Albert Camus – Nietzsche y el nihilismo

Hoy les presentamos extractado un capitulo del libro “El hombre rebelde”, de Albert Camus, libro completo cuya descarga les ofrecemos al final del post. A esta obra, “El hombre rebelde”, hemos dedicado dos recientes artículos, que les invitamos a visitar de nuevo. Les dejamos sin más con la lectura de Camus. Disfrútenlo. 
 
ALBERT CAMUS Y LA FILOSOFÍA DEL LIMITE parte I
ALBERT CAMUS Y LA FILOSOFÍA DEL LIMITE parte II
********

 

NIETZSCHE Y EL NIHILISMO

“Negamos a Dios, negamos la responsabilidad de Dios; solamente así liberaremos al mundo”. Con Nietzsche, el nihilismo parece hacerse profético. Pero no se puede sacar de Nietzsche sino la crueldad baja y mediocre que él odiaba con todas sus fuerzas, mientras no se ponga en el primer plano de su obra, mucho antes que al profeta, al clínico. El carácter provisional, metódico, estratégico, en una palabra, de su pensamiento, no puede ser puesto en duda. En él el nihilismo, por primera vez, se hace consciente. Los cirujanos tienen en común con los profetas que piensan y operan en función del porvenir. Nietzsche no pensó nunca sino en función de un apocalipsis futuro, no para ensalzarlo, pues adivinaba el aspecto sórdido y calculador que ese apocalipsis tomaría al final, sino para evitarlo y transformarlo en renacimiento. Reconoció el nihilismo y lo examinó como un hecho clínico. Se decía el primer nihilista cabal de Europa. No por gusto, sino por disposición, y porque era demasiado grande para rechazar la herencia de su época. Diagnosticó en si mismo y en los otros la imposibilidad de creen y la desaparición del fundamente primitivo de toda su fe, es decir, la creencia en la vida, El “¿se puede vivir en rebelión?” se convierte en el “¿se puede vivir sin creer en nada?” Su respuesta es positiva, si, si se hace de la falta de fe un método, si se lleva al nihilismo hasta sus últimas consecuencias y si, desembocando entonces en el desierto y confiando en lo que va a venir, se siente en el mismo movimiento primitivo dolor y alegría.

En vez de la duda metódica ha practicado. la negación metódica, la destrucción esmerada de todo lo que todavía se oculta en el nihilismo, la destrucción de los ídolos que disimulan la muerte de Dios. “Para elevar un santuario nuevo hay que destruir otro santuario; tal es la iey”. Quien quiere ser creador en el bien y en el mal debe ante todo, según él, ser destructor y romper los valores. “Así, el supremo mal forma parte del supremo bien, pero el supremo bien es creador”. Ha escrito, a su manera, el Discurso del método de su época. sin la libertad y la exactitud de ese siglo XVII francés que admiraba tanto, pero con la loca lucidez que caracteriza al siglo XIX, siglo del genio, según él. Vamos a examinar este método de la rebelión [1].

Así, lo primero que hace Nietzsche es asentir a lo que sabe. El ateísmo, para él, dicho se esté, es “constructivo y radical”. La vocación superior dc Nietzsche, si la creemos, consiste en provocar une especie de crisis y de detención decisiva en el problema del ateísmo. El mundo marcha a la aventura, no tiene finalidad. Dios es por lo tanto, inútil, puesto que nada quiere. Si quisiera algo, y en eso se reconoce la formulación tradicional del problema del mal, tendría que asumir “una suma de dolor y de ilogismo que rebajaría el valor total del devenir”.  Se sabe que Nietzsche envidiaba públicamente a Stendhal su fórmula. “La única excusa de Dios es que no existe”. Al estar privado igualmente de unidad y de finalidad. Por eso no se puede juzgar al mundo. Todo juicio de valor acerca de él privado igualmente de unidad y de finalidad. Por eso no se puede jugar al mundo. Todo juicio de valor acerca de é lleva finalmente a la calumnia de la vida. Se juzga entonces lo que es por referencia a lo que debería ser, reino de cielo, ideas eternas o imperativo mora. Pero lo que debería ser no es; este mundo no puede ser juzgado en nombre de nada, “Las ventajas de esta época: nada es cierto, todo está permitido”. Estas fórmulas, que repercuten en millares de otras, suntuosas o irónicas, bastan en todo caso para demostrar que Nietzsche acepta toda la carga del nihilismo y de la rebelión. En sus consideraciones, por lo demás pueriles, sobre “el adiestramiento y la selección”, ha formulado también la lógica extrema del razonamiento nihilista: “Problema: ¿por qué medios se obtendría una forma rigurosa de gran ciencia enteramente científica la muerte voluntaria?”

