La política de las pasiones. De la emoción al delirio, por José Antonio Pérez Tapias

Todo el mundo dice que mi Tao es grande,

pero, por decirlo así, inútil.

Precisamente por ser grande, es, por decirlo así, inútil.

Porque si fuera útil, hace tiempo que se habría vuelto pequeño.

Tengo tres tesoros que estimo y conservo.

El primero es el amor.

El segundo es la austeridad.

El tercero es la humildad.

Con amor se puede ser valeroso.

Con austeridad se puede ser generoso.

Con humildad se puede progresar.

Si la gente no tiene amor, no tendrá móvil para la valentía.

Si no tienen austeridad, no serán generosos.

Si no son humildes, no progresarán porque no ven una meta

por encima de sí mismos.

Así, cuando llega la muerte, les domina el miedo, el dolor

y la ignorancia.

Con amor se es victorioso en el combate y firme en la defensa.

Así, mediante el amor, el cielo proporciona protección.

 

LAO TSÉ, El Tao Te Ching, capítulo LXVII.

*****

La política de las pasiones. De la emoción al delirio

¿Hay manera de reconducir la locura en que estamos en el apretado plazo de un mes? No nos resignamos muchos a quedarnos encerrados entre el alocado delirio de unos y el sueño inmovilista de otros

Por Jose Antonio Pérez Tapias

 

Articulo publicado el día 30 DE AGOSTO DE 2017 en: 
 

 

Algo inadecuado afecta a mentes normalmente cautelosas cuando resulta que se ven atrapadas en el delirio. Es cierto, y no es cuestión de sacarlo a colación como eximente de responsabilidades, que es más fácil verse enredado en el desvarío de una fantasía alejada de la realidad si el delirio es colectivo. La fuerza gravitacional de la masa acrecienta su poder. Sin embargo, no por ello hay que dar por perdidas las posibilidades de una racionalidad que no abdica de su dimensión crítica, confiando en que pueda recuperarse a sí misma dejando atrás la embriaguez que le lleva incluso a ese delirio conducente a erigir las arbitrariedades en reglas, la cual es patología subrayada por el filósofo argentino Gregorio Kaminsky en su obra dedicada a Spinoza bajo el título “La política de las pasiones”, aquí tomado en préstamo.  

El autor de la Ética que en el siglo XVII dio otra vuelta de tuerca al nuevo paradigma de la revolución de las ideas, contribuyendo a que la modernidad cuajara por su vertiente emancipatoria, hacía notar en sus páginas que los humanos somos muy proclives a dejarnos llevar por lo que soñamos “con los ojos abiertos”, arrastrados por pasiones que desenfocan nuestra mirada sobre la realidad y, por consiguiente, nuestra acción. Spinoza, tan perseguido en su tiempo por su desestabilizadora lucidez –condenado incluso por la sinagoga judía en la Amsterdam donde buscó refugio–, no propugnó una racionalidad al margen de las pasiones, pues eso sería postular una razón no humana por cuanto situada al margen de los afectos que insoslayablemente inciden sobre ella. La cuestión que trataba de resolver era, por el contrario, cómo reforzar las pasiones que acrecientan el empeño por ser, esto es, las “pasiones alegres” conducentes a hacer de nuestra razón una razón apasionada, para la cual la verdad misma sea su pasión. Las “pasiones tristes”, por el contrario, son despotenciadoras de la vida. Spinoza, anticipando la crítica de Nietzsche al resentimiento, dejó dicho del odio, por ejemplo, que “nunca puede ser bueno”. Son esas pasiones negativas las que producen además la singular embriaguez que nubla la vista incluso haciendo creer al hombre que, en virtud de una ilusoria libertad, puede pasar por encima de las fuerzas que conforman la realidad. Es entonces cuando una especie de “delirium tremens” se apodera del alma humana, es decir, de su cuerpo, pues una y otro son nuestra realidad desde distintas perspectivas. Lo grave es la insensibilidad que en todo delirar se produce respecto a los demás individuos en su concreta realidad corpórea, tan cargada de potencialidades como menesterosa de positivas complicidades. 

Las pasiones, pues, impregnan todo el ser y el hacer humanos y según sea su signo lo encauzan en una dirección u otra. Y así ocurre igualmente con esas pasiones colectivas que tanto influyen en la dinámica política de nuestras sociedades –un siglo antes Maquiavelo se percató bien de ello–. También colectivamente se transita, por ejemplo, y con suma rapidez, del amor al odio. Y de la emoción solidaria, pongamos por caso, al delirio de una grandeza excluyente. Bajo ese prisma, si Spinoza me lo permite, cabe apreciar lo ocurrido en el fluir de los acontecimientos en Cataluña –por extensión, en España– tras los atentados perpetrados por el terrorismo yihadista. Éstos, como tragedia inconmensurable, clavaron su mortífera destructividad en medio del drama que vive la sociedad catalana en el trance que apunta al 1 de octubre como la fecha crucial para el referéndum ya anunciado cual unilateral paso decisivo hacia la república catalana con la que sueña el independentismo. 

