REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte X)

La Constitución española de 1856 fue conocida también como la “non nata” porque nunca llegó a ser promulgada a causa del “golpe contrarrevolucionario” del general Leopoldo O’Donnell que puso fin al Bienio progresista del reinado de Isabel II de España y decretó la clausura las Cortes Constituyentes elegidas en 1854.

Tras unas protestas por la desamortización de Madoz el ministro Escosura dimitió, a lo que se unió Espartero, la reina aprovechó para nombrar jefe de gobierno al líder de la Unión Liberal O’Donnell. Las cortes se opusieron a la maniobra política y la Milicia Nacional se levantó apoyada por los progresistas. El nuevo jefe del gobierno utilizó contra ellos al ejército y los derrotó el 15-7-1856, con lo que acabó el Bienio. Al producirse la caída de Espartero en 1856, las Cortes constituyentes progresistas ya habían aprobado el texto de la Constitución, que esperaba la sanción real para entrar en vigor. Nunca se llegó a firmar.

El texto representa las ideas y organización del estado del programa de Partido Progresista. Sigue las líneas de la Constitución de 1837, ampliando la declaración de derechos, limitando el poder real y democratizando las cortes. La elaboración de la Constitución fue simultánea a la de muchas leyes de reforma económica más duraderas. Esas Cortes discutieron por primera vez criterios democráticos como la libertad religiosa, el sufragio universal, los derechos sociales, el derecho de manifestación y la posibilidad de sustitución de la monarquía por una república y contemplaba la institución del Jurado popular. 

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ÍNDICE

PARTE TERCERA

KARL MARX

 

Revolución en España ( The Revolution in Spain)

Correspondencias para la «New York Daily Tribune» (1856)

 

 

I

Las noticias traídas ayer por el Asia  aunque posteriores  en tres días a nuestras anteriores informaciones, no aportan nada que indique una rápida conclusión de la guerra civil en España. El Coup d´état de O’Donnell, aunque victorioso en Madrid, no puede considerarse todavía como definitivamente logrado. El Mouniter francés, que rebajó al principio la insurrección de Barcelona al nivel de un mero tumulto, se ve obligado ahora a confesar que el conflicto fue verdaderamente grave en esa ciudad, aunque el éxito de las tropas de la reina puede ser considerado seguro.

Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro, conocido generalmente como Baldomero Espartero. Convencido de que su destino era gobernar a los españoles, fue por dos veces presidente del Consejo de Ministros y llegó a la jefatura del Estado como regente durante la minoría de edad de Isabel II. Ha sido el único militar español con tratamiento de Alteza Real

De acuerdo con la versión de ese periódico oficial, la lucha duró en Barcelona desde las 5 de la tarde del 18 de julio hasta la misma hora del 21 -tres días, pues, exactamente- momento en que los “insurrectos” habían sido desalojados de sus posiciones y habían huido al campo, perseguidos por la caballería. Parece empero que los insurrectos conservan todavía varias ciudades de Cataluña, incluyendo Gerona, La Junquera y algunas otras plazas menores. Parece también que Murcia,  Valencia y Sevilla han hecho sus pronunciamientos contra el golpe de estado; que un batallón de la guarnición de Pamplona, enviado a Soria por el gobernador de aquella ciudad, se ha pronunciado contra el gobierno durante su marcha y se dirige a Zaragoza para unirse a los insurrectos; y  finalmente que en Zaragoza, reconocida como centro de la resistencia desde el primer momento, el general Falcón ha pasado revista a 16.000 soldados de unidades de línea, reforzados por 15.000  milicianos y campesinos de los alrededores.

En todo caso, el gobierno francés no considera reprimida la “insurrección” española, y Bonaparte, lejos de contentarse con enviar cierto número de batallones a vigilar la frontera, ha ordenado a una brigada avanzar hasta el Bidasoa, completándola con una división de refuerzo procedente de Montpellier y Toulouse. Parece también que una segunda división ha sido segregada del ejército de Lyon de acuerdo con órdenes recibidas directamente de Plombiéres el 23 pasado, y está en camino de los Pirineos, donde en este momento se ha formado ya un corps d’observation de 25.000  hombres. Si la resistencia al gobierno de O’Donnell fuera capaz de afirmarse y se mostrara lo suficientemente formidable como para invitar a Napoleón a invadir la Península, el golpe de estado de Madrid podría ser el principio del fin del golpe de estado de París.

