¿ES POSIBLE ESTABLECER UN ESTADO LIBRE EN UN PAÍS CORRUPTO?, por Nicolás Maquiavelo

La violencia impune en las calles

Por ORIOL JUNQUERAS

En la prisión de Estremera, en el extrarradio de Madrid, van llegando noticias. Poco o mucho, la información fluye. Hoy, me siento muy orgulloso de un pueblo que se moviliza cívicamente, como hemos visto -bueno, de hecho, los que estamos aquí no lo hemos podido ver, pero nos llega la información- en las calles de toda Catalunya este domingo #empaperem (#empapelemos).

Del mismo modo hay que respetar expresiones de otro signo, incluso las que celebran el encarcelamiento del Govern electo de Catalunya, por duro o injusto que pueda ser o nos pueda parecer. En todo caso, soy de los que siempre he creído que hay buena gente de todo signo y condición, en todas partes. Y que es importante, aunque parezca naïf, apreciar a las buenas personas, que no lo son por lo que piensan sino por cómo se comportan y gobiernan sus vidas. Entre otras cosas, como dice el buen amigo Joan Ignasi Elena, porque somos y debemos seguir siendo un solo pueblo, con independencia de nuestros sentimientos.

Hoy de todos modos estamos viviendo episodios continuos de violencia en la calle. No sólo en las calles de Catalunya, también en España. Y no me refiero a las escenas vividas en los colegios de Catalunya el 1 de Octubre, cuando Millo, delegado del Gobierno en Catalunya, ordenó a la Policía Nacional y a la Guardia Civil que zurraran a la gente que quería votar, buenas personas que sólo querían votar. Nada más. Sólo querían votar y expresar su opinión. Los golpearon, sin contemplaciones, más de mil heridos. Y, entonces, vimos como dirigentes de partidos políticos, ministros del Gobierno español y periodistas, lo banalizaban, se reían o lo negaban, como el ministro Dastis ante el asombro de un periodista de la BBC. Banalizar la violencia física contra las personas o ampararla es la licencia que piden los descerebrados y el caldo de cultivo de la impunidad.

Ayer, en Mataró, una pareja de jóvenes fue agredida por un grupo de personas ataviadas con banderas españolas. Los jóvenes no quisieron gritar ‘¡Viva España!’ como les exigía una reducida turba y este fue el pretexto para apalearlos. Como ya ha pasado en decenas de ocasiones anteriormente, estas agresiones físicas gozan de absoluta impunidad, la violencia en nombre del ‘¡Viva España!’ no es violencia parece ser. Si te da una paliza un grupo de extrema derecha en nombre de la defensa de la unidad de España no pasa nada. Nada de nada. Bueno, tal vez a alguno incluso le condecoran e incluso le invitarán a copas, visto como funciona todo.

Y eso hoy está pasando. Y está pasando porque disfruta de cobertura, complicidad y total impunidad. ¿De qué democracia hablamos cuando te pueden pegar por la calle si no gritas ‘Viva España!’? ¿De qué democracia hablamos cuando turbas de extrema derecha campan por las calles de nuestro país zurrar a toda la gente que no brama en defensa de la sagrada unidad de España.

De determinados partidos, vinculados históricamente a una más que rancia tradición democrática, tal vez no podemos esperar nada. Pero me pregunto, nuevamente con tristeza: ¿Cómo es que la dirección del PSC anima repetidamente a la participación en actos donde se producen agresiones violentas? ¿Cómo es que la dirección del PSC calla y ampara con su silencio y/o connivencia la violencia? ¿Cómo es que luego no exigen la inmediata detención de los violentos o no lo denuncian ante la Justicia? ¿No se sienten responsables? ¿Les da igual? Me pregunto, por ejemplo, ¿cómo puede ser que haya ministros del PSOE que se rían o lo aplaudan? ¿Pero a qué tipo de gente ha confiado o confió responsabilidades el PSOE? ¿Qué queda del PSC que defendía la libertad de los pueblos? ¿Qué queda del PSC que también ayudó a forjar la escuela catalana o levantar barrios y dignificar vidas? ¿Dónde está? Y ciertamente he visto expresiones dignísimas de miembros del PSC ante el 155 y la violencia, lástima que su dirección las ignore. Como he visto la dignísima actitud de tantos y tantos círculos de Podemos en Catalunya ante el 155, el 1-O y la injerencia de Podemos; o la actitud ejemplar de Albano Dante Fachin, todo mi agradecimiento y aprecio.

