París en el siglo XX, de Julio Verne (Parte V)

Indice

París en el siglo XX  (Parte V)

de Julio Verne

 

Capítulo XIII
Que trata de la facilidad con la que un artista puede morir de hambre en el siglo XX

 

La postura del joven había cambiado singularmente. Otros en su lugar se habrían desesperado, de no haberse planteado la cuestión desde su punto de vista: aunque ya no podía contar con la familia de su tío, al fin era libre; le echaban, le ponían en la calle, y él creía salir de la cárcel; le despedían, y era él quien creía despedirles a ellos. No le preocupaba lo que pudiera ocurrir. Al aire libre se sentía capaz de todo.

A Quinsonnas le costó trabajo calmarle, pero hizo lo posible por atenuar aquella efervescencia.

—Ven a mi casa —le dijo—; hay que dormir.

—¡Dormir cuando se levanta el día! —replicó Michel con grandes aspavientos.

—Metafóricamente se levanta, lo admito —respondió Quinsonnas—, pero físicamente es de noche; y no hay que dormir bajo las estrellas; ya no hay estrellas; a los astrónomos sólo les interesa las que no se ven. Anda, hablaremos de la situación.

—Hoy no —respondió Michel—, me dirías cosas desagradables; ¡las conozco! ¿Qué pensarás que yo no sepa? ¿Se te ocurriría decirle a un esclavo, ebrio de libertad: «Amigo, sabe usted que ahora se va a morir de hambre»?

—Tienes razón —respondió Quinsonnas—; hoy callaré; ¡pero mañana…!

—¡Mañana es domingo! ¿Vas a estropearme el día de fiesta?

—¡Así que no vamos a poder hablar nunca!

—¡Claro! Un día de éstos.

—Mira, tengo una idea —dijo el pianista—, como mañana es domingo, ¿por qué no vamos a ver a tu tío Huguenin? ¡Me gustaría conocer a esa excelente persona!

—De acuerdo —exclamó Michel.

—Sí, pero permitirás que entre los tres busquemos una solución a la presente situación.

—¡De acuerdo, lo permito —respondió Michel—, será difícil que no encontremos alguna!

—Bueno, bueno —dijo Quinsonnas, que se conformó con bajar la cabeza sin responder.

Al día siguiente, muy de mañana, tomó un gaseomóvil y fue a recoger a Michel, que le estaba esperando; éste bajó, subió al vehículo y el mecánico puso su máquina en movimiento; era maravilloso ver aquel coche desplazándose tan deprisa sin motor aparente. A Quinsonnas le gustaba mucho más este modo de locomoción que los ferrocarriles.

Hacía buen tiempo; el gaseomóvil circulaba por las calles recién despertadas, torciendo diestramente en las esquinas, subiendo las cuestas sin esfuerzo, y a veces deslizándose con sorprendente rapidez por las calzadas alquitranadas.

Al cabo de veinte minutos se detuvo en la rue du Caillou. Quinsonnas pagó la carrera y los dos amigos no tardaron en alcanzar las alturas del tío Huguenin. Éste abrió la puerta. Michel abrazó a su tío y le presentó a Quinsonnas.

El señor Huguenin recibió cordialmente al pianista; hizo sentar a sus visitantes y les invitó informalmente a almorzar.

—Querido tío —dijo Michel—, tenía otros proyectos.

—¿Cuáles, hijo mío?

—Llevarle a pasar el día en el campo.

—¡El campo! —exclamó el tío—; ¡si ya no hay campo, Michel!

—Es verdad —respondió Quinsonnas—, ¿por dónde vas al campo?

—Veo que el señor Quinsonnas es de mi opinión —replicó el tío.

—Completamente, señor Huguenin.

—Mira, Michel —repuso el tío—, para mí, el campo, antes que los árboles, antes que las llanuras, antes que los ríos, antes que las praderas, es sobre todo la atmósfera; y resulta que a diez leguas alrededor de París, ya no hay atmósfera. Nos tenía envidia la de Londres, y gracias a las diez mil chimeneas de las fábricas, a los productos químicos, al guano artificial, al humo de carbón, a los gases deletéreos y las miasmas industriales, hemos conseguido un aire que rivaliza con el del Reino Unido; de manera que, a no ser que vayamos lejos, demasiado lejos para mis viejas piernas, ¡no hay que pensar en respirar nada puro! Créeme, nos quedaremos tranquilamente en casa con las ventanas bien cerradas y almorzaremos lo mejor que podamos.

Se hizo según los deseos del tío Huguenin; se sentaron a la mesa; comieron; hablaron de unas cosas y otras; el señor Huguenin observaba a Quinsonnas, quien no pudo impedir decirle a los postres:

—A fe mía, señor Huguenin, que tiene usted una fisonomía que da gusto verla en estos tiempos de rostros siniestros; permítame que estreche su mano.

—Señor Quinsonnas, le conozco desde hace mucho; este muchacho me ha hablado de usted a menudo; yo sabía que era de los nuestros, y agradezco a Michel su grata visita; ha hecho muy bien trayéndole aquí.

