REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte V)

1.854. El año de la boda de Sissi y el emperador austríaco, Francisco José. El año en que la Iglesia Católica declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción. El año en que Wagner compuso El anillo de los Nibelungos. El año que nacieron Oscar Wilde y Rimbaud. El mismo año en que comenzó la Revolución española, conocida como la “Vicalvarada”, iniciada con el enfrentamiento entre las tropas sublevadas al mando del general Leopoldo O’Donnell y las tropas gubernamentales en las cercanías del pueblo madrileño de Vicálvaro, que puso fin a la década moderada (1844-1854) y dio paso al bienio progresista (1854-1856).

1.854, el año del Manifiesto de Manzanares, del 7 de julio de 1854, redactado por Antonio Cánovas del Castillo, y firmado por Leopoldo O’Donnell en Manzanares (Ciudad Real); exigía unas reformas políticas y unas Cortes Constituyentes para hacer posible una auténtica «regeneración liberal». Este manifiesto dio paso al llamado Bienio progresista, tiempo durante el cual los liberales estuvieron a la cabeza del gobierno español. Decía así:

Españoles: La entusiasta acogida que va encontrando en los pueblos el Ejército liberal; el esfuerzo de los soldados que la componen, tan heroicamente mostrado en los campos de Vicálvaro; el aplauso con que en todas partes ha sido recibida la noticia de nuestro patriótico alzamiento, aseguran desde ahora el triunfo de la libertad y de las leyes que hemos jurado defender.

Dentro de pocos días, la mayor parte de las provincias habrá sacudido el yugo de los tiranos; el Ejército entero habrá venido a ponerse bajo nuestras banderas, que son las leales; la nación disfrutará los beneficios del régimen representativo, por el cual ha derramado hasta ahora tanta sangre inútil y ha soportado tan costosos sacrificios. Día es, pues, de decir lo que estamos resueltos a hacer en el de la victoria.

Nosotros queremos la conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre; queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales, mejorándolas, sobre todo la electoral y la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleos militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios, y como garantía de todo esto queremos y plantearemos, bajo sólidas bases, la Milicia Nacional. Tales son nuestros intentos, que expresamos francamente, sin imponerlos por eso a la nación.

Las Juntas de gobierno que deben irse constituyendo en las provincias libres; las Cortes generales que luego se reúnan; la misma nación, en fin, fijará las bases definitivas de la regeneración liberal a que aspiramos. Nosotros tenemos consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos hasta que ella esté cumplida.

Cuartel general de Manzanares, a 6 de julio de 1854. El general en jefe del Ejército constitucional, Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena”.

 

Las Cortes Generales y Extraordinarias en su primera sesión de 24 de septiembre de 1810

 

Desde el establecimiento de la monarquía absoluta vegetaron las ciudades  en un estado de continua decadencia. No podemos enumerar aquí las circunstancias políticas o económicas que arruinaron el comercio, la industria, la navegación y la agricultura de España. Basta para el presente objeto con recordar simplemente el hecho de esa ruina. Al declinar la vida comercial e industrial de las ciudades se hizo cada vez más escaso el tráfico interior y menos frecuente la mezcla de habitantes de las distintas regiones, se descuidaron los medios de comunicación y se abandonaron los grandes caminos. Así la vida local de España, la independencia de sus regiones y municipios, la diversidad del estado de la sociedad, fenómenos basados originariamente en la configuración física del país y desarrollados históricamente por la diversidad de los modos cómo las distintas regiones se emanciparon de la dominación mora para formar pequeñas entidades independientes, todo eso se vio finalmente reforzado y confirmado por la revolución económica que agostó las fuentes de la actividad nacional. Y así la monarquía absoluta encontró  ya en España una base material que por su propia naturaleza repelía la centralización, ella misma hizo además cuanto estuvo en su poder para impedir que se desarrollaran intereses comunes basados en una división nacional del trabajo y en una multiplicación del tráfico interior -única y verdadera base sobre la que poder crear un sistema administrativo uniforme y el dominio de leyes generales-. Así, pues, la monarquía absoluta española, a pesar de su superficial semejanza con las monarquías absolutas de Europa en general, debe ser más bien catalogada junto con formas asiáticas de gobierno. Como Turquía, España siguió siendo un conglomerado de repúblicas mal regidas con un soberano nominal al frente. El despotismo presentaba caracteres diversos en las distintas regiones a causa de la arbitraria interpretación de la ley general por virreyes y gobernadores; pero a pesar de ser despótico, el gobierno no impidió que subsistieran en las regiones los varios derechos y costumbres, monedas, estandartes o colores militares, ni siquiera sus respectivos sistemas fiscales. El despotismo oriental no ataca el autogobiemo municipal sino cuando éste se opone directamente a sus intereses, y permite muy gustosamente a estas instituciones continuar su vida mientras dispensen a sus delicados hombros de la fatiga de cualquier carga y le ahorren la molestia de la administración regular.

