EL GRAN INQUISIDOR, por Fiodor M. Dostoyevski

EL GRAN INQUISIDOR, por Fiodor M. Dostoyevski

 

“Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y en su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan.” Pero Tú no quisiste privar al hombre de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa -pensaste- que se compra con pan? Tú objetaste que el hombre vive no sólo de pan. Pero ¿sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? No hay desvelo más continuo y doloroso para el hombre que, luego que deja la libertad, buscar a toda prisa a quién adorar. Pero busca el hombre inclinarse ante aquello que es ya indiscutible, tan indiscutible, que todo el mundo, de golpe, ha convenido en la general adoración de ello. Y así será hasta el fin del mundo, aun cuando desaparezcan del mundo los dioses. Es lo mismo, se arrodillarán ante los ídolos… El rebaño volverá a reunirse, y otra vez se someterá, y ya para siempre. Entonces, nosotros le proporcionaremos la felicidad mansa, apacible, de los seres apocados como ellos.

* * * * * *

 

EN LA ÉPOCA MÁS TERRIBLE DE LA INQUISICIÓN, EN ESPAÑA ARDÍAN DIARIAMENTE LAS HOGUERAS, Y “EN MAGNÍFICOS AUTOS DE FE QUEMABAN A LOS HEREJES”, PARA MAYOR GLORIA DE DIOS

 

Y he aquí que Él se dignó descender por un momento hasta el pueblo…, hasta el pueblo que padece, y sufre, y peca desaforadamente, y de un modo infantil lo ama. La acción de mi poema se desarrolla en España, en Sevilla, en la época más horrible de la Inquisición, cuando, para honra de Dios, en aquella tierra ardían diariamente las hogueras y “en magníficos autos de fe quemaban a los herejes”.

 

 

Por su infinita misericordia volvió a aparecerse entre los hombres en la misma forma humana en que anduviera por espacio de tres años entre ellos, quince siglos antes. Desciende sobre el ardiente suelo de la meridional ciudad, en la que, la víspera misma, ante el populoso gentío de toda Sevilla. Habían sido quemados por el cardenal inquisidor mayor, de una vez, cerca de cien herejes, ad majorem gloriam Dei. Presentóse allí, suavemente, inadvertido, y he aquí que todos, cosa rara, lo reconocieron.

El pueblo, con fuerza irresistible, corre hacia Él, lo rodea, se apiña en torno suyo, lo va siguiendo. En silencio pasa Él por entre ellos con una mansa sonrisa de dolor infinito. Un sol de amor arde en su corazón, raudales de luz, claridad y fuerza fluyen de sus ojos, y, vertiéndose sobre la multitud, conmueven sus corazones con amorosas réplicas. Él les tiende la mano, los bendice, y, al contacto con Él , aunque sólo fuere con sus vestiduras, emana un poder curativo… La gente llora y besa la tierra que Él pisa. Los niños arrojan a su paso flores, cantan y le gritan Hosanna!

Él se detiene en el atrio de la catedral de Sevilla en el preciso instante en el que introducen en el templo, con llanto, un blanco féretro infantil, descubierto; dentro de él va una niñita de siete años, hija única de un conocido convecino. La nena, muerta, yace toda cubierta de flores… Pero he aquí que se eleva el clamor de la madre de la muertecita. Se arroja a sus pies: “Si eres Tú, resucita a mi niña”, exclama, tendiendo hacia Él las manos. El cortejo se detiene; dejan el féretro en el atrio, a sus pies. Mira Él, apiadado, y su boca, una vez más profiere el thalita kumi… (“levántate, muchacha”). La niña se incorpora en el féretro, se sienta y mira, sonriendo, con sus asombrados ojos abiertos, en torno suyo.

En el gentío, emoción gritos, sollozos, y he aquí que en aquel preciso momento pasa por delante de la catedral, por la plaza, el propio cardenal, inquisidor mayor. Es una anciano de cerca de noventa años, alto y tieso, de cara chupada, de ojos hundidos, pero en los que todavía chispea, como una ascuita, brillo… Seguíanle a cierta distancia sus lúgubres ayudante y esclavos y la santa guardia. Se detiene ante el gentío y observa desde lejos. Todo lo ha visto. Frunce sus espesas cejas blancas, y su mirada brilla con maligno fuego. Alarga el dedo y ordena a la guardia que lo prenda. Y he aquí que, tal es su fuerza y hasta tal punto está hecha a obedecerle, temblando, la gente, que en el acto dispérsase la multitud ante la guardia, la cual, en medio de un mortal silencio, sobrevino de pronto, pone sobre Él sus manos y se lo lleva.

