Cómo sacar provecho de los enemigos – Plutarco

Ilustración tomada de “Sobre el inconveniente
de tener muchos amigos”. Edición de
Gonzalo Tomé – Ariel Quintaesencia, 2016.

 

Sinopsis:

“Por eso, el que ve que su enemigo es un rival de su vida y su fama, pone más atención en sí mis­mo, examina con cuidado sus acciones y ordena su vi­da. Puesto que también esto es propio del vicio, aver­gonzarse ante los enemigos más que ante los amigos, por los errores que cometemos. De aquí que Nasica, creyendo y diciendo algunos que los asuntos de los ro­manos estaban seguros, después de haber sido aniquila­dos los cartagineses y sometidos los aqueos, dijo: «precisamente ahora estamos en peligro! pues no nos hemos dejado a quién temer ni ante quién avergonzarnos»”.

“Si quieres afligir al que te odia, no lo taches de hombre degenerado ni cobarde, ni libertino, ni bufón, ni innoble, sino tú mismo sé un hombre, muéstrate moderado, sincero, y trata con amabilidad y justicia a los que tie­nen trato contigo. Pero, si eres empujado a censurar, ponte a ti mismo muy lejos de las cosas que tú censuras. Penetra en tu alma, examina tus puntos débiles, no sea que algún vicio desde alguna parte, te diga suavemente lo de aquel escritor de tragedias: estando tú mismo lleno de llagas, eres médico de otros”.

“No es necesario que el que vaya a injuriar sea gracioso, de voz potente y audaz, sino irreprochable e intachable, Pues a ninguno parece la divinidad ordenar tanto su «conócete a ti mismo» como a aquel que va a censurar a otro, para que, por decir lo que quiere, no haya de escuchar lo que no quiere”.

“Por tanto, éste es el provecho y la utilidad que se saca con ultrajar al enemigo; pero no menos provecho se saca con lo contrario: con ser ultrajado y con que hablen mal de uno los enemigos. Por eso, Antístenes dijo muy bien que los que quieren salvarse necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes. Pues los unos amonestan a los que se equivocan, y los otros, al censu­rarlos, los alejan del error. Y, puesto que ahora la amistad es de voz débil, cuando habla con franqueza, y su lisonja es locuaz y su amonestación muda, se debe oír la verdad de boca de los enemigos. Pues, así como Téle­fo, al no encontrar un médico conveniente, ofreció su herida a la lanza enemiga, del mismo modo es necesa­rio que los que carecen de una persona amiga que les amoneste soporten la palabra del enemigo que los odia, si muestra y reprende su vicio, considerando el hecho, pero no la intención del que habla mal de ellos”.

“Pero la mayoría de los que son injuriados no miran si lo que se dice les es aplicable, sino qué otra cosa es aplicable al que injuria, y, como luchadores que no se limpian el polvo, así ellos no se limpian los ultrajes, sino que se salpican unos a otros y, en consecuencia, se manchan y ensucian unos a otros, al caer. Y convie­ne que el que oye hablar mal de sí al enemigo se libere de su falta con más cuidado que de la mancha que tiene en su ropa y que le ha sido mostrada”.

“Por tanto, siempre que se ha dicho algo que no es verdad, no se debe mostrar desprecio y despreocupa­ción porque es una mentira, sino considerar cuál de las cosas dichas o hechas por ti, de tus ocupaciones o rela­ciones, ha ofrecido el parecido para la calumnia, y guardarse cuidadosamente de esto y evitarlo”.

“¿Qué nos impide, tomando al enemigo como maestro gratuito, sacar provecho y aprender alguna de las cosas que desconocemos? Pues muchas cosas las percibe me­jor el enemigo que el amigo, ya que «el amante se ciega ante el amado», como dice Platón, pero con el odio se halla junto con la curiosidad también el charlar”.

“Ciertamente, nada, hay más digno y más hermoso que mantener la calma ante un enemigo que nos injuria, «co­mo si pasáramos nadando junto a una roca lisa pasare­mos junto al aficionado a injuriar», y no existe otro entrenamiento mayor”.

“Pero es mejor que, ejercitándose con las indecencias, iras, bur­las y ultrajes de los enemigos y extraños, acostumbres tu ánimo a ser paciente; y a no indignarse cuando sea injuriado”.

