REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels (parte II)

ÍNDICE

Leopoldo O’Donnell

II

NOTICIAS DE LA INSURRECCIÓN DE MADRID

Londres, 7 de julio de 1854

Los noticias que recibimos de la insurrección militar de Madrid siguen siendo de carácter muy contradictorio y fragmentario. Todos los despachos telegráficos procedentes de Madrid son naturalmente comunicados del gobierno, y de fe tan dudosa como los boletines publicados en la Gaceta. Por tanto, todo lo que puedo ofrecerles es un resumen del escaso material que tengo a mano. Como se recordará, O’Donnell fue uno de los generales desterrados por la reina en febrero; se negó a obedecer la orden de destierro, se ocultó en Madrid y consiguió entablar desde su escondite una correspondencia secreta con la guarnición de Madrid, particularmente con el general Dulce, inspector general de la caballería. El gobierno sabía que O’Donell seguía en Madrid, y el 27 de junio por la noche el general Bláser, ministro de la Guerra, y el general Lara, capitán general de Castilla la Nueva, recibieron el aviso de que se preparaba un levantamiento bajo la dirección del general Dulce. Sin embargo, no se hizo nada para impedir la insurrección o ahogarla en germen. Por ello, el general Dulce no encontró dificultad alguna para concentrar el 28 unos 2.000 hombres de caballería con el pretexto de una revista, ni para abandonar la ciudad en compañía de O’Donell con la intención de apoderarse de la reina, que se encontraba en El Escorial. Fracasó empero el proyecto, y la reina llegó a Madrid el 29, asistida por el conde de San Luis, presidente del Consejo. La reina pasó una revista mientras los insurrectos asentaban sus cuarteles en los alrededores de la capital. Se les sumó el coronel Echagüe con 400 hombres del regimiento del Príncipe, llevando consigo la caja regimental con una suma equivalente a 1.000.000 de francos. Una columna compuesta por siete batallones de infantería, un destacamento de guardias montados y dos baterías de artillería abandonó Madrid el día 29 por la tarde bajo el mando del general Lara, con objeto de atacar a los rebeldes en sus posiciones de las Ventas del Espíritu Santo y del pueblo de Vicálvaro. El día 30 tuvo lugar una batalla entre ambos ejércitos, de la cual hemos recibido tres informaciones: la oficial, dirigida por el general Lara al ministro de la Guerra y publicada en la Gaceta; otra, publicada por el Messager de Bayonne, y una tercera que procede del corresponsal de la Indépendance Belge, testigo ocular de los hechos. La primera, aparecida en todos los periódicos de Londres, es fácil de condenar, pues el general Lara declara primero que atacó a los insurrectos, luego que ellos le atacaron a él, haciendo prisioneros en una parte y perdiéndolos en otra; se declara victorioso y vuelve a Madrid, dejando en fin a los insurrectos dueños del terreno, aunque disimula el hecho hablando de la muerte al “enemigo” mientras pretende no haber tenido más bajas que treinta heridos.

He aquí la versión del Messager de Bayonne:

El 30 de junio a las 4 de la tarde el general Quesada salió de Madrid a la cabeza de dos brigadas, con el fin de atacar a las tropas rebeldes. La cosa, empero, duró poco, pues el general Quesada fue rechazado vigorosamente. El general Bláser, ministro de la guerra, concentró toda la guarnición de Madrid [la cual cuenta, dicho sea de paso, con unos 7.000 u 8000 hombres] e hizo a su vez una salida a las 7 de la tarde. Se entabló inmediatamente un combate que duró casi sin interrupción hasta la caída de la noche. Amenazada por la numerosa caballería de los insurrectos, la infantería tuvo que formar los cuadros. A la cabeza de varios escuadrones, el coronel Garrigó cargó tan vigorosamente contra uno de esos cuadros que lo rompió en profundidad, pero, se encontró entonces bajo el fuego de una disimulada batería de cinco piezas, cuya metralla dispersó sus escuadrones. El coronel Garrigó cayó en manos de las tropas de la reina; pero el general O’Donnell reorganizó los escuadrones de aquél sin perder un momento y los lanzó él mismo tan enérgicamente contra la infantería que rompió las filas de ésta, liberó al coronel Garrigó y se apoderó de las cinco piezas de artillería. Sufrido este golpe, las tropas de la reina se retiraron hacia Madrid, donde entraron a las 8 de la noche. La mortífera escaramuza originó gran número de muertos y heridos por ambas partes.

