LA METAFÍSICA O INDAGACIÓN DE LO DIVINO, por Luis Farré // Tríptico “El Juicio Final”

La metafísica, para mí, empieza ya con la razón y continúa, en efecto, con la intuición, pero ni está limitada por aquélla ni se reduce a ésta. Son muy pocas las cosas que podemos captar intuitivamente, aunque esenciales. Una de ellas es la unidad sustancial del Ser, y nuestra existencia en él. Sentir y experimentar que somos eternos, eso es religión intuitiva, pero hay también una religión racional que capta igualmente, más allá de toda duda, la existencia eterna de Dios, pues la misma razón participa de una “especie de eternidad”. No estoy pues de acuerdo en que la razón sea finita, sino al contrario, afirmo que es infinita o ilimitada, pues, como la intuición, es una forma del pensamiento o manifestación universal de la Inteligencia absoluta, que capta relaciones y propiedades verdaderas de las cosas. La intuición nos permite ver con lucidez las mismas cosas que ya nos muestra la razón con menos claridad.

Como comprenderás estoy hablando de la razón y la intuición como modos de conocer o formas del entendimiento, y no como facultades autónomas de la mente humana. En realidad la razón y la intuición son formas de entender o modos de ver la realidad, pero con claridad y distinción, al contrario de la imaginación y la lógica vulgar que todo lo percibe oscura y confusamente.

Es Farre quien elige el vocablo “razón” para traducir el término griego “Logos”. Por supuesto, comprendo que no te satisfaga; a mí, tampoco. Menos aún, la traducción como “palabra, verbo o discurso”, que nada tiene que ver con el vocablo de Heráclito. Recordarás el debate íntimo que tenía consigo mismo el doctor Fausto, de Goethe, sobre cómo traducir el primer versículo del Evangelio de Juan, donde también se dice: “En el principio era el Logos…”. El acabó desechando términos como “verbo”, “espíritu” o “fuerza”, para acabar vertiendo el texto en cuestión de esta manera: “En el principio era la Acción”.

Así que tal vez sería mejor no traducirlo. Se debe pensar sin imágenes ni palabras, pues el entendimiento es pura idea verdadera. Por supuesto que la vida no es un concepto, pero sin una filosofía de la vida, no tendremos “ni idea” de lo que tal cosa es. El lenguaje verbal, siempre metafórico y meramente indicativo de las cosas, se usa para comunicar ideas, aunque no es idea. No te extrañe, pues, de que use metáforas sugerentes tomadas de cualquier fuente, sea la alquimia o el Quijote. No son más que palabras que señalan hacia algo que, en sentido estricto, es innombrable e indecible. De ahí que no comparta tu opinión de que la experiencia última no sea dichosa y signifique el fin de la existencia, a menos que te refieras a la dicha vulgar y a la vida temporal”.

JESÚS NAVA

 

* * * * * *

 

 

♦♦♦♦♦♦♦

 

LA METAFÍSICA O INDAGACIÓN DE LO DIVINO

por Luis Farré

 

Ha destacado Heráclito la fluidez, lo diverso, la oposición, la discordia y la guerra; ha insinuado, en varios de los pasajes en que nos hace sentir intensamente estos aspectos del ser, el principio de una presunta armonía. Por perfectamente que describa el proceso, Heráclito sería un buen observador de la naturaleza, pero no un filósofo, si se quedara detenido ahí, en estas reflexiones.

EL VERDADERO FILÓSOFO SE EMPEÑA EN COMPRENDER EL MISTERIO DE LA VIDA

El escueto naturalista, si es que puede darse en un hombre reflexivo, no pasa más allá. Se detiene ante las puertas del misterio o lo rechaza abiertamente, sin pretender su contemplación. El filósofo, sin embargo se empeña en comprender, a pesar de que sabe las dificultades con que tropezará.

