RELIGIÓN Y SUPERSTICIÓN, por Baruch de Spinoza

 

“Cuando Spinoza afirma, como filósofo, que “la esencia infinita de Dios y su eternidad son conocidas de todos” (Etica II, 57, escolio), coincide casi literalmente con Pablo, cuando dice, como apóstol de Cristo a todas las gentes, que “lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:19-20). Entonces ¿qué? Pues que -prosigue Pablo- “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios icorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible…”

La vanidad intelectual y los prejuicios impiden a los agnósticos, escépticos y ateos, ver con la mente (razón e intuición) las cosas infinitas y eternas, que son, como es natural, invisibles para los ojos e imperceptibles para el cerebro, capaces de ver y percibir únicamente las cosas físicas, y ni siquiera todas, sino sólo una ínfima porción de las que existen. ¿Recuerda lo que le costó a Pasteur convencer a los médicos de la existencia de los microbios?

Pues lo mismo nos cuesta a los que no somos creyentes ni apóstoles de ninguna religión confesional, ni oriental ni occidental, pero sí amantes de la verdad y discípulos de la sabiduría, convencer a quienes niegan la existencia del Ser infinito y eterno, o sea, la Naturaleza creadora, es decir, Dios. Todos los ateos que he conocido, incluyendo, a los filósofos, o niegan la existencia de un dios antropomórfico (con voluntad y sentimientos humanos, tal como lo conciben en su imaginación casi todos los creyentes) o son incapaces (“acaso por limitación”, como usted dice) de percibir la existencia de la eternidad de la Vida; en cuyo caso, habría que concluir que el ateo o escéptico respecto a las cosas máximas, “o habla contra su propia conciencia o habremos de confesar que existen hombres cuyo ánimo está completamente obcecado, bien sea de nacimiento, o bien a causa de los prejuicios, es decir, por algún azar externo” (Spinoza, Tratado de la reforma del entendimiento, 47).

Por otro lado, dice también Spinoza, “el amor y el deseo pueden ser excesivos”, por lo que no se trata, en buena ética o moralidad, de amar “excesivamente” a los demás, porque es un error, tal vez igual de grave, que ser poseído de un “excesivo” amor propio. El altruismo y el egoísmo son dos vicios de la afectividad, pero el amor verdadero está por encima de ambos. Es más, que yo sepa, el aforismo más emblemático de la doctrina de Cristo dice: “Ama al prójimo como a ti mismo”, no menos, por lo tanto, pero tampoco más. Es importante recordar esto en una época del año en la que casi todos, sean creyentes o ateos, se untan mutuamente con un amor de pacotilla, más dulce y empalagoso, que el turrón con que se hartarán hasta la naúsea.

La acción desinteresada no existe, amigo mío, salvo que sea un reflejo involuntario o el impulso ciego de un psicópata. Lo que hacemos conscientemente es siempre por razón de interés o conveniencia, aunque no siempre el interés sea material o la conveniencia grosera. Es muy común, por otra parte, que los individuos desconozcan la verdadera causa de sus acciones, ignorancia que les trae sin cuidado.

El que ama (no el egoísta) y es generoso (no altruista) está muy interesado, tal como le dicta su natural forma de ser, en obrar bien y estar contento; de ahí que ser justo, leal y afectuoso sea lo que más le conviene si quiere vivir libre y feliz.

El egoísta y el altruista son igualmente ignorantes; si bien, como es obvio, yo prefiera al altruista, aunque no siempre. Porque el que se empeña en hacer el bien a quien no se lo ha pedido es un pesado y un impertinente, y más irritante que el humo a los ojos. En cambio, el egoísta, en la medida en que sólo piensa en sí mismo, me deja libre y en paz, sobre todo cuando ninguna ayuda suya necesito.

Por eso, el generoso (al contrario que el altruista, que se perjudica o sacrifica por beneficiar a otros) no hace sacrificio alguno, sino lo que le dicta el deber y el amor: primero cuidar de sí mismo y después ayudar también a los demás en lo que realmente necesiten -no en lo que egoístamente pidan-, y según lo determinen el tiempo y las circunstancias.

En cuanto a Pablo -o cualquier otro autor- no sé por qué ha de ser evitado o soslayado, siempre que, en el punto en que se cita, haya dicho la verdad. Tampoco es propio de una mentalidad racional o filosófica insultar o descalificar, en vez de argumentar o demostrar”.

(JESÚS NAVA)

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Por lo que toca a los milagros, estoy persuadido de que la certeza de la divina revelación solamente se puede fundar sobre la sabiduría de la doctrina y no sobre los milagros, es decir, sobre la ignorancia.

LA VERDADERA RELIGIÓN SE FUNDA EN LA SABIDURÍA; LA SUPERSTICIÓN, EN LA IGNORANCIA

Sólo añadiré aquí que entre la religión y la superstición yo descubro esta diferencia capital: que esta tiene por fundamento la ignorancia, y aquella la sabiduría.

Y esta me parece ser la causa de que los cristianos se distinguen de los demás, no por la fe ni por la caridad, ni por los demás frutos del Espíritu Santo, sino únicamente por la opinión; pues, como se defienden, como todos los demás, con los milagros, o lo que es lo mismo, con la ignorancia, que es la fuente de toda malicia, convierten la fe, incluso verdadera, en superstición.