Pasamos ahora a la información de la Indépendance Belge, fechada en Madrid el 1 de julio y que parece la más digna de confianza:

La Venta del Espíritu Santo y Vicálvaro han sido escenario de un sangriento combate en el que las tropas de la reina han sido rechazadas a este lado de la Fonda de la Alegría. Tres cuadros formados sucesivamente en diferentes lugares fueron disueltos espontáneamente por orden del ministro de la guerra. Un cuarto se formó detrás del Retiro. Diez escuadrones de insurrectos mandados personalmente por los generales O Donnell y Dulce lo atacaron por el centro (?) mientras diversas guerrillas lo hacían por los flancos (?) [Es difícil de saber lo que este corresponsal entiende por atacar de centro y de flanco un cuadro]. Por dos veces entraron los insurrectos en lucha con la artillería, que los rechazó cubriéndolos de metralla. Los insurrectos pretendían evidentemente apoderarse de algunas de las piezas de artillería situadas en los ángulos del cuadro. Como mientras tanto había ido cayendo la noche, las tropas gubernamentales se retiraron escalonadamente hacia la Puerta de Alcalá, donde un escuadrón de caballería que había permanecido fiel al gobierno fue sorprendido por un destacamento de lanceros insurrectos ocultos tras la Plaza de Toros. En medio de la confusión producida por este ataque inesperado, los insurrectos se apoderaron de cuatro piezas de artillería que se habían retrasado. Las pérdidas han sido aproximadamente iguales por ambas partes. La caballería rebelde ha sufrido mucho por la metralla, pero sus lanzas han exterminado casi completamente el regimiento de la Reina Gobernadora y la guardia montada. Noticias recientes dicen que los insurrectos han recibido refuerzos de Toledo y de Valladolid. Circula incluso el rumor de que el general Narváez es esperado hoy en Vallecas, donde será recibido por los generales Dulce, O’Donnell, Ros de Olano y Armero. Han sido abiertas trincheras en la puerta de Atocha. Grupos de curiosos se apiñan en la estación, desde donde se ven los puestos avanzados del general O’Donnell. Todas las puertas de Madrid están, empero, severamente vigiladas.

Tres de la tarde del mismo día. -Los insurrectos ocupan Vallecas, a tres millas inglesas de Madrid, con fuerzas considerables. El gobierno espera para hoy las tropas de las provincias, especialmente el batallón del Rey. Pero si hay que dar fe a las informaciones más recientes, esa fuerza se ha unido a los insurrectos.

Cuatro de la tarde. -En este momento casi toda la guarnición de Madrid está saliendo de la ciudad en dirección de Vallecas, al encuentro de los insurrectos, que se muestran muy seguros. Están cerradas las tiendas. La guardia del Retiro y, en general, todos los funcionarios del gobierno, han sido apresuradamente armados. Oigo en este momento que varias compañías de la guarnición se sumaron ayer a los insurrectos. La guarnición de Madrid va al mando de los generales Campuzano, del que se dijo erróneamente que se había pasado a los sublevados, Vista Hermosa y Blaser, ministro de la guerra. Hasta ahora no han llegado refuerzos en apoyo del gobierno, pero se dice que el 4.0 regimiento de línea y el 1.0 de caballería han salido de Valladolid y se dirigen a Madrid a marchas forzadas. Lo mismo se dice de la guarnición de Burgos, mandada por el general Turón. Por último, el general Rivera ha salido de Zaragoza con una imponente fuerza. Hay que esperar por tanto más encuentros sangrientos.