Hay de todo, por todos lados. Y sé que buena gente podemos encontrar en todos los ámbitos y partidos, con independencia de lo que piensen. Pero las buenas personas deberían compartir valores fundamentales como el respeto a los derechos fundamentales. Y, el primero de todos, el respeto a la vida y a la integridad física. En eso al menos deberíamos estar de acuerdo. ¿O no? ¿Como nos podemos entender en su defecto? ¿Qué tipo de sociedad quiere construir la dirección del PSC y el PSOE si amparan la violencia contra las personas, puede que tal vez contra sus propios vecinos de escalera o amigos, si dan cobertura política a la violencia? ¿A qué tipo de convivencia aspiran?

Por eso pregunto a la dirección del PSC, más allá de la legítima discrepancia política, obviando cualquier otra consideración, si al menos en esto nos podremos entender. Por favor, ni un solo apaleado más en nuestras calles. No permita que se ejerza la violencia en nombre de lo que legítimamente se desea defender. Piense que un día, estos mismos que hoy se manifiestan a su lado y que apalean gente, con total impunidad, puede que no les baste con apalear a aquellos que quieren votar para decidir. Tal vez algún día también decidirán que hace falta apalear -sea por el motivo que sea- a los que como la dirección del PSC, no quieren que los catalanes decidamos.

Finalmente, al pueblo de Catalunya, que somos todos, os pido que mantengáis como valor el respeto a los derechos fundamentales, a la convivencia y la expresión pacífica de vuestras ideas, sean las que sean, como habéis hecho tantas y tantas veces, como habéis hecho de manera ejemplar los últimos años. De hecho, ya hemos demostrado que en Catalunya se puede manifestar un millón de personas festivamente y sin que se rompa ni una sola papelera. Que todo el mundo tome ejemplo, por favor.

Oriol Junqueras
Vicepresident del Govern de Catalunya

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¿ES POSIBLE ESTABLECER UN ESTADO LIBRE EN UN PAÍS CORRUPTO?

por Nicolás Maquiavelo

 

Me parece que no queda fuera de propósito, ni disconforme con el anterior discurso, considerar si en una ciudad corrupta se puede conservar un gobierno libre ya existente o, en el caso de que no existiera, establecerlo.

ES NECESARIO PROCEDER SEGÚN EL GRADO DE CORRUPCIÓN

Respecto a esto, diré que es muy difícil hacer tanto lo uno como lo otro, aunque es casi imposible dar reglas, pues es necesario proceder según el grado de corrupción; a pesar de todo, como es bueno razonar acerca de todas las cosas, no voy a dejar ésta de lado.

Partiré del supuesto de una ciudad corruptísima, donde se incrementen al máximo las dificultades, porque no hay leyes ni órdenes que basten para frenar una universal corrupción. Pues así como las buenas costumbres, para conservarse, tienen necesidad de las leyes, del mismo modo las leyes, para ser observadas, necesitan buenas costumbres.

Además de esto, los ordenamientos y las leyes hechos en una república en sus principios, cuando los hombres eran buenos, ya no resultan adecuados más tarde, cuando se han vuelto malos. Y si las leyes cambian en una ciudad según los acontecimientos, los ordenamientos no cambian nunca, o raras veces, de donde resulta que las nuevas leyes no bastan, porque las estropean los ordenamientos que han permanecido inmutables.

