La Francia de Macron: EL PODER ES PARA EL ORDEN PÚBLICO Y EL ESTADO DE EXCEPCIÓN

ENTREVISTA CON PIERRE SERNA, HISTORIADOR DEL “EXTREMO CENTRO” FRANCÉS

RAFAEL POCH  – 4 Julio, 2017 – 11:34 h

http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/2017/07/04/macron-ha-reducido-la-politica-al-hombre-providencial-41961/

Antes incluso de que pase sus pruebas, el mito Macron ya es implacablemente analizado como factor de chaqueterismo. Sobre una sorprendente implosión de las divisorias políticas y entre los grandes discursos laudatorios sobre la “renovación”, la irrupción de la “sociedad civil” en la política e incluso la “revolución”, aparece algo tan banal, vulgar y humano como la adaptación oportunista de los políticos a la nueva situación y el carrerismo de los recién llegados a la Asamblea Nacional más elitista de la historia francesa.

Director del Instituto de Historia de la Revolución Francesa, por el que pasaron figuras como Georges Lefebvre y Albert Soboul, el historiador Pierre Serna (Castres, 1963) inventó en 2005 el concepto “extremo centro” que ve muy aplicable al fenómeno macronista, en un libro que llevaba el extraño título de La République des girouettes, la República de las veletas. Las clases de Serna, los jueves en el anfiteatro Descartes de la Sorbona, son objeto de culto.

–Se tiende a asociar centrismo con moderación, pero a propósito del macronismo usted habla de “extremo centro” ¿Qué es eso?

El concepto de “extremo centro” lo inventé en 2005. Se basa en una doble constatación. Por un lado en el estudio histórico de las elites francesas entre 1789 y 1815, que muestra la versatilidad de los hombres en el poder en caso de cambio brusco de régimen y mayoría. Dirigentes preocupados por mantener sus puestos hasta el punto de renegar de sus principios y de tratar a sus opositores monárquicos o jacobinos de “extremistas”. Mi hipótesis de trabajo es que en un régimen republicano mantener a toda costa el poder ejecutivo antes que respetar el poder legislativo es una postura radical. La otra constatación tiene que ver con el referéndum de 2005 sobre la constitución europea, cuando se rechazó la voluntad popular libremente expresada contra una constitución demasiado liberal. Fue una denegación total de democracia que se realizó en nombre de una razón, de una sabiduría, supuestamente encarnada por burócratas, tecnócratas y elites francesas, que “sabían” dirigir al país hacia el centro. Hay una forma de radicalidad en la conservación del poder en nombre de la moderación, que se traduce en una especie de golpe de fuerza permanente contra la legitimidad popular. Claro, el lenguaje y la presentación política presenta eso como algo ponderado, pero las consecuencias son las de una gobernanza ejecutiva sin legitimidad democrática que en su autismo democrático acaba desembocando en un “extremismo de centro”.

-¿Qué analogías personales de la historia francesa se le ocurren con Macrón, el político que se declara por encima de las divisorias ideológicas?

Aquí caemos en una trampa que es la pasión francesa del amor desmedido a los grandes hombres. Responder a esta pregunta equivale a comparar a Macron con un salvador. Solo hay dos soluciones: o bien es un pequeño Bonaparte, algo que no puede complacerle por más que conceda en que se diga, o bien se muere de ganas por ser un nuevo de Gaulle, lo que sería una pura ridiculez histórica. Sin embargo, él mismo se concibe como por encima de los simples mortales, como “un presidente jupiteriano”: lo dijo en octubre de 2016 en una entrevista con la revista Challenges

-“Estamos en una situación parecida a 1958, cuando el General de Gaulle hizo emerger un nuevo régimen con otros partidos”, coincide el ministro del presupuesto, Gërald Darmanin…

Creo que Darmanin toma sus deseos por realidad y se suma al juego preferido de los políticos franceses: querer entrar enseguida en la historia, antes incluso de haberla hollado aunque sea solo un poco, por la vía de dramatizar la situación. Es verdad que Macron es un presidente fuerte, pero no por su acción, sino gracias a las instituciones de la V República que aún quiere fortalecer más, gobernando por decreto y fortaleciendo más allá de lo razonable un estado de excepción para las libertades individuales y colectivas. Desde luego, no es popular: sólo ha recibido el apoyo del 23% del voto en la primera vuelta, es decir el 16% de los franceses inscritos en el censo. Su elección es legal, pero su legitimidad es particularmente débil, con récords de abstención batidos en las elecciones legislativas que debían consolidar su victoria.

–Todo el mundo está de acuerdo en que la Asamblea Nacional ha dejado fuera a los “sectores populares”, pero, ¿no fue eso casi siempre más la norma que la excepción? ¿Dónde está la novedad?

Es un hecho que obreros y campesinos siempre fueron excepción en el hemiciclo, pero el engaño actual es pretender que la sociedad civil ha entrado en la Asamblea. Los estudios sociológicos muestran que por primera vez en la historia parlamentaria se ha superado entre los diputados el hito de un 70% de representantes de las clases sociales privilegiadas. El macronismo fortalece aún más la exclusión, no ya de los sectores populares sino de las clases medias mayoritarias de la sociedad francesa.

-¿Qué puede unir, qué pueden tener en común, 350 diputados, más un centenar de satélites constructivos, reunidos por el arrastre de un líder que se declara “de izquierdas y de derechas”? ¿Qué es la “Orden de la Veleta” (l´Ordre de la Girouette)?

Esta cuestión entra en el meollo del edificio del extremo centro. Fundada sobre una idea del rigor, la derecha se vio atrapada por las mentiras de su líder, Fillon. La izquierda construida sobre una idea de solidaridad garantizada por un Estado fuerte, renegó en gran parte de esa herencia. En esas condiciones, Macron, que es un fino maniobrero, no tuvo mayor problema en pretenderse por encima de los partidos. En realidad, rechazando la derecha y la izquierda ha deslegitimado la política, ha vaciado de su sentido el combate alrededor de los valores de la sociedad, reduciendo la opción al orden público más que al pluralismo político, a un hombre providencial más que a la opción colectiva de una convivencia en sociedad. Su postura determina una veleidad en aquellos que prefieren dejar de lado sus principios para intentar una nueva carrera política (cosa que, por supuesto, no reconocen) antepuesta a los intereses superiores de la nación y asumiendo un maquiavelismo destructor para los valores de la ética política. Esta actitud es un rasgo de las elites francesas desde 1815, que fue cuando la revista satírica “Le nain jaune”, ante la palinodia y la retractación de las elites que oscilaban según la coyuntura entre Luis XVIII y Napoleón, inventó irónicamente esta “Orden de la Veleta”, para designar el oportunismo político. En 2017 Francia no ha salido de esa debilidad de sus dirigentes.

 -¿Qué significa el colapso del sistema de partidos en Francia? ¿Puede ser Macron el enterrador, a su pesar, de la V República?

 Ante el desgaste de los partidos políticos, Macron ha sabido aprovechar una oportunidad real, pero al hacerlo no ha inventado nada: maneja los viejos y clásicos hilos de las crisis políticas en Francia. ¿Enterrador de la V República? No. Necesita demasiado los poderes excepcionales de sus instituciones ¿Enterrador de la democracia? Puede ser, no tardaremos mucho en saberlo…

 

♦♦♦♦♦♦♦

♦♦♦♦♦♦♦

 

El centro aguanta en Francia*

“Con el apoyo de tan sólo 15.39 por ciento de los electores “La République en marche” está en camino a obtener hasta 80 por ciento de los diputados, la mayor avalancha partidista en la historia de la Quinta República” 

 

Por Perry Anderson

(* Traducción Emilio Pizocaro)

 

Francia, geográfica y políticamente es la bisagra de la Unión Europea, el lugar donde se articula el norte y el sur. Es también la nación que ha sufrido el cambio más drástico en su posición dentro de la UE. Esto ha ocurrido una vez que Alemania -con una economía y una población más grande, desde antes de la unificación- se ha convertido en el poder hegemónico en la Comunidad. La complacencia de España con la UE se explica porque este país, marginado por la pobreza y la dictadura, vivió su incorporación como lo hace un estudiante que es promovido a un curso superior (ganó “prosperidad y respetabilidad”). En Italia la satisfacción es menor (sufre un declive económico con la moneda única), pero los italianos siguen respaldando a la Unión porque todavía creen que pueden jugar un papel más relevante. 