—¡Ay, señor Huguenin! Diga más bien que soy yo quien le ha traído a él y acertará.

—¿Qué ocurre, Michel, para que te hayan traído aquí?

—Señor Huguenin —repuso Quinsonnas—, «traído» no es la palabra, habría que decir «arrastrado».

—¡Quinsonnas es la exageración personificada! —dijo Michel.

—Pero… —dijo el tío.

—Señor Huguenin —repuso el pianista—, mírenos detenidamente.

—Los miro, señores.

—Veamos, Michel, date la vuelta para que tu tío pueda examinarnos desde todos los ángulos.

—¿Van a decirme cuál es el motivo de esta exhibición?

—Señor Huguenin, ¿no encuentra que hay en nosotros algo de las personas recién echadas a la calle?

—Echados a la calle…

—Sí, pero echados como ya no se echa…

—¡Cómo! ¿Les ha sucedido alguna desgracia?

—¡Una alegría! —dijo Michel.

—Qué niño —dijo Quinsonnas, alzando los hombros—. Señor Huguenin, estamos lisa y llanamente en la calle, mejor dicho: ¡en el asfalto de París!

—¿Es posible?

—¡Sí, querido tío! —respondió Michel.

—Pero ¿qué ha ocurrido?

—Lo siguiente, señor Huguenin.

Quinsonnas empezó a relatar su catástrofe; su forma de contar y de enfocar los acontecimientos y, en definitiva, su exuberante filosofía arrancaron sonrisas involuntarias al tío Huguenin.

—Sin embargo, no es cosa de risa —dijo.

—Ni tampoco de llanto —profirió Michel.

—¿Qué van a hacer ahora?

—No pensemos en mí —respondió Quinsonnas—, sino en el chico.

—Y sobre todo —replicó el muchacho—, hablemos como si yo no estuviese aquí.

—Ésta es la situación —repuso Quinsonnas—. Dado que es un muchacho que no puede ser financiero ni comerciante ni industrial, ¿cómo se las va a arreglar en este mundo?

—Es una buena pregunta —respondió el tío—, y singularmente embarazosa; acaba usted de enumerar las tres únicas profesiones actuales; y no veo otras, a no ser que uno sea…

—¡Propietario! —dijo el pianista.

—¡Exacto!

—¡Propietario! —dijo Michel echándose a reír.

—¡Es verdad! ¡Y se lo toma a risa! —exclamó Quinsonnas—. Este chico trata con una imperdonable ligereza esta profesión tan lucrativa como honorable. Infeliz, ¿has pensado alguna vez lo que significa ser propietario? ¡Hijo mío, es espantoso lo que contiene esta palabra! ¡Cuando se piensa que un hombre, un semejante tuyo, hecho de carne y hueso, nacido de mujer, de un simple mortal, posee cierta porción del globo! ¡Que dicha porción del globo le pertenece en exclusiva, como su cabeza, y a veces mucho más! ¡Que nadie, ni siquiera Dios, puede quitarle esa porción, que transmite a sus herederos! ¡Que tiene derecho a cavarla, removerla, edificar en ella a su antojo! ¡Que el aire que la rodea, el agua que la riega, todo es suyo! ¡Que puede quemar sus árboles, beberse sus ríos y comer su hierba, si le place! ¡Que cada día se dice: de esta tierra, que el Creador creó el primer día del mundo, yo tengo una parte; esta superficie del hemisferio es mía, totalmente mía, con las seis mil toesas de aire respirable que se elevan por encima de ella y las quinientas leguas de corteza terrestre que se hunden por debajo! Porque, en fin, dicho hombre es propietario hasta el centro mismo del globo y sólo limita con el correspondiente propietario de las antípodas. Pero, ¡desdichado!, ¿al reírte de esta manera no has pensado, no has calculado que un hombre que posee una simple hectárea, posee real y verdaderamente un cono que contiene veinte mil millones de metros cúbicos, que son suyos, más suyos que nada en el mundo?

¡Quinsonnas estaba magnífico! ¡Qué gestos, qué entonación, qué aspecto!; era impresionante. Nadie podía llamarse a engaño; era un hombre que tenía algún bien bajo el sol: ¡era un propietario!

—¡Ay, señor Quinsonnas! —exclamó el tío Huguenin—, ¡es usted soberbio! ¡Dan ganas de ser propietario para el resto de los días!

—¿Verdad que sí, señor Huguenin? ¡Y este niño riéndose!

—¡Claro que me río! —respondió Michel—, ¡porque no voy a tener nunca ni un metro cúbico de tierra! A no ser que el azar…

—¿Cómo que el azar? —exclamó el pianista—. Ésa es una palabra que no entiendes y que sin embargo utilizas.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que azar viene de una palabra árabe, y esa palabra significa difícil y no otra cosa; así pues, en este mundo sólo hay dificultades por vencer, y con perseverancia e inteligencia se puede salir adelante.

—¡Así es! —respondió el tío Huguenin—. Vamos, Michel, ¿qué opinas?

—Tío, yo no soy tan ambicioso, y los veinte mil millones de Quinsonnas me afectan muy poco.

