SPINOZA, UN ESPÍRITU LIBRE, por Fernando Savater

“El Gobierno holandés, en vista de los escasos conocimientos de sus estudiantes sobre la historia del país, ha decidido hacer obligatoria una asignatura en la que se estudiarán los cincuenta sucesos y personajes más relevantes en la conformación actual de los Países Bajos, desde el megalítico y los asentamientos romanos hasta el euro. Entre los personajes que habrán de ser estudiados estará, sin duda, Spinoza. Porque sin la revolución intelectual encabezada por Spinoza, y seguida luego por gente casi tan impía como él, no se habría llegado a reconocer derechos como la libertad de enseñanza o la de conciencia, que la Iglesia católica no admitió, por cierto, hasta ya muy avanzado el siglo XX. Este pensador solitario y rebelde, tan minuciosamente odiado, basó su filosofía en la fuerza de la razón, la alegría activa de comprender y la necesaria fraternidad de los humanos. Su Tratado teológico-político sigue pudiendo ser leído actualmente como el mejor bosquejo de lo que ha de significar la tolerancia y la libertad de conciencia en una sociedad democrática… que él adivinó, sin llegar a conocer.”

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“Spinoza y Leibniz son el protagonista y antagonista de este libro que recuerda una revolución intelectual clave: el momento en que hablar de Dios deja de ser monopolio de la Iglesia.”

A comienzos de julio leí en este periódico una noticia que supongo pasaría inadvertida para la mayoría, entre tantas otras. El Gobierno holandés, en vista de los escasos conocimientos de sus estudiantes sobre la historia del país, ha decidido hacer obligatoria una asignatura en la que se estudiarán los cincuenta sucesos y personajes más relevantes en la conformación actual de los Países Bajos, desde el megalítico y los asentamientos romanos hasta el euro. Entre los personajes que habrán de ser estudiados están previsiblemente ErasmoGuillermo de Orange… y Spinoza.

SIN LA REVOLUCIÓN INTELECTUAL INICIADA POR SPINOZA NO SE HABRÍAN LLEGADO A CONOCER DERECHOS COMO LOS DE LIBERTAD DE CONCIENCIA Y DE ENSEÑANZA

Pues bien, las escuelas cristianas ya se han apresurado a indicar que prefieren configurar su propia lista de celebridades, destinada a evitar que la fe aparezca como “fuente de conflictos”. Y por ello proponen suprimir a Spinoza e incluir en cambio el Concilio Vaticano II y la lucha por la libertad de educación (que culmina según ellos en la apertura de centros católicos y protestantes en 1848, los cuales reciben subvenciones estatales desde 1920).

Se trata de un planteamiento revelador precisamente de la ignorancia histórica que se intenta combatir, porque sin la revolución intelectual encabezada por Spinoza y seguida luego por gente casi tan impía como él no se habría llegado a reconocer derechos como la libertad de enseñanza o la de conciencia, que la Iglesia católica no admitió por cierto hasta el mencionado Concilio, ya muy avanzado el siglo XX.

Pero indica también algo más, la pervivencia inaudita del odio teológico contra Spinoza, que le hostigó durante toda su vida, profanó su tumba luego con injurias y sigue pataleando contra él, aquí y allá, desde hace más de tres siglos. Todavía no hace mucho, los enemigos de Ayaan Hirsi Ali que querían desacreditarla por sus críticas al integrismo islámico la presentaban como “una Spinoza contemporánea”. Lo cual pretendía ser un insulto y en realidad constituye un homenaje incluso exagerado a esa mujer valiente.

Además de animadversión, la figura del judío de Ámsterdam -que no nació en España gracias a los desvelos de nuestros inquisidores patrios- sigue despertando también admiración y curiosidad. Sobre él se publican constantemente estudios académicos, biografías -en 2004 apareció la traducción española de la muy completa de Steven Nadler, en Acento Editorial- e incluso relatos novelescos centrados en su vida o hasta en la de sus más atentos lectores (¡cómo no recordar aquí El Spinoza de la calle Market, de Isaac Bashevis Singer!). Ahora nos llega este interesante libro de Matthew Stewart, que ya era conocido entre nosotros por su “historia irreverente de la filosofía” titulada La verdad sobre todo (Taurus). Se trata de un ensayo biográfico, desde luego, pero contado con agilidad y algunas licencias de corte narrativo dignas de agradecer.

