SPINOZA O LA CLARIDAD DEL ESPÍRITU, por Charles Appuhn

Spinoza enseñó a los hombres de su tiempo, y de todos los tiempos, cuánto les importa tratarse unos a otros como seres razonables. Mostró a los hombres que, en un alma clara, el apetito se confunde con el amor a Dios, que la vida verdadera, así como no es una vida de placeres, tampoco es una vida de penas y de privaciones, que es expansión gozosa, comprensión y dominio de sí. No retomó y concluyó su Tratado de la reforma del entendimiento, porque antes de poder trabajar en él seriamente, tenía que decir cosas grandes y saludables, tenía que decirlas y probarlas no sólo por sus escritos, sino por su ejemplo, por su gran bondad y su inflexible firmeza, por la dulzura simple de sus costumbres y la orgullosa independencia de su carácter, por su modestia y su seguridad. Poseía la aptitud de experimentar las mismas emociones que los demás hombres y era superior a todos por la claridad del espíritu y la fuerza de la voluntad”.

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El Tratado de la reforma del entendimiento está comprendido en las Obras póstumas, publicadas, tras algunos meses de la muerte del autor, por sus amigos (1). Le precede un Aviso al lector, que se hallará más adelante. También se menciona en el prefacio general, verosímilmente escrito por Jarig Jelles (2). Sabemos así que este escrito es uno de los más viejos de Spinoza y que quedó inconcluso, a despecho del deseo del autor de completarlo, debido a «la dificultad de la obra, a las profundas investigaciones y al infinito saber que requería». En una carta a Oldenburg (3), Spinoza habla así: «En cuanto a sus preguntas sobre la manera como las cosas han comenzado y sobre su nexo de dependencia con la causa primera, he compuesto una obrita íntegra acerca de ello y también sobre la Reforma del entendimiento; estoy ocupado en su transcripción y corrección».

Esta obrita no puede ser ni el Breve tratado, que no se ocupa expresamente del entendimiento y del conocimiento, ni la Ética, que aun no existía en esa fecha, y que no es una obrita (opusculum) y tampoco contiene estudio particular de nuestro poder de conocimiento.

Sólo el fragmento conocido con el nombre de Tratado de la reforma del entendimiento puede ser la obra que, en su carta a Oldenburg,  Spinoza considera como ya compuesta, aunque no enteramente concluida. En realidad, ese fragmento no contiene, en su estado actual (4), sino brevísimas alusiones al origen de las cosas y a la causa primera, pero en varios lugares Spinoza advierte al lector que tratará más adelante asuntos de esa naturaleza y también lo remite a su filosofía (5), es decir, sin duda a la parte de su libro que debía contener la exposición de su metafísica. Podernos, pues, considerar el Tratado de la reforma del entendimiento como compuesto aproximadamente en 1661 (6). Se trata de una obra de ese período de la vida de Spinoza pasado en Rijnsburg; la más célebre, la más leída y, en cuanto a su contenido dogmático, la más importante que haya escrito en ese primer período de su actividad literaria.

Es preciso preguntarse por qué esta obra, capital a despecho de su brevedad, ha quedado inconclusa. Puede pensarse muy bien que Spinoza, habiendo emprendido la composición de la Ética, haya renunciado a escribir o a conservar la parte de su tratado en que debía exponer su filosofía; pero lo que requiere explicación es el hecho de que la misma teoría del conocimiento haya quedado inconclusa. Las últimas páginas de la Reforma del entendimiento descubren cierto embarazo; el pensamiento, hasta ahí seguro de sí mismo, fácil de seguir en su marcha, parece buscarse aún, dudar acaso, volver sobre su camino, como si dificultades imprevistas se hubiesen presentado y requirieran un retroceso.

Tras haber expuesto los motivos de orden moral (7), que lo determinaron a emprender la reforma de su entendimiento, Spinoza comienza por distinguir cuatro modos de percepción o grados de conocimiento (8), y da las razones por las cuales el cuarto modo (el conocimiento inmediato de una cosa por su esencia o su causa próxima) debe ser preferido a los demás; habla luego del método a seguir para llegar a ese grado superior y muestra que ese método consiste ante todo en un conocimiento reflexivo, claro, de la verdad ya poseída. Este conocimiento, en efecto, hará posible la distinción de lo verdadero y de lo falso y también el progreso del espíritu, es decir, la formación de nuevas ideas claras y distintas. […]

A diferencia de DescartesSpinoza es moralista y no físico. Las diversas ciencias enumeradas al comienzo del Tratado de la reforma del entendimiento corresponden a la vida humana tal como él la concibe; no son, sin embargo, de primera necesidad: el hombre puede llegar a la libertad por la sola reflexión, con tal que sepa que nada en él ni fuera de él es ininteligible; y con esta misma condición es posible determinar dialécticamente las instituciones que convienen a la ciudad.

