El anarquismo individualista (parte VIII)

Indice

 

 

 

El anarquismo individualista (parte VII)

CAPÍTULO 15

LAS INCONSECUENCIAS DE LOS ANARQUISTAS INDIVIDUALISTAS

 

74. NO ES ÚTIL DISIMULAR LAS FALTAS

Se nos objetará que, examinándolos de cerca, los individualistas no dejan de parecerse mucho a “todo el mundo”; que a veces se critican entre sí neciamente y que las razones de su hostilidad hacia los demás son, con frecuencia, mezquinas y bajas… No lo negaremos.

Nada se gana disimulando las faltas o los errores. Todas las religiones, todas las doctrinas han usado de esta estratagema invocando las “necesidades de la causa”. Ha sido inútilmente. Las mismas inconsecuencias de sus adictos perdió a la religión mucho antes de que el trabajo de la crítica hubiese hecho justicia de sus dogmas, y hoy día nadie se compromete ya en un partido si no es porque espera encontrar un medio de hallar ciertas compensaciones. Un espíritu recto no se desanima por las contradicciones que en la práctica suelen desvirtuar las teorías, sino que, después de un examen superficial, penetra profundamente en las causas; se da cuenta de los hechos, los estudia con toda sinceridad, los analiza imparcialmente y saca, en fin, las conclusiones que han de aumentar sus conocimientos y que ha de exponer a sus camaradas, como otros tantos motivos de reflexión fecunda.

Sin duda, un anarquista no se preocupará de las exclamaciones interesadas de burgueses y moralistas religiosos o laicos. El fariseísmo, o la grosera hipocresía burguesa, encuentra un placer especial, una vanidad exagerada, en mostrar las inconsecuencias de los anarquistas.

Gentes honradas, cuya fortuna se edifica sobre la explotación de los más desgraciados; cerebros sin horizontes intelectuales, cuya única preocupación es la conquista de influencias materiales; padres interesados en colocar convenientemente a su progenie, como si fueran comerciantes inquietos por desembarazarse de sus géneros de saldo; sibaritas empedernidos bajo la máscara de una respetabilidad forzada…; vuestras protestas equivalen a los ecos confusos que el viento arrastra sin llamar la atención de nadie.

Tampoco sienta bien a los moralistas exhibir un pudor ofendido; ya sabemos lo que ocultan los rostros asustados de los periodistas sensatos y de los escritores talentudos; no ignoramos sus mejores ocupaciones, que consisten en preservar de las ideas disolventes a las instituciones de la sociedad actual; tanto los privilegiados como los que aspiran a serlo, han comprendido cuánto ganaría su causa logrando distraer la atención de los desheredados sobre las verdaderas causas del sufrimiento y procurando fijarla sobre las inconsecuencias de los que son irreconciliables enemigos de todo absurdo y bárbaro privilegio social.

Así, pues, cuando examinamos la cuestión de las inconsecuencias de los anarquistas, no lo hacemos en modo alguno para justificarnos ante nuestros adversarios. No escribimos por escribir, ni hablamos por hablar. Nuestros deseos son profundos o elevados. Pensamos que una teoría vale muy poco si no se afirma, en la práctica, y todo nuestro interés consiste en buscar las razones de las incongruencias que se notan a veces entre la concepción anarquista y su realización.

75. CAPACIDAD DE PENSAMIENTO Y FACULTAD DE REALIZACIÓN

La primera constatación que hacemos y que se aplica a todos los dominios es que el pensamiento aventaja a la acción, y no queremos hacer una deducción peligrosa, fijando una ley; nos limitamos a sentar un hecho: construimos con gran facilidad teorías que casi en absoluto no podemos realizar.

