Rabindranaz Tagore y Romain Rolland: El espíritu de Europa

SUMARIO:

[1] En torno a Tagore y Gandhi, por Enrique Medina 

[2] Europa debe de cambiar no solo de sistema sino de espíritu, por Rabindranaz Tagore

[3] Aborrezco el idealismo cobarde, por Romain Rolland

[4] Los combatientes eternos, por Rolland y Tagore

[5] Notas biográficas

 

[1] En torno a Tagore y Gandhi

por Enrique Medina  Florez

Ahora se están cumpliendo los cien primeros años del nacimiento de Tagore (6 de mayo de 1861). Por entonces salía el mundo de la edad de la tracción animal y entraba en la del maquinismo, se oían los primeros voceadores del manifiesto comunista y se consolidaban los imperialismos coloniales. Los continentes formaban una nueva unidad por virtud de la noticia y la comunidad de intereses de clase: entraba el mundo en la era de la unidad cosmopolita. Tagore absorbió ese aire nuevo, lo llevó a su teatro y a su lírica. Sobre la India planeaba el espíritu del resurgimiento nacional en su avatar primario, el religioso. El movimiento “Bramo Samaj” fue vocero de tal inquietud. Dos Tagores: el abuelo y el padre del poeta, dirigieron y militaron en esa vanguardia idealista. Tagore el cantor fue pues un brote nuevo del árbol arcaico del brahamanismo, clase sacerdotal a la que pertenecieron sus antepasados. Mas la cultura inglesa tuvo también sobre él influencia decisiva. Estas, en términos generales, las circunstancias que ambientaron el desarrollo de su mente. J Tagore se nutrió del paisaje bengalí. Calcuta, su ciudad nativa, lo rodea de aquel vaho exuberante, de aquel abigarrado paisaje propio de una urbe donde se mezclan lo arcaico y lo nuevo, razas en eterno ir y retornar; el secular rito ario de los Vedas y el ario impulso que retorna de Europa encarnado en usinas, locomotoras, vistosos desfiles de soldados coloniales de Inglaterra. En la India se ha cerrado el ciclo de las generaciones solares. Tagore cierra e inaugura un nuevo espiral del eterno retorno. Su infancia contemplativa puede absorber el mensaje de la máquina pero aspira también al aura misteriosa de los templos brahamánicos y se llena el oído de la ingenua música de los sufíes, las melopeas de los parsis y la canturiada oración de los derviches. En el corazón de Tagore giran el Oriente y el Occidente, la vieja y la nueva cultura, en torno al eje único de lo humano. El descubre su parentesco con todo lo existente, intuye sus vínculos irrevocables con la especie pero sin renegar de su país. “Se equivocan, dice uno de sus críticos, quienes quisieran ver en Tagore un internacionalista antipatriótico. Amaba a la India profundamente, pero su amor no suponía odio anticristiano a los demás pueblos de la tierra”. De esa fusión intima de culturas, de la superación de esa antítesis de época y tradiciones brotó la maravillosa síntesis espiritual del último profeta bengalí. El expresó este hecho con bellas palabras: 

“Occidente es necesario a Oriente. Nos complementamos por nuestros diferentes aspectos de verdad. Aunque el espíritu de occidente se haya abatido sobre nuestros campos como una tempestad, siembra en muchos sitios granos vivientes que son inmortales. Y cuando en la India seamos capaces de asimilar en nuestra vida lo que es permanente en la civilización occidental, estaremos en estado de producir la reconciliación de los grandes mundos”.
 