Y así pudo ocurrir que Napoleón, el cual -al igual que todos sus contemporáneos- consideraba a España como un cuerpo inanimado, sufriera la fatal sorpresa de descubrir que si el Estado español había muerto, la sociedad española estaba llena de vida y cada parte de ella rebosaba capacidad de resistencia. Por el tratado de Fontainebleau había mandado su tropas a Madrid; tras haber atraído a la familia real a la entrevista de Bayona obligó a Carlos IV a retractarse de su abdicación y a transferirle a continuación sus poderes; por último, intimidó también a Femando VII hasta conseguir de él la misma declaración. Trasladado a Compiègne Carlos IV, la reina y el Príncipe de la Paz, e internados en el castillo de Valançay Fernando VII y sus hermanos, Bonaparte confirió  la corona de España a su hermano José y reunió una junta española en Bayona, proveyendo a uno y otra con una de sus constituciones “listas para llevar”. No viendo nada vivo en la monarquía española, sino la miserable dinastía que él mismo tenía a buen recaudo, se sintió completamente seguro de su dominio en España. Pero ya pocos días después de su caup de main recibía la noticia de una insurrección en Madrid. Murat, ciertamente, reprimió el motín con un millar de muertes; pero al conocerse la noticia de esa matanza estalló una insurrección en Asturias y poco después el movimiento se extendía por todo el territorio. Hay que observar que el primer movimiento se originó espontáneamente en el pueblo, mientras las clases “superiores” se sometían pacíficamente al yugo extranjero.

Así se preparó España para su reciente carrera revolucionaria, y se vio lanzada a las luchas que han caracterizado su desarrollo en el presente siglo. Los hechos y las influencias que hemos enumerado sucintamente actúan aún en la conformación de sus destinos y en la dirección de los impulsos de su pueblo. Por eso los hemos presentado no sólo como conocimiento necesario para el enjuiciamiento de la crisis actual, sino también para la comprensión de todo lo que España ha hecho y sufrido desde la usurpación napoleónica; un período, pues de casi cincuenta años, que no carece de episodios trágicos ni de esfuerzos heroicos, y que, en resolución, es uno de los capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia moderna.  Esperemos que los hechos que el pueblo español está actualmente añadiendo a sus anales resulten valiosos y fructíferos para él mismo y para todo el mundo.

 

Detalle de cuadro Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán, de Pedro Berruguete

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ÍNDICE

XI

LAS RECIENTES MEDIDAS DEL GOBIERNO. LA PRENSA REACCIONARIA HABLA DE LOS ASUNTOS ESPAÑOLES.- SUPERABUNDANCIA DE GENERALES

 

Londres, 12 de septiembre de 1854

 

La prensa reaccionaria no está aún satisfecha con las últimas medidas del gobierno español, y gruñe ante el hecho de que haya concluido un nuevo compromiso con la revolución. Así leemos en el Journal des Débats:

 Apenas el 7 de agosto declaraba Espartero que ”la duquesa de Riánsares, de acuerdo con los deseos del pueblo de Madrid, no saldrá de la capital ni de a ni de noche ni de cualquier modo furtivo“, no más tarde del 28 de agosto la reina Cristina, tras una detención de 21 días, ha recibido autorización para salir de Madrid a pleno día, casi con cierta ostentación. Pero el gobierno ha sido lo suficientemente débil como para ordenar al mismo tiempo la confiscación de sus bienes.

