REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte XVI)

El cantonalismo es un movimiento insurreccional que aspira a dividir el Estado nacional en cantones casi independientes.

En España ha habido dos momentos en los que se podría hablar de “fenómeno cantonalista”.

Un primer episodio lo constituye la insurrección que tuvo lugar durante la Primera República Española entre julio de 1873 y enero de 1874 y fue protagonizada por los republicanos federales “intransigentes” que querían instaurar inmediatamente la República Federal de abajo arriba sin esperar a que las Cortes Constituyentes elaboraran y aprobaran la nueva Constitución Federal, tal y como defendía el presidente del Poder Ejecutivo de la República, el también republicano federal Francisco Pi y Margall, apoyado por los sectores “centrista” y “moderado” del Partido Republicano Federal que tenían la mayoría en la Cámara.
 

El 1 de julio de 1873 los diputados federales “intransigentes” se retiraron de las Cortes y constituyeron en Madrid un Comité de Salud Pública que llamó a la insurrección. Esta se inició el 12 de julio de 1873 en Cartagena -aunque tres días antes había estallado la Revolución del Petróleo de Alcoy por iniciativa de la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), extendiéndose en los días siguientes por las regiones de Valencia, Murcia y Andalucía.

La teoría política en que se basó el movimiento cantonal fue el federalismo “pactista” de Francisco Pi y Margall contra cuyo gobierno se alzaron, paradójicamente, los republicanos federales “intransigentes”. Al fracasar la política de Pi y Margall de combinar la persuasión con la represión para poner fin a la insurrección, el gobierno que le sustituyó presidido por el “moderado” Nicolás Salmerón no dudó en emplear al ejército dirigido por los generales Arsenio Martínez Campos y Manuel Pavía para aplastar la rebelión, política que igualmente llevó a cabo el siguiente gobierno del también “moderado” Emilio Castelar. 

En cuanto al segundo episodio citado es de difícil adscripción a esta denominación ya que no tuvo esa finalidad como el anterior. Se produjo durante la Guerra Civil de 1936-1939 en la zona republicana como consecuencia del estallido de la llamada Revolución Española de 1936, cuando durante meses se establecieron decenas de Comités y Consejos municipales y comarcales (excepcionalmente existirán algunos de mayor ámbito) autónomos del poder del Estado, llegando a acuñar algunos sus propios billetes. Un caso extremo fue el de Asturias y el norte de León, que cuando estaban totalmente aislados del resto de la zona que permanecía fiel a la República y a punto de ser ocupados por el ejército del bando franquista, que acababa de tomar Santander, constituyeron a finales de agosto de 1937, a la desesperada, el Consejo Soberano de Asturias y León, comunicando esta decisión a la Sociedad de Naciones. El Consejo tuvo muy pocas semanas de vida porque en octubre las tropas franquistas tomaron Gijón, el último reducto de la resistencia asturiano-leonesa, poniendo así fin a la Campaña del Norte.

 

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Bakunin abraza a Garibaldi en el Congreso de la Liga para la Paz y la Libertad. Lausana, 1867. Dibujo de Tabet

 

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“….Así, el único objetivo de la asociación secreta debe ser no el de constituir una fuerza artificial fuera del pueblo, sino despertar, agrupar y organizar las fuerzas populares espontáneas. En estas condiciones, el ejército de la revolución, el único capaz y real, no está fuera del pueblo, es el mismo pueblo. No se le despertará con medios artificiales. Las revoluciones populares son engendradas por la fuerza misma de las cosas o por esta corriente histórica que, invisible y subterránea, incesante y la mayor parte del tiempo lenta, corre por entre las capas populares abarcándolas cada vez más, penetrando gota a gota, hasta que se escape desde abajo hacia fuera su salvaje corriente, hasta que rompa todos los obstáculos que se encuentra al pasar. 

Tal revolución es imposible artificialmente. Ni siquiera se puede adelantar significativamente, aunque no dudo de que una organización dirigida debida a inteligentemente pueda facilitar el estallido. Hay períodos en la historia en que las revoluciones son totalmente imposibles; otros existen en que ellas son ineluctables ¿En cuál de estos dos tipos de períodos estamos en la actualidad? A mi parecer, y es mi profunda convicción, en un período de revolución popular generalizado e inevitable. No trataré aquí e probar la justeza de esta opinión, me llevaría demasiado lejos. Tampoco es necesario, dado que me dirijo a alguien y a gente que, estoy seguro de ello, la comparten por entero. 