Pero Nietzsche coloniza en provecho del nihilismo los valores que, tradicionalmente, fueron considerados como frenos del nihilismo, Principalmente, la moral. La conducta moral, tal como la ilustró Sócrates, o tal como la recomienda el cristianismo, es en si misma un signo de decadencia, Quiere substituir al hombre de carne por un hombre reflejo. Condena el universo de las pasiones y los gritos del hombre de un mundo armonioso completamente imaginario. Si e1 nihilismo es la impotencia para creer, su síntoma más grave no se encuentra en el ateísmo, sino en la impotencia para creer lo que es, para ver lo que se hace, para vivir lo que se ofrece. Esta enfermedad está en la base de todo idealismo. La moral no tiene fe en el mundo. La verdadera moral, para Nietzsche, no se separa de la lucidez. Es severo con los “calumniadores del mundo” porque se descubre en casa calumnia la vergonzosa inclinación a la evasión. La moral tradicional no es para él sino un caso especial de inmoralidad. “Es el bien —dice— el que necesita que lo justifiquen”. Y también: “Un día se dejará de hacer el bien por razones morales”.

La filosofía de Nietzsche gira, ciertamente, alrededor del problema de la rebelión. Exactamente, comienza por ser una rebelión. Pero se siente el desplazamiento operador por Nietzsche. Con el, la rebelión parte del “Dios ha muerto”, al que considera como un hecho establecido, y se vuelve contra todo lo que aspira a reemplazar falsamente a la diversidad desaparecida y deshonra a un mundo, sin duda sin dirección, pero que sigue siendo el único crisol de los dioses. Contrariamente a lo que piensan algunos de sus críticos cristianos, Nietzsche no ha concebido el proyecto de matar a Dios. Lo ha encontrado muerto en el alma de su época. Es el primero que ha comprendido la inmensidad del acontecimiento y decidido que esta rebelión del hombre no podía llevar a un renacimiento si no era dirigida. Cualquier otra actitud con respecto a ella, ya fuese el pesar o la complacencia, debía llevar al apocalipsis. Nietzsche no ha formulado, por tanto, una filosofía de la rebelión, sino que ha edificado una filosofía sobre la rebelión.

Si ataca al cristianismo en particular lo hace solamente como moral. Deja siempre intactos la persona de Jesús, por una parte, y los aspectos cínicos de la Iglesia, por la otra.Se sabe que admiraba a los jesuitas como conocedor. “En el fondo —escribe— sólo el Dios moral es refutado” [2]. Cristo, para Nietzsche como para Tolstoi, no es un rebelde. Lo esencia de su doctrina se resume en el asentamiento total, la no resistencia al mal. No hay que matar, ni siquiera para impedir que se mate, hay que aceptar al mundo tal como es, negarse a aumentar su desdicha, pero consentir en sufrir personalmente el mal que contiene. El reino de los cielos se halla inmediatamente a nuestro alcance. No es sino una disposición interior que nos permite poner nuestros actos en relación con estos principios y que puede darnos la beatitud inmediata. El mensaje de Cristo, según Nietzsche, es: no la fe, sino las obras. Desde entonces, la historia del cristianismo no es sino una larga traición a este mensaje. El Nuevo Testamento está ya corrompido y, desde Pablo hasta los Concilios, el servicio de la fe hace olvidar las obras.

¿Cuál es la corrupción profunda que el cristianismo agrega al mensaje de su maestro? La idea del juicio, ajena a la enseñanza de Cristo, y las nociones correlativas del castigo y recompensa. Desde ese instante la naturaleza se convierte en historia, e historia significativa; nace la idea de la totalidad humana. Desde la buena nueva hasta el juicio final de la humanidad no tiene otra tarea que la de ajustarse a los fines expresamente morales de un relato escrito de antemano. La única diferencia consiste en que los personajes, en el epílogo, se dividen por sí mismos en buenos y malos. En tanto que el único juicio de Cristo, consiste en decir que el pecado natural no tiene importancia, el cristianismo histórico hará de toda la naturaleza la fuente del pecado. “¿Qué es lo que niega Cristo? Todo lo que lleva al presente el nombre de cristiano”. El cristianismo cree luchar contra el nihilismo, porque da una dirección al mundo, pero él mismo es nihilista en la medida en que, imponiendo un sentido imaginario a la vida, impide que se descubra su verdadero sentido imaginario a la vida, impide que se descubra su verdadero sentido: “Toda la Iglesia es la piedra colocada sobre el sepulcro de un hombre-dios; trata, por la fuerza, de impedir que resucite”. La conclusión paradójica, pero significativa de Nietzsche es que Dios ha muerto a causa del cristianismo, en la medida en que éste ha secularizado lo sagrado. Se refiere aquí al cristianismo histórico y a “su duplicidad profunda y despreciable”.

