ESTAR DESPIERTO ES ESTAR VIVO, por Henry D. Thoreau

Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito; para hacer frente solo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquella tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuando llegare mi hora, que  no había siquiera vivido. No deseaba vivir lo que no es vida, ¡es tan caro el vivir!, ni practicar la resignación, a menos que fuera absolutamente necesario. Y, sin embargo, vivimos mezquinamente. Nuestra vida se desperdicia en detalles. La reforma moral no es sino el esfuerzo por desterrar el sueño. ¿Por qué suelen dar los hombres una cuenta tan pobre de su día, sino porque han estado dormitando? Se cuentan por millones los que están suficientemente despiertos para el trabajo físico; pero sólo uno de cada millón lo está para el esfuerzo intelectual efectivo, y sólo uno en cien millones para la vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. Y no he conocido aún a hombre alguno que estuviera completamente desvelado. ¿Cómo habría podido mirarle al rostro?.

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Cada mañana me traía una nueva invitación a conferir a mi vida igual sencillez, y me atrevo a decir inocencia, que la de la Naturaleza misma; he sido un adorador de Aurora tan sincero como lo fueran los mismos griegos. Me levantaba temprano e iba a darme un baño en la laguna; era un verdadero ejercicio religioso y una de las mejoras cosas que hacía. Se dice, por cierto, que en la bañera del rey Tching-thang se había grabado a tal efecto: “Renuévate completamente cada día; una y otra vez y siempre”. Lo comprendo.

LA REFORMA MORAL NO ES SINO EL ESFUERZO POR DESTERRAR EL SUEÑO

La mañana nos trae de nuevo los tiempos heroicos. Me afectaba tanto el leve zumbido de un mosquito que diera su vuelta invisible e inimaginable por mi habitación al romper el alba, sentado yo con puerta y ventana abiertas, como pudiera hacerlo una trompeta que cantara a la fama. Era el réquiem de Homero; la Ilíada y la Odisea desgranando en el aire sus iras y extravíos. Había algo de cósmico en ello; un anuncio permanente, hasta que se vete, del eterno vigor y fecundidad del mundo.

La mañana, el más memorable estadio del día, es la hora del despertar, cuando menos es la somnolencia que nos embarga; y por lo menos durante una hora, amanece en nosotros una parte que sigue luego adormilada durante el resto del día y de la noche. Poco es lo que cabe esperar de ese día, si tal puede llamársele, en que no somos desvelados por nuestro Genio, sino por la mecánica agitación de algún sirviente o por la sirena de una fábrica, en lugar de serlo por nuestras recién adquiridas fuerzas y aspiraciones, que desbordan desde nuestros adentros y se acompañan de música celestial en una atmósfera llena de fragancia, para acceder a una vida superior a la que dejamos antes de dormirnos; de este modo la oscuridad da su fruto y se revela tan buena como la luz.

El hombre que no cree que cada día contiene una hora más temprana, más sagrada y más resplandeciente que la que ya ha profanado, ha desesperado de la vida y rueda por una pendiente oscura. Luego del cese parcial de su vida sensitiva, el alma del hombre, o más bien sus órganos, se revigoriza diariamente, y su Genio intenta emprender de nuevo una vida noble. Debiera decir que todos los eventos memorables tienen lugar por la mañana, en una atmósfera matutina. Los Vedas dicen: “Todas las inteligencias despiertan con la mañana”. La poesía y el arte y las acciones más célebres de los hombres datan de esas horas. Todos los poetas y héroes, al igual que Memnón, son hijos de Aurora y emiten su música con el alba (1).

Para aquel cuyos pensamientos elásticos y vigorosos siguen la marcha del sol, el día es una perpetua mañana. No importa lo que indiquen los relojes o las actitudes y trabajos de los hombres. Es mañana cuando estoy despierto y resplandece en mí la alborada. La reforma moral no es sino el esfuerzo por desterrar el sueño. ¿Por qué suelen dar los hombres una cuenta tan pobre de su día, sino porque han estado dormitando? Al fin y al cabo, no son tan malos calculadores. Habrían conseguido algo si no les hubiera invadido la modorra.