—Pero una hectárea de tierra produce entre veinte y veinticinco hectolitros de trigo —respondió Quinsonnas—, y un hectolitro de trigo puede dar setenta y cinco kilogramos de pan; ¡medio año de alimentos a una libra diaria!

—¡Alimentarse, alimentarse! —exclamó Michel—, siempre la misma canción.

—Sí, hijo, la canción del pan, que a menudo se canta con un triste compás.

—Bien, Michel, ¿qué pretendes hacer? —preguntó el tío Huguenin.

—Si yo fuera completamente libre, tío —respondió el joven—, me gustaría poner en práctica una definición de la felicidad que he leído no sé dónde, y que incluye cuatro condiciones.

—¿Y cuáles son, sin ser demasiado curioso? —preguntó Quinsonnas.

—La vida al aire libre —respondió Michel—, el amor de una mujer, la ausencia de toda ambición y la creación de una belleza nueva.

—Pues bien —exclamó el pianista riendo—, Michel ya ha realizado la mitad del programa.

—¿Y cómo es eso? —preguntó el tío Huguenin.

—¿La vida al aire libre? ¡Ya está en la calle!

—Exacto —dijo el tío.

—¿El amor de una mujer…?

—Pasemos —dijo Michel sonrojándose.

—Bien —dijo el señor Huguenin con aire guasón.

—En cuanto a las otras dos condiciones —repuso Quinsonnas—, es algo más difícil. Le creo lo bastante ambicioso como para no estar suficientemente alejado de toda ambición…

—¡Y queda la creación de una belleza nueva! —exclamó Michel levantándose con entusiasmo.

—El muchacho es muy capaz —replicó Quinsonnas.

—¡Pobre chico! —dijo el tío en tono bastante triste.

—Tío…

—No sabes nada de la vida, y toda la vida hay que estar aprendiendo a vivir, como dijo Séneca; ¡te lo suplico, no te entregues a esperanzas insensatas y repara en los obstáculos!

—En efecto —repuso el pianista—, en este mundo nada se hace solo; como en mecánica, hay que tener en cuenta el medio y el frotamiento; ¡frotamiento de los amigos, de los enemigos, de los inoportunos, de los rivales!; el medio: de las mujeres, de la familia, de la sociedad; ¡un buen ingeniero tiene que contar con todo!

—El señor Quinsonnas tiene razón —replicó el tío—, pero seamos más precisos, Michel; hasta ahora no has triunfado en las finanzas.

—Por eso pido seguir un poco mis gustos, mis aptitudes.

—¡Tus aptitudes! —exclamó el pianista—. ¡Mira, en este momento me ofreces el triste espectáculo de un poeta que se muere de hambre y que sin embargo alimenta sus esperanzas!

—¡Este demonio de Quinsonnas tiene una manera encantadora de plantear las cosas! —respondió Michel.

—¡No bromeo, argumento! Quieres ser artista en una época en la que el arte ha muerto.

—¡Muerto…!

—¡Muerto! Enterrado, con epitafio y urna funeraria. Ejemplo: ¿eres pintor? Pues bien, la pintura ya no existe; ya no hay cuadros, ni siquiera en el Louvre; los restauraron tan sabiamente durante el siglo pasado que se están desmoronando; de las Sagradas familias de Rafael ya sólo queda un brazo de la Virgen y un ojo de san Juan; es poco; de Las bodas de Caná sólo se ve un arco aéreo tocando una viola voladora; ¡es insuficiente! Los Tizianos, los Correggios, los Giorgiones, los Leonardos, los Murillos, los Rubens tienen una enfermedad de la piel que les contagiaron sus médicos y de la que se están muriendo; ¡sólo tenemos sombras inasibles, líneas imprecisas, colores roídos, ennegrecidos, entremezclados, en unos marcos espléndidos! Han dejado que se pudran los lienzos y también los pintores; no ha habido una exposición desde hace cincuenta años, y es una suerte.

—¿Una suerte? —se extrañó el señor Huguenin.

—Sin duda, porque durante el siglo pasado el realismo logró tales progresos que no se le podía seguir tolerando. ¡Incluso se cuenta que un tal Courbet, en una de las últimas exposiciones se mostró, frente al muro, realizando uno de los actos más higiénicos pero menos elegantes de la vida! Era como para que los pájaros de Zeuxis salieran huyendo.

—¡Qué horror! —dijo el tío.

—Es que era auvernés —respondió Quinsonnas—. Tenemos que en el siglo veinte, ni pintura, ni pintores. ¿Pero hay al menos escultores? Tampoco, desde que plantaron en medio del patio del Louvre a la musa de la Industria: ¡una tarasca maciza encaramada a un cilindro de máquina, con un viaducto sobre sus rodillas, bombeando con una mano, soplando con la otra, con un collar de pequeñas locomotoras sobre los hombros y un pararrayos en el moño!

—¡A fe mía que iré a ver esa obra maestra! —dijo el señor Huguenin.

