París en el siglo XX, de Julio Verne (Parte IV)

Indice

París en el siglo XX  (Parte IV)

de Julio Verne

Capítulo X
Gran revista que el tío Huguenin pasó a los autores franceses el domingo 15 de abril de 1961

—Ahora nuestro postre —dijo el tío Huguenin, mostrando los estantes repletos de libros.

—Esto me despierta nuevamente el apetito —respondió Michel—; devoremos.

Tío y sobrino, tan joven el uno como el otro, se pusieron a fisgonear en veinte sitios distintos; pero el señor Huguenin no tardó en poner un poco de orden en aquel pillaje.

—Ven por este lado —dijo a Michel— y empecemos por el principio; hoy no se trata de leer, sino de mirar y de hablar. Más que una batalla es una revista; imagínate a Napoleón en el patio de las Tullerías y no en el campo de Austerlitz. Pon tus manos detrás de la espalda. Vamos a pasar entre las filas.

—Le sigo, tío.

—Hijo, recuerda que ante tus ojos va a desfilar el mejor ejército del mundo; no hay nación que pueda ofrecerte uno igual, ni que haya obtenido más esplendorosas victorias contra la barbarie.

—El Gran Ejército de las Letras.

—Mira, sobre el primer estante, acorazados en sus excelentes encuadernaciones, nuestros viejos gruñones del siglo dieciséis, Amyot, Ronsard, Rabelais, Montaigne, Mathurin, Régnier; están firmes en su puesto y todavía se encuentra su influencia original en esta hermosa lengua francesa que fundaron. Pero, todo hay que decirlo, se pelearon más por la idea que por la forma. Aquí, cerca de ellos, hay un general que ha demostrado su bravura; sobre todo, en su época perfeccionó las armas.

—Malherbe —dijo Michel.

—El mismo. Como dice en algún sitio, los mozos de carga del Port-au-foin fueron sus maestros; fue allí a recoger sus metáforas, sus expresiones eminentemente galas; las rascó, las bruñó y las convirtió en la hermosa lengua que tan bien hablaron durante el siglo diecisiete, dieciocho y diecinueve.

—¡Ah! —dijo Michel señalando un volumen único de aspecto rudo y orgulloso—, ¡éste es un gran capitán!

—Sí, hijo, como Alejandro, César o Napoleón; este último lo hubiera hecho príncipe. El viejo Corneille, un hombre de guerra que se ha multiplicado singularmente, porque sus ediciones clásicas son innumerables; ésta es la quincuagésima primera y última de sus obras completas; es de 1873, y desde entonces nunca más se ha vuelto a reeditar a Corneille.

—¡Debe de haberle costado trabajo conseguir estas obras!

—¡Al contrario! ¡Todo el mundo quiere deshacerse de ellas! Mira, ésta es la cuadragésimo novena edición de las obras completas de Racine, la centésima quinta de Molière, la cuadragésima de Pascal, la ducentésima tercera de La Fontaine; en una palabra, ¡las últimas tienen más de cien años y hacen las delicias de los bibliófilos! Estos grandes genios están fuera de juego y han sido relegados al rango de antiguallas arqueológicas.

—En realidad —respondió el joven—, hablan un lenguaje que ya no se comprendería en nuestros días.

—¡Es verdad, muchacho! La hermosa lengua francesa está perdida; esta lengua que ilustres extranjeros, como Leibniz, Federico el Grande, Ancillon, Humboldt, Heine, escogieron para que fuera intérprete de sus ideas, este maravilloso lenguaje en el que Goethe lamentaba no haber escrito, este idioma elegante que estuvo a punto de convertirse en griego o latín en el siglo quince, en italiano con Catalina de Médicis y en gascón bajo Enrique IV, es ahora una espantosa jerga. Cada cual, olvidando que es mejor que la lengua sea holgada que rica, ha creado su palabra para nombrar su cosa. Los sabios en botánica, en historia natural, en física, en química, en matemáticas, han compuesto espantosas mezclas de palabras, los inventores han sacado del vocabulario inglés sus más desagradables apelativos; los chalanes para sus caballos, los jockeys para sus carreras, los vendedores de automóviles para sus vehículos, los filósofos para su filosofía, han encontrado la lengua francesa demasiado pobre y se han lanzado sobre el extranjero. Pues bien, ¡tanto mejor! ¡Que la olviden! ¡Es todavía más bella en su pobreza y no ha querido hacerse rica prostituyéndose! Nuestra lengua, hijo mío, la de Malherbe, la de Molière, Bossuet, Voltaire , Nodier, Victor Hugo, es una jovencita bien educada y puedes enamorarte de ella sin temor porque los bárbaros del siglo veinte no han conseguido convertirla en una cortesana.

—¡Eso es hablar bien, tío, y comprendo la encantadora manía del profesor Richelot, quien por desprecio hacia la jerigonza actual ya no habla más que latín afrancesado! Se ríen de él, pero tiene razón. Mas, dígame, tío, ¿el francés no se convirtió en la lengua diplomática?

—¡Sí! ¡Para su castigo! ¡En el congreso de Nimega, en 1678! Sus cualidades de franqueza y claridad hicieron que fuera escogida por la diplomacia, que es la ciencia de la duplicidad, del equívoco y de la mentira, de manera que nuestra lengua poco a poco se ha alterado y perdido. Ya verás cómo estaremos obligados a cambiarla algún día.

—¡Pobre francés! —dijo Michel—. ¡Veo aquí a Bossuet, Fénélon, Saint-Simon, que apenas lo reconocerían!

—Sí, ¡su criatura se ha malogrado! Eso pasa por frecuentar a sabios, industriales, diplomáticos y gente de mal vivir. ¡Se disipa uno, se pervierte! ¡Si un diccionario de 1960 quiere contener todos los términos en uso, abulta el doble que un diccionario de 1800! ¡Imagínate lo que puede uno encontrarse! Pero volvamos a nuestra revista, no hay que mantener demasiado tiempo a nuestros soldados bajo el peso de las armas.

—Ahí veo una fila de hermosos volúmenes.

—Hermosos y buenos algunas veces —respondió el tío Huguenin—. Es la cuadricentésima vigésima octava edición de las obras sueltas de Voltaire: espíritu universal, el segundo en todos los géneros, según el señor Joseph Prudhomme. En 1978, dijo Stendhal, Voltaire será Voiture[1] y los semitontos acabarán por convertirle en su Dios. ¡Afortunadamente Stendhal había contado demasiado con en las generaciones futuras! ¿Semitontos? ¡Ya sólo hay tontos del todo, y Voltaire no es más adorado que cualquier otro! Para seguir con nuestra metáfora, para mí Voltaire no era más que un general de gabinete. Sólo se peleaba en su habitación y estaba demasiado satisfecho de sí mismo. Su ironía, arma poco peligrosa en suma, fallaba algunas veces y la gente a la que mató ha vivido más que él.

—Pero, tío, ¿no era un gran escritor?

—Por supuesto, sobrino, era la encarnación de la lengua francesa, la manejaba con elegancia, con ingenio, como antaño los maestros de armas de los regimientos que apuntaban a la pared en la sala de armas. Sobre el terreno, venía un recluta torpe y mataba al maestro al primer golpe, en el despliegue. Para decirlo todo, y esto es asombroso referido a un hombre que escribía tan bien en francés, Voltaire no era verdaderamente valiente.