En el año de 1867, seis después del de Tagore, nace frente al mar de Omán, al otro extremo de la India. el niño que después llevaría el nombre ele Mahatma Gandhi, quien pudo ser árbitro de la paz y la guerra del hambre y de la abundancia. Tagore y Gandhi fueron los polos de la misma fuerza que modeló la India moderna, la acción y la pasión de un mismo espíritu. la politica y la poesía de una sola voluntad. Las diferencias tardías que surgieron entre los dos colosos se basaron en puntos de procedimiento, no de finalidad. fueron discrepancias temperamentales, pero no de inteligencia. Gandhi, después de su prueba de fuego en Sur Africa, donde durante los conflictos raciales del siglo pasado demostró su temple de asceta y de héroe, necesitaba dar al pueblo indio la clave de la renuneración. Era necesario romper las coyundas que ataban el Indostán a Inglaterra, coyundas comerciales ante todo. Concibió entonces el Mahatma su política del telar y la cabra “hilad y bebed leche”. Y cuando fue necesario él mismo presidió la ceremonia crematoria de los tejidos ingleses. Hasta tal extremo quiso llevar la norma nacionalista llamada “Swadeshi” concepto que traduce la actitud defensiva del país nativo, rechazo de las manufacturas extranjeras, búsqueda del autoabastecimiento económico. Tagore también sabía que sin romper los nudos mercantiles con lnglaterra no habría independencia espiritual en la India; pero él aconsejaba métodos menos dramáticos y procedimientos más discursivos. Era, en fin. la sensibilidad poética en eterna pugna con la voluntad política. Gandhi y Tagore, a pesar de la discrepancia, se siguieron amando. Quedó una frase del primero en carta al poeta: “Que Tagore trabaje, hile y queme sus ropas extranjeras”. Tagore no quemó sus ropas : privilegio de la poesía fue siempre retar al ascetismo. La poesía no acepta tampoco razones económicas pues si las aceptara se suicidaría en germen ya que poesía es perífrasis, abundancia expresiva, rodeo hermoso. Sin deseo de gastar tiempo en lo superfluo no veríamos nunca la faz de los demás .. Los que lograron verla , fueron sublimes ociosos. Pero Gandhi. por sobre toda consideración estética requería el concurso de todas las voluntades para obligar al inglés a reconocer la inferioridad de Jos fusiles ante las ideas. Entre tanto Tagore con un poema , con un relato, con un breve drama líTico -que en la sustancia la dramática tagoriana es lírica hasta el misticismo multiplicaba el sentir nacional de los indostánicos. Pero el arte solo, sin la voluntad de poder. no crea una situación histórica. El arte puede cargar el cañón pero el fulminante es hecho y detonado por el político. Esa la razón por la cual Gandhi recogió la siembra espiritual de Tagore, se basó en su previa labor. Pero Tagore se refugió en su nido solitario cuando el conflicto ya no requería cantores sino muerte, lucha, prisiones.
 
Ahora bien, si de algo vale la consideración sobre el dúo histórico. Tagore-Gandhi es por la presencia de valores sicológicos complementaríos. En ciertos momentos la historia no equilibra sus fuerzas sobre el fiel individual, el genio solitario, sino sobre el complejo arquitectónico de la multiplicidad que encarna en dos temperamentos complementarios y espiritualmente unánimes. Hay esquinas históricas para el equipo como las hay para el gran egocéntrico. Bolívar y Napoleón brillan a si con su fulgor eléctrico que fulmina en torno todo lo que es mediocre. No resisten la compañía de segundones. La moderna historia de la India nos ofrece el ca so contrario, el de la simbiosis genial que señalamos. Gandhi fue hora tras hora encarnando en creciente la voluntad del pueblo indostánico. Llegó hasta conciliar la vieja pugna entre islámicos e indostánicos. El poder lo obtuvo por el camino de la renunciación. Paradoja ejemplar. Como quería servir a los sufrientes hasta el autoaniquilamiento, los sufrientes lo hicieron su paladín. Sus ayunos tuvieron más efecto que las hambrunas periódicas del Asia. Como demostró capacidad inmensa para la austeridad, los suyos Jo hicieron árbitro del pan y la sal. Cuánto sirviera hoy el ejemplo de Tagore y de Gandhi en Latinoamérica: ¡Un líder que ayune y un poeta que hable de Dios, que hable de Dios y viva sus palabras! Tagore llegó a la gran poesía por el único camino que hay para llegar a ella: el Amor. No el erotismo sonetizante ni el donjuanismo romanzado de nuestros parnasos tropicales. Tagore -detalle significante- hizo con su patrimonio una escuela “Santiniketan” (morada de paz) donde aún van los indostánicos en busca de las lecciones del silencio, la canción de la naturaleza y la tolerancia religiosa. El gran ideal de Tagore fue abolir las castas de su país. El Premio Nobel de Literatura 1913 que le fue otorgado fue invertido totalmente en esa fundación que luchaba contra las castas y los separatismos. Sobre los dos reconstructores de la India ya brilla la inmortalidad. 