Digo pues que por doquier en toda Europa, la revolución social y popular es inevitable. Estallará pronto, ¿y dónde encenderá primero, en Rusia, en Francia o en otro país de Occidente? Nadie puede preverlo. Quizá estalle dentro de un año, acaso más temprano, o ni siquiera antes de diez o veinte años. Esta no es la cuestión, y quienes quieran servir lealmente a la revolución no lo harán por mero placer….”

(Extracto Carta de Mijail Bakunin a Serguey G. Nechayev, 2 de junio de 1870)

 

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La Flaca: revista liberal y anticarlista, o simplemente La Flaca, fue una revista española de carácter principalmente satírico, de tendencia política republicana y federal, publicada en Barcelona durante el Sexenio Democrático, momento en que la libertad de prensa permitió este tipo de publicaciones. Su primer número apareció el 27 de marzo de 1869.

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA  (parte XVI)

por Karl Marx y Friedrich Engels 

 

INDICE

 

PARTE SEXTA

 

FRIEDRICH ENGELS

Los Bakuninistas en acción.

Informe sobre la sublevación española del verano de 1873

 

 

 

NOTA PREVIA(*)

 

(*) Como ya se dijo en el Prólogo, esta Nota previa fue añadida por el propio Engels en la reimpresión de 1894.

 

Un par de datos cronológicos pueden ser útiles para la mejor comprensión del siguiente informe.

El 9 de febrero de 1873 se hastió el rey Amadeo de su corona española; primer rey que se haya  declarado jamás en huelga, Amadeo abdicó. El 12 se proclamó la República; inmediatamente estalló en las provincias vascas un nuevo alzamiento carlista.

El 10 de abril fue elegida una Asamblea constituyente que se reunió a principios de junio y proclamó el día 8 de dicho mes la República federal. El 11 se constituyó  gobierno con Pi y Margall. Se eligió al mismo tiempo una comisión encargada de proyectar la nueva constitución, con exclusión de los republicanos extremistas llamados “intransigentes”. Al proclamarse la constitución el 3 de julio, los intransigentes la encontraron tibia en cuanto a la división de España en “cantones independientes”; los intransigentes se alzaron inmediatamente en provincias; en Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga, Cádiz, Alcoy, Murcia, Cartagena, Valencia, etc., consiguieron la victoria entre el 5 y el 11 de julio y erigieron en cada una de esas ciudades gobiernos cantonales independientes.

El 18 de julio dimitió Pi y Margall y fue sustituido por Salmerón, que dio inmediatamente orden de proceder contra los insurrectos. Estos sucumbieron en pocos días tras escasa resistencia; ya el 26 de julio estaba restablecida la autoridad del gobierno en toda Andalucía, gracias a la caída de Cádiz, mientras se sometían casi al mismo tiempo Murcia y Valencia; sólo esta última ciudad combatió con cierta energía.

Resistía Cartagena. Esta ciudad, el mayor puerto de guerra español, que había caído en manos de los sublevados junto con la flota, contaba además en tierra con 13 fuertes destacados fuera de las murallas, lo que no la hacía fácil de tomar. Y como el gobierno no deseaba destruir su propia base naval, el “soberano cantón de Cartagena” siguió en pie hasta el 11 de enero de 1874, capitulando finalmente en este momento porque era ya realmente incapaz de hacer cosa alguna en este mundo.

De esta vergonzosa insurrección no nos interesan aquí más que los actos aún más vergonzosos de los anarquistas bakuninistas; sólo su conducta se describe aquí con detalle, para que sirva de ejemplo a todo el mundo.

 

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I

El informe de la comisión de La Haya sobre la Alianza secreta de Bakunin, informe recientemente publicado, ha permitido al mundo obrero contemplar el oculto tejemaneje,  las pillerías y la huera fraseología con que se pretendía poner el movimiento proletario al servicio de la hinchada ambición y personales fines de unos cuantos genios incomprendidos. Recientemente, además, estos genios tan complacidos de su grandeza nos han permitido apreciar su actividad revolucionaria práctica con los acontecimientos españoles. Veamos cómo realizan sus ultrarrevolucionarias frases sobre la anarquía, la autonomía, la liquidación de toda autoridad -especialmente la del estado- y la emancipación inmediata y plena de los trabajadores.