—Lo creo —dijo Michel.

—Pasemos a otros —respondió el tío dirigiéndose con aspecto sombrío y severo hacia una nueva línea de soldados.

—Éstos son los autores de fines del siglo dieciocho —dijo el joven.

—¡Sí, Jean-Jacques Rousseau, que ha dicho las cosas más bonitas sobre el Evangelio, como Robespierre ha escrito los pensamientos más notables sobre la inmortalidad del alma! ¡Un verdadero general de la república, en chanclos, sin galones y sin ropajes bordados! ¡No por ello ha dejado de conseguir gloriosas victorias! Mira, junto a él está Beaumarchais, un tirador de vanguardia; inició muy oportunamente la gran batalla del 89 que la civilización ganó sobre la barbarie. Desgraciadamente, después se abusó un poco y ese diablo de progreso nos ha llevado a todos adonde estamos.

—Tal vez se acabe haciendo una revolución contra él —dijo Michel.

—Es posible —respondió el tío Huguenin—, y no dejará de ser divertido. Pero no nos entreguemos a divagaciones filosóficas y sigamos pasando entre las filas. Mira, un fastuoso jefe del ejército que empleó cuarenta años de su existencia en hablar de su modestia: Chateaubriand, a quien sus Memorias de ultratumba no han podido salvar del olvido.

—Veo junto a él a Bernardin de Saint-Pierre —dijo Michel—; su enternecedora novela Pablo y Virginia ya no conmovería a nadie.

—¡Por desgracia! —repuso el tío Huguenin—. Pablo sería hoy banquero y traficaría con esclavos y Virginia se casaría con el hijo de un fabricante de muelles para locomotoras. ¡Mira! Éstas son las famosas memorias del señor de Talleyrand, publicadas según sus órdenes treinta años después de su muerte. Estoy seguro de que ese hombre sigue practicando la diplomacia ahí donde esté, pero el diablo no se dejará engañar.

Veo aquí a un oficial que manejaba por igual la pluma y el sable, un gran helenista que escribía en francés como un contemporáneo de Tácito, Paul-Louis Courier; Michel, cuando nuestra lengua se haya perdido estará contenida por entero en las obras de este garrido escritor. Éste es Nodier, llamado el amable, y éste Béranger, un gran estadista que hacía canciones en sus ratos perdidos. Por fin llegamos a esa brillante generación, escapada de la Restauración como quien escapa del seminario, que armó mucho alboroto en las calles.

—Lamartine —dijo el joven—, ¡qué gran poeta!

—Uno de los jefes de la literatura de imágenes, ¡estatua de Memnón que sonaba tan bien ante los rayos de sol! ¡Pobre Lamartine, después de haber prodigado su fortuna en las causas más nobles y tocado el arpa del pobre en las calles de una ciudad ingrata, prodigó su talento a sus acreedores, liberó a Saint-Point de la corrosiva llaga de las hipotecas, y murió de dolor al ver la tierra de su familia, en la que reposaban los suyos, expropiada por una compañía de ferrocarriles!

—Pobre poeta —respondió el muchacho.

—Junto a su lira —continuó el tío Huguenin— observarás la guitarra de Alfred de Musset; ya nadie la toca, y hay que ser un viejo aficionado como yo para solazarse con las vibraciones de sus flexibles cuerdas. Estamos con la música de nuestro ejército.

—¡Ah, Victor Hugo! —exclamó Michel—. ¡Tío, espero que lo incluya entre nuestros grandes capitanes!

—¡Lo pongo en primera fila, querido hijo, agitando en el puente de Arcole la bandera del romanticismo, él, el vencedor de las batallas de Hernani, de Ruy Blas, de los Burgraves, de Marion! Como Bonaparte, ya era general en jefe a los veinticinco años y vencía a los clásicos austriacos en todos los encuentros. Hijo mío, nunca el pensamiento humano se ha combinado de manera tan vigorosa como en el cerebro de este hombre, un crisol capaz de aguantar las más elevadas temperaturas. No conozco nada que esté por encima de él, ni en la antigüedad ni en los tiempos modernos, por la virulencia y la riqueza de la imaginación; Victor Hugo es la más alta personificación de la primera mitad del siglo diecinueve, y el jefe de una escuela que nunca tendrá igual. Sus obras completas han conocido setenta y cinco ediciones, y ésta es la última; ¡ha sido olvidado como los demás, puesto que no mató la suficiente gente como para que lo recuerden!

—¡Tío, si tiene usted los veinte volúmenes de Balzac! —dijo Michel subiéndose a un escabel.

—¡En efecto! Balzac es el primer novelista del mundo, y algunos de sus tipos han sobrevivido incluso a los de Molière. ¡En nuestra época no hubiera sido capaz de escribir La comedia humana!

—No obstante —replicó Michel—, pintaba unas costumbres bastante malas, y muchos de sus héroes son tan auténticos que no harían mal papel entre nosotros.

—No cabe duda —respondió el señor Huguenin—, pero ¿de dónde sacaría a los de Marsay, Granville, Chesnel, Mirouet, Du Guénic, Montriveau, los caballeros de Valois, La Chanterie, Maufrigneuse, Eugénie Grandet, Pierrette, encantadores modelos de nobleza, de inteligencia, de valentía, de caridad, de candor?, ¡porque no los inventaba sino que los copiaba! Posaría mucha gente rapaz, es cierto, muchos financieros, protegidos por la ley, muchos ladrones amnistiados, y no le faltarían los Crevel, los Nucingen, los Vautrin, los Corentin, los Hulot, los Gobseck.

—Me parece —dijo Michel pasando a otros estantes— que aquí hay un autor muy considerable.

—¡Ya lo creo! ¡Es Alejandro Dumas, el Murat de la literatura, interrumpido por la muerte en su volumen número mil novecientos noventa y tres! Fue el contador de cuentos más divertido, a quien la pródiga naturaleza permitió abusar de todo sin dañarle: de su talento, de su inteligencia, de su inspiración, de su entusiasmo, de su fuerza física cuando tomó el polvorín de Soissons, de su nacimiento, de su color, de Francia, de España, de Italia, de las orillas del Rin, de Suiza, de Argelia, del Cáucaso, del monte Sinaí, y sobre todo de Nápoles cuya entrada forzó sobre su Speronare. ¡Qué asombrosa personalidad! Se piensa que habría llegado a escribir cuatro mil volúmenes si no se hubiera envenenado en la flor de la edad, con un plato que acababa de inventar[2].

—Qué fastidio —dijo Michel—, ¿y ese horrible accidente no produjo más víctimas?

—Desgraciadamente, sí, entre otros Jules Janin, un crítico de la época que componía versos latinos en los diarios. Fue durante una cena de reconciliación que le daba Alejandro Dumas. Con ellos también murió un escritor más joven, Monselet, de quien nos queda una obra maestra, desgraciadamente inacabada, el Diccionario de los Gourmets, en cuarenta y cinco volúmenes, en el que sólo llegó a la F, farce[3].