Por el contrario, Francia, que una vez fue de primera clase entre los seis países fundadores (De Gaulle colocó la lengua francesa en el primer lugar de influencia) ha ido cuesta abajo desde los años ochenta. A pesar de ser un importante socio diplomático de Alemania, la inexorable caída de Francia sido la consecuencia inevitable de la reunificación alemana, que dio -de forma automática- a la República Federal una clara ventaja demográfica y económica. 

Sin embargo el origen de la perdida hegemónica de Francia es también de carácter endógeno. Los índices su deterioro son un verdadera alud que alimenta todos los debates domésticos. Para algunos recuerdan las batallas dialécticas de los años noventa pero ahora son mucho más intensos debido a la crisis del 2008. En lo económico, el crecimiento de Francia no supera el 1 por ciento al año (entre los jóvenes el desempleo aumentó hasta un 25 por ciento) [1];  el presupuesto ha aumentado la deuda pública en 96 por ciento del PIB (nunca fue deficitario en cuarenta años) y el ingreso per cápita apenas apenas se ha movido. 

En el terreno diplomático sus inútiles élites no están defendiendo la independencia política de Francia, París acata, cada vez más,  las indicaciones de Berlín y, en el mundo aplica las políticas dictadas desde Washington. Culturalmente, el Inglés se ha convertido en la lengua franca de la Unión (oficial y popular). 

En lo social, ningún otro país grande de la zona euro ha vivido niveles de malestar social y racial, con expresiones constantes (con intermedios cada más cortos) de  insatisfacción popular y de un estado de ánimo abiertamente irascible.

En lo político, la Quinta República -creada por y para De Gaulle no solo concentra el poder en manos de la  Presidencia; con un poder en la legislatura pensado para excluir a los revoltosos-  funcionó más o menos sin grandes problemas durante treinta años, hasta que Mitterrand alcanzó el Elíseo. 

Entonces, era el tiempo del crecimiento rápido y del aumento del nivel de vida. Sin embargo, desde mediados de los años setenta, su éxito empezó a ir cuesta abajo por efectos de la propia crisis global. En 1993 el brusco viraje liberal de François Mitterrand que disminuyó drásticamente el gasto publico -en beneficio de una austeridad destinada a estabilizar la moneda-  terminó por transfigurar al socialismo francés hacia la retórica de la disciplina financiera. 

 

Winston Churchill y Charles De Gaulle

 

El comunismo francés  -que actuó como un cómplice secundario, auto-castrado e impotente ante el cambio-  condujo a la degradación de un tradición cultural revolucionaria que está en los fundamentos históricos de la República. Desde ese momento, los franceses desconfiaron del carisma del “héroe nacional” y de unos partidos políticos, que habían empezado a operar sólidamente anclados en un consenso ideológico que admitía que el capitalismo era la única manera sensata de organizar la vida moderna. 

Con un PCF sin una presencia seria de la escena política, Francia viró hacia la alternancia entre el centro-izquierda y el centro-derecha, que aunque diferían en detalles estaban de acuerdo en lo esencial: certificar la legitimidad de la democracia liberal.

Mientras en la superficie todo se mostraba calmo; en el Elíseo la Presidencia estuvo durante diecinueve años en manos del Centro-Izquierda y durante diecisiete años del centro-derecha (Mitterrand era sucedido por Chirac, Chirac era sucedido por su infiel ministro de Sarkozy, y a así hasta la llegada de Hollande al poder). El consenso era tal que cuando el periodo presidencial fue reducido de siete a cinco años hubo cohabitación entre ambas fuerzas centristas; el Premier gobernaba con una mayoría en la Asamblea Nacional, mientras la Presidencia se dejaba a la “oposición”: Chirac y Balladur bajo Mitterrand; Chirac bajo Jospin. 

Pero, por debajo de la superficie, por razones culturales e históricas, ese equilibrio siempre fue menos estable de lo que parecía. A partir de los años ochenta -como en el resto de Occidente-  el imperativo fue una radicalización neoliberal del capitalismo: desregulación, privatización, flexibilización. En Francia, este proyecto tuvo una implementación calculada para no provocar resistencias entre los electores, tanto del centro-derecha como del centro-izquierda. [2]

El Gaullismo centro-derechista, siempre se presentó como el  “heredero legitimo del general”,  que nunca quiso desmontar la versión local del estado de bienestar de la posguerra. El gaullismo proclamaba que su propósito era propagar el bienestar mediante los ingresos fiscales. De está manera se aseguraron un tercio de los votos de la clase trabajadora, mientras los bastiones tradicionales de conservadurismo -en la sociedad rural y pueblerina- resistían a las élites empresariales y tecnocráticas del capitalismo francés. 

El liberalismo nunca fue una gran idea en la Francia de la posguerra, siempre estuvo asociada al “dejar hacer, dejar pasar ”. Y con la llegada del neoliberalismo -prefijo que ponía los pelos de punta a los franceses- se abrió una línea de falla en el bloque del centro-derecha. 

Mitterrand y Chirac durante un partido de futbol en 1989

El conflicto se instaló entre los nuevos profesionales de la alta burguesía -que estaban cada vez más ansiosos con beneficiarse del atrayente “fin de los grilletes”- y los notables de provincia, pequeñoburgueses, empleados, artesanos y, trabajadores que sufrían el paro producto de las nuevas políticas económicas;  en una fase posterior, tensiones similares volvieron a surgir cuando aparecieron divisiones morales por los matrimonios del mismo genero o por los derechos reproductivos.

Inevitablemente, el advenimiento del neoliberalismo dividió también al electorado del centro-izquierda. Las destrezas políticas de Mitterrand habían abandonado por completo al Partido Socialista y un reticente Partido Comunista se vio obligado a aceptar un sistema electoral de dos vueltas. 

La mayoría de los votantes de centro-izquierda descendió al extremo inferior de la pirámide de ingresos: trabajadores, maestros, empleados de cuello blanco y del sector público mal pagados. Se instalo por encima de ellos uno grupo seleccionado de profesionales con mejor situación económica, semi-directivos y administradores del estado, respaldados por un “establishment” del PS bien dotado de medios e intelectuales.

La doctrina de Hayek tenía poco que ofrecer a Francia, sin embargo el neoliberalismo sedujo crecientemente a los promotores de una modernización que pretendía construir una “sociedad” que sólo sería empresa y mercado. 

La fisura del centro-derecha se reprodujo en el centro-izquierda. En cada lado del espectro político, la élite del bloque dominante se comprometió con el giro neoliberal, el cual fue puesto en marcha por François Mitterrand a principios de los ochenta. 

Pero como ambos bloques necesitaban ganar las elecciones -y no podían perder votantes- no se atrevieron a hacer campañas electorales abiertamente neoliberales, ni tampoco quisieron correr el riesgo de provocar reacciones sociales violentas si aplicaban una versión radical. 

Para medios de comunicación liberales como el Financial Times, The Economist, el Frankfurter Allgemeine el resultado fue una implementación mediocre, a “medias tintas”, porque “el gasto público se mantuvo demasiado alto; el estado de bienestar no se redujo lo suficiente; el mercado no fue ni es totalmente libre; los presupuestos no presentan superávit; los sindicatos no se fragmentaron; correos, prisiones y otras instituciones siguen en manos del estado”. 

En su timidez, el centro-derecha y el centro-izquierda compartieron la responsabilidad del fracaso, de una Francia que no quiso dejarse abrazar por la “modernidad”.

En realidad, la simetría fue incompleta. Existió una diferencia significativa en los problemas que planteó el neoliberalismo a cada coalición, y las maneras en cómo estas los enfrentaron. [3] 

En el centro-izquierda, los integrantes de su base electoral que podían perder sus conquistas -como resultado de una versión francesa de Thatcher o de Blair-  eran socialmente más vulnerables que los segmentos que apoyaban al centro-derecha. 