Y para dar a entender mejor este problema, diré que en Roma el ordenamiento regulaba el modo de regir el Estado, mientras que las leyes y los magistrados regulaban la vida de los ciudadanos. El ordenamiento del Estado era la autoridad del pueblo, del senado, de los tribunos, de los cónsules, el modo de proponer y crear magistrados, y el modo de hacer las leyes. Estas cosas cambiaron poco a nada con los acontecimientos.

LAS LEYES POLÍTICAS Y LA VIDA CIVIL DEBEN CAMBIAR A LA PAR

En cambio, sí cambiaron las leyes que regulaban la vida de los ciudadanos, como la ley del adulterio, la suntuaria, la que se oponía a la ambición y muchas otras, según los ciudadanos se iban volviendo cada vez más corruptos. Pero permaneciendo estables los ordenamientos del Estado, que con aquella corrupción ya no eran apropiados, las leyes renovadas no bastaban para mantener buenos a los hombres; y hubieran sido más beneficiosas si, con la innovación de las leyes, se hubieran modificado también los ordenamientos.

Y hasta tal punto es cierto que tales ordenamientos no eran convenientes para la ciudad corrompida, se ve expresamente en los asuntos de capital importancia: la creación de los magistrados y la de las leyes. El pueblo romano no otorgaba el consulado ni los otros altos cargos de la ciudad más que a los que los pedían. Esto fue bueno al principio, porque no lo pedían sino aquellos ciudadanos que se juzgaban dignos de ello, y obtener la repulsa era ignominioso; así, para ser considerados dignos, todos obraban bien.

Después este procedimiento se volvió perniciosísimo, una vez corrupta la ciudad, porque solicitaban las magistraturas no los que tenían más virtud, sino los que ostentaban mayor poder, y los que no eran poderosos, aunque fueran virtuosos, se abstenían de demandarlas por miedo.

A estos inconvenientes no se llegó de golpe, sino paso a paso, como sucede habitualmente. Pues después de que los romanos conquistaron África y Asia y redujeron casi toda Grecia a su obediencia, estaban seguros de su libertad y no creían que existiese ningún enemigo capaz de atemorizarlos.

LA CORRUPCIÓN CONVIERTE LA POLÍTICA EN ENTRETENIMIENTO

Esta seguridad y la debilidad de los enemigos hizo que el pueblo romano, a la hora de otorgar el consulado, no se fijase ya en la virtud, sino en el favor, prefiriendo a los que mejor sabían entretener a los hombres, no a los que sabían vencer a los enemigos; después, se lo dieron no al más popular, sino al más poderoso, de modo que los buenos, por defecto del ordenamiento, quedaron completamente excluidos.

Podía un tribuno o cualquier otro ciudadano proponer una ley al pueblo, sobre lo cual todo ciudadano podía hablar en favor o en contra, antes de que se tomase una decisión sobre ella. Este procedimiento era bueno mientras fueron buenos los ciudadanos, pues mientras es beneficioso que todo el que piense que una cosa va a redundar en beneficio público, tras haberlo oído todo, pueda escoger lo mejor.

Pero cuando los ciudadanos se volvieron malos, este procedimiento resultó pésimo, porque sólo los poderosos proponían leyes, no para la común libertad, sino para acrecentar su propio poder, y nadie podía hablar en contra por miedo a ellos, de modo que el pueblo resultaba engañado, o forzado a decidir su ruina.

Era necesario, por tanto, si se quería que Roma se mantuviera libre pese a la corrupción, que así como en el transcurso de su vida se habían hecho nuevas leyes, se hicieran nuevos ordenamientos: porque se deben instituir diferentes órdenes y modos de vida para un sujeto malo que para uno bueno, ya que no pueden tener la misma forma dos materias en todo contrarias.