—¡Diantre! —dijo Michel—, la cosa prometía.

—Éstos son Frédéric Soulié, un valiente soldado, excelente para un golpe de mano y capaz de conquistar una posición desesperada; Gozlan, un capitán de los húsares; Mérimée, un general de antecámara; Sainte-Beuve, un subintendente militar, director de la Manutención; Arago, un sabio oficial de ingenieros que ha sabido hacerse perdonar su ciencia. Mira, Michel, las obras de George Sand, un maravilloso genio, uno de los mayores escritores de Francia, condecorado por fin en 1859 y que hizo que su hijo llevara su cruz.

—¿Y estos libros tan enfurruñados? —preguntó Michel señalando una larga sucesión de volúmenes escondidos en la cornisa.

—Pasa deprisa, muchacho; es el pelotón de los filósofos, los Cousin, Pierre Leroux, Dumoulin y tantos otros; pero como la filosofía es una cuestión de modas, no es asombroso que ya no se los lea.

—¿Y éste quién es?

—Renan, un arqueólogo que causó mucho alboroto; intentó aplastar la divinidad de Cristo y murió fulminado en 1873[4].

—¿Y este otro? —preguntó Michel.

—Éste es un periodista, un publicista, un economista, un ubicuo, un general de artillería más ruidoso que rutilante llamado Girardin.

—¿No era ateo?

—En absoluto; creía en él. ¡Mira aquí al lado! Se trata de un atrevido personaje, un hombre que habría inventado la lengua si hubiera sido preciso, y sería hoy un clásico si todavía se dieran clases, Louis Veuillot, el más vigoroso campeón de la Iglesia romana, que murió excomulgado para su gran asombro. Este otro es Guizot, un historiador austero que en sus horas de ocio se entretenía en comprometer el trono de los Orleans. ¿Ves esa enorme compilación? Es la única auténtica y muy verídica historia de la Revolución y del Imperio, publicada en 1895, por orden del gobierno, para poner fin a las incertidumbres que reinaban sobre esta parte de nuestra historia. Para esta obra se utilizaron las crónicas de Thiers.

—¡Ah! —dijo Michel—, estos muchachos me parecen jóvenes y ardientes.

—Tienes razón; ¡es la caballería ligera de 1860, brillantes, intrépidos, bullangueros, se saltaban los prejuicios como si fueran barreras, vencían las convenciones como si fueran obstáculos, caían, se volvían a levantar y corrían aún más deprisa, rompiéndose la cabeza y encontrándose mejor que nunca! He aquí la obra maestra de la época, Madame Bovary, la bêtise humaine, de un tal Noriac, tema inmenso que no pudo tratar por completo; aquí están Assolant, Aurevilly, Baudelaire, Paradol, Scholl, bravos muchachos a los que había que hacer caso, se quisiera o no, porque disparaban a las piernas…

—Con pólvora solamente —dijo Michel.

—Con pólvora y con sal, y escocía. Mira, éste es un muchacho que no carecía de talento, un verdadero guerrero.

—¿About?

—¡Sí! Se jactaba o, mejor dicho, le jactaban de ser un nuevo Voltaire, y con el tiempo le hubiera llegado al tobillo; desgraciadamente, en 1869, cuando terminaba sus visitas de Academia, fue muerto en duelo por un crítico enfurecido, el famoso Sarcey[5].

—De no haberse producido tal desgracia, ¿habría llegado lejos? —preguntó Michel.

—No demasiado —respondió el tío—. Éstos son, hijo mío, los principales jefes de nuestro ejército literario: allá, las últimas filas de los soldados oscuros cuyos nombres asombran a los lectores de los viejos catálogos; prosigue tu inspección, diviértete; hay ahí cinco o seis siglos que no piden nada mejor que dejarse hojear.

Así transcurrió aquella jornada en la que Michel desdeñó a los desconocidos para volver a los nombres ilustres, aunque pasando por curiosos contrastes, cayendo sobre Gautier cuyo tornasolado estilo había envejecido un poco, o Feydeau, el licencioso continuador de Louvet y Laclos, pasando de un Champfleury a un Jean Macé, el más ingenioso vulgarizador de la ciencia. Sus ojos iban de un Méry que producía frases ingeniosas como un zapatero botas —por encargo—, a un Banville, a quien el tío Huguenin trataba irrespetuosamente de malabarista de las palabras; Michel encontraba a veces un Stahl, cuidadosamente editado por la casa Hetzel, un Karr, delicado moralista, que sin embargo no tenía la delicadeza de permitirse volar, [caía][6] sobre un Houssaye que, habiendo servido antaño en el hotel de Rambouillet, conservaba su ridículo estilo y su amaneramiento, sobre un Saint-Victor todavía flamante después de cien años de existencia.

Luego volvió al punto de partida; tomó algunos de esos libros tan queridos, los abrió, leyó una frase de uno, una página de otro, de éste sólo retuvo los títulos de los capítulos y de aquél sólo los títulos; respiró ese aroma literario que le subía al cerebro como una cálida emanación de los siglos transcurridos, estrechó las manos a todos aquellos amigos del pasado que él habría conocido y amado si hubiera tenido la feliz ocurrencia de haber nacido antes.

El tío Huguenin le miraba y viéndole se sentía rejuvenecer.

—Y bien, ¿en qué piensas? —le preguntó cuando le notó inmóvil y soñador.

—¡Pienso que esta pequeña habitación encierra lo suficiente para hacer feliz a un hombre durante toda su vida!

—¡Si sabe leer!

—Por supuesto —dijo Michel.

—Sí —repuso el tío—, pero con una condición.

—¿Cuál?

—¡Que no sepa escribir!

—¿Y eso por qué, tío?

—¡Porque entonces, hijo mío, tal vez estaría tentado de caminar tras las huellas de esos grandes escritores!

—¿Qué tendría de malo? —preguntó el joven con entusiasmo.

—Estaría perdido.

—¡Pero tío! —exclamó Michel—, ¿me va a dar una lección de moral?

—¡No! Si alguien merece una lección aquí, soy yo.

—¡Usted! ¿Por qué?

—¡Por haber alimentado tus locas ideas! Te he hecho entrever la Tierra Prometida, mi pobre niño, y…

—¡Y me dejará entrar en ella, tío!

—Sí, si me juras una cosa.

—¿Cuál?

—Que sólo te pasearás por ella. ¡No quiero que desbroces ese suelo ingrato! Recuerda lo que eres, adónde tienes que llegar, lo que yo mismo soy, y la época en la que ambos vivimos.

Michel no respondió, estrechó la mano de su tío; éste iba sin duda a iniciar su retahíla de grandes argumentos cuando sonó el timbre de la puerta. El señor Huguenin fue a abrir.

♦♦♦♦♦♦

Capítulo XI
Un paseo por el puerto de Grenelle

Era el señor Richelot en persona. Michel se echó en los brazos de su viejo profesor; un poco más y también lo hace en los que la señorita Lucy tendía al tío Huguenin; afortunadamente este último se encontraba en el lugar de acogida y previno ese delicioso encuentro.

—¡Michel! —exclamó el señor Richelot.

—En persona —respondió el señor Huguenin.

