GEORGE WASHINGTON Y EL CEREZO: “NO PUEDO MENTIR, PADRE”. Adaptación de un texto de J. Berg Esenwein y Marietta Stockard

“Mi madre y un hombre negro, de aquellos que las bestias cuidaban, tuvieron trato carnal. Éste algunas veces venía a nuestra casa y se iba por la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta, con la excusa de comprar huevos, y entraba en casa.

Yo, al principio de su entrada, me agobiaba y le tenía miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas desde que su venida mejoraba el comer, le fui queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, con que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y la conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, con el que jugaba y al que arropaba. Y me acuerdo que estando el negro de mi padrastro trabajando con el mozuelo, como el niño veía a mi madre y a mí blancos, y a él no, con miedo, a mi madre y señalando con el dedo, le decía:

– ¡Madre, coco!

A lo que respondió él, riendo:

– ¡Hideputa!

Yo, aunque aún joven, noté aquella palabra de mi hermanito y dije para mí:

“¡Cuántos debe haber en el mundo que se espantan de otros porque no se ven a sí mismos!”

LAZARILLO DE TORMES, 1554.

“No juzguéis a los demás, si queréis no ser juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis, habéis de ser juzgados; y con la misma medida con que midiereis, seréis medidos vosotros.

Mas tú, ¿con qué cara te pones a mirar la mota en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está dentro del tuyo? O ¿cómo dices a tu hermano: Deja que yo saque esa pajita de tu ojo, mientras tú mismo tienes una viga en el tuyo?

¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

JESÚS DE NAZARET, Mateo, capítulo 7.

* * * * * * *

Bienvenidos al futuro, en el que el pasado es lo único relevante. La convivencia, la igualdad, son inventos fascistas. El verdadero progreso consiste en avanzar hacia el pasado, hasta cuando no había fascistas, sólo Blut und Boden, sangre y tierra. Las nuestras, no las de los demás. Para progresar, debemos enseñar a nuestros hijos a glorificar de nuevo nuestras antiguas tradiciones.

Como consecuencia, el aprendizaje no puede avanzar. La verdad ya ha sido descrita para siempre, y lo único que podemos hacer es seguir interpretando su opaco mensaje”.

El mundo moderno, racional, es un engaño. El progreso es sencillamente la superficie de una “nueva” ideología basada en tradiciones cada vez más opacas: Sangre pura y tierra libre. Volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz. Esta vez las nuestras. Empieza a anochecer, and I feel fine.

En el pasado éramos libres. Éramos héroes. Después fuimos conquistados y nos robaron nuestras gloriosas tradiciones. Por eso ahora somos mediocres. La culpa es de los que nos intentan vender el futuro sin nuestro pasado. El futuro sin nuestro glorioso pasado es… ¿qué es? La culpa nunca puede ser nuestra. Nuestro pasado es la única verdad. El pasado de los demás es fascista, como el futuro. No te dejes engañar.

Dado que la acción es bella en sí, se debe tomar antes de la, o sin, reflexión. Pensar es una forma de emasculación. Por eso, la cultura es sospechosa, porque se identifica con actitudes críticas”.

No te fíes de los intelectuales que promueven un futuro sin tradición. La tradición es el futuro. No hay otro. Tenemos un problema sintáctico. Semántico. Afortunadamente, nada que un poco de pólvora y metralla no puedan curar. El problema nace de las acequias, pero no de las nuestras, de las de los otros. Nuestra ignorancia no es el problema. Nuestra ignorancia es la solución final.

Sufres de humillación política. Te están tomando el pelo. Te están robando el dinero. Te odian y te desprecian. Viven de tu sangre y de tu tierra. Sólo pides justicia. Que se respete tu tradición gloriosa, generosa, pacífica. O de lo contrario…

El fascismo de mañana encontrará su audiencia en esta nueva mayoría”.

La verdadera identidad es la antigua identidad perfecta, es la ausencia de la futura identidad individual, personal, global. La identidad robotizada es la diversidad absoluta. Tu también puedes ser un héroe. ¡Loor a los héroes! Nosotros te diremos cómo puedes ser un héroe. Los que no son héroes son fascistas.

