REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels (parte III)

Continuamos con la publicación de la tercera parte del libro “Revolución en España” de Karl Marx y Friedrich Engels. Un libro que contiene una recopilación de 29 artículos de prensa y tres enciclopédicos escritos por los dos autores entre 1854 y 1873.

Es precisamente en 1854, durante el reinado de Isabel II y siendo Marx corresponsal para Europa del New York Daily Tribune, que tiene lugar la sublevación de Leopoldo O’Donnell y Domingo Dulce que puso fin a la década moderada y dio paso al bienio progresista al ser sustituido el gobierno del conde de San Luis, que sólo contaba con el apoyo de la corona, por otro de corte liberal.

Momentos de revueltas en una España históricamente proclive al autoenfrentamiento y a la sedición y poco dada al cambio pacífico y al acuerdo, relatados por unos autores que por aquel entonces, habían publicado ya el Manifiesto Comunista y elaboraban su obra cumbre El Capital.

Ponemos también para descargar, al final de este compendio de artículos, el primer capítulo de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós – España sin rey. Una de las cinco series que narran la historia de España desde 1805 hasta 1912.

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ÍNDICE

V

ESPARTERO

Una de las peculiaridades de las revoluciones consisten en que en el momento mismo en que el pueblo parece estar a punto de dar un gran paso e inaugurar una nueva era, sucumbe a ilusiones del pasado y pone todo el poder e influencia tan costosamente conquistados en manos de hombres que representan, o se supone representan, el movimiento popular de una época ya terminada. Espartero es uno de esos hombres tradicionales que el pueblo acostumbra a cargarse a las espaldas en los momentos de crisis sociales y que, como el perverso viejo que hundía obstinadamente sus piernas en torno al cuello de Simbad el Marino, son luego muy difíciles de descabalgar. Si se preguntara a un español de la llamada escuela progresista cuál es el valor político de Espartero, contestan inmediatamente: “Espartero representa la unidad del gran partido liberal; Espartero es popular porque procede del pueblo, y su popularidad  beneficia exclusivamente a la causa de los progresistas“. Es verdad que Espartero es hijo de un artesano, y que se ha encaramado hasta la regencia de España; y es verdad que habiendo entrado en el ejército como simple soldado ha salido de él con el grado de un mariscal de campo. Pero si realmente es el símbolo de la unidad del gran partido liberal, no puede  serlo  solo por constituir ese punto de indiferenciada humildad en el que se neutralizan todos los extremos. Y por lo que hace a la unidad de los progresistas, no exageraremos al decir que quedó arruinada desde el momento en que pasó del cuerpo del partido a un individuo particular.

No hace falta más prueba de la ambigüedad y excepcionalidad de la grandeza de Espartero que el simple hecho de que nadie consiga explicarla racionalmente. Mientras que su amigos  se refugian en gloriosas vaguedades, sus enemigos, aludiendo a peculiares rasgos de su vida privada, hacen de él un simple tahúr afortunado. Unos Y otros, amigos y enemigos, están igualmente lejos de descubrir la menor conexión lógica entre el hombre mismo y su fama y su nombre.

Entrada de Espartero en Madrid (1854)

Los méritos militares de Espartero son tan discutidos como indiscutible es su cortedad política. En una voluminosa biografía publicada por el señor de Flórez se presentan con gran aparato sus proezas militares y su actuación de general en las provincias de Charcas,  La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde 1uchó bajo las órdenes del general Morillo, encargado por entonces de colocar los estados sudamericanos bajo la autoridad de la corona española. Pero la impresión general producida por sus hechos de  armas  sudamericanos en la impresionable mentalidad de su país queda lo suficientemente caracterizada por el hecho de que Espartero sea conocido como Jefe del Ayacuchismo, y sus partidarios como ayacuchos en recuerdo de la desgraciada batalla de Ayacucho, en 1a que Perú y Sudamérica se separaron definitivamente de España.  Es pues a todas luces un héroe verdaderamente extraordinario, cuyo bautizo histórico data de una derrota, en vez  de datar de un triunfo. En los siete años de guerra contra los carlistas nunca se señaló por uno de esos golpes de audacia que pronto dieron a conocer a su rival Narváez como un soldado de nervios de acero. Tiene sin duda el don de saber obtener el mayor provecho de éxitos menores, pues fue pura suerte el que Maroto le entregara las últimas fuerzas del Pretendiente; el alzamiento de Cabrera en 1840 no fue más que un esfuerzo póstumo por galvanizar el seco esqueleto del carlismo. El señor de  Marliani, admirador de Espartero e historiador de la España moderna, no puede menos de reconocer que los siete años de guerra carlista no pueden compararse sino con las luchas feudales de la dulce Galia del siglo X, en las que el éxito no era siempre resultado de la victoria. Existe además la desagradable circunstancia de que, de todos los hechos de Espartero en la Península, los que más viva impresión han causado en la imaginación pública han sido, si no propiamente derrotas, sí por lo menos hazañas poco comunes en un héroe de la libertad: Espartero es conocido como el hombre que manda bombardear ciudades -Barcelona y Sevilla-. Si los españoles quisieran representarle como a Marte, dice un escritor español, pintarían al dios con atributos de “destructor de paredes”.