 

Pitágoras

 

En realidad, se busca la explicación final del cosmos, cuyas características se han descrito, y del pensamiento humano que, por su manera de actuar, refleja las modalidades fundamentales del universo. Es así como los últimos problemas filosóficos que ahora se planteará Heráclito, son a la vez una exposición metafísica y una exigencia teológica. Aunque no se quiera, estas finales investigaciones de la inteligencia se asoman a la inquisición de lo divino.

Ahí todos los pensadores resultan oscuros, no solamente Heráclito, para el que no está habituado a reflexiones metafísicas. Sus palabras sonarán extrañamente al que las oye por primera vez, acostumbrado como está a la visión múltiple y fluyente y retenido por ella. “Sobre las cosas máximas no se debe juzgar superficialmente”, pues requieren óptima disposición.

Considera que ha habido desidia en la meditación de estos problemas. Muchos que le precedieron y a quienes una tradición nacional griega trata con sumo respeto, no están exentos de fallas en lo concerniente a este conocimiento superior. Homero y Hesíodo fueron atraídos en exceso por lo sensible y múltiple y confeccionaron sus obras a base del conocimiento directo que derivaron de estas fuentes tan expuestas al engaño.

LA REFLEXIÓN METAFÍSICA EXIGE UNA FE FIRME EN LA RAZÓN

Pitágoras, tan elogiado por sus investigaciones, sintió la falacia de las mismas; pero Heráclito lo considera “abuelo de la charlatanería”. No interpretamos estas frases como autoestimación aristocrática, aunque puedan participar en algo de ella; creemos que se originan en una reflexión filosófica profunda.

Pocos como Heráclito se han abocado con mayor interés al estudio de lo contingente y natural; no lo ha rozado superficialmente, sino que se ha impregnado de la diversidad, multiplicidad y fluidez. Ha agotado en lo posible, dentro de la observación, las enseñanzas inmediatas que se desprenden del cosmos. Y precisamente este conocimiento le incita a formular luego lo que, en lenguaje filosófico, denominaríamos una metafísica.

Lo último es para Heráclito una exigencia, un postulado inexcusable de la misma naturaleza. Le parece incluso que, por méritos literarios, religiosos y patrióticos, que atribuyamos a otros escritores, el hecho de no haber sabido superar debidamente lo sensible, quizá regocijados en sus datos inmediatos, indica pobreza intelectual. Tales son los casos de Homero y Hesíodo.

Para los vuelos metafísicos se precisan un desprendimiento y un desinterés nada comunes; por lo tanto, una cierta actitud de alejamiento de lo que realizan y son la generalidad de los hombres. A pesar de que a estos elevados conocimientos nos llama e invita la naturaleza con su simple presencia, cuando se la contempla con ánimo atento, se requiere una cierta disposición. Sólo la fe, anhelo del alma y esperanza de luz, nos guía por caminos que serpentean entre sombras. “Muchas cosas divinas, dice, se sustraen al conocimiento por falta de fe”.

Destacamos aspectos del pensamiento heraclíteo, tratados a la ligera por algunos de sus muchos estudiosos. Indican a la vez la necesidad y la dificultad de la metafísica. Sólo aquel que, en sus preocupaciones especulativas, haya llegado a vivir emocional y racionalmente estos momentos de exigencia metafísica, puede considerarse verdaderamente filósofo. Nada satisfactorio le revela la simple observación; pero insistentemente le indica otro camino a seguir.

EL MEJOR DE LOS FILÓSOFOS VULGARES NO CONOCE MÁS QUE OPINIONES

Todo lo que hasta ahora conoce se reduce a opiniones: “El mejor de entre ellos no conoce sino opiniones, y las retiene firmemente; sin embargo, la justicia descubrirá a los engendradores y testigos de falsedades”. Opiniones (dógmata) se asimilan a apariencias; se quedan en lo externo, en aquello que es discutible, expuesto a múltiples puntos de vista.

