LOS CÉSARES PEDANTES Y EL ESTILO GUILLOTINA, por Albert Camus

“Saint-Just, contemporáneo de Sade, llega a la justificación del crimen, aunque parte de principios diferentes. Ambos, sin embargo, legitiman un terrorismo, individual en el libertino, y de Estado en el sacerdote de la virtud. Si se pone en el bien absoluto y en el mal absoluto la debida lógica, uno y otro exigen el mismo furor. Saint-Just ha inventado la clase de seres que hacen de la historia de los dos últimos siglos una pesada novela negra. “El que gasta bromas estando a la cabeza del gobierno -dice- tiende a la tiranía”. Máxima asombrosa, sobre todo si se piensa cómo se pagaba entonces la sencilla acusación de tiranía, y que prepara en todo caso el tiempo de los Césares pedantes. Saint-Just da el ejemplo; su tono mismo es definitivo. Esa cascada de afirmaciones perentorias, ese estilo axiomático y sentencioso, le pintan mejor que los más fieles retratos. Las sentencias ronronean, como la prudencia misma de la nación; las definiciones, que fundan la ciencia, se suceden como mandamientos fríos y claros. “Los principios deben ser moderados; las leyes, implacables; las penas, sin remisión posible. Es el estilo guillotina” .

 

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Saint-Just

Saint-Just, contemporáneo de Sade, llega a la justificación del crimen, aunque parte de principios diferentes. Saint-Just es, sin duda, el anti-Sade. Si la fórmula del marqués podía ser: “Abrid las prisiones o probad vuestra virtud”, la del primero sería: “Demostrad vuestra virtud o entrad en las prisiones.” Ambos, sin embargo, legitiman un terrorismo, individual en el libertino, y de Estado en el sacerdote de la virtud.

Si se pone en el bien absoluto y en el mal absoluto la debida lógica, uno y otro exigen el mismo furor. Ciertamente, hay ambigüedad en el caso de Saint-Just. La carta que escribió en 1792 a Vilain d’Aubigny tiene algo de insensato. Esta profesión de fe de un perseguido perseguidor se termina con una confesión convulsa: “Si Bruto no mata a los demás, se mata a sí mismo.”

En un personaje tan obstinadamente grave, tan voluntariamente frío, lógico, imperturbable, cabe imaginar todos los desequilibrios y todos los desórdenes. Saint-Just ha inventado la clase de seres que hacen de la historia de los dos últimos siglos una pesada novela negra. “El que gasta bromas estando a la cabeza del gobierno -dice- tiende a la tiranía.” Máxima asombrosa, sobre todo si se piensa cómo se pagaba entonces la sencilla acusación de tiranía, y que prepara en todo caso el tiempo de los Césares pedantes.

Saint-Just da el ejemplo; su tono mismo es definitivo. Esa cascada de afirmaciones perentorias, ese estilo axiomático y sentencioso, le pintan mejor que los más fieles retratos. Las sentencias ronronean , como la prudencia misma de la nación; las definiciones, que fundan la ciencia, se suceden como mandamientos fríos y claros. “Los principios deben ser moderados; las leyes, implacables; las penas, sin remisión posible.” Es el estilo guillotina.

SAINT-JUST, OBSTINADAMENTE GRAVE, FRÍO, LÓGICO, IMPERTURBABLE, ENCARNA EL ESTILO GUILLOTINA Y PREPARA EL TIEMPO DE LOS CÉSARES PEDANTES

Tal endurecimiento en la lógica supone, sin embargo, una pasión profunda. En eso, como en todo, volvemos a encontrar la pasión de unidad. Toda rebelión supone una unidad. La de 1789 exige la unidad de la patria. Saint-Just sueña con la ciudad ideal donde las costumbres, finalmente conformes a las leyes, harán resplandecer la inocencia del hombre y la identidad de su naturaleza con la razón. Y si las facciones vienen a poner trabas a este sueño, la pasión va a exagerar su lógica.

No se concibe imaginar entonces que, puesto que existen las facciones, los principios quizá no tengan razón. Las facciones serán criminales, porque los principios permanecen intangibles. “Ya es hora de que todo el mundo vuelva a la moral y a la aristocracia del terror.” Pero las facciones aristocráticas no son las únicas; hay que contar con las republicanas y con todos aquellos en general que critican la acción de la Legislativa y de la Convención. Aquéllos son también culpables, puesto que amenazan la unidad.

“Robespierre, Danton y Marat” (1882), por Alfred Loudet

Saint-Just proclama entonces el gran principio de las tiranías del siglo XX: “Un patriota es aquel que sostiene la república en bloque; cualquiera que la combata en detalle es un traidor.” Quien critica es un traidor, quien no sostiene manifiestamente a la república es un sospechoso. Cuando ni la razón ni la libre expresión de los individuos logran fundar sistemáticamente la unidad, hay que decidirse a cortar los cuerpos extraños. La cuchilla se hace así razonadora, su función es la de rechazar.

