¿LIBRES O ESCLAVOS?, por Epicteto

Libertad. Democracia. Participación. VOTO. A la vista de lo visto, mi consejo a los electores catalanes es que mañana voten a las Putas. Votar a los hijos, evidentemente, no ha dado resultado.

Política: Arte de conducir rebaños humanos (y más que arte, me parece simple “maña”). Mañana en Cataluña no ganará el mejor. Y es que no hay. Todos son lo peor. TODOS.

Lo que me parece adecuado a los merecimientos de nuestra ciudadanía (otro ejemplo de palabra vacía de significado; o de significado reducido -vasallos, consumidores, público, habitantes, son mucho más gráficas -y es que el ciudadano tiene Derechos inalienables; nosotros no, solo ilusión de poder disfrutarlos; ninguna garantía efectiva existe).

Y es que disfrutar de la Libertad exige de un esfuerzo sostenido, incompatible con nuestra “cultura” del ocio (más allá de la mera expectativa de esta sociedad de zombies engullendo venenosas “chuches”, frente al peligroso electrodoméstico conocido como televisor).

Recuerdo una canción de la “Desde a Santurce a Bilbao Blues Band”, “Las cosas van cambiando” … “en una dirección”, …, “más hay otros que dicen que se van disfrazando” … “aquí no cambia nada, pues todo sigue igual …”. En estos últimos 35 años, los políticos lo han cambiado todo, pero sólo para que todo siga igual.

Por una nueva sociedad, SIN POLÍTICOS. Por una Sociedad de Ciudadanos, vigilante de sus mandatarios, Soberana, también frente a ellos”.

Chus, Noviembre 2010

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“Nací en Catalunya, pero no me considero catalán, ni español, tan solo un ciudadano del mundo. Tú que tanto sabes de filosofía seguro que sabes de quién es esto último.

Desde luego tienes razón, hace ya muchos años que no voto, porque considero de idiotas, sí digo idiotas, votar en estas circunstancias: votar a un partido político cada cuatro años para que después hagan lo que les dé la gana sin contar con la aprobación de los que se parten la espalda trabajando para que todo esto se sustente.

Siempre digo lo mismo, sola y únicamente votaré cuando se dé una circunstancia: bajo democracia directa. Si el pueblo es el que decide que lo haga en cada cuestión. Fuera parlamentos, y que llegue la voz del pueblo”.

Alfredo, Noviembre 2010

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“Recordando las palabras de Paine, “Hallo mi felicidad en la independencia, y contemplo las cosas como son, sin considerar el lugar ni la persona; mi patria es el mundo, y mi religión hacer el bien.”

En cualquier caso, Paine era un demócrata radical, pero no era partidario -ni yo tampoco- de la “democracia directa”, al menos como la describes, porque la consideraba muy propensa a los tumultos y a caer de manos de minorías facciosas, generalmente locales, que la desvirtuarían. Lo mismo pensaba Jefferson, “el apóstol más grande de la democracia de todos los tiempos” (Tocqueville), el cual, como su amigo Paine, también afirmaba que los “egoísmos locales”, harían que cuanto más pequeñas fueran las sociedades, “más tumultuosos serían sus cismas”.

A lo que habría que añadir el comentario de Tocqueville en La democracia en América: “Se habla mucho de aquellas pequeñas democracias de la Antigüedad cuyos ciudadanos se reunían en la plaza pública llevando coronas de rosas y cuyos ciudadanos dedicaban la mayor parte del tiempo a danzas y espectáculos. No creo en semejantes repúblicas más que en la de Platón; y si las cosas sucedían tal como nos lo cuentan, me atrevo a asegurar que esas pretendidas democracias estaban formadas por elementos muy diferentes de los que constituyen las nuestras, y que no tenían en común con éstas más que el nombre.”