—Vale la pena —respondió Quinsonnas—. Así que tampoco hay escultores. ¿Acaso hay músicos? Ya conoces mi opinión al respecto, Michel. ¿Quieres hacer literatura? Pero ¿quién lee novelas? ¡Ni siquiera quienes las escriben, a juzgar por el estilo! ¡Todo eso ha terminado, ha pasado, ha muerto!

—No obstante —repuso Michel—, muy cerca de las artes hay algunas profesiones que se asemejan a ellas.

—¡Ah, sí! Antaño podía uno hacerse periodista, de acuerdo; pero aquello fue durante la buena época, cuando existía una burguesía que creía en los periódicos y que hacía política. Pero ¿a quién le importa la política? ¿En el exterior? ¡No! La guerra ya no es posible y la diplomacia ha pasado de moda. ¿En el interior? ¡Tranquilidad absoluta! Ya no hay partidos en Francia: los orleanistas se dedican al comercio y los republicanos a la industria; ¡apenas se cuenta con algunos legitimistas aliados a los Borbones de Nápoles que publican una pequeña gaceta para suspirar en ella! El gobierno hace negocios como un buen financiero y paga regularmente; ¡incluso se cree que este año distribuirá dividendos! Las elecciones ya no apasionan a nadie; los hijos diputados suceden a los padres diputados, ejercen tranquilamente su oficio de legisladores sin hacer ruido, como niños obedientes que estudian en su habitación; ¡es como para creer realmente que la palabra «candidato» proviene de la palabra «cándido»! Ante tal estado de cosas, ¿para qué sirve el periodismo? ¡Para nada!

—Todo esto es verdad, desgraciadamente —respondió el tío Huguenin—, el periodismo ha cumplido con la sociedad.

—¡Exacto! Como un preso liberado de Fontevrault o de Melun; y ya no volverá. Hace cien años abusaron y ahora pagamos las consecuencias; casi no se leía, pero todo el mundo escribía; en 1900 el número de periódicos en Francia, políticos o no, ilustrados o sin ilustrar, llegaba a sesenta mil; estaban escritos en todos los dialectos; en picardo, en vasco, en bretón, en árabe… sí, señores, había un periódico árabe, El Centinela del Sahara, que los bromistas de la época llamaban «periódico hebdromedario». ¡Pues bien, aquella proliferación de periódicos no tardó en acabar con el periodismo por la indiscutible razón de que los escritores eran más numerosos que los lectores!

—En aquella época —replicó el tío Huguenin— también había pequeños periódicos en donde se podía ir tirando.

—No cabe duda —respondió Quinsonnas—, pero a pesar de sus hermosas cualidades, les pasó lo mismo que a la yegua de Rolando; los mozos que los redactaban abusaron tanto del ingenio que la mina acabó agotándose; los escasos lectores ya no entendían nada; además, aquellos amables escritores acabaron casi por matarse entre sí, pues nunca se prodigaron tantas bofetadas ni tantos bastonazos; había que tener buenas espaldas y buenos mofletes para sobrevivir. La desmesura llevó a la catástrofe y el pequeño periodismo fue a reunirse con el grande en el olvido.

—¿Pero no alimentaba la crítica bastante bien a su personal? —preguntó Michel.

—¡Ya lo creo! —respondió Quinsonnas—. ¡Tenía sus príncipes! ¡Algunos con talento para dar y tomar! Se hacía cola en la antesala de los grandes señores y algunos no dudaban en poner precio a sus elogios y les pagaban; y se pagó hasta que un hecho imprevisto acabó radicalmente con los grandes sacerdotes del vapuleo.

—¿Cuál fue ese hecho? —dijo Michel.

—La aplicación a gran escala de cierto artículo del código. Toda persona mencionada en un artículo tenía derecho a responder en el mismo lugar con un número igual de líneas, y los autores de teatro, novelas, libros de filosofía, de historia… se pusieron a replicar en masa a sus críticos; cada cual tenía derecho a determinado número de palabras y ejercía ese derecho; los periódicos pretendieron resistir al principio, lo que originó algunos procesos; fueron condenados; entonces, para atender a las reclamaciones, agrandaron el formato; pero los inventores de cualquier aparato empezaron a intervenir; no se podía hablar de nada sin que hubiera una réplica por insertar; aquello degeneró en un abuso tal que en definitiva la crítica murió en el acto. Con ella desapareció el último recurso del periodismo.

—¿Qué hacer, entonces? —dijo el tío Huguenin.

—¿Qué hacer? ¡Ésta es siempre la pregunta cuando no se quiere saber nada de la industria ni del comercio ni de las finanzas, a no ser que uno sea médico! Y aun así, ¡que el diablo me lleve! Creo que las enfermedades también se gastan, y si la facultad no empieza a inocular algunas nuevas, dentro de poco los médicos se quedarán sin trabajo. No hablaré de los abogados; ya no se litiga, se transige; se prefiere una mala transacción a un buen proceso, ¡resulta más rápido y más comercial!

—Pero, ahora que pienso —dijo el tío—, todavía hay periódicos financieros.