—¡Ah! —dijo el profesor—, vaya una jocunda sorpresa y una velada que se anuncia jubilosa.

Dies albo notanda lapillo[7] —replicó el señor Huguenin.

—Según nuestro querido Flaco —respondió el señor Richelot.

—Señorita —balbució el joven saludando a la joven.

—Señor —respondió Lucy, con una reverencia no demasiado torpe.

Candore notabilis albo[8] —murmuró Michel, con gran alegría de su profesor, que perdonó este cumplido en una lengua extranjera.

Por otra parte, el joven no se había equivocado; todo el encanto de la muchacha se encontraba pintado en aquel delicioso hemistiquio de Ovidio. ¡Notable por su cándida blancura! La señorita Lucy tenía quince años, y era encantadora con sus largos cabellos rubios cayéndole sobre los hombros, según la moda de la época, fresca y recién hecha, si esta expresión puede transmitir lo que había en ella de nuevo, de puro, de apenas abierto; sus ojos llenos de ingenuas miradas y profundamente azules, su coqueta nariz de pequeñas aletas transparentes, su boca húmeda de rocío, la gracia un poco indolente de su cuello, sus manos frescas y ágiles, elegante contorno de su talle, encantaban al joven y le dejaban mudo de admiración. Aquella muchacha era la poesía viviente; Michel la sentía más que la veía; había llegado a su corazón antes que a sus ojos.

Tal éxtasis amenazaba con prolongarse indefinidamente; el tío Huguenin se dio cuenta, hizo sentarse a sus visitantes, resguardó un poco a la joven de los dardos del poeta y habló nuevamente:

—Amigos míos —dijo—, la cena no tardará en llegar; charlemos mientras tanto. Richelot, hace ya un mes largo que no nos vemos. ¿Cómo van las humanidades?

—Las humanidades se van —respondió el viejo profesor—. ¡Ya sólo quedan tres alumnos en mi clase de retórica! ¡Es una torpe decadencia! Así que nos van a echar, y harán bien.

—¡Echarle a usted! —exclamó Michel.

—¿Es eso cierto? —dijo el tío Huguenin.

—Muy cierto —respondió el señor Richelot—; corre el rumor de que, en virtud de una decisión adoptada en la asamblea general de accionistas, van a suprimir las cátedras de letras para el ejercicio de 1962.

«¿Cómo se las van a arreglar?», pensó Michel mirando a la muchacha.

—No puedo creer una cosa así —dijo el tío frunciendo las cejas—; no se atreverán.

—Se atreverán —respondió el señor Richelot—, ¡y será lo mejor que puedan hacer! ¡A quién le importa el griego y el latín, que como mucho sólo sirven para proporcionar algunas raíces a las palabras de la ciencia moderna! Los alumnos ya no comprenden esas maravillosas lenguas y cuando veo a esos jóvenes tan estúpidos siento una mezcla de desesperación y de asco.

—¡Cómo es posible! —dijo el joven Dufrénoy—. ¡Su clase reducida a tres alumnos!

—Tres que aún sobran —respondió el viejo profesor con rabia.

—Y por si fuera poco —dijo el tío Huguenin—, son malos alumnos.

—Unos desastres de primera categoría —replicó el señor Richelot—. ¿Creerán ustedes que uno de ellos me ha traducido recientemente jus divinum por «jugo divino»?

—¡Jugo divino! —exclamó el tío—. ¡Es un borracho en germen!

—¡Y ayer! ¡Ayer mismo! Horresco referens[9], adivinen si se atreven cómo ha traducido otro este verso del canto cuarto de las Geórgicas: immanis pecoris custos[10]

—Creo saberlo —respondió Michel.

—Me sonrojo hasta las orejas —dijo el señor Richelot.

—Veamos, dígame —replicó el tío Huguenin—, ¿cómo han traducido este pasaje en el año de gracia de 1961?

—«Guardián de una espantosa pécora» —respondió el viejo profesor tapándose el rostro.

El tío Huguenin no pudo reprimir una enorme carcajada; Lucy volvió la cabeza sonriendo; Michel la miraba con tristeza; el señor Richelot no sabía dónde esconderse.

—¡Ay, Virgilio! —exclamó el tío Huguenin—, ¿te lo hubieras imaginado?

—Ya veis, amigos míos —repuso el profesor—. ¡Es mejor no traducir nada que traducir así! ¡Y no digamos en retórica! ¡Que nos eliminen, harán bien!

—¿Qué haría usted entonces?

—Esto, hijo mío, es otro asunto; no ha llegado aún el momento de resolverlo; estamos aquí para divertirnos…

—Pues bien, cenemos —repuso el tío.

Durante los preparativos de la cena, Michel mantuvo una conversación deliciosamente trivial con la señorita Lucy, llena de esos encantadores absurdos bajo los cuales a veces se trasluce el pensamiento verdadero; a los dieciséis años, la señorita Lucy tenía derecho a ser mucho mayor que Michel a los diecinueve; pero no abusaba de ello. Sin embargo, las preocupaciones del porvenir oscurecían su frente tan pura y la ponían seria. Lucy miraba con inquietud a su abuelo, en quien se resumía toda su vida. Michel sorprendió una de esas miradas.

—Quiere usted mucho al señor Richelot —dijo Michel.

—Mucho, sí, señor —respondió Lucy.

—Yo también, señorita —añadió el joven.

Lucy se sonrojó un poco al ver que su afecto y el de Michel coincidían en un amigo común; era casi una mezcla de sus más íntimos sentimientos con los sentimientos de otro. Michel lo notaba y ya no se atrevía a mirarla.

Pero el tío Huguenin interrumpió esta conversación privada con un sonoro «¡A la mesa!». El restaurador vecino les había servido una excelente cena encargada para la ocasión. Se sentaron ante el festín.

Para empezar, los convidados dieron cuenta de un caldo y un excelente guiso de caballo, carne muy estimada hasta el siglo XVIII y rehabilitada durante el siglo XX; luego vino una gran pierna de cordero, preparada con azúcar y salitre según un método nuevo para conservar la carne que le aportaba exquisitas calidades de gusto; algunas verduras originarias de Ecuador y aclimatadas en Francia, el buen humor y el entusiasmo del tío Huguenin, la gracia de Lucy, que servía a todo el mundo, las disposiciones sentimentales de Michel, todo contribuyó a que esa comida familiar resultara encantadora. Por mucho que insistieran en prolongarla, acabó demasiado pronto y el corazón debió ceder a las satisfacciones del estómago.

Se levantaron de la mesa.

—Ahora se trata de terminar dignamente este hermoso día —dijo el tío Huguenin.

—Vamos a dar un paseo —exclamó Michel.

—Eso —respondió Lucy.

—¿Pero a dónde? —preguntó el tío.

—Al puerto de Grenelle —dijo el muchacho.

—Perfecto. ¡Precisamente acaba de llegar el Leviatán IV y así podremos admirar esa maravilla!

El pequeño grupo bajó a la calle, Michel ofreció su brazo a la joven y se dirigieron al ferrocarril de circunvalación.