Bombardeo de Barcelona por Espartero

Cuando Cristina se vio obligada en 1840 a abandonar la regencia y huir de España, Espartero asumió la autoridad suprema dentro de los límites de un gobierno parlamentario, contra los deseos de un sector muy amplio de los progresistas. Se rodeó de una especie de camarilla y se dio aires de dictador militar, sin llegar empero a alzarse realmente por encima de la mediocridad de “un rey constitucional”. Sus favores se dirigieron más a los moderados que a los viejos progresistas, los cuales, con pocas excepciones, fueron excluidos de los cargos públicos. Sin valor para romper las barreras del régimen parlamentario, no supo tampoco aceptarlo, ni gobernarlo, ni transformarlo en un instrumento de acción. Durante sus tres años de dictadura el espíritu revolucionario fue agotándose poco a poco a fuerza de innumerables compromisos, y las disensiones en el partido progresista llegaron a alcanzar tal intensidad que permitieron a los moderados volver al poder exclusivo mediante un simple coup de main. Espartero había llegado a perder su autoridad hasta el punto de que su propio embajador en París conspiraba contra él con Cristina y Narváez; era además tan pobre de recursos que no encontró medios para defenderse de sus miserables intrigas o de los mezquinos engaños de Luis Felipe. Entendió tan poco su situación que ofreció una resistencia a ultranza a la opinión pública en un momento en que ésta no esperaba más que un pretexto para destrozarle.

En mayo de 1843, ya muy decaída su popularidad, insistió en conservar a Seoane, Zurbano y los demás miembros de su camarilla, cuya expulsión era violento clamor público; destruyó el ministerio López, que disponía de una amplia mayoría en la cámara de los diputados, y se negó testarudamente a dictar una amnistía en favor de los moderados desterrados, amnistía reclamada por todo el mundo -por el parlamento, el pueblo y el propio Ejercito-. La petición de amnistía no era por otra parte más que una expresión del público disgusto producido por su administración.

Entonces y repentinamente,  un huracán de pronunciamientos contra “el tirano Espartero” sacudió toda la península de  un  extremo a otro; por la rapidez de su difusión, el movimiento no puede compararse más que con el que está teniendo lugar estos días. Moderados y progresistas se unieron con el único objeto de liberarse  del regente. La crisis le cogió desprevenido, y la hora fatal le halló mal preparado. Narváez, acompañado por O’Donnell, Concha y Pezuela, desembarcó en Valencia con un puñado de hombres.

Ramón María Narváez

Todo fue en ellos rapidez y acción, calculada audacia, decisión enérgica. Por parte de Espartero todo fue vacilación, retraso mortal, apática irresolución, indolente debilidad. Mientras Narváez levantaba el cerco de Teruel y penetraba en Aragón, Espartero se retiraba de Madrid y consumía semanas enteras en Albacete en una inexplicable inactividad. Cuando Narváez, derrotados los cuerpos de Seoane y de Zurbano en Torrejón, marchaba sobre Madrid, Espartero se une finalmente a Van Halen para el inútil y odioso bombardeo de Sevilla. Huye luego de ciudad en ciudad, abandonado a cada paso de su retirada por parte de sus tropas, y alcanza finalmente la costa. Al · embarcarse en Cádiz, esta ciudad, la última en que Espartero conservó partidarios, le deseó feliz viaje pronunciándose también contra él. Un inglés que residía en España durante la catástrofe ha dado una gráfica descripción del resbaladizo hundimiento de la grandeza de Espartero: “No fue el tremendo desplomarse en un momento, tras lucha valerosa, sino un descenso paulatino, escalón tras escalón, sin combatir en parte alguna, desde Madrid a Ciudad Real, de Ciudad Real a Albacete, de Albacete a Córdoba, de Córdoba a Sevilla, de Sevilla a Puerto de Santa María y de allí al amplio océano. Fue cayendo de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la lealtad, de la lealtad al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al desprecio, del desprecio a la indignación, y de la indignación al mar”.