El mismo razonamiento hace Nietzsche ante el socialismo y todas las formas de humanitarismo. El socialismo no es sino un cristianismo degenerado. Mantiene, en efecto, esa creencia es la finalidad de la historia que traiciona a la vida y a la naturaleza, que substituye a los fines reales con fines ideales y contribuye a enervar las voluntades y las imaginaciones. El socialismo es nihilista, en el sentido en adelante preciso que confiere Nietzsche a esa palabra. El nihilista no es quien no cree en nada, sino quien no cree en lo que es. En ese sentido, todas las formas del socialismo son manifestaciones todavía degradadas de la decadencia cristiana. Para el cristianismo, recompensa y castigo suponían una historia. Pero en virtud de una lógica inevitable, la historia entera termina por significar recompensa y castigo: ese día nace el mesianismo colectivista. Así, la igualdad de las almas ante Dios lleva, habiendo muerto Dios, a la igualdad simplemente Nietzsche combate también las doctrinas socialistas como doctrinas morales. El nihilismo, ya se manifieste en la religión o en la predicación socialista, es el resultado lógico de nuestros valores llamados superiores. El espíritu libre destruirá esos valores, denunciando las ilusiones en que se basan, el regateo que suponen y el crimen que cometen al impedir que la inteligencia lucida cumpla su misión: transformar el nihilismo pasivo en nihilismo activo.

En este mundo desembarazado de Dios y de los ídolos morales, el hombre se halla ahora solitario sin amo. Nadie menos Nietzsche, y en eso se distingue de los románticos, ha hecho creer que semejante libertad podía ser fácil. Esta salvaje liberación le ponía entre aquellos de los que él mismo ha dicho que sufren una nueva angustia y una nueva dicha. Pero, para comenzar, sólo la angustia grita: “¡Ay, concédeme la locura, pues, la locura!… A menos de que esté por encima de la ley, soy el más réprobo de todos los réprobos”. En efecto, quien no puede mantenerse por encima de la ley tiene que encontrar otra ley o la demencia. Desde el momento en que el hombre no cree ya en Dios, ni en la vida inmortal, se hace “responsable de todo lo que vive, de todo lo que, nacido del dolor, está destinado a sufrir de la vida”. A él, y sólo a él, e corresponde encontrar el orden y la ley. Entonces comienza la época de los réprobos, la búsqueda agotadora de justificaciones, la nostalgia sin objeto, “la cuestión más dolorosa, más desgarradora, la del corazón que se pregunta: ¿dónde podría sentirme en mi elemento?”

Porque tenía un espíritu libre, Nietzsche sabía que la libertad del espíritu no es una comodidad, sino una grandeza que se desea y se obtiene, de cuando en cuando, mediante una lucha agotadora. Sabía que cuando uno quiere mantenerse por encima de la ley corre el gran riesgo de descender por debajo de esa ley. Por eso comprendió que el espíritu no encontraba su verdadera emancipación sino en la aceptación de nuevos deberes. Lo esencial de su descubrimiento consiste en decir que, si la ley eterna no es la libertad, la ausencia de ley es todavía menos. Si nada es cierto, si el mundo carece de regla, nada está prohibido: para prohibir una acción se necesita, en efecto, un valor y una finalidad. Pero, al mismo tiempo, nada está autorizado; se necesitan también un valor y una finalidad para elegir otra acción. La dominación absoluta de la ley no es la libertad, pero tampoco la absoluta disponibilidad. La suma de todos los posibles no forma la libertad, pero lo imposible es esclavitud. También el caos es una servidumbre. No hay libertad sino en un mundo en que lo que es posible se halla definido al mismo tiempo que lo que no lo es. Sin ley no hay libertad. Si el destino no está orientado por un valor superior, si el azar es rey, se trata de la marcha en las tinieblas, de la horrible libertad del ciego. Al término de la mayor liberación, Nietzsche elige, por tanto, la mayor dependencia. Si no hacemos de la muerte de Dios un gran renunciamiento y una perpetua victoria sobre nosotros mismos, tendremos que pagar esa pérdida”. Dicho de otro modo, con Nietzsche la rebelión desemboca en la ascesis. Una lógica más profunda reemplaza entonces al “si nada es cierto, todo está permitido” de Karamázov por un “si nada es cierto, nada está permitido”. Negar que una sola cosa esté prohibida en este mundo equivale a renunciar a lo que está permitido. Allí donde nadie puede decir ya qué es negro y qué es blanco, la luz se extingue y la libertad se convierte en una prisión voluntaria.