Para hacer frente a esta dificultad, el PS necesitó de una blindaje ideológico capaz a la vez de embellecer y falsificar sus objetivos. Este fue el legado de Mitterrand: “los franceses debemos liberalizar nuestra economía y modernizarnos por el ideal europeo”.  Aunque en privado Mitterrand  (más franco que sus sucesores) sabía lo que esto significaba : “Estoy dividido entre dos ambiciones: la construcción de Europa y la justicia social. El sistema monetario europeo es una condición para el éxito de la primera ambición, pero limita la libertad de la segunda”. [4]  

 

François Mitterand, presidente francés de la época. El hombre de Estado declaró sobre Ruanda: “En esos países, un genocidio no es tan importante”

 

¿El resultado?, una vez que la UE se afianzó todas las iniciativas favorables al mercado fueron ensalzadas y Bruselas fue utilizada como excusa para una supuesta solidaridad.

En el centro-derecha encontraron un pretexto muy cómodo; por primera vez podían recurrir a Europa para justificar sus posiciones y a la vez reivindicar que no estaban traicionando la memoria del gaullismo. Los objetivos neoliberales ganaron naturalmente a una parte importante de su electorado; necesitaron menos ropaje prestado.

Sin embargo, de ambos bloques, el centro-izquierda estaba mejor equipado para introducir las reformas neoliberales. Como la resistencia a las reformas probablemente iba a proceder de las clases populares, los sindicatos -dirigidos por el centro izquierda- serían emplazados a colaborar con la patronal (CFDT) para tragar prácticamente cualquier cosa. 

Para el centro-derecha provocar un conflicto frontal con los trabajadores sindicalizados y los movimientos estudiantiles (para no hablar de otras capas populares) tuvo como resultado derrotas electorales; Juppé en 1995 y De Villepin en 2006. 

Por el contrario el PS -que todavía decía representar a los oprimidos- estaba en una posición más favorable para neutralizar la oposición popular a la agenda neoliberal. Lo demostró Valls al imponer, con éxito, una legislación laboral favorable a los empresarios en 2016. A esta altura ya no era una casualidad que el centro-izquierda privatizara en los últimos años muchas más empresas públicas que el centro-derecha.

Inevitablemente, las dificultades que se remontan a los años ochenta, produjeron la animadversión popular con el capitalismo neoliberal francés, reprobado a partir de la crisis financiera de 2008-09. Con una economía deteriorada y un creciente desempleo las “medicinas de mercado” fueran menos tolerables para los sectores más vulnerables de la sociedad. Mientras tanto, a los ojos de los sectores acomodados estos remedios eran cada vez más urgentes; porque “si Francia quiere ser competitiva de nuevo esta es una única vía para todos”.

La crisis golpeó a Francia bajo Sarkozy, que maniobró lo mejor que pudo entre las reformas y su apetito por la re-elección; al final no logró ninguno de los dos objetivos. Con un Centro-Derecha entumecido, la alternancia dio un paso adelante, colocando, una vez más, al centro- izquierda en el poder. Pero si la presidencia de Sarkozy fue una decepción, la presidencia de Hollande estuvo apunto de producir un desastre. Los reiterados incumplimientos de sus promesas estiraron la cuerda (ya suficientemente deshilachada) hasta el punto de la ruptura. 

Después de una campaña electoral con una retórica más radical que sus predecesores (“mi enemigo son las finanzas, voy a revisar el Pacto de Estabilidad aumentar los impuestos a los ricos y socorrer a los pobres”) el Presidente Hollande gobernó visiblemente  escorado a favor de los mercados y de Berlín, incluso aún más que el propio Sarkozy.  Peor aún, se implicó en aventuras militares en África y en el Oriente Medio para suministrar inyecciones temporales de adrenalina nacional. No hubo crecimiento, el presupuesto siguió desequilibrado, el ingreso per cápita se mantuvo estacionario y el número de parados, lejos de caer, continuó aumentando. Apenas después de un año de su elección, Hollande era el presidente menos popular en la historia de la Quinta República. 

En el otro bloque, cuando Sarkozy se presentó a la reelección fue rechazado -en su partido- por su arrogancia y por decepcionar las expectativas de su electorado. Por su parte, Hollande fue despreciado por unas indignidades que enfurecieron a la gran mayoría de sus votantes. Con menos de doce meses de mandato restante, sus valoraciones en las encuestas habían caído a solo un dígito. 

Tal colapso no tenía precedentes. Parecía seguro que la cuerda estaba a punto de romperse. Sin embargo, era tal la soberbia de Hollande (con una contienda presidencial de 2017 en sólo seis meses) que todavía estaba empeñado en ir a la reelección, calculando que podía usar la autoridad del gobierno para mantener un PS detrás de él. Estaba seguro que era poco probable que el “partido” desbancara al Presidente del Estado como su candidato. 

Todos estos cálculos se hicieron añicos con la publicación de un libro de 650 páginas, de dos periodistas de Le Monde, que relataba las conversaciones de Hollande entre los años 2011 y 2016. El efecto fue una versión francesa de las cintas de Nixon,  que en este caso no se ocultaron por una pretendida auto-publicidad de ciertos políticos profesionales. [5] En menos de un día, lo que quedaba de la reputación de Hollande quedó arruinada. Finalmente, aceptó que su candidatura era imposible y se declaró fuera de competencia.

Con encuestas que le daban una amplia ventaja, el Centro-Derecha estaba a punto de conquistar una fácil victoria. Francia se disponía a su alternancia habitual. Como consecuencia de la autodestrucción de Hollande, el partido de Sarkozy –“los Republicanos“- llevaron a cabo una primaria, con dos rondas,  para elegir al candidato a la Presidencia. Para sorpresa general, ni Sarkozy ni Juppé (el favorito) salieron victoriosos. 

 

Angela Merkel y Francois Hollande en primer plano

 

En cambio, un ex primer ministro de Sarkozy, François Fillon barrió el tablero con una mezcla heterodoxa de thatcherismo y gaullismo: con programa socio-económico radicalmente neoliberal -que rompía los compromisos del estado de bienestar– y con una política exterior más independiente que ninguno de los otros candidatos. Fillon se aventuró a plantear una posible ruptura con la Unión Europea, con la política de los Estados Unidos y con los tabúes existentes sobre Rusia y el Medio Oriente. 

Con una gran ventaja en las encuestas, a principios de diciembre, tocando el 30 por ciento,  Fillon se veía casi como el seguro próximo Presidente. Su rival más cercano era Marina le Pen, que corría 7 puntos por detrás de él. Pero Fillon sabía que tenía prácticamente garantizada la segunda ronda, donde se esperaba que más del 60 por ciento del electorado votara por su candidatura.

Seis semanas más tarde, un rayo mediático destruyó esa perspectiva. El 24 de enero, Le Canard Enchaîné reveló que Fillon había utilizado, durante años, sus beneficios como diputado para pagar a su mujer por servicios imaginarios (también a sus hijos). 

La denuncia, que se puso inmediatamente bajo investigación judicial, derrumbó a Fillon en las encuestas. Una semana más tarde había caído a un tercer lugar, posición de la que nunca se recuperó. Y aunque el centro-derecha no pudo obligarlo a que se retirara, Fillon quedó fuera de juego.

Con la eliminación de Fillon, Le Canard Enchaîné se convirtió en gran elector del país.  Efectivamente su intromisión decidió la carrera por la Presidencia, porque el reportaje hizo predecible el resultado. 

Curiosamente la naturaleza espectacular de la información no despertó el interés en cuanto al origen de la noticia. Sin embargo, allí estaba la clave de la intriga. Las malversaciones achacadas a Fillon son practica habitual de la clase política francesa. Se calcula que un centenar de diputados han colocado en sus nominas a familiares y si no están sus esposas, es porque tal vez ponen en la lista a sus amantes. 

Las sumas de dinero en juego, considerable para la gente común, eran muy pequeñas comparadas con la corrupción política existente en Francia, poco más que ‘un robo’, como lo calificó más de un crítico mordaz. Aunque las pruebas eran muy difíciles de conseguir -exigen acceso a cuentas bancarias, a declaraciones de impuestos y similares-  nadie en la prensa hizo la pregunta clave ¿Cómo “Le Canard” consiguió esos datos justo en el minuto estratégico? 