“Por tanto, se ha de mostrar así mansedumbre y pa­ciencia con las enemistades y también generosidad, mag­nanimidad y honradez, más que con las amistades. Pues hacer bien a un amigo no es tan hermoso como es ver­gonzoso no hacerlo cuando lo necesita. Es bueno tam­bién el desaprovechar tomar venganza del enemigo, cuan­do se ofrece la oportunidad. Pues, un hombre que se compadece del enemigo que sufre una desgracia y que le socorre cuando está necesitado, que muestra dili­gencia y afecto para con los hijos y los familiares del enemigo, cuando se encuentran en alguna necesidad, a este hombre, el que no lo admira por su bondad ni ala­ba por su honradez, ése: tiene su negro corazón forjado de diamante de hierro”.

“De aquí que no se deba descuidar la alabanza ni la honra de un enemigo, cuando éste es celebrado justamente. Pues, el que alaba se procura las mayores alabanzas e inspira confianza en otras ocasiones cuando acusa, pues no lo hace porque odie al hombre, sino porque rechaza su acción. Pero lo más bello y provechoso es que una persona que se ha acostumbrado a alabar a sus enemigos y a no molestarse ni mirar­los con envidia, si les va bien, está muy lejos de envidiar a los amigos que son felices y a los familiares que tienen éxito. Sin embargo, ¿qué otro entrenamiento podrá proporcionar una mayor utilidad a nuestras almas o una inclinación más poderosa, que el que nos quite nuestro celo y envidia?”.

“Pero mayor y más hermoso es que noso­tros, si nos acostumbramos a emplear la justicia inclu­so con los enemigos, nunca nos comportaremos injusta y maliciosamente con los familiares y amigos”.

“Temístocles, que decía que la victoria de Milcíades en Maratón no le dejaba dormir. Pues el que piensa que su enemigo lo aventaja por mera buena suerte en los puestos de honor o en las defensas de otros ante el juez, en los puestos de administración del Estado o entre los ami­gos y jefes, y, en lugar de hacer algo y emularlo, se su­merge en un estado de envidia y desánimo completos, se da a una envidia ociosa e inútil. En cambio, si uno no está ciego, en relación con lo que odia, sino que se convierte en espectador justo de la vida, del carác­ter, de las palabras y de los hechos de los demás, observará que la mayoría de las cosas que provocan su envidia les sobrevinieron a sus poseedores por su diligencia, pre­visión y acciones nobles, y, esforzándose por estas co­sas, ejercitará su amor a la honra y al honor, y echará fuera su indiferencia y su pereza”.

“Pero si parece que los enemigos, halagando o siendo malvados o corrompiendo o trabajando a sueldo, consi­guen de manera vergonzosa y grosera poderes en los palacios o en los Estados, esto no nos molestará, sino, más bien, nos alegrará si le oponemos nuestra propia libertad y nuestra limpia e irreprochable forma de vi­da, pues «todo el oro que hay sobre la tierra y bajo la tierra no se puede comparar con la virtud», según Pla­tón, y conviene tener siempre presente el dicho de Solón: “Pero nosotros no cambiaremos con ellos la virtud por la riqueza”; ni por los gritos de los espectadores de teatro, compra­dos a base de banquetes, ni por honores y presidencias junto a los eunucos, a las concubinas y sátrapas de los reyes; pues nada que tenga su origen en el vicio es dig­no de emulación ni bello. Pero, puesto que el amante se ciega ante el amado, como dice Platón, y los ene­migos, al obrar torpemente, atraen más nuestra aten­ción, no conviene que nuestra alegría por los errores que cometen ni nuestra tristeza por sus éxitos sea algo inútil, sino que nos preocupemos de que, por medio de ambos, errores y éxitos, guardándonos de unos, seamos mejores que ellos e, imitando los otros, no seamos peores”.

 

Ilustración tomada de “Sobre el inconveniente
de tener muchos amigos”. Edición de
Gonzalo Tomé – Ariel Quintaesencia, 2016.
 
 

-I-

Jenofonte (431 a. C. – 354 a. C) filósofo, historiador y militar griego

Veo, querido Cornelio Pulcher, que has elegido la forma más suave de la administración del Estado, en la que, siendo muy provechoso a los asuntos públicos, te muestras a ti mismo, privadamente, muy amable con los que tienen trato contigo. Porque es posible encontrar un país, como se cuenta de Creta, sin animales salvajes, pero un Estado que no produzca envidia, celo o rivalidad, pasiones que son las más capaces de engen­drar la enemistad, hasta ahora no ha existido (pero, si no otra cosa, nuestras amistades nos enlazan con ene­mistades; entendiendo esto también el sabio Quilón, quien a uno que decía que no tenía ningún enemigo le preguntó si no tenía tampoco ningún amigo). Y me pa­rece que le conviene al hombre de Estado observar las otras cosas en torno a los enemigos, y oír a Jenofon­te cuando dice, no de pasada, que es propio de un hombre inteligente sacar provecho, incluso, de los ene­migos. Por ello, esto, que muy recientemente se me pre­sentó la oportunidad de decir sobre este asunto, reu­niéndolo casi con las mismas palabras, te lo envío, guar­dándome, en lo que pude, de no tocar las cosas escritas en mis Preceptos políticos, ya que veo que aquel libro siempre lo tienes en las manos.