El Journal des Débats espera sin embargo que esta última orden sea revocada. En este caso, empero, las esperanzas del periódico están tal vez más predestinadas al fracaso que cuando formuló sus vagos deseos de que Bonaparte no llevara a cabo la confiscación de los bienes de Orleáns. El Jefe Político de Oviedo ha procedido ya a secuestrar las minas de carbón que Cristina poseía en la provincia de Asturias. Los directores de las minas de Siero, Langreo y Piero Corril han recibido orden de elaborar un estado de cuentas y de colocar su administración bajo la autoridad gubernamental.

Por lo que hace al “pleno día” en que según el Journal des Débats ha tenido lugar la salida de Cristina, hay que decir  que está informado muy deficientemente. Al dejar sus habitaciones la reina Cristina atravesó corredores mortalmente silenciosos, pues todo el mundo se habrá apartado prudentemente de su camino. La misma Guardia Nacional que ocupaba las barracas levantadas en el patio de Palacio ignoraba su marcha. El plan se llevó a cabo tan secretamente que el propio Garrigó, encargado de escoltar a la reina, recibió las órdenes oportunas en el momento mismo de la marcha. La escolta supo cuál era la misión que le estaba confiada cuando se hallaba ya a doce millas de Madrid, y Garrigó  tuvo serias dificultades para impedir que sus hombres insultaran a Cristina o se volvieran directamente a Madrid. Los jefes de la Guardia Nacional no supieron nada del asunto hasta dos horas después de la salida de la señora Muñoz. De acuerdo con la información del periódico España, la reina madre llegó a la frontera portuguesa la mañana del 3 de septiembre. Dice que la reina conservó un excelente humor durante todo el viaje, pero que su duque estaba bastante triste.  Las relaciones de Cristina con este Muñoz pueden sólo explicarse según la contestación dada por Don Quijote a la pregunta de Sancho Panza de por qué estaba enamorado de moza campesina tan humilde como su Dulcinea, cuando podía tener princesas a sus pies. “Preguntaron“, contestó el digno caballero, “a una señora rodeada de una corte de pretendientes bien nacidos, ricos e ingeniosos, por qué tomaba como galán un simple campesino. «Debéis saber», dijo la señora, «que para lo que me sirve tiene más filosofía que el mismo Aristóteles» .

La impresión que la prensa reaccionaria en general tiene de los asuntos españoles puede ser puesta de manifiesto con algunos extractos de la Kolnísche Zeitung y de la lndépendance Belge:

 De acuerdo con un corresponsal bien informado y digno de fe, adicto al partido moderado de O’Donnell, la situación es difícil por seguir existiendo un profundo conflicto entre los partidos. Las clases trabajadoras, influidas por los agitadores, están en un estado de constante excitación. El futuro de la monarquía española (dice por su patte la Indépendance) está expuesto a graves peligros. Todos los verdaderos patriotas españoles están de acuerdo en la necesidad de aplastar las orgías revolucionarias. La rabia de los panfletistas y de los constructores de barricadas se desata ahora contra Espartero y su gobierno con la misma vehemencia que antes contra San Luis y contra el banquero Salamanca. Pero en verdad esta nación caballeresca no puede ser hecha responsable de tales excesos. El pueblo de Madrid no puede ser confundido con el populacho que vociferaba “¡Muera Cristina!”, ni puede adherirse a los infames panfletos lanzados a la población y que llevan el título de “Los robos de San Luis, Cristina y sus acólitos“. Las 1.800 barricadas de Madrid  y  las manifestaciones  ultracomunistas de Barcelona descubren la intervención de las democracias extranjeras en las saturnales españolas. Es por lo menos seguro que muchos de los refugiados de Francia, Alemania e Italia han participado en los tristes acontecimientos que están agitando la Península, así como que España está al borde de una explosión social; la consecuencia más inmediata será la pérdida de la Perla de las Antillas, la rica isla de Cuba, pues el conflicto coloca a España en la imposibilidad de hacer frente a la ambición norteamericana o al patriotismo de un Soulé o un Sanders. Es ya tiempo de que España abra los ojos y de que todos los hombres honestos de la Europa civilizada se unan para dar la alarma.