Le Canard, considerado un periódico sensacionalista en Francia, comparable al “Private Eye” del Reino Unido, es una mezcla de sátira y ostentación. Con un humor de elefante en cacharrería, la versión francesa hace que su homólogo británico parezca poseer un ingenio refinado. Pero la mayor diferencia radica en la cercanía de “Le Canard” con el tenebroso mundo de las cloacas del estado y con las operaciones de los servicios de inteligencia franceses, que en más de una oportunidad han utilizado al semanario como un instrumento voluntario. [6] 

La denuncia contra Fillon no era el fruto una investigación independiente, sino simplemente un envoltorio, con una orientación política especifica, proveniente de agentes comprometidos con el aparato secreto del estado. 

Estos aparatos habrían dado el “placement” a Macron, un ex Ministro de Finanzas del PS, para que impidiera el triunfo de la oposición de centro-derecha; el complejo de seguridad político-militar y diplomático, quería mantener incólume la unidad franco-alemana y las sanciones de Occidente contra Rusia (de la misma manera que su contraparte americana ha colocado en jaque-mate a Trump por sus relaciones  con Moscú). Por otra parte, informadores de Sarkozy, que todavía hay muchos en la policía, han contado que también el expresidente hizo todo lo posible para arrojar sospechas sobre Fillon [7]. De todas maneras, cualquiera que fuera el origen de la filtración, sus efectos sobre el electorado fue superior a todos los discursos de la campaña.

Le Canard publicó su historia dos días después de que la primera ronda de las primarias en el Partido Socialista revelara la total desorganización del centro-izquierda.  

Una vez que Hollande dio un paso atrás se abrió la caja de pandora, su ministro Manuel Valls, que llevaba mucho tiempo en busca de una oportunidad, anunció su candidatura a la presidencia. Conocido admirador de Blair, Valls nunca fue popular en su partido, tanto por tener su brazo político derecho muy musculoso como por actuar abiertamente contra cualquier reivindicación de inspiración social. 

A pesar de todo, Valls esperaba sacar provecho de su posición como jefe del gobierno y de su imagen como enemigo inflexible del terrorismo. Sin embargo, el fuerte giro neoliberal y autoritario de su último año en el cargo había provocado una gran aversión en las bases del socialismo. 

Por tanto, ganó Benoît Hamon, otro de los ex ministros de Hollande, que había renunciado al gobierno a finales de 2014 y que se presentó como candidato de la izquierda del partido. Con una descolorida imagen, Hamon no contó con el apoyo del “establishment” y su escaso atractivo (más allá del perímetro de las bases socialistas) simplemente puso al descubierto un PS hueco y dividido. Incluso Valls se negó a votar por él. 

El nombramiento de Hamon, justo después de que Fillon quedara fuera del ring, sorprendió a un centro-izquierda totalmente fuera de forma, al igual que el centro-derecha cinco días antes. En abril los socialistas iban a obtener sólo el 6 por ciento de los votos.

En la segunda semana de febrero, con los dos puntales de la alternancia retirados, estaba claro quien sería el próximo Presidente francés. En octubre Emmanuel Macron, ministro de Hollande de Economía, había renunciado a su puesto. El mes de abril creó un movimiento adornado con su propio monograma, (En Marche!) con la evidente intención de llegar al Elíseo, y en noviembre lo anunció debidamente. 

Producto típico del segmento alto de la clase política, un enarca que se mueve sin esfuerzo entre el servicio público y el enriquecimiento privado, un inspector de Hacienda que se hizo millonario con Rothschild, se unió al PS en 2006 -después de hacer amistad con Hollande en 2012-, ocupó los cargos de subjefe de personal y Ministro a la edad de 36 años. Fascinado por este “enfant terrible”, Hollande vio en Macron una versión anterior de si mismo: C’est moi, le dijo a los periodistas. [8] 

En las concepciones políticas Hollande no estaba equivocado: sus diferencias son poco o nada. Los antecedentes de Macron garantizan que será un icono de la desregulación al estilo que Hollande quiso ser en su gobierno. Aunque Macron formalmente ya no era un miembro del PS, eso no importaba, porque en privado Hollande afirmaba que el partido socialista era una cosa del pasado. 

Pero Hollande se engaño al pensar que Macron sería un “principe leal”. Instalado en las altas esferas Macron pudo ver el destino del régimen y en el momento oportuno no dudo en promover sus propias ambiciones. 

Cuando anunció su candidatura ya había aglutinado tras de sí a grandes empresarios, a la burocracia, a profesionales y a un gran cantidad de intelectuales. En el momento que profirió su grito de guerra, apoyado incondicionalmente  por los medios de comunicación, se presentó como la encarnación de todo lo dinámico y nuevo para Francia.

Desde el primer instante, En Marche! se exhibió ideológicamente, como un movimiento que aspiraba trascender una “obsoleta” división entre derecha e izquierda, una “nueva política”, una brisa de centro, un conglomerado de liberales en economía con sensibilidad social. 

Este recurso, en sí mismo gastado porque ha sido ofrecido en repetidas ocasiones por políticos de uno u otro tipo, responde de alguna manera a una demanda real de un sector de la sociedad. Sin embargo, los franceses nunca se han desprendido completamente de la dicotomía izquierda-derecha; en parte debido a la lógica polarizante del sistema electoral, pero también por la posición dominante de los dos bloques que han reclamado legítimamente el mismo prefijo: centro-izquierda y centro-derecha. Ahora, sin embargo, con ambos bloques inhabilitados, el auto-declarado “centro puro” podía, por primera vez, estar al mando. 

El proyecto de Macron tuvo que lidiar con el último pretendiente a ese papel, el político católico François Bayrou, que había sido candidato a la Presidencia en todas las elecciones desde 2002 (logrando su punto más alto con 18,57 por ciento en 2007) y que teóricamente podría restar votos  a Macron, si volvía a presentarse. 

Por otra parte, la UDF, una creación de Giscard, tradicional aliado del partido gaullista de Chirac [9] era otro importante componente del bloque de centro-derecha. Y aunque Macron apenas podía ocultar su paso por el PS, debía asegurar el apoyo de Bayrou –un ex ministro de Chirac- para que su candidatura tuviera un respaldo visible de quienes habían levantado la bandera de centro de manera consistente. 

El 22 de febrero, Bayrou se subió a bordo y Macron ganó inmediatamente 5 puntos en las encuestas. El Centro ahora era verdad.

 

Esta vez la narrativa que se impuso a los franceses dejó a la mayoría de los observadores internacionales estupefactos. La elección se planteó como un evento dramático, que enfermó de los nervios a muchos ciudadanos con la “amenaza fascista” del Frente Nacional (una fuerza política que en realidad acoge un populismo rabiosamente tóxico). Se impuso una campaña de prensa y  televisión que proyectaron un escenario aterrador, una  “versión gala” de una pesadilla llamada Donald Trump.

Las noticias que no son noticia son predecibles: las intrigantes campañas del miedo siempre venden mejor que las aburridas garantías de confort. También, y mucho más importante en la segunda ronda, dominó ampliamente la lógica del orden establecido: ante la “salvaje amenaza” de la extrema derecha, la abrumadora mayoría de los ciudadanos decentes debían unir sus esfuerzos para defender la democracia, cuyo principal representante (para alivio general) es un joven y encantador banquero.

En realidad el FN de hoy tienen poco que ver con todo esta manipulación de los medios. Formado a principios de los años setenta por el ex-paracaidista Jean-Marie Le Pen, originalmente era un pequeño partido de extrema derecha, anticomunista y antisemita. Una década más tarde logró un primer modesto avance electoral (9,65 por ciento), recogiendo votos de los trabajadores desilusionados por el giro de Mitterrand a la austeridad. 

Ideológicamente, el FN se mantuvo como otros partidos de extrema derecha, pro-europeos, partidarios del libre de mercado y militantemente anti-estatistas. [10] Sin embargo después de Maastricht, cambió su pro-europeísmo y aumentó gradualmente el apoyo popular, era el único partido que no aparecía implicado con la visible corrupción del sistema político y con el deterioro de las condiciones de vida de los franceses. 

