París en el siglo XX, de Julio Verne (Parte II)

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París en el siglo XX  (Parte II)

de Julio Verne

 

 

CAPÍTULO IV

Que trata de algunos autores del siglo XIX y de la dificultad de conseguirlos

Michel salió rápidamente a la calle y se dirigió a la librería de las Cinco Partes del Mundo, inmenso hangar situado en la calle de la Paix y dirigido por un alto funcionario del Estado.

«Todas las producciones del espíritu humano deben de estar ahí metidas», pensó el joven.

Entró en un amplio vestíbulo, en cuyo centro un despacho telegráfico correspondía con los puntos más apartados de las tiendas; una legión de empleados circulaba incesantemente; unas escalas colgadas en las paredes llevaban a los empleados hasta los estantes superiores de las salas; una multitud considerable acosaba el despacho y los mozos se doblaban bajo las cargas de libros.

Michel, estupefacto, intentaba en vano contar las innumerables obras que tapizaban las paredes, y su mirada se perdía en las galerías infinitas de este establecimiento imperial.

«Nunca conseguiré leer todo esto», pensó poniéndose a la cola ante el despacho. Al fin llegó a la ventanilla.

—¿Qué desea usted, señor? —le preguntó el empleado, jefe de la Sección de Pedidos.

—Me gustaría conseguir las obras completas de Victor Hugo —respondió Michel.

El empleado abrió unos ojos desmesurados.

—¿Victor Hugo? —dijo—. ¿Qué ha hecho ése?

—Es uno de los grandes poetas del siglo diecinueve, el más grande incluso —respondió el joven sonrojándose.

—¿Lo conoce usted? —preguntó el empleado a un segundo empleado, jefe de la Sección de Búsquedas.

—Jamás he oído hablar de él —respondió este último—. ¿Está usted seguro del nombre? —preguntó al joven.

—Perfectamente seguro.

—Es que es raro —prosiguió el empleado— que vendamos aquí obras literarias. Pero, en fin, puesto que está usted seguro… Ugo, Ugo… —dijo telegrafiando.

—Hugo, con hache —repitió Michel—. Y pregunte también por Balzac, Musset, Lamartine.

—¿Son sabios?

—¡No! Son autores.

—¿Están vivos?

—Murieron hace un siglo.

—Señor, vamos a hacer lo que podamos por atenderle; pero me temo que nuestras pesquisas van a ser largas, si no vanas.

—Esperaré —respondió Michel.

¡Y se retiró a un rincón, anonadado! ¡Así que toda aquella fama sólo duraba un siglo! Las orientales, Las meditaciones, Las primeras poesías, La comedia humana, ¡olvidadas, perdidas, inencontrables, desconocidas, ignoradas!

Sin embargo, unas inmensas grúas de vapor bajaban en medio de los patios cargas de libros y los compradores se precipitaban a la oficina de pedidos. Pero uno quería ver la Teoría de los frotamientos en veinte volúmenes, otro la Compilación de los problemas eléctricos, éste el Tratado práctico del engrasado de las ruedas motrices, aquél, la Monografía del nuevo cáncer.

«¡Cómo! —se dijo Michel—, ¡ciencia, industria! Aquí es como en el colegio, ¡y las artes, nada! ¡Y yo que parezco un demente pidiendo obras literarias! ¿Estaré loco?».

Michel se hundió en estas reflexiones durante una hora larga; y las pesquisas continuaban, y el telégrafo funcionaba sin cesar, y pedían confirmación del nombre de los autores; rebuscaron en los sótanos y en los graneros; pero fue en vano. Hubo que renunciar.

—Señor —dijo por fin al joven un empleado, jefe de la Sección de Respuestas—, no tenemos eso. Esos autores sin duda eran poco conocidos en su época; sus obras no habrán sido reeditadas…

Notre-Dame de Paris —respondió Michel— tuvo una tirada de quinientos mil ejemplares.

—Le creo, señor, pero en cuanto a autores antiguos reeditados en la actualidad sólo tenemos a Paul de Kock, un moralista del siglo pasado; parece bien escrito, y si usted quiere…

—Buscaré en otra parte —respondió Michel.

—Irá por todo París sin encontrar nada. Lo que no está aquí no está en ninguna parte.

—Ya veremos —dijo Michel alejándose.

—Señor —prosiguió el empleado, digno por su celo de ser dependiente de ultramarinos—, ¿desea usted obras literarias contemporáneas? Tenemos algunos títulos que han sonado estos últimos años; no se han vendido mal para ser libros de poesía…

—¡Ah! —dijo Michel esperanzado—, ¿tienen poesía moderna?

—Sin duda. Entre otras las Armonías Eléctricas de Martillac, obra laureada por la Academia de Ciencias, las Meditaciones sobre el oxígeno, de Pulfasse, el Paralelogramo poético, las Odas descarbonatadas

Michel no quiso oír más y salió a la calle aterrado, estupefacto. ¡Aquella pequeña porción del arte no había podido escapar a la influencia perniciosa de los tiempos! ¡La ciencia, la química, la mecánica, irrumpían en el ámbito de la poesía!

