París en el siglo XX, de Julio Verne (Parte VI)

Indice

París en el siglo XX  (Parte VI)

de Julio Verne

 

Capítulo XV
Miseria

Durante su estancia en el Gran Depósito Dramático, de abril a septiembre, cinco largos meses de decepciones y sobresaltos, Michel no había dejado de ver a su tío Huguenin ni a su profesor Richelot.

Pasó muchas y maravillosas veladas en casa de uno u otro; con el profesor hablaba del bibliotecario; con el bibliotecario no hablaba del profesor sino de su nieta Lucy, ¡y en qué términos, y con qué sentimientos!

—No tengo muy buena vista —le dijo un día su tío—, pero me parece ver que la amas.

—Sí, tío, ¡como un loco!

—Ámala como un loco pero despósala como un sabio, cuando…

—¿Cuándo? —preguntó Michel, tembloroso.

—Cuando te hayas labrado una posición; triunfa por ella ya que no por ti.

Michel no respondió nada a estas palabras; experimentaba una ira sorda.

—Pero ¿Lucy te ama? —le preguntó el tío Huguenin otra tarde.

—No lo sé —dijo Michel—, ¿de qué le serviría? Realmente no hay razón para que me quiera.

Y la tarde en que le fue planteada esta pregunta, Michel parecía el más desgraciado de los hombres.

No obstante, la joven no se preguntaba en absoluto si el pobre muchacho tenía o no una posición en el mundo. La verdad es que a ella eso no le importaba; se iba acostumbrando poco a poco a ver a Michel, a oírle cuando estaban juntos, a esperarle cuando no llegaba; los dos jóvenes hablaban de todo y de nada. Los dos viejos los dejaban hacer. ¿Para qué impedirles que se amaran? No se lo decían. Hablaban del porvenir. Michel no se atrevía a abordar la cuestión candente del presente.

—¡Cuánto la amaré a usted algún día! —decía Michel a la joven.

Había ahí un matiz que Lucy apreciaba muy bien, una cuestión de tiempo que no había que resolver.

Luego el joven se dejaba llevar por toda su poesía; se sabía escuchado, comprendido, y se entregaba por entero a aquel corazón de muchacha. Estaba realmente muy cerca de Lucy; sin embargo, no componía versos para ella; era incapaz, porque la amaba realmente; no comprendía la alianza entre el amor y la rima, ni que sus sentimientos se pudieran someter a las exigencias de una cesura.

Sin embargo, sin que él lo supiera, su poesía se impregnaba con sus queridos pensamientos y cuando le decía algunos versos a Lucy, ella le escuchaba como si los hubiera hecho ella misma; parecían siempre responder a alguna pregunta secreta que ella no se atrevía a plantear a nadie.

Una noche, Michel le dijo mirándola fijamente:

—Está llegando el día.

—¿Qué día? —preguntó la muchacha.

—El día en que la amaré.

—¡Ah! —suspiró Lucy.

Por último, una hermosa noche del mes de agosto:

—Ya ha llegado —le dijo tomándole la mano.

—El día en que usted me amará —musitó la joven.

—El día en que la amo —respondió Michel.

Cuando el tío Huguenin y el señor Richelot se dieron cuenta de que los jóvenes estaban ya en esa página del libro, les dijeron:

—Ya habéis leído bastante, hijos, cerrad el volumen; y tú, Michel, trabaja para dos.

No hubo otros esponsales.

Como podrá comprenderse, en esta situación Michel no habló de sus vicisitudes. Cuando le preguntaban cómo le iba en el Gran Depósito Dramático respondía con evasivas. No era lo ideal; tenía que acostumbrarse; pero lo conseguiría.

Los viejos no se daban cuenta de nada; Lucy adivinaba los padecimientos de Michel y le animaba como mejor podía. Pero se contenía porque se sabía implicada en el asunto.

¡Cuál no sería, pues, el profundo desánimo, la desesperación del joven, cuando se encontró nuevamente a merced del 

azar! Hubo un momento terrible en que la existencia se le apareció bajo su verdadero aspecto, con sus fatigas, sus decepciones, su ironía. Se sintió más pobre, más inútil, más desplazado que nunca.

«¿Pero qué he venido a hacer a este mundo? —se preguntó—. Sin embargo, ¡no me han invitado! ¡Tengo que irme!».