-II-

A los antiguos les bastaba con no ser atacados por animales extraños y fieros, y éste era el fin para aquellos en sus luchas contra los animales salvajes. Pero sus sucesores, habiendo aprendido ya a usarlos, les sacan también provecho, alimentándose con sus carnes y vis­tiéndose con su pelo, curándose con su hiel y con su leche cuajada y armándose con sus pieles, de tal forma que es justo temer que, si le hubieran faltado los ani­males al hombre, su vida se hubiera vuelto salvaje y ruda. Por tanto, puesto que es suficiente para los de­más el no sufrir mal alguno por parte de los enemigos y Jenofonte dice que el hombre inteligente saca pro­vecho incluso de los que difieren de él, no se debe des­confiar, antes bien buscar el método y el arte a través del cual este bien pueda ser alcanzado por aquellos a los que les es imposible vivir sin enemigos. El agricul­tor no puede cultivar cualquier árbol, ni el cazador do­mesticar cualquier animal salvaje. Por tanto, procura­ron sacar provecho de ellos, según la necesidad, de unos y de otros; el agricultor, de los árboles que no dan fru­to, y el cazador, de los animales salvajes. El agua del mar no es potable y es mala, pero alimenta peces y es un medio que conduce a todas partes, y para los viajeros un vehículo capaz de transportarlos. Cuando el sátiro quiso besar y abrazar el fuego, al verlo por primera vez, le dijo Prometeo:

tú, macho cabrío, después llorarás por tu barba;

pues el fuego quema al que lo toca, pero proporciona luz y calor y es instrumento de todo arte para los que han aprendido a usarlo. Mira también al enemigo, por si, aunque sea perjudicial en las otras cosas y difícil de manejar, presenta, de alguna forma, algún asidero y utilidad particular y es provechoso. También la mayo­ría de las cosas son hostiles, odiosas y enemigas para los que las tratan; pero ves que algunos usaron de las enfermedades de su cuerpo para su ocio, y los trabajos que les sobrevinieron a muchos les dieron fuerzas y los ejercitaron. Algunos hicieron, como Diógenes y Cra­tes, del destierro de la patria y de la pérdida de ri­quezas viático para el ocio y para la filosofía. Zenón, al romperse un navío fletado por él, cuando se enteró, dijo: «¡Oh destino!, haces bien, al reducirnos al manto raído». Pues, igual que los animales fuertes de estó­mago y sanos, si comen culebras y escorpiones, los digieren, y hay algunos que se alimentan con piedras y conchas, que transforman a través de la fuerza y el ca­lor de su aliento, pero los delicados y enfermos, si se llevan a la boca pan y vino se marean, del mismo modo los necios destruyen las amistades, y, en cambio, los prudentes pueden usar convenientemente incluso las enemistades.

-III-

En primer lugar, por tanto, me parece que lo más perjudicial de la enemistad podría convertirse en lo más provechoso para los que le prestan atención. ¿Qué sig­nifica esto? El enemigo está siempre acechando y ve­lando tus cosas y buscando la ocasión por todas partes, recorriendo sistemáticamente tu vida, no mirando sólo a través de la encina, como Linceo, ni a través de ladrillos y piedras, sino también a través de tu amigo: de tu siervo y de todos tus familiares, indagando, en lo que es posible, lo que haces, y escudriñando y explorando tus decisiones. Pues muchas veces, por nuestro abando­no y negligencia, no nos enteramos de que nuestros ami­gos están enfermos y se mueren, pero de los enemigos nos ocupamos incluso de sus sueños. Las enfermeda­des, los préstamos y las diferencias con las mujeres pa­san más desapercibidos a aquellos a quienes les tocan que al enemigo. Sobre todo está pendiente de los yerros y sigue sus huellas. Y así como los buitres son arrastrados por los olores de los cuerpos muertos, pero no captan el olor de los limpios y sanos, así las cosas enfermas, malas y dolorosas de la vida mueven al enemigo, y con­tra éstas se lanzan los que nos odian, las atacan y las despedazan. Por tanto, ¿es esto provechoso? Sin duda lo es, procurando vivir con precaución y preocupándose de uno mismo, y tratando de no hacer ni decir nada con indeferencia e irreflexivamente, sino siempre man­tener cuidadosamente, como en un régimen severo, la vida irreprensible. Pues el cuidado, que así reduce las pasiones y conserva el razonamiento, produce una cos­tumbre y una resolución de vivir bien e irreprochable­mente. Y, así como las ciudades castigadas por las luchas con los vecinos y las expediciones militares con­tinuas se contentaron con unas buenas leyes y un gobierno sano, del mismo modo los que son obligados por algunas enemistades a ser sobrios en su vida y a guar­darse de ser negligentes y confiados, y hacer cada cosa con utilidad, sin darse cuenta son llevados por la cos­tumbre a no cometer ninguna falta y a ordenar su con­ducta, por poco que la razón les ayude. Pues el dicho:

Ciertamente se alegrarían Príamo y los hijos de Príamo,

éstos siempre lo tienen a mano, los vuelve, los desvía y los aleja de aquellas cosas de las que sus enemigos se alegran y se ríen. Y vemos que los artistas dionisíacos muchas veces contienden en los teatros entre ellos mismos con negligencia, sin ánimo y sin esmero, pero cuando existe contienda y porfía con otros, no só­lo se cuidan de estar más atentos ellos mismos, sino que también se cuidan más de su instrumento, tensan­do las cuerdas y ajustando y tocando sus flautas con gran armonía. Por eso, el que ve que su enemigo es un rival de su vida y su fama, pone más atención en sí mis­mo, examina con cuidado sus acciones y ordena su vi­da. Puesto que también esto es propio del vicio, aver­gonzarse ante los enemigos más que ante los amigos, por los errores que cometemos. De aquí que Nasica, creyendo y diciendo algunos que los asuntos de los ro­manos estaban seguros, después de haber sido aniquila­dos los cartagineses y sometidos los aqueos, dijo: «precisamente ahora estamos en peligro! pues no nos hemos dejado a quién temer ni ante quién avergonzarnos.»

-IV-

Diogenes buscando hombres honestos. Atribuido a J. H. W. Tischbein

Además, toma aún el dicho de Diógenes, muy propio de un filósofo y un político: «¿Cómo me podré ven­gar de mi enemigo?» «Siendo tú mismo bueno y honra­do.» Los hombres se afligen cuando ven que los caba­llos de los enemigos son celebrados y sus perros alaba­dos. Si ven cultivado el campo o el jardín florido, se lamentan. ¿Qué crees, pues, que harán si te muestras como un hombre justo, sensato y bueno, celebrado en discursos, limpio en tus obras, ordenado en tu género de vida:

cultivando a través de tu pensamiento rica sementera, de la que brotan prudentes consejos?

«Los hombres vencidos están atados con un silencio de muerte», dice Píndaro, pero no sencillamente todos, sino cuantos se ven a ellos mismos vencidos por sus enemigos en solicitud, honradez, magnanimidad, humanidad y favores. Estas cosas «retuercen la lengua, dice Demóstenes, cierran la boca, ahogan y hacen callar»:

Tú, por tanto, distínguete de los malos, ya que te es posible.

Si quieres afligir al que te odia, no lo taches de hombre degenerado ni cobarde, ni libertino, ni bufón, ni innoble, sino tú mismo sé un hombre, muéstrate moderado, sincero, y trata con amabilidad y justicia a los que tie­nen trato contigo. Pero, si eres empujado a censurar, ponte a ti mismo muy lejos de las cosas que tú censuras. Penetra en tu alma, examina tus puntos débiles, no sea que algún vicio desde alguna parte, te diga suavemente lo de aquel escritor de tragedias:

estando tú mismo lleno de llagas, eres médico de otros.

Si le llamas ineducado, aumenta en intensidad tu amor al estudio y al trabajo; si cobarde, muestra más tu va­lentía y tu audacia; y si libertino y desesperado, borra de tu alma cualquier huella de amor por el placer que haya pasado desapercibida. Pues nada hay más vergonzoso ni doloroso que la blasfemia que se vuelve contra el que ha blasfemado, sino que, así como parece que la reverberación de la luz molesta más a los ojos enfer­mos, también dañan más los reproches que se vuelven, a causa de la verdad, contra los mismos que los hacen. Pues, así como el viento del Nordeste arrastra las nubes, también la vida mala arrastra sobre sí misma los reproches.