La verdad es que no hace falta una intervenci6n de la democracia internacional para soliviantar al pueblo de Madrid cuando éste ve a su gobierno violar el 28 la palabra dada el día 7, suspender el derecho de reunirse libremente y restaurar la ley de prensa de 1837, que exige una caución de 40.000 reales y 300 reales de impuestos directos a todo propietario de un periódico. Y si las provincias se muestran agitadas por movimientos inciertos e indecisos, ¿qué otra causa puede tener ese hecho sino la falta de un centro de la acción revolucionaria? Ni un solo decreto en favor de las provincias ha sido promulgado desde que el llamado gobierno revolucionario cayó en manos de Espartero. Las provincias se ven acosadas por la misma corrupción, intrigas y caza de empleos que existían bajo San Luis. Esa misma nube de langosta, esa plaga que infesta España desde la época de los Felipes, pende ya encima del gobierno.

Manuel Gutierrez de la Concha, General del Duero

Echemos aún una ojeada al último número llegado de la Gaceta de Madrid del 6 de septiembre. Hay una nota de O’Donnell anunciando tal superabundancia de plazas y honores militares que apenas uno de cada tres generales puede ser empleado en servicio activo. Es el mal que perjudica a España desde 1823: la superabundancia de generales. Uno habría podido esperar que tras esa exposición aparecería un decreto reduciendo el mal. Nada de eso. Lo que ha aparecido a continuación del informe es un decreto que nombra una junta consultiva de guerra compuesta de cierto número de generales escogidos de entre los que no tienen servicio activo en el ejército. Además de su paga ordinaria estos hombres recibirán:cada teniente general 5.000 reales y cada mariscal 6.000 reales. El general Manuel de la Concha ha sido nombrado presidente de esta junta de sinecuristas militares. El mismo número de la Gaceta publica otra cosecha de condecoraciones, ascensos, etc., como si la gran distribución primera no hubiera sido suficiente. San Miguel y Dulce han recibido la Gran Cruz de la Orden de Carlos III; todas las recompensas y todos los honores provisionalmente decretados por la Junta de Zaragoza son confirmados y aumentados. Pero la parte más notable de este número de la Gaceta es el anuncio de que el pago de la deuda pública será reanudado el día 11. ¡Qué increíble locura la del pueblo español al no estar satisfecho de estos éxitos de su revolucionario gobierno!

 

[New York Daily Tribune, 30 de septiembre de 1854]

 

Defensa del Parque de artillería de Monteleón de Madrid el 2 de mayo de 1808, de Sorolla

 

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 PARTE SEGUNDA

KARL MARX

España revolucionaria ( Revolutionary Spain ») 

Artículos de fondo de la «New York Daily Tribune» (1854)

 

 I

La revolución ha asumido ya en España tan acusadamente el aspecto de un estado crónico que según nos informa nuestro corresponsal en Londres las clases ricas y conservadoras han empezado a emigrar buscando seguridad en Francia. Ello no debe sorprender: España no ha adoptado nunca la moderna moda francesa, tan al uso en 1848, de empezar y terminar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más prolongados. De tres años parece ser el plazo más breve a que se constriñe, si bien un ciclo revolucionario abarca a veces hasta nueve años. Así por ejemplo su primera revolución en lo que va de siglo se desarrolló desde 1808 hasta 1814, la segunda de 1820 a 1823 y la tercera de 1834 a 1843. Ni el más agudo político puede predecir cuánto durará la actual ni cuál será su desenlace; pero no es exagerado afirmar que no hay en estos momentos zona alguna de Europa, ni siquiera Turquía con la guerra rusa, que ofrezca al observador reflexivo interés tan profundo como España.