La muchedumbre toda, instantáneamente, como un solo hombre, prostérnase en tierra ante el anciano inquisidor, el cual, en silencio, la bendice y se aleja. Los guardias conducen al preso a un estrecho, sombrío y abovedado calabozo del antiguo edificio del Santo Tribunal, y allí lo encierra. Expira el día, llega la cálida, ardiente e irrespirable noche sevillana. El aire huele a laurel y azahar.  En medio de la profunda tiniebla ábrese de pronto la férrea puerta del calabozo, y el mismo anciano inquisidor mayor, con un farolillo en la mano, penetra en ella lentamente. Viene solo; la puerta ciérrase en el acto detrás de él. Detiénese en el umbral , y largo rato, uno o dos minutos, se está contemplando su rostro.

Finalmente, acércase despacio, deja el farolillo encima de la mesa y le habla: “¿Eres Tú? ¿Tú?”. Pero, no obteniendo respuesta, apresúrase a añadir: No contestes; calla. Además, ¿qué podrías decir? De sobra sé lo que dirías. Y tampoco tienes derecho a añadir nada a lo que ya dijiste.  ¿Por qué has venido a estorbarnos? Porque has venido a servirnos de estorbo y harto lo sabes. Pero ¿sabes lo que va a pasar mañana? Yo no sé quién eres Tú, ni quiero saberlo; eres Él o sólo una semblanza suya; pero mañana mismo te juzgo y te condeno a morir en la hoguera como el peor de los herejes; y ese mismo pueblo que hoy besaba tus pies, mañana, a una señal mía, se lanzará a atizar el fuego de tu hoguera, ¿sabes? Sí, puede que lo sepas -añadió con penetrante cavilosidad y sin apartar un instante sus ojos de los del preso.

CREARON DIOSES Y SE DESAFIARON ENTRE SÍ, Y ASÍ SERÁ SIEMPRE, INCLUSO AUNQUE DESAPAREZCAN DEL MUNDO TODOS LOS DIOSES; ES LO MISMO, SE ARRODILLARÁN ANTE LOS ÍDOLOS

El terrible e inteligente espíritu, el espíritu de la propia destrucción y del no ser -prosiguió el anciano-, el gran espíritu te habló en el desierto, y a nosotros nos dicen los libros cómo te tentó. ¿Cómo eso? ¿Y podría decirse algo más verídico que eso que él te planteó en tres cuestiones y Tú rechazaste, y que en los libros llaman tentaciones?… Porque en estas tres preguntas aparece compendiada en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las insolubles antítesis históricas de la humana naturaleza en toda la Tierra… Decide Tú mismo quién tenía razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba?

Recuerda la primera pregunta. Aunque no a la letra, su sentido es éste: “Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y en su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan.” Pero Tú no quisiste privar al hombre de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa -pensaste- que se compra con pan? Tú objetaste que el hombre vive no sólo de pan.

Pero ¿no sabes que en nombre de ese mismo pan terrenal se sublevará contra Ti el espíritu de la Tierra y luchará contigo y te vencerá? ¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? “¡Dales de comer, y entonces podrás exigirles que sean buenos!” He aquí lo que escriben en las banderas que enarbolan contra Ti y con las cuales echan abajo tu templo… Ninguna ciencia les dará el pan mientras continúen siendo libres, sino que acabarán por traer su libertad y echarla a nuestros pies y decirnos: “Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer”. Comprenderán, por fin, que la libertad y el pan de la Tierra, las dos cosas juntas para cada uno, son inconcebibles, porque nunca, nunca sabrán ellos repartírselos entre sí. Se convencerán asimismo de que tampoco pueden ser nunca libres, porque son apocados, viciosos, insignificantes y rebeldes…

Nos admirarán y nos tendrán por dioses, por habernos avenido, estando a la cabeza de ellos, a soportar la libertad que ellos temían y señorearlos… !Tan terrible habrá de ser para ellos, a lo último, eso de ser libres! Pero nosotros decimos que somos siervos tuyos y gobernamos en tu nombre. Volveremos a engañarlos, porque ya no te permitiremos que te nos acerques. En ese engaño se cifrará también nuestro dolor, porque nos veremos obligados a mentir. He aquí lo que significa esa primera cuestión del desierto, y he aquí lo que Tú rechazaste en nombre de la libertad, a la que pusiste por encima de todo. Y, sin embargo, en esa cuestión se encerraba un magno secreto de este mundo.

De haber optado por el pan, habrías respondido al general y sempiterno pensar humano, lo mismo como individuo aislado que como Humanidad completa…; es decir, ¿ante quién adorar? No hay desvelo más continuo y doloroso para el hombre que, luego que deja la libertad, buscar a toda prisa a quién adorar. Pero busca el hombre inclinarse ante aquello que es ya indiscutible, tan indiscutible, que todo el mundo, de golpe, ha convenido en la general adoración de ello. Porque la inquietud de esas lamentables criaturas no se reduce sólo a buscar aquello ante lo que yo u otro nos prosternamos, sino a buscar aquello en que todos creen y se prosternan, e irremisiblemente todos juntos.