-V-

Platón y Aristóteles en La escuela de Atenas, de Rafael (1511)

Así pues, Platón, cuantas veces se encontraba con hombres que obraban torpemente, volviéndose hacia sí mismo, solía decir: «¿Seré yo acaso igual que ellos?».  El que censura la vida de otro, si enseguida observa su propia vida y la cambia hacia lo contrario, endere­zándola y corrigiéndola, sacará algún provecho de la cen­sura, que, de lo contrario, parece ser, y lo es, inútil y vacía. Por eso, la mayoría se ríe, si uno que es calvo o jorobado, censura y se mofa de otros por las mismas cosas, y, en general. es risible censurar y mofarse de cualquier cosa que puede devolverle la censura, Como León el Bizantino, quien, habiendo sido injuriado por un jorobado por la enfermedad de sus ojos, dijo: «Tú me echas en cara una desgracia humana, cuando llevas a tus espaldas la venganza divina». Y, bien, no inju­ries a otro por adúltero, si tú mismo eres un loco por los jóvenes; ni por desordenado, si tú mismo eres ruin:

Tú eres de la misma estirpe de la mujer que mató a su marido

le dijo Alcmeón a Adrasto. ¿Qué hacía, en verdad, aquél? No le echaba en cara la injuria de otro, sino la suya propia:

y tú eres el asesino de la madre que te engendró.

Y Domicio dijo a Craso: «¿No lloraste tú por la murena que alimentabas en tu vivero?» Y Craso res­pondió: «¿No enterraste tú a tres mujeres sin derramar una sola lágrima?» No es necesario que el que vaya a injuriar sea gracioso, de voz potente y audaz, sino irreprochable e intachable, Pues a ninguno parece la divinidad ordenar tanto su «conócete a ti mismo» como a aquel que va a censurar a otro, para que, por decir lo que quiere, no haya de escuchar lo que no quiere. Cier­tamente, una persona de este tipo, «quiere», según Sófocles:

Soltando su lengua vanamente, oír involuntariamente aquellas palabras que dice voluntariamente.

-VI-

Por tanto, éste es el provecho y la utilidad que se saca con ultrajar al enemigo; pero no menos provecho se saca con lo contrario: con ser ultrajado y con que hablen mal de uno los enemigos. Por eso, Antístenes dijo muy bien que los que quieren salvarse necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes. Pues los unos amonestan a los que se equivocan, y los otros, al censu­rarlos, los alejan del error. Y, puesto que ahora la amistad es de voz débil, cuando habla con franqueza, y su lisonja es locuaz y su amonestación muda, se debe oír la verdad de boca de los enemigos. Pues, así como Téle­fo, al no encontrar un médico conveniente, ofreció su herida a la lanza enemiga, del mismo modo es necesa­rio que los que carecen de una persona amiga que les amoneste soporten la palabra del enemigo que los odia, si muestra y reprende su vicio, considerando el hecho, pero no la intención del que habla mal de ellos. Pues, igual que el que pensaba matar a Prometeo, el Tésa­lo, golpeó con su espada el tumor y lo abrió de tal forma que el hombre se salvó y se liberó del tumor re­ventado, del mismo modo con frecuencia la injuria que se hizo por ira o enemistad curó un mal del alma, des­conocido o descuidado.

Pero la mayoría de los que son injuriados no miran si lo que se dice les es aplicable, sino qué otra cosa es aplicable al que injuria, y, como luchadores que no se limpian el polvo, así ellos no se limpian los ultrajes, sino que se salpican unos a otros y, en consecuencia, se manchan y ensucian unos a otros, al caer. Y convie­ne que el que oye hablar mal de sí al enemigo se libere de su falta con más cuidado que de la mancha que tiene en su ropa y que le ha sido mostrada. Y, si alguno habla de faltas que no existen, debemos, no obstante, buscar la causa por la que pudo surgir la blasfemia y cuidarnos y temer no sea que, sin darnos cuenta, hayamos cometido una falta cercana o parecida a la que se dice. Así el peinado de su cabello y su paso demasiado delicado hicieron caer a Lacedes, el rey de los argivos, en sospechas de afeminamiento; y a Pompeyo, que estaba lejos de ser afeminado y libertino, su forma de rascarse la cabeza con un sólo dedo. Y Craso fue acu­sado de acercarse a una de las vírgenes vestales, porque, queriendo comprarle una hermosa finca, con frecuen­cia se hallaba, por esto, con ella en privado y le hacía la corte. Y a Postumia, su risa pronta y su charla demasiado atrevida con los hombres la hizo tan sospe­chosa que fue acusada de disoluta. Se la halló, en efec­to, libre de esta culpa, sin embargo al soltarla el Pontífice Máximo, Espurio Minucio, le recordó que no usara palabras más desvergonzadas que su propia vida. Y Pausanias a Temístocles, que era inocente, le hizo caer en la sospecha de traición a causa de tratarle co­mo amigo, escribirle y enviarle mensajes constante­mente.

