EL BENEFICIO DE LA VIDA Y LA BELLEZA DEL MUNDO, por Leonardo da Vinci

La ciencia, que tiene por objeto la verdad, es difícil desde un punto de vista y fácil desde otro. Lo prueba la imposibilidad que hay de alcanzar la completa verdad y la imposibilidad de que se oculte por entero.

Cada filósofo explica algún secreto de la naturaleza. Lo que cada cual en particular añade al conocimiento de la verdad no es nada, sin duda, o es muy poca cosa, pero la reunión de todas las ideas presenta importantes resultados. De suerte que en este caso sucede a nuestro parecer como cuando decimos con el proverbio, ¿quién no clava la flecha en una puerta?

Considerada de esta manera, esta ciencia es cosa fácil. Pero la imposibilidad de una posesión completa de la verdad en su conjunto y en sus partes, prueba todo lo difícil que es la indagación de que se trata. Esta dificultad es doble. Sin embargo, quizás la causa de ser así no está en las cosas, sino en nosotros mismos. En efecto, lo mismo que a los murciélagos ofusca la luz del día, lo mismo a la inteligencia de nuestra alma ofuscan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia.

Es justo, por tanto, mostrarse reconocidos, no sólo respecto de aquellos cuyas opiniones compartimos, sino también de los que han tratado las cuestiones de una manera un poco superficial, porque también estos han contribuido por su parte. Estos han preparado con sus trabajos el estado actual de la ciencia.

Si Timoteo no hubiera existido, no habríamos disfrutado de estas preciosas melodías, pero si no hubiera habido un Frinis no habría existido Timoteo. Lo mismo sucede con los que han expuesto sus ideas sobre la verdad. Nosotros hemos adoptado algunas de las opiniones de muchos filósofos, pero los anteriores filósofos han sido causa de la existencia de éstos.

En fin, con mucha razón se llama a la filosofía la ciencia teórica de la verdad. En efecto, el fin de la especulación es la verdad, el de la práctica es la mano de obra; y los prácticos, cuando consideran el porqué de las cosas, no examinan la causa en sí misma, sino con relación a un fin particular y para un interés presente.

Ahora bien, nosotros no conocemos lo verdadero, si no sabemos la causa. Además, una cosa es verdadera por excelencia cuando las demás cosas toman de ella lo que tienen de verdad, y de esta manera el fuego es caliente por excelencia, porque es la causa del calor de los demás seres. En igual forma, la cosa, que es la causa de la verdad en los seres que se derivan de esta cosa, es igualmente la verdad por excelencia.

Por esta razón los principios de los seres eternos son sólo necesariamente la eterna verdad. Porque no son sólo en tal o cual circunstancia estos principios verdaderos, ni hay nada que sea la causa de su verdad; sino que por el contrario, son ellos mismos causa de la verdad de las demás cosas. De manera que tal es la dignidad de cada cosa en el orden del ser, tal es su dignidad en el orden de la verdad.

Metafísica, ARISTÓTELES 

 

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San Jerónimo penitente, de Leonardo Da Vinci

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EL BENEFICIO DE LA VIDA Y LA BELLEZA DEL MUNDO

por Leonardo da Vinci

 

 

“El hombre es víctima de una soberana demencia que le hace sufrir siempre, en la esperanza de no sufrir más; y la vida le escapa mientras espera gozar de los bienes que ha adquirido al precio de grandes esfuerzos. Los ambiciosos que no se contentan con el beneficio de la vida y la belleza del mundo, tienen por castigo el no comprender la vida y el quedar insensibles a la utilidad y belleza del universo. Una vida bien cumplida es siempre larga. Como un día bien empleado procura un dulce sueño, así una vida bien utilizada conduce a una dulce muerte. La sabiduría es hija de la experiencia. Adquiere en tu juventud de qué compensar el perjuicio de la vejez. Si comprendes que la vejez tiene por sustento la sabiduría, te esforzarás durante tus jóvenes años para que, en los últimos, no carezcas de alimento”.

 

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Que no me lea quien no sea matemático, porque yo lo soy siempre en mis principios.

Tú vendes, ¡oh Dios!, todos los bienes a los hombres al precio de su esfuerzo.

El amor a un objeto, cualquiera que sea, es hijo de su conocimiento. El amor es tanto más ferviente cuanto más cierto es el conocimiento; pero la certidumbre surge del conocimiento integral de todas las partes, que reunidas forman el todo que debe ser amado. Si no conoces a Dios, no podrás amarlo; si lo amas por el bien que de Él esperas y no por su virtud soberana, imitas al perro que menea la cola y festeja con sus saltos a quien le va a dar un hueso; si el animal conociera la superioridad del hombre, lo amaría mejor.

¿Cuál es la cosa que cesaría de existir si se la pudiera definir? El infinito, que sería finito si pudiera ser definido. Porque definir es limitar la cosa definida con otra que la circunscribe en sus extremos, de modo que lo que no tiene términos no puede ser definido.

La verdad es de tal excelencia que cuando elogia pequeñas cosas las ennoblece.