Puede decirse que Nietzsche se lanza con una especie de alegría espantosa al callejón sin salida al que empuja metódicamente a su nihilismo. Su finalidad confesada es hacer insoportable la situación para el hombre de su época. La única esperanza parece consistir para él en llegar al extremo de la contradicción. Si entonces el hombre no quiere perecer entro los nidos que le ahogan, tendrá que cortarlos de un golpe y crear sus propios valores. La muerte de Dios no termina nada y no se puede vivir sino con la condición de preparar una resurrección. “Cuando no se encuentra la grandeza en Dios —dice Nietzsche—, no se la encuentra en ninguna parte; hay que negarle o crearla”. Negarla era la tarea del mundo que le rodeaba y que veía correr al suicidio. Crearla fue la tarea sobrehumana por la que quiso morir. Sabía, en efecto, que la creación no es posible sino en el extremo de la soledad y que el hombre no se decidiría a realizar ese esfuerzo vertiginoso sino en el caso de que, en la más extremada miseria del espíritu, tuviese que admitir ese gesto o morir. Nietzsche le grita, por lo tanto, que la tierra es su única verdad, a la que hay que ser fiel, y que de ella hay que vivir y hacer el medio de salvación. Pero le enseña al mismo tiempo que vivir en una tierra sin ley es imposible porque vivir supone, precisamente, una ley. ¿Cómo se puede vivir libre y sin ley? El hombre debe responder a este enigma bajo pena de muerte.

Nietzsche, por lo menos, no deja de hacerlo. Responde, y su respuesta “está en el riesgo: Damocles nunca danza mejor que bajo la espada. Hay que aceptar lo inaceptable y que atenerse a lo insostenible. Desde el momento en que reconoce que el mundo no persigue fin alguno, Nietzsche propone que se admita su inocencia, se afirme que no se le juzgue pues no se le puede juzgar por intención alguna, y que se reemplacen, por consiguiente, todos los juicios de valor por un solo si, una adhesión total y exaltada a este mundo. Así, de la desesperación absoluta surgirá la alegría infinita, de la servidumbre ciega la libertad despiadada. Ser libre es, justamente, abolir los fines. La inocencia del devenir, desde el momento que se la admite, simboliza el máximo de libertad. El espíritu libre ama lo que es necesario. El pensamiento profundo de Nietzsche es que la necesidad de los fenómenos, si es absoluta, sin grietas, no implica coacción de ninguna clase. La adhesión total a una necesidad total es su definición paradójica de la libertad. La pregunta “¿libre de qué?” es sustituida entonces por “¿libre para qué?” La libertad coincide con el heroísmo. Es la ascesis del gran hombre, “el arco más tenso que haya”.

Esta aprobación superior, nacida de la abundancia y de la plenitud, es la afirmación sin restricciones del delito mismo y del sufrimiento, del mal y del asesinato, de todo lo problemático y extraño que tiene la existencia. Nace de una voluntad decidida de ser lo que se es en un mundo que sea lo que es. “Considerarse a, si mismo como una fatalidad, no querer hacerse de otro modo que como se es. . .” La palabra esta dicha. La ascesis nietzscheana, que parte del reconocimiento de la fatalidad, termina en una divinización de la fatalidad. El destino se hace tanto más adorable cuanto más implacable. El dios moral, la piedad y el amor son otros tantos enemigos de la fatalidad a la que tratan de compensar. Nietzsche no quiere rescate. La alegría del devenir es la alegría del aniquilamiento. Pero sólo el individuo se hunde. El movimiento de rebelión en el que el hombre reivindicaba su propio ser desaparece en la sumisión absoluta del individuo al devenir. El amor fati sustituye a lo que era un odium fati. “Todo individuo colabora con todo el ser cósmico. lo sepamos o no, lo queramos o no”. El individuo se pierde así en el destino de la especie y el movimiento eterno de los mundos. “Todo lo que ha sido es eterno, el mar lo devuelve a la orilla”.