¿Cómo, pues, puede Espartero haberse convertido de nuevo en el Salvador de la Patria y la “Espada de la Revolución”, como se le llama? Este hecho sería completa mente incomprensible si no existieran de por medio los diez años de reacción que ha sufrido España bajo la brutal dictadura de Narváez y el tentacular yugo de los favoritos de la reina, sucesores de Narváez. Épocas de reacción intensa y duradera son maravillosamente adecuadas para restablecer a los hombres desprestigiados en abortos revolucionarios. Ellas aumentan la capacidad imaginativa de un pueblo -¿y dónde es más poderosa la imaginación que en el sur de Europa?- y el más irresistible de sus impulsos, que consiste en oponer a las encarnaciones individuales del despotismo encarnaciones individuales de la Revolución. Al no poder improvisarlos ellos mismos, exhuman los hombres muertos de sus anteriores movimientos. ¿No estuvo el propio Narváez a punto de convertirse en un personaje popular a costa de Sartorius?

El Espartero que realizó su entrada triunfal en Madrid el 29 de julio no era un hombre real, sino un fantasma, un nombre, una reminiscencia.

Es, empero, de justicia recordar que Espartero no ha declarado nunca ser sino un monárquico constitucional; y si alguna duda hubiera existido sobre este punto, debería haberse ya disipado plenamente ante la entusiasta acogida que durante su destierro en Inglaterra le dispensaron el palacio de Windsor y las clases gobernantes inglesas. A su llegada a Londres, toda la aristocracia se precipitó unánimemente a su casa, con el duque de Wellington y Palmerston en cabeza. En su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, Aberdeen le envió una invitación para ser presentado a la reina; el lord Mayor y los Aldermen de la ciudad le entretienen con gastronómicos agasajos en Mansion House. Y cuando se supo que el hispánico Cincinato consagraba sus horas de ocio a la jardinería, no hubo sociedad agrícola, botánica u hortícola que no ansiara otorgarle el título  de miembro. Fue realmente el león de esta metrópoli. A fines de 1847 una amnistía llamó a España a los desterrados españoles, y el decreto de la reina Isabel le nombraba senador. De todos modos, no pudo abandonar Inglaterra sin que la reina Victoria le invitara a su mesa, junto con la duquesa, añadiendo a ello el señalado honor de ofrecerles alojamiento nocturno en el palacio de Windsor. Es cierto, según creemos, que esta aureola creada en torno de su persona está relacionada de algún modo con la idea de que Espartero ha sido y sigue siendo el representante de los  intereses británicos en España. Pero no es menos verdad que las manifestaciones hechas en honor de Espartero tienen algo de demostración contra Luis Felipe.

A su regreso a España recibió Espartero diputación tras diputación, congratulación tras congratulación,  y la ciudad de Barcelona despachó un mensajero exclusivamente para disculparse ante él por la mala conducta de la ciudad en 1843. Pero ¿ha oído alguien citar su nombre durante el fatal período que se abrió en enero de 1846 y ha concluido con los últimos acontecimientos? ¿Ha alzado acaso Espartero su voz en aquel agónico silencio de la degradada España? ¿Se recuerda un solo hecho de resistencia patriótica por su parte? Se retiró a su propiedad de Logroño, a cultivar  sus  hortalizas  y sus flores hasta que llegara la hora. No dio  un paso hacia la revolución hasta que la revolución llegó hasta él. Ha hecho realmente más que Mahoma. Esperó que la montaña llegara hasta él y ésta lo ha hecho efectivamente. Hay que citar sin embargo, una excepción: cuando estalló la revolución de febrero, seguida del terremoto general en Europa, Espartero hizo que el señor de Príncipe y otros amigos publicaran un breve panfleto titulado Espartero. Su pasado, su presente y su  porvenir, para recordar a España que seguía poseyendo el hombre del pasado,  del presente y del futuro. Pero al hundirse en Francia el movimiento revolucionario, el hombre del pasado, del presente y del futuro se sumergió una vez más en el olvido.