Colonias comunistas, práctica del compañerismo efectivo, experiencias de amor libre y de libertad sexual, toda clase de esfuerzos a realizar en común… ¡qué de proyectos concebidos con ardor que han conducido a miserables fracasos! Y en nuestra vida individual…, ¡cuántos descontentos y decepciones! A veces nos encontramos muy por debajo de lo que quisiéramos ser. Deseamos por encima de todo ser y sin embargo muchas veces hemos de resignarnos únicamente a parecer.

Quisiéramos ser buenos y nos encontramos malos; obrar desinteresadamente y pronto descubrimos nuestro grosero interés. Nos pretendemos exentos de celos, de envidia, de rencor y he aquí que nuestros actos desmienten nuestras pretensiones. ¡Cuántas antipatías, movimientos de impaciencia o de humor, gestos de vanidad, incompatibles con el modelo que interiormente nos hacemos del anarquista consciente! Denunciamos la dominación y ciertas circunstancias nos muestran como verdaderos autoritarios; declaramos que el mundo es bastante vasto para que la propaganda en general tenga libre curso, y, no obstante, nos encontramos desconcertados ante cualquiera que obre en diferente sentido que nosotros. Nos afirmamos tolerantes y la menor oposición nos solivianta. ¡Qué de amargas desilusiones!

Pues bien, todo esto es verdad. Hemos edificado en nuestras mentes una maravillosa vivienda, pero el día que quisimos instalarnos en ella se convirtió en un zaquizamí. ¡Y feliz todavía si es habitable! Nuestra capacidad intelectual traspasó los límites de nuestra facultad de realización y esto es todo. El misterio consiste en que nuestras circunstancias atávicas y educacionales, el lado instintivo de nuestra naturaleza, está raramente en equilibrio con el funcionamiento de nuestro cerebro, a quien la reflexión profunda tiende a hacerlo más y más individual e independiente. El ejercicio de la voluntad predispone al acuerdo y es del mayor o menor grado de potencia efectiva de este ejercicio razonado de que depende la directa armonía entre el pensamiento y la acción.

76. EL ESFUERZO PERSEVERANTE

Ciertamente, los que se conforman con lo establecido, los que siguen plácidamente los caminos trillados sin sentir el deseo de la experiencia pueden fácilmente ser consecuentes. Para el anarquista que quiere seguir una ruta independiente la escena cambia. La consecución del equilibrio entre el pensamiento y la acción, el ejercicio de la voluntad para poner a ambos de acuerdo o para indicarles aún más elevados fines, constituye el interés de la vida individual, se hace la vida misma, en la que las inconsecuencias son otros tantos jalones que señalan los tormentos de las experiencias fracasadas, en las que las victorias y las derrotas se mezclan y el entusiasmo y el abatimiento chocan, produciendo poco a poco el valor de una perseverancia incansable, la necesidad de una educación de la voluntad.

No hay nada que pueda descorazonar al anarquista; conoce la violencia del esfuerzo para armonizar la teoría y la práctica y sabe que para realizarlo no debe salirse de sí mismo, puesto que si ha podido concebirlo su entendimiento, lógico es que no esté por encima de su capacidad efectiva. Luego perseverará, ejercerá y educará su voluntad para intentar combatir las taras ancestrales y la influencia del medio, que son las mayores dificultades con que se tropieza en la vida social, para expansionarse individualmente. Gracias a esta energía persistente, aunque no siempre sea coronada por el éxito, se reconocerá la sinceridad del compañerismo, que no puede aceptar la inconsecuencia como un hecho ineludible, pues esto supondría una superchería o una pereza crónica, defectos que son esencialmente antianarquistas.

En conclusión: el anarquista individualista actual no es todavía el ser bueno por excelencia, sano, libre y despreocupado; no está aún dotado de una vida tan intensamente sincera que sepa desenvolverse sin atentar a la originalidad de los demás, pasando por todas las experiencias sin dejarse dominar por ninguna. Pero puede considerárselo como un síntoma característico que une al rebelde inconsciente de los tiempos oscuros con el anarquista futuro. Esta consecuencia debe animarnos y hacernos tolerantes para las contradicciones que saltan a la vista y para aquellas que, aun siendo evidentes, no dejan de ser las más graves acaso. Comprendiendo que, a pesar nuestro, estamos sometidos todavía a la esclavitud de los instintos y de los temores prehistóricos, lo que debemos de hacer es procurar esforzarnos para llegar al mayor dominio sobre nosotros mismos.