El pensamiento de Lucy le retuvo.

Acudió a casa de Quinsonnas; le encontró haciendo la maleta, un maletín al que un simple bolso habría mirado por encima del hombro.

Michel le contó su desventura.

—No me asombra nada —respondió Quinsonnas—; no estás hecho para colaborar a lo grande. ¿Qué vas a hacer?

—Trabajar solo.

—¡Ah! —respondió el pianista—, ¿así que eres un valiente?

—Ya veremos. Pero ¿adónde vas tú, Quinsonnas?

—Me marcho.

—¿Te vas de París?

—Sí, y aún más. No es en Francia donde se labran las reputaciones francesas; los productos extranjeros son los que se importan me marcho para que me importen a mí.

—Pero ¿adónde vas?

—A Alemania; a pasmar a esos bebedores de cerveza y esos fumadores de pipa. ¡Oirás hablar de mí!

—¿Así que has conseguido tus grandes propósitos?

—¡Claro! Pero hablemos de ti; vas a luchar, está bien: ¿tienes dinero?

—Algunos cientos de francos.

—Es poco; toma; te dejo mi alojamiento; está pagado por tres meses.

—Pero…

—Yo perdería si no te quedaras con él. Tengo mil francos ahorrados; repartamos.

—Jamás —respondió Michel.

—¡Qué tonto eres, hijo, tendría que dártelo todo y sin embargo lo reparto! Te debo todavía quinientos francos.

—Quinsonnas… —dijo Michel con las lágrimas en los ojos.

—¡Estás llorando! ¡Vaya, tienes razón! ¡Es la escenificación obligatoria de una partida! ¡Tranquilo! ¡Volveré! ¡Venga, démonos un abrazo!

Michel se lanzó en los brazos de Quinsonnas quien, como había jurado no emocionarse, huyó para no traicionar su juramento.

Michel se quedó solo. Al principio decidió no comunicar a nadie su cambio de situación, ni a su tío, ni al abuelo de Lucy. Era inútil darles un disgusto suplementario.

«Trabajaré, escribiré —se repetía para endurecerse—; otros, rechazados por un siglo ingrato, lo han hecho. ¡Ya veremos!».

Al día siguiente hizo que le trajeran su magro equipaje a la habitación de su amigo y se puso manos a la obra.

Quería publicar un libro de poemas, inútiles, pero hermosos, y trabajó sin descanso, casi ayunando, pensando y soñando y durmiendo sólo para soñar otra vez.

Ya no oía hablar de la familia Boutardin; evitaba pasar por las calles que les pertenecían, ¡creía que querían recuperarlo! Su tutor ya no pensaba en él; se sentía liberado de un imbécil, y se felicitaba por ello.

Cuando salía de su habitación, su única alegría consistía en visitar al señor Richelot. Ya no salía para nada más; iba a fortalecerse con la contemplación de la joven y beber en aquella inagotable fuente de poesía. ¡Cómo la amaba! Y, hay que confesarlo, ¡cómo le amaba ella! Este amor llenaba su existencia; no comprendía que se necesitara otra cosa para vivir.

Sin embargo, sus recursos se irían poco a poco, pero él no pensaba en ello.

Una visita que hizo a mediados de octubre al viejo profesor le afligió mucho; encontró a Lucy triste, y quiso conocer la causa de su tristeza.

Había empezado el curso en la Sociedad de Crédito Instruccional; la clase de retórica no había sido suprimida, es cierto; pero poco faltaba; el señor Richelot sólo tenía un alumno, ¡uno solo! Si le faltara, ¿qué pasaría con el viejo profesor sin recursos? Y ello podía ocurrir en cualquier momento, y entonces despedirían al profesor de retórica.

—No hablo por mí —dijo Lucy—, ¡pero me preocupa mi pobre abuelo!

—¿Acaso no estaré yo aquí? —respondió Michel.

Pero pronunció estas palabras con tan poca convicción que Lucy no se atrevió a mirarle.

Michel sentía que su rostro enrojecía de impotencia.

Cuando estuvo solo, se dijo:

«He prometido estar ahí. ¡Si pudiera mantener mi promesa! ¡Venga! ¡A trabajar!».

Y regresó a su habitación.