Hasta ayer, día 6, no han llegado más periódicos ni cartas de Madrid. El Moniteur únicamente publica este lacónico despacho, fechado en Madrid el 4 de julio:

Sigue reinando la calma en Madrid y provincias.

Un despacho privado afirma que los rebeldes se encuentran en Aranjuez. Si la batalla prevista para el día 1 por el corresponsal de la Indépendance hubiera concluido victoriosamente para el gobierno no faltarían cartas, periódicos ni boletines. A pesar de haber sido proclamado en Madrid el estado de sitio, han reaparecido el Clamor público, la Nación, el Diario, la España y la Época sin previo aviso al gobierno, cuyo fiscal ha informado de esta anómala circunstancia. Entre las personas arrestadas en Madrid se cita a los señores Antonio Guillermo Moreno y José Manuel Collado, banqueros. Se ha dictado orden de arresto contra el señor Sevillano, marqués de Fuentes de Duero, amigo personal del general Narváez. Los señores Pidal y Mon han sido sometidos a vigilancia.

Sería prematuro formular una opinión sobre el carácter general de esta insurrección. Puedo decir, sin embargo, que no parece proceder del partido progresista, cuyo soldado, el general San Miguel, permanece inactivo en Madrid. A juzgar por todas las informaciones, parece al contrario que Narváez esté en el fondo del movimiento y que no le sea completamente extraña la reina Cristina: cuya influencia ha disminuido mucho en los últimos tiempos ante el favorito de la reina, conde San Luis.

Acaso no haya país alguno salvo Turquía que sea tan poco conocido y tan mal juzgado por Europa como España. Los numerosos pronunciamientos locales y rebeliones militares han acostumbrado a Europa a considerar a España como un país colocado en la situación de la Roma imperial en la era de los pretorianos. Es éste un error tan superficial como el que cometieron en el caso de Turquía quienes creyeron que la vida de la nación se había extinguido por el hecho de que su historia oficial del último siglo no consistiera más que en revoluciones palaciegas y en émeutes de los jenízaros. La explicación de esta falacia reside en la sencilla razón de que los historiadores, en vez de descubrir los recursos y la fuerza de esos países en su organización provincial y local, se han limitado a tomar sus materiales de los almanaques de la corte. Los movimientos de aquello que solemos llamar estado han afectado tan escasamente al pueblo español que éste se ha desentendido, muy gustosamente de este estanco dominio de alternas pasiones y mezquinas intrigas de los guapos de la corte, de los militares, aventureros y del puñado de sedicentes estadistas, y no ha tenido razones importantes para arrepentirse de su indiferencia. Como el carácter de la historia moderna de España merece ser apreciado muy diversamente de como lo ha sido hasta ahora, aprovecharé una oportunidad para tratar este tema en una de mis próximas cartas. Ya ahora, empero, querría indicar que no sería cosa de asombrarse si estallara en la Península un movimiento general partiendo de la mera rebelión militar, ya que las últimas medidas financieras del gobierno han convertido al exactor de impuestos en un eficacísimo propagandista revolucionario.

 

[New York Daily Tribune, 21 de julio de 1854]

 

Intento de asesinato de Isabel II

 

III

PROCLAMAS DE DULCE Y O’DONNELL.

ÉXITOS DE LOS INSURRECTOS

Londres, 18 de julio de 1854

La insurrección española parece tomar un nuevo aspecto, como resulta evidente por las proclamas de Dulce Y O Donnell, el primero de los cuales es un partidario de Espartero, mientras el segundo era un importante seguidor de Narváez, adicto también, acaso secretamente a la reina Cristina. Al convencerse de que las ciudades españolas no pueden movilizarse esta vez por una mera revolución palaciega, O’Donnell ha postulado inesperadamente principios liberales. Su proclama está fechada en Manzanares, un burgo de la Mancha no lejano de Ciudad Real. Dice que sus objetivos consisten en preservar el trono, pero expulsando la camarilla, la observancia rigurosa de las leyes fundamentales, el perfeccionamiento de las leyes electoral y de prensa, la disminución de los impuestos, la implantación en las carreras civiles del ascenso por méritos exclusivamente la descentralización y el establecimiento de una Milicia Nacional con amplia base. Propone la constitución de juntas y una asamblea general de las Cortes en Madrid para encargarse de la revisión de las leyes. La proclama del general Dulce es todavía más enérgica. Dice en ella:

Ya no hay progresistas ni moderados; todos somos españoles, émulos de los hombres del 7 de julio de 1822. Vuelta a la constitución de 1837; mantenimiento de Isabel II; destierro perpetuo de la Reina Madre; destitución del actual ministerio; restablecimiento de la paz en el país: tal es el fin que perseguimos a toda costa, como mostraremos en el campo del honor a los traidores que castigaremos por su culpable locura.

Según el Journal des Débats se han ocupado en Madrid papeles y correspondencia que prueban sin dejar lugar a dudas que el secreto objetivo de los Insurrectos consiste en declarar vacante el trono, unificar la Península Ibérica en un estado único y ofrecer la corona del mismo al rey don Pedro V, príncipe de Sajonia-Coburgo Gotha. El gran interés que muestra The Times por la insurrección española y la simultánea presencia de dicho don Pedro en Inglaterra parecen indicar que flota en el ambiente un nuevo fantasma Coburgo. Evidentemente, la corte está muy inquieta tras haber arriesgado todas las combinaciones ministeriales posibles: Istúriz y Martínez de la Rosa han sido utilizados en vano. El Messager de Bayonne afirma que el conde de Montemolín ha abandonado Nápoles apenas le llegaron noticias de la insurrección.

O’Donnell ha entrado en Andalucía atravesando Sierra Morena con tres columnas, por La Carolina la una, por Pozoblanco la otra y por Despeñaperros la tercera. La Gaceta confiesa que el coronel Buceta ha conseguido tomar por sorpresa la plaza de Cuenca, con cuya posesión

los insurrectos han asegurado sus comunicaciones con Valencia. En esta última provincia el movimiento se extiende ya a cuatro o cinco ciudades aparte de Alora, donde las tropas del gobierno han sufrido un severo golpe.

Se afirma también que ha estallado un movimiento en Reus, Cataluña, y el Messager de Bayonne añade que han tenido lugar disturbios en Aragón.

 

[New York Daily Tribune, 3 de agosto de 1854]

 

 

 

Quema de banderas en la puerta del sol 1854

IV

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA.

LUCHA DE PARTIDOS.

PRONUNCIAMIENTOS EN SAN SEBASTIAN,

BARCELONA, ZARAGOZA Y MADRID

Londres, 21 de julio de 1854

Ne touchez pas a la Reine es vieja máxima en Castilla, pero la aventurera señora Muñoz y su hija Isabel han sobrepasado tan ampliamente sus derechos de reinas de Castilla que por fuerza tienen que haber debilitado los monárquicos prejuicios del pueblo español.

Los pronunciamientos de 1843 duraron tres meses; los de 1854 han durado escasamente otras tantas semanas. Ha sido disuelto el ministerio, el conde de San Luis ha huido, la reina Cristina está intentando llegar a la frontera francesa y las tropas y los ciudadanos de Madrid se han declarado contra el gobierno.