«¡Y se leen estas cosas! —repetía corriendo por las calles—; ¡incluso las compran! ¡Y las firman! ¡Y las colocan en las estanterías de literatura! ¡Es inútil buscar un libro de Balzac, de Victor Hugo! Por cierto, ¿dónde podría encontrarlos? ¡Claro! En la Biblioteca».

Michel se dirigió con paso rápido a la Biblioteca Imperial; los edificios, singularmente ampliados, se extendían sobre una gran parte de la calle Richelieu, luego por la calle Neuve-des-Petits-Champs, hasta la calle de la Bourse. La incesante aglomeración de libros había hecho que reventaran las viejas paredes del Hotel de Nevers. Todos los años se imprimían cantidades ingentes de obras científicas; los editores no daban abasto, y el propio Estado editaba: los novecientos volúmenes dejados por Carlos V, multiplicados por mil no habrían dado la cifra actual de los volúmenes apilados en la Biblioteca; de ochocientos mil que había en 1860, se superaban ahora los dos millones.

Michel preguntó por los edificios reservados a las letras y subió por la escalera de los jeroglíficos que unos albañiles estaban restaurando a golpe de piqueta.

Una vez llegado a la sala de las letras, la encontró desierta, y más curiosa hoy en día en su abandono que antaño llena de una multitud estudiosa. Algunos extranjeros la seguían visitando, como quien va a ver el Sahara, y les mostraban el lugar donde murió un árabe, en 1875, en la misma mesa que ocupó durante toda su vida.

Las formalidades necesarias para obtener una obra no dejaban de ser complicadas; el formulario, firmado por el solicitante, debía contener el título del libro, el formato, la fecha de publicación, el número de edición y el nombre del autor; es decir, que a no ser que se fuera ya un sabio, nunca se llegaba a saber; además, el solicitante indicaba su edad, domicilio, profesión y la finalidad de su investigación.

Michel se atuvo al reglamento y remitió su formulario perfectamente en regla al bibliotecario, que dormitaba; emulándole, los empleados roncaban aparatosamente sobre unas sillas apoyadas a las paredes; sus funciones habían llegado a ser una sinecura tan completa como la de acomodador en el Odeón.

El bibliotecario, que se despertó sobresaltado, miró al osado joven; leyó el formulario y pareció atónito por el pedido; después de haber reflexionado largamente, ante el terror de Michel, se dirigió a un empleado subalterno, que trabajaba junto a la ventana, sentado a una mesa solitaria.

Michel se encontró ante un hombre de unos setenta años de edad, mirada despierta, cara sonriente y con aspecto de sabio que creyera ignorarlo todo. El modesto empleado tomó el boletín y lo leyó atentamente.

—Pide usted autores del siglo diecinueve —dijo—, es un honor para ellos; esto va a permitirnos quitarles el polvo. Hemos dicho señor… ¿Michel Dufrénoy?

Ante este nombre, el viejo levantó rápidamente la cabeza.

—¡Es usted Michel Dufrénoy! —exclamó—. ¡Claro, aún no le había mirado!

—¿Me conoce usted?

—¡Que si le conozco!…

El viejo no pudo continuar; sobre su bondadoso rostro se dibujaba una verdadera emoción; tendió la mano a Michel y éste se la estrechó afectuosamente, con entera confianza.

—Soy tu tío —dijo por fin el buen hombre—, tu viejo tío Huguenin, el hermano de tu pobre madre.

—¡Es usted mi tío! —exclamó Michel, emocionado.

—¡Tú no me conoces, pero yo sí te conozco, muchacho! ¡He asistido a la entrega de tu magnífico premio de versificación latina! ¡Mi corazón latía muy deprisa, y tú no sospechabas nada!

—¡Mi tío…!

—No es culpa tuya, querido muchacho, ya lo sé. Me he mantenido apartado, alejado de ti, para no perjudicarte ante la familia de tu tía; ¡pero he seguido tus estudios paso a paso, día a día! Yo me decía: es imposible que el hijo de mi hermana, el hijo de un gran artista, no haya conservado nada de los instintos poéticos de su padre, ¡y no me engañaba porque vienes aquí a pedirme nuestros grandes poetas de Francia! ¡Sí, muchacho! ¡Te los voy a dar! ¡Los vamos a leer juntos! ¡Nadie nos mira! ¡Deja que te abrace por primera vez!

El anciano estrechaba en sus brazos al joven, y éste se sintió renacer bajo los abrazos. Era, hasta ese momento, la más dulce emoción de su vida.

—Pero, tío —preguntó Michel—, ¿cómo ha podido usted estar al corriente de mi infancia?

—Querido muchacho, mi mejor amigo es una excelente persona que te quiere muchísimo: tu profesor Richelot, ¡y él me ha dicho que eres uno de los nuestros! Te he visto actuar; he leído tus versos en latín; un tema un poco difícil de tratar, por cierto, por culpa de los nombres propios: El mariscal Pelissier en la torre Malakoff. Pero bueno, la moda sigue fijada en los viejos temas históricos ¡y a fe mía que no te las has arreglado mal!

—¡Ah! —profirió Michel.

—Aunque —prosiguió el viejo sabio— has hecho dos largas y dos breves con Pelissierus, una breve y dos largas con Malakoff, ¡y has hecho bien! Mira, recuerdo dos versos preciosos: Iam Pellisiero pendenti ex turre Malakoff / Sebastopolitam concedit Jupiter urbem[1]. ¡Ay, hijo mío, cuántas veces, sin esa familia que me desprecia y que en suma pagaba tu educación, cuántas veces hubiera apoyado tus hermosas inspiraciones! Pero ahora serás tú quien venga a verme a menudo.

