CONFUCIO Y MENCIO

Confucio fue un hombre ambicioso con ínfulas de político. Pasó prácticamente toda su vida viajando de un estado a otro, con la esperanza de encontrar a un gobernador que le confiase un territorio, aunque fuera pequeño, en el que pudiera establecer un modelo de gobierno.

La política era una extensión de la ética: “el gobierno es sinónimo de rectitud. Si el rey es recto ¿Cómo podría nadie ser deshonesto?”. Con esta premisa Confucio elabora sus Analectas llenas de sabiduría en dónde la fuerza moral predomina por encima de todas las virtudes. Y arremete contra aquellos que adornándose de apariencias, esconden sus más retorcidos anhelos.

Sorprende y confunde que un texto de más de 2500 años de antigüedad pueda tener una vigencia tan actual, con protagonistas tan semejantes a los de esta época”.

Teresa

 

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LOS HOMBRES DEL SIGLO O LOS LADRONES DE LA VIRTUD

por Confucio

 

Confucio dijo: “Cuando un hombre del siglo pasa ante mi puerta y no entra en mi casa, no siento indignación alguna, porque los hombres del siglo son los ladrones de la virtud”. ¿Qué clase de hombres –continuó Wàn Zang- eran estos a los que llamaba hombres del siglo?”

Mencio respondió: “Son los que dicen de nosotros: <¿Porqué estos hablan tan grandilocuentemente? ¿Por qué sus palabras no se corresponden con sus actos ni sus actos con sus palabras? ¿Por qué citan todo el tiempo a los clásicos y obran de forma tan especial y tan fría? Nosotros hemos nacido en esta época y obramos en ella lo que puede hacerse de bueno ahora>. Son como eunucos aduladores de su época. A estos es a los que se llama hombres del siglo.”

Wàn Zang dijo: “En su región, todo el mundo tiene a estos hombres por honestos; y en todo lo que hacen los son, ¿por qué Confucio los considera ladrones de la virtud?”

Mencio respondió: “No puede alegarse nada con que culparles, no hay crítica que hacerles; están de acuerdo con las costumbres imperantes y colaboran con una época corrompida. Sus principios tienen una apariencia de rectitud y sinceridad; sus actos parecen desinteresados y puros. Todos gustan de ellos y ellos se consideran a sí mismos rectos. A pesar de todo esto, es imposible avanzar con ellos por el buen camino y, por eso, se les llama ladrones de virtud.”

Confucio decía: “Odio la apariencia que no es realidad; odio que se confunda la cizaña con el trigo; odio que las palabras retorcidas se confundan con la rectitud de principios; odio que el discurso hábil se confunda con la sinceridad; odio que la música popular se confunda con la buena música; odio que el color morado se confunda con el rojo; y odio que los llamados “hombres honestos del siglo” se confundan con los verdaderamente honestos”.

El hombre superior sólo quiere volver a la verdadera senda; si ésta es la correcta, los hombres corrientes y vulgares se elevarán hasta la virtud y, entonces, todas las maldades y vicios desaparecerán.

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EL LIBRO DE MENCIO, filósofo confucionista, capítulo XXXVII. Filosofía Digital, 2006

 

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LA NATURALEZA HUMANA

por Mencio

 

DE ACUERDO CON SUS SENTIMIENTOS, LA NATURALEZA PUEDE HACER EL BIEN, POR ESO DIGO QUE ES BUENA. SI LOS HOMBRES NO HACEN EL BIEN, EL DEFECTO NO ES DE SU NATURALEZA

 

El filósofo Gào dijo: “La naturaleza humana es como el sauce, y la rectitud como un vaso o escudilla; servirse de la naturaleza humana para producir benevolencia y rectitud es como hacer vasos y escudillas con el sauce.”

Mencio respondió: ¿Acaso podéis vos usar el sauce naturalmente para hacer con él vasos y escudillas? No, sino que primero tenéis que hacerle violencia y dañarle. Si tenéis que hacerle violencia y dañarle para hacer vasos con él, entonces, también tendríais que violentar y dañar al hombre para producir benevolencia y rectitud. De seguir vuestras palabras, la totalidad de los hombres sería llevada a creer que la benevolencia y la rectitud son desgracias.”

Gào dijo: “La naturaleza humana es como una corriente de agua que fluye rápidamente; si se abre un boquete; si se abre un boquete al Este correrá hacia el Este, si se le abre un boquete al Oeste correrá hacia el Oeste. La naturaleza del hombre no distingue entre el bien y el mal, de la misma manera que el agua no distingue entre el Este y el Oeste.”

