SABIDURÍA, por Jesús Nava

¿Cuál es el primer objetivo de la sociedad? Es mantener los derechos imprescriptibles del hombre. ¿Cuál es el primero de estos derechos? El derecho a la existencia. La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir. Todos los demás están subordinados a éste. Toda especulación mercantil que hago a expensas de la vida de mi semejante no es tráfico, es bandidaje y fratricidio. No olvidéis que la fuente del orden es la justicia. Sin duda, si todos los hombres fueran justos y virtuosos; si jamás la codicia estuviera tentada a devorar la sustancia del pueblo; si dóciles a la voz de la razón y de la naturaleza, todos los ricos se consideraran los ecónomos de la sociedad, o los hermanos del pobre, no se podría reconocer otra ley que la libertad más ilimitada. Pero si es cierto que la avaricia puede especular con la miseria, y la tiranía misma puede hacerlo con el desespero del pueblo; si es cierto que todas estas pasiones declaran la guerra a la humanidad sufriente, ¿por qué no deben reprimir las leyes esos abusos? ¿Por qué no deben las leyes detener la mano homicida del monopolista, del mismo modo que lo hacen con el homicida ordinario? ¿Por qué no deben ocuparse de la existencia del pueblo, tras haberse ocupado durante tanto tiempo de los gozos de los grandes, y de la potencia de los déspotas?”.

ROBESPIERRE

 

 

La verdadera felicidad y beatitud del hombre consiste únicamente en la sabiduría y en el conocimiento de la verdad” (Spinoza).

 

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Nadie osaría preguntar para qué sirven la vida, la libertad, el amor o la felicidad. Y es que, en realidad, no sirven para nada; por eso son tan valiosos. No son medios para conseguir otros fines, sino un fin en sí mismos. Las cosas fundamentales están hechas sin intención y carecen de finalidad, pero están preñadas de sentido y dotadas de un valor inmenso. Así ocurre con la sabiduría o, lo que es lo mismo, el conocimiento de la verdad.

LA NECESIDAD QUE APREMIA

Buscamos la sabiduría por el mismo motivo que la amamos: por necesidad. Y la necesidad apremia. Es inútil resistirse. El amor a la verdad -en eso consiste, precisamente, la verdadera filosofía- nos viene impuesto por naturaleza y es como un fuego ardiente metido en los huesos; tratar de apagarlo no es posible, ni hay tampoco razón para intentarlo.

Quienes han sido dotados de una mentalidad filosófica o racional no se contentan con algo menos que la verdad. Y si la pierden de vista un solo instante, languidecen. “Dadme la verdad, más que amor, dinero, fama”, escribió Thoreau. Como estamos educados para actuar codiciando los frutos de la acción, a muchos les resulta inconcebible que el premio por alcanzar la verdad sea la verdad misma y que la virtud es su propia recompensa.

El acierto de los hijos de la sabiduría, al considerarla el supremo valor de la vida, se ve corroborado por la serenidad y el júbilo que procura al alma que la abraza sin titubeos; pero, por si esto fuera poco, dichos efectos espirituales tienen la virtud de moderar nuestras pasiones y producir en nosotros un cierto menosprecio liberador de los males inevitables y cotidianos que nos asaltan.

LA SABIDURÍA ES PURA INTELIGENCIA

Así que, cuando afirmamos que la sabiduría no sirve para nada, no pretendemos decir que sea inútil, sino que su valor intrínseco sobrepasa inmensamente al de todas las cosas útiles. Su sola presencia ilumina la mente y aclara las cosas. Es como la inspiración: pura inteligencia. No hace nada concreto, pero nos ayuda a hacer bien cualquier cosa. Tampoco disuelve mágicamente nuestros problemas, pero nos dota de los recursos espirituales necesarios para resolverlos con lucidez, si tienen solución, o, en caso contrario, de las fuerzas precisas para afrontarlos con paciencia.

De todas maneras, los más grandes filósofos de todos los tiempos han dado testimonio del grato consuelo que les otorgó la filosofía. No buscaban consuelo, sino verdad; pero hallaron tanto consuelo como verdad alcanzaron. Es cierto que cualquier pensador desconoce infinidad de cosas que los eruditos conocen mejor; pero el sabio lo es porque, aunque sólo sepa una cosa, esa única cosa que sabe es esencial.

FILOSOFAR ES ENTENDER LA REALIDAD

De ahí que no entienda por filosofía la recopilación histórica de lo que otros pensaron, por grandes que fueran, ni los dogmas de una determinada escuela filosófica, sino el hecho mismo de filosofar. Y el acto filosófico puro consiste en entender la naturaleza de las cosas o, lo que es lo mismo, percibir las cosas como son en realidad.

Para desarrollar esta actividad del espíritu no es preciso poseer una cultura filosófica o académica, ni ser filósofo profesional; requiere únicamente aplicarse con tesón al duro trabajo de pensar para saber, es decir, aprender a reflexionar de forma racional e intuitiva, movidos únicamente por el anhelo de verdad.

Por mi parte, me siento muy alejado del conformismo de un pensamiento débil caracterizado por el agnosticismo religioso, el escepticismo filosófico, el relativismo moral y la confusión cultural, tan propios de nuestro tiempo.

No admito ningún timorato “non plus ultra”. Porque, cada vez que consigo paladear el sabor de la auténtica filosofía, siempre observo que brota de un temperamento metafísico y un espíritu fuerte capaz de ir más allá de las fronteras que la generalidad de los filósofos al uso, sea por excesiva cautela,  sea por cobardía, no se han atrevido a traspasar.

Filosofia Digital, 27/11/2005

 

 

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