Levantamientos del pueblo madrileño contra los moderados en 1854

Si consideramos la conspiración en general y las dramatis personae  en particular, esta intriga española de 1856 se presenta como mera repetición de la de 1843, aunque naturalmente con algunas ligeras variaciones. Entonces como ahora, Isabel en Madrid y Cristina en París; Luis Felipe, en vez de Luis Bonaparte, dirigiendo el movimiento desde las Tullerías; Espartero de una parte y sus ayacuchos; de la otra O’Donnell, Serrano, Concha, con Narváez entonces en el proscenio y ahora en último término. En 1843 Luis Felipe envió dos millones de oro por tierra y Narváez y sus amigos por mar, pactando él mismo con la señora Muñoz las “bodas españolas”. La complicidad  -de Bonaparte en el golpe de estado español-  concluyendo quizás la boda de su primo el príncipe Napoleón con alguna señorita Muñoz o continuando en todo caso la imitación de su tío- queda indicada no sólo por las vociferaciones del Moniteur durante los dos últimos meses denunciando conspiraciones comunistas en Castilla y Navarra, sino también por el comportamiento del embajador francés en Madrid, M. de Turgot  -que era ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte durante su propio coud’ état- antes y después del de Madrid; por el duque de Alba, cuñado de Napoleón, convertido en presidente del nuevo Ayuntamiento de Madrid inmediatamente después de la victoria de O’Donnell; por Ros de Olano, viejo miembro del partido francés y primera persona a que ha sido ofrecida una cartera en el ministerio de O’Donnell; y por Narváez, mandado a Bayona por Bonaparte apenas recibidas en París las primeras noticias del asunto. Tal complicidad venía ya de antemano sugerida por la remesa de gran cantidad de municiones de Burdeos a Bayona unos quince días antes de la actual crisis en Madrid. Pero ante todo resulta indicada por el plan de operaciones seguido por O’Donnell en su razzia contra el pueblo de la capital. Desde el primer momento anunció que no retrocedería ante la necesidad de aplastar Madrid, y durante la lucha actuó realmente de acuerdo con esas palabras. Ahora bien, aunque se trate de un audaz aventurero, O’Donnell no ha arriesgado nunca un paso grave sin asegurarse una retirada tranquila. Al igual que su célebre tío, héroe de la traición, jamás quema los puentes al pasar el Rubicón. El órgano de la combatividad está singularmente dominado en los O’Donnell por el órgano de la prudencia y el secreto. Está claro que un general que cumpliera la amenaza de reducir la capital a cenizas y fracasara luego en su sublevación perdería la cabeza.

¿Cómo pues se ha arriesgado O’Donnell hasta tan peligrosos límites? El ]ournal des Débats, como órgano especial de la reina Cristina, nos descubre el secreto: “O’Donnell esperaba una gran batalla y a lo sumo una victoria duramente disputada. Cabía en sus previsiones la posibilidad de una derrota. Si tal desgracia hubiera ocurrido, el general habría abandonado Madrid con el resto de su ejército, escoltando a la reina, y se habría dirigido a las provincias del norte, con objeto de aproximarse a la frontera francesa“. ¿No tiene todo esto un aspecto que sugiere que O’Donnell ha trazado su plan con Bonaparte? Exactamente el mismo plan había sido pactado entre Luis Felipe y Narváez en 1843, plan copiado a su vez de la convención secreta entre Luis XVIII y Fernando VII de 1823.

 

 

Una vez admitido ese plausible paralelo entre las conspiraciones españolas de 1843 y 1856, hay suficientes rasgos distintos en los dos movimientos para poner de manifiesto la magnitud de los pasos dados por el pueblo español en tan breve período. Esos rasgos son: el carácter político de la última lucha en Madrid, las posiciones respectivas de Espartero y O’Donnell en 1856 comparadas con las de Espartero y Narváez en 1843. En 1843 todos los partidos estaban cansados de Espartero. Para desembarazarse de él se constituyó una poderosa coalición de moderados y progresistas. Juntas revolucionarias surgidas como hongos en todas las ciudades prepararon el camino a Narváez y a sus partidarios. En 1856 no tenemos ya simplemente la corte y el ejército de un lado contra el pueblo de otro, sino que además tenemos en las filas del pueblo las mismas divisiones que en el resto de la Europa occidental. El 13 de junio el ministerio de Espartero presentó su forzosa dimisión; en la noche del 13 al 14 se constituyó el ministerio O’Donnell; en la mañana del 14 empezó a circular el rumor de que O’Donnell, encargado de la formación del gabinete, había invitado a Ríos Rosas, el malfamado ministro de los sangrientos días de julio de 1854, a que se le uniera. A las 11 de la mañana la Gaceta confirmaba el rumor. Las Cortes se reunieron entonces, con la presencia de 93 diputados.  De acuerdo con la ley orgánica de ese cuerpo, 20 miembros bastan para convocarlo y 50 para constituir un quorum. Las Cortes además no habían sido aplazadas formalmente. El general Infante, presidente de las Cortes, no tuvo más remedio que cumplir el general deseo de celebrar una sesión ordinaria. Se presentó una moción que declaraba que el nuevo gabinete no disfrutaba de la confianza de las Cortes y que Su Majestad debía ser informada de este hecho. Al mismo tiempo, las Cortes invitaron a la Guardia Nacional a mantenerse presta para actuar. La comisión portadora de la resolución que negaba la confianza al gobierno se dirigió a visitar a la reina, escoltada por un destacamento de la milicia nacional. Pero aunque insistieron en entrar en Palacio fueron rechazados por tropas de línea que hicieron fuego sobre la comisión y su escolta. Este incidente fue la señal para la insurrección. La orden de levantar barricadas fue dada a las 7 de la tarde por las Cortes, disueltas inmediatamente después por las tropas de O’Donnell. La lucha comenzó aquella misma noche, y sólo un batallón de la milicia nacional se unió a las tropas reales. Vale la pena indicar que ya en la mañana del 13 el señor Escosura, ministro esparterista del Interior, había telegrafiado a Barcelona y Zaragoza informando de la existencia del golpe de estado y ordenando que se preparara la resistencia. A la cabeza de los insurrectos de Madrid se colocaron el señor Madoz y el general Valdés, hermano de Escosura. En resolución, no puede caber la duda de que la resistencia al golpe de estado procede de los esparteristas y de los ciudadanos y liberales en general. Mientras éstos tomaban posiciones a lo largo de una línea que divide Madrid de este a oeste, los obreros, dirigidos por Pucheta, ocuparon las zonas sur y norte de la ciudad.