El famoso proyecto de París puerto de mar se había realizado por fin; durante mucho tiempo nadie quiso creerlo; eran muchos los que visitaban los trabajos del canal, se mofaban en voz alta y presuponían su inutilidad. Pero, desde hacía unos diez años, los incrédulos tuvieron que rendirse a la evidencia.

La capital amenazaba con convertirse en algo así como un Liverpool en el corazón de Francia; había una larga sucesión de diques flotantes excavados en las vastas llanuras de Grenelle y de Issy que podían contener un millar de buques del más alto tonelaje. En este trabajo hercúleo la industria parecía haber alcanzado los límites de lo posible.

Ya durante los siglos anteriores, con Luis XIV, con Luis-Felipe, se había pensado en abrir un canal desde París hasta el mar. En 1863 se autorizó a una compañía para que, a sus expensas, hiciera estudios en las zonas de Creil, Beauvais y Dieppe; pero se necesitaban numerosas esclusas para salvar las pendientes y numerosos cursos de agua para alimentarlas; además, no tardó en considerarse que el Oise y el Béthune, los únicos ríos disponibles en este trazado, eran insuficientes, y la compañía abandonó los trabajos.

Sesenta y cinco años después, el Estado recuperó esta idea, según un sistema ya propuesto durante el siglo pasado y que había sido rechazado por su simplicidad y su lógica; se trataba de utilizar el Sena, arteria natural entre París y el océano.

En menos de quince años, un ingeniero civil llamado Montanet excavó un canal que salía de la llanura de Grenelle y desembocaba ligeramente por debajo de Ruán; medía 140 kilómetros de largo, 70 metros de ancho y 20 metros de profundidad; esto suponía un lecho con una capacidad de unos 190 millones de metros cúbicos; no existía el peligro de que este canal se secara porque los cincuenta mil litros de agua que el Sena suministra por segundo bastaban ampliamente para alimentarlo. Los trabajos realizados en el lecho bajo del río habían preparado al canal para los barcos de mayor calado, y desde Le Havre a París la navegación no ofrecía ninguna dificultad.

Existía entonces en Francia, de acuerdo con el proyecto Dupeyrat, una red de ferrocarriles en los caminos de arrastre de todos los canales. Potentes locomotoras, que circulaban sobre unos carriles dispuestos a cada lado remolcaban holgadamente las chalanas y los barcos de transporte.

Este sistema fue aplicado sobre el canal de Ruán y es fácil comprender la rapidez con la que los buques mercantes y los barcos del Estado llegaron río arriba hasta París.

El nuevo puerto había sido construido magníficamente, y el tío Huguenin y sus huéspedes pronto paseaban por los muelles de granito rodeados de una multitud.

Había dieciocho dársenas, de las cuales sólo dos estaban reservadas a las embarcaciones del gobierno destinadas a proteger los caladeros y las colonias francesas. Todavía se veían algunos modelos de las viejas fragatas acorazadas del siglo XIX que los arqueólogos admiraban sin acabar de comprenderlas.

Estas máquinas de guerra habían llegado a adquirir unas dimensiones increíbles, aunque fácilmente explicables; porque durante cincuenta años hubo una lucha ridícula entre la coraza y las balas de cañón para ver quién caería y quién resistiría. Los muros de chapa forjada se hicieron tan gruesos y los cañones tan pesados que los barcos acabaron por hundirse bajo su peso; este resultado acabó con aquella noble rivalidad precisamente cuando la bala de cañón se disponía a derrotar a la coraza.

—Así combatían entonces —dijo el tío Huguenin mostrando uno de aquellos monstruos de hierro pacíficamente relegado al fondo de la dársena—; se encerraban en estas cajas y se trataba de hundir a los demás o ser hundidos por ellos.

—Pero el valor individual no tenía mucha importancia —dijo Michel.

—El valor estaba rayado, como los cañones —dijo el tío riendo—, eran las máquinas las que peleaban, no los hombres; de ahí que se tendiera a suprimir las guerras por ridículas. Puedo concebir la batalla en la época en que se luchaba cuerpo habían preparado al canal para los barcos de mayor calado, y desde Le Havre a París la navegación no ofrecía ninguna dificultad.

Existía entonces en Francia, de acuerdo con el proyecto Dupeyrat, una red de ferrocarriles en los caminos de arrastre de todos los canales. Potentes locomotoras, que circulaban sobre unos carriles dispuestos a cada lado remolcaban holgadamente las chalanas y los barcos de transporte.

Este sistema fue aplicado sobre el canal de Ruán y es fácil comprender la rapidez con la que los buques mercantes y los barcos del Estado llegaron río arriba hasta París.

El nuevo puerto había sido construido magníficamente, y el tío Huguenin y sus huéspedes pronto paseaban por los muelles de granito rodeados de una multitud.

Había dieciocho dársenas, de las cuales sólo dos estaban reservadas a las embarcaciones del gobierno destinadas a proteger los caladeros y las colonias francesas. Todavía se veían algunos modelos de las viejas fragatas acorazadas del siglo XIX que los arqueólogos admiraban sin acabar de comprenderlas.

Estas máquinas de guerra habían llegado a adquirir unas dimensiones increíbles, aunque fácilmente explicables; porque durante cincuenta años hubo una lucha ridícula entre la coraza y las balas de cañón para ver quién caería y quién resistiría. Los muros de chapa forjada se hicieron tan gruesos y los cañones tan pesados que los barcos acabaron por hundirse bajo su peso; este resultado acabó con aquella noble rivalidad precisamente cuando la bala de cañón se disponía a derrotar a la coraza.

—Así combatían entonces —dijo el tío Huguenin mostrando uno de aquellos monstruos de hierro pacíficamente relegado al fondo de la dársena—; se encerraban en estas cajas y se trataba de hundir a los demás o ser hundidos por ellos.

—Pero el valor individual no tenía mucha importancia —dijo Michel.

—El valor estaba rayado, como los cañones —dijo el tío riendo—, eran las máquinas las que peleaban, no los hombres; de ahí que se tendiera a suprimir las guerras por ridículas. Puedo concebir la batalla en la época en que se luchaba cuerpo de todos los tamaños y de todas las nacionalidades desplegaban al aire los mil colores de sus banderas ofreciendo un magnífico espectáculo; muelles inmensos, vastos depósitos albergaban las mercancías cuya descarga se hacía merced a las máquinas más ingeniosas: unas confeccionaban los fardos, otras los pesaban, éstas los etiquetaban, aquéllas los transportaban a bordo; las embarcaciones, remolcadas por las locomotoras, se deslizaban a lo largo de los muros de granito; fardos de lana y de algodón, sacos de azúcar y de café, cajas de té, productos de las cinco partes del mundo se apilaban formando montañas; en el aire reinaba ese característico olor que se puede llamar el perfume del comercio; unos carteles multicolores anunciaban los barcos que partían hacia los cuatro puntos cardinales, y todos los idiomas de la tierra podían oírse en el puerto de Grenelle, el más frecuentado del universo.

La vista de esta dársena desde los altos de Arcueil o de Meudon era realmente admirable; la mirada se perdía en aquella selva de mástiles, engalanados los días de fiesta; la torre de señales de marea se erguía en la bocana del puerto, mientras que, al fondo, un faro eléctrico, sin gran utilidad, se hundía en el cielo a una altura de quinientos pies. Era el monumento más alto del mundo, y sus luces tenían un alcance de cuarenta leguas; podían verse desde las torres de la catedral de Ruán.