77. EL MAL COMPAÑERO

He aquí el punto culminante donde se resumen las inconsecuencias anarquistas y en el cual se cometen grandes injusticias.

Por mi parte, yo simpatizo con el mal camarada, es decir, el reputado así. Hace más de 25 años que milito en diversas ideas y mi experiencia me ha enseñado que generalmente aquel de quien se habla muy mal es muy superior al que se le tributan elogios. Cada vez que me he relacionado en un medio cristiano, socialista, revolucionario o anarquista, con uno de esos seres señalados como abyectos, innobles o tarados, he encontrado en él una individualidad ignorante del arte de adular las manías, los vicios o la mentalidad de su ambiente especial, un refractario a los convencionalismos partidistas, que obra y piensa por su propia cuenta, aun a riesgo de engañarse torpemente, lo que es en todo caso mejor que seguir los pasos de los dispensadores de consejos. En fin, detrás del réprobo siempre he descubierto una originalidad y una inteligencia plausibles. Y es comprensible, puesto que el patentado como buen camarada es casi siempre una nulidad borreguil, siempre flexible a la vida monótona, oscura, inaccidentada, insensible al flujo y reflujo de las experiencias apasionadas, e intelectualmente permanece resignado en la opinión media, tan desprovisto de iniciativas creadoras como de audacias críticas.

La muchedumbre anarquista no simpatiza con el individuo que llega a singularizarse, y en esto se parece a todas las masas. Se insiste mucho sobre la necesidad de crearse una personalidad consciente, a fin de formar un constante fermento de reacción contra la costumbre y el hecho establecidos, pero esta propaganda está más en los labios que en el corazón. Se declama mucho contra las leyes, las mentiras convencionales, los prejuicios sociales y las trabas morales, pero prácticamente no se llega a una posición irreductible de desobediencia. ¡Y desgraciado del que no respeta el dogma y no responde al modelo anarquista! Irremisiblemente será descalificado por los que se creen pontífices para interpretar las ideas.

Barricada durante la guerra civil española

 

CAPÍTULO 16

LA VIDA INTERIOR

 

78. NINGUNA ACTIVIDAD EXTERNA SIN LA VIDA INTERIOR

No porque el anarquista individualista niegue, rechace y combata los dioses y los amos, las autoridades y las dominaciones, ha de creerse que desconoce “la vida interior”. Antes de ser anarquista externo, conviene serlo interiormente. No se repudia la idea de autoridad por capricho o por fantasía, sino porque se comprende que las leyes y los códigos son inútiles y perjudiciales, que sólo son necesarios para los individuos que no viven más que exteriormente. Si el anarquista puede vivir con intensidad es porque su existencia interior es profunda y no encontraría placer en la experiencia, por múltiple y variada que fuese, si no le diese motivos de reflexión.

El anarquista medita y compara, sabe concentrarse en sí mismo y con amplitud de juicio realiza su “revolución individual”. Posee un fondo de conocimientos, una reserva de adquisiciones, que sabe aprovechar como un recurso, cuando carece de otros apoyos, y que acrecienta continuamente, sacando de él nuevos motivos de estudio para profundizar. No se inquieta sólo del cómo y el por qué de las cosas, sino que busca su razón de ser. Sin estas reservas mentales no es posible prescindir de la autoridad, pues cuando uno agota sus propios medios, le es forzoso recurrir a los ajenos.