En efecto, Jefferson se refería a la célebre democracia ateniense y a la virtualidad de una república democrática moderna con estas palabras: “El gobierno de Atenas, por ejemplo, era el del pueblo de una ciudad que legislaba para todo el país a ella sometido. El de Lacedemonia era un dominio de monjes militares sobre la clase trabajadora del pueblo, reducida a una abyecta esclavitud. No son esas las doctrinas de los tiempos modernos. Ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de los derechos del hombre y la felicidad del individuo. Los tiempos modernos tienen además la notable ventaja de haber descubierto el único método que puede garantizar esos derechos, a saber: el gobierno por el pueblo, no personalmente, sino por medio de representantes escogidos por él mismo, es decir, por todos los hombres de edad madura y mente sana que contribuyen, con su bolsa o su persona al sostenimiento de su país.”

Desde luego, considero, como Paine y Jefferson, que el mejor sistema es el que quiera darse a sí mismo un pueblo libre, siempre que cada generación mantenga el poder de constituirse como le plazca y rectificar los errores que vaya extrayendo de la experiencia del pasado. Todo pueblo tiene el derecho natural -aunque unos pocos se lo hayan arrebatado- a erigirse en poder constituyente, elaborar y aprobar una constitución y de ahí derivar los poderes del gobierno que considere idóneos para mejor manejar, vigilar y controlar los asuntos públicos o comunes.

Pero no comparto el “fuera parlamentos”, bastaría el “fuera políticos PROFESIONALES”; porque si es cierto que es imposible erradicar de la naturaleza humana su propensión al egoísmo y a la envidia, y que siempre surgirán entre clases sociales, ciudades y regiones de un mismo país “frecuentes discordias”, no importa que pierdan el tiempo en discusiones. “Pues, si mientras los romanos deliberan se pierde Sagunto, al revés, mientras unos pocos lo deciden todo según su propio gusto, perecen la libertad y el bien común” (Spinoza).

Aunque estoy de acuerdo con que el pueblo debe decidir al final en cada cuestión importante (sobre todo en la aprobación de las leyes a las que se tendrá que someter), no podemos prescindir de las asambleas deliberantes en municipios, provincias, regiones y en todo el Estado, integradas por delegados del pueblo y elegidos por él de entre sus paisanos, porque “los talentos humanos son demasiado cortos para poder comprenderlo todo al instante. Por el contrario, se agudizan consultando, escuchando y discutiendo y, a fuerza de ensayar todos los medios, dan, finalmente, con lo que buscan, y todos aprueban aquello en que nadie había pensado antes. (De esto hemos visto muchos ejemplos en Holanda).” (Spinoza, Tratado político).

Todos los demócratas queremos que la voz del pueblo se oiga; pero la voz de un pueblo libre y mínimamente ilustrado en los asuntos públicos, pues estamos viendo todos los días -por ejemplo, en España- como toda una nación se somete voluntariamente al capricho de unos pocos profesionales de la política. La voluntad de un pueblo puede ser doblegada y manipulada de múltiples e increíbles formas. Hay que sacudir a la opinión pública, para abrirle los ojos al pueblo y sacarlo de su indiferencia hacia la política, si queremos que la libertad democrática tenga alguna posibilidad de injertarse en nuestro país.

¿Y entonces qué hemos de decirle a nuestros conciudadanos? Pues, tomando unas palabras de Epicteto, a cuyo abrigo filosófico hemos acabado hablando de política, esto: “¿Pues qué otra cosa sino saber qué es mío y qué no es mío, qué es de mi incumbencia y qué no me incumbe?” Saber que lo público también es mío, puesto que es de todos, y que el gobierno de los asuntos comunes es de mi incumbencia, permitirá despertar la conciencia pública en muchos ciudadanos, que tal vez acaben por darse cuenta de que “pagar” para que mercenarios y profesionales de la cosa gobiernen, legislen, juzguen y defiendan su país por él puede ser puede ser muy cómodo, pero constituye la raíz de la que nace toda corrupción.

Aunque hemos de evitar, también, el excesivo criticismo hacia nuestros paisanos. No son estúpidos. Pero se han vuelto conformistas y conservadores, y tienen más temor de lo que pueden perder con cualquier cambio que amor sienten por ganar la libertad.

