NUESTRO DEBER FRENTE AL ENORME MONOLITO DE LA INJUSTICIA, por Mauricio Maeterlinck

Partamos lealmente de la gran verdad: no hay, para los que poseen, más que un solo deber cierto: el de despojarse de lo que tienen, a fin de ponerse en el estado de la masa que no tiene nada. En toda conciencia lúcida se entiende que no existe otro más imperioso, pero se reconoce al mismo tiempo que es, por falta de valor, imposible de cumplir. Hay dos o tres cuestiones que sin cesar se plantean los corazones de buena voluntad. ¿Qué hacer en el estado actual de nuestra sociedad? Se hace en estos momentos un monstruoso desperdicio de fuerzas espirituales. La ociosidad adormece arriba tantas energías mentales, como extingue abajo el exceso de trabajo manual. Cuando sea dado aplicarse a la tarea hoy reservada a unos cuantos elegidos del azar, la humanidad multiplicará millares de veces sus probabilidades de alcanzar el gran fin misterioso. En medio de esas razones se alza el enorme monolito de la injusticia. Oprime las conciencias, limita las inteligencias. Así es que no puede tratarse de no destruirla; solamente se pide a los que quieren derribarla algunos años de paciencia, a fin de que, habiendo despejado sus contornos, su caída ocasione menos desastres.

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 Partamos lealmente de la gran verdad: no hay, para los que poseen, más que un solo deber cierto: el de despojarse de lo que tienen, a fin de ponerse en el estado de la masa que no tiene nada. En toda conciencia lúcida se entiende que no existe otro más imperioso, pero se reconoce al mismo tiempo que es, por falta de valor, imposible de cumplir.

AL OCUPARNOS DE NUESTROS DEBERES, NO DEBEMOS OLVIDAR QUE LO ESENCIAL ES ELUDIDO A SABIENDAS

En la historia heroica de los deberes, hasta en las épocas más ardientes, hasta en el origen del cristianismo y en la mayor parte de las órdenes religiosas que cultivaron expresamente la pobreza, es quizá el único que no fue enteramente cumplido. Conviene, pues, al ocuparnos de nuestros deberes subsidiarios, no olvidar que lo esencial es eludido a sabiendas. Que esta verdad nos domine. Recordemos que hablamos en su sombra, y que nuestros pasos más atrevidos, los más extremos, no nos conducirán jamás al punto en que debiéramos hallarnos desde luego.

Puesto que al parecer se trata de una imposibilidad absoluta en torno de la cual es ocioso asombrarse todavía, aceptemos la naturaleza humana tal como se ofrece. Busquemos, pues, por otros caminos, ya que nos falta fuerza para recorrer el único directo, lo que, en espera de esa fuerza, puede alimentar nuestra conciencia.

Hay, por consiguiente, por no hablar más de la grande, dos o tres cuestiones que sin cesar se plantean los corazones de buena voluntad. ¿Qué hacer en el estado actual de nuestra sociedad? ¿Hay que pasarse a priori, sistemáticamente, al lado de los que la desorganizan o al campo de los que procuran mantener su economía? ¿Es más prudente no ligar nuestra elección, defender alternativamente lo que parece razonable y oportuno en uno y otro partido?

Es indudable que una conciencia sincera pueda encontrar acá o allá lo suficiente para satisfacer su actividad o acariciar sus reproches. Por esto, ante esa elección que se impone hoy a toda inteligencia honrada, no es inútil pesar el pro y el contra más simplemente de como suele practicarse, y como pudiera hacerlo el habitante desinteresado de algún planeta vecino.

No repitamos todas las objeciones tradicionales, sino únicamente las que pueden ser defendidas con bastante seriedad. Encontramos en primer lugar la más antigua que sostiene que la desigualdad es inevitable, como conforme a las leyes de la naturaleza. Es verdad; pero la especie humana parece asaz verosímilmente creada para elevarse por encima de ciertas leyes de la naturaleza. Si renunciase a dominar algunas de estas leyes, su propia existencia correría peligro. Su naturaleza particular requiere la obediencia a otras leyes que la de su naturaleza animal, etc. Por lo demás, la objeción hace mucho tiempo que figura entre aquellas cuyo principio es insostenible y conduciría al degüello de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, etc.

Dicen, en segundo lugar, que, para adelantar el triunfo de la justicia, conviene que los mejores no se despojen prematuramente de sus armas, las más eficaces de las cuales son precisamente la riqueza y el ocio. Se reconoce aquí, de una manera suficiente, la necesidad del gran sacrificio, y no se pone en cuestión más que su oportunidad. Sea, pero con la condición de que quede bien convenido que esa riquezas y ese ocio sirven únicamente para apresurar el paso de la justicia.