Transcurrieron muchos días; muchas y hermosas ideas se abrieron paso en el cerebro del joven y revistieron bajo su pluma una forma encantadora. Por fin terminó su libro, si es que un libro de este tipo puede terminarse. Tituló su poemario Las Esperanzas, y había que tener un poderoso temple para esperar todavía.

Entonces Michel empezó la carrera de los editores; es inútil referir aquí la previsible escena que siguió a cada una de sus insensatas tentativas; ni un solo librero quiso leer el libro; se quedó con su papel, su tinta y sus Esperanzas.

Volvió desesperado. Sus ahorros se agotaban; pensó en su profesor; buscó un trabajo manual; en todas partes las máquinas sustituían ventajosamente al hombre; se quedó sin recursos; en otra época habría vendido su piel a cualquier hijo de familia llamado a filas; este tipo de tráfico ya no existía.

Llegó el mes de diciembre, el mes de todos los vencimientos, frío, triste, sombrío, el mes que termina el año sin acabar con el dolor, ese mes que casi siempre sobra en todas las existencias. La palabra más espantosa de la lengua francesa, la palabra «miseria», se inscribió en la frente de Michel. Sus ropajes amarillearon y cayeron poco a poco como el follaje de los árboles al comienzo del invierno, y ya no había primavera que los hiciera renacer.

Empezó a avergonzarse de sí mismo; sus visitas al profesor se hicieron más esporádicas, y también a su tío; olía a miseria; pretextaba trabajos importantes, incluso ausencias; habría causado piedad, si la piedad no hubiera sido expulsada de la tierra en aquella época de egoísmo.

El invierno de 1961 a 1962 fue particularmente crudo; superó a los inviernos de 1789, 1813 y 1829 por su rigor y su duración.

En París el frío empieza el 15 de noviembre y la helada continúa sin interrupción hasta el 28 de febrero; la nieve alcanzó los setenta y cinco centímetros de espesor y el hielo, en los estanques y en algunos ríos, setenta; el termómetro cayó durante quince días a veintitrés grados por debajo de cero. El Sena quedó atrapado durante cuarenta y dos días y la navegación se interrumpió por entero.

Aquel frío terrible fue general en Francia y en gran parte de Europa; el Ródano, el Garona, el Loira, el Rin se helaron por completo; el Támesis se heló hasta Gravesend, a unas seis leguas abajo de Londres; el puerto de Ostende presentaba una superficie sólida que las carretas podían atravesar y hubo coches que cruzaron el Gran Belt sobre el hielo.

El invierno prolongó sus rigores hasta Italia, donde la nieve fue abundante, hasta Lisboa, donde la helada duró cuatro semanas, hasta Constantinopla, que quedó completamente bloqueada.

La persistencia de esta temperatura acarreó funestos desastres; un gran número de personas murieron a causa del frío; tuvieron que suspender las guardias; por la noche, la gente caía muerta en las calles. Los coches ya no podían circular, los ferrocarriles tuvieron que detenerse: no sólo la nieve obstaculizaba su marcha, sino que los maquinistas no podían permanecer en sus locomotoras sin caer muertos.

La agricultura resultó especialmente afectada por aquella inmensa calamidad; las viñas, los castaños, las higueras, las moreras, los olivares de Provenza perecieron en gran número; el tronco de los árboles se hendía instantáneamente por la mitad; incluso los espinos y los brezos sucumbieron bajo las nieves.

Las cosechas de trigo y de heno quedaron totalmente dañadas para el resto del año.

No se pueden juzgar los espantosos sufrimientos de la población pobre, a pesar de los medios adoptados por el Estado para aliviarla; todos los recursos de la ciencia eran impotentes ante tamaña invasión; habían domado el rayo, suprimido las distancias, sometido el tiempo y el espacio a su voluntad, se 

habían puesto las fuerzas más secretas de la naturaleza al alcance de todos, contenido las inundaciones, dominado la atmósfera, pero no podía hacerse nada contra ese terrible, ese invencible enemigo: el frío.

La caridad pública hizo algo más, pero todavía fue poco, y la miseria alcanzó sus últimos límites.

Michel sufrió cruelmente; no tenía un fuego para calentarse y el precio del combustible estaba fuera de su alcance. No se calentó.