Tú solo no puedes luchar contra los fascistas. Los individuos no tienen derechos. Los derechos los tienen “los pueblos”, la sangre, la tierra. Tus líderes te lo interpretarán, no padezcas. No pienses. Pensar es colaborar con el enemigo.

Cuando tus líderes te dicen que la constitución no funciona, que el parlamento es un engaño, que tus vecinos son tus enemigos y son fascistas, te están avisando a tiempo. Te están haciendo un favor. Porque te quieren. Porque eres uno de ellos. Te están indicando el glorioso nuevo camino hacia el pasado futuro, por tu propio bien. Tus líderes jamás te engañarían. Una sangre, una tierra, una identidad. ¡Viva la libertad!

(Citas: Umberto Eco, “Eternal Fascism: Fourteen Ways of Looking at a Blackshirt”, New York Review of Books, 22 junio 1995, pp.12-15). AUTOR: “Linux”.

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GEORGE WASHINGTON Y EL CEREZO

 Adaptación de un texto de J. Berg Esenwein y Marietta Stockard

 NOTA: La anécdota de la tala del cerezo es muy famosa en los Estados Unidos. Se publicó por primera vez en 1806, en la quinta edición de la imaginativa biografía de Washington redactada por Mason Lock Weems. He aquí una versión de principios del siglo veinte.

Cuando George Washington era niño vivía en una granja de Virginia. Su padre le enseñó a cabalgar, y solía llevar al joven George por la granja para que su hijo aprendiera a cuidar de los campos, los caballos y las reses. El señor Washington había plantado un huerto de árboles frutales. Había manzanos, durazneros, perales, ciruelos y cerezos. Una vez le enviaron un bonito cerezo desde allende el océano, y el señor Washington lo plantó en la linde del huerto. Pidió a toda la gente de la granja que lo observara atentamente para cerciorarse de que no sufriera el menor daño. Creció bien y una primavera se cubrió de capullos blancos. Al señor Washington le complacía saber que pronto tendría cerezas de ese árbol. En esa época le dieron a George un hacha nueva y lustrosa. George se puso a hachar ramas, cercas, todo lo que encontraba. Al fin llegó a la linde del huerto, y pensando sólo en su magnífica hacha, asestó un golpe al pequeño cerezo. La corteza era tan blanda que George derribó el árbol, y luego continuó jugando. Esa noche, cuando el señor Washington regresó de su inspección de la granja, envió el caballo al establo y fue hasta el huerto para mirar el cerezo. Se quedó atónito al ver que lo habían talado. ¿Quién se habría atrevido a hacer semejante cosa? Preguntó a todo el mundo, pero nadie le daba explicaciones. En ese momento pasó George. -George -llamó su padre con voz colérica-, ¿sabes quién mató mi cerezo? Era una pregunta difícil, y George titubeó un instante, pero pronto se recobró. No puedo mentir, padre. Lo hice yo, con mi hacha. El señor Washington miró a George. El niño estaba pálido, pero miraba al padre a los ojos. -Entra en la casa, hijo -dijo severamente el señor Washington. George fue a la biblioteca y aguardó a su padre. Estaba triste y avergonzado. Sabía que había sido necio y desconsiderado y que su padre tenía buenas razones para estar disgustado. Pronto el señor Washington entró en la habitación. -Ven aquí, hijo mío. George se acercó a su padre. El señor Washington lo miró de hito en hito. -Dime, hijo, ¿por qué talaste el árbol? -Yo estaba jugando y no pensé… -tartamudeó George. -Y ahora el árbol morirá. Nunca nos dará cerezas. Pero, peor aún, no supiste cuidar de ese árbol cuando yo te había pedido que lo hicieras. George agachó la cabeza, las mejillas rojas de vergüenza. -Lo lamento, padre -dijo.

El señor Washington apoyó la mano en el hombro del hijo. -Mírame -dijo-, lamento haber perdido el cerezo, pero me alegra que hayas tenido el valor de decir la verdad. Prefiero que seas franco y valiente a tener un huerto entero con los mejores árboles. Nunca lo olvides, hijo mío. George Washington nunca lo olvidó. Hasta el final de su vida fue tan valiente y honorable como ese día de su infancia.

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