Los alzamientos insurreccionales son en España tan antiguos como el gobierno de los favoritos reales, contra el que aquellos se dirigen por lo común. Así, a finales del siglo XIV la aristocracia se sublevó contra el rey Juan II y su favorito, Don Alvaro de Luna. En el siglo xv tuvieron lugar conmociones aún más serias contra el rey Enrique IV y el jefe de su camarilla,  don Juan de Pacheco,  marqués de Villena. En el siglo XVII el pueblo de Lisboa despedazó a Vasconcelos, el Sartorius del virrey español de Portugal, como habian hecho en Zaragoza con Santa Coloma, el favorito de Felipe IV. A finales del mismo siglo, y bajo el reinado de Carlos II, el pueblo de Madrid se sublevó contra la camarilla de la reina, formada por la condesa de Barlepsch y los condes de Oropesa y Melgar, los cuales habían gravado todos los comestibles que entraban en la capital con pesados arbitrios que se repartían entre ellos. El pueblo se dirigió a Palacio y obligó al rey a asomarse al balcón, y a denunciar él mismo la camarilla. El pueblo marchó entonces contra los palacios de los condes de Oropesa y Melgar, saqueándolos e incendiándolos  e intentó apoderarse de sus propietarios, los cuales, empero, tuvieron la suerte de poder escapar a costa de destierro perpetuo. El hecho que ocasionó la sublevación del siglo xv fue la traición cometida por el marqués de Villena, favorito de Enrique IV, al concertar con el rey de Francia un tratado según el cual Cataluña debía ser cedida a Luis XI. Tres siglos más tarde, el Tratado de Fontainebleau, concluido el 27 de octubre de 1807 y por el cual el favorito de Carlos IV y caballero de la reina don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, pactaba con Bonaparte el reparto de Portugal y la entrada de los ejércitos franceses en España, provocó en Madrid una insurrección popular contra el valido, la abdicación de Carlos IV, la subida ele su hijo Fernando VII al trono, la entrada del ejército francés en España y la subsiguiente guerra por la Independencia. La guerra española por la Independencia empezó pues con una insurrección popular contra la camarilla, personificada esta vez por Manuel Godoy al modo como la guerra civil del siglo xv empezó con una sublevación contra la camarilla encarnada por el marqués de Villena. Del mismo modo comenzó la revolución de 1854 con la sublevación contra la camarilla representada esta vez por la persona del conde de San Luis.

Fernando VII en el Puerto de Santa María

A pesar de estas repetidas insurrecciones no ha habido en España hasta el presente siglo  revoluciones serias, exceptuando la guerra de la Junta Santa en tiempos de Carlos I o Carlos V como lo llaman los alemanes. El pretexto inmediato, como a menudo ocurre, fue facilitado por la “clique”  que bajo los auspicios del cardenal Adriano exasperó a los castellanos por su insolente rapacidad, vendiendo los cargos públicos al mejor postor y haciéndose culpable de manifiestos cohechos de la justicia. Pero la oposición contra la camarilla flamenca no pasó de la superficie del movimiento. En el fondo se trataba de la defensa de las libertades de la España medieval contra los abusos del absolutismo moderno.

Puesta por Fernando el Católico e Isabel I la base material de la monarquía española mediante la unión de Aragón, Castilla y Granada, Carlos I emprendió la transformación de esa monarquía todavía feudal en una monarquía absoluta. Procedió simultáneamente contra los dos pilares de la libertad española, las Cortes y los ayuntamientos -modificación las primeras de los antiguos  concilia medievales y heredados los últimos, generalmente sin solución de continuidad, de los tiempos romanos, y afectados aún por el carácter mixto hereditario y electivo de las municipalidades de aquella época-. Por lo que hace al autogobierno municipal, las ciudades de Italia, Provenza, la Galia del norte, Gran Bretaña y parte de Alemania presentan amplia semejanza con el estado de las ciudades españolas de la época; pero ni los Estados Generales franceses ni el Parlamento medieval británico pueden compararse con las Cortes españolas. En la formación del reino de España se dieron circunstancias especialmente favorables para la limitación del poder real.

