LA CIENCIA POLÍTICA, FRENTE A UTOPÍAS Y TRAMPAS, por Baruch de Spinoza

“Yo mismo he dicho, en algún lugar de FD, que Spinoza no estuvo totalmente libre de algunos de los prejuicios de su época. ¿Cómo iba a estarlo si no era más que un hombre? Y, como él dijo, “soy hombre y sé que puedo estar equivocado. Pero he puesto todo mi empeño en no equivocarme”.

Pero traes a colación, contra Spinoza, la única acusación o sospecha de la que es completamente inocente. Él no fue un racionalista, pues afirmó, literalmente, que “la razón no tiene poder para conducirnos a la felicidad”. Añadiendo: “Vemos también cómo el razonamiento no es en nosotros lo más excelso, sino como una escalera a través de la cual ascendemos al lugar deseado, o como un buen espíritu que, lejos de toda falsedad y engaño, nos anuncia el bien supremo, a fin de incitarnos a buscarle y a unirnos a él. Y esa unión es nuestra suprema salvación y beatitud.”

Él consideraba que la intuición (el discernimiento o insight de Krishnamurti), era el género supremo de conocimiento, y el que más debía ser empleado en la investigación filosófica de la verdad; aunque reconocía, en el momento de escribir el Tratado de la Reforma del Entendimiento, escrito de juventud de Spinoza, que “no obstante son pocas en extremo las cosas que he podido entender de esta forma”. Sin embargo, las cosas más importantes de su filosofía están recogidas en el libro V de la Ética, su obra de madurez, donde usa la intuición para llegar a la cumbre de la sabiduría, que no es otra que el amor eterno de Dios, y nuestra verdadera salvación, felicidad, libertad y gloria. La razón, en cambio, utilísima para el conocimiento de otros ámbitos de la realidad, sólo sirve aquí, como brújula, para conducir al espíritu hacia horizontes divinos, es decir, hacia la unión con la Naturaleza infinita y eterna.

Sin embargo, Spinoza siempre fue muy realista sobre la capacidad de las multitudes humanas para alcanzar la verdad, pues “para deducir las cosas de las simples nociones intelectuales, se requiere, las más de las veces, una larga cadena de percepciones, aparte de una precaución suma, de un agudo talento y de un dominio perfecto, cosas que rara vez se hallan juntas en los hombres. De ahí que los hombres prefieren informarse por la experiencia, más bien que deducir todas sus percepciones de unos pocos axiomas y encadenar unos con otros. En consecuencia, si alguien desea enseñar una doctrina a toda una nación, por no decir a todo el género humano, está obligado a confirmar su doctrina por la sola experiencia y a adaptar sus argumentos y las definiciones de las cosas que pretende enseñar, a la capacidad de la plebe, que constituye la mayor parte del género humano, en vez de encadenar sus argumentos y de formular sus definiciones como serían más útiles para su argumentación. De lo contrario, sólo escribirá para los doctos, es decir, que sólo podrá ser comprendido por muy pocos hombres, en relación al conjunto” (Tratado teológico-político, cap. 5).

Disculpa esta larga cita, pero quería explicar por qué yo separo la política, basada en la experiencia histórica de los grupos humanos para organizar un Estado, que les asegure toda la libertad y felicidad que sean capaces de alcanzar, de la Ética y la Religión, que tienen por fundamento, respectivamente, el entendimiento racional y el intuitivo.

Por eso considero que ni Krisnamurti, ni Gandhi, ni Tagore, ni Voltaire pintan nada en una discusión sobre filosofía política, pues que yo sepa, nunca idearon una que pueda ser examinada críticamente. Incluso en el caso de Spinoza -al que la muerte sorprendió cuando empezaba a tratar sobre la democracia y las leyes que rigen en política-, sólo conocemos algunos rasgos -esenciales, eso sí- de la forma radical de democracia que el propugnaba, y que consideraba absoluta, es decir, la mejor.

Por eso he dicho que Spinoza me ha permitido comprender la metafísica y la física que subyace en las pasiones humanas que pueden actuar como resorte de la democracia; y, en cambio, Jefferson ha dejado, para todos las generaciones, la impronta de una hermosa constelación de principios políticos, que, aunque los ignore olímpicamente el mundo entero, fundamentarán eternamente la constitución de una verdadera democracia libre. De Montesquieu, en cambio, apenas he aprendido algunas verdades que valgan la pena, y casi todas están inspiradas en Spinoza”.

JESÚS NAVA.

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LA CIENCIA POLÍTICA, FRENTE A UTOPÍAS Y TRAMPAS, por Baruch de Spinoza

 Los filósofos conciben los afectos, cuyos conflictos soportamos, como vicios en los que caen los hombres por su culpa. Por eso suelen reírse o quejarse de ellos, criticarlos o (quienes quieren aparecer más santos) detestarlos. Y así creen hacer una obra divina y alcanzar la cumbre de la sabiduría cuando han aprendido a alabar, de diversas formas, una naturaleza humana que no existe en parte alguna y a vituperar con sus dichos la que realmente existe.

LOS TEÓRICOS ESCRIBEN SÁTIRAS EN VEZ DE UNA ÉTICA Y JAMÁS ENSEÑAN UNA POLÍTICA QUE PUEDA SER LLEVADA A LA PRÁCTICA

En efecto, conciben a los hombres no como son, sino como ellos quisieren que fueran. De ahí que, las más de las veces, hayan escrito una sátira en vez de una ética, y que no hayan ideado jamás una política que pueda llevarse a la práctica, sino otra que o debería ser considerado como una quimera, o sólo podría ser instaurada en el país de Utopía o en el siglo dorado de los poetas, es decir, allí donde no hacía falta alguna.