Así, el ordenamiento, según la recta razón, de las cosas humanas, y la salvación del individuo, no exigen la constitución previa de una ciencia de la naturaleza considerada en la multiplicidad de sus modos.

A la razón por la cual Lagneau explica el estado inconcluso del Tratado de la reforma del entendimiento hay que agregar ésta: Spinoza tenía otra faena más apremiante por realizar, una faena que podía realizar antes de retomar la primera y que importaba ante todo. Debía escribir el Tratado teológico-político y probar, contra todas las Iglesias, contra todas las sectas (exceptuada la de los colegiantes), que el Estado puede y debe ser enteramente laico, dejar al individuo la entera libertad de sus pensamientos filosóficos y religiosos y no permitir a ninguna autoridad religiosa imponerse por la fuerza.

Debía componer el Tratado político, y no pudo pasar del capítulo undécimo. Ante todo, tenía que redactar la Ética, tenía que establecer por la gran vía metafísica, la única que pudo seguir, que el valor y la generosidad tienen por sí mismos un precio infinito, y que la moralidad no necesita recompensa, puesto que es idéntica al ser.

Spinoza enseñó a los hombres de su tiempo, y de todos los tiempos, cuánto les importa tratarse unos a otros como seres razonables. Mostró a los hombres que, en un alma clara, el apetito se confunde con el amor a Dios, que la vida verdadera, así como no es una vida de placeres, tampoco es una vida de penas y de privaciones, que es expansión gozosa, comprensión y dominio de sí.

No retomó y concluyó su Tratado de la reforma del entendimiento, porque antes de poder trabajar en él seriamente (9), tenía que decir cosas grandes y saludables, tenía que decirlas y probarlas no sólo por sus escritos, sino por su ejemplo, por su gran bondad y su inflexible firmeza, por la dulzura simple de sus costumbres y la orgullosa independencia de su carácter, por su modestia y su seguridad; mientras pulía lentes y escribía a Albert Burgh (10): “renuncia a una superstición funesta”, “reconoce y cultiva tu razón”; protestaba contra la barbarie de la multitud asesina de los hermanos Witt (11), y se entretenía familiarmente, alegremente, con sus huéspedes van der Spyck; rehusaba la cátedra de profesor que le ofrecían en Heidelberg, como había rechazado la riqueza ofrecida por su amigo S. de Vries, y respondía infatigablemente a las cuestiones a menudo poco inteligentes planteadas por sus amigos, a veces hasta por sus adversarios más o menos aclarados, como Guillermo de Bliyenbergh (12), haciendo todo esto discretamente y sin fausto, tras haber vacilado y reflexionado. Cuando había motivo para dudar y para reflexionar.

Poseía la aptitud de experimentar las mismas emociones que los demás hombres y era superior a todos por la claridad del espíritu y la fuerza de la voluntad.

 

Anton L. Koster, La casa de Benedicto Spinoza en Rijinsburg, rodeada por un campo de tulipanes

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NOTAS.-

(1) Los demás escritos contenidos en esta edición son la Ética, el Compendio de gramática hebrea, el Tratado político (inconcluso) y una selección de Cartas. No figura el nombre del autor ni del editor. La publicación en 1677 de las obras inéditas de Spinoza era empresa que comportaba algún peligro y exigía ciertas precauciones.

(2) Jarig Jelles, colegiante, fiel amigo de Spinoza, se inició como comerciante de especias en Amsterdam. Abandonó su comercio a fin de alcanzar, por el criterio consciente de su espíritu, la más alta perfección moral posible.

(3) El original de esta carta, la sexta de la colección, que contiene las observaciones de Spinoza sobre el libro de Boyle, de Nitro, Fluiditate et Firmitate, está actualmente en Londres, en los archivos de la Sociedad Real, de la que Oldenburg fue secretario. Carece de fecha, pero mediante ciertas conexiones se la puede situar en diciembre de 1661 o en enero de 1662. Véase Meinsma, Ob. cit., página 179.

(4) Me parece verosímil que la obra haya sido rehecha: acaso el deseo primitivo de Spinoza no era incluir en ella todo lo que más tarde quiso poner concerniente al método a seguir en la investigación de la verdad.

(5) Sobre este punto véase Ellbogen, Der Tractatus de intellectus emendatione.