Espartero nació en Granátula, en La Mancha, y como su famoso paisano tiene también su idea fija – la Constitución- y su Dulcinea -la reina Isabel- . El 8 de enero de 1848, cuando volvió de su destierro inglés a Madrid, fue recibido por la reina y se despidió de ella con las siguientes palabras: “Suplico a Vuestra Majestad me llame siempre que necesite una espada para defenderla o un corazón para amarla“. Su Majestad lo ha llamado finalmente, y el caballero andante ha acudido, aplacando las oleadas revolucionarias, desanimando a las masas con una calma engañosa, permitiendo a Cristina, San Luis y los demás refugiarse en el palacio, y proclamando estentóreamente su indestructible fe en las palabras de la inocente Isabel.  

El entonces estudiante Salustiano de Olózaga pronuncia un discurso político en el café Lorenzini de Madrid. La Estafeta de Palacio

Como es sabido, esta reina tan digna de fe, cuyos rasgos, según dicen, cobran cada vez más parecido con los de Fernando VII de infeliz memoria, fue proclamada mayor el 15 de noviembre de 1843. El 21 de noviembre del mismo año cumplía ella los trece de edad. Olózaga, al que López había nombrado tutor de la reina por tres meses, formó un ministerio poco grato a la camarilla y a las Cortes recién elegidas bajo la impresión del primer éxito de Narváez. Quiso entonces disolver las Cortes y obtuvo un Real Decreto firmado por la reina que le autorizaba a ello, pero con la fecha de su promulgación en blanco. Olózaga recibió el decreto de manos de la reina la tarde del 28. La tarde del 29 tuvo otra entrevista con ella; pero apenas la había dejado cuando se presentó en su casa un subsecretario de Estado informándole de que había sido destituido y exigiéndole el decreto que había obligado a firmar a la reina. Olózaga, abogado de profesión, era demasiado agudo para caer en una trampa tan burda. No devolvió el documento hasta el día siguiente y tras haberlo mostrado a más de cien diputados; para que comprobaran que la firma de la reina presentaba sus trazos habituales. El 13 de diciembre González Brabo, nombrado primer ministro, llamó ante la reina a los presidentes de las cámaras, las principales personalidades de Madrid, Narváez, el marqués de Santa Cruz y otras personas, pues la reina deseaba hacer una declaración sobre lo que había ocurrido entre ella y Olózaga la tarde del 28 de noviembre. La inocente reinecita les introdujo en la habitación en que había recibido a Olózaga y representó para informarles un pequeño drama en forma muy graciosa, aunque más bien exagerada. Así atrancó Olózaga la puerta, así la tomó del vestido, así la obligó a sentarse, así le guió la mano, así la obligó a firmar el decreto, en una palabra, así violó su dignidad real. Durante la escena, González Brabo fue tomando nota de esas declaraciones, mientras todas las personas presentes podían apreciar que el decreto en cuestión estaba firmado con mano trémula y agarrotada. En virtud de esta solemne declaración de la reina, Olózaga debía ser condenado por el crimen de lesa majestad a ser despedazado por cuatro caballos, o, en el mejor de los casos, a destierro perpetuo a las Filipinas.

La Junta de Filipinas

Pero, como hemos visto, Olózaga había tomado  ya sus precauciones. Tuvo entonces lugar un debate de diecisiete días en las Cortes, que causo, aún más impresión que el famoso proceso de la reina Carolina en Inglaterra. La defensa de Olózaga ante las Cortes contiene entre otras cosas el siguiente párrafo: “Si me decís que hay que dar fe sin discusión a la palabra de la reina yo os contesto: No. O existe acusación o no existe. Y si existe, esa palabra es un testimonio como otro cualquiera, y a ese testimonio opongo yo el o“. En la balanza de las Cortes, la palabra de Olózaga resultó de más peso que la de la reina. Olózaga tuvo empero que huir a Portugal para escapar de los asesinos lanzados contra él. Esta fue la primera aparición de Isabel en la escena politica de España. Y esta es la misma reinecita a creer cuyas palabras exhorta Espartero al pueblo, y a la que, tras once años de escándalos ejemplares, se ofrece el “brazo defensor” y el “corazón amante” de la “Espada de la Revolución”.