Un granuja a quien el tribunal ha condenado a muerte dice que quiere resistir a la opresión, ¡porque quiere resistir al cadalso!”Esta indignación de Saint-Just se comprende mal, porque, en suma, hasta él, el cadalso no era precisamente más que uno de los símbolos de la opresión. Pero en el interior de este delirio lógico, en el extremo de esta moral de virtud, el cadalso es libertad. Asegura la unidad racional, la armonía de la ciudad. Depura la república, es la palabra justa; elimina las torpezas que vienen a contradecir la voluntad general y la razón universal.

EL DRAMA DE SAINT-JUST FUE FORMAR CORO CON MARAT, QUE NECESITABA MATAR PARA CREAR Y SE CREÍA FILÁNTROPO DEGOLLANDO ARISTÓCRATAS

Me disputan el título de filósofo -exclamaba Marat en un estilo completamente distinto-. ¡Ah, qué injusticia! ¿Quién no ve que yo quiero cortar un pequeño número de cabezas para salvar así un número mayor?” ¿Un número pequeño, una facción? Sin duda, y toda acción histórica lo es a este precio. Pero Marat, haciendo sus últimos cálculos reclamaba doscientas sesenta y tres mil cabezas. Pero comprometía el aspecto terapéutico de la operación, aullando, para exaltar los ánimos de la matanza: “Marcadles con un hierro caliente, cortadles el dedo gordo, rajadles la lengua.”

El filántropo escribía así en el vocabulario más monótono que pueda existir, día y noche, sobre la necesidad de matar para crear. Escribía además, en las noches de septiembre, en el fondo de su bodega, a la luz de una vela, mientras que los asesinos instalaban en el patio de nuestras prisiones los bancos de los espectadores, los hombres a la derecha, las mujeres a la izquierda, para ofrecerles, como gracioso ejemplo de filantropía, el degüello de nuestros aristócratas.

No mezclemos, ni siquiera por un segundo, la persona grandiosa de Saint-Just con el triste Marat, mono de imitación de Rousseau, como dice justamente Michelet. Pero el drama de Saint-Just es el haber formado coro, en algunos momentos, con Marat, por razones superiores y por una exigencia más profunda. Las facciones se suman a las facciones, las minorías a las minorías; finalmente, no es seguro que el cadalso funcione al servicio de la voluntad de todos.

Saint-Just, por lo menos, afirmará hasta el fin que actúa por voluntad general, puesto que actúa para la virtud. “Una revolución como la nuestra no es un proceso, sino una tromba sobre los malvados.” El bien hiere como el rayo, la inocencia se hace relámpago, y relámpago justiciero. Incluso los que gozan, sobre todo ellos, son contrarrevolucionarios. Saint-Just, que ha dicho que la idea de felicidad era nueva en Europa (a decir verdad, era nueva sobre todo para Saint-Just, que paraba la historia en Bruto), se da cuenta de que algunos tienen una “idea horrorosa de la felicidad y la confunden con el placer”. Contra ellos también hay que atacar.

Finalmente, ya no se trata ni de mayoría ni de minoría. Se aleja el paraíso perdido y siempre ambicionado de la inocencia universal; en la tierra desgraciada, llena de gritos de la guerra civil y nacional, Saint-Just decreta, contra sí mismo y contra sus principios, que todo el mundo es culpable cuando la patria está amenazada. La serie de informes sobre las facciones del extranjero, la ley del 22 pradial (noveno mes del calendario republicano francés), el discurso del 15 de abril de 1794 sobre la necesidad de la policía, indican las etapas de esta conversión.

La muerte de Marat, de Jacques-Louis David, 1793

El hombre que con tanta grandeza tenía por infamia el deponer las armas mientras existiese en algún sitio un amo y un esclavo, es el mismo que debía aceptar el guardar la Constitución de 1793, tenerla en suspenso y ejercitar lo arbitrario. En el discurso que pronunció para defender a Robespierre, niega su fama y el recuerdo póstumo y no se refiere más que a una providencia abstracta. Reconocía, al mismo tiempo, que la virtud, de la que hacía una religión, no tenía más recompensa que la historia y el presente, y que debía, costase lo que costase, fundar su propio reino. No le gustaba el poder “cruel y malvado” y que -decía- “sin regla marchaba a la opresión”.

Pero la regla era la virtud y venía del pueblo. Al faltar el pueblo, la regla se oscurecía, la opresión aumentaba. El pueblo era entonces culpable, no el poder, cuyo principio debía ser inocente. Una contradicción tan extrema y tan aguda no podía resolverse más que por una lógica todavía más extrema y la aceptación última de los principios, en el silencio y en la muerte. Saint-Just, por lo menos, ha permanecido al nivel de esta exigencia. Finalmente, en eso debía encontrar su grandeza y esta vida independiente en los siglos y en los cielos, de la que ha hablado con tanta emoción.