Nietzsche vuelve entonces a los orígenes del pensamiento, a los presocráticos. Estos suprimían las causas finales para dejar intacta la eternidad del principio que imaginaban. Sólo es eterna la fuerza que no tiene fin, el “Juego” de Heráclito. Todo el esfuerzo de Nietzsche consiste en demostrar la presencia de la ley en el devenir y del juego en la necesidad. “El niño es la inocencia y el olvido, un volver a empezar, un juego. una rueda que gira por si misma. Un primer movimiento, el don sagrado de decir si”. El mundo es divino porque es gratuito. Por eso es por lo que solamente el arte. a causa de su igual gratuidad, es capaz de aprehenderlo. Ningún juicio de cuenta del mundo, pero el arte puede enseñarnos ¡¡ repetirlo, como se repite el mundo a lo largo de retornos eternos. La mar primordial repite incansablemente en la misma playa las mismas palabras y rechaza a los mismos seres asombrados de vivir. Pero por lo menos para quien consiente en retornar y en que todo retorne que se hace eco y eco exaltado, participa de la divinidad del mundo.

En efecto, mediante ese sesgo se introduce por fin la divinidad del hombre. El rebelde que al principio niega a Dios, aspira luego a remplazarle. Pero el mensaje de Nietzsche es que el rebelde no se convierte en Dios sino renunciando a toda rebelión. hasta a la que produce a los dioses para corregir a este mundo. “Si hay un Dios, ¿cómo soportar no serlo?” Hay un dios, en efecto, que es el mundo. Para participar de su divinidad hasta con decir si. “No rogar más, sino bendecir”, y la tierra se cubrirá de hombres-dioses. Decir si al mundo, repetirlo, es a la vez recrear al mundo y recrearse a si mismo, es convertirse en el gran artista, el creador. El mensaje de Nietzsche se resume en la palabra creación, con el sentido ambiguo que ha tomado. Nietzsche no ha enlazado nunca sino el egoísmo y la dureza propios de todo creador. La transmutación de los valores consiste solamente en reemplazar el valor del juez por el de creador, el respeto y la pasión de lo que es. La divinidad sin inmortalidad define la libertad del creador. Dionisos, dios de la tierra, aúlla eternamente en el   desmembramiento. Pero simboliza al mismo tiempo esa belleza trastornada que coincide con el dolor. Nietzsche creyó que decir si a la tierra y a Dionisos era decir si a sus sufrimientos. Aceptar todo, y la suprema contradicción, y el dolor al mismo tiempo, era reinar sobre todo. Nietzsche estaba dispuesto a pagar el precio debido por ese reino, Sólo la tierra, “grave y doliente”, es verdadera. Sólo ella es la divinidad. Del mismo modo que Empédocles se precipitó en el Etna para ir a buscar la verdad donde está, en las entrañas de la tierra, así también Nietzsche proponía al hombre que se hundiera en el cosmos para encontrar su divinidad eterna y convertirse en Dionisos. La voluntad de dominio termina, como los Pensées de Pascal, a los que recuerda con tanta frecuencia, en una apuesta. El hombre no obtiene todavía la certidumbre, sino la voluntad de certidumbre, lo que no es lo mismo. También Nietzsche vaciló al llegar a ese extremo: “Esto es lo imperdonable en ti. Tienes los poderes y te niegas a firmar”. Sin embargo, debía firmar. Pero el nombre de Dionisos sólo inmortalizó las esquelas amorosas a Ariadna, que escribió estando loco.

En cierto sentido, la rebelión termina también en Nietzsche con la exaltación del mal. La diferencia consiste en que el mal no es ya un desquite. Es aceptado como uno de los aspectos posibles del bien y, más seguramente todavía, como una fatalidad. Se lo toma. por lo tanto, para superarlo y, por decirlo así, como un remedio. En el pensamiento de Nietzsche se trataba solamente de orgulloso consentimiento del alma ante lo que no puede evitar. Conocemos, no obstante, su posteridad y la política que realizó está invocando la autoridad del que decía ser el último alemán antipolítico. Él se imaginaba tiranos artistas. Pero la tiranía es para los mediocres más natural que el arte. “Antes César Borgia que Persifal”, exclamaba. Ha habido Césares y Borgias, pero privados de la aristocracia del corazón que él atribuía a los grandes individuos del Renacimiento. En tanto que él pedía que el individuo se inclinase ante la eternidad de la especie y se hundiese en el gran ciclo del tiempo, se ha hecho de la raza un caso particular de la especie y se ha doblegado al individuo ante ese dios sórdido. La vida de que él hablaba con temor y estremecimiento ha sido degradada a una biología para uso doméstico. Una raza de señores incultos que balbucean la voluntad de dominio ha tomado finalmente por su cuenta la “deformidad antisemita” que él no dejó de despreciar.