Podemos ahora hacerlo con conocimiento de causa, pues, aparte de las informaciones de la prensa sobre los acontecimientos españoles, disponemos ya del informe enviado por la nueva federación madrileña de la Internacional al congreso de Ginebra.

Proclamación  República el 11 de febrero de 1873

Es sabido que al escindirse la Internacional los miembros de la Alianza secreta consiguieron el predominio en España; la gran mayoría de los trabajadores españoles les era adicta. Al proclamarse la República en febrero de 1873 los aliancistas españoles se encontraron en una situación difícil. España es un país tan atrasado desde el punto de vista industrial que es imposible hablar siquiera en ella de una emancipación inmediata de la “clase obrera” Antes de que pueda llegarse a ello tiene que atravesar España un desarrollo de varios estadios y superar una serie de obstáculos. La República ofrecía la posibilidad de comprimir ese proceso en el lapso de tiempo mínimo y posible, así como la de eliminar rápidamente los obstáculos aludidos. Pero esa oportunidad sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. Así lo vio la masa de los trabajadores; en todas partes propugnó la intervención en los acontecimientos, que se asiera resueltamente la ocasión en vez de dejar como hasta ahora el campo libre a la acción y a la intriga de las clases posesoras. El gobierno había convocado elecciones a Cortes constituyentes: ¿qué posición debía asumir la Internacional? Los jefes bakuninistas estaban en un mar de confusiones. Una política de continua inhibición resultaba más ridícula e inviable cada día; los trabajadores querían “ver hechos”. Por otra parte, los aliancistas venían predicando desde hacía años que no hay que tomar parte en ninguna revolución que no tenga como objetivo la emancipación inmediata de la clase obrera; que cualquier acción política implica el reconocimiento del estado, ese principio del mal, y que, por tanto y muy especialmente, el votar en cualesquiera elecciones es un crimen digno de la última pena. El informe madrileño muestra cómo intentaron salir de ese atolladero:

 

«Las mismas gentes que rechazaron la decisión del Congreso de La Haya sobre la actitud política de la clase obrera y pisotearon los estatutos de la Asociación introduciendo así la escisión, la lucha y el desorden en la Internacional española, las mismas gentes que tuvieron la desvergüenza de presentarnos a los trabajadores como arribistas ambiciosos y que, con el pretexto de llevar la clase obrera al poder lo buscaban para sí mismos; los mismos que se llaman autónomos, revolucionarios, anarquistas, etc., se lanzaron en esta ocasión con todo celo a hacer política, pero de la peor: política burguesa. En vez de luchar por conseguir el poder político para la clase obrera -cosa que precisamente les repugnaban ayudado a conseguirlo a una fracción de la burguesía compuesta de aventureros, ambiciosos y ansiosos de cargos que se dan a sí mismos el nombre de “republicanos intransigentes”.

Ya la víspera de las elecciones generales para las Constituyentes los trabajadores de Barcelona, Alcoy y otros lugares quisieron saber qué política debían realizar los obreros tanto en la campaña electoral y parlamentaria como después. Se organizaron por ello dos grandes reuniones, una en Barcelona y otra en Alcoy; en ambas se opusieron los anarquistas con todas sus fuerzas a que se decidiera la política que debía seguir la Internacional (la suya, nota bene). Se decidió  consecuentemente que la Internacional no tenía que seguir política alguna en tanto que Asociación, y que cada uno de sus militantes podía obrar como le pareciera, y sumarse según su gusto a cualquier partido -¡en razón de su famosa autonomía!-. ¿Cuál fue el resultado de doctrina tan poco sabrosa? Que la gran masa de la Internacional, incluidos los anarquistas, tomó parte en las elecciones sin programa, sin bandera, sin candidatos propios, contribuyendo así a que los elegidos fueran casi exclusivamente republicanos burgueses.No llegaron a la cámara más que dos o tres obreros, gentes por lo demás que no representaban anadie, que no han alzado una sola vez la voz en defensa de los intereses de nuestra clase y que con toda tranquilidad votaron a favor de todas las propuestas y de todoslos proyectos de ley reaccionarios presentados por la mayoría

 