 

      Estatua de Spinoza (1632-1677).

En consecuencia, como se cree que, entre todas las ciencias que se destinan al uso, la teoría política es la más alejada de su práctica, se considera que nadie es más idóneo para gobernar el Estado que los teóricos o filósofos.

Los políticos, por el contrario, se cree que se dedican a tender trampas a los hombres, más que a ayudarles, y se juzga que son más bien hábiles que sabios. Efectivamente, la experiencia les ha enseñado que habrá vicios mientras haya hombres. Se esfuerzan, pues, en prevenir la malicia humana mediante recursos cuya eficacia ha demostrado una larga experiencia y que los hombres suelen emplear cuando los hombres son guiados por el miedo más que por la razón.

Con ello, sin embargo, parecen oponerse a la religión y, sobre todo, a los teólogos, ya que éstos creen que las supremas potestades deben administrar los asuntos públicos según las mismas reglas de la piedad o moralidad que los particulares deben observar.

Pese a ello, no cabe duda que esos políticos han escrito con más acierto que los filósofos; ya que, como tomaron la experiencia por maestra, no enseñaron nada que se apartara de la práctica.

Por mi parte, estoy plenamente convencido de que la experiencia ha revelado todas las formas de regímenes que se pueden concebir para que los hombres vivan en concordia, así como los medios por los que la multitud debe ser dirigida o mantenida dentro de ciertos límites. Hasta el punto que yo no creo que podamos excogitar algo sobre este tema, que sea compatible con la experiencia o la práctica y que, sin embargo, no haya sido ensayado y experimentado.

HAY QUE ESMERARSE EN NO RIDICULIZAR NI LAMENTAR NI DETESTAR LAS ACCIONES HUMANAS, SINO EN ENTENDERLAS

Los hombres, en efecto, son de tal índole que les resulta imposible vivir fuera de todo derecho común. Por otra parte, los derechos comunes y los negocios públicos han sido organizados y administrados por hombres de agudísimo ingenio, astutos o sagaces. Por eso, casi no se puede creer que podamos concebir algo que pueda resultar útil a la sociedad en general y que no haya surgido alguna vez por casualidad, o que no lo hayan descubierto los hombres que se ocupan de los asuntos públicos y velan por su propia seguridad.

Así, pues, cuando me puse a estudiar la política, no me propuse exponer algo nuevo o inaudito, sino demostrar de forma segura e indubitable o deducir de la misma condición de la naturaleza humana sólo aquellas cosas que están perfectamente acordes con la práctica.

Y, a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia con la misma libertad de espíritu con que solemos tratar los asuntos matemáticos, me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos, como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire.

Pues, aunque todas estas cosas son incómodas, también son necesarias y tienen causas bien determinadas, mediante las cuales intentamos comprender su naturaleza, y el alma goza con su conocimiento verdadero lo mismo que lo hace con el conocimiento de aquellas que son gratas a los sentidos.

Porque es cierto, tal como lo hemos demostrado en nuestra Ética, que los hombres están necesariamente sometidos a los afectos. Y así, por su propia constitución, compadecen a quienes les va mal y envidian a quienes les va bien; están más inclinados a la venganza que a la misericordia; y, además, todo el mundo desea que los demás vivan según su propio criterio, y que aprueben lo que uno aprueba y repudien lo que uno repudia. De donde resulta que , como todos desean ser los primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pueden por oprimirse unos a otros; y el que sale victorioso se gloría más de haber perjudicado a otro que de haberse beneficiado él mismo.

UN ESTADO CUYA SALVACIÓN DEPENDA DE LA HONRADEZ DE QUIENES LO ADMINISTRAN NO SERÁ EN ABSOLUTO ESTABLE

Y aunque todos están persuadidos de que, frente a esta actitud, la religión enseña que cada uno ame al prójimo como a sí mismo, es decir, que defienda el derecho del otro como el suyo propio, nosotros hemos demostrado que esta enseñanza ejerce escaso poder sobre los afectos. Triunfa, sin duda, en el artículo de muerte, cuando la enfermedad ha vencido incluso a los afectos y el hombre yace inerme; o en los templos, donde los hombres no se relacionan unos con otros; pero no en el Palacio de Justicia o en la Corte Real, donde sería sumamente necesaria.

Hemos demostrado, además, que la razón tiene gran poder para someter y moderar los afectos; pero hemos visto, a la vez, que el camino que enseña la razón es extremadamente arduo. De ahí que quienes se imaginan que se puede inducir a la multitud o a aquellos que están absortos por los asuntos públicos, a que vivan según el mandato exclusivo de la razón, sueñan con el siglo dorado de los poetas o con una fábula.

Por consiguiente, un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien y cuyos negocios sólo son bien administrados si quien los dirigen quieren hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe.

Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien las cosas, con tal que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad.

Finalmente, puesto que todos los hombres, sean bárbaros o cultos, se unen en todas partes por costumbres y forman algún estado político, las causas y fundamentos naturales del Estado no habrá que extraerlos de las enseñanzas de la razón, sino que deben ser deducidos de la naturaleza o condición común de los hombres. Es lo que he decidido llevar a cabo en el capítulo siguiente.

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BARUCH DE SPINOZA, Tratado político, capítulo I. Alianza Editorial, 1986. Traducción de Atilano Domínguez. Filosofía Digital, 2007.

 

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