Pronto llegó a reducir su alimento a lo más estrictamente necesario, y recurrió a los productos de alimentación más miserables.

Durante algunas semanas vivió con una suerte de preparado que se hacía entonces bajo el nombre de queso de patata, pasta homogénea cocida y picada; pero costaba unos ocho soles la libra.

El pobre diablo llegó a comer pan de bellota de roble, hecho con la fécula de esta sustancia secada al aire; le llamaban el pan de las hambrunas.

Pero el rigor del tiempo hizo subir la libra a cuatro soles. Seguía siendo demasiado caro.

En el mes de enero, en lo más crudo del invierno, Michel se vio obligado a alimentarse con pan de hulla.

La ciencia había analizado singular y minuciosamente el carbón de tierra, que parecía ser la verdadera piedra filosofal; contiene el diamante, la luz, el calor, el aceite y mil elementos más, porque sus diversas combinaciones han dado setecientas sustancias orgánicas. Pero encierra también una gran cantidad hidrógeno y carbono, dos elementos nutritivos del trigo, sin hablar de las esencias que dan aroma y sabor a los frutos más apetitosos.

Con este hidrógeno y este carbono, un tal doctor Frankland hizo un pan que se vendía a dos céntimos la libra.

Hay que confesarlo. Había que estar realmente asqueado para morir de hambre; la ciencia no lo permitía.

¡Así que Michel no murió! Pero ¿cómo pudo vivir?

Porque, por muy poco que sea, el pan de hulla siempre cuesta algo y, cuando no se puede literalmente trabajar, en un franco sólo hay dos céntimos un número limitado de veces.

Michel llegó muy pronto a la última moneda. La examinó durante algún tiempo y se puso a reír con una risa siniestra. Sentía como si su cabeza tuviera un cerco de hierro, influencia del frío, y su cerebro empezaba a desvariar.

«A dos céntimos la libra —pensó—, y a una libra por día, todavía tengo casi dos meses de pan de hulla ante mí. Pero como nunca he regalado nada a mi pequeña Lucy, voy a comprarle el primer ramo de flores con mi última moneda de veinte soles».

Y, como un loco, el desgraciado bajó a la calle.

El termómetro marcaba veinte grados bajo cero.

♦♦♦♦♦♦

 

Capitulo XVI
El demonio de la electricidad

 

Michel caminaba por las calles silenciosas; la nieve amortiguaba el paso de los escasos transeúntes; los coches ya no circulaban; era de noche.

«¿Qué hora es?», se preguntó el joven.

«Las seis», le respondió el reloj del hospital Saint-Louis.

«Un reloj que sólo sirve para medir el sufrimiento», pensó.

Prosiguió el camino con su idea fija: pensaba en Lucy; pero a veces, a pesar suyo, la joven escapaba a su pensamiento; su imaginación no conseguía retenerla; tenía hambre sin casi darse cuenta. Era la costumbre.

El cielo brillaba con una incomparable pureza en medio de un frío intenso; la mirada se perdía en las espléndidas constelaciones; Michel, sin darse cuenta, contemplaba los tres Reyes 

que se levantaban en el horizonte desde el este hasta en medio del magnífico Orión.

Hay mucha distancia entre las calles Grange-aux-Belles y des Fourneaux; casi hay que atravesar el antiguo París. Michel tomó por el camino más corto, llegó a la calle del Faubourg-du-Temple, luego se dirigió en línea recta desde Château d’Eau a los Mercados Centrales por la calle de Turbigo.

Desde allí, en pocos minutos, llegó al Palais Royal y bajó a las galerías por la magnífica entrada que se abría al final de la calle Vivienne.

El jardín estaba oscuro y desierto; un inmenso tapiz blanco lo cubría por entero, sin una mancha, sin una sombra.

«Sería una pena pisarlo», se dijo Michel.

Ni por un instante pensó que sobre todo sería glacial.

En el extremo de la galería de Valois vio una floristería brillantemente iluminada; entró rápidamente y se encontró en un verdadero invernadero. Plantas raras, arbustos verdes, ramos de flores recién abiertas… no faltaba nada.

El aspecto del pobre diablo no era muy alentador; el director del establecimiento no entendía la presencia de aquel muchacho mal vestido entre sus arriates. Desentonaba por completo. Michel comprendió la situación.