No se puede insistir en ello, y menos presentarlo como expresión de la verdad. Es relativo, esencialmente relativo. “Los hombres que aman la sabiduría deben estar familiarizados con muchas cosas”; pero no se quedan en ellas. Es una familiarización que, por cansancio y hastío, exige sabiduría.

 

 

Este momento ofrece una aparente semejanza con los jonios; pero con la enorme diferencia de que éstos apenas si rebasan lo físico. Partían de la observación y en ella se quedaban, luego de algunas generalizaciones. El principio y la final reducción, por lo menos para Tales y Anaxímenes, era algo también físico, diverso y múltiple, es sólo punto de partida.

El elemento ígneo es un símbolo sumamente expresivo de la realidad; en él se revela vigorosamente lo que son las cosas expuestas a la observación. Pero es también una llamada más intensa, una exigencia más íntima en parte ya anunciadora de lo verdaderamente común.

Lo sublime, pero también lo peligroso de esta búsqueda, es la necesidad del salto: pasar de lo exterior a lo interior. ¿Desconectados por completo? Es imposible: pero sí que sólo utilizando la razón (lógos), la concentración intelectiva, podremos acercarnos. “Debemos seguir lo común; sin embargo, a pesar de que mi razón es lo común, los más viven como si fueran poseedores de sabiduría propia”.

SI TODOS REALIZARAN EL ESFUERZO, NADA FÁCIL, DE ADENTRARSE, COINCIDIRÍAN EN LO COMÚN; PERO PREFIEREN DEMORARSE EN UNA APARENTE SABIDURÍA PROPIA

Si todos realizaran el esfuerzo, nada fácil, de adentrarse, coincidirían en lo común; pero prefieren demorarse en una aparente sabiduría propia. Insinúa aquella verdad que el hombre, según Platón, lleva consigo; pero que precisa avivar en la reminiscencia. Los más no escuchan la llamada hacia las ideas, por eso escasean tanto los verdaderos filósofos; sino que se regodean en las expresiones sensibles.

Sin embargo, está en el hombre, en todo hombre, el logos (la razón); y en virtud de su presencia es racional. “¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?”. Pero el ascenso es arduo, exige abnegación. Heráclito era un solitario, como lo son todos los verdaderos filósofos; por incomprensión, por vocación y por consagración a una índole de conocimientos que pide el frecuente apartamiento.

Se anticipan por su saber a lo que se revelará quizá en la muerte. Ya el filósofo prematuramente está parcialmente muerto o, como quería Platón, filosofar es una preparación para la muerte. “A los hombres les aguardan cuando mueran tales cosas que ni esperan ni imaginan”. Son sorpresas reservadas a los más; en cambio, los menos, esto es, los amantes de la sabiduría, gozan por anticipado de tales conocimientos y no esperan la sorpresa de lo que acontecerá después de la muerte.

Es notable este empuje metafísico de Heráclito. No es capricho momentáneo, sino persistencia en lo que considera significativo, en contra de una consagración a tareas menos profundas. Es la actitud de un verdadero filósofo. “Hay mundo uno y común para los que están despiertos, pero el que duerme se reduce a un mundo propio”.

Mundo propio, estrechez mental, limitación, alejamiento de lo racional y sueño vienen a ser lo mismo; mundo uno y común, amplitud intelectual, ilimitación, uso de la racionalidad y viveza del que está despierto son sus antípodas. Los primeros se regocijan en una armonía manifiesta expuesta, sin embargo, a la mutabilidad y fluidez; los segundos intuyen la armonía no manifiesta. Y “la armonía no manifiesta es superior a la manifiesta”.