Él creía en la valentía unida a la inteligencia, y a eso es a lo que llamaba fuerza. En su nombre, se ha vuelto a la valentía contra la inteligencia; y esta virtud, que él poseyó verdaderamente, se ha transformado así en su contraria: la violencia a ciegas. El había confundido libertad y soledad, según la ley de un espíritu orgulloso. Su “soledad profunda de mediodía y medianoche” se ha perdido, no obstante, en la multitud mecanizada que al fin ha roto sobre Europa. Defensor del gusto clásico. de la ironía, de la frugal impertinencia, aristócrata que supo decir que aristocracia consiste en practicar la virtud sin preguntarse por qué, y que hay que dudar de un hombre que necesita razones para seguir siendo honrado, loco de rectitud (“esta rectitud convertida en instinto, en pasión”), servidor obstinado de esta “equidad suprema de la suprema inteligencia que tiene como enemigo mortal al fanatismo”, su propio país, treinta y tres años después de su muerte, le erigió en maestro de la mentira y la violencia e hizo odiosas nociones y virtudes que su sacrificio había hecho admirables. En la historia de la inteligencia, con excepción de Marx, no tiene equivalente la aventura de Nietzsche; nunca terminaremos de reparar la injusticia que se le ha hecho. Se conocen, sin duda, filosofías que han sido traducidas y traicionadas en la historia. Pero hasta Nietzsche y el nacionalsocialismo nunca se había dado el caso de que todo un pensamiento esclarecido fuese ilustrado a los ojos del mundo por una ostentación de mentiras y el espantoso amontonamiento de cadáveres en los campos de concentración. La “predicación del superhombre que termina en la fabricación metódica de subhombres, es el hecho que se debe denunciar. sin duda, pero que también se debe interpretar. Si la última consecuencia del gran movimiento de rebelión de los siglos XIX y XX debía ser esta esclavitud despiadada, ¿no habría que volver la espalda a la rebelión y repetir el grito desesperado de Nietzsche a su época “Mi conciencia y la tuya no son ya la misma conciencia”?

Reconozcamos, ante todo, que siempre nos será imposible confundir a Nietzsche con Rosenberg. Debemos ser los abogados de Nietzsche. El mismo dijo, denunciando de antemano a su impura descendencia: “Quien ha liberado a su espíritu, además debe purificarse”. Pero la cuestión consiste, por lo menos, en saber si la liberación del espíritu, tal como él la concebía, no excluye la purificación. El movimiento mismo que termina en Nietzsche y que lo lleva tiene sus leyes y su lógica que, quizás, explican el sangriento disfraz con que se ha revestido su filosofía. ¿No hay nada en su obra que pueda ser utilizado en favor del asesinato definitivo? Los asesinos, a condición de negar el espíritu por, la letra y hasta el espíritu que queda todavía en la letra, ¿no podían encontrar en él sus pretextos? Hay que responder afirmativamente. Desde el momento en que se descuida el aspecto metódico del pensamiento nietzscheano (y no es seguro que él mismo se haya atendido siempre a él) su lógica rebelde ya no conoce límites.

Se advertirá también que el asesinato no encuentra su justificación en la negación nietzscheana de los ídolos, sino en la adhesión frenética que corona la obra de Nietzsche. Decir si a todo supone que se diga si al asesinato. Por otra parte, hay dos maneras de admitir el asesinato. Si el esclavo dice si a todo, dice si a la existencia. Si el amo dice si a todo, dice si a la esclavitud y al dolor de los demás; he aquí al tirano y la glorificación del asesinato. “¿No es risible que se crea en una ley sagrada, inquebrantable, no mentirás, no matarás, en una existencia cuya característica es la mentira perpetua, el asesinato perpetuo?”. En efecto, la rebelión metafísica, en su primer movimiento, era solamente la protesta contra la mentira y el crimen de la existencia. El sí nietzscheano, olvidado del no original, reniega de la rebelión misma, al mismo tiempo que reniega de la moral que rechaza al mundo tal como es. Nietzsche deseaba ansiosamente un César romano con el alma de Cristo. Era, en su espíritu, como admitir al mismo tiempo al esclavo y al amo. Pero, finalmente, admitir a ambos equivale a santificar al más fuerte de los dos, es decir, al amo. El César debía renunciar fatalmente a la dominación del espíritu para elegir el reino hecho. “¿Cómo se puede sacar provecho del crimen?, se preguntaba Nietzsche, como buen profesor fiel a su método. El César debía responder: multiplicándolo. “Cuando los fines son grandes — escribió Nietzsche para desgracia suya — la humanidad utiliza otra medida y no juzga ya el crimen tomo tal, aunque emplee los medios más espantosos” Murió en 1900. al comenzar el siglo en que esta pretensión iba a hacerse mortal. En vano exclamó en la horade la lucidez: “Es fácil hablar de actos inmorales de todas clases, ¿pero se tendrá fuerza para soportarlos? Por ejemplo, yo no podría tolerar el haber faltado a mi palabra o el haber matado: me consumiría durante más o menos tiempo, pero moriría a consecuencia de ello; tal seria mi suerte”. Desde el momento en que se daba el asentimiento a la totalidad de la experiencia humana podían venir otros que, lejos de consumirse, se fortalecerían con la mentira y el asesinato. La responsabilidad de Nietzsche consiste en haber justificado, por razones superiores de método, aunque haya sido un instante, en el mediodía del pensamiento, ese derecho al deshonor del cual Dostoievsky decía ya que, cuando se les ofrece a los hombres, se está siempre seguro de verles abalanzarse sobre él. Pero su responsabilidad involuntaria es mayor todavía.