 

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[2]EUROPA DEBE CAMBIAR NO SÓLO DE SISTEMA, SINO SOBRE TODO DE ESPÍRITU

Por Rabindranaz Tagore

 

 

“El parasitismo, se base sobre la fuerza o sobre la debilidad, engendra el envilecimiento. Nosotros que, con nuestro ciego orgullo de casta, hemos privado al hombre de los derechos y del respeto que le son debidos, sufrimos ahora el castigo, y en vez de una viva corriente espiritual a través de nuestra sociedad, no hemos conservado más que el árido lecho de arena de costumbres superadas. Y parece que se acerca el tiempo en que el alma de la civilización europea también quedará seca por ese afán del beneficio que aumenta sin cesar en sus comerciantes y sus políticos…, a menos que Europa tenga la sabiduría y la fuerza de cambiar no sólo de sistema, sino sobre todo de espíritu. Nuestros espíritus están desunidos, nuestros pensamientos dispersos. Los compatriotas que pueden hablar no se ocupan más que de una política de mendicidad y de periodismo mezquino. La estrechez de sus perspectivas tiende a minimizar la mayor parte de nuestros esfuerzos y a ocuparse de nuestros objetivos demasiado inmediatos.”

 

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Querido Romain Rolland:

Esperaba poder volver a Europa y encontrarle, pero la atmósfera es turbulenta, y toda clase de sufrimientos se han acumulado sobre nuestro país, por lo que me es difícil abandonarlo justamente ahora.

EL PARASITISMO, SE BASE SOBRE LA FUERZA O SOBRE LA DEBILIDAD, ENGENDRA EL ENVILECIMIENTO

Me aflige pensar que es difícil encontrar, un lugar del vasto continente asiático donde los hombres hayan llegado a experimentar una verdadera amistad por Europa. El gran acontecimiento que fue el encuentro de Oriente y Occidente ha sido viciado por el desprecio del uno y, en respuesta, el odio del otro.

La razón es que fue un sentimiento de lucro lo que atrajo a los europeos hacia Asia, ya que se mantienen aquí por la amenaza de la coacción física. Esto impide que las relaciones entre nosotros lleguen a ser verdaderamente humanas convirtiéndolas en degradantes para unos y otros.

El parasitismo, se base sobre la fuerza o sobre la debilidad, engendra el envilecimiento. Nosotros que, con nuestro ciego orgullo de casta, hemos privado al hombre de los derechos y del respeto que le son debidos, sufrimos ahora el castigo, y en vez de una viva corriente espiritual a través de nuestra sociedad, no hemos conservado más que el árido lecho de arena de costumbres superadas.

Y parece que se acerca el tiempo en que el alma de la civilización europea también quedará seca por ese afán del beneficio que aumenta sin cesar en sus comerciantes y sus políticos…, a menos que Europa tenga la sabiduría y la fuerza de cambiar no sólo de sistema, sino sobre todo de espíritu.

LOS COMPATRIOTAS QUE PUEDEN HABLAR NO SE OCUPAN MÁS QUE DE UNA POLÍTICA DE MENDICIDAD Y DE PERIODISMO MEZQUINO

Su proyecto de una revista de Asia y Europa, en la cual escritores de Oriente y Occidente podrían intercambiar sus tesoros de pensamiento, de arte, de ciencia y de fe, me seduce mucho. Estoy seguro de que despertará el interés de los espíritus cultivados de nuestra parte del mundo.

A ese respecto, debe usted saber que en el Asia actual las cosas del espíritu y todos los medios de expresión están desorganizados. Nuestros espíritus están desunidos, nuestros pensamientos dispersos. Los compatriotas que pueden hablar no se ocupan más que de una política de mendicidad y de periodismo mezquino.