Todo ello se basa en la “abstención de la politica” predicada por Bakunin. En tiempos tranquilos, cuando el proletariado sabe que no conseguirá mandar a la cámara, si lo consigue, más que unos pocos representantes, y que jamás se le permitirá conseguir la mayoría parlamentaria, puede ser que aquí y allá se llegue a convencer a los obreros de que es una gran acción revolucionaria el quedarse en casa el día de las elecciones y atacar en general al estado, el estado en general que en parte alguna existe y que tampoco por tanto puede defenderse, en vez de luchar contra el estado concreto en el que vivimos y que nos oprime. Es ésta realmente una forma estupenda de hacer el revolucionario para gentes cuyo corazón tiende fácilmente a desplazarse hacia los pantalones; el escrito sobre la Alianza antes citado muestra hasta qué punto pertenecen a esa clase de hombres los jefes de los aliancistas españoles.

Pero en cuanto que los acontecimientos mismos colocan el proletariado en primer término, la abstención se convierte en una palmaria estulticia y se hace inevitable y necesaria la intervención activa de los trabajadores. Tal era el caso en España. La abdicación de Amadeo había alejado a los monárquicos radicales del poder y de la posibilidad de recuperarlo a corto plazo; los alfonsinos estaban todavía más fuera de lugar; los carlistas prefirieron como casi siempre la guerra civil a la lucha electoral. Todos esos partidos se abstuvieron, según vieja costumbre española; en las elecciones no tomaron parte más que los republicanos liberales, divididos en dos alas, y la masa obrera. Con la poderosa atracción que ejercía aún el nombre de la Internacional entre los trabajadores españoles, con la excelente organización de ésta que aún existía, prácticamente al menos, en el país, era seguro que una candidatura establecida y presentada por la Internacional habría triunfado brillantemente en los distritos fabriles catalanes, en Valencia, en las ciudades andaluzas, etc., y sin duda habría podido así llegar a las Cortes una minoría lo suficientemente fuerte como para ser decisiva entre las dos alas republicanas. Así lo sentían los trabajadores, comprendiendo que había llegado el momento de poner en marcha su organización, todavía poderosa. Pero los señores dirigentes de la escuela bakuninista habían predicado durante tanto tiempo el evangelio de la abstención incondicional que no podían convertirse repentinamente a otra doctrina; y así arbitraron el lamentable expediente de hacer que la Internacional como tal se abstuviera de participar en las elecciones, mientras sus miembros votaban cada cual según su capricho. Consecuencia de esta declaración de bancarrota política fue que los obreros, como siempre ocurre en tales casos, votan por las gentes que más consecuentemente representaron la comedia del radicalismo -esto es, por los intransigentes-, con lo que luego se sintieron más o menos corresponsables de los actos de sus elegidos y complicados en ellos.

 

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II

Los aliancistas no podían mantenerse mucho tiempo en la ridícula posición que habían adoptado con su pícara política electoral; de otro modo podían dar por terminado su dominio de la Internacional española. Tenían por lo menos que aparentar una acción. Y lo que pensaron que podía salvarles fue … la huelga general.

En el programa bakuninista la huelga general es la palanca que se maneja para empezar la revolución social. Un buen día, los obreros de todos los talleres de un país o de todo el mundo abandonan el trabajo y obligan así -en cuatro semanas a todo tirar- a las clases posesoras a ponerse de rodillas o a tirar contra los obreros, de tal modo que éstos tienen entonces pleno derecho a defenderse y a aprovechar la oportunidad para lanzar por la borda la vieja sociedad entera. La idea es cualquier cosa menos nueva; los socialistas franceses, y más tarde los belgas, han cabalgado a menudo desde 1848 sobre ese caballo de parada que es propiamente de raza inglesa. Durante el rápido y violento desarrollo del carlismo subsiguiente a la crisis de 1837, se predicó entre los obreros ingleses en 1839 el llamado “mes sagrado”, el abandono del trabajo a escala nacional (véase Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra), y la idea tuvo tanto eco que los obreros fabriles del norte de Inglaterra intentaron realizarla en julio de 1842. También en el congreso aliancista de Ginebra de 1 de septiembre de 1873 desempeñó la huelga general un destacado papel, aun reconociendoesta vez que sus presupuestos son una organización completa y una caja bien repleta. Eso es lo malo precisamente.