Como también dijo Paine, “cuando deseamos reformar, no debemos censurar”. Y al examinar las causas de la corrupción política y social de un pueblo -no para meter el dedo en el ojo de la nación, sino para extraerle la astilla que le impide ver las cosas como son en realidad- tampoco debemos ofender innecesariamente por suponer demasiado”.

Jesús Nava, Noviembre 2010

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Esclavitud en Atenas

 

¿LIBRES O ESCLAVOS?

por Epicteto

 

Pudiendo ocuparnos de una sola cosa y a una sola cosa vincularnos, preferimos cuidar de muchas y a muchas encadenarnos: al cuerpo, a la hacienda, al hermano, al amigo, al hijo, al criado. Y así, estando encadenados a muchas cosas, nos vemos abrumados y atosigados por ellas.

Por eso, si está cerrada la navegación, nos ponemos inquietos y asomamos la jeta de continuo:

– “¿Qué viento sopla?”

– “Del Norte. ¿Qué más te da?”

– “¿Cuándo soplará el céfiro?”

– “Cuando a él le de la gana, querido, o a Eolo. Que Dios no te hizo a ti dispensador de los vientos, sino a Eolo”.

Entonces, ¿qué? Pues que debemos preparar lo mejor posible las cosas que dependen de nosotros y usar de las demás como son. ¿Y cómo son? Como Dios quiere.

– “¿Con que me van a degollar a mí solo?”

– “Pues ¿qué? ¿Te gustaría que todos fueran degollados para tú encontrar consuelo? ¿No quieres alargar el cuello como aquel Luterano a quien en Roma mandó decapitar Nerón? Alargó, en efecto, el cuello y recibió el golpe, y al golpe, que resultó flojo, se encogió un poco, pero luego volvió a alargarlo”.

¿Qué debe, entonces, tenerse a mano en tales trances? ¿Pues qué otra cosa sino saber qué es mío y qué no es mío, qué es de mi incumbencia y qué no me incumbe? Debo morir: ¿y ha de ser también llorando? Soy apresado: ¿y también gimiendo? Desterrado: y entonces, ¿quién me impide que lo sufra sonriendo, de buen humor y sereno?

– “Confiesa esos secretos.”

– “No lo haré” (esto sí depende de mí).

– “Te encadenaré.”

– “¿Qué dices, hombre? ¿A mí? A mi pierna encadenarás, que mi voluntad ni Zeus encadenarla puede.”

– “A presidio te mandaré.”

– “Al corpezuelo”.

– “Te decapitaré.”

– “Pues, ¿cuándo te dije que el mío era el único pescuezo invulnerable?”

Estas cosas deberían estudiar los filosofantes, esto escribir todos los días, en esto ejercitarse.

Tráseas solía decir: “Prefiero que maten hoy a que me destierren mañana.” ¿Qué le replicó entonces Rufo?

– “Si lo escoges por considerarlo más grave, ¡qué elección tan necia! Pero si porque te parece más leve, ¿quién te dio a elegir? ¿No prefieres estudiar para contentarte con lo que te den?”

Pues por eso mismo, ¿qué decía Agripino?: “Yo nunca seré un estorbo para mí mismo”. En esto le anuncian: “Te están juzgando en el Senado”.

– “En buena hora. Pero son ya las once, y a esta hora solía hacer gimnasia y tomarme un baño frío. Vamos al gimnasio”. Cuando lo había hecho, entra uno y le dice: “Estás condenado.”

– “¿A destierro –replica- o a muerte?”

– “A destierro.”

-“Y mis propiedades, ¿qué?”

– “No han sido confiscadas.”

– “Salgamos, pues, de Roma y almorcemos en Aricia.”

Esto es estar adiestrado en lo que uno debe adiestrarse: saber dominar un deseo, un temor, con libertad, sin caída.

¿Que debo morir? Si es la hora, ahora mismo muero. Si toca dentro de un ratito, ahora almuerzo, que es la hora de almorzar, ya moriré después. ¿De qué modo? Como corresponde a quien devuelve lo que ha recibido.

 

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EPICTETO. Pláticas, recopiladas por Arriano. Ediciones Alma Mater, Barcelona, 1958. Filosofía Digital, 2006.

 

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