LAS SERVIDUMBRES DEL ODIO, por Albert Camus

El lago

“Adoptar el criterio hegeliano: la verdad no puede ni debe enseñarse más que en su estado de claridad perfecta. De modo que: no hay que enseñar lo que no se sabe perfectamente; no se sabe lo que no se ve muy clara y completamente; sólo se ve con claridad aquello que se sabe expresar, y, por tanto, hablar, improvisar, da la medida de la ciencia y debe ser la condición para poder enseñar.”

AMIEL

 

Era un lago muy profundo y en ambos lados se elevaban abruptos peñascos. Se podían divisar los grandes bosques de la orilla opuesta y el color primaveral de las nuevas hojas; aquella margen del lago era más escarpada, quizá con más árboles y un follaje más espeso. Esa mañana el agua permanecía en calma y tenía un color verde azulado; realmente era un hermoso lago, con cisnes, patos y, ocasionalmente, una embarcación con pasajeros.

El parque estaba muy bien cuidado y si uno se acercaba a la orilla se encontraba muy cerca del agua completamente limpia, cuya cualidad y belleza parecían penetrar dentro de uno; se podía percibir su aroma, la suave fragancia del aire, el verde césped y uno era parte de eso, moviéndose con la pausada corriente, con los reflejos y la quietud profunda del agua.

Resultaba extraño experimentar una sensación tan grande de afecto, no por algo o por alguien, sino la plenitud de lo que puede llamarse amor. Lo único que importaba era sentir su misma profundidad, pero no con la pequeña mente ridícula y con los incesantes murmullos del pensamiento, sino con el silencio. El silencio es el único medio o instrumento que puede profundizar en ese algo que elude a una mente contaminada.

No sabemos lo que es el amor; conocemos sus síntomas, el placer, la ansiedad, el dolor, etcétera; tratamos de resolver los síntomas, lo cual se vuelve un deambular en medio de la oscuridad y empleamos nuestra vida en eso, hasta que finalmente llega la muerte.

Allí, mientras uno permanecía en la orilla del lago contemplando la belleza del agua, todos los problemas humanos, los problemas de las instituciones, la relación del hombre con el hombre, lo cual es la sociedad, todo eso encontraría su justo lugar si uno de forma silenciosa pudiera profundizar en esta cosa que llamamos amor. Hemos hablado muchísimo sobre el amor; todo joven dice que ama a alguna mujer, el sacerdote a su dios, la madre a sus hijos y, por supuesto, el político juega con eso. En realidad hemos desvalorizado esa palabra cargándola con unos valores sin sentido producto de nuestros estrechos y mezquinos yoes. En este pequeño contexto limitado tratamos de encontrar esa otra cosa, pero amargamente regresamos a nuestra confusión y desdicha de todos los días. Sin embargo, esa cosa estaba allí, en el agua, en todo lo que había alrededor, en la hoja, en el pato que trataba de engullir un pedazo grande de pan, en la mujer que pasaba cojeando; no era una identificación romántica ni una astuta verbalización racionalizada, sino que estaba allí, tan real como ese automóvil o aquel barco.

El amor es la única cosa que dará respuesta a todos nuestros problemas; no, no una respuesta, porque entonces no habría más problemas. Tenemos problemas de todas clases y tratamos de resolverlos sin ese amor, por eso se multiplican y crecen. No es posible alcanzarlo o retenerlo pero, a veces, si permanecemos a la orilla del camino o junto al lago observando una flor, un árbol o al granjero labrando la tierra, si estamos en silencio, no soñando, ni acumulando fantasías o aburridos, sino en profundo silencio, entonces, tal vez, el amor llegue a uno.