Firma del Tratado de Fonteneibleau

Por una parte, las tierras de la Península fueron reconquistadas poco a poco durante las largas luchas contra los árabes y estructuradas en reinos diversos y separados. En esas luchas nacieron leyes y costumbres populares. Realizadas principalmente por los nobles, las conquistas ulteriores otorgaron a éstos un poder grande, mientras disminuían el del rey. Por otro lado, las ciudades y villas del interior adquirieron gran robustez interna por la necesidad en que la población se encontraba de fundarlas para vivir en comunidades cerradas como plazas fuertes, única manera de conseguir cierta seguridad frente a las continuas incursiones de los moros; al mismo tiempo la conformación peninsular del país y el constante intercambio con Provenza e Italia dieron nacimiento a importantes ciudades comerciales y marítimas en la costa. Ya en época tan temprana como es el siglo XIV las ciudades constituían el elemento más poderoso de las Cortes, compuestas por sus representantes junto con los del clero y la nobleza. Es pues digno de notarse que la lenta reconquista contra el dominio moro en una obstinada lucha de casi ochocientos años dio a la Península en el momento de su plena emancipación un carácter enteramente diverso del de la Europa contemporánea; al empezar la época de la resurrección europea España se encuentra con las costumbres de godos y vándalos en el norte y las de los árabes en el sur.

Vuelto Carlos I  de Alemania, donde había conseguido la dignidad Impenal, las Cortes se reunieron en Valladolid  para coronarle luego que él jurara las antiguas leyes. En lugar de presentarse, Carlos envió representantes que, según pretendía, debían recibir de las Cortes el  juramento de fidelidad. Las Cortes se negaron a admitir a aquellos delegados a su presencia, comunicando al monarca que si no se presentaba él mismo y juraba las leyes del país no sería nunca reconocido como rey de España. Carlos cedió entonces; compareció ante las Cortes y prestó juramento -de muy mala gana, según los historiadores-. Las Cortes le dijeron en esta ocasión: “Debéis saber, Señor, que el rey es un servidor de la nación“. Así empezaron las hostilidades entre Carlos I y las ciudades. A consecuencia de las intrigas del rey estallaron en Castilla numerosas insurrecciones, se constituyó la Santa Liga de Avila y las ciudades unidas convocaron Cortes en Tordesillas, de donde partió el 20 de octubre de 1520 una “protesta contra los abusos” dirigida al rey, y en contestación a la cual éste privó de sus derechos personales a todos los diputados reunidos en Tordesillas. La guerra civil se hizo entonces inevitable y los comuneros tomaron las armas; bajo el mando de Padilla, sus mesnadas tomaron la fortaleza de Torre Lobatón, pero fueron finalmente derrotados por fuerzas superiores en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Rodaron por el cadalso las cabezas de los principales “conspiradores” y desaparecieron las antiguas libertades de España.

