EL ÉXTASIS DE LA FIESTA DE DIOS, por Joseph Campbell

 Según cierto punto de vista el universo es el asiento de una divinidad de cuya visión nos excluye nuestro habitual estado de conciencia. Pero en la representación del juego de los dioses damos un paso hacia esa realidad, que en último caso es nuestra propia realidad. De aquí el éxtasis, los sentimientos de deleite y el sentido de renovación, armonía y recreación. El peso opaco del mundo se disuelve, y el espíritu se libera, no de algo, pues no había nada de lo que ser liberado, excepto de un mito demasiado firmemente creído, sino para algo fresco y nuevo, un acto espontáneo. Las leyes de la vida en tiempo y espacio -económicas, políticas e incluso morales- desaparecerán. El impulso espontáneo del espíritu a identificarse con algo diferente a sí mismo por el puro deleite del juego, trasmuta el mundo, donde, en realidad, después de todo, las cosas no son tan reales o permanentes, terribles, importantes o lógicas como parecen.”

Algunas personas suben los siete pisos de un edificio y no pueden bajar, otros los suben y luego, cuando lo desean, visitan los pisos inferiores”. Así pues, la única pregunta pertinente es: ¿Cuándo se puede subir o bajar por la escalera sin perder el sentido del juego?

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El ojo del artista, como ha dicho Thomas Mann, tiene una forma mítica de ver la vida. […] El espíritu festivo, la fiesta, el día sagrado del ceremonial religioso, requiere que la actitud normal hacia las preocupaciones del mundo se abandone momentáneamente en favor de una particular disposición de engalanarse. El mundo está lleno de banderas.

EL UNIVERSO ES EL ASIENTO DE UNA DIVINIDAD DE CUYA VISIÓN NOS EXCLUYE NUESTRO HABITUAL ESTADO DE CONCIENCIA

Y en los santuarios religiosos permanentes -los templos y catedrales donde la atmósfera de santidad flota permanentemente en el aire- no se puede permitir que la lógica del hecho frío y simple se interfiera y deshaga el hechizo. Los gentiles, los “aguafiestas”, los positivistas que no pueden o no quieren jugar deben ser mantenidos aparte. De aquí las figuras guardianas que están a ambos lados de las entradas a los lugares sagrados: leones, toros o terribles guerreros con espadas desenvainadas.

Danza sagrada.

Están allí para impedir la entrada a los “aguafiestas”, a los defensores de la lógica aristotélica, para quienes A nunca puede ser B, para los que el actor nunca ha de abandonarse a su papel… Tales graves pensadores han de quedarse fuera, pues lo que se intenta al entrar en un santuario o al participar en un festival es ser alcanzado por el estado conocido en India como “la otra mente” (en sánscrito anya-manas: mente ausente, posesión por un espíritu), donde uno está más allá de sí mismo, embelesado, apartado de la propia lógica de autoposesión y dominado por la fuerza de una lógica de indiferenciación, donde A es B y C también es B.

Un día -dijo Ramakhrisna–, mientras adoraba a Shiva, iba a ofrecer una hoja del Señor sobre la cabeza de la imagen cuando se me reveló que este mismo universo es Shiva. Otro día, había estado cogiendo flores cuando se me reveló que cada planta era un ramillete que adornaba la forma universal de Dios; aquello fue el fin de mis recogidas de flores. Veo al hombre exactamente de la misma manera. Cuando miro a un hombre, veo que es el mismo Dios que anda sobre la tierra, que va de aquí para allá, como una almohada flotando sobre las olas”.

Según este punto de vista el universo es el asiento de una divinidad de cuya visión nos excluye nuestro habitual estado de conciencia. Pero en la representación del juego de los dioses damos un paso hacia esa realidad, que en último caso es nuestra propia realidad. De aquí el éxtasis, los sentimientos de deleite y el sentido de renovación, armonía y recreación.

En el caso de un santo, el juego lleva al éxtasis, como en el caso de la pequeña a la cual la cerilla se le aparecía como una bruja. El contacto con el sentido del mundo puede entonces desaparecer al permanecer la mente detenida en ese otro estado. Para ellos es imposible volver a este otro juego, el juego de la vida en el mundo. Están poseídos de Dios; esto es todo lo que saben sobre la tierra y todo lo que necesitan saber.

Y pueden incluso impregnar a sociedades enteras, de manera que éstas, inspiradas por sus éxtasis, pueden igualmente perder el contacto con el mundo y rechazarlo como ilusorio o como el mal. La vida secular puede ser entendida entonces como caída, una caída de la Gracia, siendo la Gracia el éxtasis de la fiesta de Dios.

CUANDO SE DESDEÑA UN MITO COMO MERO ENGAÑO DE SACERDOTES O COMO SEÑAL DE INTELIGENCIA INFERIOR, SE PERVIERTE SU VERDADERO SENTIDO

Pero hay otra actitud más comprensiva que ha concedido belleza y amor a los dos mundos, a saber: la del lila, el juego, como ha sido denominada en Oriente. El mundo no está condenado ni rechazado como caída sino penetrado voluntariamente como un juego o una danza donde el espíritu juega.