-VII-

Por tanto, siempre que se ha dicho algo que no es verdad, no se debe mostrar desprecio y despreocupa­ción porque es una mentira, sino considerar cuál de las cosas dichas o hechas por ti, de tus ocupaciones o rela­ciones, ha ofrecido el parecido para la calumnia, y guardarse cuidadosamente de esto y evitarlo. Pues, si otros, al verse envueltos en hechos no deseados, sacan de ellos una lección provechosa como dice Mérope:

el destino, tomando de mis cosas

como honorario lo más querido por mí,

me hizo sabia,

¿qué nos impide, tomando al enemigo como maestro gratuito, sacar provecho y aprender alguna de las cosas que desconocemos? Pues muchas cosas las percibe me­jor el enemigo que el amigo, ya que «el amante se ciega ante el amado», como dice Platón, pero con el odio se halla junto con la curiosidad también el charlar. Hierón fue ultrajado por uno de sus enemigos a cau­sa del mal olor de su boca. Por tanto, cuando llegó a su casa le dijo a su mujer: «¿Qué dices? ¿Tampoco tú me hablaste de esto?» Pero ella, que era virtuosa e ino­cente, le contestó: «Yo creía que todos los hombres olían así.» Así, también, las cosas que son perceptibles y cla­ras a todo el mundo es posible aprenderlas antes de los enemigos que de los amigos y familiares.

-VIII-

Pero, fuera de esto, el dominio sobre la lengua no es una parte pequeña de la virtud, pues no es posible tenerla siempre sumisa y obediente a la razón, a no ser que uno someta con ejercicio, cuidado y laboriosidad las peores de sus pasiones, como, por ejemplo, la cólera. Pues la «voz que es expulsada sin querer» y «la palabra que se escapó del cerco de los dientes» y aquello de que «algunas palabras vuelan por sí solas» son co­sas que ocurren principalmente a los ánimos no ejerci­tados, como los que resbalan y se pierden a causa de la debilidad de espíritu por una opinión obstinada, por un temperamento audaz. Y un castigo muy fuerte sigue a una palabra, la cosa más ligera, según el divino Platón, de parte de los dioses y de los hombres. Pero el silencio es, en todas artes algo que no tiene que dar cuenta (no es sólo bueno para la sed, como dice Hipócrates), sino que en los ultrajes es respetable y socrá­tico, más aún, heracleo, si es verdad que Heracles:

no hacía más caso a las palabras odiosas que a una mosca.

Jantipa vaciando un orinal sobre Sócrates

Ciertamente, nada, hay más digno y más hermoso que mantener la calma ante un enemigo que nos injuria, «co­mo si pasáramos nadando junto a una roca lisa pasare­mos junto al aficionado a injuriar», y no existe otro entrenamiento mayor. Pues, si te acostumbras a sufrir en silencio al enemigo que te injuria, soportarás muy fácilmente la cólera de tu mujer, cuando hable mal de ti, y aguantarás tranquilamente, cuando les escuches, las expresiones más duras del amigo y del hermano; y te presentarás a tu padre y a tu madre sereno y sin ira, cuando seas golpeado o herido por ellos. Pues Sócrates soportaba a Jantipa, que era una mujer iras­cible y difícil, pensando que, si se acostumbraba a soportarla, su trato con los demás sería muy fácil; pero es mejor que, ejercitándose con las indecencias, iras, bur­las y ultrajes de los enemigos y extraños, acostumbres tu ánimo a ser paciente; y a no indignarse cuando sea injuriado.

-IX-

Por tanto, se ha de mostrar así mansedumbre y pa­ciencia con las enemistades y también generosidad, mag­nanimidad y honradez, más que con las amistades. Pues hacer bien a un amigo no es tan hermoso como es ver­gonzoso no hacerlo cuando lo necesita. Es bueno tam­bién el desaprovechar tomar venganza del enemigo, cuan­do se ofrece la oportunidad. Pues, un hombre que se compadece del enemigo que sufre una desgracia y que le socorre cuando está necesitado, que muestra dili­gencia y afecto para con los hijos y los familiares del enemigo, cuando se encuentran en alguna necesidad, a este hombre, el que no lo admira por su bondad ni ala­ba por su honradez, ése:

tiene su negro corazón forjado

de diamante de hierro.