En 2002 Jean-Marie Le Pen sorprendió al “establishment” consiguiendo pasar a la segunda vuelta en la elección presidencial, pero fue aplastado por Chirac con un 82 por ciento de los votos, [11].En los siguientes comicios el FN obtuvo solo una décima parte del electorado. Como consecuencia de este revés Juan-Marie se retiró y su hija Marina se hizo a cargo de la dirección del partido. A partir de entonces, la mezcla de la gran recesión, la habilidad política de Marine y la caída libre del régimen de Hollande, le proporcionaron viento de cola al FN. 

Imagen de 1988 de Jean-Marie Le Pen, junto a sus tres hijas

Un factor crucial para este éxito fue el reposicionamiento de Marine Le Pen. Ha sido un martillo implacable contra la UE y ha transformado el discurso del partido en 180 grados, denunciando los estragos del neoliberalismo, defendiendo el estado del bienestar y la intervención del Estado. Por primera vez, en 2014, el FN logró en las elecciones europeas una cuarta parte de los votos.

Sociológicamente, conquistó a la clase obrera, ocupando gran parte del espacio dejado vacante por el comunismo francés. Ya no se trataba del proletariado fabril, en gran parte destruido por la desindustrialización, pero sí de un sucesor atomizado que se gana la vida de forma precaria, distinto a la clase obrera industrial tanto por experiencia cotidiana como por cultura. Socialmente el FN no cuenta con maestros y empleados públicos como el PCF, sino con pequeños empresarios, profesionales autónomos, precarios y artesanos. 

Unidos por la hostilidad hacia los políticos, los tecnócratas y los inmigrantes, este sector de la población objetivamente está en contradicción con los dos bloques del “establishment”, un Frente Nacional excluido del sistema político no podía ser culpado de las fechorías del régimen, aparecía, por tanto, como la única fuerza organizada “virgen” de corrupción y con frecuencia el partido que hablaba  directamente con la verdad. 

Con Marine Le Pen, el Frente Nacional se convirtió en el primer partido de la clase obrera francesa. En la primera ronda de las elecciones de este año, el número de trabajadores que votaron por el FN estaba muy por delante de cualquier otra agrupación política. Obtuvo 37 por ciento en la primera vuelta y en la segunda ronda el 56 por ciento de los votos proletarios. 

A medida que la desigualdad y la inseguridad en el empleo aumentaba bajo el sistema de alternancia de la Quinta Republica, también aumentaron los ciudadanos dispuestos para emitir su voto por el FN: 4,8 millones en la elección presidencial del  2002, 6,8 millones en las elecciones regionales del 2015, 7,7 millones en la primera ronda en 2017, 10,6 millones en la segunda ronda. Sin embargo esta última cifra es un trampa producida de las distorsiones impuestas por el sistema electoral, el verdadero nivel de apoyo de FN es de aproximadamente una quinta parte de los electores. [12]

Pero la verdad es que Marine Le Pen nunca tuvo la más mínima posibilidad de ganar la Presidencia. Lejos de ser una amenaza mortal, el FN ha sido funcional al sistema. Jamás ha cuestionado las bases del régimen. Sin embargo, ante el malestar y la ansiedad de justicia social el FN ha sido utilizado como el espantajo ideal para la consolidación de una república neoliberal.

 

 

 

Más allá del sistema, en el flanco opuesto, esta la reciente creación de “La Francia Insumisa”, dirigida por Jean-Luc Mélenchon. Mélenchon es la última figura importante de los partidos europeos de la Internacional Socialista que, al final de su carrera política, ha virado bruscamente hacia la izquierda, incluso descartando esa etiqueta que hoy no produce la confianza necesaria. 

De familia “pied-noir” llegó a Francia desde Marruecos en 1962. Después de obtener su formación política, de un sector del trotskismo francés que produjo muchos cuadros para el PS, se convirtió en un ardiente partidario de Mitterrand, escalando rápidamente en el partido. A la edad de 35 era el senador más joven de la historia de la Quinta República. Durante unas tres décadas, desde el ala izquierda, participó activamente en las disputas internas del PS, pero se mantuvo fiel al liderazgo de Mitterrand. Sin embargo no discutió la conversión hacia políticas de austeridad, votó a favor de Maastricht y se convirtió en Ministro con Jospin.

Sin embargo, en el año 2005 se manifestó abiertamente contra de la Constitución Europea, apoyada por el PS  y rechazada por una amplia mayoría de la población en el referéndum subsiguiente. Tres años más tarde, se fue del partido para crear un pequeño grupo de izquierda que en alianza con el PCF (2012) crearon el “Front Gauche” que lo proclamó candidato a la presidencia. 

La experiencia no fue un éxito, Mélenchon consiguió el 11 por ciento de los votos, apenas algo más que la votación conjunta de varias pequeñas organizaciones de izquierda en 2002 y en las elecciones legislativas el FG  obtuvo solo el 7 por ciento. 

Mélenchon esperaba unir a comunistas y socialistas desilusionados en una versión francesa de “Die Linke” Alemana (Lafontaine estuvo presente en su fundación); pero el PCF, aferrándose a las ofertas locales del PS, no tenía ninguna intención de fusionarse en una sola organización.

Cambio de táctica. Cuatro años más tarde, Mélenchon creó un movimiento totalmente nuevo, “La France Insumisa”, que lo nominó candidato a la Presidencia, esta vez independiente de cualquier fuerza política. El cambio fue más que sólo una nueva organización. 

Jean-Luc Mélenchon

Fascinado, desde hace algún tiempo, por el éxito de gobiernos heterodoxos de América Latina, se inspiró en el ejemplo un Rafael Correa de Ecuador que se transformarse en pionero de una ‘revolución ciudadana “ reescribió la constitución, redistribuyó la riqueza y protegió el medio ambiente. Este fue el camino elegido por Mélenchon, abandonó los agotados esquemas de la izquierda tradicional europea para sumarse a un populismo radical progresista, que llama a la gente a combatir contra las élites y a cambiar un sistema político y económico en quiebra. 

Impresionado con la visión estratégica de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, a quienes conoció en Argentina en 2013, Mélenchon ha querido aplicar sus lecciones en casa. [13] Con una plataforma no muy diferente a la de Correa,  su programa reclama una Sexta República, que mediante una Asamblea Constituyente termine con la “monarquía” presidencial, el actual sistema electoral para fundar una democracia parlamentaria igualitaria, participativa, con referéndums y con derecho a revocar  los cargos electos. [14] 

Con la “Francia Insumisa” desaparecieron las banderas rojas y la Internacional en los actos electorales, en cambió se adoptó la bandera tricolor francesa y la Marsellesa, para exhortar a todos los patriotas franceses (independientemente de su clase o edad) a levantarse contra el orden corrupto de la Quinta República. 

Tomando prestado la consigna que desalojó a Ben Ali en Túnez  -”Váyanse” (Dégagez)-, convirtió este lema en el tema central de su campaña. Reconocido ampliamente como vencedor de los debates televisivos, Mélenchon se dirigía a las masas con un retórica sin igual, creciendo más que cualquier otro candidato en las últimas semanas de la campaña.

Fue una hazaña impresionante. La votación final en la primera ronda dejo a los cuatro principales candidatos separados por un estrecho margen de votos;  Macron tuvo un 24,01 por ciento, los otros tres llegaron separados por apenas menos de un  punto porcentual: Le Pen 21.30, Fillon 20.01, Mélenchon 19.58. [15] 

El giro populista de “La Francia Insumisa” habían dado sus frutos. Mélenchon desplazó a Marine Le Pen como el político más popular entre los jóvenes (ganando un 30 por ciento en el grupo de edad entre los 18 y los 24 años), entre los parados (logrando un 31 por ciento) y también con una sorprendente votación entre los inmigrantes jóvenes de los suburbios. En cuatro de las diez mayores ciudades francesas -Marsella, Toulouse, Montpellier, Lille- llegó primero. Una pizca por debajo de la votación de Podemos en España (21 por ciento), haciendo una campaña en un programa mucho más radical y reduciendo a Hamon a poco más del 6 por ciento. La Francia Insumisa logró lo que el movimiento español había buscado sin lograrlo; aplastar al Partido Socialista en las urnas. [16] 

Sin embargo, no superó al FN, Marine Le Pen retuvo la delantera entre los trabajadores manuales y no manuales y, en los sectores de ingresos más bajos. Ahora, si se sumarán la votación de ambas  fuerzas, el FN y la Francia Insumisa, habrían conquistado un 40 por ciento de los votantes a finales de abril. Otro 24 por ciento se abstuvo o votó en blanco. [17] En ningún otro país de Europa Occidental se había producido un rechazo tan radical al orden establecido en los últimos tiempos. 

