EL PENSAMIENTO HACIA LA LUZ, por F. Carrasquer

Mi encuentro a los dieciséis años con la Ética, fue una auténtica revelación. ¡Cuántos horizontes abiertos de pronto, qué claridad todo lo contrario de cegadora, qué orden todo lo contrario de disciplina! El pulidor de lentes vivía muy retirada y silenciosamente. Todo su trato y relaciones sociales circulaban mayormente por vía epistolar, o por los amigos y discípulos que iban a verlo. Un Servet se habría prendado en seguida de un Spinoza, o así lo sueño. Los dos eran grandes conocedores de las Sagradas Escrituras y usaban una misma palabra mágica que conducía su pensamiento a un parecido resultado: la luz. En nuestro siglo tenemos a grandes continuadores del par Servet-Spinoza: Albert Einstein, el primero. Preguntado este genio de la astrofísica si creía en Dios, respondió que sí, en el Dios de Spinoza. Si Spinoza dice que en el mundo de las cosas nada existe por casualidad, Einstein proclama que Dios no juega a los dados. Y afirma que el Amor intelectual de Dios spinoziano es un sentimiento que ha inspirado a quienes debemos los más grandes hallazgos científicos en el convencimiento verdaderamente religioso de que el universo no es accesible más que por nuestro empeño en conocerlo. Hay que añadir que la admiración de Einstein por el autor de Ética no es sólo por su filosofía, sino también por su “hombría”; por su manera de ser en el mundo. En fin, Einstein ha dicho que Spinoza ha sido uno de los espíritus más puros que jamás haya dado el pueblo judío.” 

 

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Emanuel de Witte, Interior de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam. Óleo sobre lienzo, 110 x 99 cm., 1680. Rijksmuseum (Ámsterdam, Holanda).

 

EL PENSAMIENTO HACIA LA LUZ

F. Carrasquer

 

Es una pena que no podamos contar en español con un libro bien documentado que exponga la influencia de Spinoza en el pensamiento español. Quiero decir un libro dedicado solo a este tema, como contamos con otros, por ejemplo, el magnífico Erasmo y España de Marcel Bataillon, o el de Nietzsche en España del catedrático y crítico literario Gonzalo Sobejano, o el titulado El krausismo español: perfil de una aventura intelectual, del profesor Juan López Morillas, etc. Pero de Spinoza no tenemos la suerte de saber las dimensiones de sus huellas entre nosotros; sobre todo, es una lástima por sospechar que han debido de ser de lo más profundas, esas huellas, en los yacimientos de nuestra estructura mental (o superestructuras intelectuales, mejor).

EL PENSAMIENTO DE TODOS LOS GRANDES FILÓSOFOS Y MÍSTICOS CONDUCE SIEMPRE A UN MISMO RESULTADO: LA LUZ

Se ha hablado mucho del componente racionalista en Spinoza (él mismo es uno de los primeros “explicadores” del cartesianismo), pero convendría recordar el componente hereditario de una familia que habitó en Espinosa de los Monteros y de un descendiente que fue a parar a Holanda, pero que en su librería tenía a mano y leía a los clásicos castellanos. Quiero decir que a lo “claro y distinto” de Descartes habría que añadir aquello de Santa Teresa de que “Dios anda también entre los pucheros”, o algún dicho popular como “De menos nos hizo Dios”, o “A Dios rogando y con el mazo dando”, de Sancho; pero, sobre todo, las lecturas de Spinoza de León Hebreo y de San Juan de la Cruz. Esto y la imagen de Castilla en una memoria reconstruida (“Spinoza siempre tuvo la ilusión de ir a España”, dejó escrito una amigo suyo), pudo tener tanta importancia o más que Descartes en la arquitectura filosófica de Spinoza. Y recíprocamente: esta filosofía ha tenido que encajar en o reinspirar a muchos españoles.

De mí sé decir que mi encuentro a los dieciséis años con la Ética, cuando estaba recién despegado de la fe católica y dos años después de haber abandonado el seminario donde había cursado los cuatro primeros años de Humanidades (o “Seminario menor”), fue una auténtica revelación. ¡Cuántos horizontes abiertos de pronto, qué claridad todo lo contrario de cegadora, qué orden todo lo contrario de disciplina! Yo creo, por otra parte, que la de Spinoza es la obra más propicia para los que rompen con un credo. Porque si, por un lado, puede contentar todavía tu religiosidad abruptamente “destetada”, por el otro no tienes por qué hacer dejación de un uso de la razón que te permita afianzarte más y más, con toda naturalidad, en tus nuevas posiciones agnósticas, a las que el spinozismo presta una seguridad moral definitiva.

 

Lugar de trabajo de la casa de Rijnsburg (Países Bajos) de Spinoza, con los instrumentos propios de su oficio, como un molino de pulir.