La gran pobreza que dificulta nuestra existencia y la estrechez de sus perspectivas tiende a minimizar la mayor parte de nuestros esfuerzos y a ocuparse de nuestros objetivos demasiado inmediatos. Tenemos una gran necesidad de una llamada exterior que nos haga tomar conciencia de nuestra misión.

Hasta ahora la altanera Europa no ha buscado más que nuestros homenajes y no ha obtenido de los hombres más que lo más insignificante y lo peor. Pero si vuestra revista viene de Europa para apelar a nuestros mejores pensamientos, podemos espera que encuentre buena acogida.

Vuestro, Rabindranaz Tagore.

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RABINDRANAZ TAGORE,  Carta a Romain Rolland. Bengala, India, 14 de octubre de 1919. Correspondencia entre dos guerras, Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1984. Traducción de Joaquín Bochaca. Filosofía Digital, 2008

 

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Rolland y Tagore 

 

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[3]ABORREZCO EL IDEALISMO COBARDE

Por Romain Rolland

 

“Nunca diremos que es por ser un hombre harto grande por lo que el mundo no le basta. La inquietud de espíritu no es signo de grandeza. Toda falta de armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en grandes hombres, no es producto de su grandeza, es producto de su debilidad. ¿Por qué intentar esconderla? ¿Es el más débil menos digno de amor? Lo es más, porque más lo necesita. No seré quien levante estatuas a héroes inaccesibles. Aborrezco el idealismo cobarde que aparta los ojos de las miradas de la vida y las flaquezas del espíritu. Hay que decírselo a un pueblo harto sensible a las engañosas ilusiones de las palabras sonoras. En el mundo hay sólo un heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo.”

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Hay en el Museo Nazionale de Florencia, una estatua en mármol a la que Miguel Ángel llamaba el Vencedor. Es un muchacho desnudo, de hermoso cuerpo, con la frente casi cubierta por el cabello rizado. De pie, erguido, aprieta la rodilla sobre la espalda de un prisionero barbudo que cede encorvado y avanza la cabeza como un buey. Pero el vencedor no le  mira. Al ir a asestarle el golpe se detiene, aparta su boca triste y sus ojos indecisos. Su brazo se repliega hacia atrás; no quiere ya la victoria; le repugna. Ha vencido. Ha sido vencido.

Esa imagen de la Duda heroica, esa Victoria con las alas rotas, la única de todas las obras de Miguel Ángel que duró hasta su muerte en su taller de Florencia y con la cual Daniel de Volterra, confidente de sus pensamientos, quería adornar su catafalco, es Miguel Ángel mismo, y el símbolo de su vida entera.

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El sufrimiento es infinito, toma todas las formas. Ya nace de la ciega tiranía de las cosas: miseria, enfermedades, injusticias de la suerte, maldades de los hombres. Ya tiene su surtidor en el ser mismo. No es menos lamentable entonces, ni menos fatal; porque nadie ha elegido su ser; nadie ha pedido vivir ni ser lo que es.

Miguel Ángel padeció este último sufrimiento. Le fue dada la fuerza, tuvo la rara dicha de estar hecho para luchar y vencer; y venció. ¿Y qué? No le interesaba la victoria. No era eso lo que necesitaba. ¡Tragedia de Hamlet! ¡Dolorosa contradicción entre un genio heroico y una heroica voluntad, entre unas pasiones imperiosas y una voluntad sin fuerza de querer!

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¡No se espere de nosotros que, tras tantos, veamos en esto una grandeza  más! Nunca diremos que es por ser un hombre harto grande por lo que el mundo no le basta. La inquietud de espíritu no es signo de grandeza. Toda falta de armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en grandes hombres, no es producto de su grandeza, es producto de su debilidad. ¿Por qué intentar esconderla? ¿Es el más débil menos digno de amor? Lo es más, porque más lo necesita. No seré quien levante estatuas a héroes inaccesibles.

Aborrezco el idealismo cobarde que aparta los ojos de las miradas de la vida y las flaquezas del espíritu. Hay que decírselo a un pueblo harto sensible a las engañosas ilusiones de las palabras sonoras. En el mundo hay sólo un heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo.