Mencio respondió: “Ciertamente que el agua no distingue entre el Este y el Oeste, pero ¿tampoco distingue entre arriba y abajo? La naturaleza del hombre tiende al bien como el agua tiende a bajar. No hay hombre que no tienda al bien, como no hay agua que no tienda a bajar.”

Ahora bien, si palmoteamos en el agua y la hacemos saltar, puede pasar por encima de la cabeza; si la embalsamos y canalizamos puede ir por las montañas, pero ¿es ésta la naturaleza del agua? No, sino que estas tendencias son causadas en ella. Al hombre también se le puede hacer que obre mal, pero su naturaleza tendrá que ser manipulada del mismo modo”.

 

 

Gào dijo: “La vida es lo que llamamos naturaleza.” Mencio respondió: “¿La vida es lo que llamamos naturaleza como es blanco lo que llamamos blanco?” Gào dijo: “Así es.” Mencio continuó: “Entonces, ¿es el blanco de una pluma blanca igual al blanco de la nieve y el blanco de la nieve igual al blanco del jade blanco?” “Sí”, fue la respuesta de Gào.

Bien”, dijo Mencio, “entonces, la naturaleza de un perro es como la de una vaca y la de la vaca como la del hombre”.

 

 

Gongdu dijo: “Gào afirma que la naturaleza humana no es ni buena ni mala.” “Hay quien dice que la naturaleza humana puede obrar el bien y el mal, y que, por eso, en tiempos de los reyes Wèn y  el pueblo amaba el bien, mientras que, en la época de You y  amaba la crueldad.” “Hay quien dice que unos tienen una naturaleza buena y otros mala, y que, por eso, incluso cuando el soberano era Yáo, pudo aparecer alguien como Xiàng, y que un padre como Gûsou pudiera tener un hijo como Shùn, mientras que, cuando el soberano era el tiránico Zhòu, ayudado por su sobrino, pudieran existir hombres buenos como  de Wêi y el príncipe Bîgan.”

Si ahora decís vos que la naturaleza es buena, todos estarían equivocados.”

Mencio respondió: “De acuerdo con sus sentimientos, la naturaleza puede hacer el bien, por eso digo que es buena. Si los hombres no hacen el bien, el defecto no es de su naturaleza.”

El apiadarse de los otros es un sentimiento que tienen todos los hombres y, asimismo, todos los hombres tienen los sentimientos de vergüenza y disgusto, de respeto y reverencia, de asentimientos o denegación. El apiadarse de los demás indica que tenemos la benevolencia; la vergüenza y el disgusto, que tenemos la rectitud; el respeto y la reverencia, que tenemos la corrección; y, por último, el asentir o denegar indica que tenemos capacidad de conocer. Benevolencia, rectitud, corrección y capacidad de conocimiento no son principios que se nos infundan desde el exterior; con certeza que los tenemos en nosotros y que sólo la falta de reflexión puede hacernos mantener lo contrario. Por eso se dice: Búscalos y los encontrarás, descuídate y los perderás. Los hombres se diferencian a este nivel en el doble, en cinco veces o en una inconmensurable cantidad, pero esto es porque no pueden ejercitar al máximo sus dotes naturales.”

ELibro de la Poesía dice:

Cuando el Cielo produjo a los innumerables hombres
les dio cualidades y leyes.
Los hombres las guardarán siempre, y
en verdad que aman su admirable virtud.

Confucio decía: “El que hizo este poema sabía en qué consiste nuestra naturaleza. En consecuencia, es preciso que las cualidades tengan sus leyes y que todos las guarden y que amen consecuentemente esta admirable virtud celeste”.

 

 

SI TODAS LAS COSAS DE LA MISMA ESPECIE SE PARECEN, ¿POR QUÉ SE DUDA SOLAMENTE AL LLEGAR AL HOMBRE? LOS GRANDES HOMBRES Y NOSOTROS SOMOS DE LA MISMA ESPECIE

 

Mencio dijo: “En los años de abundancia, los jóvenes son excelentes, en los años de escasez, pésimos. Esta diferencia no se debe a sus cualidades naturales, sino a que las circunstancias ahogan su corazón”.

Tenemos el ejemplo de la cebada: una vez que se esparce la semilla y se cubre de tierra, con el mismo suelo y el mismo tiempo de siembra, germina, nace y, cuando llega su tiempo, todas las plantas están maduras. Si hay diferencias, será porque el suelo es más o menos fértil, porque lluvias y rocíos la alimentaron de modo distinto, y porque el trabajo humano sobre ella no fue igual.”