—Todas las tardes, tío, en mis horas libres.

—Pero tus vacaciones…

—¿Vacaciones, tío? ¡Mañana entro a trabajar en el banco de mi primo!

—¡Tú en un banco! —exclamó el viejo—. ¡Tú en los negocios! ¡Es verdad!, ¿qué va a ser de ti? ¡Un pobre desgraciado como yo no puede ayudarte! ¡Ay, hijo mío, con tus ideas, con tus aptitudes, has nacido tarde, no me atrevo a decirte muy temprano, porque al ritmo que van las cosas ni siquiera se puede esperar el futuro!

—¿Pero no me puedo negar? ¿Acaso no soy libre?

—¡No! No eres libre; desgraciadamente el señor Boutardin es algo más que tu tío: es tu tutor; no quiero, no debo animarte a seguir una vía funesta; no, aún eres joven; trabaja para ganar tu independencia y entonces, si tus gustos no han cambiado, si todavía estoy en este mundo, ven a verme.

—Pero el oficio de banquero me horroriza —respondió Michel vivamente.

—No lo dudo, muchacho, y si hubiera sitio para dos en mi casa te diría: ven, seremos felices; pero esa existencia no te llevaría a ninguna parte, porque inevitablemente hay que ir a algún sitio; ¡no!, ¡trabaja!, olvídame durante algunos años; yo te daría malos consejos; no digas que has visto a tu tío; podría resultarte fatal; no pienses más en el viejo que ya habría muerto hace tiempo si no fuese porque todos los días tiene la deliciosa costumbre de reunirse con sus viejos amigos en los estantes de esta sala.

—Cuando sea libre —dijo Michel.

—¡Sí! ¡Dentro de dos años! Ahora tienes dieciséis; serás mayor de edad a los dieciocho; esperaremos; pero no olvides, Michel, que siempre guardaré para ti un buen apretón de manos, un buen consejo y un buen corazón. Vendrás a verme —añadió el anciano contradiciendo sus propias palabras.

—¡Sí, tío, sí! ¿Dónde vive usted?

—¡Lejos, muy lejos! En Saint-Denis; pero la línea del bulevar Malesherbes me deja a dos pasos de mi casa; allí tengo una habitación muy pequeña y muy fría, pero cuando tú vengas será grande y cuando estreche tus manos entre las mías se calentará.

La conversación entre tío y sobrino prosiguió de esta guisa; el viejo sabio quería ahogar en el joven las hermosas tendencias que él admiraba, y sus palabras traicionaban a cada paso su voluntad; sabía cuán falsa, cuán imposible, cuán desplazada sería la situación de un artista.

Hablaron de todo; el buen hombre se presentó como un viejo libro que el joven acudiría a hojear algunas veces, y que como mucho sólo serviría para contarle cosas del tiempo pasado.

Michel habló de la finalidad de su visita a la Biblioteca e interrogó a su tío sobre la decadencia de la literatura.

—La literatura está muerta, hijo mío —respondió el tío—; mira esas salas desiertas y esos libros sepultados en el polvo; ya no se lee; soy el guardián del cementerio, y la exhumación está prohibida.

Durante la conversación el tiempo transcurrió rápidamente.

—Son las cuatro —exclamó el tío—, tenemos que separarnos.

—Le volveré a ver —dijo Michel.

—Sí… ¡No, hijo mío! ¡No hablemos nunca de literatura! ¡Ni de arte! ¡Acepta la situación tal como es! ¡Eres el pupilo del señor Boutardin antes que el sobrino de tu tío Huguenin!

—Déjeme acompañarle —dijo el joven Dufrénoy.

—¡No! Podrían vernos. Iré solo.

—Entonces hasta el domingo, tío.

—Hasta el domingo, querido hijo.

Michel fue el primero en salir, pero esperó en la calle; vio cómo el anciano se dirigía hacia el bulevar con paso todavía firme; le siguió de lejos hasta la estación de la Madeleine.

«¡Al fin no estoy solo en el mundo!», pensó.

Y volvió al hotel. Por fortuna la familia Boutardin cenaba fuera de casa y Michel pasó tranquilamente en su habitación la primera y última velada de sus vacaciones.

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CAPÍTULO V

Que trata de las máquinas de calcular y de cajas que se defienden solas

 

Al día siguiente, a las ocho, Michel Dufrénoy se dirigió a las oficinas de la banca Casmodage y Cía.; estaban situadas en la calle Neuve-Drouot y ocupaban una de aquellas casas construidas en el emplazamiento de la antigua Ópera. El joven fue introducido en un vasto paralelogramo, provisto de aparatos de una singular estructura cuya presencia, al principio, no advirtió. Parecían pianos de un tamaño impresionante.

Michel miró hacia el despacho adyacente y divisó unas cajas gigantescas: parecían fortalezas; un poco más y eran almenadas, y cada una de ellas hubiera podido alojar fácilmente una guarnición de veinte hombres.

Michel no pudo dejar de estremecerse ante la vista de aquellos cofres acorazados y blindados.