 

En este orden de ideas, creo que si Servet, después de la tremenda experiencia romana (cerca del emperador y asqueado de aquella comedia con el papa coronándolo) que acaba con su fe, sin decidirse, no obstante, por la opción de Lutero, que habría sido para él tanto como caer de Escila en Caribdis, si se hubiera encontrado, digo, con un ejemplar de la Ética (que no se publicará hasta siglo y medio más tarde), se habría sentido feliz y aliviado. Aquel trasplantado a Holanda desde las tierras de Burgos de sus abuelos y portuguesas de sus padres, habría podido ser el inspirador de nuestro pensador aragonés. Sólo que para ser panteísta a lo Spinozagravitaba sobre él una enorme fuerza de familia y tradición que no podía haber movido a SpinozaJesús. Y volvemos a lo mismo.

Pero, a pesar de eso, Servet irá en su vida al encuentro de Spinoza sin saberlo, porque el pensar del aragonés se abocará inevitablemente al del filósofo natural de Ámsterdam de raíces castellanas. (¿No lo veis solo en un país que no ha tenido ningún otro filósofo?). Si allá por el 1530 se hubiera encontrado con Erasmo (de lo que parece que estuvo a punto), no habría pasado nada; todo lo más un disgusto del ardiente joven embebido ante el maestro que le huye y rehuye. De todas formas, ya se encontraron en cierto modo y el encuentro fue un fracaso. El prudente sabio de Rotterdam no quiso saber nada del libro que le mandó aquél alocado aragonés que quería “comprometerlo” con su antitrinitarismo probado y su sospechado “alumbrismo”.

Con Spinoza hubiera sido otra cosa. Y eso que también el judío renegado era muy prudente; ya que -como queda dicho- si la divisa de Erasmo era cum prudentia, la de Spinoza no le iba a la zaga, si no es más que sinónima: caute! No obstante, Baruch demostró ser más valiente que el gran humanista de Rotterdam y hasta se puso en recio peligro al arremeter en un panfleto, por desgracia perdido, Ultimi Barbarorum, contra el estatúder y los rabiosos predicadores reformistas que habían conseguido acabar con Jan de Witt, el Gran Pensionado y protector del filósofo, víctima de las fuerzas fanáticas de la, por lo regular, tolerante Holanda.

Pero Baruch no era tan mundano ni tenía tanto trato con los poderosos como Erasmo. El pulidor de lentes vivía muy retirada y silenciosamente. Todo su trato y relaciones sociales circulaban mayormente por vía epistolar, o por los amigos y discípulos que iban a verlo. Pero un Servet, como decía, se habría prendado en seguida de un Spinoza, o así lo sueño. Se llamaba Miguel, como el padre de Baruch; los dos eran grandes conocedores de las Sagradas Escrituras y usaban una misma palabra mágica que conducía su pensamiento a un parecido resultado: la luz.

En nuestro siglo tenemos, entre tantos otros más, seguro, a dos grandes continuadores del par ServetSpinoza, si bien uno inclinándose más sobre Baruch y otro más sobre Miguel. Me refiero a Albert Einstein, el primero. Preguntado este genio de la astrofísica si creía en Dios, respondió que sí, “en el Dios de Spinoza”. Mientras que para el segundo, nuestro Ramón J. SenderSpinoza no explicita bastante lo subhumano como infraestructura de nuestro ser. Pero dejemos a Sender para luego. Porque, hablando de Einstein, de buenas a primeras, podría sorprender que el genial descubridor de la ley de la relatividad se aviniese con el inventor de un sistema filosófico basado en la substancia absoluta con sus dos (entre infinitos) atributos de extensión y pensamiento. Y, sin embargo, así es. Si bien hay que decir que la astrofísica hoy parece dar la razón definitivamente a Spinoza más que a Einstein, para quien el universo es finito (si bien ilimitado).

LA ADMIRACIÓN DE EINSTEIN HACIA SPINOZA NO ERA SÓLO POR SU FILOSOFÍA, SINO SOBRE TODO POR SU HOMBRÍA, POR SU FORMA DE SER EN EL MUNDO: HOMBRE DE EXTRAORDINARIA PUREZA, INSPIRACIÓN Y MODESTIA

Y no sólo porque se tiende a concebir infinito el universo, sin principio ni fin, incluso ahora que tiende a perder credibilidad la teoría del Big Bang; y ésa es la gran ocurrencia spinoziana: prescindir de la creación, poniéndole a Dios un nombre acertadísimo: Naturaleza; ni cosmos, ni universo, ni orbe, ni firmamento. En la naturaleza está todo, desde la estrella al hombre, desde las constelaciones al átomo, desde la Vía Láctea a la neurona. Y la Naturaleza-Dios es exactamente eterna, o sea, sin principio ni fin; por lo tanto, sin creación. Todo naturaleza. ¿Cómo establecer bienes y males, cuando nosotros, pensamiento en cuanto atributo infinito de Dios, actuamos por necesidad, según nuestra naturaleza, y no perseguimos el bien como algo trascendente, sino que es bueno todo lo que es necesario? Dice Spinoza“No deseamos algo por ser bueno, sino que llamamos bueno a lo que deseamos”.