Pues he aquí que esa necesidad de la generalidad de la oración es también el tormento más grande de cada hombre suelto y de toda la Humanidad junta, desde el comienzo de los siglos. Por esa general adoración se exterminaron unos a otros con la espada. Crearon dioses y se desafiaron entre sí: “Dejad vuestros dioses y venid a dorar a los nuestros; de lo contrario moriréis, igual que vuestros dioses.” Y así será hasta el fin del mundo, hasta cuando desaparezcan del mundo los dioses. Es lo mismo se arrodillarán ante los ídolos…

SÓLO SE APODERA DE LA LIBERTAD DE LAS GENTES EL QUE TRANQUILIZA SUS CONCIENCIAS

Te digo que no hay para el hombre preocupación más grande como la de encontrar cuanto antes a quién entregar ese don de la libertad con que nace esta desgraciada criatura. Pero sólo se apodera de la libertad de las gentes el que tranquiliza su conciencia… Porque el misterio de la vida del hombre no estriba solamente en el hecho de vivir, sino en vivir para algo; sin una noción firme de para qué vive el hombre no se resigna a vivir, y se apresura a suprimirse antes que continuar en la Tierra, aunque a su alrededor todo sean panes… No hay nada más seductor para el hombre que la libertad de su conciencia; pero tampoco nada más doloroso…

Y, sin embargo, ¿qué era lo que te proponías? Existen tres fuerzas, sólo tres fuerzas en la Tierra, capaces siempre de dominar y cautivar la conciencia de esos débiles rebeldes, para su felicidad…, y esas fuerzas son: milagro, misterio y autoridad. Tú rechazaste la una y la otra y la tercera, y diste ejemplo de ello. Cuando el terrible y sapientísimo espíritu se elevó a lo alto del templo y te dijo: “Si quieres saber si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque se ha dicho de Aquél  que los ángeles lo cogerán y lo sostendrán y no caerá en tierra ni se destrozará, y demostrarás así cuánta es tu fe en tu Padre”. Pero Tú, después de oírlo, rechazaste la proposición, y no accediste a ella y no te tiraste.

¡Oh! Tú sabías que tu hazaña se perpetuaría en los libros, alcanzaría las honduras del tiempo y los últimos límites de la Tierra, y te hiciste la ilusión de que, al seguirte a Ti, también el hombre se volvería dios y no habría menester del milagro. Pero Tú sabías que cuando el hombre rechaza el milagro, inmediatamente rechaza también a Dios, porque el hombre busca no tanto a Dios como al milagro. Y, no siendo capaz el hombre de quedarse sin milagro, fue y se fraguó él mismo nuevos milagros y se inclinó ante los prodigios de un mago o los ensalmos de una bruja, no obstante ser cien veces rebelde, herético y ateo.

Mira y juzga; quince siglos han pasado; anda y míralos. ¿A quién elevaste hasta Ti? Te lo juro: el hombre es una criatura más débil y baja de lo que Tú imaginaste… Él es débil y ruin. ¿Qué significa el que ahora, en dondequiera, se rebele contra nuestro poder y se ufane de su rebelión? Es la rebeldía de un niño y de un colegial. Son chicos díscolos que se sublevan en la clase y echan de ella al profesor. Pero ya se les acabarán los bríos a los muchachos, y caro les costará su plante. Destruyen los templos y manchan de sangre la tierra. Pero comprenderán, finalmente, esos chicos estúpidos que, aunque sean unos rebeldes, son unos rebeldes con poca fuerza, que no pueden mantener su plante… A propósito de esto, inquietud, perturbación y desdicha…, he ahí el actual patrimonio de los hombres después de tanto como Tú sufriste por su libertad.

Pero si hay misterio, en ese caso teníamos nosotros derecho a divulgar ese misterio y enseñarles que no era lo principal la libre resolución de los corazones ni su amor, sino el misterio, en virtud el cual habrían de ser culpables a ciegas, aun a hurtadillas de su conciencia. Y eso hemos hecho. Hemos justificado tu proeza y la hemos basado en el milagro, el secreto y la autoridad. Y las gentes alegráronse de verse nuevamente conducidas como un rebaño y de que les hubiesen quitado por fin de sobre el corazón un don tan tremendo que tantos tormentos les acarreara. ¿Estuvimos en lo cierto al enseñar y hacer eso? Di. ¿Es que nosotros no amábamos a la Humanidad, al reconocer con tanta humildad su desvalimiento, aligerarla con amor de su carga y absolver su flaca naturaleza hasta del pecado, pero mediante nuestra venia? ¿Por qué vienes ahora a estorbarnos? ¿Y por qué en silencio y de un modo tan penetrante me miras con esos tus ojos? Enfádate, no quiero tu amor, porque yo no te amo.