«Parecen ser a prueba de bomba», pensó.

Un hombre de unos cincuenta años, con su pluma de ganso matinal en la oreja, se paseaba solemnemente entre aquellos monumentos. Michel reconoció al punto que pertenecía a la familia de la gente de número, orden de los cajeros; ese individuo exacto, metódico, gruñón y cascarrabias cobraba con entusiasmo y pagaba con dolor; se diría que consideraba los pagos como robos a su caja y los cobros como devoluciones. Unos sesenta empleados, escribientes, copistas, garabateaban y calculaban bajo su elevada dirección.

Michel tenía que sentarse entre ellos; un mozo de oficina le llevó hasta el importante personaje que le esperaba.

—Señor —le dijo el cajero—, al entrar aquí, lo primero que tiene usted que olvidar es que pertenece a la familia Boutardin. Es la orden.

—No pido otra cosa —respondió Michel.

—Para empezar su aprendizaje, le asignaremos a la máquina número 4.

Michel se volvió y divisó la máquina número 4. Era un aparato para calcular.

Había pasado mucho tiempo desde que Pascal construyera un instrumento de esta suerte, cuya concepción pareció tan maravillosa en su momento. Después, el arquitecto Perrault, el conde de Stanhope, Thomas de Colmar, Maureal y Jayet, aportaron afortunadas modificaciones a este tipo de aparato.

La casa Casmodage poseía verdaderas obras maestras; sus instrumentos parecían enormes pianos; apretando las teclas de un teclado se obtenía al instante totales, remanentes, productos, cocientes, reglas de proporción, cálculos de amortización y de intereses compuestos para periodos infinitos a todos los tipos posibles. ¡Había notas altas que daban hasta el ciento cincuenta por ciento! Nada más maravilloso que esas máquinas, que hubieran derrotado fácilmente a los Mondeux y a los …[2]

Pero había que saber manejarlas, y Michel tuvo que tomar lecciones de digitación.

Como podemos ver, Michel entraba en una casa de banca que le requería y adoptaba todos los recursos de la mecánica.

Por otra parte, en aquella época la abundancia de negocios y la proliferación de la correspondencia dio a los simples artículos de escritorio una importancia extraordinaria.

Por ejemplo, el correo de la casa Casmodage incluía más de tres mil cartas al día, remitidas a todos los rincones del mundo. Una máquina Lenoir, con una fuerza de quince caballos, copiaba sin cesar las cartas que quinientos empleados le enviaban sin descanso.

Sin embargo, la telegrafía eléctrica hubiera tenido que reducir singularmente el número de cartas porque existían nuevos perfeccionamientos que permitían al remitente tratar directamente con el destinatario; el secreto de la correspondencia quedaba a salvo y se podían hacer a distancia negocios de mucha consideración. Cada firma tenía sus hilos particulares, según el sistema Wheatstone en uso desde hacía tiempo en toda Inglaterra. Los precios de los innumerables valores cotizados en el mercado libre se inscribían solos en unas esferas situadas en los centros de las Bolsas de París, Londres, Fráncfort, Ámsterdam, Turín, Berlín, Viena, San Petersburgo, Constantinopla, Nueva York, Valparaíso, Calcuta, Sidney, Pekín, Nuku-Hiva.

Además, la telegrafía fotográfica, inventada durante el siglo anterior por el profesor Giovanni Caselli, de Florencia, permitía enviar muy lejos el facsímil de cualquier tipo de escritura , autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a cinco mil leguas de distancia.

La red telegráfica cubría toda la superficie de los continentes y el fondo de los mares; América no estaba ni a un segundo de Europa, y en la solemne prueba que se hizo en 1903, en Londres, dos experimentadores contactaron entre sí después de haber hecho dar a su mensaje la vuelta a la Tierra.

Se comprende que en esta época de negocios el consumo de papel aumentara en proporciones inesperadas; Francia, que fabricaba sesenta millones de kilogramos de papel hacía cien años, gastaba ahora más de trescientos millones; ya no se temía que pudieran faltar los trapos porque estaban provechosamente sustituidos por el esparto, el áloe, el topinambur, el altramuz y otras veinte plantas poco costosas; en doce horas, los procedimientos de Watt y Burgess convertían un pedazo de madera en papel de calidad; los bosques ya no servían para la calefacción, sino para la impresión.

La casa Casmodage fue una de las primeras en adoptar el papel de madera; cuando debía emplearse en letras de cambio, billetes o acciones, lo preparaban con el ácido gálico de Lemfelder, que lo hacía invulnerable a los agentes químicos de los falsificadores; el número de ladrones aumentaba al tiempo que los negocios y había que ser desconfiado.

Así era aquella casa en la que se cocían negocios enormes. El joven Dufrénoy iba a desempeñar en ella el papel más modesto; iba a ser el principal sirviente de la máquina de calcular, y ese mismo día entró en funciones.

Aquel trabajo mecánico le presentaba grandes dificultades; no tenía vocación para ello y el aparato funcionaba bastante mal en sus manos; por mucho que lo intentara, un mes después de su ingreso cometía más errores que el primer día, y estuvo a punto de volverse loco.