En consecuencia, si todas las cosas de la misma especie se parecen, ¿por qué se duda solamente al llegar al hombre? Los grandes sabios y nosotros somos de la misma especie.”

Por eso decía LóngzîAunque uno que hace abarcas no conozca el tamaño de los pies, yo sé que no las hará como cestas. Todas las abarcas se parece, igual que se parecen todos los pies del mundo.”

Por eso digo que, si todos los hombres coincidimos, en cuanto a gusto, en tener el mismo paladar; en cuanto a oído, el mismo sonido; y, en cuanto a vista, en ver la misma belleza, ¿vamos a ser distintos nada más que en lo que respecta al corazón?; ¿en qué, pues, somos iguales en lo que tiene que ver con el corazón?: en lo que llamamos principios naturales y en la rectitud. Los sabios supieron antes que nosotros lo que igualmente tenemos de forma natural en nuestro corazón, y, por eso, los principios naturales y la rectitud agradan a todos nuestros corazones, como la carne de los diversos animales agrada a todas nuestras bocas”.

 

 

Mencio dijo: “Los árboles del Monte Niú eran bellos, pero por estar situados en los bordes de un gran Estado, fueron atacados con hachas y ya no pudieron conservar su belleza. Con el reposo del día y la noche, y la nutrición de lluvias y rocíos, renacieron brotes y tallos, pero vacas y cabras vinieron entonces y pastaron en el monte hasta dejarlo pelado. Cuando las gentes ven ahora el monte desnudo, creen que en él nunca hubo árboles, pero no es éste el estado natural del monte.”

De la misma manera, con referencia al hombre, no puede decirse que en su corazón no existan la benevolencia y la rectitud. El hombre pierde su bondad de corazón del mismo modo que se abate a los árboles con hachas; si uno y otro día se la hiere, ¿cómo podrá conservar su belleza? El corazón se recupera a lo largo de los días y las noches; y, aunque en el pacífico aire de la aurora, ama y rechaza hasta un cierto punto lo que es propio de los hombres, las influencias del día le ponen grilletes y le ahogan. Si una y otra vez se le ponen grilletes, el aire de la noche no es bastante para preservar la existencia de la bondad; y, si esto es así, la naturaleza humana no será muy distinta de la de los animales irracionales. Entonces, cuando los hombres ven que esto sucede, piensan que nunca tuvieron otra naturaleza, ¿pero acaso son estos los sentimientos humanos?”

En consecuencia, cualquier cosa que sea correctamente alimentada se desarrollará, y, si no lo es, se marchitará.”

Confucio decía: Sujétalo y lo conservarás, descuídalo y lo perderás. En cualquier momento puede entrar o salir, y nunca sabrás en qué lugar. Sólo al corazón podía referirse con estas palabras”.

 

El Emperador Yan fue venerado en China como un dios y es, según la tradición, el que inventó la agricultura y se la enseñó sus ancestros

 

Mencio dijo: “Nadie tiene por qué extrañarse de que el rey tenga escasa sabiduría.”

Aunque dispusiéramos de la cosa más fácil de cultivar del mundo, si la expusiéramos a gran calor durante un día y a gran frío durante diez, no podría crecer. Yo veo pocas veces al rey y, cuando me retiro, llegan hasta él los que son como el frío. Yo hago salir algunos brotes, pero ¿de qué sirve?”

Pongamos por ejemplo el ajedrez, que es una habilidad sin importancia, pero que no se puede dominar si no se pone en ella toda la mente y toda la voluntad. Qiu, el ajedrecista, es el mejor jugador de todo el reino; supongamos que enseña a dos hombres a jugar al ajedrez: uno de ellos presta su mente y su voluntad toda, y no hace más que escuchar a Qiu, mientras que el otro, aunque le escucha, tiene su mente puesta en un cisne salvaje que él cree que se aproxima, y piensa tomar su arco, ajustar una flecha a la cuerda y dispararle. Aunque esté aprendiendo al mismo tiempo que el otro, no llegará a ser como él. ¿Es que, por casualidad, sus inteligencias son desiguales? Ciertamente que no”.

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MENCIOEl libro de Mencio, Libro VI, 1-9. Los cuatro libros, de Confucio y Mencio. Ediciones Alfaguara, 1982. Traducción de Joaquín Pérez Arroyo.

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