—Sí —respondió Quinsonnas—; pero ¿querrá trabajar ahí Michel, redactar boletines, llevar la librea de algún Casmodage o de algún Boutardin, redondear frases desafortunadas sobre los sebos, las colzas o los tres por ciento, caer todos los días en flagrante delito de errores, profetizar los acontecimientos con aplomo, partiendo del principio de que si la profecía no se cumple nadie recordará al profeta, pero si se cumple, él mismo se jactará a voz en grito de su perspicacia; y, por último, aplastar con dinero contante unas sociedades rivales para el mayor provecho de un banquero, cosas todas ellas muy por debajo de fregar oficinas? ¿Michel aceptaría hacer eso?

—¡Claro que no!

—No veo otra cosa que los empleos del gobierno, hacerse funcionario; hay diez millones en Francia; ¡calcula las posibilidades de ascenso y ponte a la cola!

—A fe mía —dijo el tío—, que podría ser la opción más inteligente.

—Inteligente, pero desesperada —respondió el joven.

—En fin, Michel…

—En el repaso de las profesiones alimentarias —respondió este último—, Quinsonnas ha olvidado una.

—¿Cuál? —preguntó el pianista.

—La de autor dramático.

—¡Ah!, ¿quieres hacer teatro?

—¿Por qué no? ¿Acaso el teatro no alimenta, para emplear tu horrible lenguaje?

—A fe mía, Michel —respondió Quinsonnas—, en lugar de decirte lo que pienso de ello voy a hacer que lo pruebes. Te daré una carta de recomendación para el director general del Depósito Dramático; ¡y lo intentarás!

—¿Cuándo?

—¡Mañana mismo!

—¡Dicho!

—Dicho.

—Quinsonnas, ¿esto va en serio? —pregunto el tío Huguenin.

—Muy en serio —respondió Quinsonnas—; pudiera ser que triunfara; en cualquier caso, bien sea ahora o dentro de seis meses, siempre está a tiempo de hacerse funcionario.

—Pues bien, Michel, te veremos manos a la obra. Pero usted, señor Quinsonnas, usted también comparte el infortunio de este muchacho. ¿Le podría preguntar qué piensa hacer?

—Señor Huguenin —respondió el pianista—, no se preocupe por mí, Michel sabe que tengo un gran proyecto.

—Sí —respondió el joven—, quiere asombrar a su generación.

—Asombrar a su generación…

—Ése es el noble objetivo de mi vida; creo que voy por el buen camino y previamente pienso ir al extranjero a probarlo. Ya sabe que es allí donde se consolidan las reputaciones.

—Así que te vas… —dijo Michel.

—Dentro de unos meses —respondió Quinsonnas—, pero volveré pronto.

—Buena suerte —dijo el tío Huguenin tendiendo la mano a Quinsonnas, que se levantaba—, y gracias por la amistad que brinda a Michel.

—Si el muchacho quiere acompañarme —respondió el pianista—, le daré ahora mismo la carta de recomendación.

—Con mucho gusto —dijo el joven—. Adiós, querido tío.

—Adiós, hijo mío.

—Hasta la vista, señor Huguenin —dijo el pianista.

—Hasta la vista, señor Quinsonnas —respondió el buen hombre—, y que la fortuna le sonría.

—¡Sonreír! —replicó Quinsonnas—; algo más, señor Huguenin: quiero que ría a carcajadas.

♦♦♦♦♦♦

Capítulo XIV
El Gran Depósito Dramático

En aquella época en que todo estaba centralizado, tanto el pensamiento como la fuerza mecánica, la creación de un Depósito Dramático resultaba muy adecuada; hubo una serie de hombres, prácticos e industriosos, que obtuvieron el privilegio de esta importante sociedad en 1903.

Pero veinte años después pasó a manos del gobierno y funcionó bajo las órdenes de un director general, consejero de Estado.

Los cincuenta teatros de la capital se surtían allí de todo tipo de obras; algunas estaban ya escritas; otras se hacían por encargo, adaptadas a las características de un actor dado o bien en consonancia con determinado tipo de idea.

La censura desapareció ante este nuevo estado de cosas, y sus emblemáticas tijeras se oxidaron en los cajones; estaban algo melladas por el uso, pero el gobierno se ahorró el tener que afilarlas.

Los directores de los teatros, tanto de París como de provincias, eran funcionarios del Estado, a sueldo, con pensión, jubilación y condecoraciones, según su edad y servicios.

Los comediantes cobraban del presupuesto, aun sin ser empleados del gobierno; los prejuicios del pasado respecto a ellos se debilitaban de día en día; su oficio figuraba entre las profesiones honorables; se les introducía cada vez más en las comedias de salón; compartían papeles con los invitados y acabaron perteneciendo a la sociedad; las grandes damas daban la réplica a las grandes actrices y les decían en algunos papeles: «Vos valéis más que yo, señora, la virtud brilla en vuestra frente; ¡yo no soy más que una cortesana…!». Y otras cosas por el estilo.

Incluso un opulento miembro de la Comédie Française llegó a hacer que se interpretaran en su casa piezas íntimas en las que actuaban hijos de familias acomodadas.