Manuel Godoy

Varias circunstancias conspiraron en favor de la llegada del absolutismo al poder. La falta de unión entre las diferentes regiones privó a sus esfuerzos del necesario vigor; pero Carlos se valió ante todo del agudo antagonismo existente entre la clase de los nobles y la de los vecinos de las ciudades para degradar a ambas. Hemos indicado ya que desde el siglo XIV  la influencia de las ciudades era predominante en las Cortes; desde Fernando el Católico la Santa Hermandad fue un poderoso instrumento puesto en manos de las ciudades contra los nobles castellanos, los cuales importaron a aquella institución la violación de sus antiguos privilegios y de su vieja jurisdicción.  Consecuentemente, la nobleza se mostró muy dispuesta a apoyar a Carlos I en su proyecto de destruir la Santa Liga. Aplastada su resistencia armada, Carlos se ocupó personalmente en reducir los privilegios municipales de las ciudades, las cuales, disminuyendo rápidamente de población, riqueza e importancia, perdieron pronto su influencia en las Cortes. El rey se dirigió entonces contra los nobles, que si bien le habían asistido en la destrucción de las libertades ciudadanas seguían teniendo ellos mismos una importancia política considerable. Motines provocados en sus ejércitos por la falta de paga le obligaron a reunir Cortes en 1539 para obtener un subsidio en dinero; pero las Cortes rechazaron la petición, indignadas por el uso ilegítimo hecho por el rey de anteríores subsidios, aplicados a operaciones ajenas a los intereses de España. Enfurecido disolvió Carlos las Cortes, y al insistir los nobles en su privilegio de exención de impuestos declaró que quienes reivindicaban tal privilegio no tenían derecho a personarse en las Cortes, y los excluyó consecuentemente de la asamblea. Esto fue el golpe de muerte para las Cortes: a partir de ese momento, sus reuniones se redujeron a meras ceremonias formales, breves por lo demás. El tercer elemento de la antigua constitución de las Cortes -a saber, el clero-, alistado desde Fernando el Católico bajo la bandera de la Inquisición, había dejado hacía tiempo de identificar sus intereses con los de la España feudal. Muy al contrario, gracias a la Inquisición la Iglesia se convirtió en el instrumento más formidable del absolutismo.

Si tras el reinado de Carlos I la decadencia de España en los terrenos político y social exhibe todos los síntomas de larga y nada gloriosa putrefacción que caracterizan los peores tiempos del Imperio turco, bajo el emperador mismo las viejas libertades fueron en fin de cuentas enterradas en un sepulcro magnífico. Esta es la época en que Vasco Núñez de Balboa planta el pendón de Castilla en las costas de Darién, mientras Cortés lo hace en México y Pizarro en el Perú; la época en que la influencia española gobernó Europa y la meridional imaginación de los iberos se conturbó con visiones de Eldorados, caballerescas aventuras y sueños de monarquía universal. La libertad española murió bajo torrentes de oro entre el fragor de las armas y el resplandor terrible de los autos de fe.

¿Cómo, empero, dar razón del singular fenómeno consistente en que tras casi tres siglos de una dinastía habsburguesa seguida de otra  borbónica -cada una de las cuales se basta y se sobra para aplastar a un pueblo sobrevivan más o menos las libertades municipales de España, y que precisamente en el país en que, de entre todos los estados feudales, surgió la monarquía absoluta en su forma menos mitigada no haya conseguido sin embargo echar raíces la centralización? La respuesta no es difícil. Las grandes monarquías se formaron en el siglo XVI y se asentaron en todas partes con la decadencia de las antagónicas clases feudales -la aristocracia y las ciudades- . Pero en los demás grandes estados de Europa la monarquía absoluta se presentó como un foco civilizador, como la promotora de la unidad social. Fue en ellos el laboratorio donde se mezclaron y elaboraron los diversos elementos de la sociedad, de modo tal que indujo a las ciudades a abandonar la independencia local y la soberanía medievales a cambio de la ley general de las clases medias y del común dominio de la sociedad civil. En España, por el contrario, mientras la aristocracia se sumía en la degradación sin  perder sus peores privilegios, las ciudades perdieron su poder medieval sin gallar en importancia moderna.