[New York Daily Tribune, 19 de agosto de 1854]

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VI

LA CONTRARREVOLUCIÓN EN ACCIÓN

Londres, 8 de agosto de 1854

Apenas habían sido retiradas las barricadas de Madrid -a petición de Espartero- cuando ya estaba actuando la contrarrevolución. El primer paso contrarrevolucionario fue la impunidad acordada a la reina Cristina Sartorius y sus asociados. A ese paso siguió el de la formación del ministerio, con el moderado O’Donnell en la cartera de Guerra y todo el ejército, por tanto, puesto a disposición de este viejo amigo de Narváez. En la lista del Gobierno figuran los nombres de Pacheco, Luján, don Francisco Santa Cruz, todos ellos partidarios notorios de Narváez y miembro el primero además del mal famado ministerio de 1847. Otro de los miembros Salazar, ha sido nombrado por el único mérito de ser un compañero de juego de  Espartero. En premio a los sangrientos sacrificios del pueblo en las barricadas y en las  calles ha caído un chaparrón de condecoraciones sobre los generales de Espartero, por una parte, y los amigos moderados de O’Donnell por otra. Para preparar el completo silencio de la prensa ha sido restablecida la ley de 1837. En vez de convocar Cortes constituyentes, Espartero desea, según se dice, convocar sólo las cámaras según la constitución de 1837, respetando además, de creer ciertos informes, las modificaciones realizadas en la misma por Narváez. Han sido concentradas muchas tropas  cerca de Madrid para asegurar lo mejor posible el éxito de esas medidas y de las que seguirán. Si hay algo que llame especialmente nuestra atención en este asunto es la prontitud con que ha empezado a actuar la reacción.

Palacio de las Cortes. Narciso Colomer 1850

Desde el. Primer momento los jefes de las barricadas visitaron a Espartero para hacerle objeciones sobre la constitución de su gobierno. Espartero entró en largas explicaciones sobre las dificultades que le acosaban y se esforzó por defender sus nombramientos. Pero los diputados del pueblo no parecen haber quedado muy satisfechos con su explicación. Al mismo tiempo llegaron noticias “muy alarmantes” de los movimientos republicanos en Valencia, Cataluña y Andalucía. La turbación de Espartero puede comprobarse por su decreto sancionando la continuación de la actividad de las juntas provinciales. Ni siquiera ha osado todavía disolver la junta de Madrid, a pesar de que su ministerio está completo y ha asumido oficialmente sus funciones.

[New Y01·k DailyTribune, 21 de agosto de 1854]

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VII

REIVINDICACIONES DEL PUEBLO ESPAÑOL

Londres, 11 de agosto de 1854

Días atrás publicaba el Charivari una caricatura en la que el pueblo español aparece enredado en una batalla mientras los dos espadones -Espartero y O’Donnell- se abrazan por encima de él. El Charivari interpreta como final de la revolución lo que es sólo su comienzo. La pugna ha empezado ya entre Espartero y O’Donnell, y no solo entre ellos, sino también entre los jefes militares y el pueblo. De poco provecho ha sido para el gobierno nombrar al torero Pucheta superintendente de los mataderos, formar un comité para premiar a los combatientes de las barricadas y encargar finalmente a dos franceses, Pujol y Delmas, la historia de la revolución. O’Donnell desea que las Cortes sean elegidas de acuerdo con la ley de 1845, Espartero según la Constitución de 1837 y el pueblo por sufragio universal. El pueblo, además, se niega a deponer las armas mientras el gobierno no publique un nuevo programa, pues el de Manzanares no le resulta ya satisfactorio. Pide también el pueblo la anulación del Concordato de 1852, la confiscación de los bienes de los contrarrevolucionarios, una exposición pública de la situación financiera, la cancelación de todas las concesiones de ferrocarriles y otros contratos para la realización de obras públicas concertados de forma fraudulenta y, finalmente, la comparecencia de Cristina ante un tribunal especial. Dos intentos de huida de esta última han sido frustrados por la resistencia armada del pueblo. El Tribuno da la siguiente exposición de las sumas que debe restituir Cristina al Tesoro Nacional: veinticuatro millones percibidos ilegalmente como regente de 1834 a 1840; doce millones recibidos a su vuelta de Francia tras una ausencia de tres años; y treinta y cinco millones recibidos de la tesorería de Cuba. Y aún hay que decir que esa exposición es demasiado generosa, pues al dejar España en 1840, Cristina se llevó consigo grandes sumas y casi todas las joyas de la corona española.