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Lo trágico del destino que aquí presento es que ofrece la imagen de un sufrimiento innato, que surge del fondo del mismo ser, que le roe sin tregua y que no ha de abandonarle hasta haberle destruido.

Sin embargo, si ese dolor dejara de existir, el mundo sería más pobre. ¡En esta época de cobardes que tiemblan ante el dolor y reivindican con estrépito su derecho a la felicidad propia, que a menudo no es sino la desgracia ajena, osemos mirar el dolor cara a cara y a vencerlo! ¡Alabada sea la alegría; alabado sea el dolor! Una y otro forjan el mundo y llenan las grandes almas. Son la fuerza, son la vida, son Dios. Quien no ama a entrambos no ama a ninguno de los dos. Y quien los ha gustado sabe el precio de la vida y la dulcedumbre de abandonarla.

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Al término de esta trágica historia [la de Miguel Ángel], me siento atormentado por un escrúpulo. Me pregunto si habiendo querido dar a los que sufren, compañeros de dolor que los sostengan, no habré hecho sino añadir el dolor de éstos al dolor de aquéllos. ¿Hubiese entonces debido, como tantos otros, no mostrar de los héroes más que el heroísmo y correr un velo sobre el abismo de tristeza que en ellos hubo?

¡Pero, no!, ¡la verdad! No he prometido yo a mis amigos la dicha a precio de mentira, la dicha como sea, a toda costa. Les he prometido la verdad, aun a costa de la dicha; la verdad viril, que esculpe almas eternas. Duro es su aliento, pero límpido. Bañemos en él nuestros anémicos corazones.

Las almas grandes son como altas cimas. El viento las bate, las nubes las envuelven; pero en ellas se respira mejor y más fuerte. El aire tiene en la altura una pureza que lava el corazón de sus mancillas; y cuando la bruma se disipa se domina el género humano.

Así fue aquella montaña colosal que se alzaba sobre la Italia del Renacimiento y de la que vemos a lo lejos perderse en el cielo el atormentado perfil.

No pretendo que el común de los hombres puedan vivir en tales cumbres. Pero que suban a ellas en peregrinación cada año una vez. Allí renovarán el aliento de sus pulmones y la sangre de sus venas. Allí, en lo alto, se encontrarán más cerca del Eterno. Luego descenderán a la planicie de la vida con el corazón templado para el cotidiano combate.

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ROMAIN ROLLANDMiguel Ángel. Orbis, 1983. Traducción cedida por Aguilar S. A. Ediciones. Filosofía Digital, 2007.

 

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[4] LOS COMBATIENTES ETERNOS

Por Rolland y Tagore

 

“Es el aislamiento moral, constante e invisible fardo para el espíritu, lo que más me oprime. Me gustaría que fuera posible unir mis manos a las de Mahatma Gandhi y abandonarme así a la corriente de aprobación popular. Pero no puedo ocultarme a mí mismo por más tiempo que nuestro concepto y nuestra búsqueda de la Verdad se oponen totalmente. En la actualidad, no estar de acuerdo con el Mahatma Gandhi y encontrar, no obstante, algún apoyo en la India, es imposible. Este es, sin duda, el destino de los que hablan al universo, de los que no se encierran en los límites estrechos de la pequeña patria. Se es demasiado grande para esto. Su simple presencia molesta a los habitantes del cercado. Nosotros, los hombres que estamos “por encima de los combates”, somos los  mayores combatientes, los combatientes eternos. Nuestra batalla ignora el compromiso, la tregua o el tratado. No tiene otra victoria, ni otra paz a esperar, que la victoria y la paz interiores. Nuestro universo está en nosotros. Somos nosotros mismos quienes debemos descubrir las leyes de la divina Armonía.”

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Muy querido amigo:

Hace dos semanas recibí una carta de mi amigo Kalidas Nag, informándome de vuestro encuentro; su carta ha seguido a la de él y me ha causado gran placer. He hablado a menudo de usted a mis amigos, esperando que pudiera venir a ayudarnos en la tarea que acabamos de iniciar.