A César, cuando mandó levantar de nuevo las estatuas de Pompeyo, que habían sido echadas abajo, Cicerón le dijo: «Restauraste las estatuas de Pompeyo, y las tuyas las consolidaste». De aquí que no se deba descuidar la alabanza ni la honra de un enemigo, cuando éste es celebrado justamente. Pues, el que alaba se procura las mayores alabanzas e inspira confianza en otras ocasiones cuando acusa, pues no lo hace porque odie al hombre, sino porque rechaza su acción. Pero lo más bello y provechoso es que una persona que se ha acostumbrado a alabar a sus enemigos y a no molestarse ni mirar­los con envidia, si les va bien, está muy lejos de envidiar a los amigos que son felices y a los familiares que tienen éxito. Sin embargo, ¿qué otro entrenamiento podrá proporcionar una mayor utilidad a nuestras almas o una inclinación más poderosa, que el que nos quite nuestro celo y envidia?

                  Pitágoras

Pues, igual que muchas cosas, que son necesarias en la guerra, pero en otras circunstancias son malas, cuan­do adquieren la fuerza de una costumbre y de una ley, no son fáciles de rechazar por las personas aunque sean perjudicadas por ellas, del mismo modo la enemistad introduciendo, juntamente con el odio, envidia, deja tras de sí celo, gozo por el mal de los otros y venganza. Y, además de estas cosas, también malicia, engaño y ma­quinación, que parece que no son una cosa mala ni in­justa, si se emplean contra un enemigo, pero, si logran arraigo, permanecen sin que uno pueda librarse de ellas. Después, estos mismos hombres por la fuerza de la costumbre las emplean; además, contra sus amigos, si no se cuidan de usarlas contra sus enemigos. Por tanto, si Pitágoras tenía razón cuando, al intentar acostum­brar a los hombres a alejarse de la crueldad y la avaricia en su relación con los animales irracionales, intercedía ante los cazadores de aves y, después de comprar las redes de peces, mandaba soltarlos y prohibía la muerte de cualquier animal doméstico, es cosa mucho más noble en las disputas y rivalidades con los hombres, siendo un enemigo noble, justo y sincero, castigar y humillar las pasiones perversas, viles y malvadas, pa­ra que en todos los contratos con sus amigos permanez­ca firme y se abstenga de hacer mal.

Escauro era enemigo y acusador de Domicio. Antes del juicio llegó hasta él un esclavo de Domicio con la intención de descubrirle algún secreto, más él no le dejó hablar y agarrando al esclavo lo envió de nue­vo a su amo. Y a Catón, que perseguía a Murena a causa de su demagogia y andaba recogiendo pruebas, le seguían de cerca, según la costumbre de entonces, los que observaban las cosas que hacía. Así pues, muchas veces le preguntaban si hoy iba a reunir prue­bas o iba a realizar algo en relación con la acusación. Y, si decía que no, creyéndole, se marchaban. Cierta­mente, estas cosas son un testimonio muy grande de su reputación; pero mayor y más hermoso es que noso­tros, si nos acostumbramos a emplear la justicia inclu­so con los enemigos, nunca nos comportaremos injusta y maliciosamente con los familiares y amigos.

-X-

Y «puesto que les es necesario a todas las toto­vías que les nazca una cresta», según Simónides, y cada naturaleza de hombre produce rivalidad, celo y en­vidia, «amiga de los hombres vacíos de inteligencia», como dice Píndaro, no sacaría poco provecho quien se procurara en la persona de los enemigos purificaciones de estas pasiones y las alejara, como por canales, lo más lejos posible de sus compañeros y familiares. También, dándose cuenta de esto, según parece, un político de nombre Demo, que se hallaba en una revuelta en Quíos del lado de la parte vencedora, aconse­jaba a sus compañeros que no expulsaran a todos los adversarios, sino que dejasen a algunos, «para que no empecemos, decía, a tener diferencias con los amigos, al estar privados completamente de enemigos». Sin du­da, estas pasiones nuestras consumidas contra los ene­migos, menos molestarán a los amigos. Pues no convie­ne que el ceramista envidie al ceramista, ni el cantor al cantor, según Hesíodo, ni sentir celos por el veci­no, pariente o hermano «que trabaja por la riqueza» y que consigue la prosperidad en sus negocios.