Otro argumento conservador, digno de atención, afirma que, siendo el primer deber del hombre el evitar la violencia y la efusión de sangre, es indispensable que la evolución social no sea demasiado rápida, que  madure lentamente, que conviene atemperarla mientras la masa se ilustra y es conducida, gradualmente y sin peligrosas sacudidas, hacia una libertad y una plenitud de bienes que, en este momento, no haría más que desencadenar sus peores instintos.

LOS VERDUGOS DE LA MISERIA SON INFINITAMENTE MÁS CRUELES Y ACTIVOS QUE LAS REVOLUCIONES MÁS TERRIBLES

También esto es cierto; sin embargo, sería interesante calcular -ya que no se llega a lo mejor sino por lo malo- si los males de una evolución brusca, radical y sangrienta son mayores que los males que se perpetúan en la evolución lenta. Convendría preguntarse si no es más ventajoso obrar lo más pronto posible; si, en resumidas cuentas, los sufrimientos silenciosos de los que esperan en la injusticia no son más graves que los que padecerían durante algunas semanas o algunos meses los privilegiados de hoy. Fácilmente se olvida que los verdugos de la miseria son menos ruidosos, menos escénicos, pero infinitamente más numerosos, más crueles, más activos que los de las revoluciones más terribles.

En fin, último argumento y quizá el más inquietante: la humanidad, se dice, desde hace más de un siglo recorre los años más fecundos y más victoriosos, los años probablemente climatéricos de su destino. Parece hallarse, si se considera el pasado, en la fase decisiva de su evolución. A juzgar por ciertos indicios, diríase que está próxima a alcanzar su apogeo. Atraviesa un período de inspiración con el cual, históricamente, ningún otro puede compararse. Un último esfuerzo, un rayo de luz que enlazará o acentuará los descubrimientos y las instituciones diseminados o en suspenso es quizá lo único que la separa de los grandes misterios.

Acaba de plantear problemas cuya solución a expensas del enemigo hereditario, es decir, del gran desconocido del universo, haría probablemente inútiles todos los sacrificios que la justicia exige de los hombres. ¿No es peligroso detener ese impulso, turbar ese minuto precioso, precario y supremo? Aún admitiendo que lo adquirido no pueda perderse ya nunca como en los trastornos anteriores, es, sin embargo, de temer que la enorme desorganización exigida por la equidad ponga  bruscamente fin a este período feliz; y no es indudable que renazca en mucho tiempo, pues las leyes que presiden a la inspiración del genio de la especie son tan caprichosas y tan inestables como las que presiden a la inspiración del genio del individuo.

Este es quizá, como he dicho, el argumento más inquietante. Pero da, sin duda, demasiada importancia a un peligro bastante incierto. Además, esa breve interrupción de la victoria humana encontrará prodigiosas compensaciones. ¿Podemos prever lo que sucederá cuando la humanidad entera tome parte en la labor intelectual propia de nuestra especie? Hoy, apenas si un cerebro por cada cien mil se halla en condiciones plenamente favorables a su actividad.

Se hace en estos momentos un monstruoso desperdicio de fuerzas espirituales. La ociosidad adormece arriba tantas energías mentales, como extingue abajo el exceso de trabajo manual. Incontestablemente, cuando sea dado aplicarse a la tarea hoy reservada a unos cuantos elegidos del azar, la humanidad multiplicará millares de veces sus probabilidades de alcanzar el gran fin misterioso.

He aquí, a mi juicio, lo mejor del pro y del contra, las razones más razonables que pueden invocar los que no tienen prisa por concluir. En medio de esas razones se alza el enorme monolito de la injusticia. Es inútil prestarle una voz. Oprime las conciencias, limita las inteligencias. Así es que no puede tratarse de no destruirla; solamente se pide a los que quieren derribarla algunos años de paciencia, a fin de que, habiendo despejado sus contornos, su caída ocasiones menos desastres.

¿Hay que conceder esos años?; y, entre esos motivos de prisa o de espera, ¿cuál será la elección de la mejor fe?

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MAURICIO MAETERLINCKNuestro deber social. Inquietudes filosóficas, Círculo Latino, 2006. Filosofía Digital, 2008.

https://es.wikipedia.org/wiki/Maurice_Maeterlinck

 

 

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