[New York DaílyTribune, 25 de agosto de 1854]

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VIII

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA EN RUSIA.- LA CUESTIÓN DE LAS COLONIAS.- CORRUPCION DE LOS HOMBRES PÚBLICOS. – ANARQU1A EN LAS PROVINCIAS. – LA PRENSA DE MADRID

Londres, 15 de agosto de 1854

Algunos meses antes de estallar la presente revolución española dije a los lectores de este periódico que la influencia rusa intentaba provocar una conmoción en España. Rusia no necesitaba agentes directos para ello. Ahí estaba el Times, abogado y amigo del rey Bomba, de la “joven esperanza” de Austria, de Nicolás, de Jorge IV, indignándose repentinamente ante las grandes inmoralidades de la reina Isabel y de la corte española.

Ahí estaban, además, los agentes diplomáticos del gobierno inglés, a los que el ministro ruso Palmerston engañó fácilmente con visiones de una monarquía Coburgo peninsular.

Está ya comprobado que fue el embajador británico el que escondió a O’Dopnell en su residencia y convenció al banquero Collado, actual ministro de Hacienda, para que adelantara el dinero que necesitaban O’Donnell y Dulce para su pronunciamiento. Por si algún lector abriga todavía dudas sobre la intervención de Rusia en los asuntos peninsulares me permitiré recordar el asunto de la isla de León. Tropas numerosas fueron concentradas en Cádiz en 1820 con destino a las colonias sudamericanas. Repentinamente el ejército estacionado en la isla se declaró por la Constitución de 1812, y su ejemplo fue seguido en otros lugares. Ahora bien, sabemos por Chateaubriand, embajador de Francia en el congreso de Verona, que Rusia estimuló a España a emprender la expedición a Sudamérica y que impulsó a Francia a intervenir en España. Sabemos además por el mensaje del presidente de los Estados Unidos que Rusia le había prometido impedir la expedición española a Sudamérica. Hace falta pues poca reflexión para poner en claro quién provocó la insurrección de la isla de León. Pero quiero darles otro ejemplo del intenso interés que se toma Rusia por las conmociones de la península española. En su Historia política de la España moderna (Barcelona, 1849), el señor de Marliani, para probar que Rusia no tiene motivos para oponerse al movimiento constitucional Marliani sienta la siguiente afirmación:

Isabel II jura la Constitución de 1837 ante las Cortes el 10 de noviembre de 1843.

Se vio en el Neva soldados españoles jurando la Constitución [de 1812] y recibiendo sus banderas de manos imperiales. En su extraordinaria expedición contra Rusia formó Napoleón una legión especial con los prisioneros españoles en Francia, la cual, tras la derrota de las fuerzas francesas, desertó al campo ruso. Alejandro los recibió con mucha condescendencia y los instaló en Peterhoff, adonde fue a visitarlos frecuentemente la emperatriz. Cierto día Alejandro les dio orden de concentrarse sobre el Neva helado y les hizo prestar juramento a la Constitución española, presentándoles al mismo tiempo banderas bordadas por la emperatriz en persona. Este cuerpo, llamado desde entonces “Imperial Alejandro”, embarcó en Kronstadty desembarcó en Cádiz. Hizo honor a su juramento del Neva sublevándose en Ocaña en 1821 por el restablecimiento de la Constitución.

Aunque Rusia intriga en la Península a través de Inglaterra, no por ello deja de denunciar a ésta ante Francia. Así leemos en la Nueva Gaceta prusiana que Inglaterra ha promovido la revolución española a espaldas de Francia.