Sin embargo, dos de cada cinco votantes se dejaron atemorizar por los medios de comunicación, sus comentaristas, en coro, invitaron a los franceses a no embarcarse en una aventura “insensata”. [18] ¿Quizás dónde podría terminar?

En realidad, las dos fuerzas anti-sistemas, en lugar de unificar la insurgencia populista, se anularon entre sí.  A pesar de criticar de manera análoga al sistema social y económico, ambas fuerzas tenían insuperables diferencias morales e ideológicas sobre inmigración y también se encuentran en extremos opuestos del espectro político; cada una demoniza a la otra. [19] 

En la segunda vuelta de la elección presidencial, se esperaba que el FN (como hace quince años) volviera a empujar a los votantes por una suerte de “unidad ritual de los demócratas” para defender la Quinta República.  Esta vez, sin embargo, el atractivo de esta “unión sagrada” era menor. Mélenchon se negó a instar a sus votantes a que se sumaran detrás de un ganador detestable para su gente y que no tenía necesidad de apoyo ninguno. Dos quintos no lo hizo y las abstenciones llegaron al nivel más alto en cincuenta años. 

Macron llegó al poder con un amplio margen de votos, prácticamente el doble que Marine Le Pen pero no logró ni de cerca el porcentaje alcanzado por Chirac y casi fue igualado en la votación de París. Con 47,5 millones de lectores en toda la nación , Macron obtuvo 20,7 millones, 10,6 millones optaron por Le Pen y 16,2 millones se abstuvieron o votaron en blanco,.

Las cifras dejaron en claro la fuerza política y el origen social de quienes votaron a Macron. En la primera vuelta obtuvo un 47 por ciento de quienes votaron por Hollande, un 43 por ciento de los que votaron por Bayrou, y un 17 por ciento de quienes votaron por Sarkozy. En la segundo vuelta, su puntuación fue más alta, conquistó un 71 por ciento, de los votantes de Hamon. En lo social, en ambas rondas sus votantes están entre los ingresos más altos. [20] 

En otras palabras, su apoyo básico era una versión reciclada del bloque de centro-izquierda que instaló a Hollande en el poder. Aunque no era lo mismo exactamente. 

Una parte lo abandonó para votar a Mélenchon, un sector más pequeño permaneció fiel a Hamon y los votantes de Bayrou y Sarkozy desertaron de lo que quedaba de la centro-derecha. 

Por tanto, el peso relativo de los componentes en el campo ganador a cambiado: la coalición de Macron se encuentra más hacia el centro. Pero, en la coalición las personas mas importantes que manejan el software político-organizativo provienen de un sector desconocido para gran parte de la opinión publica. Se trata de un pequeño grupo formado por sus ex colaboradores en el Ministerio de Economía y por el equipo de Strauss-Kahn creado antes que descarrilara la carrera política del expresidente del FMI.

Paradójicamente, el griterío periodístico –con Le Monde y Le Canard a la cabeza-, ha producido el más irónico de todos los resultados: el presidente menos popular de la historia de Francia al frente de la administración más desacreditada. Un doble fantasmagórico (un doppelgänger) de François Hollande, quien en su momento llegó a lamentar su confianza en Macron, aunque la continuidad política entre ambas figuras está ahí para que todos la vean.

Apoyado por luces de neón y por el bombo de la prensa nacional e internacional, Macron se presenta como la versión francesa de Trudeau y Obama (o para los que tienen memoria de Tony Blair). Las similitudes ideológicas y de imagen son reales. Las diferencias son insignificantes. En lo personal, se habla mucho de su encanto, pero más de la mitad del país hasta ahora es inmune a ese atractivo: en la víspera de la primera ronda, el 46 por ciento de la población expresaron su desagrado con la personalidad de Macron.  

 

 

Su campaña fue para muchos arrogante, pretensiosa y estridente. Arrogante porque es un enarca de enarcas (rodeado solo por un círculo íntimo de la ENA) que exuda dinero y desprecio por la gente común. Pretencioso porque en su campaña, sin temor al ridículo, se declaró como “revolucionario” y discípulo de los mejores pensadores nacionales (‘soy fans de Camus’) y mezcló estas asombrosas declaraciones con un ampuloso e insoportable patrioterismo. [21] Estridente porque apoyado por una tele-evangelista donde suplicó -con los brazos en alto- los votos de los segmentos más altos de la sociedad. Ahora, una vez envuelto en la dignidad de la Presidencia, estas exageraciones de campaña están bajo un mayor control.

Detrás de este estilo hay una voluntad política y una inteligencia implacable que deja a sus socios Atlantistas disminuidos. Ninguno de ellos llegó al poder con tal rapidez, bravuconería y con tan poco de lastre.  Esta no es la única ventaja de Macron sobre los otros lideres europeos. Tanto el cargo, como el escenario político que enfrenta, le permite una mayor libertad de maniobra. Los poderes de la presidencia francesa, no tiene restricciones en el Congreso, tampoco de un Tribunal Supremo que no es refractario como el americano y  menos de rebelión al estilo de los voceros parlamentarios británicos (“backbencher”).

Más allá de estas potestades, Macron tiene una oportunidad excepcional. Durante más de tres décadas, las reformas neoliberales en Francia eran una secuencia de vacilantes pasos en la dirección correcta, pero nunca lograron plenamente el impulso necesario debido a la alternancia entre un centro-derecha y centro-izquierda que se esforzaban todo lo posible para endosar las reformas neoliberales a su rival. En 2017, con la crisis de la PS y la de su oponente tradicional, de repente el atascamiento reformista se romperá.

Históricamente, ningún recién elegido presidente de la Quinta República, ha dejado de obtener mayoría en la Asamblea Nacional, y no son pocos los que han ganado con un terremoto electoral. Pero la mayoría siempre era una construcción partidaria de diputados que representan a un partido o a una coalición de partidos y, desde los años ochenta todos sujetos a presiones y demandas de su electorado. 

 

 

Macron, coronado con una votación de dos tercios en la segunda ronda, tiene una confianza reforzada por el cambio constitucional de 2001, que permite al ejecutivo ganar también los diputados de la Asamblea Nacional. 

Pero, a diferencia de sus predecesores, no solo habrá una Asamblea Nacional prácticamente a su gusto sino también conformada por novatos y tránsfugas que han llegado a su recién aparecida maquinaria política. “La République en marche”, tan dependiente de su creador como lo fue Forza Italia en Italia. 

El núcleo inicial de esta nueva construcción proviene del PS, con rescoldos del “Módem” de Bayrou y algunas lentejuelas de la ‘sociedad civil’. El objetivo estratégico es ampliar el partido cooptando las principales figuras del centro-derecha. Este sector esta estimulado por las oportuna elección de uno de los suyos como primer Ministro -Édouard Philippe – un enarca como Bruno Le Maire, nombrado Ministro de Finanzas. Ahora, un buen número de cuadros de la derecha están ansiosos por subirse al carro. El resultado debería ser un centro homogéneo, con una súper mayoría capaz de llevar a cabo la modernización de Francia de acuerdo con las mejores recetas neoliberales.

Con un sistema electoral excluyente y discriminatorio poco se puede hacer a nivel institucional para detener al neoliberalismo de Macron. En 1958, con el 20,4 por ciento de los votos, De Gaulle aseguró 198 diputados, mientras que el PCF con el 19,2 por ciento consiguió apenas 10 diputados. Es predecible que en Junio más de la mitad del electorado ni siquiera se moleste en votar para la Asamblea Nacional; ya un 51.29 por ciento se abstuvo, otro 2,23 por ciento voto en blanco o estropeó sus papeletas: cifras sin precedentes no sólo en Francia, sino en cualquier país de Europa occidental, desde la Segunda Guerra Mundial. 