—¿Qué quiere usted? —le dijo una voz brusca.

—Las flores que pueda usted darme por veinte soles.

—¡Veinte soles! —exclamó el comerciante con supremo desdén—. ¡Y en el mes de diciembre!

—Sólo una flor —respondió Michel.

«¡Bueno! ¡Démosle una limosna!», pensó el comerciante.

Y le entregó al joven un ramito de violetas a medio marchitar. Pero le tomó los veinte soles.

Michel salió. Experimentó un singular movimiento de satisfacción irónica después de haber gastado su último dinero.

—Ahora estoy sin un sol —exclamó riendo con los labios, mientras sus ojos permanecían extraviados—. ¡Bueno! ¡Qué contenta se va a poner mi pequeña Lucy! ¡Qué ramo tan bonito!

Y llevó hasta su rostro aquellas pocas flores marchitas; respiraba con ebriedad su perfume ausente.

—¡Le gustará mucho recibir violetas en este crudo invierno!

Y se dirigió al muelle, tomó el puente Royal, se internó en el barrio de los Inválidos y de la Escuela Militar (que había conservado este nombre), y dos horas después de haber dejado su habitación de Grange-aux-Belles llegó a la rue des Fourneaux.

Su corazón latía con fuerza; no sentía ni el frío ni la fatiga.

—¡Estoy seguro de que me está esperando! ¡Hace tanto tiempo que no la veo!

Luego le vino un pensamiento a la cabeza.

«No puedo llegar mientras cenan —pensó—; ¡no sería correcto! ¡Tendrían que invitarme! ¿Qué hora será?».

«Las ocho», respondió la iglesia de Saint-Nicolas, cuya flecha claramente recortada se dibujaba en el aire.

«¡Oh! —prosiguió el joven—, ¡a esta hora todo el mundo ha cenado!».

Se dirigió al número 49 de la calle; llamó suavemente a la puerta de la casa; quería darles una sorpresa.

La puerta se abrió. En el momento en que se lanzaba a la escalera, el portero le detuvo.

—¿Adónde va usted? —le dijo mirándole de pies a cabeza.

—A casa del señor Richelot.

—No está.

—¡Cómo que no está!

—Ya no está, si lo prefiere.

—¿El señor Richelot ya no vive aquí?

—¡No! ¡Se fue!

—¿Que se fue?

—¡De patitas a la calle!

—¡A la calle! —exclamó Michel.

—Era uno de esos inquilinos que nunca tienen el dinero preparado el día del vencimiento. Le han desahuciado.

—Desahuciado… —dijo Michel, temblando con todos sus miembros.

—Desahuciado y expulsado.

—¿Adónde? —dijo el joven.

—Lo ignoro —replicó el empleado del gobierno, que en este barrio sólo era de novena clase.

Sin saber cómo, Michel se encontró nuevamente en la calle; tenía el cabello erizado; sentía que su cabeza vacilaba; daba miedo verle.

—¡Desahuciado! —repetía mientras corría—. ¡Expulsado! Es decir, tiene frío, tiene hambre.

Y el infeliz, pensando en que todo lo que amaba tal vez sufría, volvió a experimentar los dolores del hambre y del frío que había olvidado.

«¿Dónde están? ¿De qué viven? El abuelo no tenía nada, ¡lo habrán echado del colegio! ¡Su alumno se habrá ido, el muy cobarde, el muy miserable! ¡Si lo conociera…! ¿Dónde están? —repetía a cada momento—. ¿Dónde están? —preguntaba a los apresurados transeúntes, que le tomaban por loco—. A lo mejor ella ha creído que yo los abandonaba en su miseria».

Ante este pensamiento sintió que le flaqueaban las rodillas; estuvo a punto de caer sobre la nieve endurecida; se mantuvo por un esfuerzo desesperado; no podía caminar: echó a correr; el exceso de dolor produce esas anomalías.

Corrió sin un objetivo y sin ideas; pronto reconoció los edificios del Crédito Instruccional. Huyó horrorizado.

—¡Oh! —exclamó—. ¡Las ciencias! La industria.

