El anarquismo individualista (parte VII)

Indice

 

 

 

El anarquismo individualista (parte VII)

 

 

CAPÍTULO 13

DE LA VIDA COMO EXPERIENCIA

 

67. DIFERENTES CONCEPTOS DE LA VIDA

Se puede considerar la vida como una función fastidiosa, que es preciso realizar con la voluntad de terminarla lo más pronto posible, como una escala honorífica, un pretexto de gloria cualquiera o también como una carrera para llegar a una situación liberal, comercial, industrial, política o administrativa. Cada uno tiene reservado su papel en el gran escenario social. Hay ambiciosos que desean brillar y dominar y otros más modestos que sólo aspiran a ser honrados y laboriosos, comenzando dócilmente el aprendizaje o los estudios preparatorios de su ulterior profesión, pasando más tarde por el cuartel como buenos soldados, por la dependencia productiva o parásita como fieles y buenos trabajadores, por el matrimonio legal y lo más ventajoso posible como esposos-modelo y excelentes padres de familia. Para estos mediocres o insignificantes, el placer mayor consiste en pasar sus días festivos en excursión campestre y familiar y así esperan el fin de sus días monótonos, sin hacer mal ni bien alguno.

Una concepción anarquista individualista consiste en considerar la vida como una serie de experiencias variables, siempre en provecho propio. Es, por tanto la vida, un campo de estudios y una lección de cosas. No se puede tener conciencia de la vida en general, sin haber antes adquirido un conocimiento de sí mismo, o de las condiciones que pueden aquilatarla. La intensidad de apreciación estriba, pues, en la capacidad individual para gozarla equilibradamente, sin temor alguno de las consecuencias, que no pueden ser peligrosas cuando proceden de satisfacciones o placeres normales.

El anarquista será siempre dueño de sí mismo; abandonando enseguida las experiencias que le sean desagradables y persiguiendo, en cambio, las que le parezcan más dignas de tenacidad y perseverancia en relación con la satisfacción que le proporcionen. Sabe que no siempre le espera el éxito y aunque se hayan defraudado una vez sus deseos bajo el influjo de ciertas circunstancias, no por eso desistirá de renovar la experiencia en condiciones modificadas o nuevas.

 

68. CONDICIONES, FASES, VALOR DE LA EXPERIENCIA

La experiencia es puramente individual, no se impone, y sus resultados difieren según el carácter del que la intenta. El individualista no la aceptará en colectividad, sino provisionalmente y porque así pueda obtener ciertas ventajas intelectuales, afectivas, sensuales o económicas. Pero no por eso se separará de la asociación, por capricho o por la más pequeña dificultad que pueda presentarse.

El placer, el interés de la experiencia, consiste esencialmente en las peripecias ocurridas para lograrla.

El abrigo al borde del camino, la cabaña en el bosque, la casita que domina la colina, son los resultados del esfuerzo, simbolizan el descanso, el término de la lección aprendida. Todo ideal conseguido, todo propósito llevado al fin, amenaza fosilizarse y precisamente el desarrollo individual, el ejercicio de las iniciativas, la valoración de las energías, la eficacia de las reacciones, reclaman que las experiencias se modifiquen, se renueven, se contradigan a veces, resultando también que algunas contienen ya el germen de otras ulteriores.

Vive bien todo el que haya acumulado un tesoro de experiencias diversas, cuya propiedad es verdaderamente personal e inviolable y sirve para aprender a conocer el corazón humano y el fondo de todas las acciones, a la par que destruye el velo de Isis y aclara los misterios de la vida. Ampliando sus conocimientos, el anarquista se hace bueno, en el sentido más esclarecido, o sea en el de considerar a cada uno según la inteligencia que posea para concebir e interpretar la vida.

Cuanto más extensa es la experiencia colectiva, menor es el juicio personal. Por eso el anarquista-individualista busca el mayor número de experiencias propias, para elevar la importancia de su razonamiento, extender la irradiación de su sensibilidad y desembarazarse de los conceptos mezquinos tan comunes en los seres cuya vida es muy limitada o poco accidentada.

El que ha vivido bien, que ha desarrollado el máximo de sus capacidades de percepción o de iniciativa, que ha conocido las mayores emociones sensitivas, de acuerdo con su fuerza de resistencia o energía de apreciación, muere bien igualmente. Su agonía ignora los remordimientos y las lamentaciones. No necesita auxilios espirituales y deja la existencia tranquilamente, dichoso de pensar que por su ejemplo o su propaganda ha podido contribuir a que otros continúen el camino fecundo de las infinitas experiencias.