Porque el libro de Stewart no sólo tiene a Spinoza como protagonista, sino que le contrapone un antagonista de excepción, su contemporáneo el también gran filósofo Leibniz. Es un enfrentamiento de dos espíritus muy distintos pero a la vez próximos, dos vidas intelectuales paralelas y enfrentadas que ya estudió de una manera similar aunque mucho más académica George Friedman en una obra de 1946. El tema sobre el que convergen y a partir del cual radicalmente se distancian ambos personajes es el más vasto y comprometido que ha producido la imaginación racional humana: Dios. En este momento crucial de la historia, el tema divino deja de ser monopolio de las autoridades eclesiásticas y pasa a ser explicado, defendido o refutado por los pensadores laicos. La ordalía a cielo descubierto se convierte en proceso civil.

SPINOZA, PENSADOR SOLITARIO Y REBELDE, TAN MINUCIOSAMENTE ODIADO, BASÓ SU FILOSOFÍA EN LA FUERZA DE LA RAZÓN, LA ALEGRÍA DE COMPRENDER Y LA NECESARIA FRATERNIDAD DE LOS HUMANOS

El Dios de Spinoza pierde todos los atributos antropomórficos y se convierte en un nombre venerable para el concepto metafísico de la generación y ordenamiento natural de todo lo real; alarmado por las implicaciones sociales de esta divinidad a la que nadie se molestará nunca en rezar, Leibniz justifica a un Dios con inteligencia y voluntad, que crea opcionalmente un mundo de consistencia fundamentalmente espiritual y que -pese a todos sus males- es nada menos que el mejor de todos los posibles. Sobre este optimismo, claro está, lo que mejor recordamos es la ironía injusta pero genial del Candide volteriano. En cualquier caso, es acertado el subtítulo del libro de Stewart: Spinoza, Leibniz y el destino de Dios en el mundo moderno.

Spinoza fue un espíritu radicalmente independiente, rebelde, socialmente marginado aunque secretamente célebre en su tiempo; Leibniz se movió por las cortes de príncipes secundarios, entre halagos y humillaciones, siempre en busca de una sinecura bien remunerada que le permitiera disfrutar tranquilamente en su añorado París. El germano visitó al sefardí y luego renegó mil veces de esa visita que le fascinó: comprendió mejor que nadie la filosofía de su adversario y tramó la suya como un múltiple parapeto contra la amenaza que representaba para el tradicional orden teocrático esa serena demolición de la voluntad divina y la inmortalidad personal humana.

Así, por ejemplo de este torneo dialéctico, según Spinoza el alma no es sino la idea del cuerpo, mientras que Leibniz replica que el cuerpo está compuesto de infinidad de almas indestructibles y predeterminadas. No sé si Matthew Stewart exagera explicando todo el complejo pensamiento de Leibniz como un preservativo antiespinozista, pero ciertamente su hipótesis está bien argumentada y resulta psicológicamente seductora.

Lo indudable es que hoy a Leibniz le leemos los profesionales de la filosofía, por curiosidad estudiosa, pero Spinoza sigue interesando apasionadamente a cualquiera que se preocupe por la condición de la persona en el universo impersonal. Leibnizpertenece sin duda a la historia de las ideas, pero Spinoza forma parte de la historia de la humanidad. Este pensador solitario y rebelde, tan minuciosamente odiado, basó su filosofía en la fuerza de la razón, la alegría activa de comprender y la necesaria fraternidad de los humanos.

STratado teológico-político sigue pudiendo ser leído actualmente como el mejor bosquejo de lo que ha de significar la tolerancia y la libertad de conciencia en una sociedad democrática… que él adivinó, sin llegar a conocer. Mientras nos agobian en España los rebuznos oscurantistas -clericales unos y otros más profanos- contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía, alivia el bochorno regresar a este espíritu libre que tanto tiene aún que decirnos precisamente sobre ese tema.

FERNANDO SAVATER, reseña de EL HEREJE Y EL CORTESANO, de Matthew Stewart. Traducción de Josep Sarret Grau, Biblioteca Buridán Barcelona, 2007. Publicado en El pais.com/Babelia, 22/07/2008.

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