LAS TENSIONES EN TORNO AL PROCESO INDEPENDENTISTA AGUDIZARON LA DISPUTA POR LA CONSTRUCCIÓN DEL RELATO MISMO EN TORNO A CÓMO SE AFRONTÓ LA RESPUESTA POLICIAL Y LA REACCIÓN CÍVICA FRENTE A LOS ACTOS TERRORISTAS SUFRIDOS

Las víctimas de los atentados movilizaron emocionalmente los mejores resortes de una sociedad que, desde su cosmopolitismo, sintió todos los muertos y heridos como propios. Una razón de humanidad se hizo presente en todas las manifestaciones de dolor que, haciendo pesar más la solidaridad que el temor, reforzaron los lazos entre quienes estamos llamados a resistir frente a la barbarie y a vencerla. Así fue también en la gran manifestación convocada en las calles de Barcelona como punto culminante del duelo colectivo por las víctimas inhumanamente masacradas que convocaban a la memoria como sostén de una sociedad dignamente democrática. Con todo, tal manifestación de cientos de miles de ciudadanas y ciudadanos no se vio libre de la polémica, como era de esperar por el mismo momento en que tenía lugar, dada esa incrustación de la tragedia como cuña imprevista en un drama no resuelto. Las tensiones en torno al proceso independentista, con nacionalismos confrontados entre sí en ausencia de cauces de mediación hasta ahora cegados, agudizaron la disputa por la construcción del relato mismo en torno a cómo se afrontó la respuesta policial y la reacción cívica frente a los actos terroristas sufridos. 

La manifestación de duelo con presencia de las más altas autoridades tanto del gobierno de la Generalitat como del Estado, acompañando –según retórica de la convocatoria oficial– a una ciudadanía deseosa de afirmar su coraje cívico junto a su dolor, podía haber sido ocasión para que ese dolor compartido aproximara posiciones y abriera interlocuciones. Lo que siguió, lejos de eso, ha sido la fragmentación aún mayor de un orden simbólico muy quebrado, poniendo aún más difícil incluso el reconstruir cohesión social desde la memoria de unas víctimas que emplaza a trascender la ceguera de pasiones negativas distantes de la pasión política que ha de movilizar hacia una convivencia democrática abierta e inclusiva. Pero los hechos son como son, y si es inútil escandalizarse por lo que ya estaba anunciado, eso no quita razón a la crítica que sea pertinente –por cierto, incluso la que quepa plantear en sede parlamentaria, ya con el sosiego debido, al pedir explicaciones por unas actuaciones policiales claramente exitosas pero que reclaman comparecencia de los responsables políticos por lo menos para aclarar cómo y por qué se produjo el “abatimiento” de los terroristas que resultaron muertos–. 

Spinoza, como se puede apreciar en sus tratados políticos, partiendo de lo que pasiones y afectos suponen en las vidas humanas, alienta una acertada visión de lo que es el drama de unas existencias individuales y colectivas en las que se juega, mediando un conocimiento adecuado, el tránsito desde la servidumbre a la libertad. Sin embargo, cuando vemos procesos en los que el drama se tuerce hacia callejones sin salida corroboramos que algo falla en una cultura que si bien tiene que cargar con el componente trágico de una conflictividad nunca erradicable del todo, ha de activar, no obstante, los recursos necesarios para dramatizar airosamente los conflictos. Así lo contempló hace un siglo, en medio de tiempos convulsos, el también filósofo y sociólogo judío Georg Simmel al hablar de la tragedia de la cultura, pero hoy, a la vista de lo que vivimos en Cataluña y España, quizá viera con pesar la ausencia de mejores guionistas para el dramático conflicto en el que estamos inmersos. 

Creo que somos multitud quienes podamos coincidir en que precisamente falta un guión mínimamente aceptable para el drama de una sociedad que parece verse escindida entre quienes quieren secesión de Cataluña mediante el referéndum ya anunciado, pero aún no convocado mediante el trámite legislativo necesario –eso forma parte de la chapuza de la trama–, y quienes se muestran contrarios a ello, mas sin que aparezca por ese lado una alternativa creíble y viable al delirio independentista, más allá de la dudosa eficacia política al respecto de las vías judiciales.

Como en todo delirio, sus límites se solapan con la pesadilla, en este caso en torno a una caótica declaración de independencia en la que, además, se ven peligrar derechos ciudadanos, tanto de participación democrática en condiciones dignas como otros derechos sociales que pueden verse en el aire –nadie parece aclarar no ya las condiciones de acceso a la nacionalidad en la hipotética república catalana que en el delirio se imagina, sino incluso cuestiones que apenas de puntillas se tocan en la presentada como “ley de transitoriedad”, cual es el caso de lo relativo al derecho a la pensión que corresponde a quienes han accedido o accedan a la jubilación tras su trayectoria laboral–. 

¿Hay manera de reconducir la locura en que estamos en el apretado plazo de un mes? No nos resignamos muchos a quedarnos encerrados entre el alocado delirio de unos y el sueño inmovilista de otros. Pues ni los unos pueden apuntarse ciegamente a que sus designios se van a cumplir como quiera que sea, ni los otros pueden quedar varados en la triste playa en la que se ponen obstáculos jurídicos confiando en que detendrán una incontrolable marea política. Unos hablan del Estado que vendrá; otros, del Estado que como siempre ha de quedar. No faltan entre ellos quienes querrán pasar a la historia como hombres o mujeres “de Estado”, pero por el camino que vamos, hasta ahora no se vislumbra más que el hundimiento de una política cuya mediocridad nos llevará de la tragedia a la farsa toda vez que el drama pudiera quedar bloqueado. 

Spinoza concluía su Ética con tono melancólico reconociendo que “todo lo excelso es tan difícil como raro”. Pero siguió confiando en esa razón apasionada capaz de impulsar la vida hacia delante. Con ella hemos de identificar nosotros la razón democrática, viniendo a rendir así homenaje a aquel filósofo judío, oriundo de una península ibérica en la que se asentó la intolerancia, y que se ganó la vida puliendo lentes, haciendo ver a la vez que no hay felicidad al margen de la libertad. Hacia ello debe apuntar una digna política de las pasiones.

 

AUTOR

Es miembro del Comité Federal del PSOE y catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional. (Madrid, Trotta, 2013)

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