Los Hombres detrás del Sol – Basado en hechos reales

SUMARIO: 

[1] Conejillos de indias de las multinacionales, por Juan Carlos Escudier

[2] Los hombres detrás del sol (pelicula completa) 

[3] El experimento Milgram 

[1] Conejillos de indias de las multinacionales

Por JUAN CARLOS ESCUDIER

Articulo publicado el 30 de enero de 2018 en: 

http://blogs.publico.es/escudier/2018/01/30/conejillos-de-indias-de-las-multinacionales/

No, la moraleja de los experimentos con seres humanos, financiados por Volkswagen, BMW y Daimler para demostrar que las emisiones de sus motores diesel son menos nocivas de lo que se creía, no es que la afición por gasear a la gente sea otra costumbre alemana más, como beber cerveza o comer salchichas. Lo que se esconde tras el escándalo es la verdadera naturaleza de las grandes multinacionales, que son los escorpiones del cuento y nosotros las ranas que cruzan confiadas el río con su aliento en el cogote.

Siendo éticamente reprobables unos ensayos que los fabricantes pillados en renuncio se han apresurado a condenar, no dejan de ser el medio para alcanzar un fin: manipular a la opinión pública con una supuesta ‘prueba irrefutable’, hacernos dudar del consenso científico y de nuestro propio sentido común y seguir ganando dinero a espuertas. El procedimiento no es nuevo. La industria encarga un estudio a un organismo con un nombre pomposo –Asociación Europea de Estudios sobre la Salud y el Medio Ambiente-, financiado por ella misma para que certifique lo que ella quiere. Todos somos cobayas y no sólo las personas y los monos que inhalaron el dióxido de nitrógeno del tubo de escape de la prueba.

El origen del caso se remonta a los años 90 cuando las empresas citadas y otras marcas como Audi y Porsche montaron un cártel en el que secretamente acordaron cómo proceder con sus motores diesel y especificaron cuáles debían ser suministradores e, incluso, cómo limpiar las emisiones de gases. Para reducir los costes decidieron montar depósitos pequeños para albergar la disolución de urea que atenúa las emisiones de óxidos de nitrógeno y, posteriormente, manipular el software que debía medirlas para ajustarse a los límites legales establecidos. La consecuencia fue un fraude colosal, emisiones hasta 40 veces superiores a lo permitido y multas que, en el caso de Volkswagen, alcanzaron en Estados Unidos los 22.000 millones de dólares. Con el experimento descubierto ahora se pretendía extender la idea de que respirar diesel es casi como hacer una excursión a la montaña y lavar su imagen de envenenadores profesionales.

Estas prácticas no son exclusivas de los fabricantes de coches. Los horrores de la experimentación con seres humanos no terminó en el juicio de Nuremberg, de donde por cierto surgió una especie de código hipocrático con el que regular éticamente en el futuro este tipo de pruebas, sino que han sido el pan de cada día de la industria farmacéutica y de algunos Gobiernos pioneros en la guerra química y bacteriológica. La manipulación fue ensayada con éxito por los gigantes de la alimentación y de la producción de refrescos para culpar a las grasas saturadas y no al azúcar del incremento de las enfermedades cardiovasculares. Tres investigadores de la Universidad de Harvard se prestaron a finales de la década de los 60 a publicar un artículo en esa dirección tras recibir el equivalente a 43.000 euros de la Fundación para la Investigación del Azúcar.

Técnicas similares y a mayor escala han venido siendo utilizadas por las multinacionales del tabaco, en sucesivos intentos de demostrar primero la inocuidad de su producto o dulcificar después sus efectos y su relación con el cáncer. Algunas de estos gigantes han perfeccionado su respuesta ante las evidencias sobre el daño para la salud de sus productos. Destaca el caso de Monsanto que, tras el informe de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, dependiente de la OMS, en el que concluía que el glifosato de sus herbicidas dañaba el ADN y provocaba cáncer en animales y posiblemente en humanos, promovió todo tipo de campañas de difamación contra estas instituciones y sus científicos.

