LOS CREADORES DE DIOSES, por Baruch de Spinoza

Porque es cierto, tal como lo hemos demostrado en nuestra Ética, que los hombres están necesariamente sometidos a los afectos. Y así, por su propia constitución, compadecen a quienes les va mal y envidian a quienes les va bien; están más inclinados a la venganza que a la misericordia; y, además, todo el mundo desea que los demás vivan según su propio criterio, y que aprueben lo que uno aprueba y repudien lo que uno repudia. De donde resulta que, como todos desean ser los primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pueden por oprimirse unos a otros; y el que sale victorioso se gloría más de haber perjudicado a otro que de haberse beneficiado él mismo”.

Por consiguiente, un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien y cuyos negocios sólo son bien administrados si quien los dirigen quieren hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe“.

Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien las cosas, con tal que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad“.

Finalmente, puesto que todos los hombres, sean bárbaros o cultos, se unen en todas partes por costumbres y forman algún estado político, las causas y fundamentos naturales del Estado no habrá que extraerlos de las enseñanzas de la razón, sino que deben ser deducidos de la naturaleza o condición común de los hombres.

(Spinoza – Tratado político, capítulo I).

 

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LOS CREADORES DE DIOSES

por Baruch de Spinoza

 

“Los hay que se representan a Dios como un hombre: compuesto de cuerpo y alma y sometido a pasiones; pero ya consta, por las anteriores demostraciones, cuán lejos vagan éstos de un verdadero conocimiento de Dios. Nada más absurdo que eso puede decirse de Dios, o sea, del ser absolutamente infinito”.

 

Los hombres, como encuentran, dentro y fuera de sí mismos, no pocos medios que cooperan en gran medida a la consecución de lo que les es útil, como por ejemplo, los ojos para ver, los dientes para masticar, las hierbas y los animales para alimentarse, el sol para iluminar, el mar para criar peces, ello hace que consideren todas las cosas de la naturaleza como si fuesen medios para conseguir lo que les es útil. Y puesto que saben que esos medios han sido encontrados, pero no organizados por ellos, han tenido así un motivo para creer que hay algún otro que ha organizado dichos medios con vistas a que ellos los usen.

 

CÓMO UN SIMPLE PREJUICIO SE TRANSFORMÓ EN SUPERSTICIÓN

Pues una vez que han considerado las cosas como medios, no han podido creer que se hayan hecho a sí mismas, sino que han tenido que concluir, basándose en el hecho de que ellos mismos suelen servirse de medios, que hay algún o algunos rectores de la naturaleza, provistos de libertad humana, que les han proporcionado todo y han hecho todas las cosas para que ellos las usen.

Ahora bien: dado que no han tenido nunca noticia de la índole de tales rectores, se han visto obligados a juzgar de ella a partir de la suya, y así han afirmado que los dioses enderezan todas las cosas a la humana utilidad, con el fin de atraer a los hombres y ser tenidos por ellos en el más alto honor; de donde resulta que todos, según su propia índole, hayan ideado diversos modos de dar culto a Dios, con el fin de que Dios los amara más que a los otros, y dirigiese la naturaleza entera en provecho de su ciego deseo e insaciable avaricia.

Y así, este prejuicio se ha trocado en superstición, echando profundas raíces en las almas, lo que ha sido causa de que todos se hayan esforzado al máximo por entender y explicar las causa finales de todas las cosas. Pero al pretender mostrar que la naturaleza no hace nada en vano (esto es: no hace nada que no sea útil a los hombres), no han mostrado -parece- otra cosa sino que la naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres.

 

LOS PREJUICIOS VULGARES Y EL CONOCIMIENTO DE LAS COSAS 

Os ruego consideréis en qué ha parado el asunto. En medio de tantas ventajas naturales no han podido dejar de hallar muchas desventajas, como tempestades, terremotos, enfermedades, etc.; entonces han afirmado que ello ocurría porque los dioses estaban airados a causa de las ofensas que los hombres les inferían a causa de los errores cometidos en el culto.

Y aunque la experiencia proclamase cada día, y patentizase con infinitos ejemplos, que los beneficios y las desgracias acaecían indistintamente a piadosos y a impíos, no por ello han desistido de su inveterado prejuicio: situar este hecho entre otras cosas desconocidas, cuya utilidad ignoraban (conservando así su presente e innato estado de ignorancia), les ha sido más fácil que destruir todo aquel edificio y planear otro nuevo.

Y de ahí que afirmasen como cosa cierta que los juicios de los dioses superaban con mucho la capacidad humana, afirmación que habría sido, sin duda, la única causa de que la verdad permaneciese eternamente oculta para el género humano, si la Matemática, que versa no sobre los fines, sino sólo sobre las esencias y propiedades de las figuras, no hubiese mostrado a los hombres otra norma de verdad; y, además de la Matemática, pueden también señalarse otras causas (cuya enumeración es aquí superflua) responsables de que los hombres se diesen cuenta de estos vulgares prejuicios y se orientasen hacia el verdadero conocimiento de las cosas.

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BARUCH DE SPINOZAApéndice a la parte I de la Ética. Editora Nacional, 1980. Traducción de Vidal Peña.

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Galileo before the Holy Office – Joseph-Nicolas Robert-Fleury

 

SPINOZA, LOS DIOSES Y EL CLERO

Por Agustín Andreu

 

Por cierta indiscreción, se llegó a saber que Benedicto XIV Voltaire mantuvieron en los Campos Elíseos una conversación sobre Spinoza, con ocasión, al parecer, de la ingenuidad, sabe Dios si calculada, que habría cometido Spinoza al tiempo de entrar en la otra vida y toparse de buenas a primeras con los dioses.

Habría exclamado, al decir de Voltaire:

– “Entre nosotros, señores, ¡ustedes no existen!”

Bueno, pues a cuenta del desliz, Voltaire suscitó el tema de la consideración de ateo que daba al dulce judío el partido clerical. Y Su Santidad comentó:

– Dejémonos de calificativos, Marie-FrançoisSpinoza veía a Dios en todas partes, tanto que no dejaba lugar para la personalidad humana.

– Ah, pero, ¿Su Santidad lo ha leído?

– ¡Claro, claro! Los Papas podemos leerlo todo. Te digo, Marie-François, que Spinoza era tan religioso como San Agustín.

(Éstas últimas palabras se dirían apócrifas, o diplomáticas. En todo caso, son reconstrucción, pues el batir de alas de un serafín que en ese momento pasara impidió captar con claridad lo que se decía).

¿Quién sería el príncipe de la Iglesia Católica que, según Carl Gebhardt, dijo:

– “Cristo y Spinoza: fuera de esos dos, no hay salvación”?

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AGUSTÍN ANDREUEscritos filosóficos y teológicos, de Lessing, Editorial Anthropos, 1990. Filosofía Digital, 2006

 

PORTADA: Scene from the Life of Moses, Sistine Chapel (1480) – Sandro Botticelli

 

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