SPINOZA O LA VIDA DE UN SABIO, por Alain

Renée Weber (RW): Como usted sabe, la universidad y la enseñanza es toda mi vida. Por lo tanto, esperaba que pudiéramos hablar acerca de la educación. La cuestión dominante que tengo para plantear es ésta: una forma de considerar este campo de aprendizaje es llamarlo educación, que se deriva del latín “educare = educir, hacer salir, extraer”.

Krishnamurti (K): Extraer, “educare”, lo sé.

RW: Ese es un modo de considerar el proceso. El otro es el de “enseñanza”, transmisión; y eso consiste en introducir algo en la mente del estudiante.

K: Extraer e introducir. ¿Qué es lo que usted extrae? ¿Y qué es lo que introduce?

RW: Ese es el meollo de la cuestión. Tal como está estructurada la universidad, lo que uno “introduce” es información: historia, matemáticas, etc., y un recuento de lo que otros han pensado y han hecho.

K: Historia. Después de todo, la historia es la historia del hombre, del hombre universal. Pero hoy se ha convertido en la historia de un país: americana, inglesa… Todo está dividido, no es una historia global del hombre.

RW: Ese es un problema”.

JIDDU KRISHNAMURTI, Diálogo con Renée Weber, profesor de filosofía

 

 

 

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SPINOZA O LA VIDA DE UN SABIO

por Alain

 

Baruch Spinoza nació el 24 de noviembre de 1632. Pertenecía a una familia de judíos portugueses. Sus parientes querían hacer de él un rabino: por ello realizó considerables estudios; aprendió hebreo y latín; al mismo tiempo estudió geometría y física. La lectura de las obras de Descartes le llevó a la filosofía.

 

LA VIDA DE SPINOZA FUE LA DE UN SABIO: PRACTICABA LOS PRINCIPIOS DE LA VERDADERA RELIGIÓN Y POR ENCIMA DE TODO AMABA LA DULCE LIBERTAD

 

La vida de Spinoza fue la de un sabio. Para poder pensar con libertad, decidió vivir del trabajo manual, y dedicó una parte de su tiempo a pulir lentes para instrumentos ópticos. El Elector palatino le ofreció una plaza de filosofía en la Universidad de Heidelberg. Spinoza respondió en los siguientes términos: “Como nunca he deseado ejercer públicamente la enseñanza, no puedo decidirme a aprovechar esta preciosa ocasión, pese a haber meditado largamente el asunto. Porque pienso, en primer lugar, que dejaré de promover la filosofía, si quiero dedicarme a la educación de la juventud. Pienso, además, que no sé dentro de qué límites debe mantenerse esta libertad de filosofar, si no quiero dar la impresión de perturbar la religión públicamente establecida; pues los cismas no surgen tanto del amor ardiente hacia la religión cuanto de la diversidad de las pasiones humanas o del afán de contradecir, con el que se suele tergiversar y condenar todas las cosas, aunque estén rectamente dichas. Y como ya tengo experiencia de esto, mientras llevo una vida privada y solitaria, mucho más habré de temerlo si asciendo a tan alta dignidad. Ve, pues, dignísimo señor, que no me resisto porque espero una fortuna mejor, sino porque prefiero la tranquilidad, que creo poder alcanzar en cierta medida mientras me mantenga alejado de la enseñanza pública”.

Es posible que rechazara también, y sin duda por razones del mismo orden, una pensión que Condé quería que Luis XIV le asignara. Se observará que su vida retirada no había impedido que su reputación llegara muy lejos. Leibniz, al volver de Inglaterra, le hizo una visita. Uno de los hijos de Witt se jactaba de ser su alumno y su amigo.

Sabemos por sus biógrafos que era sencillo y bueno, que vivía austeramente y que, a pesar de su mala salud, era feliz. También sabemos, especialmente por su Tratado teológico-político, que estaba profundamente vinculado a  la República de Holanda y que consideraba que la libertad de conciencia y la libertad política se contaban entre los bienes más preciosos.

Como buscaba los principios de la Religión verdadera y pretendía reemplazar la revolución por las luces naturales de la razón, fue acusado de ateísmo. Ése era el único medio de soportar a un hombre que, al referirse a los turcos y a los gentiles, escribía: “Si con sus oraciones a Dios rinden culto a la justicia y al amor al prójimo, me parece que en ellos está el espíritu de Cristo y que están salvados, ¡por más que pudieran creer en Mahoma y sus oráculos!” A las acusaciones de ateísmo respondía simplemente lo siguiente: “Si me conocieran no creerían con tanta ligereza que enseño el ateísmo. Pues los ateos tienen por costumbre perseguir sobre todo los honores y el dinero, cosas que yo desprecio, como saben todos los que me conocen”. Puede verse que practicaba, como prueba de su Religión, una vida sencilla y frugal, indiferente a todo lo que no fuera la Verdad. Y debe admitirse que, sin esta prueba, las otras no valen nada. ¿Cómo creer que un hombre conoce, comprende y ama a Dios, cuando sigue persiguiendo los honores y el dinero? Nadie puede servir a dos amos.

 

 

Spinoza murió a los cuarenta y cinco años, el 23 de febrero de 1677, de una enfermedad de pecho que había soportado durante largos años con entereza de espíritu. Había publicado los Principios de de la filosofía cartesiana, seguidos de Pensamientos metafísicos y un Tratado teológico-político, en el que se esforzaba por interpretar la Biblia a la luz de la Razón. Se adivina fácilmente que debió lamentar haberse expuesto de tal modo a críticas violentas e injustas; por eso no dio al público ninguna otra obra. El mismo año de su muerte, dos de sus amigos hicieron aparecer las obras que dejó. Son un Tratado político inacabado, verdadero manual de política racional, donde se desarrollan los principios planteados en el Tratado teológico-político. En él trata sobre la monarquía y la aristocracia; las condiciones de existencia de estas dos formas de gobierno son analizadas con una precisión y una atención al detalle que revelan un profundo conocimiento de los hombres.