CUANDO SE MUERE POR PRINCIPIOS QUE EL PUEBLO NO PUEDE ASUMIR, SE MUERE DE UN AMOR IMPOSIBLE, QUE ES LO CONTRARIO DEL AMOR

Hacía largo tiempo, en efecto, que había presentido que su exigencia suponía por parte suya una entrega total y sin reservas, y él mismo decía que los que hacen las revoluciones en el mundo, “los que hacen el bien”, no pueden dormir más que en la tumba. Convencido de que sus principios, para triunfar, tenían que culminar en la virtud y en la felicidad de su pueblo, dándose cuenta quizá de que pedía lo imposible, se había cerrado por anticipado la retirada al declarar públicamente que se clavaría un puñal el día en que desesperase de este pueblo.

Pero helo aquí que desespera, sin embargo, puesto que duda del mismo terror. “La revolución no tiene aliento, todos los principios se han debilitado, ya no quedan gorros frigios más que los llevados por la intriga. El ejercicio del terror ha extenuado al crimen como los licores fuertes estrgana el paladar.” La misma virtud “se unió al crimen en los tiempos de anarquía”. El había dicho que todos los crímenes venían de la tiranía, la cual era el primero de todos, y, ante la incansable obstinación del crimen, la misma Revolución corría a la tiranía y se hacía criminal.

No se puede reducir, pues, el crimen, ni las facciones, ni el horroroso espíritu de posesión. Hay que desesperar de este pueblo y subyugarlo. Pero tampoco se puede gobernar inocentemente. Es preciso, pues, aguantar el mal o servirlo, admitir que los principios no tienen razón o reconocer que el pueblo y los hombres son culpables. Entonces se despliega la misteriosa y hermosa figura de Saint-Just en un gesto inequívoco: “Sería abandonar muy poca cosa dejar una vida en la que fuese necesario ser cómplice o testigo mudo del mal.”

Bruto, que debía matarse si no mataba a los demás, empieza por matar a los demás. Pero los demás son demasiados, no se puede matar todo. Es preciso, entonces, morir y demostrar una vez más que la rebelión, cuando es turbulenta, oscila entre el aniquilamiento de los demás y la destrucción de sí misma. Esta tarea, por lo menos, es fácil; basta una vez más con seguir la lógica hasta el final.

En el discurso en defensa de Robespierre, poco antes de su muerte, Saint-Just reafirma el gran principio de su acción, que es el mismo que le va a condenar: “Yo no soy de ninguna facción; las combatiré a todas.” Reconocía entonces, y por anticipado, la decisión de la voluntad general, es decir, de la Asamblea. Aceptaba el marchar a la muerte por amor a los principios y contra toda realidad, puesto que la opinión de la Asamblea no podía ser desbordada, precisamente, más que por la elocuencia y el fanatismo de una facción.

¡Pero qué! Cuando fallan los principios, los hombres no tienen más que una manera de salvarlos y salvar su fe, que es morir por ellos. En el calor agobiante de París en julio, Saint-Just, negando manifiestamente la realidad y el mundo, confiesa que entrega su vida a la decisión de los principios. Dicho esto, parece darse cuenta fugazmente de otra verdad, termina con una denuncia moderada contra Billaud-Varennes y Collot d’Herbois“Deseo que se justifiquen y que nos hagamos más prudentes.” El estilo y la guillotina quedan suspendidos aquí un instante.

Pero la virtud no es la prudencia cuando se tiene demasiado orgullo. La guillotina va a volver a bajar sobre esta hermosa cabeza, fría como la moral. Desde el momento en que la Asamblea le condena hasta el momento en que tiende su nuca a la cuchilla, Saint-Justse calla.  Este largo silencio es más importante que la misma muerte. Se había quejado de que reinase el silencio alrededor de los tronos, y por eso es por lo que él había querido hablar tanto y tan bien.

Pero, finalmente, despreciando no sólo la tiranía sino el enigma de un pueblo que no se conforma con la Razón pura, regresa él mismo al silencio. Sus principios no pueden ponerse de acuerdo con lo que existe, las cosas no son lo que deberían ser; los principios están, pues, solos callados y fijos. Abandonarse a ellos es morir, en verdad, y es morir de un amor imposible, que es lo contrario del amor. Saint-Just muere y, con él, la esperanza de una nueva religión.

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ALBERT CAMUS, El hombre rebelde. Obras Completas II, Aguilar, 1968. Traducción del catedrático Julio Lago Alonso. Filosofía Digital.

 

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IMAGEN PORTADA: “El rapto de las Sabinas”, 1799, Jacques Louis David, (París, Museo del Louvre).

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