ME ESCUDRIÑÉ A MÍ MISMO, por Heráclito

LOCOS SIN ESPERANZA, por Johann W. Goethe

 

PROMETEO

Cubre tu cielo Zeus
con un velo de nubes
y juega-tal un mancebo
que cardos troncha-
en encinares y montañas.
Empero mi Tierra
deja en paz,
y mi cabaña que tú no edificaste,
y mi hogar
por cuyo fuego
tú me envidias.

¡No conozco nada más mísero bajo el sol
que vosotros dioses!
Pobremente nutrís
con sacrificios
y aliento de oraciones
vuestra majestad,
y moriríais
si pordioseros y niños
no fueran locos sin esperanza.

Cuando era un niño
no supe por qué la mirada
al sol volví, perdida,
como si alguien mi lamento oyera arriba
y hubiera un corazón que, como el mío,
pena tuviera del que sufre.

¿Quién me ayudó
contra la furia de los titanes,
quién me salvó de la muerte
y de la esclavitud?

¿Acaso tu mismo no lo culminaste todo,
sagrado y ardiente corazón,
y te consumiste, juvenil y bueno,
engañado, esperando el rescate
del Durmiente ahí arriba?

¿Venerarte yo a ti? ¿Para qué?
¿Has mitigado los dolores de los ofendidos?
¿Has enjugado las lágrimas de los angustiados?
¿Hombre quizás no me formaron
el tiempo omnipotente
y el eterno destino
-mi señor y el tuyo?-

¿Creíste tal vez
que odiar debía la vida
y huir al desierto
porque no todos los sueños maduraron?

Aquí me afianzo
y formo hombres
según mi idea.
A ese linaje semejante a mí
para que sufra y llore,
goce y se alegre
y te desprecie
¡como yo!

 * * *

JOHANN W. GOETHEPrometeoLA HOJARASCA, Alianza de Escritores y Periodistas.

Poema traducido por Eduardo Gómez.

 

♦♦♦♦♦♦

 

Habitación azul, Pablo Picasso

 

 

ME ESCUDRIÑÉ A MÍ MISMO

por Heráclito

 

No obstante de que esta razón es siempre verdadera, sin embargo los hombres son incapaces de comprenderla cuando la oyen por primera vez, y aun después de haberla oído en alguna forma. Pero otros hombres ignoran lo que hacen cuando están despiertos, así como olvidan lo que hacen en el sueño.

Debemos seguir lo común; sin embargo, a pesar de que la razón es lo común, los más viven como si fueran poseedores de sabiduría propia.

Heráclito de Éfeso (550-480 a.C)

Si la felicidad consistiera en los placeres del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran algarrobas para comer.

Lo contrario se pone de acuerdo; y de lo diverso la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la discordia.

Los asnos preferirían la paja al oro. Los cerdos se satisfacen en la inmundicia antes bien que en el agua pura.

¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece? Muchos no lo comprenden, aunque se encuentren con ello, ni lo entienden, cuando lo aprenden; pero se imaginan comprenderlo.

Si no se espera, no se encontrará lo inesperado; puesto que lo inesperado es difícil y arduo. No saben ni cómo atender ni cómo hablar.

Muerte es todo lo que vemos, cuando estamos despiertos; mas lo que vemos estando dormidos, es sueño.

Los buscadores de oro cavan muy hondo en la tierra y hallan poco. A las grandes penas corresponden mayores recompensas.

El mejor de entre ellos no conoce sino opiniones, y las retiene firmemente; sin embargo, la justicia descubrirá a los engendradores y testigos de falsedades.

Los mejores prefieren a todo una cosa, el honor sempiterno a lo mortal. Los más se hartan como animales.

Este mundo, que es el mismo para todos, no lo hizo ningún dios o ningún hombre; sino que fue siempre, es ahora y será fuego siempre viviente, que se prende y apaga medidamente.

Lo uno, el único sabio, quiere y no quiere llamarse con el nombre de Zeus.

Los tontos cuando oyen son semejantes a los sordos; sobre ellos es la sentencia de que están ausentes cuando presentes.

Los hombres que aman la sabiduría deben estar familiarizados con muchas cosas. El aprendizaje de muchas cosas no enseña a comprender, de lo contrario hubiera adoctrinado a Hesíodo y Pitágoras, y luego también a Jenófanes y Hecateo.

La sabiduría es una sola: conocer la razón, por la cual todas las cosas son dirigidas por todas.

Homero debería ser suprimido de los certámenes y vapuleado, lo mismo que Arquíloco.

Conviene más extinguir la insolencia que un incendio.

El pueblo debe luchar por la ley como por sus murallas.

No hallarás los límites del alma, no importa la dirección que sigas, tan profunda es su razón.

No juzguemos superficialmente sobre las cosas máximas.

Uno para mí es como diez mil, con tal que sea el mejor.

Si atienden no a mí, sino a la razón, estarán de acuerdo en que la sabiduría consiste en que lo uno es todo.

Los hombres ignoran que lo divergente está de acuerdo consigo mismo. Es una armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira.

El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño.

La armonía no manifiesta es superior a la manifiesta.

Las opiniones humanas son juegos de niños.

El hombre debe acordarse del hombre, que olvida dónde conduce el camino.

No es conveniente el obrar y el hablar como hombres dormidos.

La naturaleza humana no tiene conocimiento, pero sí la divina.

La divinidad llama niño al hombre, en la misma forma que el niño en comparación al hombre.

El más sabio de los hombres parece un mono al comparárselo con Dios en sabiduría, en belleza y en todas las otras cosas.

Es difícil luchar con el propio ánimo. Lo que anhela, lo compra a cuenta del alma.

Casi todo lo divino se sustrae al conocimiento por falta de fe. El indolente se asombra de cualquier palabra.

Hay un mundo uno y común para los que están despiertos, pero el que duerme se reduce a un mundo propio. Yo me escudríñé a mí mismo.

Para el Dios todas las cosas son hermosas y buenas y justas; pero los hombres sostienen que algunas cosas son injustas y otras justas.

¿De qué les sirve el pensamiento y la sabiduría? Obedecen a poetas populares y las multitudes son sus maestros, ignorando que la mayoría son malos, y los menos son buenos.

No es mejor para los hombres lograr todo lo que desean. Ser sensato es la máxima virtud; y es sabiduría decir la verdad y obrar de acuerdo con la naturaleza.

El pensar es común a todos. Está en poder de todos los hombres conocerse a sí mismos y ser sensatos.

La naturaleza aprecia el ocultarse.

Todos los efesios adultos harían muy bien en colgarse, y dejar la ciudad a los muchachos imberbes, porque expulsaron a Hermodoro, el mejor de sus hombres, diciendo: “No habrá nadie que se el mejor entre nosotros; si el tal existe, que esté en cualquier otra parte y entre otras personas”. La riqueza no os debería jamás faltar, oh efesios, puesto que vuestra inferioridad es manifiesta.

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HERÁCLITOFragmentos. Orbis, 1983. Traducción: Luis Farre. Filosofía Digital, 2006.

 

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