* * *

LUIS FARRÉTraducción del griego, exposición y comentarios de los FRAGMENTOS de Heráclito. Orbis, 1983. Filosofía Digital, 2007

EL PENSAMIENTO DEL DOCTOR LUIS FARRÉ POR: ANGÉLICA GABRIELIDES DE LUNA

 

♦♦♦♦♦♦♦

 

 

 

Tríptico “El Juicio Final” (HANS MEMLING -1467-1471)
Muzeum Narodowe, Gdansk, Polonia

 

PINTURA GÓTICA FLAMENCA: HANS MEMLING  (1440 Seligenstadt – 1494 Brujas)

Hans Memling nació en Selingenstadt, cerca de Frankfurt, Alemania hacia 1440. Se convirtió en ciudadano de Brujas, Flandes, actual Bélgica, en 1465 donde permaneció hasta su muerte en 1491. Entre 1455 y 1460 vivió en Bruselas donde se convirtió en discípulo de Roger Van der Weyden antes de trasladarse a Brujas. Se convertirá en pintor de gran popularidad y sus ingresos serán cuantiosos gracias a su obra. Se casó con Anna de Valkenaere que le dio tres hijos y que falleció en 1487. La mayoría de los clientes de Memling forman parte de la Iglesia, pero también encontramos burgueses y políticos.

Su obra aparece firmada en parte, pero su estilo es tan personal que es fácil la catalogación de sus obras, no así su datación ya que su estilo se mantuvo durante toda su vida, solo apreciándose un ligero alargamiento de las figuras con su madurez. Así sus Vírgenes se van haciendo con el tiempo más etéreas e introspectivas, recibiendo mucho de la manera italiana de representar y añadiendo motivos como los querubines y las guirnaldas que proceden de gustos italianos.

Experto en retratos, éstos también evolucionan de un fondo neutro a una decoración de paisajes. Su estilo es muy gótico, lleno de colorido y luz, y aunque no es un buen pintor de retratos psicológicos su maestría en el dibujo le hace eficaz y al gusto de la época. Gusta de la precisión y los detalles.

Artista enmarcado en la corriente del Gótico Flamenco, recibe influencias, a demás de su maestro Van der Weyden del que adopta un estilo elegante y aristocrático, de autores como Jan Van Eyck, de Dieric Bouts y de Hugo Van der Goes. Estas influencias se ven sobre todo en los detalles. Esta sobreabundancia de influencias ha sido la causa de que Memling no haya sido adecuadamente valorado hasta el siglo XX, a pesar de que en su época fue ampliamente reconocido. Tras su muerte el notario de Brujas lo describió como “El pintor más hábil de la Cristiandad”.

Al final de su vida y gracias a su éxito, cabe pensar que tuviera un nutrido taller y varios colaboradores que completaran sus obras.

Muchas de sus obras llegaron hasta Italia, ya que pintó para los embajadores de los Medici en Brujas, y allí causó buena impresión, influyendo en pintores como Il Perugino.

 

“Tríptico del Juicio Final” (1467-1471)

 

Se trata de la obra de mayor tamaño y uno de los de más alta calidad plástica que realizó Memling. La representación es simétrica, y aprovecha el fondo continuo para dar unidad a las tres tablas en las que se parte de una equilibrada y placida representación de la recepción de los justos en el cielo en la tabla izquierda a la caótica y dinámica caída de los condenados al Infierno en la hoja derecha. Siendo una de sus primeras obras ya muestra gran maestría. Encargado por Angelo Tani, el jefe de la Banca Médici en Brujas para su capilla privada de la Abadía Fiesole de Florencia. El Tríptico muestra al banquero florentino con su esposa Caterina Tanagli, con la que acababa de casarse. Fue mandado a Italia por mar desde Londres, lugar en el que la pareja se instaló más tarde, cuando el barco que lo transportaba sufrió el ataque de un buque de guerra polaco que actuaba en nombre de la Liga Hanseática que se dedicaba a boicotear el tráfico europeo con Inglaterra, de allí fue trasladado a Gdansk, en Polonia, donde ha permanecido desde entonces. La obra está claramente inspirada en la obra de Van der Weyden, pero Memling dio mayor movilidad a las figuras, que son menos hieráticas y dio protagonismo al Arcángel San Miguel, patrono del donante y a quién se dedicaba la capilla de Fiesole. Memling trata de no acentuar tanto la distancia entre el Cielo y la Tierra, lo divino y lo humano, como hace Van der Weyden; aunque el tamaño de las figuras divinas es mucho mayor que el de las figuras humanas, remarcando así la jerarquización. Las figuras de las tablas laterales forman una guirnalda que enmarca la figura central de Cristo. Aunque Memling no es un experto en el estudio del espacio, si gusta de hacer escorzos y forzar las figuras para su estudio, y en esta obra queda claro, por lo general, y aquí no es excepción, mayor gusto muestra en el estudio de la luz y el color.