Volvió sobre sus pasos. Durante una hora se perdió en medio de los hospicios acumulados en aquel rincón de París: los Niños Enfermos, los Jóvenes Ciegos, el hospital Marie-Thérèse, los Niños Encontrados, la Maternidad, el hospital du Midi, el de la Rochefoucauld, Cochin, Lourcine; no podía salir de aquel barrio del sufrimiento.

—Sin embargo, no quiero entrar ahí —se decía, como si una fuerza le empujara hacia delante.

Entonces encontró los muros del cementerio de Montparnasse.

«Prefiero aquí», pensó.

Merodeó como un borracho en torno al camposanto.

Al fin, sin darse cuenta, llegó al bulevar de Sebastopol en la orilla izquierda, pasó delante de la Sorbona, donde el señor Flourens todavía daba su curso con el mayor de los éxitos, siempre ardoroso, siempre joven.

El pobre loco se encontró por fin en el puente Saint-Michel; la horrible fuente, completamente oculta bajo la capa de hielo, totalmente invisible, mostraba así su aspecto más favorable.

Michel, arrastrándose, siguió por el muelle de los Augustins hasta el Pont Neuf, y allí, con la mirada perdida, se puso a examinar el Sena.

—Malos tiempos para la desesperación —exclamó—. Ni siquiera se puede uno ahogar.

En efecto, el río estaba completamente atrapado; los coches podían cruzarlo sin peligro; había numerosos comercios instalados durante el día, y aquí y allá ardían grandes fogatas.

Los magníficos trabajos de la presa del Sena desaparecían bajo los montones de nieve; era la realización de la gran idea de Arago en el siglo diecinueve; una vez embalsado, el río pondría a disposición de la ciudad de París, en tiempo de estiaje, una fuerza de cuatro mil caballos que no costaba nada y que siempre estaría trabajando.

Las turbinas levantaban diez mil pulgadas de agua a una altura de cincuenta metros; y una pulgada de agua significa veinte metros cúbicos cada veinticuatro horas. Así pues, los habitantes pagaban el agua ciento setenta veces más barato que antaño; mil litros costaban tres céntimos y cada habitante podía disponer de cincuenta litros al día.

Además, como las tuberías siempre tenían agua, el riego de las calles se hacía mediante lanzas, y en caso de incendio cada casa se encontraba suficientemente provista de agua a muy fuerte presión.

Michel, al escalar la presa, oyó el ruido sordo de las turbinas de Fourneyron y Koechlin que seguían funcionando bajo la costra helada. Pero ahí, indeciso, porque evidentemente tenía una idea que se le escapaba, volvió sobre sus pasos; se encontró frente al Instituto.

Entonces recordó que la Academia Francesa ya no tenía un solo hombre de letras; que siguiendo el ejemplo de Laprade, que calificó a Sainte-Beuve de chinche a mediados del siglo diecinueve, más tarde otros dos académicos se dieron el nombre de aquel pequeño hombre de genio del que habla Sterne en Tristram Shandy, vol. I, cap. 21, p. 156, edición de 1818, de Ledoux y Teuré; como los hombres de letras se habían vuelto excesivamente maleducados, acabaron por meter sólo a grandes señores.

La vista de aquella horrible cúpula con bandas amarillentas lastimó al pobre Michel y subió nuevamente por el Sena; por 

encima de su cabeza, el cielo estaba atravesado por cables eléctricos que pasaban de una orilla a otra y se extendían como una inmensa tela de araña hasta la Jefatura de Policía.

Michel huyó, solo sobre el río helado; la luna proyectaba ante sus pasos su intensa sombra, que repetía sus movimientos con gestos desmesurados.

Atravesó el muelle de l’Horloge, el Palacio de Justicia; atravesó el Pont au Change, cuyos arcos se llenaban de enormes bloques de hielo; rebasó el Tribunal de Comercio, el puente de Notre-Dame, el puente de la Reforma, que empezaba a plegarse bajo su larga hechura, y volvió al muelle.

Michel se encontró frente al depósito de cadáveres, abierto día y noche tanto a los vivos como a los muertos; entró automáticamente como si buscara a algún ser querido; examinó los cadáveres rígidos, verdosos, hinchados, tendidos sobre las mesas de mármol; vio en un rincón el aparato eléctrico destinado a devolver a la vida a los ahogados que aún tenían un hálito de existencia.