El capítulo XII y último no es otra cosa que la introducción a un estudio sobre la democracia. Otro tratado, también inacabado, se titulaba Tratado de la reforma del entendimiento. Es aquí, según parece, donde debe buscarse la clave del sistema completo; se trata de una suerte de prefacio de la Ética y sin duda no existe en el mundo ningún otro modelo tan perfecto del análisis filosófico.

Por último, la Ética, la obra maestra cuya forma geométrica conoce todo el mundo. La Ética está dividida en cinco partes, con los siguientes títulos: de Dios, del alma, de las pasiones, de la esclavitud humana y de la libertad humana. Un Tratado de Dios y del hombre, que es una suerte de bosquejo de la Ética, fue traducido del holandés y publicado en 1862 por Van Vloten.

Algunas de las Cartas constituyen para nosotros un valioso comentario de la Ética. Las más interesantes son la célebre carta XXIX, sobre el Infinito; la carta XLII, sobre la distinción entre la esencia y la existencia; la carta XLV, sobre la demostración de la existencia de Dios; la carta XLIX, sobre Dios, los destinos y la salud; y la carta LXXIV, contra la religión católica. Citemos a título de indicación un Compendio de la Gramática hebraica. Todas estas obras, con excepción de Tratado de Dios y del hombre, están escritas en latín.

Para todo sistema existe un punto de vista desde el cual lo comprendemos como verdadero y completo. Intentaremos mostrar al lector en qué sentido Spinoza tenía razón. La tarea de exponer en qué sentido no tenía razón la dejamos para otros más hábiles, que sin duda no faltarán.

 

LA SALVACIÓN ESTÁ EN LA RAZÓN, PORQUE LA FILOSOFÍA ES LA VERDAD DE TODA RELIGIÓN

 

Los hombres son en general malvados e infelices. Son malvados porque hacen depender su felicidad de la posesión de objetos que no pueden pertenecer a varios a la vez, como los honores y el dinero, de modo que la felicidad de otros les hace infelices y, al revés, ellos tampoco pueden ser felices sin que sufran sus semejantes. De ahí nacen la envidia, el odio, el desprecio; de ahí nacen las injurias, las calumnias, las violencias y las guerras.

Por otro lado, la infelicidad de los hombres no hace sino aumentar porque ponen su afecto en objetos que no están bajo su control, en cosas perecederas que sólo hacen una breve aparición en la existencia y que el curso ordinario de los acontecimientos basta para sustraérsela; todo ello sin hablar de la enfermedad, la vejez y la muerte, a las que no pueden escapar y en las que no pueden dejar de pensar; de tal modo que los hombres no están nunca seguros de poder conservar su felicidad ni un momento más, y en cambio están seguros de perderla algún día. Por ello su existencia, a medio camino entre el odio y el miedo, está cargada de tristeza de un extremo a  otro y termina por llevarlos a la desesperación.

Por otro lado, todos los hombres entienden confusamente que la verdadera felicidad no depende de las cosas perecederas, y que para salvarse de la miseria, del miedo y de la muerte deben poner su afecto en algo distinto, algo que no perezca, que permanezca. Por eso encontramos una y otra vez en boca de los hombres esta profunda palabra: “Hay que amar a Dios”. Y de ahí nacen todas las Religiones: todas quieren hacer participar al hombre en lo eterno, en la vida eterna.

Pero es fácil ver que para el hombre las Religiones no son la mayoría de las veces sino una nueva fuente de miedo y de tristeza. Pues aquellos que tiene por costumbre gobernar a los hombres a través del miedo y de la esperanza no han perdido la ocasión de representar a Dios como un ser malvado y temible, celoso de sus pobres alegrías y que se compadece de sus lágrimas. Y de este modo los hombres han encontrado, en vez de un liberador, un amo; y la falsa religión los hace dos veces esclavos, esclavos de las apariencias y esclavos del ser, esclavos cuando desean y esclavos cuando renuncian.

El remedio se encuentra en esa luz natural que llamamos Razón y que está en cada uno de nosotros. Los hombres buscan a Dios en los libros sagrados y las palabras de los profetas; no se dan cuente de que en los libros y en los discursos no hay más que letras y sonidos, que sólo su razón les permite darles un sentido y, en una palabra, que si pueden encontrar a Dios en los libros es sólo porque ya está en ellos. La revelación por los libros supone, pues, la revelación interior, y no es nada sin ella. Y en la medida que hay una revelación interior, para alcanzar la verdadera Religión y la verdadera felicidad sólo necesitamos usar debidamente nuestra Razón. Tal como dice el apóstol: “Sabemos que estamos en Dios y que Dios está en nosotros porque nos ha dado parte de su espíritu”.

La salvación está, pues, en la búsqueda del espíritu de Dios en nosotros. La salvación está en la filosofía. La filosofía es la verdad de toda religión.

 

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ALAIN, seudónimo del filósofo francés Émile-Auguste Chartier (1868-1951). Prólogo a “Spinoza”,  5 de diciembre de 1946. Marbot Ediciones, 2007. Traducción: Maite Serpa. Filosofía Digital, 2011.

 

 

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