La Tabla central muestra en la parte superior a Cristo presidiendo la corte celestial y representado como Juez del Universo. Debajo de Él, el Arcángel San Miguel con alas terminadas en plumas de pavo real porta una enorme balanza y una pica, vestido con coraza militar. La imagen de Cristo es una copia de la que realizó Van der Weyden, al igual que la disposición de los apóstoles, María y San Juan Bautista, lo que nos lleva a pensar que con seguridad conocía el retablo del “Juicio Final” de Van der Weyden del Musée de l’Hôtel Dieu, Beaune, Francia.

 

Cristo aparecen en Majestad sentado sobre una orla con los colores del Arco Iris, frontalmente, con sus pies descansando en una gran bola de oro, de su cabeza salen el lirio de la misericordia que coincide con la mano que bendice y la espada ardiente de la justicia que coincide con la mano dirigida hacia abajo. Porta el manto de la Pasión y muestra las llagas de su martirio. Toda la escena celestial se encuentra dentro de una gran nube que enlaza con la tabla de la izquierda y de la derecha. Debajo los 4 ángeles que tocan la trompeta que aparecen en el Apocalipsis y sobre las nubes otros cuatro ángeles muestran los instrumentos de la Pasión. Toda la escena central se envuelve en un manto de oscuridad, es la hora del Juicio y el paisaje simula el Valle de Josafat en el que, según los autores Apócrifos como Honorio de Autún y Jaime de la Vorágine, será el lugar donde se produzca.

 

 

A la izquierda del Ángel se extiende una llanura verde mientras que los coloridos se hacen más pardos a la derecha que son frutos de la esterilidad. Alrededor de Miguel se abren las tumbas y los muertos resucitan para el juicio.

Hoja izquierda: Recepción de los salvos en el cielo, entre ellos sitúa Memling el retrato de Tommaso Portinari, representante de la Banca Medici en Brujas y uno de los clientes del pintor, pero su rostro es un añadido posterior, probablemente hacia 1781. San Pedro, en mayor tamaño que el resto, recibe a las almas salvas que llegan desnudas y van siendo vestidas por los ángeles, muchos de ellos son retratos de gentes conocidas por el autor. La procesión la encabezan el Papa, cardenales y obispos. Aparecen hombres de color tanto entre los salvos como entre los condenados. El gran pórtico de acceso al cielo envuelve formas góticas y torres románicas, es la Nueva Jerusalén o Jerusalén Celestial. Entre los relieves, el que corona, es la creación de Eva en el Gablete, enlazando el inicio y el fin de la historia de la humanidad. 

Hoja derecha: Muestra mucha más gente entre los condenados que entre los salvos, pero no hay personalización entre ellos, lo que indica que no incluyó aquí a nadie conocido. Los diablos, de piel negruzca y con armas e instrumentos de tortura ardiendo, lanzan y empujan a los condenados al infierno, representada como un gran volcán.

Exterior de las hojas: muestra en grisalla las figuras de la Virgen y el Niño a la izquierda y de San Miguel combatiendo con los demonios a la derecha y en posición orante delante de ellas el donante, Angelo di Jacopo Tani y su esposa, Caterina di Francesco Tanagli, respectivamente, cuyos escudos de armas aparecen en la base de las estatuas en orden inverso.

 

PINTURA GÓTICA FLAMENCA: HANS MEMLING (I)

 

Se el primero en escribir un comentario

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*