ESTAR DESPIERTO ES ESTAR VIVO, Y NO HE CONOCIDO AÚN A NINGÚN HOMBRE QUE ESTUVIERA COMPLETAMENTE DESVELADO

Se cuentan por millones los que están suficientemente despiertos para el trabajo físico; pero sólo uno de cada millón lo está para el esfuerzo intelectual efectivo, y sólo uno en cien millones para la vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. Y no he conocido aún a hombre alguno que estuviera completamente desvelado. ¿Cómo habría podido mirarle al rostro?

Debemos aprender a despertarnos de nuevo y mantenernos vigilantes, no con ayuda mecánica sino en la infinita espera de que la Aurora no nos abandone en nuestro sueño más profundo. No sé de hecho nada más estimulante que la incuestionable capacidad del hombre para elevar su vida por medio del esfuerzo consciente. Es algo, ciertamente, el poder pintar un cuadro particular, el esculpir una estatua o, en fin, el hacer bellos algunos objetos; sin embargo, es mucho más glorioso el esculpir o pintar la atmósfera misma, el medio a través del que miramos, lo cual es factible moralmente.

Influir en la calidad del día, esa es la más elevada de las artes. Todo hombre tiene la tarea de hacer su vida digna, hasta en sus detalles, de la contemplación de su hora más elevada y crítica. Si rechazáramos, o más bien agotáramos una información tan escasa como la que recibimos, los oráculos nos señalarían claramente cómo poder hacerlo.

Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito; para hacer frente solo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquella tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuando llegare mi hora, que  no había siquiera vivido. No deseaba vivir lo que no es vida, ¡es tan caro el vivir!, ni practicar la resignación, a menos que fuera absolutamente necesario.

NUESTRA VIDA SE DESPERDICIA EN DETALLES: ¡SENCILLEZ, SENCILLEZ, SENCILLEZ! DIGO

Quería vivir profundamente y extraer de ello toda la médula, de modo tan duro y espartano que eliminara todo lo espurio, haciendo limpieza drástica de lo marginal y reduciendo la vida a su mínima expresión; y si ésta se revelare mezquina, obtener toda su genuina mezquindad y dársela a conocer al mundo; pero, si fuere sublime, conocerla por propia experiencia y ofrecer un verdadero recuento de ella en mi próxima manifestación. Pues la mayoría de los hombres, creo yo, sufren de una extraña incertidumbre al respecto de si la vida procede de Dios o del diablo, y no sin cierto apresuramiento han llegado a la conclusión que el principal objeto del hombre aquí es “el dar gloria a Dios y gozar de Él eternamente” (2).

Y, sin embargo, vivimos mezquinamente, como las hormigas, aunque la fábula nos cuenta que ha mucho que fuimos transformados en hombres (3); luchamos con grullas, como pigmeos (4); no es sino error sobre error y remiendo sobre remiendo; y nuestra mejor virtud revela, llegado el caso, una miseria superflua y evitable. Nuestra vida se desperdicia en detalles. Un hombre honrado rara vez necesita contar sino con los diez dedos de las manos o, en casos extremos, recurriendo adicionalmente a los de los pies; el resto se compra a bulto.

¡Sencillez, sencillez, sencillez! digo; que vuestros asuntos sean dos o tres en vez de un centenar o un millar; en lugar de un millón contad hasta media docena, básteos la uña del pulgar para llevar las cuentas. En medio de esta picada mar de la vida civilizada, tales son las nubes, galernas, arenas movedizas y mil y una cosas con que hay que contar, que para no naufragar, irse a pique o perder puerto, el hombre ha de vivir a la estima; y no son pocas las dotes de buen calculador que exige una feliz arribada. ¡Simplificad, simplificad! En vez de tres comidas al día, si es preciso tomad sólo una; en vez de cien platos, cinco; y reducid todo lo demás en igual proporción. […]

La misma nación, con sus llamadas mejoras internas que, por cierto, son bien externas y superficiales, no es sino un establecimiento abultado e hipertrofiado, colmado de muebles y preso en sus propias galas, arruinado por el lujo y los gastos vanos, por falta de cálculo y de objeto digno como el millón de hogares que alberga. Y la única cura está en una economía rígida, en una sencillez de vida estricta y más que espartana y en una elevación de propósitos.