Lo que me hiere profundamente es que ese movimiento no ha conseguido inspirarse en una amplia visión de humanidad, sino que, al contrario, ha tratado deliberadamente de eclipsar esta visión en el espíritu de sus adversarios, con objeto de incitar la ardiente conciencia de la individualidad nacional.

Nuestro país, como usted sabe, ha sido teatro de una gran sublevación política. Esto, sin ninguna duda, ha despertado los espíritus, pero ha llevado al pueblo a un callejón sin salida; insistiendo sin cesar en los males que nos han sido causados y despreciando las culturas extranjeras, las aspiraciones del pueblo se han mezclado con malas pasiones.

Lo que me hiere profundamente es que ese movimiento no ha conseguido inspirarse en una amplia visión de humanidad, sino que, al contrario, ha tratado deliberadamente de eclipsar esta visión en el espíritu de sus adversarios, con objeto de incitar la ardiente conciencia de la individualidad nacional.

A mi regreso a la India, he comprendido la extrema soledad de mi posición, y he experimentado el deseo de cooperar con hombres como usted, por quienes experimento una especie de parentesco espiritual. Esperaré el momento en que usted tenga la posibilidad de venir aquí y le ruego que no piense que la diferencia de lenguas puede ser un obstáculo insuperable para la comunión de nuestros corazones. […]

Su devoto amigo, R. T. [Carta a Romain Rolland. Santiniketan, 30 de mayo de 1922]

ESTAMOS AISLADOS EN NUESTRO PROPIO PAÍS, PERO LLEVAMOS EN NOSOTROS MISMOS A NUESTRO DIOS Y NUESTRA LIBRE CREACIÓN 

Querido amigo:

Acabo de terminar un ensayo bastante largo sobre el Mahatma Gandhi, según los volúmenes de los artículos de Young India. Los haré publicar en la revista “Europa”, así como en varias otras revistas, alemanas y rusas. Sin compartir todas las ideas de Gandhi, que me parecen un tanto demasiado medievales (sobre todo, las de sus discípulos, como el profesor Kalelkar, cuyo “Evangelio de Swadeshdi” quisiera encerrar a la India dentro de las murallas de un claustro) he llegado a concebir, hacia la misma persona de Gandhi, por su gran corazón hirviendo de amor, un amor y una veneración infinitas.

En un capítulo de mi ensayo, me he permitido recordar, según los admirables artículos publicados por usted, la posición que usted adoptó ante Gandhi, y el noble debate de ideas que se cruzó entre ustedes. Los más altos ideales humanos concurren; diríase que se trata de la controversia entre un san Pablo y un Platón. Pero, al transportarse a la India, esos horizontes se han ampliado. Recubren toda la tierra y la humanidad entera toma parte en esta augusta “Disputa” (en el sentido sereno que a esta palabra da el fresco célebre de Rafael en los Stanze del Vaticano). En mi conclusión os muestro unidos en el sentimiento de la Belleza (e incluso de la necesidad fecunda), del sacrificio de sí mismo por el amor.

Espero le será agradable saber que su pensamiento es el que siento más próximo al mío, actualmente, en el mundo, y que el Alma de la India, tal como se expresa a través de su luminoso espíritu y del ardiente corazón de Gandhi, es, para mí, una patria más vasta, cuyos miembros se desligan de las cuerdas que les han inmovilizado, de la fanática Europa.

Pero me consta que usted también, en la India, se encuentra bastante aislado. (Y hasta tengo la impresión de que Gandhi, incluso, ha experimentado un consuelo cuando lo han encarcelado). Llevamos en nosotros mismos a nuestro Dios y su libre creación.

Mi hermana os manda sus recuerdos, y yo os ruego creáis en mi devoto afecto. R.R. [Carta a Rabindranaz Tagore. Villeneuve (Vaud), Villa Olga. Viernes, 2 de marzo de 1923]

ME GUSTARÍA UNIR MIS MANOS A LAS DE GANDHI, PERO NUESTRO CONCEPTO Y NUESTRA BÚSQUEDA DE LA VERDAD SE OPONEN TOTALMENTE 

Mi muy querido amigo:

Estoy seguro de que nos volveremos a ver y que ese encuentro no será fútil. A principios de este otoño, cuando estaba a punto de salir de la India, sólo me quedaba un pequeño margen de tiempo para renovar mi conocimiento de Europa. Por otra parte, el próximo verano dispondré fácilmente de seis meses para, todo a la vez, rehacer mi salud y reunirme con mis amigos. Personalmente, no creo que mi médico, demasiado circunspecto, sea capaz de retenerme. No se da cuenta en absoluto de la tensión de espíritu que me impone la estancia en la India.