Con el apoyo de tan sólo 15.39 por ciento de los electores “La République en marche” está en camino a obtener hasta 80 por ciento de los diputados, la mayor avalancha partidista en la historia de la Quinta República. [22] Los Republicanos, desmoralizados producto del infortunio de Fillon y debilitados por las deserciones, no están de humor para crear conflictos. En las calles, los sindicatos -exceptuando el CFDT-  van a tratar de resistir, pero habiéndose mostrado incapaces de bloquear la legislación laboral (“El Khomri” de Hollande), es poco probable que obtengan unos mejores resultados con Macron; al menos en el período de luna de miel del nuevo gobierno. 

En el plano interno, Macron disfrutará de los beneficios de una actual reactivación del ciclo económico, y podría llevar adelante la mayor parte de su programa, una versión francesa de la Agenda 2010 de Schröder; desregulación del mercado laboral, reducción del gasto público, financiación a los “emprendedores”, reducción de impuestos a las empresas, jibarización del estado de bienestar.

 

 

El gobierno tendrá cuidado introduciendo una variante a la disciplina neoliberal, ofreciendo desembolsos mínimos para la gente más necesitada. En Francia la deuda de los hogares sigue siendo bastante baja (un 57 por ciento del PIB en relación al 53 por ciento de Alemania y al 88 por ciento en Gran Bretaña) por tanto hay un montón de espacio para una burbuja del crédito.  Por otro lado, animados por un gobernante que es uno de los suyos, el capital salvaje llegará con fuerza renovada aumentando las inversiones.

Otra cosa es si los resultados coincidan con las expectativas populares. El auge de las exportaciones alemana -que consiguió el actual crecimiento y una moderada disminución del desempleo- fue consecuencia de una regresión salarial acompañada del aumento de la desigualdad y la precariedad (más del doble de Francia) entre los trabajadores que ganan menos de dos tercios del salario medio. 

Es el estilo de una cultura política (“Biedermeier”) propiamente alemana que ha mantenido a este país socialmente sedado. Estas condiciones no son fácilmente repetibles en Francia. El excedente de la competitiva industria de exportación alemana está fuera del alcance francés. La cultura política francesa de los últimos treinta “glorieuses” años es todavía potencialmente un terreno mucho más explosivo que el tranquilo paisaje del Rin. Si el crecimiento y el empleo progresarán rápidamente, el país podría vivir, por un tiempo, la placida atmósfera del Segundo Imperio. Pero tal escenario esta lejos de estar garantizado.

El éxito de esa perspectiva es el desafío más importante de la agenda de Macron. Sus reformas están concebidas como un pago inicial para obtener un mayor poder decisorio en la zona euro. En Francia, el consenso del ultimo tiempo ha sido que la unión monetaria (el euro) no sólo ha causado problemas a las economías más débiles del Mediterráneo, sino que también está en la base de las dificultades del crecimiento económico francés y que la imposición del 3 por ciento como techo presupuestario ya no es tolerable. [23] 

En la competencia por la Presidencia, la propuesta más llamativa frente a este dolor de cabeza de larga data provino del equipo de Hamon, Thomas Piketty y otros economistas elaboraron un proyecto-tratado de 22 artículos, para  “Democratizar la Eurozona”. 

Este nuevo tratado -bautizado como TDiem-  instituiría un parlamento en la zona euro, compuesto por diputados elegidos proporcionalmente (en distritos similares al de Estrasburgo). Este parlamento aprobaría los impuestos de un presupuesto común para la zona euro que tendría como objetivos “crecimiento sostenible, cohesión social y convergencia económica”, se mutualizarían las deudas públicas nacionales (de más del 60 por ciento del PIB) y se designaría un ministro de Finanzas de la zona euro para administrar el presupuesto resultante. 

 

 

Para tranquilizar a los votantes de un residual PS -según explicó Piketty- en el Parlamento de la Zona Euro la izquierda podría contar con sólida una mayoría. [24] Con ingenuidad política digna de mejor causa, Piketty y compañía ha creído que su “tratado” sería aceptable para Alemania.

La solución de Macron ha sido prudentemente más impreciso. También ha propuesto un Parlamento para la Zona Euro. Esta vez compuesto por “todos los diputados de los parlamentos nacionales”, un cuerpo político gigantesco que tendrían miles de “representantes”. Por su tamaño se reuniría solo una vez al mes para aprobar el presupuesto presentado por un Ministro de las Finanzas de la Eurozona, que no tendrá la obligación de especificar de dónde provienen los recursos. [25] 

Para el Ministro de Finanzas de Berlín, la propuesta de Macron no debe ser tomada en serio porque probablemente fue una “astucia” de campaña electoral. Sin embargo, gran parte de la clase política alemana es consciente que Macron es su interlocutor ideal y está dispuesta ha esforzarse para mantener las mejores relaciones. Incluso Schäuble declaró, antes de las elecciones, que iba a ‘hacer todo lo posible para ayudarlo’. 

Por tanto, para muchos la actual zona euro está prácticamente asegurada. Lo más probable es que los cambios sean cosméticos, con ministro de finanzas impotente que como figura decorativa duplicará las estructuras burocráticas de la Unión. Tal como están las cosas, un cambio verdadero se enfrentaría con la fuerte oposición de la República Federal Alemana, de los holandeses, de los finlandeses y de otros parlamentos. El equilibrio de fuerzas en el sistema neoliberal esta activamente en contra de cualquier cambio “dramático”.

En los márgenes del sistema, las respuestas más radicales a la Unión Europea están coincidiendo. En Francia, la moneda única no es apreciada ni por el populismo de izquierda ni por el populismo de derecha. En la campaña electoral, Mélenchon se acercó un poco a reclamar una salida de euro, pero tanto él como Marine Le Pen -conscientes que esa perspectiva asusta a los votantes mayores-, negaron públicamente tener la intención de un desguace unilateral del euro. ¿Entonces que? Mélenchon puso la cuestión en el marco adecuado. 

El problema de la unión monetaria no es un problema técnico, es de carácter geopolítico. Si Francia tuviera la voluntad política de utilizar su peso económico y demográfico, puede dar un verdadero dolor de cabeza al Euro y al Banco Central Europeo,  obligando de paso a Alemania (una sociedad que envejece rápidamente y que no es tan fuerte como parece) a aceptar la democratización social y económica de la Unión so pena de romper por arriba. [26] 

La correlación de fuerzas, en última instancia, siempre determina los acontecimientos políticos. Por el momento y hasta que los franceses recuperen su decisión de combatir Francia (y con ella Europa) quedarán a merced de élites financieras y burocráticas. Ahora, también es cierto que nada más extraño en la reciente historia del pueblo francés, es el lenguaje neoliberal utilizado por su nuevo gobernante. Entonces ¿Por qué especular cuando todo lo que acontezca, en Francia y en Europa, tarde o temprano se tendrá que producir ? 

 

Junio de 2017

 

**********

[1] Dos quintas partes de los parados son parados de larga duración; 86 por ciento de los nuevos puestos de trabajo en 2016 fueron temporales, las cuatro quintas partes de ellos en contratos de menos de un mes: ‘La economía que el próximo presidente de Francia heredará’, Financial Times, 8 de mayo de 2017.

[2] Para el análisis más aguda de estos, ver Bruno Amable y Stefano Palombarini, La ilusión de bloque burgués. Alianzas y futuro social del modelo francés, París, 2017, passim .

[3] falta desde Amable y excelente descripción de Palombarini es suficiente atención a esto.

[4] Attali, Verbatim I , París 1993, p. 399.

[5] En octubre de 2015, todavía estaba tomando un segundo mandato por sentado. Especialmente perjudicial eran sus aspersiones sobre el poder judicial (‘cobardes’), sus ministros (‘inaudible’, ‘diáfano’, ‘no identificable’), el mundo de la cultura (‘duro e ingrato’), por no hablar de la figura lamentable que cortar cuando la conversación se dirigió a sus dos amantes: Gérard Davet y François Lhomme, ‘Un Président ne pas grave devrait ça… ‘, Paris 2016, pp. 155, 388-9, 81-95, 125, 129 ff.