Los movimientos revolucionarios españoles ofrecen desde comienzos del siglo un aspecto notablemente uniforme, con excepción de los movimientos en favor de privilegios provinciales y locales que agitan periódicamente las provincias del Norte. En todo otro caso ocurre que cada complot palaciego se basa en insurrecciones militares que arrasaban indefectiblemente tras de sí pronunciamientos municipales. Dos causas explican este fenómeno. En primer lugar, lo que llamamos estado en el sentido moderno de la palabra no tiene verdadera corporización frente a la corte, por causa de la vida exclusivamente provincial del pueblo, si no es en el ejército. En segundo lugar, la peculiar posición de España y la guerra por la Independencia crearon condiciones en las cuales el ejército resultó el único lugar en que podían concentrarse las fuerzas vitales de la nación española. Así pudo ocurrir que las únicas manifestaciones nacionales (las de 1812 y 1822) procedieran del ejército; con ello, los sectores movilizables de la nación se han acostumbrado a ver en el ejército el instrumento natural de todo movimiento nacional. Durante el difícil período 1830-1854 las ciudades españolas comprendieron empero que el ejército, en vez de seguir siendo un sostén de la causa de la nación, se había transformado en instrumento de las rivalidades de ambiciosos pretendientes a la tutoría militar de la corte. Consecuentemente, el movimiento de 1854 es muy diverso del de 1843. La émeute del general O’Donnell fue considerada por la población como una mera conspiración contra las personas influyentes en la corte, especialmente desde que se vio que el movimiento contaba con el apoyo del ex favorito Serrano. Las ciudades y el campo se guardaron consiguientemente de responder al llamamiento de la caballería de Madrid. Así se vio obligado el general O’Donnell a cambiar completamente la naturaleza de su operación, con objeto de no quedarse aislado y expuesto al fracaso. Se vio pues obligado a incluir en su proclama tres puntos a cual más opuesto a la supremacía del ejército: convocatoria de las Cortes, gobierno económico y formación de una milicia nacional -reivindicación esta última originada precisamente en el deseo de las ciudades de recobrar su independencia respecto del ejército-. Es por tanto un hecho que la insurrección militar no ha obtenido la ayuda de un movimiento popular sino a cambio de aceptar las condiciones de este último. Falta por ver si también será obligada a adherirse a ellas y a cumplir sus promesas.

Con excepción de los carlistas, todos los partidos han lanzado su grito: progresistas, partidarios de la Constitución de 1837, partidarios de la Constitución de 1812, unionistas (que propugnan la anexión de Portugal) y republicanos. Las noticias referentes a este último partido tienen que ser acogidas con precaución, dado que pasan por la censura de la policía de París. Junto con esas luchas de partidos se desarrollan plenamente las rivalidades y pretensiones de los jefes militares. Tan pronto tuvo noticia del éxito de O’Donnell, Espartero abandonó su retiro en Leganés y se nombró a sí mismo jefe del movimiento. Pero apenas César Narváez supo que su viejo Pompeyo se había presentado en escena, ofreció sin dilación sus servicios a la reina, servicios que fueron aceptados. Y así está Narváez formando nuevo ministerio. Por los detalles que me dispongo a darles se aprecia que los militares han estado lejos de tomar la iniciativa en todas partes y que en muchos lugares no han hecho más que ceder a las superiores presiones de la población.

Entrada de Espartero en Madrid el día 29 de julio de 1854.

Aparte del pronunciamiento de Valencia, del que informé en mi anterior, ha habido otro en Alicante. En Andalucía se han producido pronunciamientos en Granada, Sevilla y Jaén; en Castilla la Vieja lo ha habido en Burgos; en León, en Valladolid; en Navarra, en Tolosa y en Pamplona; en Guipúzcoa; en Aragón, en Zaragoza; en Cataluña, en Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona; se dice también que ha habido un pronunciamiento en las islas Baleares, y parece que hay que esperarlo igualmente en Murcia, a juzgar por una carta de Cartagena fechada el 12 de julio y que dice:

A consecuencia de un bando([1]) publicado por el gobernador militar de la Plaza, todos los habitantes que posean fusiles u otras armas han recibido orden de depositarlas ante las autoridades civiles en el plazo de veinticuatro horas. A petición del cónsul de Francia, el gobierno ha autorizado a los residentes franceses, como ya se hizo en 1848, a depositar sus armas en el consulado.

De todos esos pronunciamientos sólo cuatro merecen particular atención, a saber: los de San Sebastián en Vizcaya, Barcelona, capital de Cataluña, Zaragoza, capital de Aragón, y Madrid.