Es el aislamiento moral, constante e invisible fardo para el espíritu, lo que más me oprime. Me gustaría que fuera posible unir mis manos a las de Mahatma Gandhi y abandonarme así a la corriente de aprobación popular. Pero no puedo ocultarme a mí mismo por más tiempo que nuestro concepto y nuestra búsqueda de la Verdad se oponen totalmente.

En la actualidad, no estar de acuerdo con el Mahatma Gandhi y encontrar, no obstante, algún apoyo en la India, es imposible, y ése es el motivo por el cual espero esa evasión, en marzo próximo, con un vivo e impaciente deseo. Sé que tengo en Europa amigos que me son realmente adictos, y cuya simpatía será un verdadero consuelo para mi estado de cansancio actual.

Afectuosamente, siempre vuestro. R.T. [Carta a Romain Rolland. Calcuta, 23 de septiembre de 1925]

LA SOLEDAD MORAL ES EL DESTINO DE LOS QUE HABLAN AL UNIVERSO, PERO NUESTRA BATALLA IGNORA EL COMPROMISO, LA TREGUA O EL TRATADO

Querido amigo:

Pienso a menudo en usted. La alta melancolía de la última carta que me ha escrito me ha afectado profundamente. Mi espíritu atraviesa los mares y me veo en la habitación donde el fiel Nag escucha piadosamente su meditación. Estoy sentado en un rincón, no lejos de usted, y yo también escucho.

¡Qué contraste entre la inmensa sociedad humana que se ha formado en el mundo, alrededor de su nombre, entre las resonancias que hace vibrar a miles de corazones de todos los países… y la soledad moral que le envuelve en su propio país!

Este es, sin duda, el destino de los que hablan al universo, de los que no se encierran en los límites estrechos de la pequeña patria. Se es demasiado grande para esto. Su simple presencia molesta a los habitantes del cercado. ¡Quién podría saberlo mejor que yo, viejo francés, tenido en mi país por extranjero! Mi pequeña provincia nivernesa vivirá en el futuro, en mis Colas Breugnon. Y ni siquiera lo ha leído. Por haber defendido, durante la guerra, el alma más elevada de Francia, su genio de Humanidad, Francia reniega de mí; el Teatro Francés acaba de declarar que no representará jamás una obra del hombre que había escrito Au dessus de la Melée… Es la ley irónica y trágica: quien quiere salvar a su pueblo es un “Enemigo del pueblo”, como muestra el bello drama de Ibsen.

Pienso que nosotros, los hombres que estamos “por encima de los combates”, somos los  mayores combatientes, los combatientes eternos. Nuestra batalla ignora el compromiso, la tregua o el tratado. No tiene otra victoria, ni otra paz a esperar, que la victoria y la paz interiores. Pero ésas, debemos conquistarlas y defenderlas contra todos los golpes de la Suerte. Nuestro universo está en nosotros. Somos nosotros mismos quienes debemos descubrir las leyes de la divina Armonía.

Hace tiempo que usted posee ya ese dominio. Y es el secreto de su poder sobre nuestros corazones, cuando oímos sonar bajo sus dedos esa “música de las esferas”. La escucho, con Nag, que canta en su habitación. […]

Espero que el año que va a empezar no transcurrirá sin que nos veamos, y le ruego que vea en mí, de todo corazón, al amigo que le admira y le quiere, R. R. [Carta a Rabindranaz Tagore. Villeneuve, 22 de diciembre de 1925]

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ROMAIN ROLLAND Y RABINDRANAZ TAGORECorrespondencia entre dos guerras, Ediciones de Nuevo Arte Thor, 1984. Traducción de Joaquín Bochaca. [FD, 21/03/2008]