Encima le trataban con dureza para quebrantar en él las veleidades de independencia y los instintos de artista; no tuvo un solo domingo ni una sola velada para dedicarlos a su tío, y su único consuelo fue escribirle en secreto.

Pronto fue presa del desánimo y el desagrado; se sintió incapaz de continuar aquel trabajo de obrero.

A fines de noviembre, el señor Casmodage, Boutardin hijo y el cajero tuvieron la siguiente conversación sobre él:

—Este chico está soberanamente falto de inteligencia —dijo el banquero.

—La verdad me obliga a reconocerlo —respondió el cajero.

—Es lo que antes se llamaba un artista —apostilló Athanase— y lo que nosotros llamamos un insensato.

—La máquina se convierte en un instrumento peligroso entre sus manos —respondió el banquero—; ¡nos trae sumas en lugar de restas y nunca nos ha podido calcular un interés ni al quince por ciento!

—Es penoso —dijo el primo.

—¿En qué vamos a emplearlo? —prosiguió el cajero.

—¿Sabe leer? —preguntó el señor Casmodage.

—Es de suponer —respondió Athanase con aire de duda.

—Se le podría utilizar en el Libro Mayor; dictaría a Quinsonnas, que reclama un ayudante.

—Tiene usted razón —replicó el primo—; dictar, eso es lo único de que es capaz, porque tiene una letra espantosa.

—Y esto en una época en la que todo el mundo escribe bien —replicó el cajero.

—Si no hace bien este nuevo trabajo, sólo podrá servir para barrer los despachos.

—Y eso habría que verlo —afirmó el primo.

—Que venga —dijo el banquero.

Michel compareció ante el temible triunvirato.

—Señor Dufrénoy —dijo el jefe de la casa, haciendo aflorar en sus labios la más despreciable de sus sonrisas—, su notoria incapacidad nos obliga a retirarle de la dirección de la máquina número 4; los resultados que usted obtiene son causa incesante de errores en nuestras escrituras; esto no puede seguir así.

—Lo siento, señor… —respondió fríamente Michel.

—Sus disculpas son inútiles —repuso severamente el banquero—; de ahora en adelante se le asignará al Libro Mayor. Me dicen que sabe leer. Se ocupará de dictar.

Michel no respondió nada. ¡Le importaba tan poco el Libro Mayor como la máquina! ¡Era prácticamente lo mismo! Así pues, se retiró después de haber preguntado cuándo sería el cambio.

—Mañana —le respondió Athanase—; el señor Quinsonnas estará avisado.

El joven se marchó de las oficinas pensando no en su nuevo trabajo, sino en el tal Quinsonnas, cuyo nombre le espantaba. ¿Quién podría ser aquel hombre? ¡Algún individuo que habría envejecido en la tarea de copiar los artículos del Libro Mayor, trajinando durante sesenta años cuentas corrientes, presa de la fiebre del saldo y del frenesí de la contrapartida! A Michel sólo le asombraba una cosa: que el tenedor de libros no hubiera sido todavía sustituido por una máquina.

Sin embargo, experimentó una verdadera alegría al abandonar su aparato de calcular; estaba orgulloso de haberlo usado mal; aquella máquina tenía un falso aspecto de piano que le repugnaba.

Michel, encerrado en su habitación, vio llegar rápidamente la noche en medio de sus reflexiones; se acostó, pero no podía dormir; una suerte de pesadilla se apoderó de su cerebro. El Libro Mayor se le aparecía con unas proporciones fantásticas; tan pronto se sentía presionado entre las hojas blancas como entre las plantas secas de un herbario, o apresado en el dorso de la cubierta, que le aplastaba bajo su armazón de cobre.

Se despertó muy agitado y presa del irresistible deseo de contemplar aquella máquina prodigiosa.

«Es una chiquillada —pensó—, pero me quedaré tranquilo».

De un salto abandonó la cama, abrió la puerta de la habitación, y tanteando, tropezando, con los brazos extendidos y los ojos entornados, entró en las oficinas.

Las enormes salas estaban oscuras y silenciosas, cuando habitualmente el estruendo del dinero, el tintineo del oro, el roce de los billetes, el chirrido de las plumas sobre el papel, llenaban sus salas durante el día con el fragor característico de las casas de banca. Michel avanzaba al azar, perdiéndose en medio de aquel laberinto; no estaba muy al tanto de la situación del Libro Mayor; pero avanzaba; tuvo que atravesar la sala de las máquinas, y las divisó entre las sombras.

«Están durmiendo —pensó—, ahora no calculan».

Y prosiguió su viaje de reconocimiento, atravesando el despacho de las cajas gigantescas y tropezando a cada paso.

De pronto, sintió que le faltaba la tierra bajo sus pies, y se produjo un ruido espantoso; las puertas de las salas se cerraron con estrépito; los cerrojos y los pestillos se precipitaron en sus cerraduras; unos silbidos ensordecedores salieron de las cornisas; una luz repentina iluminó las oficinas, mientras Michel —que seguía bajando— parecía sepultarse en un abismo sin fondo.

Desesperado, espantado, cuando el suelo pareció tener consistencia, quiso emprender la huida. Pero fue imposible. Estaba prisionero en una jaula de hierro.

En aquel instante, unas personas a medio vestir se precipitaron sobre él.

—Es un ladrón —dijo uno.

—¡Lo hemos atrapado! —dijo el otro.