[6] Para abundante documentación de la interpenetración de personal, y la connivencia del papel, con el PS bajo Mitterrand, con los que eran enamoradas de sus editores, y su papel particularmente odioso como un conducto para los esfuerzos de su régimen para ocultar su responsabilidad en el hundimiento del Rainbow Warrior y el asesinato de un activista de Greenpeace en Nueva Zelanda, que Le Canard trabajó con celo a atribuir a los británicos en lugar de los servicios secretos franceses, ver el registro en un recipiente con Karl Laske y Laurent Valdiguié , Le vrai Canard. Les dessous du Canard enchaîné , París 2008, pp. 245-347.

[7] Para que ver Davet y Lhomme, ‘Un presidente. . . ‘ , Pp. 445-56.

[8] Davet y Lhomme, ‘ Un presidente . . . ‘, P. 357: después, esta perla: Emmanuel Macron es un ser que no se duplice’, p. 366.

[9] Después de su actuación en la elección de 2007, Bayrou se había separado de la UDF para crear su propio partido de módem, para ofrecer una marca algo menos conservador del centrismo.

[10] Los periodistas extranjeros, encantados de que Macron debe desempeñar la ‘Oda a la alegría’ de Beethoven, adoptado por la UE como su himno oficial, podrían haber sido sorprendido al enterarse de que a finales de los años ochenta la misma kitsch musical resonó a través de los amplificadores a Jean-Marie reuniones de Le Pen para el FN.

[11] Para el fondo de la elección en la manipulación de la constitución, su fracaso en las urnas, y la degradación inútil de la izquierda en la segunda ronda de 2002 de Jospin, véase The New Viejo Mundo , Londres y Nueva York, 2009, pp. 174- 7.

[12] Antes de 2017, se ha estimado que menos de uno de cada siete trabajadores en realidad votan por el FN , tan extendida era la abstención proletaria: Patrick Lehingue ‘‘L’électorat’ du Frente Nacional. Retour sur deux ou trois “idées reçues”’, en Gérard Mauger y Willy Pelletier, eds, Les clases Populares et le FN , París 2016, pp. 33-7, que reconoce, sin embargo, que más de la mitad del FN electorado es la clase de trabajo de un tipo u otro, y que más trabajadores están representados en sus listas electorales que en cualquier parte. Esta capa de su apoyo se concentra en el Norte y Noreste; en el extremo sur de su electorado es más conservadora, que viene de una pequeña burguesía a medio teñido con el catolicismo.

[13] Véase su propia cuenta en Jean-Luc Mélenchon, Le choix de l’insoumission , París 2016, pp. 310-6. ‘En suma, Chávez, Correa, Mujica, Laclau y Mouffe liberaron mi lengua y mi imaginación política.’ El capítulo latinoamericano de su experiencia fue ‘lo que me permitió, antes que otros, para reemplazar a la vieja fijación en asalariados organizados’. En España, ‘Podemos ha hecho el mismo intento. Todos sus líderes han aprendido de América Latina revolucionaria. Sin embargo, en Francia como en Europa, ¿cuántos han participado en esta agitación en conjunto de ideas? ¡Muy poco! La mayoría todavía están atascados en los viejos esquemas de la izquierda tradicional europea, a pesar del evidente fracaso de los métodos: pp. 315-6. Chantal Mouffe sería una presencia líder en plataformas de Mélenchon.

[14] detallada en Mélenchon, The Future en común. El programa de Francia rebelde y su candidato, París, 2016, pp. 23-7.

[15] En el último mes de la campaña, Fillon subió sus calificaciones hacia arriba, sin tener que cerrar el Macron, mediante la movilización de un católico neoconservadurismo que en los últimos años ha mostrado un crecimiento sorprendente en la juventud educada, que proporciona gran parte de la energía para su triunfo en las primarias de centro-derecha.

[16] Su tarea era, por supuesto, más fácil: en España el PSOE estaba en cierto-lame-oposición a un gobierno de centro-derecha en lugar de comparablemente desacreditada por un desastre de centro-izquierda.

[17] Para los datos, véase el Informe de Ipsos, Primera ronda. Sociología de los electores y los perfiles de los abstemios 23 de abril de 2017.

[18] Para una explosión típica, ver la versión francesa de Elizabeth Drew de edad, o Philip Stephens de hoy en día: Alain Duhamel, ‘La Tentation de l’aventure’, Libération , 20 de Abril 2017.

[19] No es en igual medida: donde el fuego de la FN se ha dirigido esencialmente a la puerta giratoria de los partidos mayoritarios, burlado por marina como indistinguibles UMPS , Mélenchon ha tomado la frecuencia FN como su objetivo principal. También hay una asimetría en el tema central que divide ellos: mientras que el FN propone soluciones xenófobos clara para la inmigración, la FI -como la mayor parte de la izquierda europea en general, carente de cualquier respuesta-ses comparativamente específicas para evitar el tema por completo. L’Avenir en commun , su programa para las elecciones de 2017, contiene 83 temas: la palabra no es la inmigración que se encuentran en ninguna de ellas.

[20] Para las cifras de tesis, ver Informe Ipsos, Segunda Ronda. Sociología de las circunscripciones y los votantes perfil 7 de mayo 2017.

[21] Los vuelos de la muestra: ‘I aprendido de Colette lo que era una flor, de Giono un viento frío en la Provenza y la verdad de caracteres. Gide y Cocteau eran mis compañeros irremplazables; ‘Tomé el camino de caracteres en Flaubert, Hugo. Estaba consumido por la ambición de los jóvenes sangres de Balzac; ‘André Breton, que amaba a París, para así, llegó un día por casualidad en el sertão del lote y gritó: he dejado de querer estar en otro sitio. Nunca me cansaré de contemplar la inmóviles, alma fugitiva de Francia ‘; ‘En el espíritu de Francia hay una aspiración a lo universal que es a la vez una indignación incesante ante la injusticia y la opresión, y una determinación para decir a los demás lo que nosotros pensamos en el mundo, aquí, ahora y en nombre de todos. El espíritu de los enciclopedistas dirigida por Diderot ofrece la quintaesencia de esta loca ambición, pero que la ambición nos es ‘. Emmanuel Macron, Révolution , París 2016, pp. 14, 19, 45, 51-2. En otros lugares, en una publicación curada por un veterano de Le Monde , Balibar, Ricoeur, Deleuze, Bourdieu se ponen al servicio de manera similar, con la misma naturalidad Camus, Chateaubriand, Char, etc. Macron Macron la par , París 2017, pp. 18-22 , 31, 41, 46, 84-5, 91. Después de todo, ‘la política es un estilo, una magia’, explica a su interlocutor.

[22] De los votos emitidos, LREM -MoDem tomó alrededor de un 32 por ciento, Les Républicains 16 por ciento, FN 13 por ciento, La France Insoumise 11 por ciento, el PS 7 por ciento. Con 3 por ciento más de votos que el FN , Les Républicains podría obtener diez veces más diputados: figuras como estas quejas que hacen el FN es antidemocrático poco menos que una farsa.

[23] Para el cinismo mutua imperturbable de la Comisión y de Hollande en exigir y aceptar el límite máximo fijado, sabiendo perfectamente bien que Francia no lo respetaría, simplemente con el fin de disuadir a otros estados miembros de burlarse de él, ver el intercambio de Hollande con su flabbergasted entrevistadores: Davet y Lhomme, ‘ Un presidente. . . ‘ , Pp. 516-7. La única regla del imperio de la ley ritual sostenida por la Unión es que puede ser ignorada cuando sea necesario.

[24] Stéphanie Hennette, Thomas Piketty, Guillaume Sacriste y Antoine Vauchez, para un tratado de la democratización de Europa , París 2017, pp. 61-2, 74-5, 31-8.

[25] Revolución , pp. 235-6.

[26] La elección de insubordinación , pp. 381-3.

 

Se el primero en escribir un comentario

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*


20 − 3 =