Sesión Regia de Apertura de las Cortes Constituyentes el 8 de noviembre de 1854

En la mañana del 15 O’Donnell tomó la iniciativa. Incluso según el parcial testimonio del Joumal des Débats no consiguió éxitos señalables durante la primera parte del día. De repente, hacia la una y sin causa perceptible, se rompieron las filas de la milicia nacional; a las dos eran todavía más débiles, y a las seis habían desaparecido completamente del escenario de la acción, dejando a los obreros todo el peso de la batalla; éstos lucharon desde las 4 hasta la noche del 16. Hubo pues dos batallas distintas en esos tres días de carnicería: la una fue librada por la milicia liberal de las clases medias, apoyada por los obreros, contra el ejército; y la otra fue librada por el ejército contra los obreros abandonados por la milicia.

Como ha dicho Heine: “Es una vieja historia, y siempre ocurre igual“. Espartero abandona a las Cortes; las Cortes abandonan a los jefes de la Guardia Nacional; los jefes abandonan a sus hombres, y los hombres abandonan al pueblo. El día 15, empero, se reunieron las Cortes con ocasión de una fugaz aparición de Espartero. El señor Asensio y otros diputados le recordaron sus reiteradas promesas de desnudar la gloriosa espada de Luchana el primer día que estuviera en peligro la libertad del país. Espartero puso al cielo por testigo de su indestructible patriotismo, salió, y todo el mundo esperó verle pronto en cabeza de la insurrección. Pero en vez de eso se dirigió a casa del general Gurrea, se encerró en un sótano a prueba de bombas, a la Palafox, y no se oyó más de él. Los comandantes de la milicia, que la tarde anterior habían recurrido a todos los medios para hacer tomar las armas a sus hombres, se mostraron ahora sumamente deseosos de retirarse a sus domicilios. A las dos y media de la tarde el general Valdés, que había usurpado durante algunas horas el mando de la milicia, convocó en la Plaza Mayor a los soldados bajo su mando directo y les dijo que el hombre que naturalmente tenía que estar a su cabeza no iba a aparecer, y que consecuentemente todo el mundo estaba autorizado a retirarse. A renglón seguido los guardias nacionales se precipitaron a sus casas se desprendieron precipitadamente de sus uniformes y escondieron sus armas. Tal es en sustancia la información suministrada por una autoridad bien informada. Otro informante da una nueva razón para explicar ese repentino acto de sumisión a la conspiración, a saber, que se pensó que el triunfo de la Guardia Nacional no haría más que provocar la ruina del trono y el predominio absoluto de la democracia republicana. La Presse de París da también a entender que el general Espartero, viendo el giro que tomaban las cosas en el congreso por obra de los demócratas, no quiso sacrificar el trono ni lanzarse al azar de la anarquía a la guerra civil e hizo todo lo que pudo para conseguir la sumisión a O’Donnell.

 

Llegada de la Comitiva Real al Palacio del Congreso de los Diputados durante las Cortes Constituyentes de 1854

 

Es cierto que los detalles de tiempo y circunstancias y la derrota de la resistencia al golpe de estado difieren  en los diversos informadores; pero todos están de acuerdo en el punto principal de que Espartero abandonó a las Cortes, las Cortes a los jefes, los jefes a la clase media y ésta al pueblo. Esto suministra una nueva ilustración del carácter de la mayoría de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que tendrán lugar en adelante en la porción occidental del continente. Existen por una parte la industria moderna y el comercio, cuyas cabezas naturales, las clases medias, son contrarias al despotismo militar; por otra parte, cuando empiezan su batalla contra ese despotismo,  arrastran consigo a los obreros, productos de la moderna organización del trabajo, los cuales reclaman la parte que les corresponde del resultado de la victoria. Aterradas por las consecuencias de una tal alianza involuntariamente puesta sobre sus hombros, las clases medias retroceden hasta ponerse bajo las protectoras baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensibles de otro modo para el futuro historiador. Las clases medias de Europa han tenido así que comprender que deben rendirse ante un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y de las relaciones sociales en ellos basadas, o renunciar a los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad ha derramado, en su primera fase, sólo sobre su clase. El que esta lección haya ido a darse también en España es algo tan impresionante como inesperado.

 

[New York Daily Tribune, 8 de agosto de 1856]

 

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España sin Rey – Capítulos 19 a 22.

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