LA LIBERTAD DEL FILÓSOFO SOLITARIO, por Baruch de Spinoza

“Como nunca he deseado ejercer públicamente la enseñanza, no puedo decidirme a aprovechar esta preciosa ocasión, pese a haber meditado largamente el asunto. Porque pienso, en primer lugar, que dejaré de promover la filosofía, si quiero dedicarme a la educación de la juventud. Pienso, además, que no sé dentro de qué límites debe mantenerse esta libertad de filosofar, si no quiero dar la impresión de perturbar la religión públicamente establecida; pues los cismas no surgen tanto del amor ardiente hacia la religión cuanto de la diversidad de las pasiones humanas o del afán de contradecir, con el que se suele tergiversar y condenar todas las cosas, aunque estén rectamente dichas. Y como ya tengo experiencia de esto, mientras llevo una vida privada y solitaria, mucho más habré de temerlo si asciendo a tan alta dignidad. Ve, pues, que no me resisto porque espero una fortuna mejor, sino porque prefiero la tranquilidad, que creo poder alcanzar en cierta medida mientras me mantenga alejado de la enseñanza pública.”

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Muy célebre señor:

El Serenísimo Elector Palatino me ha ordenado que le escriba a usted, para mí hasta ahora desconocido, pero para el Serenísimo Príncipe de alta estima, y le pregunte si estaría dispuesto a aceptar la cátedra de profesor ordinario de filosofía en su ilustre Universidad. Se le pagará el estipendio anual de que disfrutan actualmente los profesores ordinarios. En ningún otro lugar hallará usted a un príncipe más favorable a los eximios ingenios, entre los cuales le cuenta a usted. Tendrá usted la más amplia libertad de filosofar, y el príncipe confía en que usted no abusará de ella para perturbar la religión públicamente establecida.

Yo no he podido menos de cumplir la orden del sapientísimo Príncipe. Por eso le ruego encarecidamente que me conteste cuanto antes y que entregue su respuesta o bien al señor Grocio, representante del Serenísimo Elector en La Haya, o al señor Gilles van der Hek, para que me la remitan con el paquete de cartas que suelen enviar a la Corte, o que se sirva usted de cualquier otro medio que considere más cómodo y oportuno. Tan sólo añado una cosa: que si usted viene aquí, disfrutará de una vida digna de un filósofo, a menos que todo suceda en contra de lo que esperamos y pensamos.

Sin otro particular, se despide de usted, ilustrísimo señor, y le desea que siga bien, éste que es admirador de su nombre

J. L. Fabritius, Profesor de la Universidad de Heildelberg y Consejero del Elector Palatino. Heildelberg, 16 de febrero de 1673.

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Muy digno señor:

Si alguna vez hubiera deseado aceptar el cargo de profesor en alguna Facultad, sólo hubiera podido desear éste, que por mediación de usted, me ofrece el Serenísimo Elector Palatino, especialmente por la libertad de filosofar que el Clementísimo Príncipe se digna concederme, por no mencionar que hace tiempo que deseo vivir bajo el gobierno de un Príncipe cuya sabiduría todos admiran. Pero como nunca he deseado ejercer públicamente la enseñanza, no puedo decidirme a aprovechar esta preciosa ocasión, pese a haber meditado largamente el asunto.

Porque pienso, en primer lugar, que dejaré de promover la filosofía, si quiero dedicarme a la educación de la juventud. Pienso, además, que no sé dentro de qué límites debe mantenerse esta libertad de filosofar, si no quiero dar la impresión de perturbar la religión públicamente establecida; pues los cismas no surgen tanto del amor ardiente hacia la religión cuanto de la diversidad de las pasiones humanas o del afán de contradecir, con el que se suele tergiversar y condenar todas las cosas, aunque estén rectamente dichas. Y como ya tengo experiencia de esto, mientras llevo una vida privada y solitaria, mucho más habré de temerlo si asciendo a tan alta dignidad.

Ve, pues, dignísimo señor, que no me resisto porque espero una fortuna mejor, sino porque prefiero la tranquilidad, que creo poder alcanzar en cierta medida mientras me mantenga alejado de la enseñanza pública. Por consiguiente, le ruego encarecidamente que pida al Serenísimo Elector que me permita pensar con más detención el asunto y que continúe, además, procurando la benevolencia del Clementísimo Príncipe en favor de su devoto admirador, pues soy, muy digno y noble señor, de usted seguro servidor.

Baruch de Spinoza. La Haya, 30 de marzo de 1673.

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BARUCH DE SPINOZACorrespondencia (cartas 47 y 48). Alianza Editorial, 1988. Traducción de Atilano Domínguez. Filosofía Digital, 2009.

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