Y para expresar más claramente mi opinión, digo que para salvarse no es en absoluto necesario conocer a Cristo según la carne; de forma muy distinta, sin embargo, hay que opinar de aquel hijo eterno de Dios, a saber, la sabiduría eterna de Dios, que se manifestó en todas las cosas y, sobre todo, en el alma humana y, más que en ninguna otra cosa, en Jesucristo.

Pues sin esa sabiduría nadie puede llegar al estado de beatitud, ya que sólo ella enseña qué es lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Y como, según he dicho, esa sabiduría se manifestó, ante todo, en Jesucristo, por eso sus discípulos la predicaron tal como les fue revelada por él y mostraron que podían gloriarse más que nadie de aquél espíritu de Cristo.

En cuanto a lo que añaden algunas Iglesias, que Dios asumió la naturaleza humana, advertí expresamente que no sé qué dicen; aún más, si he de confesar la verdad, no me parecen hablar de modo menos absurdo que si alguien me dijera que el círculo ha revestido la forma del cuadrado” (Carta 73, a Henry Oldenburg, 1675).

LA FE CRISTIANA YA NO ES MÁS QUE CREDULIDAD Y PREJUICIOS

“¿Nos extrañaremos, entonces, que de la antigua religión (cristiana) no haya quedado más que el culto externo (con el que el vulgo parece adular a Dios, más bien que adorarlo) y de que la fe ya no sea más que credulidad y prejuicios? Pero unos prejuicios que transforman a los hombres de racionales en brutos, puesto que impiden que cada uno use de su libre juicio y distinga lo verdadero de lo falso; se diría que fueron expresamente inventados para extinguir del todo la luz del entendimiento.

¡Dios mío!, la piedad y la religión consisten en absurdos arcanos. Y aquellos que desprecian completamente la razón y rechazan el entendimiento, como si estuviera corrompido por naturaleza, son precisamente quienes cometen la iniquidad de creerse en posesión de la luz divina.

Claro que si tuvieran el mínimo destello de esa luz, no desvariarían con tanta altivez, sino que aprenderían a rendir culto a Dios con más prudencia y se distinguirían, no por el odio que ahora tienen, sino por el amor hacia los demás; ni perseguirían tampoco con tanta animosidad a quienes no comparten sus opiniones, sino que más bien se compadecerían de ellos, si es que realmente temen por su salvación y no por su propia suerte.

Por otra parte, si poseyeran alguna luz divina, aparecería, al menos, en su doctrina. Ahora bien, yo confieso que nunca se han dado por satisfechos en su admiración hacia los profundísimos misterios de la Escritura; pero no veo que hayan enseñado nada, aparte de las especulaciones de aristotélicos y platónicos, ya que, para no dar la impresión de seguir a los gentiles, adaptaron a ellas la Escritura. No satisfechos de desvariar ellos con los griegos, quisieron que también los profetas delirasen con éstos” (Tratado teológico-político, prefacio).

LA DOCTRINA DE CRISTO CONSISTIÓ EN SENCILLAS LECCIONES MORALES

Aunque la religión, tal como la predicaban los apóstoles, en cuanto se limitaban a narrar la historia de Cristo, no cae bajo el dominio de la razón, cualquiera puede, sin embargo, alcanzar fácilmente por la luz natural una síntesis de la misma, ya que consiste esencialmente, como toda la doctrina de Cristo (es decir, aquella que él había enseñado en la montaña y que menciona Mateo cap. 5 y ss.), en enseñanzas morales.

Si recorremos ahora con cierta atención las mismas cartas de los apóstoles, veremos que estos convienen sin duda en la religión, en cuanto tal, pero que discrepan mucho en los fundamentos. De este hecho se sigue, sin duda alguna, que han surgido muchas discusiones y cismas que han vejado continuamente a la Iglesia, desde la misma época de los apóstoles, y que la seguirán vejando eternamente, hasta que la religión se separe, al fin, de las especulaciones filosóficas y se reduzca a los poquísimos y sencillísimos dogmas que enseñó Cristo a los suyos.

Los apóstoles no pudieron lograrlo, porque, como el evangelio era desconocido por los hombres, para que la novedad de su doctrina no hiriera demasiado sus oídos, la adaptaron cuanto pudieron al ingenio de los hombres de su tiempo (ver 1ª Corintios 9: 19-20) y la construyeron sobre los fundamentos entonces mejor conocidos y aceptados. Por eso ningún apóstol filosofó más que Pablo, que fue llamado a predicar a los gentiles.

Los demás, en cambio, como predicaron a los judíos, que desprecian, como se sabe, la filosofía, también se adaptaron a su ingenio (véase sobre esto Gálatas 2:11) y les enseñaron la religión desprovista de especulaciones filosóficas. ¡Qué feliz sería también nuestra época, si la viéramos libre, además, de toda superstición! (Tratado teológico-político, cap. XI).

 

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BARUCH DE SPINOZAObras completas. Alianza Editorial. Filosofía Digital, 2007

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