Todo aquel conjunto merecía ser admirado.

—Esto es realmente hermoso —dijo el tío Huguenin.

—Un pulcro espectáculo —respondió el profesor.

—Aunque no tengamos ni el agua ni el viento del mar —prosiguió el señor Huguenin—, al menos tenemos los barcos a los que el agua lleva y el viento empuja.

Pero donde la multitud se apretujaba, donde el atasco era más difícil de atravesar, era en los muelles del más extenso de los diques, que apenas podía contener al gigantesco Leviatán IV, recién llegado; el Great Eastern del pasado siglo no hubiera sido digno de ser su chalupa; procedía de Nueva York, y los americanos podían vanagloriarse de haber vencido a los ingleses; poseía treinta mástiles y quince chimeneas; su máquina tenía una fuerza de treinta mil caballos, de los cuales veinte mil eran para las ruedas y diez mil para la hélice; unos vagones de tren permitían desplazarse rápidamente de una punta a otra de sus puentes, y entre los mástiles se podían de todos los tamaños y de todas las nacionalidades desplegaban al aire los mil colores de sus banderas ofreciendo un magnífico espectáculo; muelles inmensos, vastos depósitos albergaban las mercancías cuya descarga se hacía merced a las máquinas más ingeniosas: unas confeccionaban los fardos, otras los pesaban, éstas los etiquetaban, aquéllas los transportaban a bordo; las embarcaciones, remolcadas por las locomotoras, se deslizaban a lo largo de los muros de granito; fardos de lana y de algodón, sacos de azúcar y de café, cajas de té, productos de las cinco partes del mundo se apilaban formando montañas; en el aire reinaba ese característico olor que se puede llamar el perfume del comercio; unos carteles multicolores anunciaban los barcos que partían hacia los cuatro puntos cardinales, y todos los idiomas de la tierra podían oírse en el puerto de Grenelle, el más frecuentado del universo.

La vista de esta dársena desde los altos de Arcueil o de Meudon era realmente admirable; la mirada se perdía en aquella selva de mástiles, engalanados los días de fiesta; la torre de señales de marea se erguía en la bocana del puerto, mientras que, al fondo, un faro eléctrico, sin gran utilidad, se hundía en el cielo a una altura de quinientos pies. Era el monumento más alto del mundo, y sus luces tenían un alcance de cuarenta leguas; podían verse desde las torres de la catedral de Ruán.

Todo aquel conjunto merecía ser admirado.

—Esto es realmente hermoso —dijo el tío Huguenin.

—Un pulcro espectáculo —respondió el profesor.

—Aunque no tengamos ni el agua ni el viento del mar —prosiguió el señor Huguenin—, al menos tenemos los barcos a los que el agua lleva y el viento empuja.

Pero donde la multitud se apretujaba, donde el atasco era más difícil de atravesar, era en los muelles del más extenso de los diques, que apenas podía contener al gigantesco Leviatán IV, recién llegado; el Great Eastern del pasado siglo no hubiera sido digno de ser su chalupa; procedía de Nueva York, y los americanos podían vanagloriarse de haber vencido a los ingleses; poseía treinta mástiles y quince chimeneas; su máquina tenía una fuerza de treinta mil caballos, de los cuales veinte mil eran para las ruedas y diez mil para la hélice; unos vagones de tren permitían desplazarse rápidamente de una punta a otra de sus puentes, y entre los mástiles se podían

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Capítulo XII
Que trata de la opinión de Quinsonnas sobre las mujeres

Para Michel la noche siguiente transcurrió en un delicioso insomnio; ¿para qué dormir? Era mejor soñar despierto, y a ello se dedicó el joven concienzudamente hasta el alba; sus pensamientos alcanzaron los últimos confines de la poesía etérea.

A la mañana siguiente bajó a las oficinas y subió a su montaña. Quinsonnas estaba esperándole. Michel estrechó o, mejor dicho, apretó la mano de su amigo; pero fue parco en palabras; prosiguió su dictado y lo hizo con voz ardiente.

Quinsonnas le miró, pero Michel evitó su mirada.

«Le pasa algo —pensó el pianista—; ¡qué aspecto tan singular! ¡Parece alguien que regresara de los países cálidos!».

El día transcurrió de esta guisa, uno dictando y el otro escribiendo, y ambos observándose a hurtadillas. El segundo día pasó sin que se produjera ningún intercambio de pensamientos entre ambos amigos.

«Aquí hay amor —pensó el pianista—. Dejémosle incubar su sentimiento, acabará hablando».

Al tercer día, Michel detuvo a Quinsonnas súbitamente, en mitad de una soberbia mayúscula.

—Amigo mío, ¿qué piensas de las mujeres? —le preguntó ruborizándose.

«Luego es eso», se dijo el pianista, que no respondió.

Michel repitió la pregunta, ruborizándose aún más.

—Hijo mío —respondió solemnemente Quinsonnas interrumpiendo su trabajo—, la opinión que los hombres podemos tener de las mujeres es muy variable. Por la mañana no pienso lo mismo que por la tarde; la primavera me trae sobre este asunto otras ideas que el otoño; la lluvia o el buen tiempo pueden modificar singularmente mi doctrina; por último, incluso mis digestiones tienen una influencia incuestionable sobre mis sentimientos hacia ellas.

—Esto no es una respuesta —dijo Michel.

—Hijo mío, permíteme que conteste a tu pregunta con otra pregunta. ¿Crees que sigue habiendo mujeres en la tierra?

—¡Claro que sí! —exclamó el muchacho.

—¿Te has tropezado con alguna?

—Todos los días.

—Entendámonos —replicó el pianista—; no me refiero a esos seres más o menos femeninos cuyo objetivo es el de contribuir a la propagación de la especie humana y que acabarán siendo sustituidos por máquinas de aire comprimido.

—Estás bromeando.

—Amigo mío, se habla de ello muy en serio, pero no sin suscitar algunas protestas.

—Mira, Quinsonnas —replicó Michel—, ¡seamos serios!

—¡En absoluto! ¡Seamos alegres! Bien, repito mi afirmación: ya no hay mujeres; ¡es una raza perdida, como la de los doguillos y la de los megaterios!

—Por favor —dijo Michel.

—Déjame seguir, muchacho; creo que hubo mujeres antaño, en una época muy remota; los autores antiguos nos hablan de ellas en términos formales; incluso citan como la más perfecta de todas a la parisina. Según los viejos textos y las estampas de la época era una criatura encantadora, sin rival en el mundo entero; reunía en ella los vicios más perfectos y las más viciosas perfecciones, era mujer en toda la acepción del término. Sin embargo, la sangre se fue empobreciendo poco a poco, la raza decayó, y los fisiólogos relataron en sus escritos esta deplorable decadencia. ¿Has visto alguna vez cómo se convierten las orugas en mariposas?

—Sí —respondió Michel.