La vida como experiencia se realiza constantemente fuera de la ley, de la moral y de las costumbres, convenciones todas calculadas para asegurar la paz interior en la estúpida indiferencia a los que nada arriesgan por miedo o por interés.

La vida amplia, sin restricciones ni prejuicios voluntarios, lacera los reglamentos, pisotea los convencionalismos, desciende de la torre de marfil, abandona el hecho adquirido y sale de la cosa juzgada para lanzarse a la ventura y vagabundear en el campo abierto de lo Imprevisto.

La experiencia proseguida de tal modo es el espanto de la moral corriente, el terror de todas las respetuosidades, ante la idea de ser soliviantadas en sus torpes costumbres.

La vida experimental no se inquieta por la derrota ni por la victoria. Triunfos, contrariedades, obstáculos, caídas, todo le sirve de lección. Únicamente la emociona el sentimiento de que los esfuerzos realizados puedan ser inútiles o sin provecho.

En consecuencia, los verdaderos educadores son los que enseñan a mirar la vida de frente, con su incalculable riqueza de situaciones diversas, no para destruir la sensibilidad y anular el sentimiento, sino para despertar mayores deseos y energías realizadoras individualmente, desechando el temor a las sorpresas o dificultades que, en realidad, deben servir de acicate para avanzar más, sin impedir la libertad de pensar y de obrar de cada uno. La vida individual no puede reducirse a una pauta, como si fuera un papel musical que limita las vibraciones y la amplitud de los acordes. Pero para lograr el mayor y más útil resultado en la conquista de la experiencia es preciso, siempre que valga la pena, comentarla, explicarla, analizarla y comunicarla a otro, para que a su vez aprenda, por las peripecias ocurridas en ella, a vivir más intensamente y a adquirir verdadera decisión.

La experiencia que aprovecha únicamente al que la intenta, no llega a su fin completo, es como un descubrimiento cuya fórmula quedase encerrada en la memoria del sabio que lo hubiese hecho. El esfuerzo nunca es tan poderoso exterior e interiormente, no produce tanto placer intelectual, como cuando es dado en calidad de alimento y bebida a los que tienen hambre y sed de conocimientos.

Poco debe importar la actitud de los indiferentes: la propaganda se hace, considerándola como germen fecundo que emana del individuo esclarecido, como foco de luz que irradia al conjunto social e ilumina a las masas, para obtener únicamente de ellas una distinción o selección individual.

 

 

Comuna de París, breve movimiento insurreccional que gobernó la ciudad de París del 28 de marzo al 28 de mayo de 1871, instaurando un proyecto político popular socialista autogestionario

 

 

CAPÍTULO 14

LOS ANARQUISTAS INDIVIDUALISTAS Y EL COMPAÑERISMO

 

 

69. FORMAMOS UNA ESPECIE EN EL GÉNERO HUMANO

Ya hemos expresado la opinión de que el individualista puro era una aberración; el hombre es un ser sociable y el anarquista que forma parte del género humano no hace excepción. El ser humano no es sociable por accidente, puesto que su organización fisiológica lo obliga a buscar, para completarse, para reproducirse, uno de sus semejantes de sexo diferente. De un modo general, se puede constatar que los hombres practican la sociabilidad sin reflexión o bajo la amenaza de la violencia: en la escuela, en el cuartel y más tarde en su trabajo, vivirán en común una gran parte de su existencia con individuos sin afinidad alguna, a los que no une la menor simpatía. En las grandes ciudades, habitarán en inmensos edificios, otra especie cuartelaria, puerta con puerta con vecinos a quienes ningún lazo intelectual o moral los une.

Hasta llegarán a casarse sin conocerse, sin saber sus respectivas necesidades. El anarquista individualista no se conforma al yugo de la sociabilidad impuesta o de la solidaridad forzada, pero podrá asociarse a los camaradas, a los anarquistas, a los de su especie, porque es innegable que los anarquistas forman entre el género humano una especie que se reconoce por sus rasgos característicos bien determinados. Los que conscientemente rechazan toda suerte de dominación y explotación, viven o tienden a vivir sin dios ni amo, buscan reproducirse en otros seres, a fin de perpetuar su especie y continuar su labor intelectual o práctica, su obra de educación y destrucción a la vez, estos individuos forman, pues, una especie aparte en el género humano, tan diferente de las otras especies de hombres, como, en el género canino, el perro de Terranova lo es del gozquecillo.