¿Qué interés tiene Rusia en fomentar conmociones en España? El de crear una división en el Oeste, provocar disensiones entre Francia e Inglaterra y obligar a Francia a intervenir. Ya nos dice la prensa anglo-rusa que revolucionarios franceses de junio han levantado las barricadas de Madrid, y lo mismo se dijo de Carlos X en el Congreso de Verona.

El precedente sentado por el ejército español ha sido seguido por Portugal, se ha contagiado a Nápoles y Piamonte y difunde por todas partes el peligroso ejemplo de un ejército que se entromete en disponer medidas de reforma y dicta leyes a un país por la fuerza de las armas. Inmediatamente después de la insurrección piamontesa han tenido lugar en Francia, en Lyon y otras ciudades, movimientos de la misma naturaleza. En la Rochela se produjo la conspiración de Berton, en la que tomaron parte 25 soldados del 45 regimiento. La España revolucionaria  contagia a Francia  sus espantosos elementos de d1scordia, y ambos países alían sus facciones democráticas contra el sistema monárquico.

¿Hay pues que concluir que la revolución española ha sido llevada a cabo por los anglo-rusos? En modo alguno. Rusia no hace más que apoyar movimientos rebeldes en momentos en que comprende la inminencia de crisis revolucionarias. Además, apenas comienza, el verdadero movimiento popular resulta tan contrario a las intrigas de Rusia cuanto a la opresión del gobierno. Así ocurrió en Valaquia en 1848 y así ocurre en España en 1854.

La pérfida conducta de Inglaterra queda claramente de manifiesto con la de su embajador en Madrid, Lord Howden. Antes de salir de Inglaterra para regresar a su puesto, el embajador convocó a los tenedores de títulos españoles y les pidió que exigieran del gobierno español el pago de los mismos, y, en caso de negativa de éste, que negaran ellos todo crédito a los comerciantes españoles. Así preparó dificultades al nuevo gobierno. Pero apenas llegado a Madrid tributó en una suscripción en favor de los familiares de las víctimas caídas en las barricadas, arrancando los aplausos del pueblo español.

The Times acusa a Mr. Soulé de haber provocado la insurrección en Madrid en interés de la actual administración americana. En todo caso, Mr. Soulé no ha escrito los artículos del Times contra Isabel, ni el partido que propugna la anexión de Cuba ha obtenido la menor ventaja de la revolución. En este aspecto, el nombramiento del general Concha como capitán general de la isla de Cuba es muy significativo, pues el general ha sido uno de los padrinos del duque de Alba en su duelo con el hijo de Mr. Soulé. Sería un error suponer que los liberales españoles participan en lo más mínimo de las opiniones del liberal inglés Mr. Cobden respecto del abandono de las colonias. Uno de los objetivos capitales de la Constitución de 1812 era precisamente el de conservar el dominio de las colonias introduciendo en el nuevo código un sistema de representación unitario. Incluso en 1811 los españoles reunieron una fuerza considerable compuesta por varios regimientos de Galicia -única región no ocupada entonces por los franceses- con objeto de aumentar la eficacia de su policía sudamericana. Casi el principal axioma de la Constitución fue el de no abandonar ninguna colonia, y los revolucionarios de hoy profesan la misma opinión.

No ha habido jamás revolución que haya ofrecido espectáculo tan escandaloso en la conducta de sus hombres públicos como esta revolución emprendida en interés de la “moralidad”. La coalición de los viejos partidos que constituye el actual gobierno (partidarios de Espartero y partidarios de Narváez) se ha ocupado principalmente en repartirse el botín de cargos, empleos, salarios, títulos y condecoraciones. Dulce y Echagüe han llegado a Madrid, y Serrano ha pedido permiso para presentarse en la capital, todos con objeto de asegurarse su participación en el saqueo. En este momento tiene lugar una gran carrera