79. MANIFESTACIONES DE LA VIDA INTERIOR

El anarquista es sencillo y, aunque original, no desea atraerse las miradas del vulgo. Si su vivienda es confortable, según lo que le hayan permitido las… circunstancias pecuniarias, no es en modo alguno lujosa o abarrotada de objetos inútiles al desarrollo individual. Sus necesidades son normales, ni restringidas ni superfluas, y si cierta experiencia de su vida lo conduce a dejar inevitablemente su norma, pronto vuelve a ésta, una vez realizada aquélla.

De esta simplicidad natural, sin austeridad ni dureza, que es producto de la franqueza y no de la vanidad, no debe inferirse que el anarquista sea insensible a la belleza. Nadie mejor que él sabe apreciar lo vigorosamente hermoso, en arte, en literatura, en ciencia, en ética. Belleza de la Natura, de las formas corporales, del razonamiento, del placer de los sentidos, de la voluptuosidad sana, todo esto el anarquista lo aprecia, lo siente, pero sin dejarse guiar por el gusto general, o por las concepciones de un cenáculo particular cualquiera. Todo producto de una investigación sincera, toda obra que refleje un temperamento personal o testimonie un esfuerzo energético, toda labor y toda manifestación que haga vibrar las fibras íntimas de su ser, lo atrae, despierta su atención y lo hace meditar. Lo aparente, lo

falso, lo ficticio, lo débil y mezquino, lo pretencioso le hace daño, lo exacerba, lo repudia, en fin. Sabe además muy bien que en el dominio de la estética, la apreciación es individual y que belleza y fealdad son términos relativos de apreciación.

Hombres o mujeres realmente anarquistas no pueden aparentar ascetismo. Sería una farsa negar y combatir la dominación y someterse a la vez al yugo de la austeridad, querer la libertad y erizar de obstáculos su camino.

Vivir sin renunciar a los goces intelectuales, sensuales y afectivos, desarrollando la facultad de apreciarlos sin dejarse dominar por ellos, antes al contrario juzgándolos útiles o nocivos según el equilibrio fisiopsicológico que produzcan. Seguir decididamente la ruta, recogiendo las flores perfumadas, dejando las plantas venenosas y aspirando los efluvios más puros, persiguiendo siempre lo nuevo, lo original, sin fatigarse nunca, he aquí el goce anarquista, la aspiración suprema de todo el que se siente serlo sinceramente.

80. CRITERIO DE LA “DISMINUCIÓN INTERIOR”

El anarquista conoce la vida del sentimiento, las afecciones íntimas, prolongadas, las ternuras profundas, las amistades firmes que resisten los golpes de la adversidad o las alegrías del éxito. Cuanto más profunda es su existencia, más radiante se muestra, adquiriendo más valor, más vigor, más delicadeza. Ante todo, el anarquista individualista procurará no disminuirse interiormente, no desprestigiar su integridad de pensamiento, su potencia de análisis y de deducción, su voluntad de reflexión y comparación. Toda tendencia directa o indirecta a rebajarse individualmente supone una prueba de pérdida de equilibrio, de indignidad de la vida libre.

El anarquista rechaza el concepto burgués del bien y del mal; vive y acciona en un plano más elevado y completamente distinto; todos los actos que le facilitan una vida más intensa y normal, un desarrollo más amplio y un mayor saber le son lícitos. Por el contrario, le será malsano todo lo que en cualquier grado atente a su valor intelectual o a su vida interior. Éste es su único criterio.

Los espíritus cerrados, inclinados a los juicios resueltos, o todavía esclavos de los prejuicios, no admiten que, fuera de lo que ellos llaman la “moral”, al estilo burgués, pueda existir vida interior. Sin preocuparse de estas despreciables opiniones, se puede afirmar que la vida ordinaria, corriente, no es susceptible en modo alguno de desarrollar la intensidad de la personalidad consciente o esclarecida. En efecto, ¿qué vida interior pueden tener los que incesantemente se preguntan si todos sus actos o sus gestos están de acuerdo con el código de la moral que les transmitieron sus abuelos?