—¡Llamen a la policía!

Michel no tardó en reconocer entre los testigos de su desastre al señor Casmodage y a su primo Athanase.

—¡Usted! —exclamó el uno.

—¡Él! —exclamó el otro.

—¡Iba usted a forzar mi caja!

—¡Lo que faltaba!

—Es un sonámbulo —dijo alguien.

Para el buen nombre del joven Dufrénoy, esta opinión unió a la mayoría de aquellos hombres en camisón. Liberaron al prisionero, víctima inocente de las cajas perfeccionadas que se defienden solas.

Al extender los brazos en la oscuridad, Michel había rozado la caja de valores, sensible y pudorosa como una doncella; el dispositivo de seguridad se puso en marcha inmediatamente. El suelo se abrió mediante una tarima móvil, mientras que la luz eléctrica de los despachos se encendió al ruido de las puertas violentamente cerradas. Los empleados, despertados por los fortísimos timbrazos, se precipitaron hacia la jaula que había descendido hasta el sótano.

—¡Esto le enseñará a no pasear por donde no debe! —dijo el banquero al joven.

Michel, avergonzado, no respondió.

—¡Vaya aparato más ingenioso! —exclamó Athanase.

—Sin embargo —le replicó el señor Casmodage—, no estará completo hasta que el ladrón, depositado en un vagón de seguridad, sea trasladado por un resorte hasta la prefectura de policía.

«¡Y sobre todo —pensó Michel—, hasta que la máquina aplique por sí sola el artículo del código relativo a los robos con fractura!».

Pero se guardó la reflexión para sus adentros y se marchó en medio de grandes carcajadas.

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CAPÍTULO VI

Donde Quinsonnas aparece en la cúspide del Libro Mayor

 

Al día siguiente Michel se dirigió a las oficinas de contabilidad, en medio de los murmullos irónicos de los empleados; su aventura nocturna corría de boca en boca y nadie disimulaba la risa.

Michel llegó a una sala inmensa rematada por una cúpula de cristal esmerilado; en medio, y apoyado sobre un único pie, obra maestra de la mecánica, se erguía el Libro Mayor de la casa de banca. Merecía el apelativo de Mayor con más justicia que Luis XIV el de Grande; tenía veinte pies de alto; un mecanismo inteligente permitía dirigirlo como un telescopio hacia todos los puntos del horizonte; un sistema de pasarelas ligeras, ingeniosamente combinado, bajaba o subía según las necesidades del escribiente.

Sobre las hojas blancas, de tres metros de ancho, se desplegaban en letras de tres pulgadas las operaciones diarias de la casa. Los epígrafes Cajas de Diversos, Diversos a Caja, Cajas de Negociaciones, destacados en tinta de oro, causaban placer a las personas a quienes les gustan estas cosas. Otras tintas multicolores realzaban vivamente las transferencias y la paginación; en cuanto a las cifras, soberbiamente superpuestas en las columnas de sumas, los francos se destacaban en rojo escarlata y los céntimos, llevados hasta el tercer decimal, en verde oscuro.

Michel quedó estupefacto ante aquel espectáculo. Preguntó por el señor Quinsonnas.

Le señalaron a un joven inclinado sobre la pasarela más elevada; Michel tomó la escalera de caracol y en pocos instantes llegó a la cumbre del Libro Mayor.

El señor Quinsonnas estaba modelando una F mayúscula de tres pies de altura, con una incomparable soltura.

—Señor Quinsonnas —dijo Michel.

—Tómese la molestia de entrar —respondió el tenedor de libros—; ¿con quién tengo el honor de hablar?

—Con el señor Dufrénoy.

—¿Es usted el héroe de una aventura que…?

—Soy ese héroe —respondió atrevidamente Michel.

—Es un elogio para usted —replicó Quinsonnas—, es usted un hombre honrado; un ladrón no se habría dejado atrapar. Ésa es mi opinión.

Michel miró fijamente a su interlocutor; ¿se estaba burlando de él? La figura espantosamente seria del tenedor de libros no permitía tal suposición.

—Estoy a sus órdenes —dijo Michel.

—Y yo a las suyas —respondió el copista.

—¿Qué tendré que hacer?

—Lo siguiente: dictarme con voz clara y lenta los artículos del diario que yo paso al Libro Mayor. ¡No se equivoque! Acentúe. ¡Voz profunda! ¡Nada de errores! Una tachadura y me ponen en la calle.

No hubo más prolegómenos, y el trabajo comenzó.

Quinsonnas era un muchacho de unos treinta años que por su aspecto serio podía aparentar cuarenta. Sin embargo, no había que mirarle con demasiada atención, porque bajo esa pavorosa seriedad acababa uno por desvelar mucha jovialidad contenida y un aire endiabladamente inteligente. Michel, al cabo de tres días, creyó notar algo de este tipo.

No obstante, la reputación de simpleza del tenedor de libros, por no decir de estupidez, estaba muy consolidada en las oficinas; se contaban de él historias que harían palidecer a los Calinos de la época. Pero su precisión y su hermosa caligrafía eran dos cualidades indiscutibles; nadie le igualaba en la escritura de la gran bastarda y no tenía rival en la inglesa retorcida.