Todo esto realzaba singularmente la profesión de actor.

La creación del Gran Depósito Dramático hizo desaparecer la ruidosa sociedad de autores; los empleados del mismo cobraban su sueldo mensual, bastante elevado por cierto, y el Estado se embolsaba los ingresos.

El Estado tenía la alta dirección de la literatura dramática. Si el Gran Depósito no producía obras maestras, al menos divertía al pueblo dócil mediante obras apacibles; ya no se representaba a los autores antiguos; algunas veces, y por excepción, daban algo de Molière en el Palais Royal, con cuplés y chascarrillos de los actores; pero Hugo, Dumas, Ponsard, Augier, Scribe, Sardou, Barrière, Meurice, Vacquerie, habían sido eliminados en masa; antaño abusaron demasiado de su talento para arrastrar al siglo; ahora bien, en una sociedad bien organizada, el siglo debe como mucho caminar, no correr; y ese tiro tenía piernas y pulmones de ciervo; aquello no carecía de peligro.

Ahora todo sucedía dentro de un orden, como conviene a personas civilizadas; los autores funcionarios vivían bien y no se cansaban; se acabaron los poetas bohemios, aquellos genios miserables que parecían protestar eternamente contra el orden establecido; ¿quién podía quejarse de una organización que mataba la personalidad de la gente y proporcionaba al público la cantidad de literatura a la medida de sus necesidades?

A veces, algún pobre diablo, creyéndose poseedor del fuego sagrado de la inspiración, intentaba destacar; pero los teatros le estaban vedados por los convenios con el Gran Depósito Dramático; entonces, el poeta incomprendido publicaba alguna hermosa comedia por cuenta propia, nadie la leía, y se convertía en presa de esos pequeños seres de la clase de los entomozoarios, que debían de ser los más instruidos de su época si leían todo lo que se les daba para roer.

Y hacia el Gran Depósito —reconocido por decreto como establecimiento de utilidad pública— se dirigió Michel Dufrénoy con su carta de recomendación en la mano.

Las oficinas de la sociedad estaban situadas en la calle Neuve-Palestro, y ocupaban un antiguo cuartel en desuso.

Michel fue llevado a presencia del director.

Era un hombre extremadamente serio, muy imbuido de la importancia de sus funciones; no reía jamás, ni siquiera pestañeaba ante las frases más conseguidas de sus vodeviles; decían de él que estaba hecho a prueba de bomba; sus empleados le reprochaban que los trataba de forma casi militar; ¡pero tenía que tratar con tanta gente!: autores cómicos, dramaturgos, vodevilistas, libretistas, sin contar con los doscientos funcionarios de la oficina de copias y la legión de claquistas, que la administración proporcionaba a los teatros según la índole de las obras representadas; estos últimos eran unos señores muy disciplinados que estudiaban con sabios profesores el delicado arte de los aplausos y su gama de matices.

Michel entregó la carta de Quinsonnas. El director la leyó en voz alta y dijo:

—Señor, conozco mucho a su protector, y estaré encantado de complacerle; me habla de sus aptitudes literarias.

—Señor —respondió modestamente el joven—, todavía no he producido nada.

—Mucho mejor; a nuestros ojos, eso es un mérito —respondió el director.

—Pero tengo algunas ideas nuevas.

—Es inútil, señor, no necesitamos novedades; toda personalidad debe desaparecer aquí; tendrá usted que fundirse en un vasto conjunto que produce obras medianas. Sin embargo, no puedo prescindir con usted de las normas establecidas; tendrá que pasar un examen para ser admitido.

—Un examen… —dijo Michel, asombrado.

—Sí, una composición escrita.

—De acuerdo, señor, a sus órdenes.

—¿Cree estar preparado?

—Cuando usted quiera, señor director.

—Entonces ahora mismo.

El director dio una serie de órdenes y Michel no tardó en ser instalado en una habitación, con pluma, papel, tinta y un tema de composición. ¡Le dejaron solo!

¡Cuál no fue su asombro! Esperaba tener que desarrollar un tema de historia, resumir algún producto del arte dramático, o analizar alguna obra maestra del viejo repertorio. ¡Criatura!

¡Tenía que imaginar un lance imprevisto en una situación dada, un cuplé con agudezas y un retruécano por aproximación!

Se armó de valor y trabajó como mejor pudo.

En suma, su composición resultó floja e incompleta; le faltaba habilidad, mano, como se seguía diciendo; el lance imprevisto dejaba mucho que desear, el cuplé era demasiado poético para un vodevil y el retruécano era un fracaso.

Sin embargo, gracias a su protector, fue admitido con ciento ochenta francos de sueldo; como su lance imprevisto fue lo menos flojo de su examen, le colocaron en la división de la comedia.

El Gran Depósito Dramático tenía una organización maravillosa.

Comprendía cinco grandes divisiones:

1.ª Alta comedia y comedia de género.

2.ª Vodevil propiamente dicho.

3.ª Drama histórico y drama moderno.

4.ª Ópera y ópera cómica.