Entendémonos bien: no se trata de hacer del anarquista individualista un superhombre, como tampoco del Terranova puede hacerse un símbolo de magnificencia perruna. Sin embargo, existe una diferencia en este ejemplo: el can citado es un tipo que no evolucionará, mientras que el tipo anarquista sí lo hará; produce en la humanidad el mismo efecto que las especies proféticas en la evolución de los seres vivientes y también se lo puede asimilar a esos tipos mejor dotados, más vigorosos, más aptos a la lucha por la vida, que aparecen en un momento dado en el seno de una especie y acaban por determinar el porvenir de la misma. Con sus imperfecciones, sus faltas, sus errores, los anarquistas constituyen, a nuestro juicio, el tipo del hombre futuro, el individuo de espíritu libre, de cuerpo sano, de voluntad educada, viviendo plenamente la vida, pero que no quiere ser siervo ni dominador, ni víctima, ni verdugo.

 

70. TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA AYUDA MUTUA

El anarquista no es, pues, un asalariado, sino que practica el compañerismo y, como todas las especies en peligro constante de ser atacadas, tiende instintivamente a practicarlo. Es difícil describir en detalle las formas que puede revestir la solidaridad así comprendida, porque éstas son múltiples, pero lo

esencial es el esfuerzo hacia la desaparición del sufrimiento evitable entre camaradas y, cualquiera que se manifieste propicio o indiferente a prolongar o aumentar cualquier causa de malestar en el grupo, puede ser repudiado por éste.

El anarquista individualista impulsará a quien quiera unírsele a rebelarse prácticamente contra el determinismo social, a afirmarse individualmente, a hacerse lo más posible independiente de la vulgaridad moral, intelectual y económica. Animará al ignorante para instruirse, al indiferente para que reaccione, al débil para hacerse fuerte, al humilde para erguirse arrogante… En fin, ayudará a los mal dotados y a los menos aptos a lograr por sí mismos todos los recursos posibles, sin confiar su energía propia a la ajena.

 

71. LA VIDA PRIVADA

Siendo la teoría anarquista individualista la filosofía del antiautoritarismo, concebida, experimentada y practicada individualmente, sin molestar la actividad de otro, resulta que el compañerismo se afirma más cuanto mejor cada uno puede realizar en paz y con independencia sus experiencias personales.

Nada de mutua desconfianza. Un acuerdo, un contrato tácito, un concepto psicológico nos une a los constituyentes de la “especie anarquista”, pero no nos da derecho a intervenir en los hechos de cada uno, mientras no nos causen perjuicio real o nos molesten verdaderamente. Y tal es la única concepción del bien y del mal que los anarquistas individualistas tenemos, considerando como acción muy reprobable el inmiscuirse en la vida privada. He aquí los elementos de nuestra moral social. A cada uno corresponde estar prevenido y saber si estas condiciones primordiales convienen o no a sus aspiraciones y a su temperamento.

Por mi parte estimo que la “especie anarquista” nunca será bastante numerosa sobre la tierra para que los individualistas puedan molestarse entre sí. No hay pues ningún motivo serio para que cometan el crimen de juzgarse, condenarse o excomulgarse por lo referente a su vida íntima. Por lo mismo, me negaría a dar ningún detalle sobre la mía si algún camarada pretendiese pedirme explicaciones. Me basta saber que ninguno de mis actos ha tenido influencia restrictiva alguna sobre el desarrollo o la actividad de otro para rechazar toda intervención tiránica o insoportable. Al obrar así, no alimento el más leve recelo; no hago sino practicar el acuerdo moral ente anarquistas, o sea: respeto integral de la libertad de acción de cada uno en la mejor inteligencia.

Es evidente que yo no tendré esta misma reserva con la vida pública, en cuanto ella supone influencia directa con la idea fundamental del anarquismo individualista. Un anarquista no puede ser agente de autoridad gubernamental, ni de ningún modo ayudar, propagar y desarrollar ésta. He aquí por qué me creo con derecho de intervenir cuando sé que un anarquista defiende la república o preconiza el voto y por qué me separo del juez, del policía, del carcelero, del verdugo, del elegido o del elector en cualquier grado. Éstos no pueden ser de los nuestros.