En cuanto a su exactitud, no se le podía exigir más completa porque, gracias a su proverbial falta de inteligencia, había escapado a dos prestaciones tan molestas para un empleado como son las de formar parte de los jurados y de la Guardia Nacional. Estas dos grandes instituciones seguían funcionando en el año de gracia de 1960.

Éstas son las circunstancias por las que Quinsonnas fue borrado de las listas de la primera y de los censos de la segunda.

Hacía un año, más o menos, la suerte le condujo al banco de los jurados; se trataba de un asunto criminal muy grave, pero sobre todo muy largo; duraba ya ocho días y se esperaba que por fin concluyera; se estaba interrogando a los últimos testigos, pero nadie había contado con Quinsonnas. En medio de la vista, éste se levantó y rogó al presidente que planteara cierta pregunta al acusado. Así se hizo y el acusado respondió a la pregunta del jurado.

—Pues bien —dijo Quinsonnas en voz alta—, es evidente que el acusado no es culpable.

¡Júzguese el efecto! ¡Está prohibido que el jurado emita su opinión durante los debates, bajo pena de nulidad! La torpeza de Quinsonnas hizo que se tuviera que remitir el asunto a otra sesión. Y todo tenía que volver a empezar; ¡y como el incorregible miembro del jurado, involuntaria o más bien ingenuamente, volvió a caer en la misma falta, no se pudo juzgar la causa!

¿Qué se le podía decir al malhadado Quinsonnas? Hablaba, evidentemente, a pesar suyo, bajo la emoción de los debates; ¡se le escapaba lo que pensaba! Era una enfermedad; pero, en fin, como la justicia tenía que seguir su curso, hubo que borrarle definitivamente de la lista de los jurados.

Lo de la Guardia Nacional fue otra cosa.

La primera vez que lo pusieron como centinela a la puerta de la alcaldía se tomó su guardia muy en serio; se plantó militarmente ante su garita, con su fusil montado, el dedo en el gatillo y dispuesto a disparar, como si el enemigo fuera a aparecer a la vuelta de la esquina. Como es natural la gente, al ver el celo de aquel centinela, se aglomeró; algunos transeúntes inofensivos sonrieron. Eso disgustó al enérgico guardia nacional; detuvo a uno, luego a dos, luego a tres; al cabo de sus dos horas de guardia, el puesto estaba repleto. Casi se origina un tumulto.

¿Qué se le podía decir? Estaba en su derecho; ¡aducía que había sido insultado estando de servicio! Para él la bandera era una religión. Esto se repitió en la guardia siguiente, y como no hubo forma de mitigar ni su diligencia ni su susceptibilidad, tan honorables a pesar de todo, le borraron de los cuadros.

Quinsonnas pasó por un imbécil, en el fondo, pero así fue como no volvió a formar parte ni de los jurados ni de la Guardia Nacional.

Liberado de estas dos grandes cargas sociales, Quinsonnas se convirtió en un tenedor de libros modelo.

Durante un mes, Michel dictó regularmente; su trabajo era fácil, pero no le dejaba ni un instante de libertad; Quinsonnas escribía, lanzando a veces una mirada sorprendentemente inteligente al joven Dufrénoy cuando éste se ponía a declamar con acento inspirado los artículos del Libro Mayor.

«¡Curioso muchacho! —pensaba para sus adentros el tenedor de libros—; sin embargo, parece superior a su oficio. ¿Por qué le habrán puesto aquí, siendo el sobrino de Boutardin? ¿Será para que me sustituya? ¡Imposible! ¡Escribe como el gato de la portera! ¿Será verdaderamente un imbécil? Tengo que saberlo».

Por su parte, Michel se entregaba a reflexiones idénticas.

«Este Quinsonnas esconde algo —se decía—. ¡Evidentemente no ha nacido para modelar efes o emes eternamente!

¡Hay ocasiones en que le oigo reír para sus adentros! ¿En qué pensará?».

Los dos camaradas del Libro Mayor se observaban mutuamente; había momentos en que se miraban con ojos claros y francos, de los que surgía una chispa comunicativa. Aquello no podía durar, Quinsonnas se moría de ganas de preguntar y Michel de contestar; un buen día, sin saber por qué, por necesidad de desahogo, Michel se vio impelido a contar su vida; lo hizo con ardor, lleno de sentimientos largamente reprimidos. Quinsonnas probablemente se emocionó, porque estrechó calurosamente la mano de su joven compañero.

—Pero su padre… —le preguntó.

—Era músico.

—¡Cómo! ¿El Dufrénoy que ha dejado las últimas páginas de las que la música puede enorgullecerse?

—El mismo.

—Un genio —respondió Quinsonnas con pasión—, pobre y desconocido, querido muchacho, y que fue mi maestro.

—¡Su maestro! —profirió estupefacto Michel.

—¡Pues sí! —exclamó Quinsonnas blandiendo su pluma—. ¡Al diablo el disimulo! Io son pictor! Soy músico.

—¡Un artista! —replicó Michel.

—¡Sí! ¡Pero no lo diga tan alto! Me la ganaría —dijo Quinsonnas reprimiendo la sorpresa del joven.

—Pero…

—Aquí soy tenedor de libros; el copista alimenta al músico, por el momento…

Se detuvo, mirando fijamente a Michel.

—¿Y bien? —profirió este último.