5.ª Revistas, fantasías y temas oficiales.

La tragedia estaba suprimida.

Cada división incluía empleados especialistas; su nomenclatura permitirá que pueda conocerse poco a poco el mecanismo de esta gran institución, donde todo estaba previsto, ordenado, reglamentado.

En treinta y seis horas se podía entregar una comedia de género o una revista de fin de año.

Michel fue instalado en su despacho, en la primera división.

Había empleados de talento, uno encargado de las Exposiciones, otro de los Desenlaces, éste de las Salidas, aquél de las Entradas de los personajes; fulano llevaba la oficina de rimas ricas, cuando se necesitaban versos a toda costa, mengano la parte de las rimas corrientes para los simples diálogos de acción.

También había una especialidad de funcionarios a la que Michel se iba a incorporar; la misión de dichos empleados, por cierto muy hábiles, era la de rehacer las obras de los siglos precedentes, bien copiándolas lisa y llanamente, bien dando la vuelta a los personajes.

Por ejemplo, la administración acababa de obtener un éxito inmenso en el teatro del Gimnasio con el Demimonde ingeniosamente manipulado; la pérfida baronesa de Ange se había convertido en una joven ingenua e inexperta a punto de caer en las redes de Nanjac; lo que habría sucedido de no ser por su amiga, la señora de Jalin, ex amante del citado Nanjac; el episodio «de los albaricoques» y la pintura de ese mundo de personas casadas donde las esposas nunca aparecían ponía en pie a la sala.

También se había rehecho Gabrielle, porque el gobierno estaba interesado por no sé qué circunstancia en dar coba a las mujeres de los procuradores. Julien iba a desertar del hogar doméstico con su amante, cuando aparece su mujer, Gabrielle. Ésta le pinta de tal manera la infidelidad —dando tumbos por los caminos, bebiendo vino azulado y durmiendo entre sábanas húmedas—, que él renuncia a su crimen, convencido por las elevadas razones morales de su esposa, y concluye diciendo: «¡Oh, madre de familia! ¡Oh, poeta! ¡Te amo!».

Esta obra, titulada Julien, llegó incluso a ser premiada por la Academia.

Al penetrar en los secretos de esta gran institución, Michel se sentía desfallecer; pero tenía que ganarse el sueldo y no tardaron en cargarle con un trabajo considerable.

Le dieron Nuestros íntimos, de Sardou, para que lo rehiciera.

El infeliz sudó a chorros; veía muy bien la obra entre la señora Caussade y sus amigas envidiosas, egoístas y depravadas; es cierto que en último extremo se podía sustituir al doctor Tholozan por una comadrona, y en la escena de la violación, la señora Maurice rompería la campanilla de la señora Caussade. ¡Pero el desenlace! ¡Aquel imposible desenlace! ¡Por mucho que se rompiera la cabeza, Michel nunca conseguiría que el famoso zorro matara a la señora Caussade!

¡Se vio obligado a renunciar y a confesar su impotencia!

Cuando el director se enteró se quedó bastante decepcionado, y decidieron iniciar al joven en el drama; ¡a lo mejor aportaba algo!

Quince días después de su entrada en el Gran Depósito Dramático, Michel Dufrénoy pasaba de la división de la comedia a la división del drama.

Esta última incluía el gran drama histórico y el drama moderno.

El primero contenía dos secciones de historia enteramente diferenciadas; una en donde la historia real, seria, era saqueada palabra por palabra de los buenos autores; otra, donde la historia se veía vergonzosamente adulterada y falseada, según el siguiente axioma de un gran dramaturgo del siglo XIX: hay que violar a la historia para hacerle un hijo.

¡Y le hacían unos hermosos hijos que no se parecían en nada a su madre!

Los principales especialistas del drama histórico eran los funcionarios encargados de los lances imprevistos, en particular los del cuarto acto; les daban la obra apenas desbrozada, y la socavaban encarnizadamente; el empleado de la gran tirada llamada «de las grandes damas» también ocupaba un puesto elevado en la administración.

El drama moderno comprendía el drama de traje negro y el drama de blusón; a veces ambos géneros se fusionaban, pero a la administración no le gustaba ese matrimonio desigual; se perturbaban los hábitos de sus empleados y, por una pendiente fácil, podían llegar a poner en boca de un niño bien la jerga de un macarra. Y eso era inmiscuirse en la especialidad del conservatorio del argot.

Había cierto número de especialistas en crímenes, asesinatos, envenenamientos y violaciones; uno de estos últimos no tenía rival en hacer que cayera el telón en el momento justo; un segundo más tarde y el actor, cuando no la actriz, podía quedar seriamente comprometido.

Este funcionario, por otra parte bellísima persona, de cincuenta años de edad, padre de familia, honorable y honorado, ganaba unos veinte mil francos rehaciendo escenas de violación desde hacía treinta años, con un incomparable aplomo.

Michel, para su entrada en esta división, fue empleado en la refundición completa del drama de Amazampo o el descubrimiento de la quina, importante obra que hizo su aparición en 1827.