En cambio, disculpo ciertas transigencias individuales con el medio, determinadas por una independencia económica apreciable. Considero compañeros a aquellos empleados del Estado que llenan funciones útiles y a quienes su situación no excluye del odio contra la autoridad, puesto que han aceptado ciertas ventajas que ésta puede conceder a cambio de someterse a un trabajo que en ningún caso va contra la libertad moral y material. Me separaré únicamente de los que blasonando de anarquistas, hacen propaganda a favor de las formalidades legales y afianzan directamente la sociedad actual. Quede pues, bien sentado, sin lugar a equívocos, que sólo se establecen excusas razonables, por fuerza mayor o por necesidades imprescindibles, para los que no obran de perfecto acuerdo con la pureza teórica.

 

72. NECESIDAD DE LA CRÍTICA DE LAS IDEAS ANARQUISTAS POR LOS MISMOS ANARQUISTAS

El anarquismo individualista no implica que no haya choques, frotamientos y discusiones entre los que lo aceptan. Apenas salidos de la animalidad, henos aquí con el concepto filosófico más elevado. ¿Cómo no hemos de tratar con harta frecuencia de atentar al desarrollo de los demás y que los que se vean amenazados no reaccionen contra los obstáculos que se les oponen? Habrá todavía creencias, incomprensiones, juicios ligeros, retrocesos, abandonos, dudas… Es inevitable en un movimiento al uso de hombres elevados y al cual se agregan individuos que no exceden gran cosa del nivel común de la brutalidad. Esto no prueba nada contra el valor de la idea anarquista en sí misma. Si hay hombres que no la comprenden o la deforman voluntariamente, la conclusión es de que son inaptos para intentar vivirla.

Todo lo dicho no significa tampoco que una presunción ridícula pueda conducir a un camarada a rehusar la superioridad de otro en un ramo cualquiera de la actividad que él no conoce bastante o ignora por completo. De ningún modo, por ejemplo, me sentiré disminuido o dominado si paseando en barca con otros amigos, ellos saben manejar los remos y yo no, o si un compañero es capaz de traducir el chino, que yo desconozco. En tales casos, la incapacidad excluye las responsabilidades. Yo no quiero ser responsable sino de aquello que creo poder realizar, reservándome el derecho de excusarme si llego a apercibirme de que me he engañado. Mi experiencia me ha convencido, en caso de asociación anarquista individualista, que ésta perdura tanto más cuanto que la labor a realizar de común acuerdo será susceptible de ser distribuida entre varias personas autónomas en sus respectivos departamentos.

Los grupos anarquistas se establecen más estrechamente sobre las afinidades del temperamento o del carácter de los que se unen. No existen recelos y se admite perfectamente que un camarada forme parte de varios de estos grupos o deje uno de ellos para reunirse a otro. De un modo general, es con relación a sí mismo que el anarquista determina quién merece su aprecio y de ningún modo por el juicio ajeno, particular o común. Ante todo, el compañerismo es de orden individual y, como todas las otras fases de la vida anarquista, es también una experiencia. Por lo mismo, los anarquistas no critican la vida privada, o sea el modo particular de interpretarla, bajo reserva, naturalmente, de que haya tendencia al acuerdo con las convicciones profesadas, sin ninguna clase de coacción. Sobre este punto ya nos hemos explicado: un anarquista no puede ser un millonario, ni crearse rentas con su propaganda, ni estafar a los compañeros, ni ser agente de seguridad.

Mas, si por las razones expuestas, el anarquista no critica más que con grandes reservas el modo de vivir de sus camaradas, de ningún modo se privará del examen crítico de sus ideas, en tanto que son expresadas públicamente. Someterá a juicio esclarecido, a razonamiento desapasionado las obras y las declaraciones que pretendan llevar el sello de la infalibilidad. Para él nada hay sagrado, puesto que la vida anarquista vibra, evoluciona, se transforma, se critica y analiza a sí misma. Mañana no será ésta lo que fue ayer; no se estaciona, por consiguiente, en inmutables concepciones. El verdadero anarquista hará cuanto le sea posible para evitar que el movimiento individualista caiga en el abismo de la rutina o del dogmatismo.

 

73. EL CONTRATO

Una de las consecuencias del compañerismo anarquista, transportado al terreno de las realidades, es el acuerdo, en vista de una labor determinada, a realizar en un tiempo fijo. Toda asociación de cualquier clase entre individuos libres, bien tenga por objeto la ejecución de un trabajo temporal, o la consecución de una actividad de más larga duración, o ya la realización de una concepción de la vida, se basa sobre una conformidad, sobre promesas o convenciones, que pueden designarse con el término genérico de contrato.