 

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[5] NOTAS BIOGRÁFICAS

Tagore frente a Gandhi. Tagore respetaba enormemente a Gandhi y le dedicó el apodo mahatma alma grande en sánscrito– tan afortunado que hoy en día pocos saben que su nombre real era Mohandas. Gandhi, más joven, le correspondía y le llamaba gurudev. Eso sí, los dos indios más eminentes hablaban entre ellos en inglés. Aunque a veces se presenta a Gandhi como el auténtico indio en oposición a un Tagore siempre dispuesto al compromiso con los británicos y admirador de la civilización occidental, se trata de una simplificación. Ni Gandhi era tan indígena –a diferencia de Tagore tenía apenas un barniz de cultura clásica india y sus ideas, más que del Baghavad Gita, que leyó en inglés, procedían del Evangelio, de Tolstoi o de Thoreau– ni Tagore tan poco hindú. Tagore, bramán y aristocrático, a diferencia de Gandhi, sabía sánscrito –su padre era un erudito en dicha lengua sagrada y en persa. Tagore, tan espiritual como racionalista, era un reformador que condenaba el populismo de Gandhi y sus componendas con la superstición y los prejuicios. Le horrorizaba que Gandhi dijera que una hambruna era un castigo divino. El bengalí era un príncipe que vivía de abstracciones, mientras que el guyarati era un político movilizador demasas, en las antípodas pero contemporáneo de Goebbels o Trotski. 
 
JORDI JOAN BAÑOS
 
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Romain Rolland (Clamecy, Nièvre, 29 de enero de 1866 – Vézelay, 30 de diciembre de 1944) fue un escritor francés. Su primer libro fue publicado en 1902, cuando tenía 36 años. Trece años más tarde, ganó el Premio Nobel de Literatura de 1915 «como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos».

Su existencia estuvo marcada por la pasión por la música y el heroísmo, y durante toda su vida buscó medios de comunión entre los hombres. Su imperiosa necesidad de justicia le llevó a buscar la paz más allá de la contienda durante y después de la Primera Guerra Mundial. Fue un gran admirador de León Tolstói, gran figura de la no violencia, de los filósofos de la India (Conversaciones con Rabindranath Tagore, y Mohandas Gandhi), de las enseñanzas de Ramakrishna y Vivekananda; quedó fascinado por Bahá’u’lláh (a quien hace referencia en Clerambault, novela en la que expone sus ideas sobre la guerra) y posteriormente por el nuevo mundo que la Unión Soviética preconizaba en sus comienzos. Pero en ninguna parte, sino en la escritura de sus obras, supo encontrar paz. Romain Rolland recibió el fuerte influjo de la filosofía hinduista del Vedānta (véase bibliografía), tema al que dedicó varios libros.

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Rabindranath Tagore, en idioma bengalí, রবীন্দ্রনাথ ঠাকুর, (Calcuta, 7 de mayo de 1861 – ibíd., 7 de agosto de 1941) fue un poeta bengalí, poeta filósofo del movimiento Brahmo Samaj (posteriormente convertido al hinduismo), artista, dramaturgo, músico, novelista y autor de canciones que fue premiado con el Premio Nobel de Literatura en 1913, convirtiéndose así en el primer laureado no europeo en obtener este reconocimiento.

Tagore revolucionó la literatura bengalí con obras tales como El hogar y el mundo y Gitanjali. Extendió el amplio arte bengalí con multitud de poemas, historias cortas, cartas, ensayos y pinturas. Fue también un sabio y reformador cultural que modernizó el arte bengalí desafiando las severas críticas que hasta entonces lo vinculaban a unas formas clasicistas. Dos de sus canciones son ahora los himnos nacionales de Bangladés e India: el Amar Shonar Bangla y el Jana-Gana-Mana. El de la India ha sido armonizado por el maestro Francisco Casanovas.

Tagore, quien desde muy pronto estuvo en contacto con la sociedad y la cultura europeas, «se convirtió a todos los efectos en uno de los observadores más lúcidos y en uno de los críticos más severos de la europeización de la India».

 

 

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