Nietzsche es, desde luego, lo que reconocía ser: la conciencia más aguda del nihilismo. El paso decisivo que hace dar al espíritu de rebelión consiste en hacerlo saltar de la negación de lo ideal a la secularización de lo ideal. Puesto que la salvación del hombre no está en Dios, debe estar en la tierra. Puesto que el mundo no tiene dirección, el hombre, desde el momento en que lo acepta, debe darle una, que lleva a una humanidad superior. Nietzsche reivindicaba la dirección del porvenir humano. “Va a tocamos la tarea de gobernar a la tierra”. Y en otra parte: “Se acerca el tiempo en que habría que luchar por la dominación de la tierra, y esa lucha se librará en nombre de los principios filosóficos.” Anunciaba así el siglo XX. Pero si lo anunciaba es porque había advertido la lógica interna del nihilismo y sabía que uno de sus resultados era el imperio. Con ello mismo preparaba ese imperio.

Hay libertad para el hombre sin dios, tal como lo imaginaba Nietzsche, es decir, solitario. Hay libertad al mediodía, cuando la rueda del mundo se detiene y el hombre dice que o que es deviene. Hay que admitir el devenir. La luz pasa y el eje del mundo se inclina. La historia se reanuda entonces, y en la historia hay que buscar la libertad; hay que decir que sí a la historia. El nietzscheísmo, teoría de la voluntad de dominio individual, estaba condenado a inscribirse en una voluntad de dominio total. No era nada sin el imperio del mundo. Nietzsche odiaba, sin duda, a los librepensadores y a los humanitarios. Tomaba las palabras “libertad del espíritu” en su sentido más extremado; la divinidad del espíritu individual. Pero no podía impedir que los librepensadores partiesen del mismo hecho histórico que él, la muerte de Dios, y que las consecuencias fuesen las mismas. Nietzsche vio muy bien que el humanismo no era sino un cristianismo privado de justificación superior, que conservaba las causas finales mientras rechazaba la primera causa. Pero no advirtió que las doctrinas de emancipación socialista debían tomar su cargo, en virtud de una lógica inevitable del nihilismo, aquello con que él mismo había soñado: el superhombre.

La filosofía seculariza el ideal. Pero vienen los tiranos y secularizan en seguida las filosofías que les dan ese derecho. Nietzsche ya había adivinado esa colonización a propósito de Hegel, cuya originalidad, según él, consistió en inventar un panteísmo en el cual el mal, el error y el sufrimiento no pueden ya servir de argumento contra la divinidad. “Pero el Estado, las potencias establecidas han utilizado inmediatamente esta iniciativa grandiosa.” Sin embargo, él mismo había imaginado un sistema donde el crimen ya no podía servir de argumento contra nada y donde el único valor residía en la divinidad del hombre. Esta iniciativa grandiosa exigía también que fuera utilizada. El nacionalsocialismo no es, a este respecto, sino un heredero pasajero, el resultado cascarrabias y espectacular del nihilismo. De otra manera, lógicos y ambiciosos serán los que, corrigiendo a Nietzsche con Marx, preferirían no decir que si sino a la historia, y no a toda la creación. El rebelde al que Nietzsche arrodillaba ante el cosmos se arrodillará en adelante ante la historia. ¿Qué tiene esto de sorprendente? Nietzsche, por lo menos en su teoría del superhombre, y Marx antes que él con la sociedad sin clases, reemplazan al más allá por el más tarde. En esto Nietzsche traicionaba a los griegos y a la enseñanza de Jesús que. según él, reemplazaban al más allá por el al instante. Marx como Nietzsche, pensaba estratégicamente y como él odiaba la virtud formal. Los dos rebeldes, que terminan igualmente con la adhesión a cierto aspecto de la realidad, van a fundirse en el marxismo-leninismo y a encarnarse en esta casta, de la que hablaba ya Nietzsche, que debía “reemplazar al sacerdote, al educador y al médico”. La diferencia, esencial, consiste en que Nietzsche, a la espera del superhombre. proponía que se dijese que sí a lo que es, y Marx a lo que deviene. Para Marx, la naturaleza es lo que se subyuga para obedecer a la historia. Es la diferencia del cristianismo con respecto al griego. Nietzsche, por lo menos, previó lo que iba a suceder: “El socialismo moderno tiene a crear una forma de jesuitismo seglar, a hacer de todos los hombres instrumentos”. Y también: “Lo que se desea es el bienestar… Por consiguiente, se marcha hacia una esclavitud espiritual como no se ha visto nunca …