Si viene, no trate de atraparlo, no lo atesore como una experiencia; una vez eso le toque, usted nunca más volverá a ser el mismo. Permita que eso actúe y no su codicia, su ira o su justificada indignación social, porque el amor es realmente muy intenso, indómito, y su belleza nada tiene de respetable. Sin embargo, no lo queremos porque sentimos que podría ser demasiado peligroso. Somos animales domesticados dando vueltas en una jaula que hemos construido para nosotros mismos, una jaula con sus rivalidades, sus disputas, sus intolerables líderes políticos, sus gurús que explotan nuestra vanidad y la suya propia con gran delicadeza, o groseramente; dentro la jaula podemos tener anarquía u orden, lo cual se convierte finalmente en desorden. Esto ha venido sucediendo durante muchos siglos, avanzamos y retrocedemos, modificamos los patrones de la estructura social, quizá acabamos con la pobreza aquí o allá, pero si consideramos todo eso lo más importante, entonces perderemos lo otro. De vez en cuando uno debe permanecer solo y, si es afortunado, el amor puede llegar, ya sea con el caer de una hoja o desde aquel distante árbol solitario en medio de un campo desierto.

Del Boletín 1 (KF), 1968
Krishnamurti

 

 

 

LAS SERVIDUMBRES DEL ODIO

por Albert Camus

 

“La justicia no consiste en abrir unas prisiones para cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa. Está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia. Nada es dado ni prometido, pero todo es posible para quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán. ¿Y por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días son también la injusticia y la verdadera rebelión.” 

– ¿Cree usted lógico relacionar las dos palabras “odio” y “mentira”?

– El odio es en sí mismo una mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre. Niega lo que “en cualquier hombre” merece compasión. Miente, pues, esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.

– En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no toma el odio frecuentemente la máscara de la mentira? ¿Y no es la mentira una de las mejores armas del odio, quizá la más pérfida y la más peligrosa?

– El odio no puede tomar otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión. De diez periódicos, en el mundo actual, nueve mienten más o menos (que no tiene nada que ver con la neutralidad). Es que en grados diferentes son portavoces del odio y de la ceguera. Cuanto mejor odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra cosa, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal.

– Rostros actuales del odio en el mundo. ¿Los hay nuevos, propios de las doctrinas o de las circunstancias?

– Por supuesto, el siglo XX no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando a esta vergonzosa Europa.

– ¿Importancia privilegiada de la mentira?

Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el momento que consienten en la mentira por razones que creen superiores. No, ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira, a veces, hace vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste en primer lugar en batirse en duelo. Consiste, en primer lugar, en no mentir.

La justicia, por su parte, no consiste en abrir unas prisiones para cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

– ¿Asistimos a una regresión del amor y de la verdad?

– En apariencia, hoy todo el mundo ama a la humanidad (del mismo modo que uno puede amar que le sirvan un filete de ternera poco hecho) y todo el mundo posee una verdad. Pero es el extremo de una decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.

– ¿Dónde están los “justos” en el momento actual?

– La mayor parte, en las prisiones y en los campos de concentración. Pero también están allí los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otra parte, dictando sus órdenes al mundo.

– ¿En las circunstancias actuales, no podría ser la fiesta de Navidad un motivo para reflexionar sobre la idea de una tregua?

– ¿Y por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días son también la injusticia y la verdadera rebelión.

– ¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué clase?

– La que obtendremos al término de una resistencia sin tregua.

– Usted ha escrito en “El mito de Sísifo”: “No hay más que una acción útil: la que rehiciese al hombre y a la tierra. Yo no reharé jamás a los hombres. Pero hay que hacer “como si”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea en el marco de nuestra entrevista?

– Yo era entonces mucho más pesimista de lo que soy ahora. Es cierto que nosotros no reharemos a los hombres. Pero no los rebajaremos. Por el contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros mismos y en los demás. No nos ha sido prometida el alba de la verdad; no hay contrato, como dice Louis Guillous. Pero está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia. En efecto: nada es dado ni prometido, pero todo es posible para quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

ALBERT CAMUS, entrevista publicada en Le Progrès de Lyon (Navidades de 1951). Obras Completas. Aguilar, 1959. (Publicado en FD, por primera vez, el 25 de agosto de 2006, bajo el título de LAS SERVIDUMBRES DEL ODIO).

 

 

Be the first to comment

Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*