Baldomero Espartero

El pronunciamiento se ha originado en Vizcaya en el seno de las municipalidades, mientras que en Aragón lo ha sido en el del ejército. La municipalidad de San Sebastián se ha pronunciado en favor de la insurrección al presentarse la petición de armar al pueblo. Toda la ciudad quedó cubierta de armas inmediatamente. Ya el mismo día 17 se había convencido a los dos batallones de la guarnición para que se unieran al movimiento. Completada la fusión de los ciudadanos y el ejército, unos 1.000 vecinos armados y acompañados por alguna tropa salieron hacia Pamplona para organizar la insurrección en Navarra. La mera aparición de los ciudadanos armados de San Sebastián facilitó el movimiento en la capital navarra; el general Zabala se unió más tarde al movimiento y se dirigió a Bayona, invitando a los soldados y oficiales del regimiento de Córdoba, refugiados en aquella ciudad francesa tras su última derrota en Zaragoza, a volver inmediatamente al país y reunirse con él en San Sebastián. De acuerdo con algunas informaciones marchó luego a Madrid para colocarse a las órdenes de Espartero, si bien otras informaciones le suponen camino de Zaragoza para unirse a los insurrectos aragoneses.

El general Mazaredo, comandante de las provincias vascas, se ha visto obligado a pasar a Francia por haberse negado a tomar parte en el pronunciamiento de Vitoria. Las tropas que se encuentran a las órdenes del general Zabala son dos batallones del regimiento de Barbón, un batallón de fusileros y un destacamento de caballería. Antes de concluir con las provincias vascas deseo indicar como hecho característico que el brigadier Barcáiztegui, que ha sido nombrado gobernador de Guipúzcoa, es un antiguo ayudante de campo de Espartero.

En Barcelona la iniciativa fue aparentemente de los militares, pero la espontaneidad de su actuación resulta muy dudosa cuando se considera la información adicional que hemos recibido. El 13 de julio, a las 7 de la tarde, los soldados de los cuarteles de San Pablo y Buen Suceso cedieron a las manifestaciones del pueblo y se pronunciaron al grito de ¡Viva la Reina! ¡Viva la Constitución!([2])  ¡Muerte a los ministros! ¡Fuera Cristina! Luego de confraternizar con las masas y marchar con ellas por las Ramblas, se detuvieron en la Plaza de la Constitución. La caballería, confinada en la Barceloneta durante los seis días anteriores, a consecuencia de la desconfianza que inspiraba al capitán general, se pronunció también a su vez. Desde ese momento toda la guarnición Pasó al lado del pueblo y resultó imposible cualquier resistencia de parte de las autoridades. A las 10, el gobernador militar, general Marchesi, cedió a las universales presiones, y el propio capitán general anunció a media noche su decisión de adherirse al movimiento. Se dirigió a la plaza del Ayuntamiento ([3]) y arengó al pueblo que la colmaba. El 18 se constituyó una junta formada por el capitán general y otras eminentes personalidades, cuya consigna fue: Constitución, Reina y Moralidad. Ulteriores noticias de Barcelona informan que varios trabajadores han sido fusilados por orden de las nuevas autoridades por haber destruido maquinaria y atentado contra la propiedad; también se dice que ha sido arrestado un comité republicano reunido en una villa vecina; pero hay que recordar que estas noticias pasan por las manos del “Dos de Diciembre”, cuya especial vocación consiste en calumniar a republicanos y obreros.