Ejecución de don Alvaro de Luna

Desde el establecimiento de la monarquía absoluta vegetaron las ciudades  en un estado de continua decadencia. No podemos enumerar aquí las circunstancias políticas o económicas que arruinaron el comercio, la industria, la navegación y la agricultura de España. Basta para el presente objeto con recordar simplemente el hecho de esa ruina. Al declinar la vida comercial e industrial de las ciudades se hizo cada vez más escaso el tráfico interior y menos frecuente la mezcla de habitantes de las distintas regiones, se descuidaron los medios de comunicación y se abandonaron los grandes caminos. Así la vida local de España, la independencia de sus regiones y municipios, la diversidad  del estado de la sociedad, fenómenos basados originariamente en la configuración física del país y desarrollados históricamente por la diversidad de los modos cómo las distintas regiones se emanciparon de la dominación mora para formar pequeñas entidades independientes, todo eso se vio finalmente reforzado y confirmado por la revolución económica que agostó las fuentes de la actividad nacional. Y así la monarquía absoluta encontró  ya en España una base material que por su propia naturaleza repelía la centralización, ella misma hizo además cuanto estuvo en su poder para impedir que se desarrollaran intereses comunes basados en una división nacional del trabajo y en una multiplicación del tráfico interior -única y verdadera base sobre la que poder crear un sistema administrativo uniforme y el dominio de leyes generales-. Así, pues, la monarquía absoluta española, a pesar de su superficial semejanza con las monarquías absolutas de Europa en general, debe ser más bien catalogada junto con formas asiáticas de gobierno. Como Turquía, España siguió siendo un conglomerado de repúblicas mal regidas con un soberano nominal al frente. El despotismo presentaba caracteres diversos en las distintas regiones a causa de la arbitraria interpretación de la ley general por virreyes y gobernadores; pero a pesar de ser despótico, el gobierno no impidió que subsistieran en las regiones los varios derechos y costumbres, monedas, estandartes o colores militares, ni siquiera sus respectivos sistemas fiscales. El despotismo oriental no ataca el autogobiemo municipal sino cuando éste se opone directamente a sus intereses, y permite muy gustosamente a estas instituciones continuar su vida mientras dispensen a sus delicados hombros de la fatiga de cualquier carga y le ahorren la molestia de la administración regular.

Y así pudo ocurrir que Napoleón, el cual -al igual que todos sus contemporáneos- consideraba a España como un cuerpo inanimado, sufriera la fatal sorpresa de descubrir que si el Estado español había muerto, la sociedad española estaba llena de vida y cada parte de ella rebosaba capacidad de resistencia. Por el tratado de Fontainebleau había mandado su tropas a Madrid; tras haber atraído a la familia real a la entrevista de Bayona obligó a Carlos IV a retractarse de su abdicación y a transferirle a continuación sus poderes; por último, intimidó también a Femando VII hasta conseguir de él la misma declaración. Trasladado a Compiègne Carlos IV, la reina y el Príncipe de la Paz, e internados en el castillo de Valançay Fernando VII y sus hermanos, Bonaparte confirió  la corona de España a su hermano José y reunió una junta española en Bayona, proveyendo a uno y otra con una de sus constituciones “listas para llevar”. No viendo nada vivo en la monarquía española, sino la miserable dinastía que él mismo tenía a buen recaudo, se sintió completamente seguro de su dominio en España. Pero ya pocos días después de su caup de main recibía la noticia de una insurrección en Madrid. Murat, ciertamente, reprimió el motín con un millar de muertes; pero al conocerse la noticia de esa matanza estalló una insurrección en Asturias y poco después el movimiento se extendía por todo el territorio. Hay que observar que el primer movimiento se originó espontáneamente en el pueblo, mientras las clases “superiores” se sometían pacíficamente al yugo extranjero.

Así se preparó España para su reciente carrera revolucionaria, y se vio lanzada a las luchas que han caracterizado su desarrollo en el presente siglo. Los hechos y las influencias que hemos enumerado sucintamente actúan aún en la conformación de sus destinos y en la dirección de los impulsos de su pueblo. Por eso los hemos presentado no sólo como conocimiento necesario para el enjuiciamiento de la crisis actual, sino también para la comprensión de todo lo que España ha hecho y sufrido desde la usurpación napoleónica; un período, pues de casi cincuenta años, que no carece de episodios trágicos ni de esfuerzos heroicos, y que, en resolución, es uno de los capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia moderna.  Esperemos que los hechos que el pueblo español está actualmente añadiendo a sus anales resulten valiosos y fructíferos para él mismo y para todo el mundo.

 

[New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854]

 

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