Desenmascarar las patrañas de estas multinacionales no es tarea fácil porque siempre habrá científicos que se vendan por platos de lentejas servidos en cubertería de oro y porque su control sobre la información con fundaciones que financian universidades, centros de investigación, congresos y conferencias es prácticamente absoluto. Difícilmente habrá quien muerda la mano que le da de comer. Dicho control se extiende a Gobiernos y legisladores, que le han cogido tanto gusto a las puertas giratorias que han llegado a marearse de tanto ir y venir, beneficiándose a un lado de la normativa que elaboran en el otro o, simplemente, de la que nunca llegaba a los boletines oficiales.

En la naturaleza de estos escorpiones está aguijonearnos la espalda, hacer sayos con sus capas y saltarse a la torera cualquier barrera ética o legal. Puede que no todas las compañías sean demonios pero entre todos los que conocemos sale un infierno muy apañadito. Ahí vivimos las ranas y los conejillos de indias.

  
 
 
 
[2] Los hombres detrás del sol
Dirigida por Mou Tun-fei

 

Los hombres detrás del sol (chino: 黑 太阳 731 / 黑 太陽 731; pinyin: HEI Tài yáng 731, que literalmente significa “Sol Negro: 731”) es una película de terror de 1988, producida en Hong Kong (China), dirigida por Mou Tun-fei.

La película es una representación gráfica de las atrocidades de guerra cometidas por los japoneses en el Escuadrón 731, la unidad secreta de experimentación de armas biológicas del Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial. La película detalla los diversos experimentos médicos crueles, infligidos a los prisioneros chinos y soviéticos hacia el final de la guerra.

Esta es la primera película clasificada como “III” por la Hong Kong motion picture rating system (equivalente a la calificación de Estados Unidos NC-17 de la Motion Picture Association of America film rating system) en Hong Kong.

ADVERTIMOS QUE LA PELICULA PUEDE HERIR LA SENSIBILIDAD DE LOS ESPECTADORES

 

 
 
 
 
[3] El experimento de Milgram
 
El experimento de Milgram fue una serie de experimentos de psicología social llevada a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y descrita en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) y resumida en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view (Obediencia a la autoridad. La perspectiva experimental). El fin de la prueba era medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.
 

Los experimentos comenzaron en julio de 1961, tres meses después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Milgram ideó estos experimentos para responder a la pregunta: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos cómplices?

Milgram resumiría el experimento en su artículo Los peligros de la obediencia en 1974 escribiendo:

Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)
 
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A través de un cartel colocado en la parada del autobús en Florida (Connecticut) se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje” en Yale, por lo que se les pagaba cuatro dólares (equivalente a 28 dólares actuales) más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación: desde los que acababan de salir de la escuela secundaria a participantes con doctorados.

El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el “maestro” (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el “alumno” (un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.

A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como “alumno”. El participante voluntario toma el suyo y ve que dice “maestro”. En realidad en ambos papeles ponía “maestro” y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente el papel de “maestro”. 

Separado por un módulo de vidrio del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para “impedir un movimiento excesivo”. Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema “para evitar quemaduras” y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante.

A los participantes se les comunicaba que el “experimento estaba siendo grabado”, para que supieran que no podrían negar a posteriori lo ocurrido.

Se comienza dando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real de 45 voltios con el fin de que el “maestro” compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”. Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el “maestro”, proporciona al “maestro” una lista con pares de palabras que ha de enseñar al “alumno”. El “maestro” comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al “alumno” cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el “alumno” recibirá del “maestro” una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.

El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación. El “alumno” ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Lo que el participante escucha es en realidad una grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.

Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:

  • Continúe, por favor.
  • El experimento requiere que usted continúe.
  • Es absolutamente esencial que usted continúe.
  • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

En el experimento original, el 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todos los “maestros” pararon en cierto punto y cuestionaron el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

El estudio posterior de los resultados y el análisis de los múltiples tests realizados a los participantes demostraron que los “maestros” con un contexto social más parecido al de su “alumno” paraban el experimento antes.

