil el esfuerzo que hay que desarrollar, sino porque nos queda por aprender esta lección: que el menor acto en desacuerdo con nuestras palabras o nuestros escritos disminuye o debilita esta fuente interior de energía que sólo permite resistir el peso de una sociedad cuya moral consiste esencialmente en obrar de distinto modo que se escribe, que se habla o que se siente. Enseñar esta lección,¿no es el alfa de la propaganda verdadera? Constatemos, en fin, que el Ideal anarquista está bien representado por esa pequeña minoría de indomables, de rebeldes,de incorregibles, esforzándose siempre en no dejarlo empañar por concesión alguna a las exigencias del medio ambiente y procurando preparar el camino para los que los siguen.

 

 

 

 

CAPÍTULO 20

EL ANARQUISTA INDIVIDUALISTA Y LA SOCIEDAD FUTURA

 

Crítica o demolición, educación o cultura, nada positivo; actividad enteramente negativa: nos parece oír resumir así las objeciones del lector que nos ha seguido hasta aquí, formulando una última pregunta: “Vosotros, anarquistas, ¿no albergáis alguna concepción, aunque lejana, de una “sociedad anarquista”,de un mundo basado en la libertad, de un futuro que no conozca la dominación, la especulación y la explotación?”.

Personalmente no nos gusta conjeturar sobre la sociedad futura. No solamente es ésta una idea que ha sido explotada como la del Paraíso lo es por el sacerdocio, sino que además tienen ambas en común la influencia soporífica que ejercen sobre los fieles que escuchan sus maravillosas descripciones, haciendo olvidar la opresión, la tiranía, la presente servidumbre, debilitando la energía, castrando la iniciativa.

¿Qué pruebas podemos alegar en pro de la realización de una sociedad futura? A título de fantasía literaria, un anarquista individualista dotado de imaginación podría describir una hipótesis en tal sentido, pero ¿cómo tal visión imaginativa podría adaptarse a la mentalidad o a la voluntad general? Para que la sociedad se transformase en realidad, sería preciso que las especies en vía de degeneración, las categorías dirigentes y las dirigidas, desapareciesen del globo, y esto no puede llegar al dominio de las probabilidades. Y puesto que los anarquistas exigen vivir en el presente, no podemos crearnos el derecho de adormecerlos con los acentos de una música melodiosa y dulce y orientarlos hacia una concepción determinada de una sociedad anarquista. Solamente el estado de los conocimientos, o el nivel de las mentalidades podrán dictar, en un momento dado, los fundamentos de una transformación o nuevo régimen.

Todo lo que puede hacer el anarquista individualista es situarse en estado de legítima defensa enfrente del ambiente social que admite, perpetúa, sanciona y facilita la subordinación al medio del individuo colocando a éste en estado de manifiesta inferioridad, puesto que no puede tratar con el conjunto de igual a igual, de potencia a potencia; la obligación en cualquier dominio de la ayuda mutua, de la solidaridad, de la asociación;la prohibición de la posesión individual e inalienable del medio de producción y de la disposición absoluta del producto;la explotación, que hace que unos trabajen por cuenta y beneficio de otros; el acaparamiento individual o colectivo, osea la posibilidad de poseer mucho más de lo necesario y aun de lo superfluo a la vida normal; el monopolio del Estado o de cualquier forma ejecutiva que lo reemplace, es decir, su intervención centralizadora, administrativa, directriz, organizadora de las relaciones entre los individuos bajo cualquier forma social; el préstamo interesado, la usura, el agio, el valor del cambio monetario, la herencia y, en fin, todas las infamias descaradas o encubiertas en que los seres humanos se debaten y se aniquilan.

Ahora bien: ¿cómo podrá afirmarse que, aun desapareciendo todos los impedimentos enumerados, el anarquista se acomodaría a un nuevo estado de cosas, en el que siempre habría incógnitas y conjeturas?

No debemos insistir sobre este extremo; ya hemos dicho bastante para resumir nuestro pensamiento, que abarca todas las modalidades de la suprema aspiración ideológica y que no es otra en esencia que la elevación constante de la personalidad,reaccionando contra todos los obstáculos que se oponen a la vida y a la reproducción del individualismo anarquista.

 

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