—¡Hasta que haya encontrado alguna idea práctica!

—¡En la industria! —replicó Michel, decepcionado.

—No, hijo mío —respondió paternalmente Quinsonnas—. En la música.

—¿En la música?

—¡Silencio! ¡No me pregunte! ¡Es un secreto!, ¡pero yo quiero asombrar a nuestro siglo! ¡No nos riamos! ¡La risa está castigada con la muerte en nuestra época, que es una época seria!

—Asombrar a nuestro siglo… —repetía mecánicamente el joven.

—Ésa es mi divisa —respondió Quinsonnas—; ¡asombrarlo, ya que no es posible fascinarlo! Como usted, he nacido cien años tarde; imíteme, ¡trabaje! Gane su pan ya que hay que conseguir esa cosa innoble: ¡comer! Le enseñaré a ser cínico, si usted quiere; hace quince años que alimento mi ser de una manera insuficiente y he necesitado una buena dentadura para triturar lo que el destino me metía en la boca; ¡pero con una buena mandíbula se sale adelante! Felizmente he encontrado una especie de oficio; ¡tengo buena mano, como se dice! ¡Santo cielo, si me quedara manco! ¿Qué haría? ¡Ni piano, ni Libro Mayor! ¡Bah, con el tiempo se tocará con los pies! Mira, mira por dónde, eso sí que podría asombrar a nuestro siglo.

Michel no pudo reprimir la risa.

—¡No se ría, desgraciado! —prosiguió Quinsonnas—. ¡Está prohibido en la casa Casmodage! Míreme, ¡tengo una cara que parte las piedras y un aspecto que congela el estanque de las Tullerías en pleno julio! Como usted sabe, los filántropos americanos imaginaron antaño encerrar a sus prisioneros en celdas redondas para ni siquiera dejarles la distracción de los ángulos. ¡Pues bien, hijo mío, la sociedad actual es tan redonda como esas prisiones! Y también tan aburrida.

—Pero yo creo que en usted hay un fondo alegre… —respondió Michel.

—¡Aquí no! ¡Pero en mi casa es diferente! ¡Tiene que visitarme! ¡Tocaré buena música! ¡La de los viejos tiempos!

—Cuando usted quiera —respondió Michel con alegría—; pero tendría que estar libre…

—Bueno, les diré que necesita tomar lecciones de dictado. Pero, aquí, ¡basta de conversaciones subversivas! ¡Yo soy un engranaje, usted es un engranaje! ¡Funcionemos y volvamos a la letanía de la Santa Contabilidad!

—Caja de Diversos —prosiguió Michel.

—Caja de Diversos —repitió Quinsonnas.

Y el trabajo continuó. Desde aquel día, la existencia del joven Dufrénoy cambió significativamente; tenía un amigo; hablaba; podía hacerse comprender, feliz como un mudo que hubiera recuperado la voz. Las cumbres del Libro Mayor ya no los ángulos. ¡Pues bien, hijo mío, la sociedad actual es tan redonda como esas prisiones! Y también tan aburrida.

—Pero yo creo que en usted hay un fondo alegre… —respondió Michel.

—¡Aquí no! ¡Pero en mi casa es diferente! ¡Tiene que visitarme! ¡Tocaré buena música! ¡La de los viejos tiempos!

—Cuando usted quiera —respondió Michel con alegría—; pero tendría que estar libre…

—Bueno, les diré que necesita tomar lecciones de dictado. Pero, aquí, ¡basta de conversaciones subversivas! ¡Yo soy un engranaje, usted es un engranaje! ¡Funcionemos y volvamos a la letanía de la Santa Contabilidad!

—Caja de Diversos —prosiguió Michel.

—Caja de Diversos —repitió Quinsonnas.

Y el trabajo continuó. Desde aquel día, la existencia del joven Dufrénoy cambió significativamente; tenía un amigo; hablaba; podía hacerse comprender, feliz como un mudo que hubiera recuperado la voz. Las cumbres del Libro Mayor ya no se le antojaban desiertas y respiraba tranquilo. Pronto, los dos camaradas se honraron con el tuteo recíproco.

Quinsonnas transmitía a Michel las adquisiciones de su experiencia y éste, durante sus insomnios, meditaba sobre las decepciones de este mundo; por la mañana regresaba al despacho, enardecido por sus pensamientos nocturnos, y atosigaba al músico, que no conseguía imponerle silencio.

El Libro Mayor no tardó en no estar al día.

—Vas a conseguir que cometamos algún error gordo —repetía sin cesar Quinsonnas—, y nos pondrán en la calle.

—Pero es que tengo que hablar —respondía Michel.

—Pues bien —le dijo un día Quinsonnas—, vendrás a cenar a mi casa hoy mismo, con mi amigo Jacques Aubanet.

—¡A tu casa! ¿Y el permiso?

—Aquí lo tengo. ¿Por dónde íbamos?

—Caja de Liquidación —prosiguió Michel.

—Caja de Liquidación —repitió Quinsonnas.

♦♦♦♦♦

[1] «Entonces, Pelissier, cuyo destino estaba suspendido en la torre de Malakoff, / es abandonado por Júpiter en la ciudad de Sebastopol».

[2] Falta el nombre en el manuscrito. (N. del editor)

 

 

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