Teóricamente, el acuerdo desaparece en cuanto lesiona a uno de sus contratantes. Como todas las fórmulas, ésta tiene el defecto, cuando se la considera en sus aplicaciones prácticas, de no tener en cuenta las circunstancias de vida y de temperamento individuales. Prácticamente, puede decirse que el contrato anarquista cesa desde que la misma conformidad preside el acto de unión y de desagregación que se ha realizado.

En efecto; la agrupación entre anarquistas, para la realización de un fin cualquiera, se supone no ha sido efectuada a la ligera, puesto que individualmente se la considera como un expediente o un mal menor. En su origen ha sido exenta de las restricciones mentales, de los pensamientos mezquinos, del disimulo, del fraude, de esa vil aspiración de un interés sórdido, que caracteriza los contratos efectuados en la sociedad actual.

Los asociados se conocen, han calculado el pro y el contra, han reflexionado sobre las consecuencias, examinando los puntos fuertes y los débiles de la situación, previsto los peligros y riesgos, sospechado los goces y las ventajas, determinado, en fin, las concesiones que deberán hacerse mutuamente.

Estos detalles bastan para indicar que un contrato leal no se deshace únicamente por un capricho de la fantasía o por una humorada de uno de los contratantes. La ruptura exige también una reflexión seria por parte de los que han estado unidos por un esfuerzo determinado.

Sin embargo, desde el momento que uno formula su voluntad de separarse, ningún compañero anarquista puede oponerse; lo cual no quiere decir que no haga objeciones a tal decisión, pues éste es un derecho innegable individualmente. Puede suceder, en efecto, que en el momento en que el descontento expone su deseo de disociarse, los demás asociados se encuentren en disposiciones de inteligencia y de sentimiento absolutamente semejantes a las que los decidieron a llevar a término el contrato. El anarquista podrá, desde luego, exponer las razones que posea contra el desacuerdo iniciado, pedirá reflexión, hará valer ciertas consecuencias, invocará otras consideraciones, sobre todo cuando se trata del dominio de las pasiones en un orden completamente particular y que comprende, por tanto, a los que viven intensamente las variantes del sentimiento. Resistirá seguramente más o menos tiempo a la ruptura, si posee la profunda convicción de que está inspirada por la imperiosa influencia de una determinación perniciosa. No hay nada en esta actitud que raye con la inconsecuencia. Según su temperamento, podrá sufrir y hasta lamentarse y nadie deberá reprocharle de que él, anarquista, sea algo más que una ecuación geométrica. Solamente si se opusiese categóricamente a la disolución exigida por un compañero, cesaría de ser consecuente en el sentido práctico y profundo del término.

A no ser por motivos excepcionales, el anarquista que impone la separación sin reflexión y apresuradamente, tampoco me parece consecuente, pues el que merece tal calificativo no se aprovechará de su libérrima facultad más que después de haber obtenido la adhesión sincera de los demás. Considerará, cuantas veces sea necesario, la situación, antes de llegar al desacuerdo, faltando a las promesas, deshaciendo las convenciones nacidas de buena fe y que implicaban una confianza recíproca.

La ruptura impuesta o exigida extremadamente sin causa ni razón, ocasionando sufrimiento inútil, no es un hecho de buen compañerismo, porque éste es esencialmente un contrato que permite unirse por afinidades intelectuales o de sentimiento o por gestos susceptibles de disminuir el disgusto que alcanza a todo individuo que forma parte de una especie en reacción constante contra el medio. Además, si los anarquistas fuesen más conscientes y numerosos, no solamente los contratos se harían muy esclarecidamente, sino que además, el dolor ocasionado por el muy reducido número de rupturas, aun exigidas o impuestas, sería disminuido muy sensiblemente por la facilidad que encontrarían los disociados en substituir pronto la disensión acaecida por nuevos elementos de asociación, que serían legión entonces entre las afinidades anarquistas.

IMAGEN PORTADA:  Cooperativa en Barcelona, 1936.  En los primeros meses de la Guerra Civil en España (julio de 1936-agosto de 1937), se produjo un movimiento de colectivización agraria e industrial, inspirado en los principios anarcosindicalistas, formándose durante la situación revolucionaria que acompañó a la guerra civil en diversos puntos de la geografía española, siendo los más conocidos los casos de empresas y explotaciones agrarias colectivizadas en Barcelona, Aragón, Comunidad Valenciana y Región de Murcia. 

 

 

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