El cesarismo intelectual se cierne por encima de toda la actividad de los negociantes y los filósofos”. Al pasar por el crisol de la filosofía nietzscheana la rebelión, en su pasión por la libertad, va a parar al cesarismo biológico e histórico. El no absoluto había llevado a Stirner a divinizar el crimen al mismo tiempo que al individuo. Pero el si absoluto lleva a universalizar el asesinato al mismo tiempo que al hombre mismo. El marxismo-leninismo ha tomado realmente por su cuenta la voluntad de Nietzsche, por medio de la ignorancia de algunas verdades nietzscheanas. El gran rebelde crea entonces con sus propias manos, y para encerrarse en él, el reino implacable de la necesidad. Después de huir de la prisión de Dios. su primera preocupación será construir la prisión de la historia y de la razón, acabando así el enmascaramiento y la consagración de ese nihilismo que Nietzsche pretendía vencer.

 

LA POESÍA REBELDE

Si la rebelión metafísica rechaza el si y se limita a negar absolutamente, se reduce a aparentar. Si se precipita en la adoración de lo que es, renunciando a discutir una parte de la realidad, se obliga a hacer pronto tarde. Entre ambas v representa, pero en un sentido doloroso, el dejar hacer. La poesía rebelde de fines del siglo XIX y comienzos del XX osciló constantemente entre esos dos extremos: la literatura y la voluntad de poder, lo irracional y lo racional, el sueño desesperado y la acción implacable. Por última vez esos poetas, y sobre todo los superrealistas, nos iluminan el camino que lleva del parecer al hacer por un atajo espectacular. Hawthorne pudo escribir de Melville que, aunque era incrédulo, no sabía descansar en la incredulidad. Del mismo modo que puede decirse de los poetas lanzados al asalto del cielo que, queriendo derribarlo todo, han afirmado al mismo tiempo su nostalgia desesperada de un orden. En una última contradicción, han querido sacar la razón de la sinrazón y hacer de lo irracional un método. Estos grandes herederos del romanticismo han pretendido hacer ejemplar a la poesía y encontrar la verdadera vida en lo desgarrador que ella tenía. Han divinizado la blasfemia y transformado la poesía en experiencia y en un medio de acción. Hasta ellos, en efecto, quienes habían pretendido influir sobre el acontecimiento y sobre el hombre, por lo menos en Occidente, lo habían hecho en nombre de reglas racionales. Por el contrario, el superrealismo, después de Rimbaud, ha querido encontrar en la demencia y la subversión una regla de construcción. Rimbaud, con su obra y solamente con ella, había indicado el camino, pero de la manera fulgurante como la tempestad revela el borde de un camino. El surrealismo ha abierto ese camino y codificado su localización. Con sus exageraciones, así como con sus retrocesos, ha dado su última y suntuosa expresión a una teoría práctica de la rebelión irracional, al mismo tiempo que, por otro camino, el pensamiento rebelde fundaba el culto a la razón absoluta. Sus inspiradores, Lautréamont y Rimbaud, nos enseñan, en todo caso, por qué caminos el deseo irracional de parecer puede llevar al rebelde a las formas más liberticidas de la acción.

 ******

 ******

[1] Es evidente la última filosfia de Nietzche, desde 1880 hasta el hundimiento, la que nos ocupará aquí. Este capítulo puede ser considerado como un comentario de La voluntad de dominio.

[2] “Decía que es la descomposición espontanea de Dios, pero no es más que una muda; se despoja de su epidermis moral. Y le veréis desaparecer más allá del Bien y del Mal”.

 

 

Se el primero en escribir un comentario

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*


uno × 2 =