—De nuevo la electricidad —exclamó.

Y huyó.

Notre-Dame estaba ahí; sus vidrieras resplandecían de luz; se oían cánticos solemnes. Michel entró en la vieja catedral. Terminaba la consagración. Al dejar la sombra de la calle, Michel quedó deslumbrado.

El altar resplandecía de luces eléctricas y unos rayos de la misma naturaleza se escapaban de la custodia que levantaba en sus manos el sacerdote.

—Otra vez la electricidad —repitió el infeliz—, ¡incluso aquí!

Y huyó. Pero no tan deprisa que no pudiera oír el órgano rugir bajo el aire comprimido suministrado por la Sociedad de las Catacumbas.

Michel se volvía loco; creía que el demonio de la electricidad le perseguía; se dirigió al muelle de Grèves; se internó por un dédalo de calles desiertas; salió a la plaza Royale, donde la estatua de Victor Hugo había expulsado a la de Luis XIV; se encontró frente al nuevo bulevar de Napoleón IV que se extendía hasta la plaza en medio de la cual Luis XIV avanza galopando hacia el Banco de Francia; y, por un recodo, salió a la calle de Notre-Dame des Victoires.

En la fachada de la calle que hace esquina con la plaza de la Bolsa entrevió el mármol donde se mostraban estas palabras en letras de oro:

Recuerdo histórico.
Victorien Sardou
residió
en el
cuarto piso de esta casa
de 1859 a 1862.

Michel se encontró al fin frente a la Bolsa, la catedral del momento, el templo de los templos; la esfera eléctrica marcaba las doce menos cuarto de la noche.

«La noche no avanza», pensó.

Volvió a subir hasta los bulevares. Los candelabros se devolvían sus haces de una blancura intensa, y los rótulos transparentes, en los que la electricidad escribía anuncios con letras de fuego, centelleaban sobre las columnas rostradas.

Michel cerró los ojos; se deslizó entre una multitud bastante considerable vomitada por los teatros; llegó a la plaza de la Ópera y vio la cohorte elegante y dorada de los ricos que desafiaban el frío con sus cachemiras y sus pieles; rodeó la larga cola de los coches de gas y se escapó por la calle de Lafayette.

Ante él había una legua y media en línea recta.

«Huyamos de este mundo», se dijo.

Y avanzó, arrastrándose, a veces cayéndose y volviéndose a levantar, magullado pero insensible; le sostenía una fuerza externa a él.

A medida que avanzaba, el silencio y el abandono renacían a su alrededor. Sin embargo todavía seguía viendo a lo lejos como una inmensa luz; oía un ruido formidable que no podía compararse a nada.

No obstante, continuó; por fin llegó, en medio de un estruendo espantoso, a una inmensa sala donde cabían cómodamente diez mil personas, y en el frontón podían leerse estas llameantes letras:

Concierto eléctrico

¡Sí! ¡Concierto eléctrico! ¡Y qué instrumentos! ¡Según un procedimiento húngaro, doscientos pianos comunicados entre sí a través de una corriente eléctrica tocaban juntos de la mano de un solo artista! Un piano con la fuerza de doscientos pianos.

—¡Huyamos, huyamos! —exclamó el desgraciado, perseguido por aquel demonio tenaz—. ¡Lejos de París! ¡Lejos de París encontraré tal vez reposo!

¡Y se arrastraba de rodillas! Después de dos horas de lucha contra su propia debilidad, llegó al estanque de la Villette; allí se perdió, y creyendo dirigirse a la puerta de Aubervilliers, se adentró en la interminable calle de Saint-Maur; una hora después, rodeaba la prisión para jóvenes, en la esquina de la calle de la Roquette.

¡Allí se ofrecía un siniestro espectáculo! ¡Estaban levantando un patíbulo! Preparaban una ejecución para la madrugada.

Los obreros, cantando, levantaban la plataforma.

Michel quiso huir de aquella visión; pero tropezó con una caja abierta. Al enderezarse, vio una batería eléctrica.

¡Entonces lo comprendió! Ya no cortaban la cabeza a nadie. Le fulminaban con una descarga. Eso remedaba mejor la venganza celeste.

Michel lanzó un último grito y desapareció.

Daban las cuatro en la iglesia de Sainte-Marguerite.

 

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