LA SABIDURÍA DEL AMOR, LA ALEGRÍA Y EL PLACER, por Baruch de Spinoza

“Ciertamente, sólo una triste y torva superstición puede prohibir el deleite. ¿Por qué saciar el hambre y la sed va a ser más decente que desechar la melancolía? Tal es mi regla,  y así está dispuesto mi ánimo. Ningún ser divino, ni nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con mi impotencia y mi desgracia, ni tener por virtuosos las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son señales de un ánimo impotente. Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta, tanto mayor es la perfección a la que pasamos, es decir, tanto más participamos necesariamente de la naturaleza divina. Así pues, servirse de las cosas y deleitarse con ellas cuanto sea posible (no hasta la hartura, desde luego, pues eso no es deleitarse) es propio de un hombre sabio”.

“Quien quiere vengar las ofensas mediante un odio recíproco vive, sin duda, miserablemente. Quien, por el contrario, procura vencer el odio con el amor lucha con alegría y confianza, resiste con igual facilidad a muchos hombres que a uno solo, y apenas necesita la ayuda de la suerte. Si vence, sus vencidos están alegres, pues su derrota se produce no por defecto de fuerza, sino por aumento de ella”.

 

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El odio nunca puede ser bueno. Nos esforzamos en destruir al hombre que odiamos, esto es, nos esforzamos en algo que es malo. (Nótese que aquí y en lo que sigue entiendo por odio sólo el odio hacia los seres humanos).

TODO LO QUE DESEAMOS MOVIDOS POR EL ODIO ES DESHONESTO E INJUSTO

La envidia, la irrisión, el desprecio, la ira, la venganza y los restantes afectos que se remiten al odio o nacen de él son malos. Todo lo que apetecemos en virtud del odio que nos afecta es deshonesto y en el Estado es injusto.

Dos mujeres corren en la playa – Pablo Picaso

Quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc. que otro le tiene. Todos los afectos del odio son malos; y así, quien vive bajo la guía de la razón se esforzará cuanto pueda por no padecerlos, y, consiguientemente, se esforzará en que tampoco otro los padezca.

Ahora bien, el odio se incrementa con un odio recíproco y, en cambio, puede ser destruido por el amor, de forma que el odio se transforme en amor.

Quien quiere vengar las ofensas mediante un odio recíproco vive, sin duda, miserablemente. Quien, por el contrario, procura vencer el odio con el amor lucha con alegría y confianza, resiste con igual facilidad a muchos hombres que a uno solo, y apenas necesita la ayuda de la suerte. Si vence, sus vencidos están alegres, pues su derrota se produce no por defecto de fuerza, sino por aumento de ella.

SÓLO UNA TRISTE Y FIERA SUPERSTICIÓN PUEDE TENER POR VIRTUOSOS LOS SOLLOZOS, EL MIEDO Y OTRAS DEBILIDADES

Entre la irrisión (que, como he dicho, es mala) y la risa, reconozco que hay una gran diferencia. Pues la risa, como también la broma, es pura alegría y, por tanto, con tal que no tenga exceso, es de por sí buena.

Pues, ciertamente, sólo una triste y torva superstición puede prohibir el deleite. ¿Por qué saciar el hambre y la sed va a ser más decente que desechar la melancolía? Tal es mi regla,  y así está dispuesto mi ánimo.

Ningún ser divino, ni nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con mi impotencia y mi desgracia, ni tener por virtuosos las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son señales de un ánimo impotente.

Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta, tanto mayor es la perfección a la que pasamos, es decir, tanto más participamos necesariamente de la naturaleza divina. Así pues, servirse de las cosas y deleitarse con ellas cuanto sea posible (no hasta la hartura, desde luego, pues eso no es deleitarse) es propio de un hombre sabio.

LA MEJOR REGLA DE VIDA CONSISTE EN  ESTAR ALEGRES Y SABER DISFRUTAR DE LAS COSAS 

Quiero decir que es propio de un hombre sabio reponer fuerzas y recrearse con alimentos y bebidas agradables, tomados con moderación, así como gustar de los perfumes, el encanto de las plantas verdeantes, el ornato, la música, los juegos que sirven como ejercicio físico, el teatro y otras cosas por el estilo, de que todos pueden servirse sin perjuicio ajeno alguno.

Pues el cuerpo humano está compuesto de numerosas partes de distinta naturaleza, que continuamente necesitan alimento nuevo y variado, a fin de que todo el cuerpo sea igualmente apto para hacer todo lo que pueda seguirse de su naturaleza, y, consiguientemente, a fin de que también el alma sea igualmente apta para conocer al mismo tiempo muchas cosas.

Y así, esta norma de vida concuerda muy bien con nuestros principios y con la práctica común; por lo cual, si hay alguna regla de vida que sea la mejor, lo es ésta, así como la más recomendable en todos los sentidos. Y no es preciso tratar de este tema con mayor claridad y extensión.

 

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BARUCH DE SPINOZAÉtica, parte cuarta, proposiciones XLV y XLVI. Orbis, 1984. Traducción de Vidal Peña. Filosofía Digital, 2007.

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