Entre moderados y progresistas, encargados los primeros de nombrar todos los generales y los segundos de hacerlo con todos los jefes políticos. Para calmar los celos del “populacho” el torero Buceta ha sido ascendido de director de los mataderos a jefe de la policía. Incluso el Clamor Público, un periódico muy moderado, manifiesta su decepción. “La conducta de generales y jefes habría ganado mucho en dignidad si hubieran renunciado a todo ascenso, dando un noble ejemplo de desinterés y conformándose ellos mismos con los principios de moralidad proclamados por la Revolución“. La rapacidad sin igual con que se está repartiendo el botín queda bien caracterizada por el reparto de embajadores. No hablemos ya del nombramiento del señor Olózaga para París, a pesar de que siendo embajador de Espartero en esa misma corte de 1843 conspiró con Luis Felipe, Cristina y Narváez, ni del de Alejandro Mon para Viena, ministro de Hacienda de Narváez en 1844; ni de los de Ríos Rosas para Lisboa y Pastor Díaz para Turín, dos moderados de méritos poco notables. Limitémonos a considerar el nombramiento de González Brabo para Constantinopla. González Brabo es la encarnación de la corrupción española. En 1840 publicaba escritos en El Guirigay, una especie de Punch madrileño en el que vertía los más furiosos ataques contra Cristina. Tres años más tarde su pasión por obtener un cargo le había transformado en un moderado furioso. Narváez, que necesitaba un instrumento dócil, lo utilizó como primer ministro, para despedirlo destempladamente tan pronto como pudo prescindir de él. Mientras tanto había nombrado González Brabo ministro de Hacienda a un cierto Carrasco que saqueó sin rodeos el Tesoro español. Nombró subsecretario del Tesoro a su padre, persona que había sido expulsada de su empleo en Hacienda a causa de malversaciones, y convirtió a su hermano político, empleadillo del teatro del Príncipe, en camarero de la reina. Cuando se le reprochaba su venalidad y corrupción contestaba: “¿Y no es ridículo ser siempre el mismo?” Este fue el hombre nombrado embajador de la revolución de la moralidad.

En contraste con esa infamia oficial que mancilla el movimiento español, consuela saber que el pueblo consiguió finalmente obligar a esos caballeros a poner a Cristina a disposición de las Cortes y a permitir la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente sin senado, y consecuentemente sobre bases diversas de las leyes electorales de 1837 y 1845. El gobierno no había osado promulgar una ley electoral propia, por estar el pueblo unánimemente en favor del sufragio universal. En las elecciones madrileñas para la Guardia Nacional triunfaron rotundamente los exaltados.

Prevalece en las provincias una saludable anarquía. Se han constituido juntas que actúan en todo el país, dictando decretos en interés de cada localidad, aboliendo la una el monopolio del tabaco, y la otra el gravamen de la sal. Los contrabandistas operan en gran escala y con la mayor eficacia, pues son la única fuerza que nunca se ha desorganizado en España. En Barcelona las fuerzas militares chocan entre sí o con los obreros. Este anárquico estado de las provincias es de gran utilidad para la causa de la revolución, pues impide que ésta sea ahogada en la capital.

La prensa de Madrid se compone en este momento de los siguientes periódicos: España, Novedades, Nación, Clamor Público, Diario Español, Tribuno, Esperanza, Iberia, Católico, Miliciano, Independencia, Guardia Nacional, Esparterista, Europa, Unión, Espectador, Liberal, Eco de la Revolución. -Heraldo, Boletín del Pueblo y Mensajero han dejado de existir.

 

[New York DailyTribune, 1 de septiembre de 1854]

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España sin Rey – Capítulo 1

1 Comentario

  1. “La conducta de generales y jefes habría ganado mucho en dignidad si hubieran renunciado a todo ascenso, dando un noble ejemplo de desinterés y conformándose ellos mismos con los principios de moralidad proclamados por la Revolución“.
    Andá, como los Podemitas-ahoritas, las Hadas que nos han Colau y sus Pissarellos; y sus familias, todas, todas, todas contra el Nepotismo. Que es el de los demás.
    Es que lo suyo es otra cosa; ellos son la verdad, la salvación y la gloria. Muy católico todo esto de los antisistemas promocionados por el sistema y subvencionados generosamente por los corruptos de ayer, “investigados” de hoy – bueno, muchos quedan para mañana; ya advertía Larra de cómo va el funcionariado hispano. Y la Corrupción Judicial. Así, afirmaba -y no era teatro- Bertolt Brecht, que “muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia” –
    http://puntocritico.com/2016/12/22/la-justicia-emana-del-pueblo/

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