SPINOZA, UN REVOLUCIONARIO DESCARADAMENTE ESPIRITUAL, por Antonio Damasio

“Spinoza prescribió un estado democrático ideal, cuyos sellos distintivos eran la libertad de expresión, la separación de la Iglesia y el Estado, y un contrato social generoso que promoviera el bienestar de los ciudadanos y la armonía del gobierno. Ofreció esta receta más de un siglo antes de la Declaración de Independencia y de la Primera Enmienda (de Estados Unidos). El que Spinoza anticipara asimismo, como parte de sus esfuerzos revolucionarios, algunos aspectos de la biología moderna es de lo más intrigante. Una persona a la vez valiente y cauta, inflexible y complaciente, arrogante y modesta, despreocupada y amable, admirable y fastidiosa, cercana a lo observable y lo concreto y, sin embargo, descaradamente espiritual.

 

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Spinoza es relevante para la neurofisiología a pesar del hecho de que sus reflexiones sobre la mente humana surgieran de una preocupación a mayor escala por la condición de los seres humanos. Su preocupación última era la relación de éstos con la naturaleza.

Intentó esclarecer dicha relación con el fin de proponer medios realistas para la salvación humana. Algunos de dichos medios eran personales, y se hallaban bajo el control único del individuo, y otros se basaban en la ayuda que determinadas formas de organización social y política proporcionaban al individuo. Su pensamiento desciende del de Aristóteles, pero el fundamento biológico es más firme, lo cual no es ninguna sorpresa.

Parece que Spinoza entresacó una relación entre la felicidad personal y colectiva, por un lado, y la salvación humana y la estructura del Estado, por otro, mucho antes que lo hiciera John Stuart Mill. Al menos, en lo que se refiere a las consecuencias sociales de su pensamiento parece haber un reconocimiento considerable.

Spinoza prescribió un estado democrático ideal, cuyos sellos distintivos eran la libertad de expresión (“que cada hombre piense lo que quiera y diga lo que piensa”, escribió), la separación de la Iglesia y el Estado, y un contrato social generoso que promoviera el bienestar de los ciudadanos y la armonía del gobierno. Ofreció esta receta más de un siglo antes de la Declaración de Independencia y de la Primera Enmienda (de Estados Unidos). El que Spinoza anticipara asimismo, como parte de sus esfuerzos revolucionarios, algunos aspectos de la biología moderna es de lo más intrigante.

Así pues, ¿quién era este hombre, que podía pensar sobre la mente y el cuerpo de maneras que no sólo estaban en profunda contraposición al pensamiento de la mayoría de sus contemporáneos, sino que son notablemente comunes más de trescientos años después? ¿Qué circunstancias produjeron un espíritu tan díscolo?

Para intentar responder a estas preguntas hemos de considerar a otro Spinoza más, el hombre que había detrás de tres nombres propios distintos (Bento, Baruch, Benedictus), una persona a la vez valiente y cauta, inflexible y complaciente, arrogante y modesta, despreocupada y amable, admirable y fastidiosa, cercana a lo observable y lo concreto y, sin embargo, descaradamente espiritual. Sus sentimientos personales no se revelan nunca directamente en sus escritos, ni siquiera en su estilo, y hay que reconstruirlos a partir de mil rodeos.

Casi sin darme cuenta empecé buscando a la persona que había detrás de la peculiaridad de la obra. Yo simplemente quería imaginar que conocía al hombre y charlar con él un poco, hacer que me firmara un ejemplar de la Ética. Informar sobre mi búsqueda de Spinoza y la historia de su vida se convirtió en el tercer objetivo de este libro.

Spinoza nació en la próspera ciudad de Ámsterdam en 1632, literalmente en mitad de la Edad de Oro de Holanda. Aquel mismo año, a una corta distancia de su casa, un Rembrandt van Rijnde veintitrés años pintaba La lección de anatomía del doctor Tulp, el cuadro que inició su fama.

El protector de RembrandtConstantijn Huygens, estadista y poeta, secretario del príncipe de Orange y amigo de John Donne, hacía poco que se había convertido en el padre de Christiann Huygens, que iba a ser uno de los mejores astrónomos y físicos de todos los tiempos.

Descartes, el principal filósofo de la época, que a la sazón contaba treinta y dos años, vivía asimismo en Amsterdam, en el Prinsengraacht, preocupado por cómo se recibirían sus nuevas ideas sobre la naturaleza humana en Holanda y en todas partes. Pronto empezaría a enseñar álgebra al joven Christiann Huygens.

Spinoza vino a este mundo en medio de una riqueza vergonzosa, intelectual y financiera, por utilizar la adecuada descripción que Simon Schama emplea para aquél lugar y época.

Bento fue el nombre que al nacer Spinoza recibió de sus padres, Miguel y Hana Debora, judíos sefarditas portugueses que se habían reinstalado en Amsterdam. Se le conocía como Baruch en la sinagoga y entre los amigos, mientras crecía en la próspera comunidad de comerciantes y estudiosos judíos de Amsterdam. Adoptó el nombre de Benedictus a los veinticuatro años de edad, después de haber sido expulsado de la sinagoga.

Spinoza abandonó el confort de su hogar familiar de Amsterdam y empezó la vida errante, calmada y deliberada, cuya última parada fue aquí, en el Paviljoensgraacht. El nombre portugués, Bento; el hebreo, Baruch; y el latino, Benedictus, significan todos lo mismo: bendito. Pero, ¿qué significa un nombre? Mucho, me atrevo a decir. Las palabras pueden ser equivalentes en apariencia, pero el concepto que hay tras cada una de ellas era totalmente diferente.

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ANTONIO DAMASIO, En busca de Spinoza. Crítica, 2005. Traducción castellana de Joandomènec Ros. Antonio Damasio es premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2005. Filosofía Digital, 2007.

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