—Pues bien —dijo el pianista—, aquí ocurrió todo lo contrario; la mariposa volvió a ser oruga. Los sinuosos andares de la parisina, su donaire, su mirada exquisita y tierna, su sonrisa amable, sus redondeces plenas y tersas a la vez, fueron sustituidas por esas formas alargadas, delgadas, áridas, descarnadas, demacradas, desgarbadas, por una desenvoltura mecánica, metódica y puritana. La cintura se aplanó, la mirada se hizo austera, las junturas se anquilosaron, una nariz dura y rígida descendió sobre unos labios menguados y retraídos; el paso se alargó; el ángel de la geometría, que en otra época le prodigaba sus más atractivas curvas, entregó a la mujer a todo el rigor de la línea recta y de los ángulos agudos. La francesa se ha hecho americana; habla gravemente de asuntos graves, se toma la vida con rigidez, cabalga sobre la delgada espina de las costumbres, se viste mal, sin gusto, y lleva unos corsés de chapa galvanizada que pueden resistir las más altas presiones. Hijo mío, Francia ha perdido su verdadera superioridad; así como sus mujeres del encantador siglo de Luis XIV afeminaron a los hombres; ellas, después, se han pasado al género masculino y ya no merecen ni la mirada de un artista ni la atención de un amante.

—¡Sigo sin creerte! —respondió Michel.

—Claro —replicó Quinsonnas—, ¡sonríes!, ¡crees que guardas algo en la manga que va a sorprenderme!, ¡tienes preparada tu pequeña excepción a la regla general! ¡Sea!, la confirmarás, eso es todo. ¡Mantengo lo dicho! ¡Y aún voy más lejos! ¡Ninguna mujer, cualquiera que sea la clase a la que pertenezca, ha escapado a la degradación de la raza! La modistilla ha desaparecido; la cortesana, casi tan gris como entretenida, hace gala hoy día de una inmoralidad subida. Es torpe y tonta, pero hace una fortuna con método y economía sin que nadie se arruine por ella. ¡Arruinarse! ¡Vamos! ¡Es una palabra vieja! Todo el mundo se enriquece, hijo mío, excepto el cuerpo y el espíritu humanos.

—¿Así que pretendes que es imposible encontrar una mujer en la época en que vivimos? —preguntó Michel.

—Así es, no las hay menores de noventa y cinco años; las últimas murieron con nuestras abuelas. No obstante…

—¡Vaya! ¿No obstante qué?

—Aún pueden encontrarse en el faubourg Saint-Germain; en ese pequeño rincón del inmenso París crece todavía alguna planta rara, la puella desiderata, como diría tu profesor, pero sólo ahí.

—Así que —respondió Michel sonriendo con cierta ironía— persistes en la opinión de que la mujer es una raza perdida.

—Sí, hijo mío, los grandes moralistas del siglo diecinueve ya presentían esta catástrofe. Balzac, que conocía muy bien el tema, lo dio a entender en su famosa carta a Stendhal; la mujer, decía, es la Pasión y el hombre es la Acción, y ésta es la razón de que el hombre adore a la mujer. Pues bien, ahora, ambos son la acción, y desde ese momento ya no hay mujeres en Francia.

—Bueno —dijo Michel—, ¿y qué opinas del matrimonio?

—Nada bueno.

—¿Nada más?

—Que me inclino más por el matrimonio de los demás que por el mío.

—Así que no piensas casarte.

—No, mientras no se haya constituido el famoso tribunal exigido por Voltaire para juzgar los casos de infidelidad: seis hombres y seis mujeres, con un hermafrodita que tendría el voto de calidad en caso de empate.

—¡Venga, sin bromear!

—No bromeo; ¡ésa sería la única garantía! ¿Recuerdas lo que sucedió hace dos meses durante el proceso de adulterio que presentó el señor de Coutances contra su mujer?

—¡Pues no!

—Cuando el presidente preguntó a la señora de Coutances por qué había olvidado sus deberes, ésta le contestó que tenía poca memoria. Y la absolvieron. Francamente, esta respuesta merecía una absolución.

—Dejemos a la señora de Coutances —respondió Michel— y volvamos al matrimonio.

—Hijo mío, he aquí la verdad absoluta a este respecto: estando soltero, uno siempre puede casarse. Estando casado, no se puede volver a ser soltero. De ahí que entre el estado de marido y el de soltero exista un matiz que asusta.

—Quinsonnas, ¿qué tienes en realidad contra el matrimonio?

—Cuanto tengo que decir es esto: en una época en que la familia tiende a su destrucción, en que el interés privado empuja a cada uno de sus miembros por diferentes caminos, en que la necesidad de enriquecerse a toda costa mata los sentimientos del corazón, el matrimonio me parece una heroica inutilidad; antaño, según los autores antiguos, era muy diferente; si hojearas los viejos diccionarios, quedarías asombrado al encontrar en ellos palabras como «penates», «lares», «hogar doméstico», «un interior», «la compañera de mi vida», etc.; pero estas expresiones han desaparecido hace tiempo, junto con las cosas que representaban. Ya nadie las utiliza; parece que en otros tiempos los esposos (ésta es otra palabra en desuso) mezclaban íntimamente su existencia; se atendía a lo que decía Sancho: un consejo de mujer no vale mucho, pero hay que estar loco para no escucharlo. Y escuchaban. Mira ahora qué diferencia; el marido de hoy vive lejos de la mujer; se queda en el Círculo, donde almuerza, trabaja y cena, juega y se acuesta. La señora, por su lado, se dedica a los negocios. El señor la saluda como a un extraño si por casualidad se la encuentra por la calle; de cuando en cuando le hace alguna visita, irrumpe en sus reuniones de los lunes, o de los miércoles; algunas veces la señora le invita a cenar, con menos frecuencia a pasar la velada; por último, se ven tan poco, están tan poco tiempo juntos, se hablan tan poco, se tutean tan poco, que uno se pregunta con fundamento cómo sigue habiendo herederos en este mundo.

—Esto es casi cierto —dijo Michel.

—Completamente cierto, hijo mío —respondió Quinsonnas—; se ha seguido la tendencia del pasado siglo en el que se intentaba tener los menos hijos posibles, las madres se sentían contrariadas si sus hijas se quedaban embarazadas demasiado pronto, y los jóvenes maridos, desesperados por haber sido tan torpes. En nuestros días, el número de hijos legítimos ha disminuido singularmente con relación al de los hijos naturales; estos últimos forman ya una mayoría imponente; dentro de poco acabarán siendo los dueños de Francia y harán revocar la ley que prohíbe investigar la paternidad.

—Esto me parece evidente —respondió Michel.

—Aunque, el mal, si lo hay —repuso Quinsonnas—, existe en todas las clases de la sociedad; observa que un viejo egoísta como yo no censura este estado de cosas, se aprovecha de él; pero insisto en explicarte que el matrimonio ya no es la pareja, y que la antorcha del himen ya no sirve, como en otros tiempos, para encender el fuego de la cocina.

—¿Quiere decir eso —repuso Michel— que si por alguna razón improbable, imposible, lo admito, acabaras queriendo tomar una mujer…?

—Amigo mío, primero intentaría hacerme millonario como los demás; se necesita dinero para llevar esa doble vida; las chicas que no tienen su peso en oro en las arcas de su padre no se casan, y una Marie-Louise con sus pobres doscientos cincuenta mil francos de dote no encontraría ningún hijo de banquero que la quisiera.