No era poca cosa; se trataba de convertirla en una obra esencialmente moderna; ahora bien, el descubrimiento de la quina era singularmente antiguo.

Los funcionarios encargados de este trabajo de apropiación sudaron tinta porque la obra estaba en muy mal estado. ¡Los efectos estaban tan gastados, los hilos de la trama tan podridos, el esqueleto tan roído por la larga estancia en los almacenes! Hubiera sido mejor hacer una obra nueva; pero las órdenes de la administración eran formales: el gobierno quería recordar este importante descubrimiento al público, en un momento en que en París había fiebres intermitentes. Se trataba de adecuar la obra al gusto del día.

El talento de los funcionarios lo consiguió. Fue una proeza, pero el pobre Michel no participó en absoluto en esta obra maestra; no aportó la menor idea; no supo explotar en modo alguno la situación; su nulidad fue completa en esta materia. Le juzgaron incapaz.

Se presentó un informe al director, nada favorable para él, y después de un mes de drama, hubo que bajarle a la tercera división.

«No sirvo para nada —pensó el joven—; ¡no tengo imaginación ni ingenio! ¡Pero vaya manera tan rara de hacer teatro!».

Y se desesperaba maldiciendo aquella organización; olvidaba que la colaboración en el siglo XIX contenía en germen esta institución del Gran Depósito Dramático.

Era la colaboración elevada a la centésima potencia.

Y Michel cayó del drama al vodevil. Ahí se encontraban reunidos los hombres más alegres de Francia; el empleado de los cuplés rivalizaba con el de las agudezas; la sección de situaciones chuscas y palabras procaces la llevaba un muchacho muy simpático. El departamento de retruécanos funcionaba a las mil maravillas.

Había, además, un despacho central de chascarrillos, réplicas picantes y despropósitos; atendía a todas las necesidades del servicio en las cinco divisiones; la administración sólo toleraba el uso de una palabra divertida si había sido utilizada al menos durante dieciocho meses; de acuerdo con sus órdenes, se trabajaba incesantemente en peinar el diccionario, del que se extraían todas las frases, galicismos y palabras que, desviadas de su sentido habitual, daban pábulo a lo imprevisto; en el último inventario de la sociedad, ésta presentó en su informe un activo de setenta y cinco mil retruécanos, de los cuales la cuarta parte eran enteramente nuevos y el resto todavía presentables. Los primeros costaban más caros.

Gracias a esta hucha, a esta reserva, a esta alianza, los productos de la tercera división eran excelentes.

Cuando se supo el poco éxito de Michel en las divisiones superiores, tuvieron el detalle de reservarle una tarea fácil en la confección del vodevil; no le pidieron que aportara ninguna idea ni que inventara ningún chiste; le proporcionaban la situación y sólo tenía que desarrollarla.

Se trataba de un acto para el teatro del Palais Royal; se basaba en una situación todavía nueva en el teatro y llena de los efectos más seguros. Sterne ya la había esbozado en el capítulo 73 del libro segundo de Tristram Shandy, en el episodio de Phutatorius.

Ya el título de la obra indicaba su sentido; se titulaba: ¡Que te abroches el pantalón!

Se imagina uno enseguida el partido que se puede sacar de la picante situación de un hombre que se ha olvidado de cumplir con la más imperiosa exigencia del vestido masculino. El terror de su amigo, que le presenta en un salón del noble faubourg, el embarazo de la dueña de la casa…; únase a ello el hábil juego del actor que podría a cada instante hacer temer al público que… y el divertido terror de las mujeres a que… ¡Aquello era materia suficiente para un éxito memorable![1]

Pues bien, Michel, enfrentado a esta idea tan original, fue presa de un movimiento de horror y rompió el guión que le habían entregado.

«¡Ay! —pensó—. ¡No me quedaré ni un minuto más en esta cueva! ¡Prefiero morirme de hambre!».

¡Tenía razón! ¿Qué hubiera hecho? ¡Sólo le quedaba caer en la división de las óperas y de las óperas cómicas! Pero nunca habría aceptado escribir los versos insensatos que exigían los músicos de la época.

¡Tendría que descender hasta la revista, la fantasía, el tema oficial! ¡Pero había que ser maquinista o pintor, y no autor dramático, y arreglárselas para encontrar un decorado nuevo, y no otra cosa! ¡Se había llegado muy lejos con la física y la mecánica! ¡Se llevaban a escena árboles de verdad, enraizados en sus cajas invisibles, arriates completos, selvas naturales, y se construían edificios con sillares! ¡Se representaba el océano con auténtica agua de mar, que vaciaban todos los días delante de los espectadores y renovaban a la mañana siguiente!

¿Se sentía Michel capaz de imaginar aquellas cosas? ¿Tenía dentro de él materia suficiente para actuar sobre las masas, para obligarlas a pagar en la taquilla de los teatros el sobrante de sus bolsillos?

¡No! ¡Cien veces no!

¡Sólo podía hacer una cosa! Marcharse.

Es lo que hizo.

♦♦♦

 
[1] Esta obra fue representada algunos meses más tarde y dio mucho dinero. (N. del A.) 

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