Por una parte, los gobiemos -especialmente si se les facilita el camino con la abstención política- no dejarán nunca que lleguen a tanto la organización ni la caja obreras y por otra parte los acontecimientos políticos y los abusos de las clases dominantes pondrán en marcha el proceso de liberación de la clase obrera mucho antes de que el proletariado consiga llegar a esa organización ideal y a acumular ese gigantesco fondo de reserva. Para cualquiera que conozca la actividad secreta de la Alianza está fuera de duda que la proposición de probar con ese procedimiento de garantía procedió del centro suizo. Pero lo decisivo fue que los dirigentes españoles vieron en ello una salida para poder hacer algo sin ser directamente “políticos,, y se lanzaron alegremente por ese camino. Se predicó en todas partes la eficacia milagrosa de la huelga general y se hicieron los preparativos para empezarla en Barcelona y en Alcoy.

Mientras tanto los acontecimientos políticos se iban aproximando cada vez más rápidamente a una situación de crisis. Los viejos y grandes habladores del republicanismo federal, Castelar y consortes, se atemorizaron ante aquel movimiento que les rebasaba claramente; tuvieron que ceder el poder a Pi y Margall, que intentó llegar a un compromiso con los intransigentes. Entre los republicanos oficiales era Pi el único socialista, el único que vio la necesidad de fundar la República en los trabajadores. Presentó además inmediatamente un programa de medidas sociales susceptibles de pronta ejecución y que no sólo eran beneficiosas para los trabajadores en lo inmediato, sino que además tenían que acarrear en el futuro nuevos pasos, poniendo al menos en marcha la reforma. Pero los bakuninistas, que se ven incluso obligados a rechazar medidas revolucionarias si proceden del “Estado”, apoyaron gustosamente a los locos más frenéticos contra una persona que era ministro. Las negociaciones de Pi con los intransigentes se alargaban; éstos perdían la paciencia; los más incendiarios empezaron a organizar en Andalucía la rebelión cantonalista. Los dirigentes de la Alianza tenían pues que dar su golpe, si no queda reducirse a la condición de remolque de los burgueses intransigentes. Así se decidió la huelga general.

 

Embarque del rey Amadeo en el puerto de La Spezia, obra de Luis Álvarez Catalá

 

En Barcelona se decidió entre otras cosas colocar el siguiente pasquín en las paredes: “¡Trabajadores! Hacemos una huelga general para mostrar la profunda repugnancia que sentimos al ver que el gobierno utiliza el ejército para luchar contra nuestros hermanos trabajadores, mientras descuida la guerra contra los carlistas”, etc. Los trabajares de Barcelona, la ciudad industrial mayor de España, ciudad cuya historia registra más luchas de barricadas que ninguna otra villa del mundo, se vieron pues exhortados a oponerse al poder armado del gobierno, no coherentemente, con las armas que estuvieran en sus manos, sino con el abandono general del trabajo, esto es, con una medida que sólo afecta directamente a cada burgués individual, pero no al representante colectivo de toda la burguesía, que es el poder estatal. Los obreros barceloneses habían escuchado las violentas frases de gente tan poco mansueta como Alerini, Farga Pellicer y Viñas en los ociosos tiempos de la paz; pero cuando hubo que pasar a obrar, cuando Alerini, Fargas y Viñas publicaron su notable programa electoral, oscilaron luego con gran vacilación y terminaron declarando la huelga general en vez de llamar a los obreros a las armas, resultaron ridículos ante los trabajadores. El intransigente más débil mostraba más energía que el más decidido de los aliancistas. La Alianza – y junto con ella la Internacional que dominaba- perdió toda su influencia, y cuando aquellos caballeros proclamaron la huelga general con el pretexto de paralizar con ello al gobierno, los trabajadores los tomaron ya a risa. De todos modos, la actividad de la pseudo-internacional había conseguido por lo menos una cosa: mantener Barcelona al margen de la rebelión cantonalista; y Barcelona era la única ciudad cuya adhesión al alzamiento podía dar una base sólida al elemento obrero de la rebelión, abriéndole la posibilidad de dominar finalmente el movimiento. Con la adhesión de Barcelona a la rebelión, la victoria, por otra parte, era prácticamente segura. Pero Barcelona no se movió. Los trabajadores de Barcelona, completamente al cabo de la calle por lo que hace a los intransigentes y engañados por los aliancistas, permanecieron inactivos y aseguraron así el triunfo al gobierno de Madrid. Todo lo cual no impidió a los aliancistas Alerini y Brousse (más detalles sobre ellos se encuentran en el informe sobre la Alianza) declarar en su periódico Solidarité révolutionnaire:

 

“El movimiento revolucionario se propaga como un reguero de pólvora por toda la Península…. Todavía no ha ocurrido nada en Barcelona, pero en la plaza pública reina la revolución permanente”.