—¿Y un Napoleón?

—Los Napoleones son raros, hijo mío.

—Ya veo que no te entusiasma casarte.

—No precisamente.

—¿Y te entusiasmaría que yo lo hiciera?

«Ya hemos llegado», pensó el pianista sin responder.

—¿Y qué? ¿No dices nada? —profirió el joven.

—Te estoy mirando —replicó gravemente Quinsonnas.

—¿Y…?

—Y me pregunto por dónde voy a empezar a atarte.

—¿A mí?

—¡Sí! ¡Loco! ¡Insensato! ¿Qué sería de ti?

—¡Sería feliz! —respondió Michel.

—Razonemos. O tienes genio o no lo tienes. Esta palabra te ofende; digamos talento. Si no tienes talento, morirás de miseria a dúo. Si lo tienes, es otra cosa.

—Explícate.

—Hijo mío, ¿acaso no sabes que el genio, incluso el talento, es una enfermedad, y que la mujer de un artista debe conformarse con el papel de enfermera?

—¡Te diré! He encontrado…

—Una hermana de la caridad —replicó Quinsonnas—, no existen. Lo más que se puede encontrar son primas de la caridad, ¡y…!

—Te digo que la he encontrado —respondió Michel con fuerza.

—¿Una mujer?

—¡Sí!

—¿Una joven?

—¡Sí!

—¡Un ángel!

—¡Sí!

—Pues bien, hijo mío, arráncale las plumas y ponlo en una jaula porque si no saldrá volando.

—Escucha, Quinsonnas, se trata de una joven dulce, buena, amable…

—¿Y rica?

—¡Pobre! En vísperas de ser miserable. No la he visto más que una sola vez…

—¡Es mucho! Sería mejor haberla visto a menudo…

—No bromees, amigo mío; es la nieta de mi viejo profesor; la amo hasta perder el sentido; hemos hablado como si nos conociéramos desde hace veinte años; ¡me amará! ¡Es un ángel!

—¡Te repites! Hijo mío, Pascal dijo que el hombre no es ni ángel ni bruto. Pues bien, entre ambos, tu linda novia y tú, le estáis desmintiendo.

—¡Quinsonnas!

—¡Tranquilízate! ¡Tú no eres el ángel! ¡Cómo es posible! ¡Enamorado! ¡A los diecinueve años soñar con hacer lo que incluso a los cuarenta es una estupidez!

—¡Lo que todavía es una alegría si uno es amado! —respondió el joven.

—¡Mira, cállate! —exclamó el pianista—, ¡cállate! ¡Me sacas de quicio! No añadas una palabra o…

Y Quinsonnas, verdaderamente irritado, golpeaba violentamente las páginas inmaculadas del Libro Mayor.

Una conversación sobre las mujeres y el amor puede evidentemente no tener fin, y aquélla se habría prolongado hasta la tarde de no haberse producido un accidente cuyas consecuencias iban a ser incalculables.

Al gesticular con pasión, Quinsonnas tropezó malhadadamente con el enorme aparato sifoideo que le servía sus tintas multicolores, y una marea de rojos, amarillos, verdes y azules se extendió como un torrente de lava sobre las páginas del Libro Mayor.

Quinsonnas no pudo contener un grito que resonó por los despachos. Creyó que el Libro Mayor iba a derrumbarse.

—¡Estamos perdidos! —dijo Michel con una voz alterada.

—Tú lo has dicho, hijo mío —respondió Quinsonnas—. La inundación se nos viene encima. ¡Sálvese quien pueda!

En aquel momento el señor Casmodage y el primo Athanase aparecieron en las salas de contabilidad. El banquero se dirigió al lugar del siniestro; se quedó aterrado; abrió la boca pero no pudo hablar; la ira le ahogaba…

¡Y no sin motivo! ¡Aquel maravilloso libro en el que se inscribían las vastas operaciones de la casa de banca había sido manchado! ¡Aquel precioso volumen de los asuntos financieros había sido maculado! ¡Aquel gigantesco monumento que los días festivos el conserje del hotel mostraba a los extraños, había sido mancillado, infamado, hollado, estropeado, perdido! ¡Su guardián, el hombre a quien se había confiado aquella tarea, había traicionado su misión! ¡El sacerdote profanaba el altar con sus propias manos!

El señor Casmodage pensaba esas horribles cosas, pero no podía hablar. Un espantoso silencio reinaba en toda la oficina.

De pronto, el señor Casmodage hizo un gesto al desgraciado copista, que consistía en extender el brazo hacia la puerta con una fuerza, una convicción, una voluntad tales que no cabía error alguno. Puesto que ese elocuente gesto significaba «¡Salga!», en todos los lenguajes humanos, Quinsonnas descendió de las hospitalarias cumbres donde pasara su juventud. Michel le siguió, y se dirigió al banquero.

—Señor —dijo—, yo soy el culpable…

Un segundo gesto hecho con el mismo brazo, más extendido aún si cabe, envió al que dictaba tras los pasos del copista.

Entonces Quinsonnas se quitó con cuidado sus manguitos, tomó su sombrero, lo sacudió con el codo, se lo puso sobre la cabeza y se dirigió directamente al banquero.

Los ojos de este último lanzaban rayos; pero no conseguía tronar.

—Señor Casmodage y Cía. —dijo Quinsonnas con su voz más amable—, usted creerá que yo soy el autor de este crimen, porque crimen es haber deshonrado su Libro Mayor. No tengo que dejarle en ese error. Como ocurre con todos los males de este mundo, han sido las mujeres las que han causado esta irreparable desgracia; así que enfádese con nuestra madre Eva y su estúpido marido; todo malestar o sufrimiento nos viene de ellos, y si nos duele el estómago es porque Adán comió manzanas crudas. Así que, buenas noches.

Y el artista salió, seguido de Michel, mientras Athanase sostenía el brazo del banquero como Aarón el de Moisés durante la batalla de los amalecitas.

♦♦♦♦♦

[1] Voiture, automóvil en francés. Juego de palabras intraducible. (N. del E. digital)

[2] En la realidad, A. Dumas falleció a los 68 años, el 5 de diciembre de 1870, de un ataque al corazón. (N. del E. digital)

[3] Farce aquí significa «relleno». De haberlo traducido habría dilatado la obra de ese autor hasta la R, desbaratando las intenciones de Verne. Por supuesto, todo este episodio de la muerte de Dumas por envenenamiento es una jocosa invención de Verne, como también lo son muchas de las otras muertes que relata en este capítulo. (N. de la T.)

[4] Ernest Renan murió bastante después, el 2 de octubre de 1892. (N. del E. digital)

[5] Edmond About falleció el 16 de enero de 1885, por causas naturales. (N. del E. digital)

[6] A vuelapluma, Julio Verne ha olvidado un verbo. Utilizamos a propósito el verbo caer que ya ha utilizado más arriba. (N. del editor)

[7] «Un día para señalar con una piedra blanca».

[8] «Notable por el resplandor de su blancura».

[9] «Me estremezco al pensarlo».

[10] «Guardián de un monstruoso rebaño».

 

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