Además de este proyecto, Milgram realizó otro en el que se utilizaban ratones de experimentación. El experimento consistía en mostrarles la salida a los ratones, dentro de una caja de paredes electrificadas. El ratón entendía que la salida no le beneficiaba y seguía a la próxima pared, para así encontrar la salida. El experimento muestra que el ratón tanto como el ser humano puede ser condicionado con presión para hacer lo que pide el demandante o maestro como en el experimento con alumnos.

Milgram rodó una película documental que demostraba el experimento y sus resultados, titulada “Obediencia”, cuyas copias originales son difíciles de encontrar hoy en día.

Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador del 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.

El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como “maestros” en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus “alumnos”, aunque a muchos el hacerlo les colocase en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida. Otros psicólogos de todo el mundo llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares, a veces con diversas variaciones en el experimento.

En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios.

Lo primero que se preguntó el desconcertado equipo de Milgram fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. A primera vista, la conducta de los participantes no revelaba tal grado de sadismo, ya que se mostraban preocupados por su propia conducta. Todos se mostraban nerviosos y preocupados por el cariz que estaba tomando la situación y, al enterarse de que en realidad la cobaya humana no era más que un actor y que no le habían hecho daño, suspiraban aliviados. Por otro lado eran plenamente conscientes del dolor que habían estado infligiendo, pues al preguntarles por cuánto sufrimiento había experimentado el alumno la media fue de 13 en una escala de 14.

El experimento planteó preguntas sobre la ética del método científico en sí mismo debido a la tensión emocional extrema sufrida por los participantes (aunque se podría decir que dicha tensión fue provocada por sus propias y libres acciones). La mayoría de los científicos modernos considerarían el experimento hoy inmoral, aunque dio lugar a valiosos estudios sobre la psicología humana.

En defensa de Milgram hay que señalar que el 84% de participantes dijeron posteriormente que estaban “contentos” o “muy contentos” de haber participado en el estudio y un 15% les era indiferente (respondieron un 92% de todos los participantes). Muchos le expresaron su gratitud más adelante y Milgram recibió en varias ocasiones ofrecimientos y peticiones de ayuda de los antiguos participantes.

Hay un colofón poco conocido del experimento Milgram, reportado por Philip Zimbardo: Ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales solicitaron que terminara el experimento (que se dejaran de realizar ese tipo de sesiones) ni acudieron al otro cuarto a revisar el estado de salud de la víctima sin antes solicitar permiso para ello.

Seis años después del experimento (durante la Guerra de Vietnam) uno de los participantes en el experimento envió una carta a Milgram explicándole por qué estaba agradecido de haber participado a pesar del estrés:

Fui un participante en 1964, y aunque creía que estaba lastimando a otra persona, no sabía en absoluto por qué lo estaba haciendo. Pocas personas se percatan cuándo actúan de acuerdo con sus propias creencias y cuándo están sometidos a la autoridad. […] Permitir sentirme con el entendimiento de que me sujetaba a las demandas de la autoridad para hacer algo muy malo me habría asustado de mi mismo […] Estoy completamente preparado para ir a la cárcel si no me es concedida la demanda de objetor de conciencia. De hecho, es la única vía que podría tomar para ser coherente con lo que creo. Mi única esperanza es que los miembros del jurado actúen igualmente de acuerdo con su conciencia […]

Sin embargo, no todos los participantes experimentaron este cambio en su vida. De acuerdo con los estándares modernos, los participantes no fueron totalmente desengañados, y algunas entrevistas de salida indicaron que muchos participantes nunca entendieron del todo la naturaleza del experimento.