¿POR QUÉ HEMOS DE VIVIR CON TANTA PRISA Y MALGASTANDO LA VIDA?

Se vive demasiado deprisa. Los hombres piensan que es esencial que la Nación tenga comercio y exporte hielo y se comunique por telégrafo y viaje a treinta millas por hora, sin reparar en ningún momento en si ellos lo hacen o no; pero, resulta incierto si viviríamos, si lo hiciéramos así, como hombres o como babuinos. Si no obtenemos traviesas ni forjamos raíles, ni nos ponemos noche y día a la obra, sino que nos calentamos vanamente los cascos pensando en nuestra vida con objeto de mejorarla ¿quién construirá los ferrocarriles? Y si éstos no son construidos ¿cómo llegaremos al cielo a tiempo?

Pero, si nos quedamos en casa y atendemos a lo nuestro ¿a quién le hará falta el ferrocarril? No montamos en tren; éste marcha a nuestra costa. ¿Os habéis detenido a pensar alguna vez qué son esas traviesas que yacen debajo del convoy? Cada una es un hombre, un irlandés o un yanqui. Se colocan los raíles encima de ellas, cubiertas de arena, y los vagones se deslizan suavemente. Son maderos robustos, os lo aseguro (5). Y cada pocos años, un nuevo lote es asentado, para que se les ruede por encima; de ahí que, si algunos gozan del viajar en tren, otros tienen la desgracia de salir de ello rodados. Y cuando un tren da por delante con un hombre que deambula en sueños, un durmiente supernumerario en posición errónea, y le despierta, en seguida se detienen los vagones, y se grita y se exclama acerca de ello, como si tratara de algo excepcional. Me complace saber que para cada cinco millas hay asignada una cuadrilla de hombres con la tarea de mantener las traviesas o durmientes perfectamente alineados y a ras de suelo, pues es señal de que acaso puedan volver a levantarse otra vez.

¿Por qué hemos de vivir con tanta prisa y malgastando la vida? Hemos resuelto morir de hambre antes incluso de sentirla. Se dice que una puntada a tiempo evita nueve, y así, la sociedad de los hombres da hoy mil puntadas para ahorrarse nueve mañana. En cuanto al trabajo, carecemos de quehacer importante. Padecemos el baile de San Vito y nos es imposible guardar la cabeza.

Raro es el hombre que habiendo dormido media hora de siesta después de comer, no pregunte al despertar: “¿Qué hay de nuevo’”, como si, entretanto, la humanidad entera no hubiera otra cosa que velar su sueño. Algunos dan instrucciones en el sentido de que se les despierte cada media hora, de seguro sin otro fin, y luego, como recompensa, cuentan lo que han soñado. Después de la pernocta, las noticias son tan indispensables como el desayuno. “Haced el favor de decirme qué de nuevo le ha ocurrido a algún hombre en cualquier parte de la Tierra”, y se dispone a acompañar su café y bollo de la lectura del caso de un hombre al que han sido arrancados los ojos esa misma mañana en el río Wachito, sin detenerse siquiera en sueños a pensar que él mismo está viviendo en la impenetrable oscuridad de la cueva de este mundo y no tiene sino sólo un rudimento de ojo.

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NOTAS DEL TRADUCTOR.- (1) Su estatua en Tebas, Egipto, producía un sonido armonioso al ser herida por los primeros rayos del sol. (2) Alusión al catecismo de palabras mofletudas y rimbombantes. (3) Easo, hijo de Júpiter, obtuvo de su padre que, despoblados sus Estados por la peste, aquel convirtiera en hombres las hormigas. (4) El canto III de la Ilíada habla de los Troyanos combatiendo como grullas contra los pigmeos. (5) Sutilmente, Thoreau juega una vez más, deliberadamente, con lo ambiguo. Sound sleepers puede traducirse como maderos (durmientes, traviesas) sólidos, al igual que por durmientes profundos.

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HENRY DAVID THOREAUWalden. Ediciones del Cotal, 1983. Traducción de Carlos Sánchez-Rodrigo. Filosofía Digital, 2008.

FOTO PORTADA: Réplica de la cabaña que Henry David Thoreau construyó con sus propias manos en el lago.

 

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