 

Era empero la revolución de los aliancistas, que consiste en tocar el bombo y precisamente por eso es “permanente“, está siempre en el mismo sitio.

La huelga general se colocó también en Alcoy en el orden del día. Alcoy es una ciudad fabril de reciente fecha, con unos 30.000 habitantes, y en la que la Internacional -en su forma bakuninista- no se ha introducido hasta hace un año, para difundirse entonces muy rápidamente. Los obreros de Alcoy, lejanos del movimiento hasta hace poco, son entusiastas del socialismo desde todos los puntos de vista, fenómeno semejante al observado a veces en Alemania, en lugares atrasados donde la Unión General de los Trabajadores Alemanes experimenta repentinamente un gran aumento momentáneo. Por ello era Alcoy por derecho propio capital de la comisión federal bakuninista para España; a esa comisión precisamente vamos a ver ahora trabajar.

El día 7 de julio una asamblea de trabajadores decide la huelga general y envía al día siguiente una comisión al alcalde con la petición de que reúna a todos los fabricantes en 24 horas y les exponga las reivindicaciones de los obreros. El alcalde Albors, republicano burgués, entretiene a los obreros, pide tropas a Alicante y aconseja a los fabricantes que no cedan a las peticiones de los obreros y que se atrincheren en sus casas. Él – declara- seguirá en su puesto. Luego de reunirse con los fabricantes  –seguimos aquí el informe oficial de la comisión federal aliancista, fechado el 14 de julio-  promulga una proclama en la que, pese a haber prometido antes su neutralidad a los obreros, “calumnia e insulta a los trabajadores, toma partido por los fabricantes y destruye así el derecho y la libertad de los huelguistas, provocándolos a la lucha“. La verdad es que no se ve muy claro cómo podía destruir el derecho y la libertad de los huelguistas el piadoso deseo de un alcalde. En todo caso, los obreros dirigidos por la Alianza declararon al municipio por medio de una comisión que si quería mantener la prometida neutralidad en la huelga, lo mejor que podía hacer la corporación era dimitir para evitar un conflicto. La comisión fue despedida y al abandonar el ayuntamiento los policías hicieron fuego contra el pueblo que estaba en la plaza pacífico y desarmado. Tal fue el principio de la lucha según el informe aliancista. El pueblo se armó entonces y empezó la lucha, la cual duró “veinte horas”. De una parte estaban los obreros, 5.000 según la Solidarité révolutionnaire, de la otra 32 guardias en el ayuntamiento y algunos individuos armados apostados en cuatro o cinco casas cercanas al mercado, casas que el pueblo quemó, llamando a las cosas por su nombre. Finalmente los guardias se quedaron sin municiones y tuvieron que capitular.

 

Habría que lamentar menos desgracias“, dice el informe de la comisión aliancista, “si el alcalde Albors nohubiera engañado al pueblo fingiendo rendirse para mandar asesinar cobardemente luego a los que sobre la base de su palabra penetraron en el ayuntamiento; y dicho alcalde no habría sido muerto por el pueblo indignadosi no hubiera disparado con su propio revólver contra los que iban a prenderle cuando estaban casi junto a él“.

 

¿Y cuántas fueron las víctimas de esta batalla?  “Aunque no podemos establecer exactamente el número de muertos y heridos (de la parte del pueblo), podemos sin embargo decir que no serán menos de diez. Por parte de los provocadores se cuentan no menos de quince muertos y heridos.”

Esa fue la primera batalla callejera de la Alianza. Durante veinte horas una masa de 5.000 hombres lucha contra 32 guardias y algunos burgueses armados, los vence cuando ya han agotado sus municiones y pierde en total 10 hombres. La Alianza puede perfectamente adoctrinar a sus iniciados con la sentencia de Falstaff: “la prudencia es el punto más excelente del valor“.

Huelga decir que todas las noticias terroríficas publicadas por los periódicos burgueses sobre fábricas incendiadas sin finalidad alguna, guardias fusilados en masa y seres humanos quemados con petróleo son puras invenciones. La clase obrera victoriosa -incluso cuando la dirigen los aliancistas con su consigna de “colocarlo todo patas arriba”- procede siempre demasiado generosamente con sus enemigos derrotados, y éstos la adornan luego con todas las ignominias que ellos mismos no se olvidan nunca de cometer cuando vencen.