Y volviendo a Einstein, si Spinoza dice que “en el mundo de las cosas nada existe por casualidad”, Einstein proclama que “Dios no juega a los dados”. El universo de las posrelatividad tal vez podría casar con la idea spinoziana de un universo-naturaleza sub specie aeternitatis, sobre todo si caemos en la cuenta de que la eternidad no conoce el cuándo y la naturaleza sí conoce el quantum al dedillo. Einstein, en un artículo titulado “Religión y Ciencia, ¿son irreconciliables?”, afirma que el “Amor intellectualis Dei spinoziano es un sentimiento que ha inspirado a quienes debemos los más grandes hallazgos científicos en el convencimiento verdaderamente religioso de que el universo no es accesible más que por nuestro empeño en conocerlo”. Y a un amigo ateo de Zurich le escribió: “No encuentro mejor expresión que la de religiosa para dar cuenta de mi actitud psicológica y de mi emoción que se manifiestan con la mayor claridad en Spinoza“.

Hay que añadir que la admiración de Einstein por el autor de Ética no es sólo por su filosofía, sino también por su “hombría”, que diría Sender; por su manera de ser en el mundo. Hasta el punto de que parece haber sido su biografía un precedente de paralelismo y un ejemplo a emular. Spinoza era un filósofo amateur, en el sentido de que no se consagró a la filosofía por hacer carrera académica ni como ganapán, sino por pura afición e interés propio. Cuando en 1656 los consejeros de la sinagoga de Ámsterdam ofrecieron al joven estudiante de rabino, de veinticuatro años, unos honorarios de mil florines anuales (gran sueldo para entonces) a condición de que hablase y escribiese sin dejar de honrar la tradición mosaica y defender la fe de sus mayores, el hijo del rico comerciante Miguel Spinoza, airado, rechazó de plano la oferta, lo que le valió la excomunión, la ruptura con la comunidad sefardía y la pérdida de su protección.

Sin señas de identidad y en la indefensión de un proscrito bajo anatema, se refugió en Rinjsburg, pueblo cerca de Leiden, donde todavía hoy se conserva la “casa de Spinoza”, como pequeño museo en memoria del filósofo. Son cinco años en los que alterna el oficio de pulir lentes, para la pionera y ya floreciente industria óptica holandesa, con la afición de ordenar sus pensamientos y hacer con ellos una creación de fachada geométrica, pero de interiores desbordantes de alegría y amor espirituales. Todavía en 1673 se le ofreció una cátedra de filosofía en la Universidad de Heilderberg, que también rehusó por exigírsele que en su enseñanza no pusiera en entredicho la religión oficial del país, la luterana.

Einstein siguió a Spinoza, como decíamos, primero porque él también elaboró gran parte de su obra genial sin ejercer la profesión de físico, sino como amateur, mientras trabajaba en la Oficina Central de Patentes de Berna, como experto técnico de tercera. O sea, que iba alternando los exámenes y correspondientes informes sobre instancias de toda clase de patentes (la mayor parte de tres al cuarto, es de suponer) con sus preparativos para la publicación de su Teoría Especial de la Relatividad y del Quantum, con vistas a su definitiva Teoría General de la Relatividad. Pero en 1909 no pudo menos, Einstein, que ceder a la enorme presión de profesores y colegas científicos, y se encargó de la dirección científica del Instituto de Física Emperador Guillermo de Berlín. Verdad era que su situación no era la misma que la de Spinoza. Éste podía temer perder su independencia económica por no hacer peligrar la importante: su independencia filosófica. Pero en las regiones en que se movía Einstein tenía aseguras todas las independencias, ya que apenas nadie más que él sabía lo que llevaba entre manos. Así que dejó de seguir el ejemplo de sobriedad solitaria de Spinoza.

Cuando en 1933 Hitler se hizo con el poder en Alemania, Einstein huyó de la quema, y a los colegas que no le siguieron al exilio y pactaron con el nazismo les imprecó indignado: “¿Dónde estaríamos aún si hombres como Giordano BrunoSpinozaVoltaire Humboldt hubieran pensado y actuado como vosotros?”. Y cuando ya en la cima de su gloria fue testigo de aquella caza de brujas que en plena guerra fría organizó aquel senador aprendiz de inquisidor, al denunciar el atropello y arengar a éste no se tolerase, apostrofó contra el abuso de “que unas nulidades humanas se aprovechen de su pública posición de fuerza para tiranizar y humillar a valioso profesionales de la ciencia”.

En fin, Einstein ha dicho de Spinoza que “ha sido uno de los espíritus más puros que jamás haya dado nuestro pueblo judío”. Una vez le invitaron a que hablase sobre Spinoza y no quiso aceptar por creer que no estaba a la altura para poder hablar del filósofo, “hombre -aclaró- de tan extraordinaria pureza, inspiración y modestia”. Esto mismo vendría muy bien aplicado al propio Einstein, añadimos nosotros.

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FRANCISCO CARRASQUER, Servet, Spinoza y Sender-Miradas de eternidad. Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007. Filosofía Digital, 09/01/2010.

 

 

 

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