No deja de ser cierto que la verdad es la soberana alimentación no de los espíritus vagabundos, pero sí de las inteligencias agudas. Mas tú, que vives de ensueños, preferirás los sofismas y las mentiras de los charlatanes en las cosas grandes e inciertas, a las verdades naturales, bien que menos pretenciosas.

¡Oh contemplador!, yo no te ensalzo porque conoces las cosas ordinarias que la naturaleza dirige por sí misma; pero te envidio porque alcanzas a descubrir el fin de las cosas impresas en tu mente.

La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios.

Con poca esperanza pueden los míseros estudiosos aguardar el premio de su virtud. En tal caso me encuentro yo, seguro de incurrir en no pocas enemistades, ya que ninguno creerá lo que yo pueda decir de él. Muy contados son los hombres a quienes desagradan sus propios vicios; antes bien, sólo repugna generalmente el vicio a los que, por naturaleza son contrarios a él; muchos odian a sus padres o pierden la amistad de quienes les reprenden, y no quieren saber de ejemplos de virtudes contrarias, ni oír ningún humano consejo.

Si encontráis a un hombre virtuoso y bueno, no lo apartéis de vosotros; honradlo para que no tenga que huir de vosotros y refugiarse en desiertos o cavernas u otros lugares solitarios, lejos de vuestras insidias; miradlos como a dioses terrestres, merecedores de estatuas y simulacros.

Muchos tienen tienda abierta engañando a la necia multitud, y si alguien denuncia su impostura se le castiga.

Los antiguos llamaban al hombre un mundo menor, designación justa, porque está compuesto de tierra, agua, aire, y fuego como el cuerpo terrestre, y a él se asemeja. […] Faltan a nuestro globo los nervios, que no le han sido dados porque ellos están destinados al movimiento, y el mundo, en su perpetua estabilidad, carece de movimiento, y donde no hay movimiento los nervios son inútiles. Pero, en todo lo demás, el hombre y el mundo son semejantes.

El hombre posee gran razonamiento, pero en su mayor parte vano y falso; los animales lo tienen menor, pero útil y verídico, y más vale una pequeña certeza que un gran engaño.

No me parece que los hombres groseros, de costumbres bajas y de poco ingenio, merezcan tan bello organismo ni tal variedad de ropajes como los hombres especulativos y de gran talento. Los primeros no son más que un saco a donde entra y de donde sale lo que comen, pues nada me prueba que participen de la naturaleza humana, salvo en la voz y en la figura; en todo lo demás son bastante semejantes a las bestias. Debiera llamárseles fabricantes de estiércol y rellenadores de letrinas, porque no es otro su oficio en el mundo. Ninguna virtud ponen en práctica. Letrinas llenas, es todo lo que queda de su paso por la Tierra.

Piensa, ¡oh lector!, lo que podemos creer de nuestros antepasados cuando han pretendido definir lo que es el alma y la vida, cosas indemostrables, porque no son cosas que la experiencia puede claramente conocer y probar, ya que durante tantos siglos han sido ignoradas o falsamente creídas.

La esperanza y el deseo de repatriarse y volver al primitivo estado, es como la luz para la mariposa; el hombre, con perpetuo deseo, aspira a nueva primavera, a un nuevo estado, a próximos meses y a nuevos años; y cuando llegan las cosas deseadas es demasiado tarde, y el hombre advierte que aspira a su ruina.

El hombre es víctima de una soberana demencia que le hace sufrir siempre, en la esperanza de no sufrir más; y la vida le escapa mientras espera gozar de los bienes que ha adquirido al precio de grandes esfuerzos.

Los ambiciosos que no se contentan con el beneficio de la vida y la belleza del mundo, tienen por castigo el no comprender la vida y el quedar insensibles a la utilidad y belleza del universo.

La sabiduría es hija de la experiencia.

¡Oh, dormilón!, ¿qué cosa es el sueño? Es la imagen de la muerte. ¿Por qué, pues, no conduces a buen fin alguna obra que, después de muerto, te dé una semblanza de vida perfecta, a ti, que mientras vives te asemejas por el sueño a los míseros muertos?

Una vida bien cumplida es siempre larga.

Como un día bien empleado procura un dulce sueño, así una vida bien utilizada conduce a una dulce muerte.

Adquiere en tu juventud de qué compensar el perjuicio de la vejez. Si comprendes que la vejez tiene por sustento la sabiduría, te esforzarás durante tus jóvenes años para que, en los últimos, no carezcas de alimento.

El renombre del rico termina con su vida; se recuerda el tesoro, pero no al atesorador. Muy otra es la gloria de la virtud de los mortales que la de sus tesoros.

Cuántos emperadores y príncipes han pasado sin dejar recuerdo. Solo se propusieron conquistar Estados y riquezas para que les sobreviviera su memoria. Cuántos, al contrario, vivieron pobres de dinero, para poder adquirir virtudes: y su deseo se ha cumplido en tanto en cuanto la virtud sobrepasa a la riqueza.

¿No ves tú que el tesoro no honra a su acumulador, después de su vida, como hace la ciencia, que atestigua y proclama a su creador, porque es hija de quien la genera y no hijastra como la riqueza?

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LEONARDO DA VINCIAforismos. Espasa Calpe, 1943. Traducción de E. García de Zúñiga. Filosofía Digital, 2008.

 

 

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