Se había alcanzado pues la victoria. “En Alcoy”, exclama exultante la Solidarité révolutionnaire, nuestros amigos, en número de 5.000, son dueños de la situación.” ¿Y qué hicieron sus “dueños” con esa “situación”?

Asesinato de Prim

Tanto el informe cuanto el periódico aliancistas nos dejan aquí en ayunas, de tal modo que quedamos reducidos a las habituales informaciones de prensa. Por éstas sabemos que se organizó en Alcoy un “comité de salud pública“, es decir, un gobierno revolucionario. Cierto que en su congreso de Saint lmmer en Suiza habían decidido los aliancistas el 15 de septiembre de 1872 “que toda organización de un poder político, llamado provisional o revolucionario, no puede ser más que una nueva opresión del proletariado, tan peligrosa potencialmente para éste como todos los gobiernos hoy existentes“. Los mismos miembros de la comisión federal española con sede en Alcoy habían hecho todo lo posible para que la Internacional española aceptara esa decisión. Pues bien, pese a todo ello descubrimos que Severino Albarracín, miembro de dicha comisión, e incluso el secretario de la misma, Francisco Tomás (según otras informaciones), fueron miembros de ese gobierno provisional y revolucionario constituido por el comité de salud pública de Alcoy.

¿Y qué hizo ese comité de salud pública? ¿Cuáles fueron sus medidas para lograr “la inmediata y plena emancipación de los trabajadores“? Prohibir a todos los hombres ausentarse de la ciudad, permitiéndolo en cambio a las mujeres … ¡que tuvieran salvoconducto! Los enemigos de la autoridad empezaron pues por resucitar la necesidad de salvoconductos. Por lo demás, se encontraron sumidos en absoluta perplejidad, inacción e impotencia.

Mientras tanto se acercaba el general Velarde con sus tropas desde Alicante. El gobierno tenía todas las razones para terminar tranquilamente con los alzamientos locales. Y los “dueños de la situación” en Alcoy tenían también todas las razones para librarse de esa situación en la que no sabían qué hacer. El diputado Cervera, que actuó de mediador, tuvo pues trabajo fácil. Dimitió el comité de salud pública, entraron las tropas el 12 de julio sin resistencia y la única concesión que consiguió el comité fue la de la amnistía plena. Los aliancistas “dueños de la situación” conseguían salir otra vez con suerte del atolladero, y con ello terminaba la aventura de Alcoy.

En San Lúcar de Barrameda, cerca de Cádiz, “el alcalde”, según nos cuenta el informe aliancista, “cierra el local de la Internacional y provoca la cólera de los trabajadores con sus amenazas y sus constantes lesiones de los derechos personales de los ciudadanos. Una comisión pidió al gobierno ·que se respetara la ley y volviera a abrirse el local arbitrariamente cerrado. El señor Pi concedió todo eso en principio pero lo negó en la práctica; los obreros se dan cuenta de que el gobierno se prepara sistemáticamente a declarar su asociación fuera de la ley; deponen a las autoridades locales y nombran en su lugar otras que vuelven a abrir el local de la Asociación“.

En San Lúcar ... el pueblo domina la situación“, exclama triunfal la Solidarité révolutionnaire. Pero los aliancistas, que también aquí fundaron un gobierno revolucionario en contra de sus principios ácratas, no supieron qué hacer con el poder. Perdieron el tiempo en hueros debates y decisiones sobre el papel, y el general Pavía, luego de tomar Sevilla y Cádiz, mandó a San Lúcar unas compañías de la Brigada de Soria el 5 de agosto, las cuales no encontraron resistencia.

Tales fueron las heroicidades de la Alianza en las localidades en que no tuvo competidores.

 

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Gobierno provisional de “La Gloriosa”. Encuentra su germen en el denominado Pacto de Ostende, acuerdo firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga de Ostende por el Partido Progresista y por el Partido Demócrata, por iniciativa del general progresista Juan Prim, para derribar la monarquía de Isabel II de España. Este pacto, al que a principios de 1868 se sumó la Unión Liberal, fue el origen de la revolución que en septiembre de 1868 depuso a la reina española.                                                                                     

 

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