Cuanto más pronunciada es la reacción contra el medio ambiente, más pujante es la personalidad psicológica.

81. LA RENDICIÓN DE CUENTAS

Siendo el anarquista un negador de autoridad, en el sentido más absoluto, se comprende fácilmente que sólo su causa le interesa, o sea la causa de la libertad, que la reclama y la exige en el mayor grado posible moral, intelectual y económicamente. Ni su producción ni su amoralidad pueden caber en la marmita comunista. Y por eso es absurdo que algunos pretendidos camaradas quieran pedir cuentas a los anarquistas individualistas. El que únicamente se hace responsable, en relación con su concepto individual de la vida o por su propio carácter, y no obra más que de acuerdo consigo mismo, no necesita hacer examen de conciencia ante el juicio ajeno.

Se puede juzgar a un sindicalista, a un revolucionario, a un comunista, a cualquiera que trabaje por cuenta de otro, que se conforme a un ideal colectivo, a una regla de conducta en mayoría o en vista de una sociedad futura, pero de ningún modo al que funda su vida, no en una vanidad desmedida, en un orgullo insensato o en una superhombría exaltada, sino en el mayor y más profundo conocimiento de su propio yo.

82. LA EVOLUCIÓN DE LAS OPINIONES

La experiencia personal, un juicio más claro, el conjunto de sus observaciones, puede hacer que el anarquista individualista modifique su opinión sobre un punto de la actividad ácrata. Y si después de comprenderla de otro modo no lo manifestase, sería un motivo de disgusto, de cobardía o de falta de convicción, propia solamente del que se deja dominar por el temor al qué dirán, haciéndose esclavo moralmente.

Se pueden adoptar diversas ideas sobre el ilegalismo, la legalidad, la unidad o la pluralidad amorosa, la libre disposición del producto personal y todos los demás extremos de la teoría anarquista, según las luces adquiridas o desarrolladas, pero no se puede, en buena lógica, sino presentar a la consideración proposiciones sin obligación ni sanción y de ningún modo imposiciones únicas.

Así, pues, lo que interesa no es el cambio más o menos frecuente en ciertos detalles, sino la personalidad en sí que practica, en el mayor grado de vida y actividad, la filosofía anarquista.

83. ABSOLUTO Y RELATIVO

La conquista de lo absoluto es una contradicción de la esencia misma del concepto anarquista; es siempre una coacción, una autoridad abstracta, una entidad metafísica, como Dios o la Ley. La Doctrina no es más que el formulismo en que se encierra lo absoluto. Los tiranos y los jefes de escuelas de todos los tiempos han encontrado en la Doctrina un auxiliar tanto más poderoso cuanto más pretende concretar lo Absoluto, que es irrealizable en sí mismo. No existiendo, pues, lo Absoluto, la Doctrina resulta ser una prisión, donde se pasa la vida ensayando para llegar a una perfección que no puede encontrarse en el orden natural, porque éste está continuamente sometido a la relatividad de lo imprevisto, lo fortuito, lo causal.

Por lo mismo, los cálculos astronómicos más rigurosos varían siempre en los decimales, a causa de una perturbación imposible de prever en el momento en que las operaciones se efectúan. Y así sucede siempre con todas las leyes naturales.

Puede decirse que ni siquiera existe la tendencia a lo absoluto. No hay más que lo relativo en todos los dominios y así se niega el determinismo fatal. Los sucesos se desarrollan en ciertas condiciones dadas del ambiente, del tiempo y del espacio y guardan siempre en todos los cambios una relación directa. El tiempo, el espacio y el infinito no existen con relación a nosotros mismos más que por nuestra sensibilidad o imaginación, y no podemos definirlos concretamente a la completa satisfacción de todos. Son, pues, más que nada, convencionalismos del lenguaje ideológico.

 

 

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