LA RUPTURA DE GOLPE O LA REFORMA A ESCONDIDAS SON CASI IMPOSIBLES

En cuanto a si estos ordenamientos se deben renovar todos de golpe, al descubrir que ya no son adecuados, o poco a poco, antes de que nadie se percate del problema, digo que ambas cosas son casi imposibles. Pues si se quieren renovar poco a poco, conviene que la renovación la efectúe un hombre prudente que vea los inconvenientes desde lejos y en su origen mismo, y hombres de ese calibre, es muy fácil que no surja ninguno en una ciudad, y cuando surge por fin, no puede persuadir a los otros de lo que percibe, pues los hombres, acostumbrados a vivir de una manera, se resisten a cambiar, y sobre todo no viendo el mal presente, sino habiendo de serles mostrado por conjetura.

En cuanto a renovar los ordenamientos de golpe, cuando todos conocen que no son buenos, afirmo que esa falta de utilidad, que se conoce fácilmente, es difícil de corregir, porque para hacerlo no basta con recurrir a los procedimientos habituales, que ya son malos, sino que es preciso usar medios extraordinarios, como la violencia y las armas, y convertirse, antes que nada, en príncipe de la ciudad, para poder disponerlo todo a su modo.

Y como el reconducir una ciudad a una verdadera vida política presupone un hombre bueno, y volverse, por la violencia, príncipe de una ciudad presupone uno malo, sucederá rarísimas veces que un hombre bueno quiera llegar a ser príncipe por malos caminos, aunque su fin sea bueno, o que un hombre malo que se ha convertido en príncipe quiera obrar bien, y le quepa en la cabeza emplear para el bien aquella autoridad que ha conquistado con el mal.

De todo lo dicho se deduce la dificultad o imposibilidad que existe en una ciudad corrupta para mantener una república o crearla de nuevo, y si, a pesar de todo, la hubiese de crear o mantener, sería necesario que se inclinase más hacia la monarquía que hacia el Estado popular, para que los hombres cuya insolencia no pueda ser corregida por las leyes sean frenadas de algún modo por una potestad casi regia.

REGLA PARA LOGRAR LA ACEPTACIÓN POPULAR DE UN VIVIR NUEVO Y LIBRE

Y quererlos corregir por otro camino sería empresa muy ardua o del todo imposible; como dije anteriormente, Cleómenes, para estar solo en el poder, mató a los éforos, y Rómulo, por la misma razón, mató a su hermano y al sabino Tito Lacio, y luego ambos usaron bien su autoridad; sin embargo, debemos advertir que los dos reinaban sobre pueblos aún no atacados por la corrupción de la que hemos tratado en este capítulo, y así pudieron querer y, queriendo, perfeccionar sus designios.

Por otro lado, cualquiera que desee o necesite reformar el modo de gobierno de una ciudad, si quiere que el cambio sea aceptado y mantenido con satisfacción general, precisa conservar al menos la sombra de los usos antiguos, de modo que al pueblo no le parezca que ha cambiado el orden político, aunque de hecho los nuevos ordenamientos sean totalmente distintos de los pasados, porque la mayoría de los hombres se sienten tan satisfechos con lo que parece como con lo que es, y muchas veces se mueven más por las cosas aparentes que por las que realmente existen.

Y esta regla debe observarse por todos los que quieran cancelar el antiguo modo de vida de una ciudad y acostumbrarla a un vivir nuevo y libre: porque como las novedades alteran las mentes de los hombres, te las debes arreglar para que, en esa alteración, mantengan tanto de lo antiguo como sea posible, y si los magistrados cambian de número, de autoridad y de duración de su cargo, que al menos conserven el nombre.

Y esto, como he dicho, lo debe tener en cuenta todo el que quiera organizar la vida política, sea por el camino de la república o de la monarquía.

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NICOLÁS MAQUIAVELODiscursos sobre la primera década de Tito Livio, 1520. Alianza Editorial, 1987. Filosofía Digital, 2006.

 

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