También se ha dicho que en Zaragoza la iniciativa procedía de los militares; pero la afirmación resulta refutada por la noticia adicional según la cual se decidió inmediatamente constituir un cuerpo de Milicia Nacional. Lo que sí es cierto -y está confirmado por la propia Gaceta de Madrid- es que antes del pronunciamiento de Zaragoza 150 soldados del regimiento de Montesa (caballería) que estaban en marcha hacia Madrid y tenían sus cuarteles en Torrejón (a cinco leguas de la capital) se sublevaron y abandonaron a sus jefes, los cuales llegaron a Madrid con la caja regimental!. Bajo el mando del capitán Baraibán, los soldados montaron a caballo y tomaron la carretera de Huete, suponiéndose que intentan unirse a las fuerzas del coronel Buceta en Cuenca. Por lo que hace a Madrid, hacia el cual marcha según parece Espartero con un “ejército del centro” y el general Zabala con el ejército del norte, era natural que una ciudad que vive de la corte fuera la última en unirse al movimiento insurreccional. La Gaceta del 15 publicaba todavía un boletín del ministerio de la guerra afirmando que los facciosos se habían dado a la huida y que aumentaba la entusiasta lealtad de las tropas. El conde de San Luis, que parece haber entendido correctamente cuál es la situación en Madrid, anunció a los trabajadores que el general O’Donnell y los anarquistas les quitarían el trabajo, mientras que si el gobierno triunfaba emplearía a todos los obreros en obras públicas a seis reales diarios. Con esta estratagema el conde de San Luis esperaba colocar bajo su bandera el sector más impresionable de los madrileños. Pero su éxito fue semejante al alcanzado por el partido del Natíonal en París en 1848. Los aliados así obtenidos se convirtieron pronto en sus más peligrosos enemigos, pues los fondos para pagarlos se agotaron al sexto día. Hasta qué punto temía el gobierno un pronunciamiento en Madrid resulta patente en la proclama del general Lara (gobernador de la plaza) prohibiendo la publicación de cualquier noticia referente al curso de la insurrección. Resulta además claro que la táctica del general Bláser se reduce a evitar cuidadosamente todo contacto con los insurrectos, para evitar que sus tropas contraigan la misma infección. Se dice que el plan inicial del general O’Donnell consistía en atraer las tropas gubernamentales a un combate en las llanuras de la Mancha, tan favorables a las operaciones de la caballería. Pero el plan fue abandonado a consecuencia de la llegada del ex favorito Serrano, en conexión con las principales ciudades andaluzas. En vista de ello el ejército constitucional decidió dirigirse hacia Jaén y Sevilla, en vez de permanecer en la Mancha.

Puede observarse en passant que los boletines ([4]) del general Bláser muestran un asombroso parecido con las órdenes del día de los generales españoles del siglo XVI, que tanta hilaridad causaban a Francisco I, y con los del siglo XVIII, ridiculizados por Federico el Grande de Prusia.

Está claro que esta insurrección española tiene que llegar a ser fuente de disensiones entre los gobiernos francés e inglés, y la información de un periódico francés según la cual el general O’Donnell estuvo escondido hasta el día de su sublevación en el palacio del embajador británico no es como para disminuir los recelos de Bonaparte por lo que hace a las causas de aquel movimiento. Existe ya cierta irritación en germen entre Bonaparte y Victoria; Bonaparte esperaba encontrarse con la reina al embarcar sus tropas en Calais, pero Su Majestad contestó a ese deseo visitando a la ex reina Amelía aquel mismo día. Por otra parte, al ser interpelados los ministros ingleses acerca del hecho de no estar bloqueados el mar Blanco, el mar Negro y el mar de Azov, contestaron poniendo como excusa la alianza con Francia. Bonaparte ha replicado anunciando esos bloqueos en el Moniteur, sin esperar el consentimiento formal de Inglaterra. Finalmente, al producir mal efecto en Francia el embarque de tropas francesas en navíos exclusivamente ingleses, Bonaparte ha publicado una lista de buques franceses aptos para ello y destinados al efecto.

[New York Daily Tribune, 4 de agosto de 1854]

 

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[1] En castellano en el original.- N. T.

[2] En castellano en el original.-N. T.

[3] Idem

[4] En castellano en el original. -N. T.

[5] Publicado como editorial.

 

1 Comentario

  1. “Bienio Progresista es el nombre con el que se conoce el breve período de la Historia de España transcurrido entre julio de 1854 y julio de 1856, durante el cual el Partido Progresista pretendió reformar el sistema político del reinado de Isabel II, dominado por el Partido Moderado desde 1843, profundizando en las características propias del régimen liberal, tras el fracaso de los gobiernos moderados en la década anterior. El bienio se abrió con la revolución de 1854 encabezada por el general moderado “puritano” Leopoldo O’Donnell y se cerró con el abandono del gobierno del general progresista Baldomero Espartero.”
    https://es.wikipedia.org/wiki/Bienio_Progresista

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