Pero, si no existe otro modo de liberación de las ri­ñas, envidias y rivalidades, acostúmbrate a sentirte molesto por los enemigos felices, y provoca y evita que tu rivalidad sea afilada en aquellos. Pues, así como los bue­nos agricultores piensan que ellos obtendrán mejores rosas y violetas plantando a su lado ajos y cebollas (pues se concentra en éstos todo lo agudo y maloliente que hay en su alimentación), del mismo modo también el enemigo tomando y atrayendo hacia sí tu mal carácter y envidia te hará más agradable y menos penoso para los amigos que viven con prosperidad. Por eso, también se debe tener discusiones con aquellos en torno a la honra, al mando o a las ganancias justas, no sólo dis­gustándose, si tienen algo más que nosotros, sino tam­bién observando por qué motivos tienen más, e inten­tando superarles, asimismo, en diligencia, laboriosidad, inteligencia y atención, a la manera de Temístocles, que decía que la victoria de Milcíades en Maratón no le dejaba dormir. Pues el que piensa que su enemigo lo aventaja por mera buena suerte en los puestos de honor o en las defensas de otros ante el juez, en los puestos de administración del Estado o entre los ami­gos y jefes, y, en lugar de hacer algo y emularlo, se su­merge en un estado de envidia y desánimo completos, se da a una envidia ociosa e inútil. En cambio, si uno no está ciego, en relación con lo que odia, sino que se convierte en espectador justo de la vida, del carác­ter, de las palabras y de los hechos de los demás, observará que la mayoría de las cosas que provocan su envidia les sobrevinieron a sus poseedores por su diligencia, pre­visión y acciones nobles, y, esforzándose por estas co­sas, ejercitará su amor a la honra y al honor, y echará fuera su indiferencia y su pereza.

-XI-

Pero si parece que los enemigos, halagando o siendo malvados o corrompiendo o trabajando a sueldo, consi­guen de manera vergonzosa y grosera poderes en los palacios o en los Estados, esto no nos molestará, sino, más bien, nos alegrará si le oponemos nuestra propia libertad y nuestra limpia e irreprochable forma de vi­da, pues «todo el oro que hay sobre la tierra y bajo la tierra no se puede comparar con la virtud», según Pla­tón, y conviene tener siempre presente el dicho de Solón:

Pero nosotros no cambiaremos con ellos la virtud por la riqueza

ni por los gritos de los espectadores de teatro, compra­dos a base de banquetes, ni por honores y presidencias junto a los eunucos, a las concubinas y sátrapas de los reyes; pues nada que tenga su origen en el vicio es dig­no de emulación ni bello. Pero, puesto que el amante se ciega ante el amado, como dice Platón, y los ene­migos, al obrar torpemente, atraen más nuestra aten­ción, no conviene que nuestra alegría por los errores que cometen ni nuestra tristeza por sus éxitos sea algo inútil, sino que nos preocupemos de que, por medio de ambos, errores y éxitos, guardándonos de unos, seamos mejores que ellos e, imitando los otros, no seamos peores.

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Lucio Mestrio Plutarco, también conocido como Plutarco de Queronea (Queronea -hoy desaparecida-, Grecia, 46 o 50 – Delfos, Grecia, 120), fue un historiador, biógrafo, ensayista y filósofo moralista griego.

Plutarco nace en la región griega de Beocia, probablemente durante el gobierno del emperador romano Claudio. Realizó muchos viajes por el mundo mediterráneo, incluyendo uno a Egipto y dos viajes a Roma. Gracias a la capacidad económica de sus padres, Plutarco estudió filosofía, retórica y matemáticas en la Academia de Atenas sobre el año 67.

Algunos de sus amigos fueron muy influyentes, incluyendo a Soscio Senecio y a Fundano, ambos importantes senadores y a los cuales dedicó algunos de sus últimos escritos. La mayor parte de su vida la pasó en Queronea, donde fue iniciado en los misterios del dios griego Apolo. Sin embargo, sus obligaciones como el mayor de los dos sacerdotes de Apolo en el Oráculo de Delfos (donde era el responsable de interpretar los augurios de la o las pitonisas del oráculo) ocupaban aparentemente una parte pequeña de su tiempo. Llevó una vida social y cívica muy activa, además de producir una gran cantidad de escritos, parte de los cuales aún existen.

Más moralista que filósofo e historiador, fue uno de los últimos grandes representantes del helenismo durante la segunda sofística, cuando ya tocaba a su fin, y uno de los grandes de la literatura helénica de todos los tiempos.

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