Los experimentos provocaron críticas emocionales, más acerca de la ética del experimento mismo, que sobre los resultados. En la publicación Jewish Currents(Actualidades judías), Joseph Dimow, un participante en el experimento de 1961 en la Universidad de Yale, escribió acerca de sus sospechas tempranas de que “todo el experimento estaba diseñado para ver si los estadounidenses comunes obedecerían órdenes inmorales, como muchos alemanes habrían hecho durante el periodo nazi”. De hecho este era uno de los fines explícitos del experimento. Citando del prefacio del libro de Milgram, Obedience to Authority:

La cuestión surge para saber si hay conexión entre lo que hemos estudiado en el laboratorio y las formas de obediencia que hemos condenado de la época nazi

En 1981 Tom Peters y Robert H. Waterman Jr. escribieron que el Experimento Milgram y el posterior Experimento Zimbardo en la Universidad de Stanford eran aterradores en sus implicaciones acerca del peligro que amenazaba en el lado oscuro de la naturaleza humana. 

El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados:

  • La primera es la teoría del conformismo, basada en el trabajo de Solomon Asch, que describe la relación fundamental entre el grupo de referencia y la persona individual. Un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, transferirá la toma de decisiones al grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona.
  • La segunda es la teoría de la cosificación (agentic state), donde, según Milgram, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren. Este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos recae en el mando de sus superiores jerárquicos.

En su libro Obedience to Authority: An Experimental View, Milgram describe diecinueve variaciones de su experimento. Generalmente, al aumentar la cercanía física de la víctima, disminuía la obediencia del participante. La obediencia también disminuía al aumentar la distancia física respecto de la autoridad (experimentos 1 al 4). Por ejemplo, en el experimento 2, donde los participantes recibían instrucciones por teléfono, la obediencia disminuyó en un 21 %. Es interesante que algunos participantes trataron de engañar a la autoridad (el experimentador) fingiendo que continuaban con el experimento. En la variación donde la víctima tenía la mayor cercanía física con el participante, cuando los participantes tenían que mantener físicamente el brazo de la víctima sobre la placa que generaba la descarga eléctrica, la obediencia decreció. En estas circunstancias, sólo 30 % de los participantes completaron el experimento.

En el experimento 8 los participantes fueron mujeres: Anteriormente todos los participantes habían sido hombres. La obediencia no varió significativamente, aunque las mujeres manifestaron haber experimentado mayores niveles de estrés.

El experimento 10 se realizó en una oficina modesta en Bridgeport, Connecticut, fingiendo que quien realizaba el experimento era la entidad comercial “Research Associates of Bridgeport” sin conexión aparente con la Universidad de Yale (para eliminar el factor de prestigio de la Universidad que influenciara el comportamiento de los participantes). En estas condiciones la obediencia cayó al 47,5 %.

Milgram también combinó el poder de la autoridad con la conformidad. En esos experimentos los participantes fueron acompañados por uno o dos “maestros” (también actores, como el aprendiz o víctima). El comportamiento de los acompañantes influyó de manera importante en los resultados. En el experimento 17, cuando dos maestros suplementarios se negaron a cumplir las órdenes, sólo 4 de los 40 participantes continuaron en el experimento. En el experimento 18, los participantes realizaron una tarea de acompañamiento (leyeron las preguntas por un micrófono o registraron las respuestas del aprendiz) con otro maestro, quien completaba la prueba. En esa variación sólo 3 de 40 desafiaron al experimentador.

Recientes variaciones del experimento de Milgram sugieren que la interpretación no supone obediencia ni autoridad, sino que los participantes sufren una desolación aprendida, donde se sienten incapaces de controlar el resultado, de manera que abdican a su responsabilidad personal. En un experimento reciente donde se usó una simulación de computadora en lugar de un aprendiz que recibía descargas, los participantes que administraban las descargas eran conscientes de que el aprendiz era irreal, pero aun así los resultados fueron los mismos.

En la popular serie Basic Instincts, se repitió el experimento de Milgram en 2006, con los mismos resultados con los hombres. En un segundo experimento con mujeres se mostró que ellas eran más proclives a continuar el experimento. Un tercer experimento, con un maestro adicional para generar presión, mostró que en estas condiciones los participantes continuaban con el experimento hasta el final.