Puede que Tú, precisamente, quieras oírlo de mis labios, pues escucha: nosotros no estamos contigo, sino con Él, ya va para ocho siglos. Ocho siglos justos hace que aceptamos de Él lo que Tú, con indignación, desairaste, ese último don que te ofreció al mostrarte el imperio terrenal; nosotros le aceptamos Roma y la espada del César y nos declaramos solamente emperadores de la Tierra, únicos señores, aunque, hasta ahora, no hayamos podido dar cumplido remate a nuestra empresa; pero lograremos nuestro fin y seremos césares, y entonces pensaremos ya en la universal felicidad de los hombres…

CUANDO DELEGUEN EN NOSOTROS SU LIBERTAD, LES PROPORCIONAREMOS LA FELICIDAD MANSA Y APACIBLE DE LOS SERES APOCADOS

¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu habrías realizado cuanto el hombre busca en la Tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercero y último tormento del hombre. Siempre la Humanidad, en su conjunto, afanóse por estructurarse de un modo universal.

Si hubieras aceptado el mundo y la púrpura del César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. Porque ¿quién ha de dominar a las gentes sino aquellos que dominan sus conciencias y tienen en sus manos el pan?… ¡Oh! Nosotros los convenceremos de que sólo serán libres cuando deleguen en nosotros su libertad y se nos sometan. ¿Y qué importa que digamos verdad o mintamos? Ellos mismos se persuadirán de que verdad decimos al recordar los horrores de la servidumbre y confusión a que tu libertad los condujera.

La libertad, el libre espíritu y la ciencia los llevarán a tales selvas y los pondrán frente a tales prodigios e insolubles misterios, que los unos, rebeldes y enfurecidos, se quitarán la vida; otros, rebeldes, pero apocados, se matarán entre sí, y los demás, débiles y desdichados, vendrán a echarse a nuestros pies y clamarán: “Sí, tenéis razón; sólo vosotros estáis en posesión de su secreto y a vosotros volvemos. ¡Salvadnos de nosotros mismos!”

El rebaño volverá a reunirse, y otra vez se someterá, y ya para siempre. Entonces, nosotros le proporcionaremos la felicidad mansa, apacible, de los seres apocados como ellos. ¡Oh! Nosotros les persuadiremos, finalmente, a no enorgullecerse, porque Tú los levantaste y así les enseñaste a enorgullecerse; les demostraremos que carecen de bríos; que son tan sólo niños dignos de lástima; pero que la felicidad infantil es la más gustosa de todas. Se volverán tímidos y nos mirarán y se apretujarán a nosotros con miedo, como los polluelos a la clueca… Y no tendrán secreto alguno para nosotros. Les consentiremos o les prohibiremos vivir con sus esposas y queridas, tener o no tener hijos (todo contando con su obediencia), y ellos se nos someterán con júbilo y alborozo.

Los más penosos secretos de conciencia…, todo, todo, nos  lo traerán, y nosotros les absolveremos de todo, y ellos creerán en nuestra absolución con alegría, porque los librará de la gran preocupación y las terribles torturas actuales de la decisión personal y libre. Y todos serán dichosos; todos esos millones de criaturas, excepto los cien mil que sobre ellos dominen. Porque sólo nosotros, los que guardaremos el secreto, sólo nosotros seremos infelices.

Has de saber que yo también estuve en el desierto y me sustenté de saltamontes y raíces; que también yo bendije la libertad que Tú habías concedido a los hombres y me apercibí a ser del número de tus elegidos… Pero recapacité y no quise servir a un absurdo. Me volví atrás y me incorporé a la muchedumbre de aquellos que han corregido tu obra. Lo que te digo se cumplirá, y nuestro imperio se afianzará. Te lo repito: mañana mismo verás ese dócil rebaño, que a la primera señal que les haga se lanzará a atizar las brasas de tu hoguera, en la que he de quemarte por haber venido a estorbarnos. Porque si alguno mereció nuestra hoguera, eres Tú. Mañana te quemo. Dixi.

* * *

FIODOR M. DOSTOYEVSKIEl gran inquisidor (extracto). Los hermanos Karamásovi, Obras Completas, tomo III. Editorial Aguilar, 1982. Traducción directa del ruso por Rafael Cansinos Assens. Filosofía Digital, 2008. 

Se el primero en escribir un comentario

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*


diecinueve − dieciocho =