(6) Según Meinsma (ob. cit., pág. 155), la idea de escribir un opúsculo sobre la reforma del entendimiento pudo acudirle a Spinoza mientras ayudaba a su maestro van den Enden en su tarea de profesor. Más tarde, en Rijnsburg mismo, donde pasó los años 1660 a 1663, tuvo por lo menos un alumno, llamado Casearius, al que menciona en sus cartas 8 y 9 y del cual diremos algunas palabras en la Noticia sobre los Principios de la filosofía de Descartes. Pero ningún lector atento del Tratado de la reforma del entendimiento creerá necesario explicar por esas circunstancias accidentales la composición de esta obra. Ella tiene su lugar necesario en los trabajos de Spinoza; tampoco es, aunque en ella se mencione la pedagogía, el escrito de un pedagogo que persigue el medio de enseñar la verdad o de ensanchar el espíritu de un alumno; es el trabajo de un filósofo que medita profundamente sobre la naturaleza de lo verdadero y el método a seguir para no apartarse de ello en sus propias investigaciones. El acontecimiento que cuenta en su vida y que puede ser recordado a propósito de la Reforma del entendimiento, es la lectura de Descartes y sin duda también de Bacon, que parece ser el blanco en muchos pasajes.

(7) Es difícil leer sin emoción, a mi juicio, por lo menos, el comienzo de la obra; la profundidad del sentimiento y la sinceridad del tono manifiestan la aspereza de las luchas pasadas. Ajeno a cualquier Iglesia, solo ante el Universo, misterioso aún y sin duda hostil, lleno de peligros, Spinoza quiere salvarse por la reflexión pura, el buen uso del entendimiento. Y eso tiene verdadera grandeza. ¡Cuán diferente de la situación de Descartes al comienzo de las Meditaciones! (Para la comparación de ambas obras véase Kuno Fischer, Geschichte der neueren Philosophie, 1,2, pág. 266.)

(8) En el Breve tratado los grados del conocimiento eran tres, sin que hubiera en esto fijeza perfecta; en la Ética, serán definitivamente reducidos a tres: los rumores y la experiencia vaga forman el primer concierto. Sobre la comparación que debe hacerse a este respecto entre las tres obras, véase en particular Trendelenburg, Historische Beiträge zur Philosophie, Berlín, 1867. 

(9) Sin embargo, sabemos por la carta 60 escrita a Tschirnhaus que las cuestiones metodológicas no cesaron de preocupar su espíritu.

(10) Albert Burgh era hijo de Conrad Burgh, que fue tesorero general de las Provincias Unidas, y a quien Spinoza parece haber apreciado mucho. Por algún tiempo se creyó que Albert Burgh era el discípulo para cuya instrucción Spinoza compuso los Principios de la filosofía de Descartes. Van Vloten hizo esta conjetura, que fue admitida por buen número de historiadores y de intérpretes de Spinoza, entre otros por Pollock; Spinoza, his life and Philosophy (Londres, 1880, pág. 24). Está bien probado que ese discípulo no fue Albert Burgh (nacido cuando más en 1651), pero es exacto que Spinoza lo conoció adolescente aún o por lo menos joven y que hasta había fundado en él algunas esperanzas. Convertido al catolicismo en el curso de un viaje a Italia, tuvo la audacia de escribir a Spinoza una carta harto irrazonable e insolente en la cual le exhortaba a retractarse de sus errores. Spinoza, a ruego de algunos amigos y sin duda por consideración al padre del joven, le respondió (Carta 76 de la edición van Vioten y Land). La respuesta es particularmente interesante para el estudio del carácter de Spinoza, a quien muestra capaz de un sentimiento vivo, irritado, casi violento. Ante un joven exaltado que, en su celo impertinente, le exige que renuncie a lo que es su vida misma, Spinoza no puede reprimir un movimiento de santa cólera. Él, que era habitualmente la benevolencia y la dulzura mismas en sus relaciones con los hombres, habla, en nombre de la razón ultrajada, un lenguaje duro y severo.

(11) Sabemos por diversos testimonios que esta acción abominable, y que deja una mancha en el nombre de Guillermo de Orange (fueron las intrigas del partido orangista y ultracalvinista las que condujeron al levantamiento popular y al asesinato del gran pensionario), impresionó grandemente a Spinoza. Habría querido fijar, inmediatamente después, en los muros de La Haya un pasquín con estas palabras: Ultimi barbarorum. Su huésped van der Spyck tuvo casi que emplear la violencia para impedírselo. Cuando se entrevistó con Leibniz (noviembre 1676), Spinoza recordó ese suceso. (Véase Freudenthal: Lebensgeschichte, pág. 201).

(12) Guillermo de Bliyenbergh escribió a Spinoza, sin conocerlo, después de la publicación de los Principios de la filosofía de Descartes. Se inició así una correspondencia que da una elevada idea de la paciencia de Spinoza. La correspondencia, cesó cuando éste adquirió la certeza de que su corresponsal no quería usar rectamente de su razón. Más tarde, Bliyenbergh atacó violentamente a Spinoza. (Véase Meinsma, ob cit., pág. 387).

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CHARLES APPUHN, (1862 – 1942); texto extractado. Filosofía Digital, 2009

 

 

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