Ramakhrisna cerró los ojos: “¿Es sólo ésto? -dijo-, ¿sólo existe Dios cuando los ojos están cerrados y desaparece cuando están abiertos?” Abrió los ojos. “El Juego pertenece a Aquel a quien pertenece la Eternidad y la Eternidad a Aquel a quien pertenece el Juego… Algunas personas suben los siete pisos de un edificio y no pueden bajar, otros los suben y luego, cuando lo desean, visitan los pisos inferiores”. Así pues, la única pregunta pertinente es: ¿Cuándo se puede subir o bajar por la escalera sin perder el sentido del juego?

Nobleza de Espíritu es gracia o habilidad para jugar, tanto en el cielo como en la tierra. Y supongo que esto, este “nobleza obliga”, que ha sido siempre la cualidad de la aristocracia, fue precisamente la virtud de los poetas, artistas y filósofos griegos, para quienes los dioses eran verdad como la poesía es verdad.

Podemos suponer también que éste era el primitivo (y característico) punto de vista mitológico, como opuesto al más tedioso del positivismo; que posteriormente es representado, por una parte, por experiencias religiosas de un tipo literal, donde el impacto de un demonio surgiendo al plano de la conciencia desde su lugar de origen en el nivel de los sentimientos se acepta como objetivamente real, y por otra, por la ciencia y la economía política, para las que sólo los hechos comprobables son objetivamente reales.

Porque si es verdad, como ha dicho el filósofo griego Antístenes (nacido alrededor de 444 a.C.) que “Dios no se parece a nada, por tanto nadie puede comprenderlo por medio de una imagen”, o, como leemos en el Upanishad hindú, “en verdad, es otro que lo conocido y, además, por encima de los desconocido”, entonces hay que reconocer, como un principio básico de nuestra historia natural de los dioses y los héroes, que cuando un mito se ha tomado literalmente, su sentido se ha pervertido; pero también, recíprocamente, que cuando se ha desdeñado como un mero engaño de sacerdotes o como señal de inteligencia inferior, la verdad ha salido por la otra puerta. Entonces, ¿cuál es el sentido que debemos buscar si no está ni aquí ni allá?

“El impacto de un demonio surgiendo al plano de la conciencia desde su lugar de origen en el nivel de los sentimientos”

Kant, en sus Prolegómenos, manifiesta cuidadosamente que todo nuestro pensamiento sobre las cosas últimas sólo se puede hacer por medio de analogías. “La expresión más adecuada para nuestro falible modo de concebir -declara- sería: que nosotros imaginamos el mundo como si su ser y su naturaleza interna hubieran derivado de una mente suprema”.

EL PURO DELEITE ESPIRITUAL DEMUESTRA QUE, DESPUÉS DE TODO, LAS COSAS NO SON TAN REALES, TERRIBLES, IMPORTANTES O LÓGICAS COMO PARECEN

Este juego del “como si”, bien actuado, libera nuestra mente y nuestro espíritu por una parte de la presunción de la teología, que pretende conocer las leyes de Dios, y por otra de la esclavitud de la razón, cuyas leyes no se aplican más allá del horizonte de la experiencia humana.

De buena gana acepto las palabras de Kant, en tanto que representan la opinión de un metafísico considerable. Y aplicándolos a la serie de juegos de fiesta… veo, o creo que veo, que un principio de liberación opera a todo lo largo de las series por medio de la alquimia del “como si”, y que a través suyo es transustanciado el impacto sobre la mente de toda la llamada “realidad”.

Por tanto, el estado de juego y los estados de trance que a veces genera representan más bien un paso hacia la verdad ineluctable que un alejamiento de ella; y la creencia -conformidad con una creencia que no es una creencia del todo- es el primer paso hacia la honda participación que proporciona la fiesta en aquel deseo general de vida que, en su aspecto metafísico, es anterior a, y el creador de, todas las leyes de la vida.

El peso opaco del mundo -tanto de la vida en la tierra como de la muerte, el cielo y el infierno- se disuelve, y el espíritu se libera, no de algo, pues no había nada de lo que ser liberado, excepto de un mito demasiado firmemente creído, sino para algo fresco y nuevo, un acto espontáneo.

Por así decir, desde la posición del hombre secular (Homo sapiens) tenemos que entrar en la esfera de juego de la fiesta, aceptando un juego de creer, donde diversión, alegría y trance rigen en series ascendentes. Por consiguiente, las leyes de la vida en tiempo y espacio -económicas, políticas e incluso morales- desaparecerán.

A partir de lo cual, recreados por ese retorno al paraíso antes de la Caída, antes del conocimiento del bien y del mal, de lo correcto y lo erróneo, lo verdadero y lo falso, creencia e incredulidad, hemos de devolver a la vida el punto de vista y el espíritu del hombre jugador (Homo ludens); como en los juegos de niños, donde, impávidos ante la trivial realidad de las pobres posibilidades de la vida, el impulso espontáneo del espíritu a identificarse con algo diferente a sí mismo por el puro deleite del juego, trasmuta el mundo, donde, en realidad, después de todo, las cosas no son tan reales o permanentes, terribles, importantes o lógicas como parecen.

 

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JOSEPH CAMPBELL, Las máscaras de Dios – Mitología primitiva. Alianza Editorial, 1991. Versión española de Isabel Cardona. Filosofía Digital, 2008

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